masalinascebo Miguel Angel Salinas

Trascurre un año y Julio consigue trabajo. Continúa viviendo con sus padres y recordando con pueril añoranza a Enma. Se repite que algo tiene que hacer. No puede continuar así. Julio se cita con Enma. Esta, contra todo pronóstico, acepta.


Короткий рассказ Всех возростов.

#romance #ironico #comedia #surrealismo #humor
Короткий рассказ
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Julio (3ª parte)

Pasó un año y Julio finalizó la carrera. Consiguió un trabajo bien remunerado y estable. Su vida trascurría con placentera cotidianidad junto a sus padres. Si bien su rutina nunca había levantado alabanzas por parte de nadie, ni todo lo contrario, logró por fortuna alcanzar una cierta estabilidad emocional. Persona sosa y sin ambición, dedicaba sus horas de asueto a ver la televisión con la familia, a ayudar en la compra y en las labores domésticas, y a pasear erráticamente por las arterias menos vitales y más solitarias de la ciudad. Ocasionalmente, sentábase en alguna terraza a premiarse con un refresco; cuando se notaba aguerrido, se atrevía con una caña con limón.

La preocupación de sus padres crecía en consonancia al paso del tiempo. Seguros de alojar a un botarate, se preguntaban con cierta lógica acerca de la posible idiocia de su hijo. No albergaban ninguna duda acerca del futuro que le esperaba. Una vez los hubiera enterrado, permanecería en ese mismo piso, en ese mismo sofá, malgastando su miserable vida viendo la televisión.

Su madre sabía que Julio guardaba cierta afinidad por la lectura. Su padre no, claro. Ella era la que ordenaba la habitación de su retoño, la que le hacía la cama y la que recogía la ropa interior sucia del suelo. En la mesilla siempre recolocaba un par de libros a punto de caer; clásicos españoles al estilo de Pérez Galdós es lo único que descubrió. La pobre mujer, que nunca poseyó curiosidad por la lectura y ostentó una incultura bastante importante, consideró ese tipo de libros nocivos para la salud de cualquiera. Le hubiera ilusionado destapar bajo la almohada revistas de mujeres desnudas y de ese tipo de cochinadas. El hecho hubiera hablado en favor de su pimpollo, hubiera demostrado no ser la babosa y el gusarapo que aparentaba; que era un ser humano con reacciones comunes a la especie.

Uno de esos días de intendencia, observó sobre la mesilla un cuaderno en el que no había reparado hasta el momento. Sentada al borde de la cama, lo tomó y abrió con miedo y curiosidad. Efectivamente era lo que parecía, un diario. Sin ningún sonrojo lo comenzó a leer. Costole algo al principio, tan enrevesada y diabólica le resultaba la grafía, pero una vez habituada, dedicó gran parte de la mañana a esa labor tan poco noble y deshonesta, máxime procediendo de una madre.

Confirmó lo que ya sospechaba. Primero, que Julio carecía de una mente equilibrada. Segundo, que su gusto distaba años luz de unos estándares normales. Tercero, que sus aspiraciones en la vida las constataba a diario. Y cuarto y más preocupante, que continuaba perdidamente enamorado de esa lagartona llamada Enma. Cerró el cuaderno, lo dejó donde estaba y fue al encuentro de su marido, fiel padre del mendrugo.


Esteban había desaparecido de la mente de Julio para siempre. No así Enma, como acabamos de dejar caer con cierta intención. Un día leyendo el periódico, descubrió su foto. Enma posaba orgullosa para la prensa. Su papá poseí un holding en la industria del ladrillo y la había colocado a su vera, en calidad de asesora. Enma, acabada la licenciatura de Económicas, se veía más que preparada para lanzarse al mundo laboral.

El emporio de su progenitor A toda Costa (nombre que aludía de manera equívoca al apellido, Aniceto Costa), manipulaba de forma conveniente sus hilos y contactos en la ciudad para recibir el mayor número de concesiones por parte del ayuntamiento, la comarca y cuantas instituciones públicas o privadas fuera menester.

