Focus Lumen: Factor Cero Подписаться

u861831214 Edgar Ramírez Zárate

Voy a encontrarte" Son las palabras que encierran la más épica de las batallas, esa que definirá el resto de la existencia humana. Después de un evento catastrófico que merma la vida en la tierra, bautizado como: "El colapso", la humanidad trata de restablecer la vida en base a la energía más pura e inagotable que existe, el bien llamado "Lumen"; el único problema es que ese poder, fue el causante del mismo colapso en primer lugar, lo que lo vuelve un riesgo latente. Además, mientras las personas tratan de reconstruir su mundo, habitantes de otro, harán lo posible por hacerse del inagotable poder del Lumen. David, Tessa, Kira y Razi, los únicos humanos que pueden manipular esta energía a placer, serán la defensa final, contra estos poderosos y temibles seres.


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Prefacio

Prefacio

Gabriel logró transportarse al templo con lo poco que le quedaba de energía. Casi todo el Lumen parecía haber abandonado su cuerpo y por un momento, sintió que el control que tenía sobre él se esfumaba. Cual coladera tratando inútilmente de contener el agua.

Rápidamente se despojó de su espada y de una pistola Colt Delta de buen tamaño, y los colocó a cada lado suyo. Vestía una delgada pero firme armadura negra que cubría parte de su pecho, hombros, brazos y piernas. Cayó sobre sus rodillas y esperó varios minutos a que sus heridas sanaran.

El sudor que corría por su negro y corto cabello y la sangre que escurría por sus blancas y duras mejillas, le hacían sentirse un poco más cerca de los humanos. Ese pensamiento era el único que le daba ánimos: se sentía uno de ellos. Parecía que podía compartir un poco de su dolor; dolor, que, sin duda, en estos momentos, era demasiado para los mortales corazones de los hombres y mujeres que, desde ahora, tenían que empezar de cero.

Pero él sabía que todo aquello era pasajero. Pronto su dura piel comenzó a sanar con la rapidez y constancia con que las olas borran las huellas en la arena. La sangre dejó de escurrir y unas delgadas líneas escarlatas quedaban como única evidencia; el sudor no brotó más. Los moretones y heridas empezaron a desaparecer y poco a poco el dolor físico se desvaneció. Eso sólo lo hacía sentir culpable y el pesar de su alma parecía apretarle el pecho.

Gabriel se puso de pie, sonrió con ironía y caminó por los pasillos del templo. “Ya crece” se dijo.

Aquel lugar era magnífico: paredes de mármol, blancas como la cera; pisos negros, brillantes y lujosos; columnas altas y talladas con finas formas. Era, en pocas palabras, algo que los griegos podrían haber confundido con el Olimpo, lo cual, en realidad, no estaría tan alejado de la verdad.

Gabriel recorrió los aposentos. Metros y metros de ostentosidad no llamaron su atención. Había vivido ahí toda una eternidad y eso era para él, simplemente una casa. Ignorando varias puertas a su paso, llegó al final del corredor. Ahí, un enorme tallado de madera descansaba solemne y pacífico frente a Gabriel.

Todo estaba oscuro, como jamás lo había estado, ya que en ese sagrado lugar la luz jamás había desaparecido. Hasta entonces.

El grabado tenía representada una especie de escena apocalíptica. En la parte superior, unos seres alados flotaban alrededor de una figura ovalada que parecía emitir haces de luz, lo cuales se dirigían hacia donde los humanos estaban obviamente representados. En dicha imagen se erguían hombres de rostro y actitud prepotente, riendo y disfrutando de excesos. Bajo ellos, varias personas de aspecto humilde trabajaban el campo y lloraban a un difunto. Por último y al pie de aquel ornamento de madera, unos seres fantásticos miraban hacia arriba, tratando de llegar a la superficie, y así, alcanzar a los humanos.

Gabriel dirigió su rostro de finas facciones y sus ojos de un peculiar y único color naranja, a la escena que tenía frente a él. Levantó uno de sus dedos y dibujó una figura en el aire. Por donde pasaba la punta de su dedo, una línea dorada quedaba suspendida en el vacío. Cuando por fin terminó, una especie de pentagrama quedó estampada en el aire y aquel muro de madera se partió en dos, formando una puerta de enormes proporciones.

Gabriel no se movió, sólo se quedó ahí, mirando el agujero negro e interminable que la puerta había descubierto. Cuando por fin pudo dar un paso, lo dio hacia atrás mientras cerraba sus ojos, llenos de dudas y remordimientos.

-Es duro ¿no? Tener que sellarla. Jamás volver a cruzarla - preguntó una voz ronca a sus espaldas. Gabriel se dio la media vuelta y observó cómo una figura se dirigía hacia él, caminando cual alma en pena. Se trataba de Rafael, su hermano mayor.

