Estancia desconocida Подписаться

u5260386673 Carlos Liévano

Un hombre hereda la antigua mansión familiar en la ciudad de Ambertag donde se adentrará en las leyendas que rodean su nuevo hogar, poco a poco conocerá secretos que guaran los muros de aquella inusual vivienda.


Ужасы Всех возростов. © Carlos Liévano

#Misterio #Mansión antigua #Brujería #Leyenda
Короткий рассказ
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Estancia desconocida

"Y la puerta comenzó a abrirse con lentitud, con un chirrido mis temores se engrandecieron mientras el terror mismo se asomaba..."

Tenía muy pocos meses de haberme mudado a la antigua mansión familiar, herencia de mi abuelo fallecido unos pocos meses atrás. Vivía cerca de allí, en una ciudad vecina, recuerdo que solía rentar un pequeño apartamento en la calle más transitada del lugar. Un jueves durante mis momentos de ocio fui notificado que mi abuelo paterno, con el que no conviví mucho durante mi infancia, había fallecido y resultado de ello me heredó su mansión en Ambertag, dado que era su último pariente cercano.

No tardé ni un día en partir, en la madrugada decidí ir a aquella ciudad, la cual, a pesar de no ser extensa, era preciosa, conservaba un estilo colonial que me asombró desde su entrada principal. Sus calles angostas eran de verdad maravillosas, las casas alrededor enigmáticas en su forma y las cumbres montañosas le brindaban majestuosidad al paisaje. Recuerdo el primer momento en el que llegué, era un joven forastero cuya vivienda era una de las más representativas, antiguas y rumoradas de la ciudad. Llegué en un automóvil, que se llevó veinte minutos en llegar a la casona, ya que esta se encontraba en las orillas del otro extremo del lugar, casi por el bosque de coníferas que delimitaba Ambertag.

Al acercarme poco a poco a la calle, logré divisar la mansión a lo lejos, impresionante de tamaño, un castillo podría decirse. Me encontraba en un callejón puesto que no había más a donde ir, ahí terminaba la ciudad y comenzaba la naturaleza. Estacioné el vehículo y bajé mis maletas, al hacer eso, presté atención profunda a la mansión... era una verdadera edificación artística, coalición de estilo gótico con colonial que sólo un gran genio pudo haber diseñado. Sus ventanales de forma rectangular causaban gran impresión y en los cuales colgaban cortinas púrpuras con las que al verle se imagina la seda suave y radiante con las que estaban hechas y que otorgaban un prestigio sombrío al lugar. Las paredes grises tenían una animación colorida para mí, me parecieron bellas, aunque llevaran tiempo sin recibir pintura y finalmente el tejado provisto de antiguas tejas que aún con el tiempo seguían sólidas a la construcción. Por último, fijé mi atención en el gran postigo de madera que estaba frente a mí, medía casi dos metros y medio de altura, sacando de mis bolsillos una llave grande para la cerradura, abrí la mansión.

Al ingresar pude sentir una fuerte atracción de la casa hacia mí, tal vez porque una ráfaga de viento entró a la casona. Encontré un gran salón, con paredes tapizadas de un color rojo carmín y con diminutas figuras de color dorado en su interior, muebles de predominante beldad que daban una visión al pasado del lugar. Dejé mis valijas junto a la puerta y me dispuse a adentrarme en el universo de aquel pasado nostálgico de la casona. Escudriñé por los pasillos vagos, de forma semejante las tapias de éstos se forraban de lo mismo que las del salón principal, todo el lugar tenía los mismos tapices. Pasajes sombríos fueron los que me llevaron al interior del palacete entre pinturas colgadas en los muros y enceres garbos que eran dechado del exquisito gusto familiar. El piso de las habitaciones era de madera de robe destellante e incluso algunos poseían grabados que debían significar algo. La mayoría de las habitaciones gozaban de una fantástica iluminación por el sol, a causa de grandes cristaleras de forma cuadrada que llenaban de dicha a la casona.

