La culpa de todo la tuvo el gato Подписаться

nataliaalejandra Natalia Hatt

Esta es la historia de la enemistad entre un gato y una persona enamorada, quienes competirán por el afecto de una mujer. ¿Cuál de los dos ganará?


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#drama #parasitosis #lgbt #lesbianas #locura
Короткий рассказ
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Capítulo único

Tengo la absoluta certeza de que la culpa de todo la tuvo el gato.

Ya sé que nadie me cree. ¿Cómo podría esa inocente criatura ser capaz de algo así? Pero yo les digo que es así, y les contaré cómo ocurrió todo desde un principio. De esa manera podrán ver que estoy en lo cierto, y quizás recapaciten y se den cuenta de que no es una enfermedad mental lo que me aqueja, sino un mal traído por ese felino infernal. Es él quien necesita ayuda de un profesional; no yo.

1

Todo comenzó una bella mañana de verano. Me gustaba tomar largas caminatas por un camino de tierra que corría al costado del río, empezando minutos después del amanecer, para empezar mejor el día; y esa mañana me ocurrió algo que no esperaba: cuando había recorrido unos tres kilómetros, pisé mal una piedra y me torcí el tobillo. Intenté caminar de todas formas y regresar a casa como pudiera, aunque fuera a paso tortuga, mas el dolor era tan grande que tuve que sentarme a un costado del camino.

Me encontraba debatiendo la posibilidad de llamar a mi ex y pedirle ayuda; no conocía a nadie más en el pueblo. Quizás piensen que soy una de las únicas personas en el mundo que se muda a otro país para estar con alguien y se queda allí tras la ruptura por más que no piense reconquistar a su ex pareja, pero lo cierto es que había encontrado allí el trabajo de mis sueños, y no me iba a marchar por más que las cosas con Linda no funcionasen. Estábamos en términos más o menos amigables, por lo cual llamarla no sería tan mala idea. Pero iba en contra de mis principios, así que decidí arreglármelas por mi propia cuenta.

Un bocinazo me trajo de regreso a la realidad. En el camino polvoroso se había detenido una camioneta destartalada. La puerta se abrió, y un bonito par de piernas largas y bronceadas fue lo primero que alcancé a ver. Su portadora era una chica alta y delgada de unos veintipico años de edad. Llevaba unos shorts de denim desgastados y una camisa blanca atada en un nudo por la zona de la cintura, dejando a la vista su vientre plano. Sus ojos eran de un color azul intenso y su cabello se asemejaba a un campo de trigo ondulándose con el viento, pero lo que más deslumbró fue su sonrisa; era la sonrisa de un ángel.

—Buenos días —me saludó—, me da la impresión de que te encuentras en problemas. ¿Necesitas ayuda?

—Uhm... ¿Por casualidad te diriges al pueblo? Me torcí el tobillo —dije, señalando la fuente de mi sufrimiento—. Me duele mucho.

—¡Qué mal! Puedo llevarte hasta el hospital para que te lo vean —se ofreció—. Trabajo cerca de allí, así que no será ninguna molestia.

—Muchas gracias, te estaré en deuda. —La verdad era que no me molestaba para nada deberle un favor a una mujer tan bella si eso significaba que tendría una excusa volver a verla.

La extraña me ayudó a caminar hasta el otro lado de la camioneta ya que no podía moverme hasta allí por mi cuenta, y abrió la puerta. Fue allí cuando conocí a mi futuro peor enemigo:

En el asiento se encontraba durmiendo un gato de color blanco amarillento, grande y peludo. Nunca me habían gustado mucho los gatos, me parecían animales fríos y desinteresados. Prefería a los canes, y amaba a mi perra Cata, una labradora de dos años que Linda me había regalado para el primer cumpleaños que festejé aquí.

—Espero que Sheldon no te moleste —me dijo mi salvadora—. Siempre va conmigo al trabajo. Todos lo adoran allí y él odia quedarse solo en casa.

—No, claro que no. Me encantan los gatos —mentí. Lo cierto era que quien me encantaba era ella. Me subí a la camioneta con su ayuda, y me senté junto al felino, quien abrió los ojos y me miró con desconfianza. En ese momento supe que me odiaba; y que yo lo odiaría a él.

2

Antes de dejarme en la guardia del hospital, ella me indicó dónde trabajaba. Se trataba de una pequeña cafetería de estilo vintage a pocas cuadras de mi casa. Desde entonces me lamentaba no haberle preguntado cómo se llamaba, pero eso me daba otra excusa más para ir a verla, cosa que hice a la siguiente semana.

Entré en la cafetería portando un ramo de fresias. No sabía si le gustaban las flores, pero no se me ocurría otra forma de agradecerle a una chica cuyos gustos desconocía. Ella se encontraba de espaldas, acomodando un par de tazas en un estante. Estaba en puntas de pie, postura que me resultó muy seductora.

—Buenos días —le dije. Ella se dio la vuelta de inmediato, y otra vez me deleité al ver esa sonrisa angelical que me había conquistado.

