El sabor de las manzanas rojas Подписаться

nayraginory Nayra Tadeo

«Tienes al wa-yewta en tu interior. Lo has alimentado con sangre. La oscuridad ya nunca abandonará tu alma.» Gracias a que conserva muy vivo el recuerdo de un horrible crimen cometido en los albores del siglo XX, el vampiro Gabriel sobrelleva su vida nocturna con mesura, mezclándose con la variopinta gente que puebla su bulliciosa ciudad cada anochecer. Pero cuando una extraña pareja empieza a frecuentar el Noctivagus, bar gótico que él regenta, no sólo le despertarán viejos sentimientos, sino que también traerán consigo las consecuencias de un oscuro pasado que Gabriel ni siquiera recuerda, y que le obligará a enfrentarse de nuevo con el sanguinario demonio que habita en su alma.


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Prólogo

Cuatro ojos siempre ven mejor que dos.

Gracias a Nisa Arce por apoyarme

en este loco proceso creativo.

Love U! >.<



Las Palmas de Gran Canaria, 27 de junio de 1914

Gabriel sintió la cercanía del amanecer incluso antes de ver, a través de un ventanuco en el alto techo abuhardillado, que el cielo empezara a clarear. Aun así no se movió, y siguió acurrucado en la misma esquina en la que había estado toda la noche. Una intensa modorra empezaba a apoderarse de él y la idea de permanecer allí, abrazado a sus rodillas, escondiendo su vergüenza del mundo, se le antojó muy tentadora, aunque dudaba que el dulce olvido del sueño le trajera algún alivio después de lo que había hecho.

Con la creciente luz, las imprecisas sombras del dormitorio fueron convirtiéndose en formas reconocibles: La cama de madera maciza, con el barniz descolorido y desconchado a causa del paso del tiempo; el armario, cuyas puertas entreabiertas dejaban ver unos cuantos vestidos, zurcidos demasiadas veces, tirados en completo desorden junto a unos viejos zapatos; la alta estantería, llena de volúmenes. Varios de los libros habían caído al suelo y uno de ellos se había abierto, dejando ver el grabado de un temible lobo que acechaba con sus afilados colmillos a una dulce niña en mitad del bosque.

Ese grabado le hizo pensar en los sucesos ocurridos el día anterior, a causa de los cuales estaba encerrado como el animal rabioso que era. Bajó la mirada hacia sus manos, posadas sumisamente sobre su regazo. En las horas transcurridas desde el crimen, la sangre de su víctima se le había secado en las manos, formando costras oscuras alrededor de las uñas y en los pliegues de sus falanges. También su camisa seguía manchada, y la sangre se había oxidado sobre la tela blanca, dejando una marca ocre y un olor metálico. El recuerdo de aquella sangre bañando su piel, regando su garganta, le acometió violentamente, atormentándolo durante los segundos que tardó en recordar cuánto lo había disfrutado. No pudo evitar la evocación del tosco rasgueo de sus colmillos al despedazar la piel, el estallar de la carne contra su lengua, la cruel satisfacción que había sentido al destrozar aquel cuerpo que con tanta asiduidad había amado. El deseo de volver a experimentarlo hizo que su respiración se acelerara y sus encías empezaran a latir dolorosamente, haciéndole ver los animales instintos de los que era presa. Avergonzado, hundió el rostro entre las manos, y el profundo suspiro que exhaló rompió el silencio de la estancia, atrayendo hacia sí la atención del hombre que la compartía con él.

Fernando, a quien apodaban el brujo, volvió el rostro hacia él. Al sentirlo, Gabriel se encogió todavía más en su rincón sin atreverse a levantar la vista, pero aun así pudo notar una intensa sensación de desnudez cuando aquella inquisitiva mirada cayó sobre él, iluminando como la rutilante luz de un faro sus más íntimos pensamientos, para luego pasar de largo en cuanto Fernando perdió el interés en él para seguir rebuscando entre las pertenencias del dormitorio, en busca de pistas que le indicaran el paradero de su inquilina. Al fin y al cabo, tras pasar la noche interrogándole y leyéndole el pensamiento, ya sabía que Gabriel no podía darle ninguna de las respuestas que tan desesperadamente necesitaba.

