Los hombres ya no cuentan historias de amor Подписаться

homali ALBERT SUREDA

David regresa a Caleda un verano después de su inconclusa historia de amor con Laia. Ella desapareció de un día para otro, sin avisar, sin dar explicaciones. Tampoco se las dieron sus padres ni sus amigos. Y a David se le acabó el verano. Un año más tarde, y con aquella fascinante joven aún presente, David vuelve decidido a averiguar qué ocurrió aquella desgarradora tarde de finales de agosto. A medida que tire del hilo, descubrirá qué esconden las entrañas de aquel lugar que, hace no mucho tiempo, consideró un paraíso.


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#misterio #amor #erotismo #drogas #adolescencia #verano
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Puede que no vuelvan a leer algo parecido. En realidad es lo más probable. No son tantas las personas que pueden afirmar, sin miedo a equivocar el concepto, que amaron hasta bordear la demencia. Me ocurrió con ella, con Laia, justo cuando pensaba que lo sabía todo sobre la naturaleza de las relaciones. Por lo menos, respecto a las chicas de mi edad. Había perdido la fe en las sorpresas, en volver a experimentar esa ilusión ingenua, por desconocida, del primer amor. Esos once días me trastocaron los planes, maldita sea; y esas diez noches me transportaron al cielo sin mi permiso. Hicimos nuestros el mar, la arena, el sol y la sal. Sin preguntar, como si tuviéramos un derecho legítimo sobre todo cuanto nos rodeaba. Era absurdo, y a la vez innegable. 

No soy el mismo desde entonces. Me sigo llamando David Segura porque ella pronunció ese nombre varias veces, normalmente entre risas, a la vez que me recriminaba mi osadía y me propinaba un manotazo en el hombro o en el culo. No dolía, acariciaba. Después de aquello, solía llegar un beso. Fue a consecuencia de ellos, y de observar el azul de sus ojos, que doblegaban al del mar, que cayeron mis preconcepciones: prioridades, seguridades, necesidades... por cuenta propia, todas quedaron sepultadas bajo aquellas dunas que nos ocultaron del mundo a plena luz del día. Entre ellas me pegué a su piel, sostuve sus labios y afilé sus sentidos. Dejé a un lado los recelos, las poses, esa máscara de dureza que prácticamente se había adherido a mi rostro. No, no soy el mismo desde entonces, porque vuelvo a ser quien fui una vez, hace años. Vuelvo a ser esa persona que, sin saberlo, añoraba. 

Y entonces ella se fue. En el punto más álgido de nuestro reinado. Cuando teníamos a nuestros pies aquella pequeña localidad de la costa, Caleda, que ya no pude olvidar, por mucho que lo intentara. Se fue sin avisar. No sé cuántas veces repasé mis últimas palabras, mis últimos gestos, en busca del error garrafal. Fueron dos días agónicos. Lo sé, agonía es una palabra que, empleada a la ligera, acaba por perder su crédito y la de quien la emplea, pero en este caso, me voy a permitir hacerlo. Primero faltó a nuestra cita, luego no contestó a las llamadas. Al día siguiente, quebré nuestro acuerdo y llamé a la puerta de su casa. Me recibió su madre y pronunció unas palabras que me aliviaron en primera instancia y me quemaron a continuación, en una misma corriente. Había salido con unos amigos. Estaba bien, me repitió, por lo menos en dos ocasiones, ante mi insistencia.

- ¿Podrá decirle que me llame cuando vuelva?

No lo hizo. Laia se había desentendido de mí en la estremecedora franja de tiempo que transcurrió entre que hicimos el amor en mi dormitorio y la tarde de ese mismo día. Mi estancia en Caleda agonizaba. Pasé las peores cuarenta y dos horas de mi vida velando quién entraba y quién salía de esa casa de muros blancos, mientras mis padres y mi hermano me imaginaban gastando un buen rato con ese grupo de jóvenes de mi edad al que tantas veces me había referido desde que la conociera a ella y que, por descontado, no existía. Mi paciencia no se vio recompensada. Laia no entró ni salió de casa a lo largo de ese tiempo y continuó ignorando mis llamadas, hasta que, directamente, me recibió el contestador. 

A día de hoy sigo sin entender. Mientras el coche de mi padre va dejando atrás los latifundios de secano, mi mirada se pierde en la línea que separa los campos del cielo. Mientras, la mano que desde hace un rato no saco del bolsillo engarza un trozo de papel arrugado. Es el mismo que encontré en el bañador rojo mientras hacía la maleta, aquel deprimente 30 de agosto. El último baño con Laia había sido con él puesto. Había sacado el folio con manos temblorosas. La tinta estaba corrida, pero la silueta del águila aún era identificable; también lo era el nombre de debajo: DEMUS. 

Estoy a menos de tres horas de regresar, once meses después, a la tierra que un día llamé paraíso. Me hierve la sangre de excitación. No pienso marcharme sin saber qué fue de Laia Artiga.  

9 июня 2018 г. 14:54:41 4 Отчет Добавить 5
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CharmRing CharmRing
me gustó, aunque ironico el título ya que es justo un hombre, quien escribe esta historia de romance
18 сентября 2018 г. 9:47:03
ES Ernest Sanl
muy profunda historia, seguiré atento!
25 августа 2018 г. 19:22:16
Elin Marsh Elin Marsh
Felicitaciones, espero con ganas la siguiente entrega. Prosa depurada y mezcla de géneros. Deseando ver como evoluciona la historia y los personajes

  • ALBERT SUREDA ALBERT SUREDA
    Gracias Elin, la evolución de los personajes será una de claves de la novela. Espero que te siga gustando! Un beso. 9 июня 2018 г. 16:11:18
~

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