—¡Hola! ¡Sabía que volvería a verte! —dijo con entusiasmo. Luego vio las flores y pestañeó—. ¿Esas son para mí?

—Sí, son para ti, en agradecimiento por haberme salvado la vida —respondí mientras se las entregaba. Ella las olió con alegría, demostrando que las fresias habían sido una buena elección.

—Tonterías. No fue nada —me dijo—, pero me encantan las flores y me alegra volver a verte. ¿Tu tobillo está bien?

—Casi en perfectas condiciones —respondí—. Pronto podré volver a mi rutina de salir a caminar por las mañanas.

—¡Qué bueno! Me encantaría salir a caminar contigo algún día —sugirió—; solo que no por la mañana, por favor. Odio madrugar.

—¡Sería genial! —exclamé. Ahora no necesitaba invitarla a salir yo, y todo indicaba que yo también le atraía a ella.

—¿La semana que viene? —preguntó.

—La semana que viene me queda perfecta. ¿El viernes después del trabajo?

—El viernes me queda bien —respondió—. Una sola cosa...

—¿sí? —pregunté, con interés. Sus ojos brillaban al mirarme, y eso hacia que las mariposas en mi estómago se volvieran más locas aun.

—Nunca pregunté tu nombre. ¿Cómo te llamas? —preguntó. Otra cosa que no tuve que hacer yo en primer lugar.

—Corina, ¿y tú? También estuve preguntándome cómo te llamas. —Sonreí y la miré bien. Había pensado en una variedad de nombres que podrían ir con ella, pero la mayoría de los que creía que le iban bien estaban en español, y ella era nativa estadounidense.

—Yo soy Kelly —respondió. Su nombre me pareció bonito y acorde a ella—. El viernes salgo a las siete. Te espero aquí. Podremos ver el atardecer, ¿quizás?

—Me parece una idea fantástica —dije—. ¡Nos vemos el viernes, entonces!

«¡Tengo una cita!», festejé conmigo misma.

Salí con una sonrisa enorme dibujada en mis labios, pero cuando estaba llegando a la puerta casi tropecé con Sheldon, el gato horrible. Me miró con odio, y yo lo miré de la misma forma a él. Sabía que no se traía nada bueno entre sus patas, y pronto comprobaría que estaba en lo cierto.

3

Kelly y yo salimos a caminar ese viernes. Por suerte el gato se quedó con su jefa, así que pudimos disfrutar una linda caminata sin el felino cerca. Después de caminar por una hora nos sentamos sobre unas rocas, lugar desde el cual teníamos una perfecta vista al río y el atardecer. Fue allí donde nos besamos por primera vez. No puedo decir que recuerde mucho sobre aquel bello paisaje; tenía toda mi atención enfocada en la belleza que se encontraba junto a mí.

Sus besos sabían a menta, y pronto pude considerarme adicta a ellos. Salir a caminar juntas se volvió una rutina, así también como los besos (y algunas caricias no muy castas) sobre las rocas al atardecer.

No pasó mucho tiempo más para que me invitara a cenar a su casa en el campo. Supuse que no se animaba a salir conmigo en el pueblo; quizás aún no había salido del clóset, pero eso no me molestaba. Si ella quería mantener nuestra relación en secreto, no me opondría a ello. Yo también había comenzado así cuando aún vivía en un pequeño pueblo en Argentina y no podía mostrarme como soy en verdad. Ahora, a mis veinticinco años y viviendo en Estados Unidos en un pueblo donde los pocos que me conocían me aceptaban, no me molestaba mostrarme con una mujer delante de todos, pero ella sí había crecido allí, y le tocaba enfrentarse a los prejuicios de quienes la habían visto crecer.

Conduje mi motocicleta hasta su casa. Kelly me esperaba sentada en la hamaca que madera que tenía en su galería. Sheldon se encontraba acostado sobre su falda, disfrutando las caricias de su ama, quien se puso de pie y lo depositó sobre la hamaca al verme llegar.

Caminó hacia mí, me abrazó y me besó con emoción ni bien me quité el casco, dejando mi rostro al descubierto y mi cabello oscuro libre para que el viento hiciera con él lo que quisiera.

—Te estaba esperando, guapa —me dijo. Luego me tomó de la mano y me llevó adentro. El gato entró por detrás de nosotros, meneando su cola como signo de malestar.

—Creo que ese gato no me quiere —dije.

—No le prestes atención a Sheldon. Es muy celoso de mí y no quiere a la gente que se me acerca. Se le pasará, cariño.

—Eso espero —respondí. Kelly no sabía que yo podía ser mucho más celosa y posesiva que su querido gato.

«Tú llegaste primero, pero eso no te da ventajas», pensé, mientras le dirigía una mirada fría al animal.