Aunque estaba lo suficientemente familiarizado con aquel hombre como para seguir llamándolo brujo, no podía negar que su capacidad para leer el interior de los corazones ajenos le seguía pareciendo cosa de magia. Fernando había visto su alma desde la primera vez que posara sus ojos en él. Conocía sus más íntimos temores, su intenso dolor, y quizás había sido gracias a ese poder que siempre había sabido que la oscuridad habitaba en su interior.

«Fernando no entiende el poder de tu verdadera naturaleza». El recuerdo de esas palabras irrumpió en su mente, y con él la leve sensación de reconocimiento de una íntima conversación mantenida a oscuras, el contacto de un cálido cuerpo contra el suyo y una intensa añoranza, pero con la misma rapidez con la que vino, el recuerdo empezó a diluirse antes de que le diera tiempo a identificarlo. Intentó con desespero aferrarse a él, evocar el sonido de aquella voz, el movimiento de aquellos labios, la mirada de su confidente, sin lograr visualizar ni su rostro ni las circunstancias de esa conversación, a la vez que el recuerdo se deshacía como jirones de niebla al amanecer.

No sabía por qué su memoria se mostraba tan esquiva, por qué desde el crimen cometido su mente era una amalgama confusa de recuerdos evanescentes que se perdían cada vez que intentaba poner el foco sobre ellos. Solo la evocación de la sangre y la carne, de su furia desmedida y su afán asesino, acudían a él con frecuencia y facilidad. Sin embargo, aquel huidizo comentario, cuyo eco apenas se había esbozado en su memoria, le había dejado una terrible certeza.

Fernando no le entendía o, al menos, no lo había hecho hasta el momento de ser testigo de la violencia que podía desatar, a pesar de haber reconocido lo que había en su interior desde la primera vez que se vieran . Rememoró su primer encuentro con él, los recelos que mutuamente se habían guardado en un principio, que de una forma u otra se habían ido resolviendo. Lo que Gabriel no entendía, en su estuporoso estado, era cómo Fernando, aún a sabiendas de lo que había en sus interior, decidiera en su día confiarle el secreto de la inmortalidad.

«No debería haberlo hecho», se dijo con acritud mientras una profunda sensación de arrepentimiento atenazaba sus tripas. Su propia inconsciencia se presentó de improviso como una revelación: al aceptar la inmortalidad no solo había garantizado su supervivencia, sino también la del demonio que habitaba en su interior desde el mismo día de su nacimiento.

El wa-yewta.

Wa-yewta. Esa palabra empezó a repetirse en su mente como una letanía, una letanía que le llevaba hasta un recuerdo que no parecía tan escurridizo como los demás. Amparado por la cálida oscuridad que le proporcionaban sus párpados cerrados, Gabriel se sintió transportado a otro tiempo y otro lugar. «Tienes al wa-yewta en tu interior, niño», casi pudo oír la arrugada voz que le susurraba, y ver ante sí el anciano rostro de aquella misteriosa mujer, enturbiado por el humo del incienso al ser quemado. «Lo has alimentado con sangre. La oscuridad ya nunca abandonará tu alma.»

Aquella mujer sí que entendía su verdadera naturaleza, pero había acudido a ella demasiado tarde, a causa de lo cual una persona inocente había muerto. Gabriel pensaba ahora que de haber seguido la existencia anodina a la que estaba destinado, podría haber contenido al demonio, que de una manera u otra siempre había sabido dentro de sí, para nunca dejarlo salir. Por el contrario, había osado ambicionar una vida inmortal. «Lo has alimentado con sangre». Y ahora estaba condenado a seguir haciéndolo cada día.

Evocó entonces el frío tacto de una copa de vino, el intenso color rojizo del líquido que contenía, el cortante sabor del tinto mezclado con unas primeras gotas de sangre, la sangre de Fernando. La había apurado con la promesa de la inmortalidad, sintiéndose más libre que en toda su vida, para encontrarse después más esclavo de sus pasiones que antes, obligado a beber sangre cada día para poder conservar el don que acababan de otorgarle. A partir de aquel momento, Fernando había sido su pater, y no necesitó expresar con palabras que Gabriel le debería lealtad a partir de entonces. La misma lealtad que se había apresurado a romper al cometer aquel terrible crimen.