Todo era perfecto, el estilo gótico y colonial me extasiaba junto a la magnífica decoración me hacían sentir dueño de un auténtico palacio. Al acabar de husmear por las estancias, proseguí a hallar un jardín trasero cubierto por una dehesa casi marchita que tendría que regar e intentar salvar, pero más adelante había macetas hechas de ladrillos donde había varios tipos de flores dando así a otro corredor que me condujo hasta una escalera que llevaba al segundo piso; sus escalones estaban forrados por una alfombra de tonalidad opaca y poseía un pasamanos de madera. Encontré otro pasillo con cuatro puertas alrededor tan viejas y usadas que al abrirse crean un chillido molesto, revisé, pero sólo eran más habitaciones por lo que proseguí hasta el fondo del pasaje donde había una escalera que me llevaría a la alcoba del tercer piso. Hice un conato por abrir, pero se hallaba asegurada, entonces recordé que llegaría un empleado a dejar las últimas llaves que hicieran falta.

Después de bajar y acomodar mis valijas, me dispuse a higienizar la mansión, aunque mi abuelo había fallecido hacía poco tiempo el lugar parecía sucio y descuidado. Al limpiar la vida llegó poco a poco. Tardé unas cuantas horas en quitar el polvo y las telarañas de las paredes y muebles, pero al sacudir un buró tiré un reloj de bolsillo, hecho de cobre, que cabía en la palma de mi mano, supongo perteneció a mi abuelo. Sin pensar más me lo adueñé y seguí limpiando el sitio. El albor llegó a los ventanales que iluminaron el lugar donde estaba, y por ello noté que había candelabros colgantes en el techo, pirámides circulares invertidas eran los relucientes lujos que colgaban del techo.

Bajé la mirada hasta una puerta que estaba a mi derecha que decidí ir a abrir por pura curiosidad. Era un armario con una bolsa negra que al patearla ligeramente dejó escabullir a una rata que corrió por el salón hasta llegar a un agujero en la pared. Mis latidos eran fuertes y mi cuerpo tembló por unos segundos, la quietud del sitio fue profanada, y mientras un suspiro de alivio salió de mi boca y mis manos cerraran la puerta me puse a cavilar que la mansión era misteriosa con enigmas en sus paredes, secretos en los pisos y habitaciones con verdades desconocidas.

Cuando terminé de limpiar el gran salón me senté sobre uno de aquellos vistosos muebles, que era demasiado cómodo, me debí haber dormido un rato allí ya que había quedado exhausto por la limpieza. Unos golpes resonaron por todos los rincones de la casona, prevenientes del postigo principal. Al abrir era un hombre de avanzada edad que llegó a entregar las llaves faltantes y sentí ansias por ir a husmear en aquellos lugares asegurados, sobre todo el recinto aislado del palacete en el tercer piso. Antes de partir el hombre me dijo que tuviera mucho cuidado con el lugar y que esperaba que no me fuese como a mis familiares anteriores que habitaron la mansión generaciones atrás, después de ello rio y colocó su mano en mi hombro para decirme que sólo se trataba de leyendas populares de la ciudad, puesto que la casa fue construida cuando era un pequeño poblado. Aquellas palabras me dejaron un sentimiento de incomodidad al que no le hice caso y despedí a aquel curioso sujeto. Vivía en un nido de leyendas.

Empecé a abrir todas aquellas puertas que habían sido inaccesibles para mí, encontrando enceres y antigüedades muy peculiares. Estando con demasiadas ansias corrí lo más de prisa posible hasta llegar al tercer piso. Con las nuevas llaves abrí la puerta del aposento al final del corredor del tercer piso, que había visto desde el jardín trasero siendo esta la habitación más elevada del palacete. Una gruesa y empolvada telaraña se abalanzó sobre mi rostro al abrir, lo que provocó una caída que fue evitada porque logré sostenerme de la puerta. Finalmente entré a la alcoba.

Me fascinó cuando la vi, era tan fantasiosa y única en su estilo. En la cama había un pabellón de color blanco, apenas traslúcido, el cual al abrirle de par en par encontré tres almohadas blancas sobre una sábana de color negro. Esta cama estaba en la esquina de la habitación y cerca a ella había una mesa con un cirio plateado que resplandecía como si hubiese sido limpiado apenas ese mismo día. La mesa tenía una gaveta que intenté abrir, pero estaba casi sellada, pero con más fuerza conseguí moverla, en su interior había un pequeño cuaderno viejo de notas en un idioma desconocido para mí, por ello lo dejé donde estaba para no extraviarlo. Recuerdo... no sé si sea un recuerdo o una ilusión de mi nauseabunda memoria y sus lagunas mentales, que al abrir aquella gaveta pude sentir el piso vibrar y el crujir de la madera... pero este lugar es una zona de muchos sismos, por eso no le quise dar importancia, aunque debí haberle dado. Después de revisar la alcoba decidí dormir allí, estaba encantado por el lugar y sobre todo por la cristalera de forma pentagonal frente a la puerta que permitía ver hacia todos lo tejados de la ciudad. Bajé las escaleras hasta el cuarto en el que había dejado mis cosas y las llevé hasta la que sería mi habitación durante mi estancia aquí.

