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dmo Daniel Mateo Ordóñez

Miranda es un hombre tranquilo que vive una vida feliz y sin problemas. Un día se encuentra en busca de la mujer que ama y desapareció sin dejar rastro.


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Confusión

Esa mañana comenzó como cualquier otra. Era martes y Luis Miranda despertó para tener listo el desayuno. Odiaba contratar empleadas domésticas. Apagó el despertador, se puso sus lentes y arregló la cama. Del baño venía el lejano sonido de la regadera, lo que le indicaba que ella ya se estaba alistando. Se dirigió a la cocina, toda pintada de amarillo pastel y muy bien decorada, impecable. La casa estaba revestida de colores pastel y el mobiliario aunque viejo, se mantenía muy bien. Preparó dos omelettes como los que solía hacer su abuela, decorando con una pizca de cebollín la punta, café, alistó panes en una canasta y destapó el frasco de mermelada de higos que tanto disfrutaba. Dispuso la mesa de manera muy organizada esperando que ella estuviera lista. Tres claveles en un jarrón color ciruela decoraban su creación culinaria (más de tres flores en el mismo jarrón perdían elegancia, según Luis).

― ¿Listo?

―Listo mi amor, como siempre ―respondió Luis mientras levantaba la jarra de café y llenaba las tazas.

Tomó la toalla que ella acababa de dejar sobre el sofá, y aunque la sintió totalmente seca, la colgó en el baño como si estuviera empapada. Durante el tiempo que ella desayunaba, él entraba al baño y se duchaba con meticulosidad.

Terminaron el desayuno, arreglaron la mesa y la cocina para salir a trabajar. Hacia años seguían una rutina saliendo a la misma hora. Ya que ella era directora de la Biblioteca Central y él profesor en la Universidad del Estado, sus conversaciones en el auto eran siempre muy fluidas. Algunas veces se convertían en discusiones acaloradas llenas de argumentos, citas y muchos silencios.

A las ocho de la mañana él se detenía frente a la biblioteca para que ella descendiera del auto y se dirigía luego a la universidad a preparar el seminario sobre Cultura Contemporánea que lo había convertido tal vez no en famoso, pero si en un respetable profesor en las facultades de antropología, historia y sociología.


Al llegar a su oficina encontró el correo que habían deslizado por debajo de la puerta. Varias invitaciones a simposios, encuentros y seminarios, papeles de la universidad y una invitación al Congreso Antropológico de Cultura al cual no solo asistía anualmente, participaba dictando una conferencia sobre cultura urbana y temas afines. Todo parecía como de costumbre, los tiquetes aéreos, las reservaciones del hotel, los honorarios y el distintivo de miembro del congreso. Sólo había un detalle que lo había mantenido de pie observando la carta de invitación: el nombre de su esposa no aparecía por ninguna parte y solo habían enviado un tiquete, un distintivo y la reservación del hotel indicaba que era para una sola persona.

Habitualmente Luis dictaba la conferencia en compañía de su esposa ya que ambos la habían desarrollado y ella era indispensable. Telefoneó a la universidad donde se realizaría el evento y habló con una secretaria que le indicó el papeleo que debía llenar para corregir el error. No le dio mayor importancia y continuó su camino hacia el auditorio donde dictaba su seminario. Cuando llegó todos los asistentes habían llenado la sala y varios lo observaron al entrar.

Al terminar se dirigió de nuevo a su oficina y mientras leía el periódico el teléfono sonó.

― ¿Profesor Miranda? ―dijo una voz al otro lado del auricular

―Con él, ¿quién habla? ―respondió mientras apagaba el tocadiscos.

―Profesor Miranda, soy la secretaria del Congreso, con la que habló hace algunas horas. Estuvimos revisando su solicitud y no encontramos los datos de su esposa

― ¿Disculpe? ―respondió Luis

―Así como lo oye. Usted menciona aquí que su esposa no fue invitada al congreso y que es de vital importancia para su conferencia. El problema es que no tengo registros de la Señora Espejo por ninguna parte ―dijo mientras se escuchaba el sonido del papeleo.

―Pero si el año pasado estuvo conmigo dictando la misma conferencia, ¿está segura?

―Si señor, completamente, le agradecería que me enviara los datos de su esposa para poder solucionar este impase ―determinó la secretaria.

―Claro que sí, déjeme una dirección y se los hago llegar.

Aunque le pareció extraño ya que hacía cinco años dictaban juntos la conferencia e incluso habían escrito varios ensayos, siguió con sus asuntos.


Todavía recuerda cómo se conocieron. Fue en la biblioteca de la universidad mientras el, desesperado, intentaba terminar la tesis de su primer doctorado. Cansado por las lecturas sobre tribus indígenas de toda América, sobre la definición de la Cultura, sobre rituales y su herencia en la actualidad, no había podido terminar de redactar el documento. Estaba cerca la medianoche cuando se levantó por un café y a estirar las piernas. Llevaba dos años escribiendo y estaba atascado en un capítulo sobre la significación del amor.

Justo cuando volvía de los baños, sintió la presencia de alguien más. Miro hacia el escritorio de la bibliotecaria, la Señora García, quien permanecía leyendo con sus gafas negras y grandes, y una lámpara de vitral encendida. En la entrada el vigilante, el Señor Rodríguez, estaba recostado en una vieja silla de oficina, leyendo también.

― ¿El amor? ―dijo una voz suave, de mujer, detrás de su espalda.

― ¿Disculpe? ―respondió Miranda nervioso, mientras se daba la vuelta.

―Sí, de eso está escribiendo ¿no? ―dijo la mujer. Llevaba un vestido negro y emanaba un perfume que a Luis Miranda le recordó una época en su juventud.

―Una parte, sí, pero no es tan importante ―respondió tratando de evadir el tema, de terminar la conversación.

― ¿Qué no es tan importante? ¡Pero si es el amor la fuerza más increíble! ¡Es magia! ―replico la mujer, mirando por la ventana.