Compartimos una sabrosa cena que ella preparó. El gato brillaba por su ausencia, lo cual fue algo que me agradó. Hablamos sobre nuestros planes a futuro: le conté que adoraba mi trabajo como diseñadora en la tienda de vestidos de novia del pueblo y que pensaba seguir trabajando allí. A pesar de que no esperaba casarme de blanco en un futuro, me encantaban los vestidos y ayudar a las novias a sentirse perfectas para su gran día. Kelly, por su parte, estaba estudiando abogacía online y, como sus padres habían fallecido hacía ya unos años, debía trabajar para poder mantenerse y pagar sus propios estudios. Pensaba que eventualmente se mudaría a una ciudad más grande, pero aún no estaba segura. Yo esperaba que no lo hiciera, porque ella me gustaba mucho y a mí no me interesaba dejar mi trabajo.

Después de comer, Kelly sugirió que mirásemos una película. La tele se encontraba en su cuarto, por lo cual supuse que, al fin de cuentas, jamás veríamos la película completa. Era el momento que había estado esperando durante semanas...

Cuando llegamos a la habitación, descubrí por qué Sheldon había estado ausente durante la cena: había estado durmiendo en la cama de Kelly. Pensar en los pelos del animal sobre el lugar donde luego me acostaría me causó repulsión, pero tragué saliva y mantuve la compostura. Debería aprender a tolerarlo y no dejaría que él se saliera con las suyas: no lograria separarme de su dueña.

—Vamos, gatito. Debes ir a dormir a la sala —le dijo ella en tono cariñoso. El gato se puso de pie y se desperezó, para luego dar un salto largo y salir de la habitación a paso lento.

—Mejor así —dije y sonreí—. No es que no lo quiera a tu gato, pero es mejor estar solas.

Nos pusimos cómodas sobre la cama y comenzamos a mirar la película romántica que ella había escogido. Intenté no pensar en que el gato había estado acostado en ese sitio hacía tan solo un rato, pero el pensamiento me invadía cada tanto. ¿Dormiría con ella todas las noches? ¿Qué tan difícil sería quitarle la costumbre? Yo no quería tener un gato durmiendo a mis pies, ni mucho menos en el medio, entre nosotras dos.

Creo que ambas estábamos comenzando a aburrirnos cuando llegamos a la mitad de la película, porque su mano derecha pronto se encontró recorriendo mi pierna izquierda, y yo no demoré en responder a sus avances. Al poco rato me encontraba sobre ella, besando sus delicados labios mientras mi mano derecha seguía camino por debajo de su camisa para acariciar sus senos. Ella no se quedó atrás, y su mano comenzó a desprender mis pantalones y a indagar debajo de mi ropa interior.

Pronto estábamos desnudas por completo, contemplándonos por primera vez en nuestros trajes de Eva. Esa noche besé y exploré cada centímetro de su cuerpo, y ella hizo lo mismo con el mío. Supe que no era su primera ya que se mostró como toda una experta en la cama, y supo cómo llevarme al borde del descontrol. Éramos mitades perfectas de un rompecabezas que podríamos armar todas las veces que quisiéramos. Jamás me cansaría de estar con ella piel con piel; era una droga que me embriagaba y me extasiaba. Y lo mejor de todo no era eso, sino saber que yo también era la droga que ella estaba buscando.

4

Cuando me desperté a la mañana siguiente, sentí cierto peso sobre mis pies y casi salté de la cama. Se trataba de Sheldon, quien en algún momento de la noche se había escabullido dentro de la habitación. Había dormido como un tronco, nunca lo había oído llegar.

«Cómo te odio, gato», pensé indignada. Él me miró y me pareció notar una especie de sonrisa burlona dibujándose en su rostro de felino.

«No pienses tonterías», me dije. Me levanté y fui al baño. Para cuando volví el animal se había acomodado en el sitio donde yo había estado durmiendo, así que decidí vestirme e ir a la cocina a preparar el desayuno.

Volví a casa después de desayunar con Kelly y me preparé para ir al trabajo; el sábado me tocaba trabajar medio día.

Mientras me quitaba la ropa comencé a sentir picazón en mis extremidades. Parecían picaduras de insectos. «Quizás sean pulgas», me imaginé. Me di un baño algo más largo de lo normal y me fregué bien las zonas donde sentía comezón, para de esa forma quitarme cualquier insecto que pudiera tener sobre mi cuerpo. Supuse que serían muy pequeños, ya que no había logrado encontrar ninguno pero de todos modos podía sentir que estaban allí.

«Tendré que decirle a Kelly que le ponga algún producto para las pulgas a ese gato», me dije, y más tarde le envié un mensaje de texto para avisarle.

Sheldon no tiene pulgas, respondió. Lo baño con un shampoó especial una vez por semana, y justo lo bañé ayer. Debe ser otra cosa.

La respuesta me frustró, pero decidí olvidarme del incidente y me dije que quizás era pura casualidad. Sabía que mi perra tampoco tenía pulgas, pero de todos modos le puse un producto especial por si acaso. Esperaba que eso no volviera a repetirse, pero lo que no sabía que las pulgas no me dejarían en paz; no demorarían en volver.