Gabriel era alto y estaba en buena forma. Incluso su fuerza sería cientos de veces mayor a la del hombre más poderoso del mundo, pero, al lado del recién llegado, parecía un adolescente flacucho y cualquiera. Rafael medía casi dos metros y era tan corpulento como un toro. Su largo y rubio cabello, caía por debajo de sus hombros. Llevaba una barba de candado, unas arracadas en cada oreja y una armadura similar a la de Gabriel, sólo que en color azul. Sus ojos celestes, observaban fija y tristemente a Gabriel, quién no le devolvía la mirada, sino que lo examinaba de pies a cabeza.

Gabriel notó que su hermano no tenía heridas o éstas ya habían cicatrizado; quizá había llegado ahí incluso antes que él mismo. Aunque se alegraba de verlo con vida y sentía cómo parte de la presión en su pecho desaparecía, no pudo expresarlo; en cambio, forzó una sonrisa, sin ánimos de seguirse lamentando.

Rafael se detuvo apenas a unos centímetros de Gabriel. Quiso decir algo, pero se contuvo. Miró hacia el tallado de madera y suspiró ligeramente.

- ¿Y Miguel Ángel?- preguntó por fin Gabriel

- No regresó. Creo que no ha estado aquí desde el inicio de la guerra. No lo he visto. No creo que quiera ser encontrado- contestó Rafael con un hilo de voz.

Gabriel levantó la mirada, era como la de un niño cuya navidad se había cancelado: en parte colérica, en parte extrañada.

-Así que el muy desgraciado decidió salir por la puerta de atrás. Vaya que si me engañó todo este tiempo. Pensé que algo así era muy bajo para él. –Rafael, lo miró. No había una respuesta-. Bueno, qué más da –continuó-. Un antiácido será más que suficiente. Algo así puede causar indigestiones, incluso a entes como nosotros. –Se tomó unos momentos y reflexionó-. Pero él sigue ahí afuera. Puedo sentirlo.

Rafael no se movió, ni siquiera relajó su mirada un poco. Miles de años, le habían enseñado que el más pequeño de sus hermanos solía esconder el dolor detrás de una careta de despreocupación. También había aprendido a no ir contra eso.

-Es cierto, él está ahí y debo encontrarlo -dijo Rafael al fin, firme pero sin emoción–. Y entonces va a tener que responderme a mí… por todo; por todos- sentenció Rafael.

Gabriel sentía como si lo hubieran abofeteado en cada mejilla. En toda su existencia jamás había presenciado que Rafael siquiera cuestionara un poco la autoridad del máximo en el templo. Miguel Ángel siempre había sido la voz de la verdad en el mundo de su gigantesco hermano y en ese momento, a pesar de la serenidad que aparentaba, podía sentir cómo el Lumen alrededor de Rafael se encendía. En aquel ser querido que jamás hubiera salido ni un poco de los parámetros, hoy había odio. “Aunque no le haría mal aprender una que otra palabrota, es un avance” pensó para sí.

-Rafael, él no, ¿por qué no estuvo ahí? Con nosotros -preguntó en un tono más serio. Tenía que saber por qué pasó lo que pasó, por qué todo había salido tan mal.

-Gabriel, tenemos muy poco tiempo-. Fue la respuesta de Rafael, quién por fin reaccionó. Caminó hacia la puerta y pasó las yemas de los dedos sobre el tallado de madera-. Por fin alcanzaron este lugar… ellos, los Parac-tos… Estos cuartos pronto se llenaran de esos seres, así que…

Gabriel miró a su alrededor. Ya lo había sentido, sólo que no había querido darlo por hecho. Su hogar dejaba de ser un lugar seguro.

-Sí, ya veo. Menos mal, tenía casi veinte minutos sin pelear –ironizó- ¿Cuál es el plan?

-Debemos escapar. Esta no es una batalla que podamos ganar aquí –sentenció Rafael.

-¿Y, después de eso? No es por nada, pero no se me da eso de la ociosidad.

-Iré por Miguel Ángel –indicó Rafael, con voz severa- una vez que salde cuentas con él, buscaré a Adam y a sus guerreros. Si ellos mueren, no habrá más que temer.

-Nah, tú sólo quieres llevarte todo el crédito –se quejó Gabriel-. No sabía que tenías delirios de grandeza. ¿Qué se supone que haga yo entonces, gran jefe?

-Encuentra a los sellos –pidió Rafael-. Alguien debe cuidarlos y entrenarlos.

-¿Se supone que ese sea yo? No lo sé, jefe. Mi nivel de responsabilidad ¿recuerdas? Es tan vago como tu sentido del humor. Yo no puedo, no soy el más indicado… -dijo al final, con lapidaria seriedad.