Moría de hambre, tenía mucha hambre y como en la casa no había qué comer, salí a buscar algún restaurante por allí. Caminando por la acera en busca de un sitio para comer me deslumbraba con las vistosas casas a mi alrededor que eran más pequeñas que la mía. Al recorrer seis cuadras encontré un restaurante en una esquina; al entrar a éste, me deleitó el perfecto aroma del café que servían que combinaba con el frío clima de la ciudad. Extrañamente no sentía mucho viento, era un frío seco que estaba en todo el lugar; las personas usaban un abrigo o un suéter para no experimentar la sensación helada. Me senté en una mesa a la cual no tardó en llegar un amable hombre de al menos cuarenta años con un bigote muy curioso y una cabellera bien peinada, que me tomó la orden. Me sugirió el plato principal del lugar el que acepté por recomendación. Tardó menos de diez minutos en llevarme la comida. Merendé gustoso y al terminar pagué la comida y dejé una buena propina al mesero, debido a su buen carácter a la hora de servir.

Al salir de ahí vi que el sol se escondía entre montañas, las montañas que rodeaban a la ciudad, cubiertas de pinos y de tierra roja. Era un gran bosque helado. Metí la mano en mi bolsillo y sentí una fría pieza metálica, era el reloj que había encontrado, al mirarlo me percaté que funcionaba y que justamente eran las seis con trece minutos. Regresaba a mi palacete noté miradas curiosas sobre mí... eran varias personas asombradas porque alguien viviera de nuevo en "la gran casona" como se le conocía en el lugar desde que era un pueblo. Al llegar y abrir el postigo sentí de nuevo la sensación de vacío al entrar, cerrando la puerta un eco retumbó por toda la casa, me impresionaba demasiado. Bajé las sedosas cortinas para cubrir los ventanales quedando a obscuras en el gran salón, luego encendí un candelabro que lo iluminaron tenuemente. Recuerdo que me duché y al final fui a descansar a mi alcoba con la intención de pernoctar desde muy temprano para despertar a las primeras horas del próximo día.

Al acostarme sentía una pesadez en mis párpados que me hicieron dormir en cuestión de unos pocos minutos. Un sueño profanó mi mente de forma inhóspita y turbulenta. Me hallaba en el fondo de un frío pozo, mis músculos temblaban violentamente... cada suspiro era una gris nube de vapor que desaparecía frente a mis narices. Helados minutos pasaron y la temperatura descendía más y más... En lo más ínfimo del gélido pozo, mohosos ladrillos comenzaron a caer dejando una abertura por la cual podía escapar, pero que me condujo a una zona desolada y obscura, en la que no podía ver ni mis propias manos, únicamente podía sentir el suelo donde estaba sentado. Hasta que una cesante luz blanca brotó de un punto y entre ese destello percibí una mano que se arrastraba torpemente hasta detenerse a unos metros de mí y casi puedo jurar que me estaba observando en silencio, lo que suena absurdo pero la quietud de aquello lo volvía posible. Seguía temblando de frío hasta que tuve la sensación de caerme y al hacerlo el suelo era blando, lo suficiente para hundirme en él, mientras me hundía me quedé viendo fijamente la mano que permanecía inmóvil, pero por la luz blanca no logré verle detalles... al final todo se obscureció. Desperté temblando en mi cama, la temperatura había descendido, por fortuna tuve a la mano mis negras sábanas con las que me abrigué y volví a dormir con la curiosidad de volver a soñar eso, más no pude soñarlo de nuevo.

Al día siguiente por la mañana desperté lleno de ánimo, aunque confundido empecé un nuevo día. Me alisté para ir a comprar víveres en el mercado local para abastecer mi despensa que estaba en penurias. Compré frutas, verduras y algunas carnes. Al escoger manzanas en un puesto, el vendedor de éstas me preguntó si era alguien nuevo en el lugar, a lo que respondí con un sí y le comenté que era dueño de "la gran casona". Empezó casi a entrevistarme con una serie de preguntas.

― Disculpe mi curiosidad... ¿no le ha pasado algo inusual en su casa?