Julio, en cambio, se licenció con más pena que gloria en Químicas. Consiguió un empleo en una papelera pegadita a la Z-40. La vida laboral le reportó cierto grado de seguridad personal (no mucha, no se vayan a creer) y de autonomía. Aun así, tal y como hemos remarcado con premeditada malicia, continuaba morando la casa que lo vio nacer, junto a sus padres.

En el mismo artículo del periódico se citaba a un muchacho, prometido de la afortunada Enma Costa. Persistía en su fuero interno la perenne duda de si debería maquinar una severa humillación contra Enma o, ahora que poseía un sueldo y cierto desparpajo (permitan que me ría), arrebatársela a ese galán millonario.

Julio conservaba su teléfono, y con más miedo que predisposición, marcó los dígitos con la firme y etérea intención de concertar una cita.

Enma, sin recordar en absoluto quien era Julio, respondió a la llamada.


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A Enma le costó sus buenos treinta segundos caer en quién diantres era ese Julio. Este, se vio en la penosa obligación de balbucear y farfullar, con pusilánime y monocorde entonación, un lamentable recordatorio a modo de biografía. Enma dejó de pestañear y se dijo que eso no estaba ocurriendo; deseó, con un esfuerzo parecido al que aplicaba sentada en la taza, que esa escena cayera por su propio peso y desapareciera al estirar de la cadena. Por lo visto Julio, ajeno al símil, se agarró con diarreica consistencia al teléfono, predispuesto a no soltarlo.

Enma tuvo que soportar la aburrida historia de esa mosca cojonera que no desaparecía de su vida. Apartó el móvil para bostezar y al volvérselo a colocar junto al oído constató que el zumbido seguía, que no se trataba de una interferencia. Con más pasmo que desidia, le pareció adivinar entre ese torrente de frases inconexas y mal construidas que el botarate le proponía una cita. Para más inri, le dejó caer que se acordó de ella al ver la noticia de su boda en la prensa; que simplemente pretendía que tomaran un café para felicitarla y desearle un futuro próspero. Enma pensaba, no sin falta de razón, que el futuro prometedor ya lo tenía con o sin los buenos deseos de…«¿cómo ha dicho que se llamaba? A, sí, Julio».

Puede que aceptara por que la pilló desprevenida y baja de defensas o puede que deseara con inquina comprobar el aspecto lastimero y ridículo de ese mal recuerdo del pasado. El caso es que se emplazaron por la tarde en una céntrica cafetería.

Al colgar, Julio se vio envuelto en una nube de azúcar y ambrosía. No le importaba en absoluto la boda en ciernes. Se sentía más seguro de sí mismo que nunca y, recostado en la cama desecha, comenzó a imaginar cómo se desarrollaría la cita. En lo primero que debía de pensar era en su aspecto. Una persona tan delicada como Enma no se conformaría ni se sentiría a gusto en público con alguien de porte mediocre. Así es que, animado como no recordaba, se dispuso a rebuscar en su armario las mejores galas de que disponía. Dudaba de si ofrecer una imagen formal o mejor presentarse elegantemente informal. Él poco tenía que decidir al respecto. Su ajuar hablaba por sí solo. Se deprimió.

Como todavía era pronto en esa mañana de sábado, se lanzó a la calle con el firme propósito de gastarse lo que fuera menester en un conjunto adecuado, que lo satisficiera a él y dejara prendada a ella. Pero, sabido es que, hay cosas que el dinero no puede cambiar. El mal gusto, la ranciedad, la falta de experiencia y la carencia de sensibilidad se poseen de nacimiento o se adquieren con disciplina al paso de los años. Julio empleó el resto de la mañana en entrar en una tienda, en otra, en un centro comercial, en otro, en probarse esto, aquello, en mirarse al espejo e incluso en pedir la opinión de unos desconcertados dependientes que no se le rieron en la cara por educación y profesionalidad.

El resultado de la expedición resultó nefasto. Julio no se apercibía, pero lo que llevaba puesto pertenecía a la misma categoría que lo que guardaba en el armario, más nuevo y caro. La combinación de estilos y colores seguía contemplando un amplio abanico que iba desde el barroco al traje espacial.