5

Kelly vino a cenar a casa una semana más tarde. Como no le había dado razones para creer que odiaba a Sheldon, lo trajo consigo ya que no había vuelto a su casa al salir del trabajo. El animal exploró cada centímetro de mi piso, sin sentirse a gusto en ningún momento, más que nada porque mi perra lo perseguía intentando hacer amigos. Él la rechazaba una y otra vez, incluso llegando a arañarle la cara para hacerle entender de una buena vez que no había venido en plan de visitarla. Luego se echó sobre mi sillón preferido a dormir una siesta. Me moría de ganas de sacarlo de allí porque me aterraba la idea de que lo llenara de pelos y pulgas, pero al menos ahora la atención de mi novia estaba enfocada solo en mí, y eso me encantaba.

Volvimos a hacer el amor, dejando desatar nuestra pasión y dejando en claro cuánto nos habíamos extrañado. Sin embargo, Kelly pronto tuvo que irse. La hubiera invitado a pasar la noche conmigo si no fuera por el gato.

Suspiré aliviada cuando el felino abandonó mi casa y, antes de irme a dormir, tomé un fuerte desinfectante y lo usé para fregar el sillón donde el animal había dormido. Si este tenía algún bicho encima, me aseguraría de que no me lo volviese a pasar. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, las pulgas volvieron a encontrar su camino hacia mi piel.

Esa noche dormí poco y nada. Me la pasé rascándome varias partes del cuerpo que me picaban. Incluso sentía que algo me caminaba por las piernas y los brazos, mas no encontraba nada cuando encendía la luz y me fijaba con detenimiento.

La cosa no mejoró al otro día, por más que me pasara alcohol por toda la piel y me bañara tres veces. También desinfecté toda la casa, incluyendo los espacios por donde el gato no había pasado, pero no sentí ninguna mejoría. Al contrario, la comezón no hacía más que incrementarse, así como también la sensación de tener bichos caminando sobre mi piel. No los podía ver, pero que sabía que estaban allí.

Esta vez no quise decirle nada a Kelly, porque ya había defendido a su gato antes. Supuse que las pulgas no la buscaban a ella. Algo tenía yo que las atraía, tal vez mi grupo sanguíneo. Vaya uno a saber. La solución sería algo que debería encontrar yo sola.

6

—A ver, muéstrame la picaduras —dijo la dermatologa que me atendió cuatro días después. Había decidido ir con una especialista ya que el prurito no se me había pasado y me estaba lastimando al rascarme tanto.

—En esta zona del brazo podrá ver varias —le dije, extendiendo la parte interna de mi brazo izquierdo para que ella lo examinase. La especialista se puso los anteojos y comenzó a observar mi brazo con detenimiento, dándolo vuelta para revisar también el otro lado. Luego me pidió el otro brazo, y solicitó revisar mis piernas.

—Veo pequeñas lesiones debido a que estuviste rascándote, pero no noto que el prurito haya sido causado por un insecto. Podría deberse a otra cosa. Vamos a hacerte unos analísis de sangre para ver si hay algo causándote estas molestias, y por el momento te voy a recetar una crema que aliviará la comezón.

«Esta doctora no sabe nada», pensé cuando iba de regreso a casa. ¡¿Cómo no había sido capaz de notar las picaduras de las diminutas pulgas?! ¡Sí que eran visibles! Debía tener al menos cien en cada brazo, y ni hablar de las piernas.

Compré la crema que me había recetado y fui al laboratorio a dejar orina y sacarme sangre para los análisis solicitados, pero seguía convencida de que tenía bichos. Cada vez los sentía caminar sobre mi piel más y más. Si tenía que capturar uno de esos diminutos especímenes para demostrar que realmente tenía pulgas microscópicas en mi piel, lo haría.

7

«¡Maldita cinta adhesiva!», exclamé para mis adentros. Me la había aplicado sobre el brazo donde por última vez había sentido que los bichos caminaban; esperaba lograr atrapar algunos para llevárselos a la dermatóloga al día siguiente, para mi próximo turno. Al hacer esto me había jalado los vellos, y entonces, además de picarme el brazo, también me dolía. ¡Perfecto!

Miré la cinta detenidamente, y vi varios puntitos negros pegados allí. «¡Los atrapé, malditos!», me dije. Me sentía tan triunfante que era capaz de ponerme a bailar la Macarena ahí mismo.

Guardé la cinta con los ejemplares dentro de una pequeña caja de fósforos vacía y la puse dentro de la cartera que usaría al día siguiente.

Ya más animada, llamé a Kelly por teléfono. La había estado evitando estos últimos días porque no quería que viera el estado de mi piel. Fue por eso que no organizamos ninguna salida para el viernes, que se había vuelto nuestro día de citas.

—Hola, cariño —la saludé—. ¿Cómo estás?

Hola. Al fin te dignas a llamarme —me respondió—. Estoy molesta contigo. ¡Me has evitado durante más de una semana!

—¿Cómo puedo recompensarte? —quise saber. Odiaba que estuviese así.

Ven a casa mañana a la noche. No acepto excusas —me dijo—. Quiero que hagamos algo especial.