― No, ¿por qué la pregunta? ― le pregunté esperando escuchar alguna leyenda respecto a la casona.

― Es que siendo sincero, señor, aquí se rumoran muchas historias sobre esa misma mansión.

― ¡¿Puede contarme alguna?! Con todo esto han despertado mi curiosidad.

― Claro, pero no crea todo lo que andan diciendo...― respondió y empezó a narrarme una historia del pasado de mi casona― Cuando el pueblo se fundó una de las primeras viviendas fue la suya, construida por trabajadores de la región y el dueño era un sujeto adinerado y viudo que sentía una pasión por la cacería que llevaba a cabo en el bosque, del que regresaba triunfante con la cabeza que procedería a disecar y colgar en su pared. Al morir la propiedad quedó en manos de su hijo que se casó con una mujer del pueblo que se contaba era amante del difunto padre de éste, pero más que nada la mujer tenía la fama de provenir de familia de gitanos que hacía brujería negra. La mujer era muy extraña y llevaba una vida que hacía hablar a todo el pueblo. Cuentan que hacía rituales en la casona, justo en el sótano y que entre todas las cosas que hacía, una de ellas era usar los trofeos de caza del difunto para hacerlos hablar, cuentan personas que trabajaron allí. Un día esa pareja falleció extrañamente, dejando huérfano a un pequeño niño llamado Rubén Bezares.

― Vaya leyenda... Ahora veo por qué las personas me miran como lo hacen.

― Pero descuide, sólo son cuentos que narran las personas más ancianas de aquí para asustar a los niños que se portan mal. No se menciona hechos recientes de la casona.

Después de comprar las manzanas me fui pensando en la historia que me contó aquel hombre. Sentía miedo de entrar a mi propia casa, hasta que me convencí de que era demasiado bonita como para hacerle caso a absurdas historias del pueblo. Acomodé los víveres en la cocina y me dispuse a vagar por el palacete para aclarar mi mente. Encontré una habitación que no recordaba haber abierto, al hacerlo hallé una biblioteca extensa con libros de todo tipo, desde religiosos, pasando por científicos y terminando con obras literarias. Había demasiado por leer. Tomé una novela de un autor anónimo que relataba una historia de desamor y nostalgia, la cual me puse a leer toda la mañana hasta que me dio hambre. Cociné y comí a las tres de la tarde. Volví a la biblioteca a leer hasta quedarme dormido. Al despertar todo había obscurecido, tomando un encendedor de mi bolsillo encendí una vela y fui hasta el gran salón donde al prender los candelabros pude ver algo huir debajo de los muebles hasta un rincón ignoto del salón, sólo vi que era de color negro y corría a cuatro patas, supuse que era el roedor del otro día, así que lo atraparía al día siguiente. Por el momento solo quería irme a la habitación del tercer piso.

Pernoctando caí en una fantasía confusa, una vaga sensación de estupor me llevó a un mundo irreal. Me encontraba ensordecido arrastrándome por un campo marchito, todo parecía iluminado por un amarillento sol enfermizo que me llenaba de una profunda nostalgia al ver las casas de mi alrededor y el aroma a humo que me rodeaba. Llegué a una casa sencilla que estaba abandonada como si los habitantes hubiesen huido de ahí con demasiada prisa. Entré por la puerta trasera y vi una mesa con un mantel blanco lleno de delgadas líneas azules. Estaba cansado y adolorido, me senté en una silla para descansar mientras veía el campo lleno de dehesa seca que se movía con el viento y el sol que iluminaba todo me hacía creer que era de tarde. Mis manos estaban sucias y temblaban, al ver las casas derruidas supe que era una guerra, pero una extraña guerra que jamás antes se había registrado, parecía una extinción global. Al levantarme e ir al baño me vi frente al espejo... tenía un uniforme militar de color verde obscuro lleno de tierra y sangre. Un pelotón de soldados salió de las ruinas de una vivienda, al tener miedo hui a un cuarto en esa casa, me escondí debajo de la cama tapando mi boca para silenciar mi respiración. Pasaron muchos minutos, permanecí estático hasta que una densa niebla inundó el lugar dejándome sin poder ver. Una gran mano me tomó del tobillo y me arrastró hacia la nada... todo había desaparecido, en la total obscuridad pude escuchar nuevamente. Antes de cualquier otra cosa conseguí respirar y ver que estaba en un espacio completamente vacío, todo era de color blanco y parecía no tener ni principio ni fin. A lo lejos escuché murmullos que decían nada, breves articulaciones de palabras que no cumplían su misión de comunicarme la idea. Frente a mí apareció la cabeza inanimada de un gran ciervo que permaneció intacta durante varios segundos hasta que de su hocico provinieron algunos susurros casi inaudibles para caer hasta el suelo y romperse como si fuese de vidrio. Aquello fue empujado por una mano grande que desapareció al poco tiempo de que notara su presencia, era la misma del sueño anterior, esta vez no fue una silueta, sino que en verdad alcancé a verle bien, era grande, sucia, fea y parecía tener pelo. Seguía sin poder hablar. Latidos fuertes de mi corazón se escucharon y al décimo segundo me desperté sentado en la cama, extasiado por el sueño.

