sabrajan S. Abraján

De la colección Archivos interminables. Un visitante atestigua, ayudado por un guía, la vida en el planeta tierra durante cuatro estaciones, observando la vida y la muerte, el placer y sufrimiento de las diversas formas de vida y su lucha por sobrevivir. Historia inspirada en las Cuatro Estaciones de Vivaldi.


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Primavera I

En mi continuo camino por la existencia heme frente a un nuevo mundo que en ciclos giraba a su estrella. Forjé amistad con un espíritu que, ante mi ignorancia y curiosidad sobre su mundo, ofrecióseme de guía durante una de las vueltas que su planeta daba a la estrella. Fue así que escudados en nuestra inmaterialidad, a fin de no interceder en las dinámicas de cuantos seres nos encontráramos, me sumergí una vez más en la contemplación de otra realidad.


Hallámonos luego frente a un territorio lleno de altas y gruesas formas de vida que, sea por falta de voluntad o por extrema paciencia y sapiencia, se erguían inmóviles y a merced de las fuerzas externas de su mundo. Carecían de cabeza pero tenían incontables brazos, de ellos brotaban placas generalmente verdes que atrapaban los vientos y daban la ilusión de que se agitaban a voluntad. No les vi los pies, pero mi guía me dijo que éstos se hallaban escondidos bajo el suelo y que con ellos se alimentaban.

Mi guía continuó hablando del modo siguiente:

“Esos seres llamados árboles están apenas despertando. Estamos en la estación en la que la vida vuelve a surgir de la nieve, que alrededor ves derritiéndose. Observa que ahí en las puntas hay estructuras abultadas; dentro de poco se abrirán y se convertirán en flores.”

Y fue así que conforme pasaban los días pude apreciar cómo de aquellos bultos parecía abrirse una boca en cuyo interior había colores y olores encerrados. Al mismo tiempo otras formas de vida también salían de sus hogares bajo tierra; otras vivían en los árboles o simplemente andaban por el suelo durmiendo en cualquier parte.

Dijo mi guía:

“Esos seres son llamados animales. Son puro instinto con mínima razón. Ese instinto les hace reunirse ahora, pues es para muchos su tiempo de reproducción.”

Y yo, que ignoraba, me pregunté por qué había de suceder dicho proceso.

“Esta realidad tiene un ciclo infinito de vida y muerte. Todo el tiempo los seres vivos cesan de existir, y si no los reemplazan otros nuevos, se extinguen. Quiso esta realidad que para reproducirse fueran necesarios dos especímenes, uno que produzca la semilla y otro que sea el suelo fértil. De la unión de ambos sale la nueva vida.”

Poco a poco empezaron a aparecer más de esos seres que tenían que juntarse entre sí para formar más de ellos. Me llamaron la atención aquellos que se desplazaban por el aire, saltando entre los árboles, persiguiéndose y bailando. Uno de ellos tenían unos largos látigos rojos semitransparentes saliéndole de la cabeza, las plumas de sus alas eran rojas de un lado y azules del otro.

Mi guía dijo:

“Ése es un macho; ahora mismo va a intentar cortejar a la hembra para ver si puede fecundarla.”

Me pareció por lo demás curioso que el portador de la semilla tuviera que convencer al terreno fértil de dejarse fertilizar, pues los árboles ni siquiera se movían y, según me habían contado, también tenían que unirse entre sí. Mi guía se rió ante mi observación y contestó:

“Los árboles no son quisquillosos; los animales sí. El terreno tiene que asegurarse de que sólo recibe la mejor semilla, o los frutos podrían no ser tan fuertes.”

Siguió intentando explicarme de manera que pudiera entender, y mientras tanto, el mismo animal empezó a mover rápido la cabeza de arriba abajo, de manera que los látigos golpeaban las hojas del suelo con un fuerte ruido silbante, y a la vez alternaban entre las plumas rojas y azules de sus alas. Explicóme mi guía con gran paciencia que la hembra escogía al macho que moviera las plumas de las alas más rápido y que hiciera más ruido con los látigos de su cabeza, por alguna razón esto parecía indicarle, a través de una memoria ancestral, que el fruto que surgiría de la semilla de ese macho sería más fuerte y con más probabilidades de sobrevivir, y así pues se dejaba fertilizar si quedaba impresionada o lo rechazaba si no.