—Vale —acepté—. Esperaba que para entonces la doctora me diera la razón y me recetara algún medicamento más efectivo que la maldita crema amarilla que me estaba aplicando. Para colmo de males, al aplicármela en el trabajo había manchado y arruinado uno de los vestidos en los que había estado trabajando esta semana, haciendo que tuviese que comenzar prácticamente de cero. Eso no estaba nada bien. Ahora tendría que trabajar horas extra durante varios días seguidos para recuperar el tiempo perdido.

8

—Los análisis salieron bien —me dijo la dermatóloga, mirándome con una sonrisa—. ¿Has estado ansiosa por alguna cosa? La ansiedad puede causar ese tipo de reacciones —me dijo.

—No. He estado normal —le dije—. Todo como siempre. Lo único que me causa ansiedad es sentir que me caminan bichos por todo el cuerpo y no poder quitármelos por más que me friegue el cuerpo entero durante horas. —Intenté sonar calmada, pero sentía que la doctora me estaba tomando por tonta. No podía ver lo obvio. ¡¿Cómo no podía verlo?!

—Te aseguro que la ansiedad puede llevarte a pensar que tienes bichos caminándote por el cuerpo... He tenido casos similares. Déjame recetarte algún ansiolítico. Te ayudará.

—No, no, no. Nada de ansiolíticos. Necesito algo para los bichos. No sé, algún producto que los repela; algo que tome y haga que mi sangre no les guste más. Mi primita tomó algo cuando tuvo piojos y eso hizo que se le fueran. Quiero algo asi.

—No puedo darte nada eso si no puedo comprobar que de verdad tenés bichos —me dijo la especialista. La calma que ella intentaba infundirme con la forzada modulación de su voz no hizo más que enervarme.

—Puedo comprobarlo —le dije—. Logré capturar una muestra de los bichos. —Abrí mi cartera y saqué la caja de cerillas—. Están pegados a una cinta ahí dentro —le indiqué. «In your face, bitch», pensé. Eso comprobaría que siempre había tenido la razón y finalmente lograría que me recetara el medicamento que debería haberme dado desde un principio.

—Lo haré analizar, entonces —me dijo—. Pero sigo creyendo que lo tuyo es ansiedad. Te voy a recetar unas pastillas y, si cambias de opinión, vas y las compras.

Apreté los dientes, haciendo un esfuerzo sobrenatural para no contestarle de mala manera. Agarré la receta que me dio, pero cuando llegué a la calle la abollé y la tiré en un cesto de basura. «Ni loca tomo esto», me dije. Sabía que no estaba sufriendo ansiedad, pero no tomaría medicación psiquiátrica ni siquiera llegado el caso. No confiaba en ese tipo de medicamentos.

«Esta doctora no me cree... Se sorprenderá cuando vea lo que hay en esa cinta», pensé, y me fui caminando a casa, rascándome los brazos con ambas manos mientras caminaba.

9

—No vas a terminar ese vestido a tiempo —se quejó mi jefa cuando le dije que me iba—. Deberías quedarte hasta más tarde esta noche. ¿Qué ha te pasado que te has puesto tan lenta?

No quería decirle que, además de haber arruinado el primer vestido con la crema inútil que había comprado para el prurito, pasaba buenos ratos en el baño rascándome y lavando mis brazos y piernas con agua y jabón. Esto aliviaba la picazón por un rato, pero el tiempo en el que me sentía normal era cada vez más corto. Intentaba no rascarme cuando mi jefa andaba cerca, por miedo a que pensase que podría contagiarla. Ella no sabía qué era lo que me aquejaba, y pensaba mantenerlo en secreto por el tiempo que pudiera. No quería perder mi trabajo culpa de esas pulgas demoníacas.

—Lo siento. Algunos problemas personales, supongo —dije—. Volveré después de cenar y me quedaré hasta la hora que haga falta.

—Vale, puedes irte —dijo y suspiró. Era un proyecto muy complicado para una clienta muy exigente. Siempre daba lo mejor de mí, pero esos días habían sido muy difíciles.

Caminé hasta casa, me preparé para ir a ver a Kelly, y salí en mi moto, recorriendo con ella el camino que me sabía de memoria de tanto caminarlo por las mañanas antes de ir a trabajar. Por suerte, mi tobillo no había vuelto a causarme problemas.

Cuando llegué a casa de mi novia, ella me recibió con un suave beso en los labios, pero pude notar que seguía algo molesta conmigo. Antes solía pasar a comprar café a su negocio, con la excusa de verla. A veces le llevaba chocolates, o alguna tarjetita con algún mensaje, pero esta última semana ni había aparecido por allí, y le había dicho que tenía mucho trabajo que hacer todas las veces que quiso proponer un plan para cenar, o para salir a caminar. Era una mala novia y lo sabía, pero no tenía idea de cómo reaccionaría cuando le dijera que tenía bichos y que creía que su gato me los había contagiado. Ella estaba segura de que él no tenía nada: no me creería. ¿Sería capaz de pensar que yo actuaba así por celos? Quizás.

—Has estado distante —reclamó mientras cenábamos—. ¿Hice algo que te molestó?

—No, cariño. No hiciste nada malo —la tranquilicé.