-Yo no estaría tan seguro. Gabriel, no hay nadie que los conozca mejor que tú ¡Por Andemián! –exclamó a forma de expresión-, Dios sabe cuánto me quejé de tu afinidad hacia ellos. Hoy podría sernos útil.

-¿Dios? Creo que alguien es más humano de lo que quiere aceptar.

-Además -siguió Rafael- no estarás solo.

Gabriel levantó la mirada, frunció el ceño y mientras se disponía a preguntar a qué se refería, ambos lo sintieron. El tiempo se había terminado. Observó entonces al vacío, a ese hoyo negro que creaba la oscuridad profunda del pasillo. Contó entre dientes y sonrió.

-Vaya, deben ser cientos de ellos- se sonrió Gabriel mientras se volvía hacia Rafael.

-Sí, creo que si uno más apareciera tendríamos problemas- respondió Rafael devolviendo la sonrisa.

-¿Acaso eso fue una broma? –se sorprendió Gabriel-. Justo en el momento menos adecuado te pones todo comediante conmigo. Mejor te concentras, viejo.

-Lo que tú digas.

Gabriel, sin dejar de sonreír, tomó el hombro de su hermano, Rafael hizo inmediatamente lo mismo.

-Entonces ¿nos vemos pronto? -preguntó Gabriel

-Tarde o temprano. Cuida los sellos- contestó Rafael con una voz que denotaba tristeza disimulada.

-Cuídate a ti mismo.

Gabriel terminó de decir esto y se dio la media vuelta. No quería expresar la desesperanza que en esos momentos invadía toda su piel; no era su estilo. Lo mejor era partir, saber que no había nada más que decir y que había tantas cosas por hacer. Quizá era la última vez que veía a su hermano; nadie les aseguraba siquiera salir de aquel, alguna vez, acogedor lugar. Y de pronto, cuando la nostalgia parecía entumir sus sentidos, los vio.

Decenas de criaturas rastreras y ágiles se dirigían hacia ellos, con sus ojos amarillentos fijos en los dos hermanos. Sus cuerpos parecían estar hechos de petróleo y su piel, estaba llena de escamas puntiagudas. Se asemejaban a sombras con volumen y movimiento propio: “Los parac-tos” susurró Gabriel.

Uno de ellos levantó lo que debía ser su rostro, emitió un extraño sonido y se movió con una rapidez fuera de lo común en dirección a Gabriel. Desafortunadamente para la criatura, ambos hermanos eran todavía más rápidos.

Gabriel, con un sencillo pero ágil movimiento, eludió el ataque de la criatura. Rafael extendió su brazo y atrapó entre sus dedos el cuello del parac-to, el cual gimió de dolor. Rafael apretó los dientes. Un aura de color azul celeste, rodeó todo su cuerpo. Cerró su mano y sin el menor esfuerzo, pulverizó a aquel ser.

El resto de los parac-tos tomaron esto como su bandera de salida. Todos atacaron en bandada, soltando chillidos y brincando enloquecidos.

Gabriel rápidamente cambió su postura. Aquella misma energía azul, rodeó cada milímetro de su cuerpo. Mirando fijamente a sus objetivos, levantó los brazos. El dedo índice de su mano derecha apuntaba al frente, su mano izquierda sostenía el brazo contrario. De la punta de su dedo extendido, una línea de energía salió disparada y todo lo que tocaba a su paso, estallaba en llamas azules. Varias criaturas fueron alcanzadas y soltaban gritos guturales.

Rafael hizo aparecer de la nada, una cadena dorada que no tenía fin. La punta era parecida a la de una flecha y respondía a la posición de los enemigos. Se levantaba como un sabueso buscando su presa. Lanzó uno de los extremos hacia sus enemigos. La cadena, que aparentaba tener vida propia, fue sujetando una a una a las criaturas. Cuando tuvo un número considerable de ellas atrapadas, Rafael dio un energético tirón a su arma, la cual arrastró a los seres y los juntó en una enorme masa de negrura, para después ser rodeados de la extraña energía azul y desaparecer pulverizados.

Gabriel corrió varios metros por el pasillo y en menos de un segundo estaba a un lado de su espada y arma de fuego; abandonados por él, minutos atrás, presa de su melancolía. Tomó su sable y se incorporó. Dos parac-tos se abalanzaron sobre él y fueron partidos a la mitad con un par de ágiles movimientos de muñeca. Se dirigió a una de las ventanas del templo. En el jardín había un río de enemigos que entraban por la puerta principal. A un lado de aquella multitud de seres oscuros, dos sujetos con figura humanoide, cubiertos por mantas cafés de pies a cabeza, observaban la escena.

