mavi-govoy Mavi Govoy

Lo mejor de versionar un cuento clásico es la posibilidad de mezclarlo con elementos de otros cuentos. ¿Qué podría pasar si se juntan la bruja de Blanca Nieves, el lobo feroz y el gigante del castillo en la nube?... Pues no estoy segura y esa mezcla la dejo para otra ocasión, porque aquí solo presento una zapatiesta, casi literalmente. O sin casi. * * * La imagen de la portada está tomada de: https://pixabay.com/es/illustrations/d%c3%ada-de-san-patricio-marzo-17-3892377/


Детская литература Всех возростов.

#concurso #challenger #fantasíamisteriosa
Короткий рассказ
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Zapatiesta "zapalío"

¡POM! ¡POOM!

La cabaña entera se sacudió con los formidables golpes en la puerta. La vajilla retembló en del aparador, los cubiertos saltaron dentro del cajón, los leños junto a la chimenea se desparramaron por el suelo, el caldero que hervía colgado de un gancho sobre el fuego osciló de un lado a otro y parte de su contenido se derramó sobre las llamas, que sisearon irritadas, las sillas y quienes las ocupaban, la mesa y cuanto contenía botaron por el aire.

El leñador se derramó encima las gachas del desayuno, a su esposa la conmoción la había pillado en el momento en que untaba un trozo de pan con manteca, y había untado su brazo en lugar del pan.

¡Abran! –tronó una voz cavernosa al otro lado de la puerta.

–¡Es el ogro! –dijo el leñador.

–¿Qué querrá? –se sorprendió la esposa.

¡Abran si no quieren que siga llamando! –insistió el ogro.

–¡Ya voy! –decidió la leñadora–. No hace falta que se cargue la puerta, que no tenemos otra.

Los dos juntos se asomaron fuera, él con las gachas escurriéndose por su camisa, ella con el brazo enmantecado. Primero vieron un cinturón, porque esa era la parte de la vestimenta del ogro que quedaba a la altura de sus ojos, ytuvieron que levantar la vista para alcanzar la cabeza, con su fuerte mandíbula cuadrada, los colmillos torcidos que sobresalían de la bocaza, la nariz respingona y los ojillos oscurecidos bajo unas espesas cejas. El ogro parecía de mal humor, pero el ogro siempre parecía de mal humor.

El matrimonio salió y cerró la puerta a sus espaldas.

–¿Qué se le ofrece tan de mañana, vecino? –preguntó el leñador en un intento por ser amable.

Que salga Pulgarcito de inmediato. Ese gamberro ha vuelto a hacerme una trastada –rugió el ogro. Estaba tan enfadado que le salía humo por las orejas.

Los progenitores intercambiaron una mirada.

–Sea lo que sea, no puede ser cosa de nuestro hijo –dijo la leñadora con firmeza.

–En efecto, esta vez, no. Pero, por favor, siéntese y cuéntenos qué ha pasado mientras María le trae una jarra de leche.

El ogro iba a protestar, pero la mención de la leche le hizo plantearse que podía dedicar unos minutos a contar sus cuitas a los leñadores. Le encantaba la leche tibia, sobre todo si la extraía a mordiscos mientras devoraba a la vaca. No esperaba que le trajeran una vaca entera, pero se sentó en el suelo ante la cabaña -lo que hizo retemblar todos los cristales y agitó los árboles próximos- y señaló sus pies.

Esto es lo que ha hecho ese mequetrefe de Satanás, Pulgarcito.

El leñador se rascó la barba, desconcertado. La leñadora, que había vuelto a la casa en busca de la leche, asomó, curiosa, la cabeza. Los pies del ogro eran enormes, como todo él, y los pudieron ver muy bien, porque iba descalzo a excepción de unas babuchas desgastadas en las que apenas cabían dos dedos suyos.

–¿Pulgarcito le ha regalado unas babuchas? –preguntó dubitativo.

¡No! Pulgarcito se ha llevado mis botas de siete leguas y para más recochineo me ha dejado estas babuchas diminutas.

–¡Aaaaaah! Ya comprendo –dijo el leñador–. Le han robado sus botas y cree que ha sido Pulgarcito.

¡Eso es! Quiero que me las devuelva ahora mismo.

–Pero es que, por una vez, no ha sido Pulgarcito.

Venga ya. Siempre es ese mocoso.

–No, de verdad, esta vez no ha sido él.

–Créanos, vecino, no ha sido Pulgarcito –dijo la esposa que regresaba con la leche prometida.