Cuando Enma entró en la cafetería (veinte minutos tarde) no le costó esfuerzo alguno distinguir a Julio. Había pasado un año, pero hay cosas que no cambian. Julio era una cosa que no cambiaba. Enma, pobre criatura, sometida a una tortura de semejante calado, no le quedó más vía de escape que reírse abiertamente. Se dieron dos besos y Julio le preguntó que le pasaba. Ella respondió que se alegraba tanto de verlo que no pudo reprimir expresar su alegría.

Julio estaba tomando una caña con limón. Le preguntó qué quería, que lo iba a pedir a la barra. Ella, sin apenas escucharlo, agarró del brazo a un camarero y le solicitó un cubata de ginebra. «¡Bien cargado!», le ordenó cuando el muchacho ya le había dado la espalda. Enma pensó, en un derroche de clarividencia, que no podría aguantar “eso” sobria. Necesitaba evadirse.

Una vez llegó la comanda, Enma dio un largo trago a la copa y se serenó un tanto. Julio tan apenas hablaba, la observaba y babeaba. Enma, por cortar el hielo, le preguntó acerca de su vida social. Era una manera como otra cualquiera de sonsacarle si estaba saliendo con alguien. La respuesta ya la conocía de antemano, pero nunca se sabía. Igual quería decirle que también se casaba. Entonces Julio comenzó a divagar acerca de la amistad, de que es algo mucho más poderoso que el amor, que a pesar de que ella contrajera matrimonio siempre lo tendría para lo que hiciera falta, que podía contar con él para llorar en su hombro, para eventuales escapadas de su vida, si es que esta le resultaba asfixiante... Enma lo oía y veía a través del vidrio de la copa, de la segunda copa; no fue suficiente con el primer combinado. Él todavía conservaba media caña caliente, imbebible y puede que insalubre.

Con el valor que proporciona el alcohol, Enma decidió por fin poner fin a ese dislate, a esa locura de encuentro, a ese grano en el culo. Deseaba no volver a saber de ese gusano en su larga y esplendorosa vida. Así es que, levantando la mano para que cesara en su letanía, le ordenó callar. Julio así lo hizo y tragando saliva se dispuso a prestar atención.

«Escucha Julio, sé que dentro de tu cabeza desordenada y limitada se esconden buenas intenciones. No me cabe la menor duda. La culpa de todo reconozco que recae enteramente en mí. Te infundí falsas esperanzas en el pasado y tú te agarras a ellas como a un hierro ardiendo. Pero no puedo permitir que destroces mi vida. Soy una persona afortunada. Tengo dinero a ex puertas, estoy buena y me voy a casar con un bomboncito que me follara todas las noches a base de bien; y si veo que flojea, ya me buscaré a otros. Tú no encajas ni de lejos en ningún resquicio, por muy diminuto que sea, de mi bien diseñado porvenir. Eres un fantoche con bien poca gracia y atractivo. Por mucho que me esfuerce no consigo adivinar qué de positivo hay en ti, en qué, cómo o para qué te podría aprovechar. Así es que, espero que no te tomes a mal lo que voy a decirte: no te quiero ver más. Si quieres te lo puedo repetir para que te quede claro. No me llames ni me escribas ni me sigas ni vengas a mi casa».

Acabada su alocución, Enma se levantó y marchó. Julio tardó todavía un par de minutos en cerrar la boca y pestañear. Lo primero que le vino a la cabeza fue, «habrá tenido un mal día, qué duda cabe».

Llamó al camarero y le pidió la cuenta. No le molestó el detalle de que su dulce Enma ni había movido un dedo para pagar, ni siquiera se lo planteó.

Mientras volvía a casa, más preocupado que abatido, se dijo que tendría que llamarla otro día. La había encontrado muy mal. No le parecía propio de ella comportarse de un modo tan airado. «Pobre Enma, que vida tan penosa le espera», pensó con sinceridad.


(Continuará…)


Relato perteneciente a la serie «Julio»

10 сентября 2021 г. 5:58:17 0 Отчет Добавить Подписаться
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Miguel Angel Salinas Una de cada y otra de arena

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