Vi a otra de esas aves, como se llamaban, rascando la tierra con sus largas garras para crear un pequeño agujero y luego lo rellenaba con hojas y ramas. Fue para mí curioso que en su ritual utilizara pedazos muertos de los árboles sin pudor alguno, no reconociéndoles el haber estado vivos en algún momento y no ofreciéndoles reverencia alguna.

“La muerte es tan natural como la vida, así que poco les impresiona y rápido se acostumbran a ella”, dijo mi guía.

Esa ave siguió llenando el agujero hasta que llamó la atención de la hembra, entonces empezó a cantar y aletear alrededor del agujero lleno de hojas y ramitas, saltando de lado a lado mientras la hembra lo examinaba.

“Está evaluando si es un buen lugar para poner sus huevos. Examina la profundidad del hoyo y que la distribución entre las hojas y las ramas sea buena. Le gusta que las hojas estén lo más frescas posibles y que se confundan con el suelo.”

Tras un largo rato, la hembra pareció acceder. Entonces ambos se aparearon, y mi guía me permitió observar de primera mano cómo el macho depositaba su semilla en el suelo fértil de la hembra. Ahí, en el fondo de su cuerpo, una estructura empezó a crecer, y dentro de ésta una versión en miniatura del ave se formó, luego apareció una segunda y una tercera. Poco después, la hembra dejó salir dichas estructuras en el fondo de ese pozo lleno de hojas. Eso debía ser lo que mi guía había llamado huevo.

Dado que había que esperar, me entretuve viendo a otros de esos animales. Uno de ellos era enorme y caminaba a cuatro patas; su piel era rugosa y amarillentada, lanzaba ruidos graves que llegaban lejos y asustaban a las aves; se alimentaba de la piel áspera de los árboles y de las hojas. Tenía una protuberancia corta que salía de su nariz, la cual se bifurcaba en el medio, una parte se curvaba hacia arriba y la otra hacia abajo. Pregunté a mi guía si a los árboles no les dolía que los despellejaran de ese modo, y me respondió:

“Los árboles están tan acostumbrados al dolor que nunca se han quejado.”

Entonces apareció otro de esos animales, una hembra, la cual carecía de esta protuberancia en la nariz, pero cuando el macho se disponía a fertilizarla otro macho apareció. Ambos rugieron el uno hacia el otro, se golpeaban con las cabezas y con esas pequeñas y duras protuberancias de las que la hembra carecía.

“Así como las aves bailaban, estos animales gigantes pelean entre sí para ver quién fertiliza a la hembra. Ésta esperará a un lado al ganador, pues éste habrá sido más fuerte y por ende engendrará hijos más fuertes.”

Tras varias horas de pelea, el macho recién llegado ahuyentó al otro, y éste salió corriendo. Entonces fertilizó a la hembra, pero no vi que ésta produjera huevos como la hembra ave.

“Estos animales no ponen huevos”, dijo mi guía, “la cría crece en el cuerpo de la hembra, y en unos meses lo expulsará ya formado.”

Vimos entonces a unos animales con un apéndice posterior muy largo que usaban para columpiarse entre los árboles. Hacían mucho ruido y parecía que se iban a arañar o morder entre sí. Los machos eran robustos y de pelaje brillante; sus colas tenían una punta muy roja que movían de un lado al otro sobre su cabeza mientras enseñaban los dientes a sus rivales. A diferencia de los machos anteriores, éstos no peleaban, sólo se gritaban y agitaban las puntas rojas de sus colas. Finalmente uno de los machos salió corriendo, las hembras se acercaron al ganador y empezaron a aparearse. De pronto otro animal salió de detrás de unos árboles más pequeños que crecían cerca del suelo. Era cuadrúpedo, de cuerpo esbelto y grueso, con una cola larga llena de puntos negros, el resto de su pelaje era gris. Con sus largas garras hacia adelante, saltó sobre el macho mientras éste se apareaba con la hembra y las hundió en su cuerpo, el macho chilló e intentó arañarlo, pero los enormes colmillos de la bestia se clavaron en su garganta y lo acallaron para siempre. Las hembras salieron corriendo sin dejar de chillar horriblemente, intentando ahuyentarlo, pero el depredador no se inmutó y empezó a devorar a su presa. Me sentí triste que el pobre macho ni siquiera consiguió fertilizar a la hembra antes de morir.