—No me lo creo. ¿Sabes lo que pienso? Pienso que te molesta que no quiera mostrarme contigo delante de todo el mundo... ¡Y tienes razón! No tiene por qué molestarme que sepan la verdad. Te amo y no hay nada de malo en eso. A partir de ahora no te ocultaré más delante de la gente.

—Y yo te amo a ti, Kelly... Y me alegra mucho que decidas salir del clóset —dije con una enorme sonrisa en los labios. Supe que debería haberle dicho la verdad sobre las pulgas, pero supongo que me dejé llevar por el momento. Lo había estado esperando por más que ni siquiera llevábamos dos meses juntas todavía.

—Quiero que te vengas a vivir conmigo —soltó—. Quizás lo creas apresurado, pero me parece una buena idea. Podremos ahorrar más dinero, y sé que te encanta la idea de vivir en el campo. ¿Qué dices?

—¡Me encantaría! Pero... ¿Estás segura? No quiero que tomes decisiones apresuradas...

—No podría estar más segura, y nada me haría más feliz que esto —dijo. No pude mantenerme un segundo más en mi silla. Me puse de pie y ella también. Nos besamos con locura, nos acariciamos, nos estrujamos, y nos quitamos la ropa la una a la otra allí mismo, en la cocina.

—Me haces tan feliz —le dije.

—Y tú a mí —dijo, besándome luego el cuello. Sin embargo, pronto se separó de mí y comenzó a mirarme con preocupación; recién en ese momento reparaba en el estado de mi piel—. ¿Qué te ha pasado? —preguntó. Mi cuerpo estaba lleno de surcos rojizos que me había autoinglido al rascarme, y algunas lesiones provocadas por la esponja vegetal que usaba al bañarme, que era la única cosa que lograba calmarme por más tiempo.

—Oh, eso... Me he estado rascando. Creo que tengo unos bichos microscópicos en el cuerpo, aunque la dermatóloga que me vio no sabe nada y cree que lo que tengo es ansiedad.

—Oh... Quizás necesites una segunda opinión —me dijo, mientras continuaba con los besos—. Tengo un tío que es médico clínico, pero sabe muchísimo y tiene mucha experiencia. Estoy segura de que te va a ayudar.

—Mmm... —logre pronunciar. Estaba disfrutando sus besos en sobremanera—. Me gustaría que me consigas una cita. —Y eso fue lo último que le dije, ya que luego nos dejamos llevar por el mar de sensaciones que nos inundaba.

Hicimos el amor en la cocina. El gato se encontraba sentado sobre una silla, mirándonos desde detrás de la mesa, pero no me di cuenta sino hasta que habíamos terminado y nos quedamos tumbadas sobre el suelo. Cuando lo vi me sobresalté un poco, pero luego lo dediqué una mirada triunfante. «Nunca vas a ganar, ella me quiere más a mí», era lo que decía mi mirada.

El gato saltó de donde estaba y salió corriendo. Supe que me había entendido. Supe que la victoria era mía.

10

—Lo único que contenía la cinta que me trajiste era partículas de polvo, un par de vellos, un par de fibras de alguna tela, y células de tu piel —me dijo la dermatóloga el martes siguiente. Solo había ido a su consultorio otra vez para disfrutar la victoria cuando me dijera que había bichos microscópicos en mi muestra. Me había decepcionado otra vez.

—Yo sé lo que vi —le dije, disgustada—. ¿Segura que no había nada? ¿Ningún bicho?

—No, ninguno. ¿Aún sientes que algo camina por tu piel?

—Todo el tiempo, a veces más y a veces menos. Cuando me baño y me friego con la esponja vegetal logro más horas sin prurito, pero luego empieza a picarme de nuevo, y me vuelvo loca rascándome.

—¿Cómo lo resuelves? —preguntó. Me observaba detenidamente.

—Generalmente vuelvo a bañarme —respondí—. He llegado a hacerlo hasta cuatro veces en el día.

—¿Y cuando estás en el trabajo?

—Me encierro en el baño con la esponja vegetal. De otra forma es casi imposible trabajar.

—Bien, quiero que me escuches con atención —me dijo, aunque yo me preguntaba qué hacía escuchando a esa mujer todavía—: no tienes nada. Nada físico al menos.

—¿Qué es lo que me quiere decir? ¿Que esto es producto de mi imaginación?

—Existe una enfermedad de orden mental... Se llama síndrome de Ekbom, aunque más la conocen como delirio de parasitosis. Tú tienes todos los síntomas, y entiendo que te cueste creer que pueda ser un delirio porque lo sientes muy real.

—No, no es así. ¿Sabe lo que creo yo? Que usted es una ignorante a la que alguien le regaló el título —dije, poniéndome de pie. No iba a quedarme un solo segundo más en esa consulta. Es más, no quería volver a verle la cara a esa mujer. Jamás.

11

—Soy diseñadora, necesito una habitación entera para mi ropa —le dije a Kelly, quien estaba asombrada al ver la cantidad de indumentaria que estaba empacando.

Ya había terminado el vestido de novia que tanto me había hecho sufrir, y estaba más relajada en el trabajo, lo cual me permitía dedicarle más tiempo a prepararme para la mudanza.

