Los demonios de Paola © Подписаться

carmennrrobles Carmen Robles

Paola Bas siente que su alma ha estado quebrada desde que era una niña. Su vida da un giro radical cuando su familia decide enviarla a la prestigiosa clínica Sant Jordi para recuperarse tras su última crisis. Allí vivirá los momentos más cruciales de su vida, sumergiéndose en un mundo de luces y sombras, donde nada ni nadie en esa clínica es lo que parece. Se enfrentará a sus demonios interiores, a los reales y empezará a descubrir el amor verdadero, enamorándose del arrogante y sexy Marco Arcos. Ambos iniciarán la búsqueda del alma robada de Paola envueltos en un entorno siniestro, lleno de misterios y secretos. ¿Estáis dispuestos a conocer esos terribles demonios que perturban a Paola y la intriga en la que se verá envuelta?


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CAPÍTULO 1: CAMBIO EN MI VIDA

Primavera de Marzo de 2014

Una fecha maravillosa para miles de jovencitas de mi edad pero no una buena estación para mí. Me encontraba encerrada en mi habitación, como venía haciendo desde hacía un mes. Otra vez estaba sucediendo, volvieron los demonios. Me hallaba de nuevo en un infierno semejante al que viví cuando era una chiquilla de dieciséis años, donde la inocencia de esa edad no pude disfrutarla. Me fue arrebatada sin más.

Otra vez estaba dejando todo a mitad, me sentía como un verdadero estorbo, primero abandoné la universidad donde apenas duré nada, lo máximo una semana. No sé dónde quedó la ilusión mientras me preparaba la Prueba de Acceso, pero lo cierto es que se esfumó como un rayo provocándome múltiples daños.

Ahora había abandonado una vez más el lugar donde estudiaba, un mes que faltaba a clases, no quería volver, de nuevo ese miedo, todo se estaba repitiendo, solo necesitaba llorar. Hundida como estaba en mi depresión, apenas salía de la habitación, nada ni nadie me podían hacer cambiar de parecer.

Llegó la hora del almuerzo, entonces decidí bajar porque si no mis padres se enfadarían conmigo, me puse ropa de deporte para que viesen al menos que estaba vestida y no en pijama. Cuando bajé a la cocina, como era costumbre mi padre, mi madre, mi hermana y mi hermano estaban sentados almorzando, además vi que mi plato ya estaba servido. Mi hermano se encontraba de vacaciones en Granada, pero dentro de unos días volvería a la ciudad donde trabajaba. La televisión estaba encendida, me senté, empecé a comer poco a poco pero realmente mi estómago estaba tan cerrado que dejé la mitad.

—¿No comes más? —preguntó mi hermano.

—No —respondí.

—Esto es el colmo, esta niña no puede seguir así mamá —dijo mi hermano negando con la cabeza, entonces comencé a llorar de nuevo, quería evitarlo para que mi madre no se preocupase por mí y no darle la hora del almuerzo, pero estaba muy sensible y lloraba con nada.

—Esto es una nueva crisis, déjala tranquila, ¿qué quieres que haga con ella? —le preguntó mi madre a mi hermano Alan.

—Lo que pasa es que no quiere hacer nada, ni estudiar ni trabajar —exclamó Alan con furia dando un golpe en la mesa con su puño.

—¡Eso es mentira!, ¡tú qué sabrás! No sabes nada de lo que me está pasando, jamás te preocupaste... Al revés, desde que empecé con este problema te reías de mí, no me creías, pero por lo que parece así sigues —dije entre lágrimas, algo que nunca había perdido a pesar de mi problema era el carácter, jamás iba a soportar ser humillada por nadie.

—¡Vaya vacaciones!, vengo a desconectar y mira, ¡qué ganas de pirarme! —exclamó Alan.

—¡Pues pírate!, pero tú no has vivido lo que mamá y yo hemos pasado desde que tenía dieciséis años en esta maldita cocina, porque iba a morirme en esa hamaca donde tú estás sentado ahora mismo —dije señalándole con mi dedo, entonces mi hermana Danna se levantó y me abrazó.

—¡Callaos ya, por Dios!, no puedo más — dijo mi madre sollozando.

—Entonces vamos a comunicarle lo que hemos decidido porque, aunque sea mayor de edad, no puede seguir en este plan —dijo de nuevo Alan.

—¿Por qué no se lo decimos más tarde?, ¿no veis cómo está? —preguntó Danna.

—No Danna, creo que es el momento, si no nunca lo haremos. Paola, hija, te vas a pasar un tiempo a una Clínica de Reposo Mental —dijo mi padre, me quedé en blanco al oír esas palabras.

—Yo no estoy loca, ¿es en serio? —pregunté a mi padre.

—No es un sitio para locos, es un lugar para que te recuperes —dijo mi padre.

—Pero ¿y mi vida aquí?, ¿mis amigas? —pregunté con los ojos muy abiertos y las lágrimas bajando por mis mejillas.

—Pero si no te relacionas con nadie, estás aquí encerrada nada más, no tienes vida —dijo Alan.