Lo que más le atormentaba era el recuerdo de su propia crueldad. Después de que todo hubiera acabado, cuando la virulencia de su propia ira se había aplacado, se encontró a sí mismo contemplando la dantesca escena con absoluta frialdad: la sangre ajena que cubría su cuerpo, el destrozado cadáver que había a sus pies, el intenso vacío de aquellos ojos muertos vueltos hacia él… Todo ello le producía una desconcertante indiferencia. Ni siquiera el vínculo que había mantenido con quien yacía en el suelo, con los miembros destrozados y las carnes impúdicamente abiertas, parecía tener el menor efecto en él. Ahora, al rememorar el momento, no podía sino sentir horror, no ya por el crimen cometido, sino por reconocerse como ese inmisericorde verdugo que no sentía el más mínimo remordimiento por segar la vida de su víctima.

Tampoco recordaba haber sentido alarma alguna al ser descubierto por su pater, minutos después, cuando el cadáver aún no se había enfriado. Era como si de alguna manera lo hubiera estado esperando. Aún con la sangre hirviéndole en las venas a causa de la matanza, se había mostrado ufano ante él, determinado a no contestar a sus airadas preguntas y acusaciones, albergando una estúpida sensación de orgullo por haber hecho lo que creía correcto. Después de eso sus recuerdos se volvían confusos: su fallido intento de vencer a Fernando en una cruenta lucha, el duro castigo recibido por su insubordinación, una pesada caída hacia la inconsciencia, para luego despertarse en aquel oscuro desván, habiendo perdido, al parecer, toda noción acerca de las endiabladas motivaciones que guiaran sus actos.

Su pater había estado allí, intentando hallar unas respuestas que Gabriel parecía ser incapaz de proporcionar. Aquella inquisitiva mente había invadido la suya, recorriendo los caminos de su memoria, sus sentimientos y deseos, y él había estado demasiado ansioso por colaborar como para guardarse nada. La rebeldía mostrada en los primeros momentos, que de una manera extraña parecía motivada por el impulso de proteger algo o a alguien, se había ido diluyendo hasta dejar de tener sentido. Ni había albergado jamás malos sentimientos hacia su víctima, ni razones para ocultarle nada al hombre al que se lo debía todo. Y sin embargo, la imperiosa sensación de haber olvidado algo muy importante, algo que podría explicarlo todo, martilleaba una y otra vez en su cabeza.

Quizás a causa de eso no había sido capaz de dar una explicación plausible para sus actos. Recordar el patetismo con el que había intentado excusarse, la debilidad de su voz al salir como un lastimero gemido de su garganta mientras rogaba el perdón y la confusión que la violencia desatada por él le generaba, le llenaban de animadversión contra sí mismo.

—Ya he perdido demasiado tiempo contigo. —Fernando dejó caer al suelo el último de los libros que habían ocupado la estantería, tras mirarlos uno a uno, y rebuscado entre sus páginas. Durante la última hora había estudiado sistemáticamente cada objeto del pequeño dormitorio, que ahora se presentaba en completo desorden, y por su expresión amargada, Gabriel pudo saber que había encontrado tan pocos datos en la habitación de la misteriosa joven como en su mente—. Debo irme y sigo sin saber qué hacer contigo: no me atrevo a llevarte conmigo, pero temo dejarte atrás.

—Debería usted matarme —susurró Gabriel.

—Sí, debería —dijo con rudeza. Se puso junto a él y le miró desde su considerable altura, para luego darle la espalda—. Y sin embargo, no lo voy a hacer. —Gabriel levantó los ojos, y por primera vez en toda la noche se atrevió a mirar directamente a su pater—. A pesar de todo, eres mi prognatus. Eso debe de valer para algo.

—Entonces, lléveme con usted —rogó—. Déjeme serle de alguna ayuda, compensar el mal que he hecho.

