masalinascebo Miguel Angel Salinas

Abelardo, de espíritu caritativo, asila en su casa a Pelayo, amigo desde la infancia. Tan solo necesitan saber que la carcoma taladra y roe la madera y que las polillas se alimentan de tejidos y pieles. Ambos son insectos.


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#relato #surrealista #humor #histrias-de-la-vida
Короткий рассказ
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La carcoma que se convirtió en polilla y devoró mis jerséis

Abelardo recibió una llamada inesperada a eso de las tres de la tarde. Las tres de la tarde de un sábado, para más señas. Disfrutaba de una reconfortante siesta en el sofá, sudando como un bellaco y exudando las cervezas y el vino trasegado durante la comida. Por desgracia se olvidó de ponerlo en silencio. Cometió un error todavía más grave, mirar la pantalla. Pelayo. Cualquier otro nombre lo hubiera ninguneado. Hacía mucho que no sabía de Pelayo y quiso interesarse por él.

Tras unos veinte minutos, la llamada finalizó. Se incorporó y colocando los pies sobre la mesita, comenzó a manosearse la barbilla. Por lo visto, su amigo de la infancia atravesaba duros momentos y necesitaba un lugar donde caerse muerto. Una encarnizada separación lo había dejado prácticamente en la ruina. El piso que compartiera con su mujer debería de abandonarlo, tal y como decretó el juez, en favor de ella y de los dos hijos, de ocho y diez años. Abelardo no se pudo negar.

Pelayo se personó el martes con dos bolsas llenas de ropa, y una mochila, al parecer, con sus efectos personales. El piso de Abelardo, de dos habitaciones, disponía del suficiente espacio para alojar a ambos. Pelayo llegó visiblemente emocionado y sofocado. Mostró su agradecimiento con un fuerte abrazo. El anfitrión le indicó su habitación. A renglón seguido le recordó que no era necesario que se diera prisa, que se tomara el tiempo que creyese oportuno; insinuó incluso que un poco de compañía no le vendría mal. Pelayo le aseguró que en que consiguiera una vivienda acorde a su peculio se marcharía.

Pelayo perdió el empleo la semana siguiente.

Abelardo no quiso averiguar el porqué, no indagó. Prefería el desconocimiento a una sarta de excusas tiznadas de falsedad. Abelardo sospechaba que cuando su amigo lo llamó, ya no tenía trabajo, que no se lo dijo por no alertarlo más.

Tras otra semana, Abelardo se empezó a sentir incómodo. Pelayo no movía un dedo por encontrar colocación, ni por establecer un poco de orden en el piso ni por ir a la compra (con el dinero de Abelardo) ni por cocinar. Se ancló en el sofá, delante del televisor y se pegó el mando con Loctite. Se mimetizó con el salón de manera sorprendente, diríase que formaba parte de la decoración.

Durante la cena, Pelayo se mostraba sociable y conversador. Le preguntaba por su jornada laboral y qué planes proyectaba para el fin de semana. Abelardo, sin pareja en ciernes, gustaba de disfrutar de su piso los sábados y los domingos. En todas las etapas de su vida, desde que se desligara del fuero paterno filial, no puso en práctica un plan más satisfactorio. Con Pelayo presente, tuvo que instaurar un cambio radical. Pelayo era de las típicas personas que no proponían nunca jamás una sola idea, pero que se apuntaban a todo.


Corría el enésimo sábado desde que Pelayo apareciera. Una vez Abelardo efectuó la compra, recogió el piso, pasó la aspiradora, limpió el baño, puso dos lavadoras, hubo tendido y se hubo duchado, no vio ni pestañear a su amigo. En bata, continuaba pasando de un canal a otro. En un momento dado le propuso comer fuera. Pelayo aceptó encantado. Abelardo pagó, así lo había previsto. Lo que le molestó grandemente fue que Pelayo ni siquiera dejara caer la posibilidad de apoquinar a escote, o prometer una invitación en el futuro. Tampoco se ofreció a depositar algo de dinero al fondo común para el sustento diario. Repetía que algún día las tornas podían cambiar y que él estaría ahí para apoyarlo en lo que necesitara. Ese triste consuelo no solo no ayudaba a Abelardo, sino que lo enfurecía de modo considerable.


Establecida una cómoda confianza, osó pedirle cien euros. Debía un par de favores a dos colegas del antiguo trabajo y los iba a invitar a cenar en acto de gratitud. Abelardo se los prestó. Se fijó detenidamente en los escasos segundos que duró el cambio de ubicación de los dos billetes de cincuenta, seguro de que jamás los volvería a ver; en secreto les dijo adiós. Eso ocurrió un domingo.

El miércoles siguiente le pidió el portátil. El suyo, afirmó, dejó de funcionar por las buenas. Abelardo no recordaba que entre su equipaje hubiera ninguno. Creó otro usuario. Era el ordenador que utilizaba para sus ratos de ocio e incluso almacenaba algún archivo del trabajo. Esperó al viernes para reclamárselo. Pelayo, al devolverlo, le informó de que iba muy lento, que se colgaba con facilidad. Abelardo pensó que imposible. Su portátil funcionaba como un cohete. Al acceder comprobó que la configuración había cambiado y un sinfín de alertas del antivirus indicaban que una cohorte de “troyanos” colonizaron el sistema. Pasó el antivirus, pero este casi se muere de risa. Le vino a decir que mejor se comprara otro aparato. Acomodado en la mesa de su oficina, entró en sus cuentas de correo y en una de ellas los contactos ya no existían. Su tarjeta de crédito para gastos estaba a cero y otra alerta le aconsejaba que cambiara la contraseña. Tras ser interpelado, Pelayo se desentendió de cualquier responsabilidad.