—Porque estoy enferma y no quiero que nadie me vea así —dije por último. Como mis padres no decían nada más, me subí a mi habitación, quizás me estaban dando mi espacio para que lo asimilase todo, sin embargo no tenía ganas de discutir como venía haciendo a menudo.

Una vez que llegué a mi habitación empezaron a desfilar por mi mente infinidad de imágenes, situaciones, momentos, recuerdos... Me tumbé en mi cama, cerré mis párpados y pronuncié mi nombre bajito dos veces, Paola, Paola... Sí, así era mi nombre, Paola Bas, de veintidós años de edad, no obstante el motivo por el que mi familia me estaba mandando a esa Clínica Mental era por las tres crisis que había tenido en diferentes etapas de mi vida. A los dieciséis años me diagnosticaron Trastorno Obsesivo Compulsivo, desde ahí mi vida dio un giro de 360 grados convirtiéndose en un infierno.

En todo ese tiempo había perdido varias cosas en mi vida como estudios, amor o amistades. No obstante existían momentos en los que me sentía mejor pero me costaba bastante retomar mi vida cotidiana aunque lo hiciese de nuevo, pues siempre estaba medicada. Esta última recaída había sido brutal, pensé en todo lo que iba a dejar atrás o más bien ya había dejado porque estaba aislada de la sociedad. Me incliné quedando sentada en mi cama, observé mi habitación donde había vivido tantas situaciones difíciles aunque también alegrías, miré mi almohada... Ella era mi mejor confidente y había aguantado todas las lágrimas derramadas por mis ojos en estos duros años. En breve, iba a dejarlo todo por ir a ese nuevo "sitio", no me agradaba la idea, pero de manera definitiva necesitaba un cambio en mi vida a nivel mental, no podía mentirme más a mí misma porque de verdad deseaba curarme.

Abrí mis ojos, las lágrimas se escapaban por mis mejillas como dos pequeños ríos, me sequé con un pañuelo. Más tarde, cuando me tranquilicé, bajé las escaleras dirigiéndome a la cocina de nuevo. Allí estaban todos reunidos otra vez. Me senté en un taburete hasta que mi madre me dio un programa del lugar, lo primero que observé fue el nuevo destino, Barcelona, ¿en serio tenía que dejar mi hogar en la ciudad de Granada?, me pregunté. Mi familia siempre ha sido de clase media y mi padre, un pequeño empresario. Hemos estado bien, no nos ha faltado de nada, de hecho el lugar donde iría se ve que costaría una pasta, pero no teníamos el dinero suficiente para pagarlo.

—¿Cómo lo habéis hecho?, es decir, siempre hemos estado bien pero vivimos dentro de la normalidad que es lo que nos podemos permitir, nada de este tipo de lujos porque se ve que cuesta una fortuna, contéstame papá —le dije exigiéndole.

—Hija no te preocupes, sí, este lugar es privado, es para gente con mucho dinero pero han realizado un nuevo proyecto con lista de espera para gente que no es rica. Hace tiempo que te puse en ella, pero tengo algunos contactos allí que me han hecho un favor, ¡te han metido directamente! —exclamó mi padre dedicándome una amplia sonrisa.

—Pero, ¿tenemos que pagar?, no, yo no me voy, no vamos a hacer tanto gasto —dije preocupada, nosotros no éramos ricos ni mucho menos.

—Hija cálmate, la lista de espera para gente que no es rica es para una estancia gratis de un año. Como te he dicho, es muy difícil entrar, hay muchísima gente, quien entra es un privilegiado o privilegiada, pero no te imaginas lo que a ellos le recompensan tanto en premios, prestigio y, sobre todo, económicamente hacer esto.

—Ah —dije con la voz cabizbaja, se me revolvió el estómago solo de pensar que todo en el mundo se moviese por dinero, hasta en temas tan delicados como el de la salud. Me preguntaba, ¿por qué una persona con un trastorno mental podía ser privilegiada en ir a esa clínica? Era triste tener que recurrir a este tipo de cosas, siendo la última opción cuando ya se estaba demasiado desesperada, pensé, pero no me quedaba otra. Mi familia sufría mucho conmigo, había empeorado hasta tal punto que me sentía muy vacía, sin ganas de vivir, estaba dejando todas mis obligaciones de lado. Esto no era novedad ya que me había pasado otras veces y, en realidad, en lo más profundo de mi ser existía una pequeña lucecita de esperanza, quería recuperarme o más bien curarme, lo necesitaba por mi familia pero especialmente por mí.

En el programa venía más información pero ni la leí, directamente lo cerré y pregunté:

—¿Cuándo me marcho? —parece que había pronunciado unas palabras mágicas porque a todos les cambió la expresión de la cara, alegrándose.

—El lunes bien temprano hija —me dijo mi madre, en su voz se notaba dolor, sus ojos estaban llorosos pero se estaba reprimiendo al igual que yo, ella me dio un abrazo para animarme, en el fondo solo quería mi bienestar, aunque de todas formas me dolía saber que me marchaba tan pronto y estaría lejos de mi familia porque siempre había sido familiar.