Luis Miranda era un hombre solitario, que había crecido en un pequeño suburbio de la ciudad, criado por sus abuelos ya que sus padres habían desaparecido. El amor para él era un tema complicado. Aunque su abuelo le enseño a leer y a escribir, así como a interesarse por el conocimiento, nunca le dio una muestra de amor diferente a regalarle un libro. Su abuela trataba de consentirlo de diferentes formas, cocinándole bizcochos con café, ayudándole a organizar y realizar sus tareas domésticas, pero era reprimida por el Señor Miranda. Además, para ella el amor había sido la desgracia de la familia. Si su hijo no se hubiera enamorado de aquella mujer, jamás habría desaparecido dejando a Luis como único recuerdo.

Es por eso que ambos, el Señor como la Señora Miranda, siempre le decían que el amor vendría después, que no perdiera su tiempo.

Así el pequeño Luis Miranda creció rodeado de conocimiento, de cultura, de conversaciones y tertulias, leyendo y escribiendo en otros idiomas, estudiando las aventuras de diferentes historiadores, antropólogos y etnógrafos, observando fotografías de diferentes lugares del conocimiento milenario como Grecia, la India, China, lo que fue Persia y el Imperio Otomano, Europa, Australia con sus aborígenes, América con sus indígenas, África con sus pueblos tribales, pero sin conocer el amor.

Al crecer y llegar a la juventud era un joven muy bien educado, decente, bien vestido, perfumado, culto e incluso apuesto. Nunca dio muestras de interesarse por alguna señorita, o señorito y su única dedicación eran los libros. La Biblioteca de la Universidad y la Universidad misma se convirtieron en su refugio, donde cultivo su mente y aprendió sobre todos los temas posibles.

Había leído bastantes libros sobre el amor, desde novelas y poesía hasta tratados médicos, psicológicos y psiquiátricos. Había observado obras de arte, escuchado y presenciado la ópera, participado en obras de teatro donde el amor era el eje fundamental. Incluso había comido chocolates de una caja con forma de corazón.

Pero nunca había experimentado amor. Ese sentimiento de entrega, de empatía, de lealtad, ese sentimiento indescriptible, de locura, de totalidad, casi que místico, lleno de tantos intentos de definirlo, era ajeno para Luis Miranda.

Es por eso que rehuía hablar del tema, y también era la causa del atasco en su tesis.

―Lo sé, pero no es tan importante ―le dijo a la mujer rubia, aunque en el fondo sabía que era más importante de lo que él creía.

―Está bien, como diga. Soy Luisa y acabo de llegar ―señaló ella con amabilidad.

―Luis. Un gusto. Si me permite ―sintió que le clavaba su mirada mientras le acercaba una silla.

Conversaron sobre literatura y poesía, un poco de historia y arte, hasta que el Señor Rodríguez se acercó a indicarles que eran pasadas las dos de la mañana y la Biblioteca debía cerrar.

Miranda se ofreció llevarla a casa en un taxi pero ella pidió uno por su cuenta. Al llegar a casa se dio cuenta que solo sabía su nombre. Luisa.


Al salir de la universidad, Miranda decidió comprar unas flores para su esposa sin recordar el incidente del Congreso Antropológico de Cultura. Gardenias, blancas y hermosas. Solo tres.

Paso por la Biblioteca Central y al detenerse en la entrada confirmo que fueran las cuatro de la tarde, como todos los días entre semana. Faltaban unos minutos así que encendió la radio del auto de la cual salió una melodía que si la memoria no le fallaba, era la Quinta Sinfonía de Ludwig Van Beethoven, específicamente el “Allegro con brío”.

Mientras lo escuchaba observaba a las personas alrededor de la construcción. Visitantes, trabajadores, profesores.

Se fijó en un hombre, empleado de la biblioteca (vestía un overol azul oscuro), el cual llevaba un andamio hacia una de las paredes laterales. Lo observo separar las partes antes de comenzar a armarlas. Encendió un cigarrillo y se dedicó a analizar detalladamente su clasificación.

Miranda consultó el reloj, faltaban tres minutos y Luisa no se veía por ninguna parte.

Mientras tanto, Beethoven ambientaba la actividad del empleado. Luis lo vio levantar el andamio y cuando ya había terminado la parte inferior, éste se detuvo. Caminó hacia la biblioteca con un poco de afán y desapareció tras la puerta. Las cuatro habían pasado hacia unos minutos y Luisa todavía no daba señales de estar cerca.

El empleado regresó cargando una caja de herramientas en una mano y en la otra una bolsa de papel. De la bolsa saco dos tornillos y de la caja un alicate y continuo armando el andamio. Miranda comenzaba a impacientarse y la música no ayudaba. A ratos lo calmaba, mientras observaba cómodamente al empleado. Pero cuando la música subía, se aceleraba, su corazón hacia lo mismo. ¿Le habría pasado algo a su mujer? Nunca se demoraba y ya daban las cuatro pasadas.


Decidió descender del auto y se dirigió hacia la recepción de la Biblioteca Central. No vio ninguna cara conocida pero igualmente se acercó a una joven que acababa de colgar el teléfono.

―Buenas tardes señorita. Disculpe ¿ha visto a la Doctora Espejo? ―dijo Miranda sin sonar alarmado.

―Buenas tardes. No señor soy nueva así que aún no reconozco a todos ¿trabaja aquí la Doctora Espejo? ―pregunto con interés la recepcionista nueva.

―Es la directora ―dijo Miranda mientras observaba su reacción.

― ¿La directora? ―repitió con extrañeza―, ¿De aquí? ¿De la biblioteca?

―Por supuesto, de donde más va a ser ―respondió Miranda mientras se impacientaba.

La recepcionista nueva lo observó como si acabara de decir una mala palabra y marcó un número en el teléfono.

― ¿Puede venir un momento, por favor? ―dijo a la persona al otro lado del auricular.

Volvió a mirar a Miranda de arriba abajo y le pidió esperar unos segundos.

Mientras tanto, Luis se distrajo con un cuadro de un hombre siendo seducido por una mujer en medio de un bosque lleno de demonios y espíritus. Apareció el encargado de la Biblioteca, el Señor Cantor. Se acercó a la recepción y saludó a Miranda con una sonrisa.

― ¡Profesor Miranda, que gusto! Hacía mucho tiempo no tenía el honor. ¿A qué se debe? ―preguntó Cantor mientras lo miraba directamente a los ojos.

―Estoy buscando a la Directora Espejo, se suponía que salía a las cuatro. No sé si de pronto usted sepa algo ―dijo Miranda un poco cansado y confundido. Esta vez se aseguró de decir Directora.

