Sangre Mala Подписаться

8vaavenida

Cada año, ciento cincuenta cartas son enviadas a los habitantes de dieciséis años de Coldhell. Aquellos a los que les llega esta carta son seleccionados para La Prueba, la única forma de salvación que tienen los de Sangre Mala. La Prueba los salva del veneno que llevan en la sangre. Sin embargo, oscuros secretos y grandes misterios son revelados meses antes del décimo sexto cumpleaños de Cass, quien podría ser o no elegida para La Prueba, la cual pondría su vida en riesgo y la de los demás. Durante años los de Sangre Mala fueron descritos como personas crueles e inhumanas. Pero eso ahora está en duda. ¿Quiénes son los buenos y quienes son los malos? ¿O existe alguna diferencia?


Фэнтези Всех возростов.

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Capítulo 1. Las estrellas también mueren

Todos los finales son también comienzos. Simplemente no lo sabemos en el momento.
Las cinco personas que conocerás en el cielo, Mitch Albom.



La sensación que le producía el saber que el cuerpo que yacía sin vida en la cama era el de su madre no se comparaba con ninguna otra. Para alguien tan joven como Cass no era algo sencillo de asimilar. Pero ahí estaba, de rodillas frente a la orilla de la cama, observando como el color abandonaba el rostro de su madre; como perdía el rosado de sus mejillas y el carmesí de sus labios. Su piel, ahora fría, estaba pálida, pero se seguía sintiendo suave al tacto, o así lo creyó Cass al tocarla.

El nudo en su garganta se extendió con cada respiración que dio. No sabía qué hacer con todo el dolor que sentía; quería gritar, llorar y reclamarle a su madre el haberla dejado, ¿Qué niña de nueve años podría soportar el dolor de perder a su madre? El pensarlo, cristalizó los ojos de la pequeña, quien, por primera y vez en mucho tiempo, se permitió llorar; dejó que las lágrimas resbalaran y mojaran a su paso sus regordetas mejillas teñidas de rojo. Sintió como el nudo que se formó en su garganta se esfumaba con lentitud.

De sus labios, suaves sollozos se escaparon al tiempo en que más lágrimas caían. «No me dejes» pronunció en un susurro. Dejó caer su cabecita en el brazo de su madre para llorar con más fuerza. Necesita dejarlo salir todo, liberarse de aquel dolor que le oprimía el pecho. Con las lágrimas, el cansancio no tardó en hacerse presente; agotada por tantas emociones, cerró los ojos, esperando que la paz pudiera llegar.


♦♦♦


Para el momento en que Cassandra despertó, una llovizna leve empapaba la ventana de su alcoba, confundida, se cuestionó como había llegado allí. Pronto se formuló la posibilidad de que había sido su padre quien la había alejado del cuerpo yacente de su madre. A la joven, le palpitaba la cabeza y al tratar de levantarse, su cuerpo perdió el equilibrio por unos instantes. Empero, no tardo en recuperarse y avanzando lentamente, se dispuso a salir de su habitación.

La casa se sentía fría, era como si toda la alegría hubiese muerto con Olivia, madre de Cass. Los coloridos retratos de la familia Branwell no eran más que fotografías sin vida que traían a la mente de Cass momentos lejanos de felicidad. Insignificantes horas habían pasado desde la muerte de su madre y ya la echaba de menos, como si hubiesen pasado años de su partida.

Entró a la sala, donde tranquilamente jugaba Cat, la pequeña de negro cabello y ojos color cielo mantenía su mente ocupada en muñecas y osos de peluche. Cass deseó que ella pudiese estar igual de tranquila que su hermana menor, sin embrago no era así. Se acercó hasta la cocina, tomó un vaso y lo llenó con agua, ésta refrescó su garganta al pasar por ella, pero sintió el vacío en su pecho y el nudo en su garganta oprimiéndola nuevamente, el dolor no cedía ni siquiera por un segundo; agradeció que su mente no le gastara malas jugadas, como lo hacía cada noche con horrendas pesadillas, pero ni las pesadillas causaban tanto dolor en Cass como la perdida que sufría ahora.

Limpió las lágrimas de sus mejillas y abandonó la cocina, necesitaba refugiarse en la biblioteca de su padre, con un libro en las manos, sentada junto al fuego y con una taza de té. Necesitaba escapar de la realidad para adentrase en un mundo mejor, un mundo sin muerte y donde todo fuera más feliz. Puso su mano sobre la manija intentando abrir la puerta del estudio, hasta que se percató de que estaba cerrada. Lo cual resultaba extraño. Su padre siempre mantenía el estudio abierto, argumentando que no había secretos que ocultar, entonces ¿por qué ahora estaba cerrada?