—Oh no, otra vez —dijo mi novia, algo molesta. Esto se debía a que otra vez había empezado a rascarme, y lo estaba haciendo con una mano mientras con la otra sacaba más ropa de mi clóset para empacar.

—Todavía no es nada —la tranquilicé. Cuando empeore me doy un baño.

—Espero que mi tío sepa descubrir la raíz del problema —expresó. Me había conseguido un turno para el día siguiente y yo me encontraba esperanzada. Quizás ahora sí lograría deshacerme de mi problema. Cuando se comprobase que lo que tenía eran pulgas, convencería a Kelly de llevar a su gato con un especialista que le diera algo para combatirlas. Desinfectaría nuestro nidito de amor, y seríamos felices los tres. El gato debería adaptarse a mí y yo me adaptaría a él porque amaba a Kelly, aunque eso no significaba que algún día lo consideraría mi amigo.

12

Kelly me acompañó a la consulta con su tío. Este solicitó varias pruebas más aparte de las que la dermatóloga ya me había realizado, por lo cual hasta habían obtenido muestras de mi piel para analizar. Me dijo que a veces hay organismos que viven bajo la piel, por lo cual no se dejan ver. No descartaba ninguna posibilidad.

Salimos sonrientes y, a pesar de que a los pocos minutos la comezón volvió, no me molestaba tanto porque tenía el apoyo de mi amada y sabía que todo se pondría bien.

13

Pocos días después ya estaba instalada en casa de Kelly. Había tomado el cuarto que le había pertenecido a ella cuando sus padres vivían para guardar allí toda mi ropa y mis telas, junto con mi máquina de coser, por supuesto. Además de coser en el trabajo, también lo hacía en muchos de mis tiempos libres. Me encantaba diseñar mi propia indumentaria.

—Dejame tomarte tus medidas —le dije, apareciendo tras de ella con un centímetro.

—¿Para qué? —quiso saber, sorprendida.

—Voy a hacerte un vestido y te lo vas a poner para ir conmigo al teatro. Va a ser nuestra primera salida pública como pareja. ¿Qué te parece la idea?

—¡Me encanta! —exclamó.

Pronto mi Kelly tuvo un hermoso vestido rojo con lentejuelas que todo el mundo envidiaba. Fuimos al teatro. Yo también llevaba un vestido, pero me había puesto una chalina para tapar las lesiones en mis brazos. No quería que nadie las viera.

En algún momento la besé, y sé que más de uno se giró para mirarnos, pero Kelly no se avergonzó y se comportó de forma normal todo el tiempo. Estaba muy orgullosa de ella. Al fin y al cabo, salir del clóset le había costado menos que a mí.

14

—Sí, estoy viviendo con otra mujer —le dije a mi madre mientras hablábamos por Skype, en nuestro español de Argentina—. No, no me he vuelto hetero en Estados Unidos como vos esperabas.

—Qué pena —respondió—. Pero espero que me muestres a tu novia algún día. No la escondas.

—Claro. Cuando ella esté lista para conocerte —le dije. Justo oí que llegaba la camioneta a la casa, así que decidí despedirme—. Ahí viene, así que te llamo en otro momento, mamá.

—Está bien, hija. Cuidate —me dijo—. Y mandale mis saludos a esa chica.

—Kelly, se llama Kelly —dije, y terminé la llamada cuando justo cuando ella abrió la puerta. Kelly entró con los brazos cargados de mercadería. Sheldon venía detrás de ella.

—¿Te ayudo con eso? —me ofrecí.

—No, no. Está bien, puedo sola —dijo, y siguió caminando hacia la mesada de la cocina, donde depositó la mercadería.

—Mi madre quiere conocerte... —le dije—. Por Skype, obvio.

—Claro, será un placer —dijo, dándome un beso en los labios.

—¡Fantástico! Eso sí... No habla inglés.

—No hay problema, me puedes traducir lo que diga.

—Vale. ¿Alguna noticia de tu tío?

—Sí. Quiere que vayamos mañana a su consultorio. Ya tiene los resultados de los estudios.

—¡Perfecto! Al fin vamos a poder terminar con esta maldición —le dije,

—¿Cuántas veces te bañaste ya hoy? —me preguntó, observando el dorso de mi mano, que estaba más enrojecido que nunca.

—Cuatro... o cinco. Ya ni me acuerdo.

—Y veo que has limpiado la casa —dijo, observando a su alrededor—. ¿Es desinfectante lo que huelo?

—Sí, estuve desinfectando. Siempre es bueno ser precavidas.

—¿A qué hora volviste? —preguntó. Luego comenzó a ordenar las cosas que había traído.

—A las cuatro. Hay poco trabajo estos días.

—Te vendrá bien para relajarte un poco —me dijo—. Si lo que tienes es algo nervioso, reducir el estrés es buena idea.

—No es algo nervioso —espeté, poniéndome molesta. ¿Acaso ahora ella tampoco creía que yo tenía bichos?—. Pensé que estábamos en la misma página, Kelly.