― ¿La Directora Espejo? ―repitió el encargado, no sin agregarle un tono de sorpresa a la pregunta.

― ¡Sí, la Directora Espejo! ―señalo Miranda no sin demostrar su molestia―, ¿es que acaso están jugando conmigo?

―No señor, de ninguna manera. Disculpe usted. Lo que sucede es que quien dirige la biblioteca es el Director Ramírez ―respondió Cantor, con un poco de temor en las palabras. No entendía porque el Profesor Miranda venía preguntando por alguien que Cantor no conocía. Jamás en su vida había distinguido, visto u oído hablar de la Directora Espejo.

― ¿El Director Ramírez? No entiendo nada. Permítame entender una cosa. Vengo todos los días a recoger a mi esposa, quien ha dirigido esta Biblioteca por varios años, que además es una reconocida profesora, y usted hoy me dice que quien dirige este lugar es el Director Ramírez. Escúcheme, en toda mi vida nunca había escuchado hablar de ese tal Ramírez.

―Escúcheme usted y disculpe, Profesor Miranda, pero jamás he conocido a una Directora Miranda, en los diez años que llevo como encargado de este recinto ―respondió con angustia el Señor Cantor.

En ese momento Miranda miro por los enormes ventanales tratando de aclarar sus ideas. No creía lo que estaba escuchando. Cantor debía estarle jugando una broma, aunque no era esa clase de personas que va por ahí haciendo chistes o burlándose de las personas. Se percató que el hombre y la recepcionista nueva, quien no se había perdido detalle de la conversación, lo observaban extrañados y con un poco de pena.

Decidió seguirles el juego y no parecer un demente.

―Perdone Señor Cantor. Esta usted en lo cierto, creo que me he equivocado. Seguramente una confusión debida al trabajo, no he dormido bien últimamente. ¿Podría verme unos minutos con el Director Ramírez?

―Claro que sí Profesor, está a punto de salir, pero estoy seguro que podrá atenderlo. Un momento ―respondió Cantor atento. Se dirigió a la oficina de la Dirección subiendo las escaleras de mármol. Regresó enseguida―. Siga por favor.

―Gracias ―Miranda le lanzó una mirada y subió a la oficina.

Era extraño. El Señor Cantor gastándole una broma a él. Siempre había sido un tipo educado, decente, es más, siempre dispuesto a ayudar en alguna búsqueda que Miranda necesitara y no pudiera realizar por sí mismo. Pensó que seguro esto era alguna rara idea de su esposa, y continuó subiendo las escaleras. Esperaba encontrarla en su oficina riéndose de su pequeña broma.

Al golpear se exalto con la voz de un hombre que decía «siga, por favor».

Abrió la puerta y se encontró frente a un individuo de mediana estatura, calvo, con un bigote bien cuidado y traje. La corbata era de un negro demasiado negro.

― ¿En qué le puedo ayudar? ―preguntó en tono amable, mientras estiraba su mano.

― ¿Quién es usted? ―dijo Miranda mirando hacia ambos lados, buscando ver a su esposa escondida en alguna parte.

―Hugo Ramírez, Director de la Biblioteca Central ―respondió el hombre bajando su mano y mirando asombrado a Miranda―. ¿Le puedo servir en algo?

―Mire Señor Ramírez ―el tono de sarcasmo que Miranda le agrego a su mirada despectiva cambio el rostro del hombre―, no sé quién es usted ni me interesa. Este jueguito ya me está cansando ¿Dónde está mi esposa?

La expresión del hombre que se hacía llamar Rodrigo Ramírez era de completa extrañeza.

―No sé qué sucede. No conozco a su esposa, nunca antes lo había visto a usted. Le pido amablemente que se retire Señor…

―Miranda. Luis Miranda, soy Doctor en Historia y Antropología ―respondió Miranda creyendo que de verdad la broma se estaba pasando.

―Señor Miranda, de verdad quisiera poder ayudarlo ―los títulos cambiaron su actitud―. Déjeme un teléfono o dirección donde pueda ubicarlo y si se algo de su esposa le aseguro que no dudare en hacérselo saber. Por ahora no puedo hacer más.

Miranda lo miró directo a los ojos y se percató que el hombre decía la verdad. Inspeccionó de nuevo la oficina con la mirada para cerciorarse que su esposa no estaba escondida en una cortina o detrás del sofá, cuando se detuvo en una fotografía donde aparecían el Señor Ramírez, quien parecía su esposa, y tres jóvenes, varones, que debían ser sus hijos. Consiguió mantener la calma, le dio su tarjeta al hombre detrás del escritorio y tras agradecerle, salió hacia su auto. En la recepción Cantor y la nueva recepcionista lo despidieron no sin lanzarle una mirada de intriga.


En el auto la música continuaba sonando y las flores estaban perdiendo vigor por la falta de un florero y agua. Luisa aún no se veía por ningún lado. El empleado que Miranda había estado observando ya estaba montado en el andamio, el cual tenía tres plantas, y forcejeaba arreglando lo que parecía una luz exterior. Vio el reflejo de su rostro en el retrovisor empapado de sudor. ¿Dónde estaba Luisa? ¿Qué había sucedido en esa oficina y en la biblioteca? ¿Sería una broma de Luisa, muy bien planeada? Si lo era, no entendía cuál era el objeto de esta, ya que estaba realmente confundido. Eran las cinco de la tarde y no tenía claro hacia dónde dirigirse.


Solía ir con Luisa a un pequeño café al norte de la ciudad. El Gato Negro constaba de dos pisos, una terraza e increíbles obras de arte que lo decoraban. Su estilo era bastante acogedor con sus paredes de ladrillo, mesas de madera, luz tenue y en el centro una tarima de forma circular donde de vez en cuando se presentaban artistas locales. Había presentaciones musicales, de teatro, recitales de poesía e incluso de pintura. Luis lo frecuentaba desde que era estudiante y le gustaba por la privacidad de sus visitantes. Cada quien ocupado en lo suyo. Cuando conoció a Luisa no dudo en llevarla. Aquella noche hubo fiesta de disfraces, pero como la clientela era conformada por artistas, poetas, filósofos y muchos otros locos, el ambiente era el de un teatro de ensueño, donde todos representaban el papel que querían en la Obra de la Vida. Luis recordaba muy poco de esa noche, excepto que había llevado a Luisa.