A lo lejos y con notable enojo, escuchó a su padre gritarle a la persona que con él estaba.

—Lamento decirte George, que cada palabra que he dicho es cierta —habló una voz profunda y grave. Cass sintió una pizca de curiosidad ante el acompañante de su padre, intentó descubrir a quien pertenecía la voz, sin embargo, sus esfuerzos fueron nulos, si había escuchado esa voz anteriormente, no podía recordar de quien era.

—¡Mientes! —exclamó enojado y con voz entrecortada su padre —. ¿Cómo pudo hacerlo? ¡Dios, es su hija!

—¿Qué ganaría mintiendo? —cuestionó molesto el hombre, Cass seguía sin entender de quien se trataba. Vagos recuerdos pasaron por su mente, pero ningún rostro apareció. Estaba completamente segura de que aquella voz la había escuchado antes.

—¿Olivia lo sabía? —el cambio de tono en la voz de su padre sorprendió a Cass, ya no sonaba enfurecido, por el contrario, su voz era deprimida y en susurro.

Pasaron unos minutos en los que aquel sujeto se quedó en completo silencio, incluso podía escuchar su propio corazón martillándole en el pecho. Cass, curiosa por la plática, se cuestionaba de quien estarían hablando, si de ella o de Cat.

Pronto fue extraída de sus confundidos pensamientos cuando nuevamente escuchó hablar al acompañante de su padre.

—Si. Ella siempre lo supo —respondió con voz apagada, como si a incluso a él le doliera decirlo.

Elliot, pensó Cass. Sintió como una ligera presión y angustia la abandonaba al recordar el nombre al que pertenecía aquella voz. Era el señor de la cicatriz.

Seis meses antes de que Olivia comenzara a sentirse mal, un hombre desconocido comenzó a frecuentar la casa de la familia Branwell, en más específico, a la misma Olivia. Inclusive en una ocasión, Cass fue la que le abrió la puerta a aquel hombre; era alto y de rubio cabello, con ojos color avellanada y una tez clara. Jamás en su corta vida Cass había visto a ese sujeto, sin embargo, con la creciente enfermedad de Olivia, este hombre regresó un par de veces en el mes y con el paso del tiempo, llegó a visitar a la madre de Cass cada tres días.

Y ahora, Cass se encontraba confundida, en más de una vez, había visto a su padre enojado ante la visita de este hombre, de nombre Elliot LeBlanc o por lo menos eso creía Cass. Era claro que George no soportaba las extrañas visitas de Elliot, y, aun así, ahí estaba, hablando con el padre de Cass, quizá no con la suficiente tranquilidad, pero si a solas ellos dos, cosa que Cass no recordaba que sucediera alguna vez.

Cass, poniendo atención a la plática, escuchó los suaves sollozos provenientes de su padre. Encarnó una ceja cuestionando la razón de su llanto.

—Realmente lo siento —se disculpó Elliot —. Pero habrá más tiempo para disculparme que para salvarla.

—¿De qué estás hablando? —las cosas cada vez se volvían más confusas para Cass y la preocupación invadió su cuerpo al imaginar horrible respuesta de aquel hombre que le provocaba terror y curiosidad al tiempo, recordaba la cicatriz cerca de su cuello, preguntándose qué era lo que le había pasado.

—¿Cass? —la repentina voz de Cat hizo salta a Cass del susto además de provocar que la pelirroja chocara con el mueble más cercano.

—¿Qué estás haciendo aquí Cat? —cuestionó Cass, su respiración y pulso aún se encontraban acelerados a causa del susto.

—Te estaba buscando —respondió Cat. Su hermana mayor la observó por algunos minutos, era tan diferentes la una de la otra, por un lado, Cass tenía el cabello de un color rojizo y ojos color avellanas y verdosos mientras que su hermana Cat era morena y con un par de hermosos ojos azules. Cass tenía todos los rasgos de su madre y en cambio Cat era tan parecida a su padre.

Cualquiera que las mirase podría dictaminar que no eran hermanas, sin embargo, compartían la misma sangre; sangre Mala.

—Deberías dormir un poco —sugirió Cass, suavizando su gesto. No era justo que descargara su nerviosismo contra Cat.