Me levanté con torpeza y cavilaba mi estupor, era extrañamente irreal por ello no le tomé más significado que una simple pesadilla. Bajé a desayunar sin pensar más en la experiencia nocturna. Después fui al postigo principal a leer unas cartas viejas que le llegaron a mi abuelo, pero solo resultaron ser cuentas canceladas. Al terminar de husmear el correo, fui al jardín trasero para regar la dehesa marchita.

Salí a caminar por el centro de la ciudad para conocer y comprar un periódico, el cual me puse a leer en la banca del parque bajo un gran árbol. Mientras leía, una mujer hermosa de cabello castaño se acercó inesperadamente a mí.

― Buenos días, señor Bezares― dijo la joven.

― Buen día― le respondí confundido, deseoso de saber su nombre.

― Me llamo Giovanna, Giovanna Salazar.

― Bonito nombre, es un gusto.

― ¿Puedo sentarme? ― preguntó señalando la banca con su mano derecha.

― Desde luego, ¿a qué debo este placer?

― Pues soy su vecina, vivo a dos casas de la suya y veo que se acaba de mudar allí. Conocí a su abuelo, y me imagino que usted es tan agradable como él.

― Supongo que sí, espero que nos llevemos bien.

La plática fluyó poco a poco hasta llegar a los cuarenta minutos, quizás, hasta que dijo que iría a su casa y yo me ofrecí para acompañarla. Seguimos platicando en el camino, era en verdad encantadora, pero llegamos a su casa y ahí nos despedimos.

Me llené de energía al conversar con ella, mantuve una gran sonrisa todo el día mientras realizaba mis pendientes en la casona. Concluí a las dos de la tarde y me puse a leer en la estancia al final del pasillo principal. Leí y leí toda la tarde hasta las cinco cuando me levanté para comer y salir a tomar el aire en la vereda.

El lugar mantenía su poderoso clima estático por el que traía puesto un suéter negro de cuello de tortuga, en ese lugar de podía usar suéteres durante todo el año. Cuando me paré en la banqueta miré a la izquierda, hacia la parte de arriba y noté que el clima no sería un frío estático durante mucho tiempo, pues una densa corriente de brisa bajaba de la montaña llenando de pequeñas gotas de agua helada las hojas de los árboles y pinos que vestían de verde toda la montaña. El céfiro gélido llegó a las casas, fue un gran espectáculo, interrumpido por el abrir de una puerta cerca, la de Giovanna. Salió a observar el maravilloso evento que solo el invierno trae consigo. Ella al verme sonrió y me dirigí hacia ella, cuando me comentó que no tenía pendientes por hacer durante la tarde aceptó mi invitación para salir, al parecer teníamos la misma edad. Fuimos al cinema a unas cuantas cuadras para ver una película y distraernos. Después de ver la película, al salir del cine, el clima había cambiado por completo, la ventisca se apoderó de las calles, las que se humedecieron poco a poco. Aunque eso me permitió poner mi brazo en el hombro de Giovanna para calmarle el frío mientras llegábamos hasta nuestras viviendas. Al despedirla en su puerta rápidamente me fui a la mía y me encerré porque se veía venir que más tarde el frío sería peor. Las masas de aire traían más agua gélida de la montaña.

Eran las ocho cuarenta y siete, según mi reloj de bolsillo. Tomé un cirio e iluminé mi camino hasta la estancia donde terminé de leer la novela que había comenzado hace apenas unos días atrás. Pasé mucho tiempo sentado en esa obscura sala sin más compañía que de la literatura y la tenue luz amarilla de la flama. Todo a mi alrededor era vil sombra, únicamente cerca de mí permanecía iluminado. Los libreros permanecían en las sombras de la noche, no se podía ver sus títulos, solo llegaba una pequeña claridad a casi desaparecer.