–Ni ninguno de sus hermanos –se apresuró a añadir el leñador–, porque todos están en un campamento de verano, desde hace una semana.

–Cierto –corroboró la esposa–. Por eso está todo tan tranquilo, tan silencioso, sin llantinas, sin peleas, sin juguetes dejados por todos lados…

El ogro cayó en la cuenta de que en verdad no salía ni un ruido de la casa y que todo se veía ordenado y limpio. Tan desazonado se quedó que sus orejas puntiagudas apuntaron hacia abajo y la leche se volvió insulsa en su bocaza, aunque eso no le impidió tomársela con jarra y todo. La jarra estaba bastante buena.

–Pero alguien me ha quitado las botas –pio en voz bajita. Si la tropelía no era cosa de Pulgarcito, no sabía dónde ir para recuperar sus botas.

–El hijo del molinero tiene un gato muy peculiar al que le gusta lucir sombreros de larga pluma y botas con hebilla –dijo la leñadora.

–Quizá haya sido él –apoyó su marido.

Y al molino fue el ogro arrastrando los pies y las babuchas, y se encontró una escena en verdad peculiar. Un precioso gato atigrado con la cola erizada como un plumero gritaba y se subía por las paredes, literalmente, mientras el hijo del molinero intentaba convencerlo para que bajase.

–Te daré sardinas, te daré pollo asado, baja de una vez y te daré leche hasta que te hartes.

¿Qué le pasa a tu gato? –preguntó el ogro.

–Está enfurecido porque han desaparecido sus botas.

–Sus… Dame a mí la leche y yo te lo bajo –propuso el ogro.

Dicho y hecho, echó el brazo sobre el tejado, atrapó al gato por la cola y lo dejó en los brazos del joven, quien se llevó unos cuantos arañazos hasta que consiguió tranquilizarlo. Luego, mientras el gato sin botas y el ogro -sobre todo el ogro- acababan con las reservas de leche del molinero, el primero explicó que esa mañana en lugar de sus bellas botas de sonora suela de madera se había encontrado unos chapines de rubíes. De ahí su enojo. ¡Nadie le tomaría en serio si iba por el mundo calzado con chapines de rubíes!

Hay un ladrón de botas suelto –sentenció el ogro–. ¿Quién puede ser?

–Quizá la bruja que vive en la casita de caramelo y chocolate sepa algo –propuso el molinero.

Allí fueron a toda prisa el gato sin botas y el ogro.

Amargor, la bruja, hacía tiempo que no comía niños, sino que llevaba una vida sana y una dieta equilibrada. Su casita seguía siendo tan apetitosa como siempre y en la parte delantera tenía empleados a Hansel y Gretel y vendía dulces y golosinas deliciosas, pero la parte trasera, donde antaño estaban las jaulas, la había transformado en un gimnasio que tenía un éxito apabullante.

No era de extrañar. El gimnasio tenía las paredes cubiertas por espejos mágicos que se encargaban de que los clientes se vieran espectaculares y además los alababan y coreaban sus ejercicios como fans incondicionales.

Aquella mañana, como era usual, Amargor se había embutido dentro de unas mallas ceñidas que resaltaban su pandero y dirigía la clase de zumba, pero ese día no conseguía que sus pupilos se centrasen en los pasos, pese al ritmo marchoso de la tomada del flautista de Hamelín y las voces de ánimo de los espejos.

En un lado, una desconsolada Cenicienta confesaba a su amiga Blanca Nieves que le habían desaparecido los zapatitos de cristal. En otro lado, los siete enanitos parecían hacer burla al soldadito de plomo, que los miraba con gesto feroz, pero no se burlaban, sino que habían perdido la mitad de sus zapatos y trataban de seguir la clase a la pata coja. En el centro, Caperucita Roja se esforzaba por seguir el ritmo de Amargor. Y quien esa mañana estaba que se salía y danzaba de un lado a otro sin saltarse ni un movimiento era el hasta entonces siempre patoso Pinocho.

–No puedo parar –decía el muñeco mientras ejecutaba saltos y cabriolas dignas de un bailarín profesional.

En efecto, cuando el ogro se quedó atascado en la puerta, el flautista detuvo la melodía y todos se inmovilizaron menos Pinocho, que siguió a lo suyo.

–¿He oído que a alguien más le han desaparecido los zapatos? –indagó el gato sin botas, que se había encaramado sobre el hombro del ogro para entrar en el gimnasio por un resquicio no bloqueado entre la jamba y la pelambrera naranja del ogro.