Al entrar en El Gato Negro Miranda esperaba encontrarlo vacío, pero se equivocó. El lugar estaba lleno aunque aún quedaban mesas vacías. Pidió sentarse en el segundo piso para tener que atravesar el lugar y encontrarse con Luisa si es que estaba allí. El mesero que lo acompañó lo reconoció así que lo saludó con gentileza y lo guio hasta una mesa frente a un cuadro de dos enanos sirviendo café en una mesa desproporcionadamente alta y con tazas absurdamente pequeñas.

No vio a Luisa por ninguna parte pero pidió un expreso para contemplar todo lo sucedido. Mientras el mesero se alejaba con la orden, Miranda recordó el incidente de la mañana con la secretaria del Congreso Antropológico de Cultura. Ella le había dicho que no tenía los datos de su esposa por ninguna parte lo cual no tenía sentido. Llevaban cinco congresos dictados, era imposible que no los tuviera. Algo estaba pasando. Luego lo que paso en la biblioteca con el Señor Cantor y el Señor Ramírez. Era absurdo. ¿Dónde estaba su esposa? ¿Le había ocurrido algo? ¿Estaba bien?

― ¿Algo más, Señor? ―preguntó el mesero tras dejar el expreso en la mesa.

―No, muchas gracias ―respondió Miranda rechazando con un gesto el azúcar―. Aunque quisiera preguntarle algo. ¿Me recuerda verdad? Me saludo al entrar.

―Sí señor, lo reconocí de otras veces que nos ha visitado.

― ¿Recuerda a mi esposa? Es quien me acompaña cuando no vengo solo ―Miranda miraba fijamente los ojos del mesero. Parecía atento, inteligente, amable.

―No señor, disculpe, lo recuerdo solo ―el Mesero habló con sinceridad.

― ¿Esta seguro? Como de mi edad. Es bastante bonita ―Miranda aprovechó que el mesero no parecía ocupado.

―Seguro Señor, lo siento. Siempre que lo he atendido ha sido solo a usted ―el encargado se asomó tras una barra.

―Bueno, es usted muy amable. La cuenta y muchas gracias ―dijo finalmente Miranda desilusionado.

Pagó y salió del lugar sintiendo su cuerpo pesado y un incipiente dolor de cabeza. Volvió a su auto mientras el sol se ocultaba. Ya eran casi tres horas sin saber nada de Luisa. Comenzaba a tener miedo, pensaba en los miles de posibles paraderos de su esposa, como finales dolorosos y tristes. Miraba los espejos del auto esperando verla pasar. Decidió volver a su casa. Allí tal vez la encontraría esperándolo para reírse viendo su cara de sorpresa.


Al llegar se detuvo un momento frente a la puerta antes de abrirla. Cerró los ojos rogando que todo fuera una broma o mejor, una pesadilla de la cual despertaría en cualquier momento.

Entró en la casa mientras llamaba a su esposa.

― ¿Luisa? ¿Estás ahí? ―preguntó con voz desesperada.

Nada. No hubo respuesta. Encendió las luces de la sala. Todo estaba tal cual lo habían dejado por la mañana. No entendía que sucedía y los latidos de su corazón se aceleraban conforme sus pensamientos se arremolinaban en su cabeza.

Sirvió un vaso de whisky y se sentó frente a su escritorio. Analizó los eventos del día mientras lo bebía todo de un sorbo. El silencio llenaba de voces e ideas su cabeza. Era mejor no pensar. Se acercaba la hora de cenar, pero lo último que sentía era hambre. Subió a la habitación principal y se encontró frente al armario de ella. Algo lo detuvo al principio, pero decidió abrirlo. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo erizando su piel. Estaba vacío.

No podía ser verdad. Luis no se sentía bien y los latidos de su corazón seguían golpeando su pecho, su sien, su ser. Cayó al suelo lentamente. Primero de rodillas, luego se sentó. ¿Luisa lo había abandonado? Era imposible. Se negaba a aceptar tan solo la idea de imaginarla empacando sus cosas. Gateó hasta la mesa de noche. El libro que ella leía esa semana no estaba, ni el estuche de sus gafas. Se sentó en la cama y contuvo la respiración. Abrió el cajón para sorprenderse a pesar de que sabía lo que encontraría: nada. Suspiró. Sus ojos se bañaron en lágrimas mientras su respiración se precipitaba. Murmuraba las mismas palabras de manera entrecortada entre lloriqueos.

―No…es…verdad… ―buscó en el baño y sólo encontró sus cosas. Nada de Luisa.

―No es…verdad ―su tono de voz era más alto. Examinó como un loco cada rincón de la habitación buscando rastros, pistas. Nada, absolutamente nada. Era como si jamás hubiera estado allí. Volvió al baño para revolver la basura intentando encontrar algo. Nada. Ni los trozos de papel con que se limpiaba el maquillaje, ningún protector íntimo, nada.

―No es verdad ―su mirada se encontró con unos ojos muy abiertos, exaltados, asustados. Era su reflejo en el espejo.

― ¡No es verdad! ―les gritó a esos ojos que lo miraban con desconcierto―. ¡¡¡No es verdad!!!

Mientras lloraba comenzó a golpear el espejo con las manos.

― ¡No! ―uno―, ¡no! ―dos―, ¡no! ―tres impactos.

El espejo se quebró en varias partes y sus manos se llenaron de sangre. Respiraba muy fuerte, pero le faltaba el aire. Trató de abrir la ventana y no logró alcanzarla, mientras que poco a poco vio como todo se nublaba a su alrededor. Sus piernas temblaban hasta que no soportaron su peso, sintió que perdía fuerzas. Siguió una sensación de pequeñez absoluta lo invadía y ya en el suelo perdió el conocimiento.


―Señor ¿me escucha? ¿puede oírme? ―una voz lo trajo de vuelta. Era lejana, como de otra parte.

―Señor Miranda si me escucha le voy a pedir el favor que abra los ojos ―la voz se hacía más clara―, trate de no moverse, vamos para el hospital.

Las sirenas de la ambulancia aturdían a Luis y una maniobra tosca por parte del conductor lo sacudió sin aviso.

― ¿Dónde está Luisa? ―miró a la paramédica buscando respuesta.