Pasaron horas y la escena permaneció igual, un hombre leyendo rodeado de la obscuridad que solo se encuentra a deshora. Afuera de la casona el aire creaba una catástrofe, moviendo las hojas de los árboles, levantando objetos en las veredas, silbando por las esquinas y golpeando ventanas en plena penuria. Mi ventana fue golpeada y el eco se esparció por todo el palacete, irrumpiendo el sosiego silencio que se mantenía en la callada mansión. Los aplausos ventanales pasaron de habitación por habitación, por corredores, llegando hasta mi estancia, rebotando por todos los sombríos rincones de allí, robaron mi letargo de lectura. Levanté la mirada y agudicé mi oído para escuchar el eco de la madera siendo golpeada por el incesante viento. Apoyé mis manos en el sofá y con la débil claridad de mi vela pude saber que eran casi las once de la noche. Cuando quise volver a leer, el eco susurrante me escalofrió el cuerpo y emprendí marcha para buscar esa odiosa ventana. Dejé la novela en la mesa y tomé el cirio para iluminar mi camino por los fúnebres pasillos de la casona. Caminaba por un corredor, lo único que oía eran mis pasos en la alfombra, aunque cuando el viento silbaba me parecía escuchar más pasos detrás de mí. Perduré minutos así hasta volver a oír la ventana. Fui hasta el segundo piso y el ruido era cada vez más fuerte. Para orientarme dejaba de respirar, hasta que un aire helado llegó desde el fondo del pasillo para saber cuál era la ventana abierta, aunque extinguió mi flama, pero no quedé a obscuras, había luna llena y con ello me iluminé hasta llegar a la cristalera y cerrarla.

Encendí de nuevo el cirio, me dirigí hasta mi alcoba en el tercer piso donde debía dormir. Envuelto en la gran sábana negra dormí sin frío y sin pesadillas aquella noche. Más me desperté muy temprano, antes del alba, pero sin un poco de sueño. La madrugada era fría aunque el viento finalmente cesó de soplar por la ciudad. El sol no salía, por lo que vagué por la casa con el cirio que iluminaba los rincones obscuros del lugar. Llegué a la cocina para preparar un poco de café en la estufa de petróleo; mientras el café se hacía yo esperaba sentado en la mesa. Escuché ruidos en la pared, rasguños y chillidos que parecían ahogarse, supuse que serían ratones y por ello puse varias trampas para atrapar a esos bribones. La olla silbó y el café estaba listo. Más tarde después de hacer cuentas, salí a la banqueta donde me encontré a Giovanna y tuvimos una agradable plática.

Me acomodé por completo en mi nuevo hogar, empecé a conocer la casona, leí libros a deshora, manejaba mis negocios desde Ambertag e incluso conocí más a Giovanna.

El reloj giró un millón de veces y el calendario fue deshojado. El inverno nos abandonó para que la primavera arribara a la ciudad, la cual con prisa se esfumó y el verano llegó fugaz.

Nuevos sucesos iniciaron en el verano, donde todo regresa a la enigmática mansión. Un día mientras aseaba el lugar, empujé una alfombra que cubría una entrada al sótano de la casona donde había todo tipo de reliquias antiguas y parecía ser muy extenso, pero no me animé a introducirme por completo, aunque sí saqué un trofeo de cacería del primer dueño del palacete, la cabeza cortada de un gran ciervo machi disecado; la colgué en el corredor principal de la mansión. Fue un gran error, ahora lo sé, pero mi mala memoria me hizo olvidar las antiguas leyendas de la casona y sus habitantes lejanos. Esa misma tarde salí a cenar con la hermosa y radiante Giovanna, a un restaurante al otro lado de la ciudad. Al terminar la cita fui hasta mi casa, llegué tan agotado que no quise leer y me fui a dormir sin pensarlo dos veces. Pernoctando en sueños fantásticos, un llamado me hizo volver a la realidad. Despierto, en una lúgubre noche de verano, escruté en la negrura de mi habitación cuando desde las sombras de la mansión, en el fondo, una voz extraña, misteriosa y escalofriante llegó hasta mis oídos. No podía entender lo que me decía o lo que era eso. Era una voz profunda y ahogada. Me llené de terrores nunca conocidos y mis miedos colapsaban mi sistema nervioso. Lo único que quise fue fingir no oírla, tapándome con la cobija y acostándome en la cama, mientras los susurros llegaban del fondo vacío de la casona. Concilié el sueño en minutos, pero los terroríficos murmullos inquietaban la noche, llenándome de escalofríos hasta la llegada del alba. Al levantarme de la cama no escuché más esos ruidos y fui a desayunar como todas las mañanas. Quise ir a leer las notas que había dejado pendientes por traducir en la estancia, pero no se encontraban allí, aquellas eran narraciones de sueños fantásticos e incluso pesadillas de un autor desconocido.