“Ese animal, que es un felino, también se debe preparar. Es una hembra y está buscando un macho que la fertilice. Mientras lo encuentra, tiene que alimentarse bien.”

Mi guía me sugirió entonces seguirla por un tiempo hasta que encontró a un macho de su especie. Ésta empezó a atacarlo apenas lo vio. El macho soportó arañazos y mordidas durante un rato, pero eventualmente pareció enojarse y se arrojó sobre la hembra. Creí que iba a clavarle las garras y los colmillos en el cuerpo para matarla, pero no hizo más que mantenerla quieta contra el suelo mientras ésta intentaba zafarse. Tras varias horas, y al darse cuenta de que el macho no la soltaría, la hembra finalmente se recostó en el suelo y se dejó fertilizar.

“Esta especie de felino está hecha para matar. La hembra sólo se deja fecundar con el macho que sea más fuerte que ella. Si las heridas lo hubieran hecho huir, ella lo habría perseguido y atacado hasta matarlo, pues su especie no necesita semilla débil.”

Poco después, las protuberancias de los árboles que ya han sido mencionadas empezaron a abrirse y se convirtieron en lo que mi guía llamó flores. Como ya me lo esperaba, eran un cúmulo de olores y colores que adornaron las ramas de los árboles, y de ellos brotó un abundante polvo que el viento rápidamente se llevaba. Esas flores también producían un jugo que atrajo a otros pequeños animales que volaban, éstos se alimentaban de esos jugos y pasaban a otras flores, y luego a otros árboles, así por todo el bosque.

Explicó mi guía:

“Esas flores no son más que apéndices para reproducirse. Las esporas que emiten son como la semilla que los animales machos expulsan en las hembras. Pero como la realidad no les ha dado la libertad del movimiento, dependen de que el viento haga caer la semilla en el suelo fértil. Esos pequeños animales que se alimentan de los jugos también les ayudan sin saberlo a transportar sus semillas.”

Seguí observando con cuidado las dinámicas para mí extrañas que había designado esa realidad a fin de propagar la vida. No fue sino hasta tiempo después, cuando vi a las aves salir de sus huevos, a los mamíferos recién salidos de la hembra y a los nuevos retoños de algunas plantas, que finalmente empezó a tener sentido toda la complejidad de lo que había presenciado. Pero esa realización provino principalmente de ver cómo entre los animales se llevaban a cabo matanzas contra esas crías antes de tener la oportunidad de defenderse. Vi a algunos padres comerse a las crías que nacían enfermas o deformes; las madres aves soltaban a estos polluelos de los nidos o los dejaban morir de hambre. Vi a una criatura sin miembros arrastrarse hasta uno de esos nidos en el suelo que ya he mencionado y tragarse a una de las crías de esa ave con látigos en la cabeza. Entendí que lo complicado del apareamiento, como llamó mi guía a todo ese proceso, no era sólo por el deseo innato de incrementar su número, sino que todos y cada uno de esos seres vivos, sin saberlo, eran parte de un juego de la naturaleza en el que tenían que reproducirse más rápido de lo que la realidad los asesinaba.

“Muchos no lo consiguen”, contestó mi guía a mis comentarios, “millones y millones de formas de vida han habitado este planeta, y sólo un puñado de ellas siguen vivas entre nosotros. Llegará un momento en el que algunas no puedan reproducirse antes de morir, y entonces ya no estará más. Cada una tiene confianza de que sus estrategias de reproducción les garantizarán que sus descendientes puedan seguir existiendo por miles y miles de años. Algunos, como las plantas y árboles, apuestan por la enorme cantidad de hijos potenciales esperando que al menos un puñado salga a la luz. Algunos animales apuestan por mantener los estándares muy elevados o muy bajos en la siguiente generación. A todos les funciona por ahora, pero no sabemos por cuánto tiempo así será.”

Todo comienzo de la vida, la menos en esa realidad, es siempre la antesala de la muerte. Me dio tanta pena pensar que, si algún día decidiera volver a visitar ese mundo, alguna de las extraordinarias criaturas que he atestiguado hasta ahora podrían ya no existir.

24 ноября 2022 г. 21:24:25 0 Отчет Добавить Подписаться
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