Rafael, mientras tanto, luchaba con varias criaturas al mismo tiempo. De potentes puñetazos mandaba volar a cada sombra que tenía la mala idea de acercarse a él. Sin embargo, al segundo parecían multiplicarse y pronto ni la fuerza del enorme rubio era suficiente para mantener a raya a todos. Gabriel apareció súbitamente a su lado.

-Ya no están solos, Rafael. Tiempo de ponernos en polvorosa.

-Déjalos venir, quizá es el momento de saldar cuentas- respondió Rafael, a la vez que, con un poderoso abrazo, trituraba a dos Parac-tos.

Gabriel dio un paso atrás, puso la espada en su vaina, (la cual cargaba a un costado de su pierna izquierda) elevó ambas manos y las llenó de energía.

-¡Aleo perditus!- gritó Gabriel y extendió las palmas hacia el frente; dos ondas de energía en forma de aros salieron de ellas y recorrieron aquel pasillo de principio a fin. Los parac-tos de pronto quedaron paralizados y antes de que pudieran comprenderlo, explotaron todos al mismo tiempo, dejando sólo rastros oscuros de su existencia.

-Impresionante

-Definitivo… fue lo último que me quedaba -dijo Gabriel.

-¿Puedes salir de aquí? -preguntó Rafael.

-Sí, ya vete, sólo me estorbas -respondió Gabriel mientras tomaba nuevamente su espada. Rafael sonrió y se dirigió al lado contrario de la enorme puerta de madera.

-Gabriel…-dijo antes de cerrar el enorme y grabado muro.

-Lo sé… -contestó Gabriel a la vez que miraba a su hermano de reojo–. Sólo vete y sella la puerta; nadie más debe cruzarla… no es un adiós.

-Cuídate -pidió Rafael y desapareció tras la puerta, la cual se cerró y fundió nuevamente en un solo muro.

Gabriel se arrodilló unos momentos y esperó. Podía escuchar los cientos de pasos dirigiéndose hacia él. Sentía el odio y la aceleración de las criaturas. Cerró los ojos y respiró unos momentos. Tranquilizó todo a su alrededor. Tenía que localizar mentalmente a cada uno de sus enemigos; sentir sus movimientos, su velocidad, su energía extranjera.

Todo el templo apareció en su mente, cada ser que lo cruzaba se dibujó tan claramente como si los viera en persona. Era el momento. Se incorporó e inició su movimiento; un movimiento que un simple humano jamás habría podido ver. Demasiado rápido, demasiado ágil. Los parac-tos apenas se percataban de que algo pasaba a su lado cuando eran atravesados por la filosa arma de Gabriel. Uno a uno, fueron cayendo sin tener tiempo de reaccionar.

Gabriel llegó a una de las ventanas contrarias a la entrada principal del templo. Antes de salir por ella, dio un último vistazo a su hogar. Los seres trepaban los muros, recorrían los pisos y subían las escaleras con ahínco. Todo se había perdido. Casi sintiendo cómo el aire le comprimía la garganta y ahogando un grito de lástima, abandonó el lugar.

Minutos después, los dos hombres cubiertos en las mantas cafés llegaban a la enorme puerta de madera tallada. Uno de ellos dio un paso adelante, quedando a centímetros del grabado. Después de examinarlo unos momentos, se retiró con elegancia la capucha que llevaba sobre la cabeza. Su rostro de facciones toscas y sus ojos casi completamente negros se fijaron en su compañero y torciendo la boca en una acción que intentaba pasar por sonrisa, estiró de más la piel de su cara, la cual tenía casi la misma tonalidad de sus ojos.

-¿Puedes abrirla? -preguntó en una voz ronca espectral.

-No -contestó el acompañante.

-Claro. Sigo sin entender la utilidad de tenerte de nuestro lado, Uriel.

El otro hombre se retiró de un tirón la capucha. Su piel (de un blanco impresionante) no anunció ningún tipo de gesto. Sus ojos cafés se mantuvieron impasibles y su cabello corto y rojo permanecía tan tranquilo como él.

-La buena noticia es que no te corresponde entenderlo- contestó Uriel con una voz que expresaba total calma

-Ciertamente –se rindió el tosco sujeto de piel morena–. En ese caso, ¿por qué no me muestras el resto del lugar? -Aunque parecía una pregunta, su tono dejaba en claro que era una exigencia. Acto seguido, pasó a un lado de Uriel y se alejó velozmente.

Uriel miró unos segundos más la puerta y la tocó con la yema de sus dedos. Estaba sellada, tal y como lo pensó. Sus hermanos estaban ahora lejos de ahí.

Se colocó la capucha nuevamente, dejando sólo la boca al descubierto, en la que se dibujó sutilmente una sonrisa. Dio media vuelta y siguió al otro hombre.

La guerra sólo había concluido su primer episodio.

11 февраля 2018 г. 17:11:09 0 Отчет Добавить 0
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