Vagué por los pasillos para aclarar mi mente, pero me puso todavía más tenso, sentía una mirada sobre mí, mis hombros cargaban esa molestia, anunciaban la mirada que proveía a mis espaldas. Caminando por la gran mansión española, la sensación era cada vez más intensa, hasta sentir miedo de mi propia casa. Mientras mi cuerpo angustiado moría, un sexto sentido me hizo identificar el problema. La mirada inanimada y triste del animal colgado de la pared era lo que me ponía nervioso, qué estúpido, después de saberlo pude calmarme. Decidí que lo mejor era salir de la casa un rato, antes de pasar por el portal hacia el salón principal me pareció escuchar murmullos, por lo que apresuré la salida. Ya iba a una cuadra cuando recordé que había olvidado la billetera, regresé por ella a la casona. Al entrar y tomarla escuché un crujir en las paredes, pero me extrañó pensar en ratas, ya que ninguna había caído en las trampas por más comida que les dejara.

Regresé un par de horas después. Comí en un restaurante por ello no tenía mucho por hacer, así que fui a la biblioteca para buscar las notas que me faltaban traducir, al no encontrarlas mejor me puse a leer una novela de romance, pero el no dormir bien me pasó factura y me quedé dormido en la estancia con la novela entre las piernas. La ventana del jardín quedó abierta y hojas secas se metieron a los pasillos, de pronto escuché varias de esas hojas romperse... y lo único que las rompe son pisadas, pero mi mente no distinguía sueño de realidad. Entre mi quimera, escuché aquella voz y sus murmullos.

― Ve... co... la... ma...― no tengo idea de lo que eso significase, pero fue lo que llegaba hasta la estancia.

Me desperté extrañado y en silencio, pero no me moví de la biblioteca, seguí leyendo sin dejar de pensar en esas sílabas, "ve, co, la, ma". Al caer la noche iba a merendar un bocadillo, pero al final de uno de los tantos corredores vi un gran manto negro correr hasta desaparecerse entre las paredes, era algo grande y torpe para correr, pero muy rápido. Me asustó, aunque no lo creía algo real. Al llegar a la cocina observé la cabeza del ciervo, su mirada contenía pánico, como si hubiese visto la misma cosa de color negro vagar entre los pasillos...

Fui a dormir fin pensar más. Dentro de mis sueños la voz volvió a escucharse...

― ¡Lárgate!... vete... corre... la... maldad... El otoño es el fin de todo. Caerás como las hojas.

Despierto temblando, esta vez lo escuché perfectamente. Se escuchó un crujir vago desde los corredores, seguido de un gemido ahogado y adolorido, un alarido nocturno. Me levanté a buscar lo que era, corrí por los pasillos encendiendo cirios, hasta llegar al corredor principal y ver el adorno con el hocico arrancado y en el suelo. Un miedo invadió todo mi cuerpo, la sensación de soledad de pronto me llegó hasta el corazón. No pude dormir, me quedé pensando toda la noche, sobre todo en Giovanna, tenía días sin hablar con ella. Era alguien confusa en varios aspectos, ya que en ocasiones era muy sentimental y cercana conmigo y en otras se volvía por completo alguien distante y fría. Era un hermoso enigma, no puedo negar cuánto me gustaba. Su piel pálida, sus labios rosas, sus ojos color miel y su cabello ondulado y castaño. Su belleza no le quitaba su misterio, ni el misterio la belleza. La noche de esa ocasión permaneció inmóvil y sin más alteraciones.

El verano se fue y el otoño lo reemplazó. Vi a Giovanna un par de ocasiones, pero la conversación fue breve en esas veces. También he estado viendo la cosa negra correr entre los pasillos, cada vez más recurrente... siempre se observa en el corredor principal a las seis de la tarde y a veces me siento observado a las tres de la mañana por un par de ojos rojos desde la ventana de mi alcoba. Las hojas secas que entran por el jardín trasero siempre se rompen y sé que eso está caminando por el lugar... no pude revivir la dehesa, está muerta.