―No lo sé señor. Por favor tranquilícese, ya estamos llegando ―su voz era compasiva―. Seguro la verá en el hospital. Por ahora respire despacio.

A Miranda no le interesaba su estado de salud. Recordó lo sucedido en su casa antes de desmayarse. Las imágenes eran confusas y un vacío invadió su interior. No era posible que Luisa se hubiera marchado de esa forma. No tenía sentido. No habían discutido hacía mucho tiempo gracias a que cada uno se mantenía en sus propios asuntos y las discusiones siempre se volvían académicas, aunque fueran muy personales. Además, la broma de la biblioteca a Miranda no le cuadraba, era muy extraña. Sumada a la llamada del Congreso Antropológico y a la conversación con el mesero, las cosas parecían increíbles. Era como si Luisa realmente fuera un fantasma, una fantasía.


Le costó abrir los ojos de nuevo. Todo estaba en silencio y había poca luz, pero aun así Miranda pudo distinguir las características de una habitación de hospital: fría, blanca, impersonal. Estaba aturdido y confuso queriendo entender qué había pasado con Luisa. Un poco más tarde el médico lo visitó.

―Señor Miranda ¿cómo se encuentra? ―un hombre con bata blanca y nariz aguileña entro en compañía de una enfermera que ajustó la camilla y salió.

―Pues, a decir verdad ―Luis notó que sus manos estaban vendadas―, parece que no muy bien. Perdone, ¿puedo irme ya?

―No lo creo, tuvo una contusión. Debemos realizarle unos exámenes todavía ―el médico se sentó aclarándose la voz―. Señor Miranda, primero le voy a pedir que si hay algún familiar al que podamos informarle sobre su situación, le avise a la enfermera. Segundo, quiero que me diga que fue lo que sucedió para que terminara aquí y de esa manera.

―Luisa, mi esposa. El número de teléfono de nuestra casa se lo puedo dictar cuando quiera. ¿No la han contactado? Pensé que estaba aquí.

―No está aquí. Encontramos un número telefónico con sus datos, pero nadie responde. Hemos llamado varias veces. Seguiremos insistiendo. Bueno, cuénteme ¿qué le pasó? ―el médico trataba de sonreír.

Luis lo miró nervioso. Estaba cansado, herido y confundido queriendo solamente encontrar a Luisa. Las cosas ya no parecían en broma y no había pistas de su paradero. Se quebraba mientras recordaba los momentos previos en su casa frente al espejo.

―He tenido un día bastante extraño doctor. Necesito encontrar a Luisa, le pido que me deje salir. Debe estar esperándome o incluso buscándome así que le ruego me deje ir ―sentía que la voz que hablaba no era suya. Es como si alguien diferente dijera lo que él estaba pensando.

―Lo siento Señor Miranda, pero ya hablamos de eso. Cuénteme por favor que ha pasado para que perdiera el conocimiento ―el médico sonaba molesto.

―Mire fui a recoger Luisa a la biblioteca como todos los días y no apareció. Y me encuentro con que un tal Ramírez es el director y no ella, y todos parecen no haberla conocido nunca. Luego voy al único lugar donde puede estar y un mesero me dice que nunca en su vida la ha visto, a pesar de que recuerdo que nos ha atendido ―la voz de Miranda se aceleraba al igual que su respiración―, y finalmente vuelvo a casa y no hay nada de ella. Su armario, su mesa de noche, el baño, todo parecía igual pero no estaban sus cosas.

A Miranda se le escapó una lágrima al sentir la ausencia de Luisa. Era imposible que lo hubiera abandonado, no era algo que esperara de ella. Tenía que salir de ahí, buscarla en cada rincón hasta encontrarla.

―Calma Señor Miranda, se va a hiperventilar. Respire tranquilo ―el hombre de bata lo miraba preocupado―, por favor termine de contarme que pasó.

―No lo tengo muy claro. Mientras buscaba sus cosas me dio taquicardia y no me sentí bien. De la tristeza y la rabia creo que rompí el espejo, o si no, no me explico porqué tengo las manos así. Me ahogaba así que intenté abrir la ventana y creo que me caí. No recuerdo más ―el corazón de Luis sentía un extraño hormigueo, había un nudo en su garganta y una sensación que no podía explicar, pero lo hacía sentir miserable. Sin ella nada valía la pena. No quería seguir hablando con ese médico ni con nadie que no fuera ella. Podían todos desaparecer con tal de encontrarla.

―Entiendo. Tranquilo, tranquilo. Esperemos que su esposa aparezca pronto. Voy a hablar con la enfermera para que esté pendiente si necesita algo ―el hombre salió de la habitación dejando a Miranda con una expresión de desilusión en el rostro.


Luego de varios exámenes le sirvieron el desayuno, pero no tenía hambre. Además, sus manos vendadas no facilitaban las cosas. Le pidió a la enfermera que insistiera en el teléfono de su casa para ver si Luisa contestaba. No estaba teniendo en cuenta que había encontrado todo vacío y sin huella de su paradero. Simplemente quería que la llamaran. Si no lo iban a dejar salir, que la trajeran a él. Sintió ganas de pedirle el teléfono a la enfermera, pero seguro se lo negaría, así que se tuvo que conformar con pedirle que marcara cada cierto tiempo. Se impacientaba con el pasar de las horas y cuando llegó el almuerzo trató de averiguar si le faltaban muchos exámenes médicos.

―Sólo falta que lo vea el psicólogo. Lo que pasa es que solo viene en las tardes, por ahí a las tres o cuatro ―respondió una enfermera que Miranda no había visto.

― ¿El psicólogo? Yo no necesito ningún psicólogo. Llame al doctor, por favor. Si no hay más exámenes médicos me quiero ir ―hizo énfasis en la palabra médicos.

―El doctor está almorzando, debe venir a verlo luego de la visita del psicólogo. No se preocupe, en casos como el suyo es normal ―la mujer lo miró con pesar.

―Esto es absurdo, de verdad ―murmuró Miranda mientras se ponía de pie y desconectaba el tubo que suministraba suero a través del brazo―. Voy a salir de aquí.

―Puede irse, pero le van a exigir un permiso de salida que debió haber sellado en la recepción y que además el médico debió firmar previamente. Si quiere que seguridad lo traiga de vuelta, no es mi problema. Si no, acuéstese que debo canalizarlo de nuevo ―el tono de la enfermera sonaba a que estaba lidiando con algo cotidiano.