El fin de semana había pasado como una estrella fugaz, el despertador sonó a las 7:30 de la mañana, me miré al espejo, tenía los ojos hinchados de haber llorado casi toda la noche. Me duché, me vestí, me maquillé y me miré de nuevo al espejo, había optado por ponerme una falda alta de vuelo de color negro, una camiseta corta de tirantes de color blanco con letras negras dejando ver levemente mi vientre, mocasines y bolso negros. Por su parte, el maquillaje era sencillo, un poco de rímel y de brillo en los labios como toque final dejando mi pelo castaño suelto con ondulaciones.

Pasé un rato observándome en el espejo sin pensar en nada, me sentí suertuda en ese momento porque era de los pocos que tenía la mente en blanco, de repente la puerta de mi cuarto se abrió, era mi hermana Danna.

—Estás preciosa... —me dijo y le sonreí un poco, me volví a mirar en el espejo, ¿ me sentía guapa?, me pregunté, la verdad es que no, no tenía ánimos para nada, mucho menos para sentirme bien conmigo misma, pero intenté arreglarme para mejorar mi aspecto aunque fuese solo por fuera, porque mi interior estaba en ruinas.

A veces me sentía tan fea por dentro que tampoco me sentía bella por fuera, pero mi cabeza no estaba bien algo, no llegaba a conectar correctamente en ella, mis crisis pasadas fueron fuertes, sin embargo la actual me estaba dejando sin fuerzas en una batalla que quería ganar pero en la que estaba saliendo derrotada.

—Todo va a ir bien, dentro de un año volverás rehabilitada o quizás hasta curada, cuando nos lo permitan iremos a visitarte —dijo Danna de nuevo dedicándome una tierna sonrisa. Ella me transmitía paz a través de sus facciones tan dulces, delicadas, la gente siempre nos decía que nos parecíamos bastante físicamente, aunque el rostro de Danna siempre había sido más angelical que el mío, pues mi mirada siempre había tenido ese toque de rebeldía. Le di un abrazo fuerte, después ambas chocamos los cinco, unimos nuestros puños y, por último, enlazamos nuestros dedos meniques como hacíamos a menudo, para nosotras significaba un signo de amor y unión entre hermanas. Luego, bajé para despedirme de todos pero en especial de mi madre.

—Me marcho ya —dije.

—Lo siento Paola, por hablarte así estos días —dijo disculpándose Alan.

—No pasa nada —dije, él se acercó a mí para darme un beso y un abrazo fuerte como hacía siempre que se arrepentía de algo.

—Mamá te quiero, te voy a echar mucho de menos, has sido mi apoyo, mi fuerza y siempre lo serás —le susurré, entonces comencé a llorar y mi madre también, ambas nos abrazamos.

—Yo también te quiero hija, seamos positivas, seguro volverás recuperada, es como tu última prueba de fuego con este trastorno. Te llamaré e iremos a verte cuando nos lo permitan —dijo mi madre, y nos separamos mientras secaba mis lágrimas.

—Por favor, no me acompañéis al aeropuerto ya que sería más duro para mí —les comenté, ellos querían acompañarme pero finalmente respetaron mi decisión.

Mientras salía de mi casa y me dirigía a la parada de taxis, observé mi ciudad. Sin duda, la iba a echar de menos, muchísimo, con sus calles hermosas, llenas de cultura y arte, tan árabe. Me encantaba perderme por ella, Granada tenía una magia tan única que otros lugares carecían de ella, podía decirse que era poseedora de un embrujo especial que llegaba a hipnotizar a la gente que la visitaba para que conservasen un lindo recuerdo de ella. Algo así nos sucedía a los que éramos granadinos porque nunca queríamos dejar la ciudad queriéndonos quedar en ella para siempre, ya sentía hasta nostalgia y aún no la había dejado. Subí al taxi, el hombre guardó mi maleta en el maletero.

—¿A dónde señorita?

—Al aeropuerto de Granada —dije escuetamente.

Durante el trayecto iba triste pero a la vez sentía curiosidad mezclada con miedo por la nueva etapa de mi vida, pensé en lo que le dije a mis amigas, que me iba una temporada a Barcelona a casa de mi tía y que no volvería en un largo tiempo, por eso no podía acabar mis estudios por ahora. «Una patética excusa» pensé, pero no quería dar más explicaciones de la cuenta a nadie.

Llegamos al aeropuerto, cogí la maleta, me dirigí hacia dentro, pasando todos los trámites de facturación y cuando terminé, esperé a que llegase la hora sentada en la sala de espera. Unos minutos después el altavoz comunicaba a los pasajeros del vuelo a Barcelona que podíamos pasar. Subí al avión, durante el vuelo pensé si algún día sería capaz de dejar mis demonios interiores atrás y ser una chica normal sin TOC. Aquello era mi mayor anhelo. El vuelo a Barcelona era directo así que más o menos tardamos una hora. Cuando al fin bajé, el aeropuerto estaba lleno de gente tan diferente que me sentí algo perdida o quizás abrumada. Recogí todo, me dirigí a la salida, tomé un taxi y le indiqué la dirección al conductor poniéndonos rumbo a la famosa clínica Sant Jordi.


7 февраля 2018 г. 20:05:30 0 Отчет Добавить 1
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