–A mí –dijo en seguida Cenicienta–. Unos zapatitos ideales que pensaba ponerme para el baile del príncipe. Han desaparecido y en su lugar había unas botitas pequeñitas con suela de madera.

–¡Mis botas! –gritó el gato, tan exultante que perdió el equilibrio y rodó hasta el suelo.

–¡Que no puedo parar! –insistía Pinocho una y otra vez–. Ayudadme. Estas zapatillas rojas no me dejan parar.

El soldado de plomo fue el primero en reaccionar. Sujetó con firmeza al muñeco de madera por un brazo, pero fue arrastrado con él en una elaborada pirueta de balé. Caperucita, siempre obsequiosa, lo intentó con el otro brazo, pero el ímpetu de las zapatillas encantadas también la arrastraron.

–¡Todos a una, muchachos! –ordenó uno de los enanitos.

Y se abalanzaron sobre el trío para sujetar piernas y brazos e incluso orejas y alguna que otra nariz, y así consiguieron tumbarlos a los tres, aunque los pies de Pinocho no dejaron de moverse hasta que Blanca Nieves y Cenicienta le quitaron las zapatillas.

–No volveré a calzarme nada que no sean mis zuecos de madera –dijo el muñeco–. Pero estas zapatillas aparecieron junto a mi cama y pensé que eran un regalo de mi papá.

Pero ¿qué pasa con nuestro calzado? –gruñó el ogro–. Quiero mis botas de siete leguas.

–Y yo, mis zapatitos de cristal.

–Yo, mis botitas con sonora suela de madera.

–Y nosotros, nuestras alpargatas de campo.

–Y yo mis babu… ¡Qué desastre! Están rotas –dijo una voz masculina desde detrás del ogro.

–¡Ejem! Creo que puedo explicar lo que sucede –añadió otra voz, esta femenina, también desde detrás de la mole del ogro.

Poco después, gracias a la práctica de la bruja Amargor en engrasar cuerpos rollizos, el ogro ya no atascaba la puerta y se habían reunido todos en el porche, en torno a unas fuentes de pastelitos y de bollitos, para escuchar a los recién llegados.

–He venido con mi alfombra voladora tras la pista de mis babuchas –decía Aladino.

–Yo he llegado subida en estas botas prodigiosas capaces de avanzar de siete en siete leguas –dijo Dorothy–, pero necesito recuperar los chapines de rubíes para regresar a mi casa.

–A ver si lo entiendo –interrumpió el soldado de plomo que se mantenía estoicamente sobre un pie, interpuesto entre la bruja y el ogro por petición de este, que decía que la había visto relamerse mucho mientras lo aceitaba y le daba mala espina–. Tú tienes las botas del ogro, el ogro tiene las babuchas de Aladino…

–Y las ha arrastrado sobre espinos y destrozado con sus largas uñas –interrumpió el aludido.

¡Eh! No hace falta señalar –protestó el ogro.

–Yo tengo los zapatitos de Cenicienta… –continuó Aladino.

–Y yo las botitas del gato, que tiene los chapines de rubíes de Dorothy –completó Cenicienta.

–No off folvidéif de laf fapatillaf rojaf –dijo Pinocho, con la boca llena de pasteles.

–He hablado con su propietaria antes de venir aquí. Dijo que quien las tuviera se las podía quedar o las podía quemar, pues ella no quiere volver a verlas.

–Pero ¿por qué están revueltos nuestros zapatos? –preguntó uno de los enanitos.

–De camino, he pasado por el taller del zapatero y él me lo ha explicado. Esto ha sido cosa de los duendes –explicó Dorothy–. Se les da tan bien confeccionar y reparar zapatos que el zapatero pensó que también podrían entregar la mercancía en el domicilio del cliente. Así que anoche les dejó una lista con los destinatarios de los zapatos que tenían para repasar, pero…

La risa hueca de la bruja Amargor interrumpió el relato y les puso a todos los pelos de punta. Solo el valiente soldado de plomo resistió las ganas de apartarse de ella.

–Tonto zapatero –se reía la bruja–, ya lo entiendo todo.

–Pues yo no –osó hablar el gato.

–Mira que dejarles una lista de destinatarios. ¡Los duendes ¡no saben leer!

FIN

8 августа 2021 г. 0:00:15 0 Отчет Добавить Подписаться
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Об авторе

Mavi Govoy Estudiante universitaria, defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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