—No. Ni puedes ayudarme ni te quiero a mi lado. Tendré que dejarte aquí, para que expíes tus pecados como mejor sepas, si es que algún día llegas a conseguir tal cosa.

Gabriel no sabía cómo sentirse al ver que ni recibiría el castigo que creía merecer, ni la posibilidad de redimirse, pero mientras veía cómo su pater se dirigía a la puerta se dio cuenta, con creciente tristeza, de que no era lo suficientemente importante para él como para que se dignara a darle ni una cosa ni la otra.

—Pero, ¿por qué busca a la joven que vivía aquí? —exclamó—. ¿Quién era? ¿Qué tiene que ver con lo que he hecho?

Fernando se giró para mirarle una última vez.

—No tengo ni tiempo ni intenciones de contestar a tus preguntas —dijo, antes de cerrar la puerta tras de sí.

Al quedarse solo, Gabriel se incorporó lentamente, oyendo a su cuerpo protestar por la acurrucada postura adoptada durante toda la noche. Poco a poco se deslizó hasta abandonar el oscuro rincón que había estado ocupando y se incorporó. Miró a sus pies el montón de libros que Fernando había dejado caer tras observarlos detenidamente. Eran libros infantiles, comprobó con cierta sorpresa, fábulas de Esopo, historias populares, cuentos de los hermanos Grimm, Perrault o Andersen, como si la habitante de aquel dormitorio fuera una niña pequeña, y no la joven de esbelta figura que sus vestidos dejaban adivinar. Se agachó para recoger el libro que había llamado su atención unos minutos antes. Como todos los demás, era un libro para niños, una recopilación de cuentos clásicos. Lo hojeó, observando los grabados que ilustraban las diferentes historias: dos huérfanos perdidos en el bosque; una princesa mordiendo una manzana envenenada; la sirenita que moría por amor; el amenazante lobo, que miraba con ojos lujuriosos a una dulce niña.

Unos pasos en el piso inferior le hicieron darse cuenta de que no estaba solo. Su primer instinto fue pensar que su pater volvía, pero tras prestar atención unos segundos se convenció de que no era así. La presencia que percibía en la casa no era poderosa, como la de Fernando, sino pequeña y apocada. Sus pasos eran ligeros, como los de alguien acostumbrado a pasar desapercibido, y ahora recorrían el piso inferior en completo silencio, desprendiendo una infinita tristeza. Una profunda sensación de pérdida, que nada tenía que ver con el dolor que aún sentía por la que fuera su víctima, le asaltó súbitamente, y tardó unos segundos en darse cuenta que no provenía de sí mismo. Fue entonces cuando Gabriel se percató de que en realidad no escuchaba aquellos pasos, sino que los sentía de alguna manera que no alcanzaba a comprender, de la misma manera que sentía el dolor que aquella mujer —pues ahora sabía sin lugar a dudas que eso es lo que era— dejaba tras de sí como el olor de un penetrante perfume. Con los ojos cerrados frunció el ceño, concentrándose al máximo en aquellas sensaciones, y le pareció acercarse tanto a ella que casi la pudo visualizar, así como percibir el lento bombeo de su corazón y el incesante impulso de la sangre en sus arterias. Un torrente de emociones y pensamiento ajenos le golpeó, dejándole casi sin aliento, y visualizó con total claridad la imagen de una doncella de enormes ojos ambarinos y rostro en forma de corazón. Un escalofrío de reconocimiento le invadió, como si los sentimientos de amor, culpa y remordimientos que la mujer albergaba por ella no le fueran completamente ajenos. De repente, sintió como si esa joven le mirara fijamente, como si no fuera la mera contemplación de un pensamiento ajeno, sino como si ella también pudiera verlo, como si lo estuviese buscando. Luego la visión cambió, y con el estómago revuelto y el suelo balanceándose bajo sus pies, la vio a bordo de un barco que se mecía en las olas, con un camisón empapado de sangre, perdiéndose como una cáscara de nuez en la inmensidad del océano Atlántico.