Miranda le lanzó una mirada de odio. Esa mujer no entendía nada. ¿Cómo que examen psicológico? ¿Cómo que en casos como el suyo? No le interesaba. Sólo pensaba en Luisa, en dónde podría estar, en porqué había decidido escapar así, sin más. Era su primer y único amor, y no pensaba rendirse así tan fácil.

―Está bien ―dijo mientras se sentaba en la camilla―, ¿puede intentar llamar a mi casa?

―Claro que sí Señor Miranda, así esta mucho mejor. Sea obediente y no se le caerán los dientes. Oh, disculpe, es un dicho que mi madre solía decirme ―la enfermera lo entubó sin que él se diera cuenta.

―Gracias. Siento ocasionarle problemas ―dijo Miranda. Realmente no le interesaba si causaba dificultades. Por el momento, quería encontrar a Luisa y si para ello debía actuar frente al personal médico, estaría dispuesto. No era ningún idiota.

La mujer salió de la habitación y regresó unos minutos más tarde.

―Lo siento señor Miranda, no contestan. ¿No tiene algún hermano, tío, al que podamos llamar?

―No disculpe, soy un hombre solitario. Si le sirve de algo estoy listo para ver al psicólogo ―fingió una sonrisa que le salió bastante natural. Todo para encontrarla.

― ¡Esa es la actitud! ―dijo la mujer y le devolvió el gesto―. Apenas llegue el doctor será el primero que visitará.


Miranda siquiera miró el almuerzo. Con las manos vendadas intentar tomar un cubierto era ridículo, así que se limitó a observar el techo de la habitación mientras pensaba qué haría cuando saliera de ahí. No sabía a donde iría, pero la universidad tendría que conformarse con su incapacidad. Si era necesario recorrería los pasos del día anterior. Volvería a la biblioteca, buscaría a ese tal Ramírez y comprobaría si era cierto que estaba dirigiendo la biblioteca y no su esposa. Si por alguna extraña razón Ramírez seguía ahí, tomaría fuerzas e iría a buscar al mesero de nuevo, o a otro empleado del Gato Negro para saber si recordaba haber visto a Luisa. Y si por azares del destino tampoco estaba ahí, iría a su casa. Había dejado de último ese lugar ya que no quería encontrarse con la ausencia de Luisa, de sus cosas, de su esencia. Además ese lugar estaba lleno de recuerdos juntos, más que cualquier otro.


Por fin llegó el psicólogo. Era un hombre joven, moreno y un poco encorvado. Saludó amablemente a Miranda y se sentó.

―Señor Miranda, buenas tardes. Soy el doctor Cifuentes y me alegra saber que está usted bien. Quisiera hacerle unas preguntas para saber si está todo bien ahí arriba ―el médico se golpeó la sien con el índice.

Le realizó un cuestionario bastante largo y luego lo hizo relatar lo sucedido. Cuando Miranda terminó, el hombre lo miraba atentamente.

― ¿Puedo irme ya? ―Miranda trató de ser amable pero su paciencia se agotaba.

―Señor Miranda, quisiera que me hablara un poco más de su esposa ―el médico se puso de pie y cerró la puerta de la habitación.

― ¿Pudieron contactarla? ¿Sabe que estoy aquí? ―la ilusión se asomaba en sus ojos.

―Lastimosamente no, pero quisiera que me hablara de ella. Cómo se conocieron, a qué se dedica, porqué pudo haberse ido así sin más.

Miranda lo miró desconfiado, pero decidió hablar. Le contó cómo se conocieron y cómo se fueron a vivir juntos. No omitió que se habían casado en una notaría y que los testigos habían sido ofrecidos junto con el notario, en el paquete matrimonial. Tenían pocos amigos, realmente ninguno, pero ellos dos se bastaban el uno al otro. Le explicó que eran felices, que tenían proyectos y que por eso le había afectado tanto su partida. El aún no creía que Luisa se hubiera ido. Tenía que estar en alguna parte, nadie desaparece así sin más.

―Bueno Señor Miranda. Muchas gracias por todo. Lamento informarle que aún debe quedarse un tiempo en observación. Mañana en la mañana vendré a ver como sigue.

― ¡No señor, olvídelo! ―Miranda levantó de forma brusca―, ¡No quiero estar un segundo más en este hospital! ¡Necesito encontrarla! ¿Es que no lo entiende? ¡No tengo a nadie más en la vida!

El médico se había puesto de pie y lo miraba asustado. ―Cálmese, por favor. ¡Cálmese! ―Fue hacia la puerta llamando a la enfermera.

Mientras tanto Miranda se arrancó de nuevo el tubo del brazo y comenzó a caminar agitado, tomando su cabeza con las manos.

― ¿Es que nadie me entiende? ¡Luisa¡¡¿Luisa?! ¿Dónde estás? ―sus ojos se bañaron de lágrimas―. ¿Porqué me pasa todo esto? ¿Por qué a mí? Yo no le hago mal a nadie, vivo mi vida tranquilo, sin molestar a nadie. ¡¿Por qué?!

El médico había salido de la habitación y cuando volvió con dos enfermeros, Miranda estaba arrodillado en el piso llorando. Con las manos vendadas y la bata transparente se sentía vulnerable. El vacío por la ausencia de Luisa lo consumía y ya no pensaba con claridad.

―Señor Miranda, vamos a tener que suministrarle tranquilizantes ―el médico sonaba nervioso y compasivo.

―Déjeme ir, por favor, se lo ruego ―arrodillado, con las manos juntas, Miranda imploraba como un niño.

Uno de los enfermeros le clavó una jeringa mientras el otro sujetaba sus brazos. Trató de resistirse y lanzó un golpe que acertó en una quijada. En seguida su mirada se nubló y cayó sin más.


Al abrir los ojos se encontró atado de manos y pies. Sólo podía mover su cabeza sintiéndola pesada. Había un extraño y lejano sentimiento de euforia que a cada segundo sentía desaparecer lentamente. Había dormido tranquilo y sin soñar. No recordaba donde estaba ni porqué estaba amarrado a la camilla y se sentía frágil, casi que roto. A lo lejos se escuchaban pasos y voces, y por lo que pudo distinguir debía ser muy tarde o tal vez la madrugada. Hacía frío y todo estaba a oscuras. Intentó volver a dormir, pero fue imposible.