Un buen día, Pelayo anunció que había encontrado colocación, pero hasta que no cobrara el primer sueldo, marcharse le resultaba impensable. Abelardo le preguntó si estaba buscando piso; Pelayo respondió que no había cejado en el empeño desde que llegó. Abelardo sabía que mentía.

Para celebrarlo invitó a unos amigos. Se bebieron el vino que guardaba el anfitrión en la despensa y agotaron las viandas de la nevera. Hicieron corto de vino y no les quedó más remedio que abrir el precinto de una botella de 1884 y otra de Cardhu. El espectáculo que recibió a Abelardo al volver del trabajo resultó desolador, como un mazazo en la cabeza. En silencio se fue a su cuarto. Su amigo del alma, un gorrón, un dolor de muelas, una mosca cojonera, un mal resfriado, una pesadilla, un grano en el culo, le estaba carcomiendo el alma. Sin poseer el temple necesario para echarlo a la calle, tomó la determinación de hablar seriamente con él al día siguiente.

Al regresar del trabajo, se topó con un panorama que lo desconcertó completamente: la casa limpia como una patena, la nevera llena, las bebidas repuestas y doscientos euros sobre la mesa del comedor. Pelayo le contó una mentira sobre el origen del dinero, embuste que Pelayo ni siquiera escuchó. Si ya le había costado lo suyo tomar la decisión de echarlo, ese acto sin piedad de su “amigo” lo desarmó. No obtuvo el coraje suficiente para amonestarlo.


Pasaba el tiempo y a Pelayo parecía que le iban bien las cosas. Si trabajaba o no, Abelardo lo desconocía. Lo cierto es que no aparecía por el piso en todo el día, aterrizaba a eso de las siete e incluso se compró algo de ropa (dos camisetas). Aun así no mostraba indicios de querer ahuecar el ala. Ahora que disponía de «cash», como él decía, adquirió la costumbre de montar fiestas los fines de semana. Abelardo se habituó a marchar de viaje y volver el domingo por la tarde; aficionado al senderismo, se alquilaba una casa rural o una habitación en la sierra aledaña a la ciudad.

Un domingo, recién entrado en el piso, lo sorprende en el sofá, en acaramela postura, con una mujer. Esta, al girarse y reparar en él, lo saluda con amigable familiaridad; Bárbara, su antigua novia. Bárbara y él lo dejaron un par de meses antes de que Pelayo apareciera en su vida. Pelayo, sin dar importancia a tan dramática escena, le asegura que Bárbara (en pijama; el pijama nuevo que guardaba sin estrenar), ha pasado con él todo el fin de semana y que como el lunes no trabaja ninguno de los dos, pasará también la noche del domingo.

Los estentóreos gritos a través de la pared no le permitieron pegar ojo.


Hallada la ocasión propicia, Pelayo le informó de que Bárbara se trasladaría a su habitación. La pobre atravesaba una mala temporada en lo laboral y necesitaba un sustento. Abelardo, a punto de soltarle que se fuera con ella a la cuchimbamba, se fijó en el jersey de cuadros que llevaba Pelayo, su jersey de cuadros. Un nudo en la garganta lo silenció y rojo de ira se giró y se refugió en la habitación, como un adolescente sin personalidad, como un imberbe inmaduro.

Por la mañana, se descubre mirando en internet pisos de alquiler. Esa misma semana visitó tres de ellos y se decantó por el que se situaba más alejado de su casa. Volvió por la tarde ufano, con bríos renovados, y con un coraje que le había costado meses acariciar, les anunció que se iba del piso, que ya no aguantaba más. No podía continuar en semejante espiral, que lo sentía mucho pero que lo dicho provenía de una decisión largamente meditada.

Pelayo, vestido con un traje y unos mocasines italianos de Abelardo, y Bárbara saliendo de la ducha con su albornoz azul favorito, el que le regalara ella un año antes, mostraron su desolación. Su amigo le suplicó que no lo hiciera, que estaba sacando las cosas de quicio. Todo pasaba por que cambiara su actitud hacia una más transigente y comprensiva. Ellos pusieron lo que estaba en su mano para que se sintiera como en su casa. Bárbara confesó con naturalidad, en un arranque de sinceridad, que lo dejó porque no se sabía adaptar a las circunstancias que le tocaban vivir y que esa rabieta pubescente e ilógica de quererse marchar no hacía más que corroborar que su decisión fue la acertada.

Salió con una sencilla bolsa, y mientras esperaba el ascensor, todavía los oía comentar escandalizados: «Yo, de verdad que no lo entiendo. Antes no era así», apuntaba Pelayo. «Ya hice bien en dejarlo, ya. Te lo dije, es más raro que un perro verde», remató ella.


FIN

17 сентября 2021 г. 6:53:50 0 Отчет Добавить Подписаться
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Miguel Angel Salinas Una de cada y otra de arena

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