Es una tarde de otoño, quiero salir a hablar con Giovanna, pero el cielo ha conspirado contra mí, empezó a lloviznar y poco a poco a llover. Estoy en busca de un paraguas para ir a su casa mientras veo una carta que le escribí desde tiempo atrás. Corro cuando de pronto algo me frena... y me tira al suelo. Subo la mirada sólo para ver de cerca a aquella cosa que corre por mis pasillos, veo que es un ser grande y cubierto por un pelaje negro y grueso, posee garras como las que he visto en... mis sueños y al verle el rostro es un horror indescriptible. Los ojos rojos que siempre me observan en la madrugada. Me levanto y comienzo a correr en sentido opuesto hacia la criatura, la cual no me persigue, por el contrario, corre hacia el final del pasillo donde desaparece junto con el crujir de los muros. Intento salir de la mansión, pero la lluvia es demasiado fuerte y corro el riesgo de que la corriente de agua me llevé hasta quién sabe dónde. Tomo un cirio para iluminarme en los pasillos, los muros crujen y alaridos se escuchan dentro de estos. Tropiezo en las escaleras y quedo inconsciente unos minutos, en esos escucho la suave voz de Giovanna desde el fondo de un pasillo, sin hacerle caso corro hasta mi alcoba donde me encierro. Veo que la lluvia se ha vuelto una gran tormenta y el retumbar de los tejados me ensordece, es un completo caos el exterior y un terror el interior. La puerta es rasguñada desde afuera un par de veces, eso quiere entrar... por un momento todo me ha quedado claro... esto es obra de aquella mujer que practicó brujería en la mansión y lo que he estado viendo debe ser alguna mascota del mismo Belcebú, porque es algo irreal, incomprensible para mi imaginación. Ahora que pienso bien, ese ser en cada dedo de sus garras posee un diminuto ojo con el que me observa desde los agujeros en las paredes de la casona y en mis pesadillas. Vaga por los muros y suelos de la casa, haciendo crujir la madera con su demoníaca presencia. Este frío provocado por la tormenta me hela los huesos y siento que cada vez me queda menos tiempo, me hundo en un pozo, sí, justo como lo soñé. Al caer por las escaleras tengo sangre en la frente como en la segunda pesadilla y estoy en mi cama refugiándome como si fuese un niño que le teme a la obscuridad. Aquella cabeza de ciervo trató de advertirme, pero fue silenciada, claro, esta cosa debió quitarle el hocico, por ello en su mirada tenía pánico, pánico como el que siento en estos momentos. ¡Todo tiene sentido ahora! Incluso las notas que hallé hace tiempo, que fueron extraviadas... o quizá robadas, para que jamás supiese cómo terminaron los sueños.

La lluvia sigue siendo una tormenta, las paredes crujen, un alarido suena desde afuera de la alcoba y la puerta es golpeada. Pienso que no volveré a aquel restaurante, que no iré al cinema, ni a comprar víveres en el centro, ni que tampoco veré otra vez a mi hermosa vecina de cabello castaño. A través del pabellón de la cama la puerta se abre lentamente... una garra se asoma, es peluda, con uñas amarillas pálidas y unos ojos que intentan encontrarme... antes de que esa bestia asome su horrible rostro me escondo debajo de la cama tapándome la boca para no hacer ruido. Sollozo en silencio, el terror está justo aquí y me come por dentro. Esta cosa está al pie de mi cama y un alarido me hace quedar sin aliento mientras escribo esto por si alguien que viniese a habitar este lugar sepa la verdad. Esté vivo o muerto la verdad se sabrá.

Se rumora en la ciudad de Ambertag, que se encontraron los escritos del señor Bezares y las notas antiguas escritas en lenguas casi muertas, junto al reloj de bolsillo debajo de su cama en la alcoba del tercer piso. Jamás se encontró su cuerpo o se supo su paradero. También se descubrió que la dama Giovanna Salazar había muerto desde muchos años atrás y que nadie más a parte del señor Bezares habló de ella, pues siempre se le vio yendo solo a aquellos lugares donde él dijo salió con la señorita. Todo esto queda encerrado en la vieja casona, la cual jamás se volvió a abrir, después de hallar la puerta del sótano rota y escuchar alaridos desde lo más profundo de ese lugar.

21 января 2018 г. 7:28:31 0 Отчет Добавить 0
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