Sobresaltado por la intensidad de la visión, abrió los ojos y trastabilló, tropezando con la pila de libros y golpeándose contra la estantería. El estrépito originó una alarma en el piso inferior y Gabriel escuchó cómo la persona con la que compartía la casa corría escaleras arriba en dirección al desván con un destello de esperanza en su corazón. Pero mientras escuchaba cómo en el exterior la mujer descorría los pestillos y abría las cerraduras que mantenían la puerta sellada, Gabriel supo que no era a él a quien la mujer esperaba ver allí.

—Hija mía, ¿has vuelto? ¿Estás ahí? —exclamó, entrando precipitadamente en la estancia.

Por un segundo, Gabriel pudo verse a sí mismo a través de aquellos ojos ajenos: una figura oscura y espigada, que se confundía amenazante con las sombras de la habitación. Observó cómo la mujer se quedaba paralizada por el miedo, escrutando la habitación con unos ojos que aún no se habían acomodado a la escasa luz que entraba por el ventanuco, y aprovechó esos segundos para huir. Lanzando un rugido, se abalanzó sobre la puerta abierta, golpeándola y haciéndola soltar una aguda imprecación a causa del susto. Bajó a toda prisa las empinadas escaleras que conducían al piso inferior, dejando a sus espaldas los gritos de la mujer. Alcanzó la puerta principal y no paró hasta alejarse calle abajo, cuando, resguardándose en un portal, se permitió detenerse. Solo entonces se percató de que aún llevaba en la mano el viejo volumen infantil que había hojeado en el desván. Sujetándolo fuertemente bajo su brazo, miró a su alrededor.

Le pareció reconocer la calle en la que se encontraba y miró a su alrededor para orientarse mejor. El alumbrado público había sido ya apagado, pero a pesar de que el cielo mostraba el profundo azul del amanecer, el sol aún no era visible tras los edificios de dos plantas que le rodeaban. Los escasos transeúntes, en su mayoría tenderos, que iban o venían del mercado a aquella temprana hora, lo miraban con disgusto, curiosidad o clara animadversión. Pudo sentir, emanando de ellos, una miríada de opiniones, sentimientos e ideas, y el reflejo de su propia y desarrapada imagen le desagradó profundamente.

—Aparta, borracho —le espetó un hombre que salía del portal en el que se encontraba.

Sintiéndose terriblemente humillado y deseando huir de las miradas ajenas, se alejó a toda prisa para meterse en calles menos concurridas, cada vez más alejado de la zona pudiente de la ciudad. No se detuvo hasta llegar a un destartalado edificio cerca de la zona portuaria. Se coló en el interior aprovechando que un vecino salía del portal y subió las escaleras hasta el último piso, donde había un cuartucho de alquiler. Esperando que el inquilino siguiera siendo el mismo, tocó con vehemencia a la puerta.

—¿Quién es a estas horas? —Oyó a través de la puerta, tras varios insistentes toques.

—Antonio —contestó al reconocer la voz—, abre, que soy yo.

Escuchó una precipitación al otro lado y, pocos segundos después, la puerta se abrió de golpe. Se encontró mirando frente a frente a un joven de cabellos ensortijados y redondas mejillas, cuyos ojos exageradamente abiertos mostraban sorpresa.

—Gabriel —balbuceó—. ¿Qué haces aquí? Te dábamos por muerto. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

No contestó, sino que se dejó observar. Suponía el deplorable aspecto que debía presentar, y por un segundo lo percibió a través de la mirada de su amigo: delgado, famélico, con la camisa manchada y rasgada y un brillo animal en sus enormes ojos castaños. Sacudió la cabeza en un intento de alejar de sí pensamientos ajenos con los que no se sentía capaz de lidiar.

—He hecho algo terrible —dijo con parquedad.

Sin decir una palabra, Antonio se quitó la bata de dormir y la puso alrededor de sus hombros, haciéndole entrar en la habitación. Luego, tras mirar a ambos lados del rellano para cerciorarse de que no había nadie alrededor, cerró la puerta.

26 октября 2017 г. 18:31:57 0 Отчет Добавить 1
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