Короткий рассказ
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Noche de paz

Ya habían pasado cinco meses desde el comienzo de aquella maldita guerra. Cinco meses escondidos y enterrados en una trinchera a tres metros bajo tierra, jugando contra los alemanes a un juego donde quien pierde se muere. Más de ciento cincuenta días luchando contra el frío, el hambre, los piojos, las ratas, la lluvia y el enloquecimiento. Añorando el abrazo de una mujer y de una comida digna de llevar ese nombre. Al principio, los altos cargos del ejército británico habían profetizado una guerra corta. Decían que todo el mundo iba a celebrar la navidad en casa juntos a sus seres queridos. Pero la navidad había llegado y nosotros todavía seguíamos allí. Ya habíamos perdido muchos compañeros, chicos de dieciocho o veinte años. Morirse tan joven en el condenado frente de Ypres, en algún lugar perdido entre Francia y Bélgica, disparado por un alemán de tu misma edad... Vaya muerte más injusta.


Sin embargo, aquel día, el 24 de diciembre de 1914, en el frente se respiraba un aire algo más tranquilo y relajado. El ejército había decidido brindar a sus soldados una buena ración extra de comida y whisky para celebrar la navidad. Hasta los alemanes parecían menos hostiles de lo habitual y llegada la hora del té, no se había producido ningún ataque por parte de ninguno de los dos bandos. Cuando cayó totalmente la oscuridad, desde su posición, uno de nuestros centinela, divisó unas formas triangulares que alumbraban el horizonte. Llamó a su superior y ambos se quedaron unos segundos contemplando aquellas extrañas siluetas resplandecientes que rompían el negro de las tinieblas que protegían el frente alemán.


―¡Parecen arboles de navidad!― dijo un soldado que se había erguido algo más arriba, protegido por un escudo hecho con varios sacos de arena empilados.


Después de esas palabras hubo un silencio impregnado de sorpresa y desconfianza en la trinchera británica. Un silencio que de repente se vio interrumpido por un sonido musical suave y lejano que provenía desde el lado alemán distante poco más de cincuenta metros. Parecía que los alemanes estaban cantando alguna canción popular que recordaba el compás de los típicos villancicos navideños. Por pronta respuesta, un soldado escoces empezó a tocar un villancico de su tierra con una pequeña gaita, capturando la atención y la emoción de todos los presentes. Al mismo tiempo, desde el frente alemán, se levantaban cada vez más voces de gente cantando al unísono a las que también se había añadido el sonido de una corneta.


La luz de los pequeños abetos decorados que iluminaba la oscura noche invernal, hizo que pudiéramos ver de repente un oficial alemán ondeando una bandera blanca en el aire. Entonces uno de nuestros oficiales salió de detrás de la pared que protegía nuestra trinchera y se encaminó con los brazos abiertos hacia el hombre que se iba acercando a nosotros. En cuanto los dos militares se alcanzaron mutuamente, después de un protocolario saludo marcial, empezaron a hablar entre ellos. Poco después, el oficial británico estaba de vuelta a nuestro lado del campo de batalla, sonriente y con una canasta de mimbre en la mano.


―Dicen que si no le disparamos, ellos tampoco lo harán hoy. Parece que quieren hacer una tregua por el día de navidad. Un alto al fuego de veinticuatro horas. Y nos han traído hasta regalos. Aquí hay salchichas, chocolate, tabaco y algo de alcohol, señores. Repartiremos eso entre todos. Y también me han preguntado si queremos intercambiar botones y sombreros con ellos, como recuerdos.


Algunos se quedaron abajo en las trincheras, escépticos ante una situación tan extraña como aquella, pero la mayoría teníamos ganas de ver por lo menos lo que estaba pasando arriba hasta que, poco a poco, todo el mundo empezó a salir de la línea de frente. Los soldados alemanes hicieron lo mismo, caminando pacíficamente y sonriendo hacia el encuentro con el enemigo. Cuando las dos facciones se juntaron en el medio de “la Tierra de Nadie”, el espacio que hay entre dos trincheras rivales, empezaron a abrazarse e intercambiar obsequios. La mayoría no se entendían entre ellos, pero poco importaba. Hay expresiones y gestos que son comunes en todas las culturas. La mañana siguiente, se disputó hasta un partido de fútbol entre las dos partes. Un partido que, por mas que me duela admitir, ganaron los alemanes.


Pero eso bastó para convertir aquel día de navidad en un día de tregua histórico, justo al principio de una larga y atroz contienda que con el tiempo se conocería con el nombre de “la Gran Guerra”. Fue así que gracias a la música, la comida y el fútbol, unos seres humanos se dieron cuenta que debajo del uniforme del enemigo, había también otros seres humanos.

26 декабря 2022 г. 10:59 0 Отчет Добавить Подписаться
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