La pequeña de oscuro cabello asintió con la cabeza, apretó a su oso de felpa contra ella y echó a andar por donde había venido, en tanto, Cass regresó a sus antiguas acciones. Una vez más, pegó su oído contra la puerta, sin embargo, para desgracia suya, las voces se habían detenido. Decepcionada, se alejó de la puerta, mas no había avanzado diez pasos cuando escuchó el sonido de la manija abrirse y en un movimiento rápido, se escondió detrás del mueble con el que había chocado. Y segundos después vio al extraño salir de la habitación seguido de su padre.

—George —pronunció el hombre con voz neutra —, sabes muy bien que es lo que debes hacer. Es la única manera de mantenerla a salvo.

Con un simple movimiento de cabeza dio a señalar que había entendido. Cass veía confundida la escena; Elliot giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta, no sin antes darle un vistazo a Cass, quien se encontraba sorprendida de haber sido descubierta.


♦♦♦


Se pasó el resto de la tarde encerrada en su cuarto buscando explicación lógica a todo, ¿qué relación tenía aquel sujeto con su madre? ¿a quién se referían con ella? ¿qué fue lo que su padre prometió? Su cabeza estaba hecha un lío, uno demasiado grande para su edad, y aunque quisiera evitarlo no podía, su madre siempre decía que era la curiosidad en persona y quizá tenía un poco de razón.

A fuera, los murmullos aún no se dejaban de escuchar, personas que Cass jamás en su vida había visto se encontraban charlando y diciendo palabras como lo siento cada que veían a Cat, su padre o incluso a ella. Pero eso Cass no le importaba, la presencia de aquellas personas no causaba curiosidad alguna en la joven, sino que por lo contrario la aburrían, lo único que realmente le proporcionaba interés era Elliot LeBlanc. Por mucho que lo intentara, sus pensamientos siempre volvían a su nombre.

Se sentía exhausta y perpleja ante la conversación que escuchó. Y luego estaba la culpabilidad de haberse entrometido en un asunto que de ninguna manera le incumbía. Abrumada por los miles de pensamientos e ideas que se desarrollaban en su diminuta cabeza, se dejó caer sobre el colchón de su habitación y observó el techo. Su madre solía decirle que si estiraba un poco los brazos podría ser capaz de tocar las estrellas y que cuando lograra aquello ella entendería todo. Pero eso solo eran viejas palabras que usaba su madre para darle un toque especial a las estrellas plateadas que se encontraban dibujadas sobre el techo de su habitación. Y ahora que lo pensaba Cass, ya esas palabras nada significaban.

Pasado el tiempo, unos suaves golpes a la puerta la distrajeron del aburrido juego de contar las estrellas pintadas, ordenarlas por tamaño y por las más lindas. Con un susurro, indicó que pasara y poco después la puerta se abrió.

—¿Cómo estas, pequeña? —preguntó su padre de manera dulce y preocupada.

—La extraño —soltó demasiado rápido, ni siquiera pudo pensar y analizar lo que diría cuando sus palabras ya estaban escapándose de entre sus labios.

La mirada de su padre se suavizo aún más, tomó las diminutas manos de Cass entre las suyas apretándolas y jugando con ellas. Su padre se mantuvo callado por unos minutos, sosteniendo las manos de Cass.

—Sé lo mucho que la extrañas —habló George por fin — porque yo la extraño al igual que tú. Pero tu madre ahora está en un mejor lugar, en donde la muerte ni La Prueba existen.

Y entonces la interrogante apareció:

—Papá, ¿La Prueba es mala? —interrogó inocentemente Cass.

—No lo sé mi amor —respondió su padre —, jamás estuve ahí. Pero siempre cabe la posibilidad de lo sea, no creas mucho las historias mal contadas.

Cass asintió con la cabeza y si padre se acercó para besar su sien. Luego de un te quiero, su padre se marchó nuevamente. Cass supuso que iría a ver cómo estaba su hermana.

Era extraño la falta de ánimo de Cass, las ganas de leer o realizar cualquier otra actividad desparecieron dejándola afligida. Regresó a su actividad anterior: contar las estrellas en su techo. Analizó las palabras de su padre: no confíes en las historias mal contadas. Cass no lo entendía aún, quizá por ser demasiado joven. Pero era cierto que en un lugar como Coldhell no había ninguna otra opción.

12 июля 2018 г. 22:16:43 1 Отчет Добавить 2
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Stanley Kio Stanley Kio
Lo primero que me llamó la atención de tu historia fue la portada; a mí normalmente me tienen que entran las cosas tanto por el ojo como por el contenido. Me gustó bastante esta primera parte <3, explica lo justo sobre sus personajes, sin embargo, tengo curiosidad porque termines explicando el mundo en que se desarrolla con más detalle. Ojalá puedas actualizar pronto, muchos ánimos <3.
~

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