—Disculpa, lo siento. Es solo que a veces me cuesta creerlo porque no los veo. Es todo. Pero sé que no mientes, y estaré contigo en todo pase lo que pase. ¿Ok?

Caminó hacia mí y me dio un pequeño beso en la nariz. Luego me desordenó el cabello, intentando hacerme poner de mejor humor, cosa que logró. Siempre lo hacía. No por nada la quería tanto.

15

Tenía turno después del trabajo, y Kelly me dijo que me encontraría directamente en el consultorio de su tío. Sin embargo, aunque llegué cinco minutos tarde para mi consulta, no la encontré en la sala de espera. Eso me pareció extraño. Ella era muy puntual.

—La sobrina del doctor está adentro hablando con él —me avisó la secretaria, quien se había dado cuenta de que la estaba buscando.

—Ah... —pronuncié. Eso no me daba buena espina.

La puerta se abrió unos diez minutos más tarde. Kelly salió con el semblante serio. Jamás la había visto así.

—Ven —me dijo.

Me puse de pie, más preocupada que nunca y con un nudo en el estómago. ¿Acaso habían descubierto algo grave? ¿Podría ser que realmente los bichos estuvieran dentro de mi piel y que sería muy difícil tratar el problema? ¿O quizás el tío le había confirmado a mi novia que su gato tenía la culpa de todo, como yo lo supe desde un principio? Era de entender que ella estuviera molesta si ese era el caso.

Cuando entré al consultorio, descubrí que Kelly y su tío no estaban solos. También había otra mujer ahí, una señora de unos cincuenta años poseedora del semblante más inexpresivo que he visto en mi vida.

—Toma asiento, Corina —me indicó el tío de Kelly—. Espero que no te moleste, pero he decidido pedirle a mi amiga, la Doctora Schenals, que venga a darme su opinión respecto a tu caso.

—¿Es dermatóloga? —pregunté, tomando asiento como me lo habían indicado.

—No, querida. Es psiquiatra —dijo—, y tiene varias cosas que hablar contigo.

Luego mi mundo se vino abajo.

16

No recuerdo bien cómo llegué a este lugar con paredes blancas. Supongo que perdí el control en la consulta médica. Es la única explicación que puedo hallarle. No es la primera vez en mi vida que pierdo la calma. Me ocurrió hace años, cuando tuve un enfrentamiento con mi padre cuando me dijo que me iría directo al infierno por ser lesbiana, y que más me valía dejar a la chica con la cual salía en ese entonces. Hacía años que no hablaba con él.

Y es que tuve razones para perder la cordura: otra vez dudaron de lo que estaba diciendo. ¡me creyeron loca! No sé bien qué fue lo que pasó, no cómo pasó, pero en algún momento perdí la consciencia. Debieron haberme inyectado algún tranquilizante. Para cuando desperté ya estaba aquí.

Un hombre vestido de blanco entra y se sienta en una silla, también blanca, que se encuentra al lado de mi cama.

—Hola Corina —me dice—. Te preguntarás dónde estás... Este es un hospital psiquiátrico, y estás aquí porque tienes una enfermedad mental, no supiste aceptar su diagnóstico, y perdiste el control.

—¿Qué hice? —quiero saber.

—Golpeaste a una doctora y tuvieron que sedarte. Saldrás de aquí cuando aceptes que tienes un problema, que necesitas ayuda, y comiences tu tratamiento.

—No. Están equivocados. Yo no estoy loca —le digo—. Las pulgas siguen conmigo a pesar de todos los calmantes que deben haberme inyectado.

—¿Cómo ha ocurrido todo esto, entonces? —pregunta—. ¿Por qué has acabado en este lugar?

—Tengo la absoluta certeza de que la culpa de todo la tuvo el gato...

Nadie me cree. Me he cansado de contar mi historia una y otra vez, y ellos se han cansado de decirme que los bichos no existen, que solo son producto de mi imaginación. He seguido rascándome, incluso más que nunca porque no me dejan bañarme más que una vez al día. Mis brazos y piernas lastimados sangran, la picazón es cada vez peor.

Hoy Kelly ha venido a verme. Me dice que me ama a pesar de todo, y que está dispuesta a ayudarme. Parte de mí la odia por no creerme, pero la sigo amando a pesar de todo. Es por eso que he tomado una decisión: saldré de este hospital mental así tenga que mentir y decir que me he dado cuenta de que tengo un problema. Tomaré el medicamento que me van a dar por el tiempo que lo consideren necesario para poder dejarme salir, y volveré a casa. Espero aún tener mi trabajo cuando vuelva a mi vida normal.

Pero Sheldon... Ese gato tiene que irse de la casa de Kelly. Sé que es la única forma en la que esos bichos dejarán de molestarme. La culpa de todo la tiene el gato, y ese gato debe desaparecer.

FIN

14 января 2018 г. 5:45:35 0 Отчет Добавить 8
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Об авторе

Natalia Hatt Argentina. Escritora y profesora de inglés. Autora de la saga "Sangre enamorada", publicada por Nova Casa Editorial.

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