Cuando las enfermeras del turno matutino llegaron a revisarlo Miranda tenía la mirada clavada en el techo. Murmuraba en voz baja y sus ojos parecían demasiado abiertos.

―Señor Miranda, esperamos que se encuentre bien hoy. Duró todo un día dormido, comenzaba a preocuparnos. En un rato vendrán los médicos a revisarlo y a hablar con usted. Con permiso ―las dos mujeres salieron de la habitación dejando un leve aroma a perfume que Miranda no percibió.

Seguía murmurando en voz baja, atado, desesperado y con los ojos muy abiertos. Aunque llevaba casi dos días sin probar bocado no tenía hambre y el suero era suficiente para mantener su cuerpo. Sentía que debía salir de allí en busca de Luisa, sin importar donde estuviera. Contrataría un detective privado, después de buscar a la policía. Tenía planeado encontrarla como fuera posible. En su mente miles de ideas se arremolinaban intentando confundirlo. La imaginaba en peligro, escondida, asustada, pero también la pensaba escapando con algún extraño, o incluso sola en otro país. Pero eso no le importaba. El estaba dispuesto a buscarla y a encontrarla, así su vida entera se le fuera en ello. Tenía una pequeña cuenta en el banco con un dinero que le habían dejado sus abuelos. No era una cifra astronómica, pero si considerable, y durante años él se había encargado de hacerla más voluminosa. Sería suficiente para emprender su búsqueda sin inconvenientes, lo único que tenía que hacer era salir de ese hospital.


Conforme pasaban las horas, Miranda se impacientaba. No podía siquiera rascarse, se había orinado dos veces y ya las enfermeras no hacían caso de sus pedidos. Ni siquiera se molestaron en cambiarlo cuando llegó el psicólogo en compañía de dos médicos más.

―Señor Miranda, espero que esté más tranquilo que la última vez que lo vi. ¿Me recuerda? ―el Doctor Cifuentes tenía hinchada la mandíbula―. Parece que durmió bastante.

―Déjeme salir de aquí. Juro no hacer nada malo, sólo quiero encontrar a mi esposa ―Miranda hablaba muy rápido, desesperado―. Le prometo portarme bien. Sólo déjeme ir.

―Señor Miranda, soy la Doctora Casas y este es el Doctor Rosas. ¿Cómo está? ―la mujer que habló era pelirroja, de unos cincuenta años y de mediana estatura.

― ¿Tengo que estar atado? Quisiera poder cambiarme de ropa.

―En un rato vendrá la enfermera y le ayudará con eso. Por ahora vamos a tener que permanecer así ―la Doctora Casas habló con imposición.

― ¿Saben algo de Luisa? ¿Pudieron contactarla? Las enfermeras no han querido hablarme ―Miranda no perdía la esperanza.

―Creo que vamos a tener que dejar de hablar del tema. ¿Tiene algún familiar al que podamos contactar? Vamos a trasladarlo y necesitamos dar aviso ―esta vez quien habló fue el Doctor Cifuentes. No parecía molesto por el golpe.

―Ya les dije, la única persona es mi esposa Luisa. Mis abuelos murieron hace mucho tiempo y no tengo padres. ¿Cómo que trasladarme? ¿A dónde me van a llevar? No, lo siento, exijo que me expliquen qué sucede. Yo necesito es salir de aquí para encontrarla ―no soportaba esa tortura. Nadie entendía que sucedía en su interior, nadie pensaba que tenía que encontrarla. Sin ella no era nadie, no era nada.

―Vamos a llevarlo a una institución de salud mental. Me encargaré personalmente de su caso Señor Miranda ―la Doctora Casas habló seriamente y lo miraba esperando la reacción de sus palabras.

―Lo que quieren es que yo no encuentre a Luisa, ¿verdad? ¿Fue ella quien les dijo que me encerraran? Yo no voy a dejar que me metan a un manicomio, olvídense, yo no estoy loco ―las últimas palabras lo hicieron pensar. Estaba atado a una camilla, desesperado, con los ojos muy abiertos y buscando a alguien que nadie más parecía haber conocido. Claramente se veía como un loco, pero estaba convencido de que no lo era.

―Aquí no utilizamos esos términos. Creemos que está teniendo una crisis y es momento de ayudarlo. No se va a quedar allí toda la vida, se lo aseguro ―era la primera vez que el Doctor Rosas decía algo.

―Miren, por favor. Ustedes no lo entienden. Necesito salir de aquí y encontrar a Luisa, pudo haberle pasado algo. No es normal que esto ocurra, necesito dar aviso a las autoridades. Por favor, ayúdenme, se los pido de corazón ―Miranda suplicaba. Allí amarrado y acostado se sentía ridículo, nadie podía sostener una conversación así. Nunca lo habían transgredido de esa manera. Las lágrimas caían por su rostro hacia la almohada y moqueaba sin poder limpiarse. Sólo pedía un poco de empatía, de compasión.

―Señor Miranda, sé que esto es duro para usted, pero en la clínica podremos hablar con mas calma, se lo aseguro ―la Doctora Casas lo miraba con ternura.

― ¡No! ¡No lo entiende! ¡Puede que le haya pasado algo, que esté secuestrada, perdida! ¡Déjenme salir de aquí! ¡Auxilio! ¡Ayúdenme! ¡No me quieren dejar salir! ―Miranda gritaba con todas sus fuerzas intentando soltarse. Las correas de la camilla comenzaron a ceder con los fuertes movimientos. De nuevo el Doctor Cifuentes fue quien llamó a los enfermeros y éstos, esta vez sin dudarlo, sedaron a Miranda y apretaron las correas.

―No queríamos llevarlo así, pero no nos deja alternativa ― la Doctora salió de la habitación mientras Miranda caía dormido. Se había lastimado las manos vendadas que ahora sangraban.


Le retumbaba la cabeza de tantas veces que lo habían drogado. Tenía un leve mareo que sumado a las náuseas no lo dejaban pensar con claridad. Abrió los ojos y giró la cabeza para vomitar evitando hacerlo encima. Ya se sentía bastante humillado como para ir con asco. Estaba en una ambulancia, de nuevo atado y en compañía de un paramédico que le acerco un balde.


La Clínica del Campo quedaba a las afueras de la ciudad en un perímetro abierto rodeado por jardines muy bien cuidados. Los habitantes del lugar, así como los empleados, caminaban y se distraían por distintas partes fumando, conversando o simplemente contemplando el paisaje. Era un lugar tranquilo donde pocas veces había altercados y todos convivían en paz mientras se recuperaban. Famoso por sus distintas y alternativas terapias, era un lugar ideal para diferentes adineradas personas, atormentadas por su mente y sus propios demonios. Con un estilo arquitectónico rústico pero muy moderno, el lugar contaba con tres alas de dormitorios, dos de actividades, cuatro consultorios psiquiátricos y uno psicológico, un comedor, cocina y los jardines que además tenían una cancha deportiva. A esto se le sumaba una huerta y una zona de dibujo. Era lo último en salud mental y por ende intentaban drogar lo menos posible a los pacientes. O eso decían.


Al llegar, Miranda fue ubicado en el ala norte. Los dormitorios estaban en el segundo piso y eran muy privados. Sólo se compartían con un paciente y estaban amueblados cómodamente. Cada habitación contaba con un baño, dos camas, un escritorio y un sillón de cuero negro. Además, lámparas de lectura, alfombra y una ventana que daba a los jardines donde un sauce se levantaba imponente en medio de arbustos y rosales.

Cuando despertó ya no estaba atado y su cabeza estaba más tranquila. Se sentía flotando en la cama.

―Bienvenido, amigo mío. Soy Gastón Obregón, artista ―una voz ronca pero amable le llegó del lado derecho de la habitación.

―Luis Miranda ―Miranda se fijó en un cuadro que colgaba en la pared. Tenía una estructura rodeada de jardines en él, bastante detallados. Había puntos blancos de diferentes tamaños que parecían representar personas.

―Lo pinté la primera vez que vine aquí. Desde ese día siempre que vengo me ponen en esta habitación. Menuda estupidez ¿no cree? ―el pintor sonreía sentado en el sillón de cuero―. La idea es que lo vean los demás, no yo.

―Es bastante bueno, ¿qué lugar es? ―Miranda lo vio extraer una caja metálica de la bata, de donde sacó un cigarrillo y lo encendió.

―Es donde estamos ―lo dijo entre risas ―, un lugar bastante acogedor. Aunque como se imagina, lleno de cosas inesperadas. Ya me entenderá.

Miranda sentía el cuerpo muy liviano y le habían cambiado los vendajes, así como la ropa. Ya no sangraba y podía moverse con libertad.

― ¿Qué hora es? Me siento bastante desubicado.

―Hora del desayuno, amigo mío. Acompáñeme.


Salieron sin prisa en tanto Miranda se percataba que le habían puesto unos pantalones de hilo blanco y una camisa del mismo color. Eran bastante cómodas y se dio cuenta que Obregón vestía igual bajo la bata color vino. Al bajar las escaleras se cruzaron con dos mujeres también de blanco que saludaron con un gesto al pintor. El lugar tenia una armonía en el ambiente que inquietaba a Miranda. La limpieza, la decoración y los muebles eran muy pulcros y el personal del lugar también iba de blanco. Los diferenciaba un pequeño bordado en el pecho, sobre el corazón, donde finas letras doradas señalaban el nombre y cargo.

Al entrar al comedor un escalofrío recorrió el cuerpo de Miranda. A pesar de que se sentía muy ligero no sólo por la ropa, sino por la droga que seguramente le habían administrado, no pudo evitar sentir esa impresión tan extraña que le daban todos esos locos vestidos de blanco. Era como si hubiera entrado a formar parte de una secta religiosa, donde todos caminan con calma, sonriendo y dedicándose buenas palabras.

Había un bufé con platos excelentes. Miranda pidió caldo con huevos y café, mientras que Obregón se sirvió fruta. Cuando estaban terminando un hombre se les acercó. Dijo que a Miranda lo estaba esperando la Doctora Casas para su primera cita y este se percató del bordado en el pecho.


La oficina de la Directora Ana Casas era bastante grande. Ubicada en el segundo piso, pero en el ala sur de la clínica, gozaba de la mejor vista hacia las montañas. Varios diplomas enmarcados decoraban una pared, mientras la otra estaba revestida con una biblioteca que alcanzaba un techo de madera muy alto. La chimenea estaba apagada, con rastros de haber estado encendida la noche anterior. Las paredes color oliva tenían cuadros que por el momento no le interesaron a Miranda. La decoración era muy fina, bien escogida.

―Nos vemos de nuevo, Señor Miranda ¿Qué tal el desayuno? ―la mujer cerró un expediente que tenía sobre el escritorio.

―Me costó con estas manos así ―dijo al sentarse frente a ella.

― ¿Y qué le pareció el lugar? Encantador, ¿no es así? ―la doctora sonreía con las manos juntas sobre su regazo. Miranda notó que bajo la bata estaba vestida toda de blanco con un pequeño bordado dorado.

―Como diga. Quiero que me explique que hago aquí y cuánto tiempo estaré encerrado. Debo salir a buscar a Lui…

―A Luisa, ya lo sé ―lo interrumpió―. Señor Miranda, creo que vamos a tener que establecer unas reglas ―el tono de la mujer había cambiado. Dejó de ser amable y se tornó severo―. Unas reglas que no se van a discutir.

― ¿Reglas? ¿Qué clase de reglas? ―no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. A pesar de la euforia por la liviandad que su cuerpo sentía, recordó que Luisa no estaba, y que debía salir de ahí. Debía buscarla y encontrarla como fuera.

―No vamos a mencionar más a Luisa. Nunca más. ¿Está claro? ―la mujer lo miró fijamente a los ojos.

―No entiendo. Sabe que necesito salir de aquí. ¿Cómo es eso de que no vamos a mencionar más a Luisa? ¿Por qué? ―Miranda habló enojado.

―Porque Luisa no existe.

11 августа 2018 г. 0:51:43 0 Отчет Добавить 0
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Daniel Mateo Ordóñez "No tenga miedo de un mundo que usted mismo ha creado. Deje de buscar la felicidad y la realidad en un sueño, y usted despertará." Nisargadatta Maharaj

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