mavi-govoy Mavi Govoy

Ha llegado el momento de casar a la princesa Celeste. La encargada de seleccionar al prometido es su hermana, la reina Eridani, que no se lleva precisamente bien con Celeste. Consciente de que su hermana escogerá al peor candidato posible para ella, Celeste exige que los pretendientes superen una prueba de ingenio... (El relato es una elaboración más detallada de tres micros que ideé hace algún tiempo). * * * La imagen de portada es de aquí: https://pixabay.com/es/illustrations/mujer-fantas%C3%ADa-plan-abstracto-1539416/


Короткий рассказ Всех возростов.

#hechizo #magia
Короткий рассказ
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La elección de Eridani

El paje abrió la puerta y se hizo a un lado para cederle el paso. Anselmo avanzó con un ligero balanceo. Sus piernas combadas y flacas como alambres eran las responsables de que sus andares no resultasen armoniosos ni elegantes. El paje, espigado, rubiales y con cara de niño bueno, frunció la nariz cuando pasó a su lado. Anselmo fingió no darse cuenta. Para él no era nuevo despertar repulsión, le pasaba con frecuencia desde hacía casi dos años.

Dentro de la estancia, más bien un corredor alargado decorado con unas cuantas butacas y alfombras de pelo largo, tres hombres que charlaban en un corrillo se interrumpieron y lo miraron con fijeza.

Anselmo trató de enderezarse. Por supuesto fue un intento inútil que solo le hizo balancearse más hacia un lado.

–Señores, este es don Anselmo Hoz –anunció tras él la voz del joven paje–. Don Anselmo, ellos son don Atlas Garracero, don Fénix del Vendaval y don Orión Marbravía.

A medida que eran nombrados, los hombres realizaban un cabeceo de saludo al que Anselmo correspondía con torpeza, pues de por sí su cabeza se hundía entre los hombros y al inclinarla tenía la impresión de que de un momento a otro se clavaría la barbilla en el arranque del esternón.

–Don Anselmo también ha superado la prueba. Así pues, sois cuatro los finalistas que optan al gran premio –notificó el paje con voz monótona antes de cerrar la puerta y dejarlos solos.

Hubo un incómodo momento de silencio.

–Así que resolviste el problema de las velas… –dijo el orondo Orión. Al hablar, sus mofletes temblaban como gelatina.

–¡Ah! –corroboró el gigantesco Atlas. Se pasó una mano por la barba mal afeitada, lo que provocó un ruidito rasposo, y miraba a Anselmo con la expresión de quien no puede creerse que alguien como él hubiera encontrado la solución al enigma.

«Bueno. Para mí también es un misterio que vosotros estéis aquí», pensó Anselmo. Atlas tenía cara de bruto, y Orión, la figura de un tonel de múltiples papadas. Y, con todo, ninguno de los dos se veía tan grotesco como él mismo. En cuanto al silencioso Fénix, tuvo que reconocer que parecía una hermosa estatua clásica. Al admirar su porte, la tenue esperanza que había llevado a Anselmo hasta allí se hundió sin remedio.

«En fin, nunca tuve muchas opciones».

Respiró hondo, se acercó a ellos y miró al gordo Orión.

–Hallar la solución del misterio no fue tan complicado –repuso con su voz aguda y desagradable.

La princesa Celeste había exigido que sus pretendientes resolvieran un problema de ingenio. A cada uno de ellos les habían dado yesca y dos velas cuya llama lucía durante una hora exacta antes de consumirse. El reto era medir con precisión un cuarto de hora.

Aunque no le resultó evidente en un primer momento, la solución era tan brillante como sencilla. Había encendido una de las velas por ambos extremos y la otra solo por uno de los extremos. La primera había ardido durante media hora, al cabo de la cual, la segunda vela medía exactamente lo necesario para que al prenderla por ambos extremos su llama luciese durante un cuarto de hora.

Eso fue todo.

Y eso tan simple había llevado a Anselmo a aquella estancia con aquellos tres hombres.

Acompañada por el frufrú de las incontables capas de tejido de su vestido vaporoso y precedida por el sutil aroma de su perfume, la reina Eridani avanzó con majestuoso aplomo por delante de los cuatro hombres que, dispuestos en fila, esperaban su decisión.

No era fea, pero su figura robusta y su mandíbula cuadrada y algo prominente hacían que tampoco fuera hermosa. Por eso siempre procuraba acrecentar su femineidad con lazos en el pelo, vestidos con puntillas y perfumes florales.

La reina se detuvo por un instante ante cada pretendiente, para darle tiempo a inclinarse ante ella y para observar y estudiar sus reacciones ante el escrutinio de sus ojos duros.

El primer hombre era un enano pelirrojo, patizambo y cargado de hombros. El segundo era un gañán enorme, peludo y con la cara picada de viruela. No le hubiera sorprendido que tuviese pulgas. En cambio, el tercero era un adonis de sonrisa cautivadora y ojos brillantes. Y el cuarto, rubio, alto y de hombros recios, hubiera sido atractivo de no estar tan gordo.

Tras examinar al último de ellos giró sobre los talones y volvió a recorrer la estancia en sentido contrario. Los cuatro se mantenían mudos e inmóviles, pero el obeso sudaba un poco, el guapo le guiñó un ojo de forma casi imperceptible, en bruto se pasó la lengua por los labios y el chepudo hacía esfuerzos para mantenerse erguido sobre las puntas de los pies y parecer un poco más alto… o un poco menos deforme, quizá.

Eridani retrocedió un par de pasos y volvió a mirarlos. Se suponía que iba a conceder un gran honor a uno de aquellos hombres, pues tenía que elegir con cuál de ellos casar a su hermana Celeste, a la que detestaba.

Con rostro impenetrable, levantó el brazo y señaló a uno.

–Tú.

Estaba hecho.

La princesa Celeste no se parecía a su hermana. En lugar de ser robusta y de facciones cuadradas y duras, era delicada como una bailarina y de rasgos suaves como los de una muñeca de porcelana.

Ella no se adentró en la galería, sino que se detuvo junto a la puerta y desde allí miraba con ojos grandes y alarmados a los candidatos a obtener su mano.

La reina Eridani había sido bendecida con una salud de hierro y una voluntad inquebrantable; la princesa Celeste también había recibido un don, aunque muy diferente: tenía el don de ver la realidad oculta bajo las apariencias.

Al mirar a aquellos hombres supo que uno era un brujo; otro, un vampiro; otro era hijo de reyes y muy rico, y el cuarto estaba encantado y solo de noche recuperaba su verdadera figura.

Un escalofrío recorrió la espalda de Celeste. Si no hacía nada, si no la advertía, su hermana la desposaría con uno de los feos y seleccionaría para sí misma al guapo vampiro que la mataría esa misma noche.

Apretó los labios y decidió callar. Daba igual con quién la casase Eridani. Valía la pena con tal de librarse de ella.

La reina levantó el brazo y señaló a uno de los candidatos.

–Tú.

Estaba hecho.

El día se abría paso poco a poco y la luz del sol reverdecía el jardín.

Con un último jadeo apagado, Anselmo levantó la vista, las manos todavía sobre las rodillas nudosas y torcidas. La transformación lo dejaba tembloroso y destemplado, pero al menos era rápida, no llegaba al minuto.

La princesa Celeste seguía a su lado, no se había apartado y no había rechazo en sus ojos, sino preocupación. Anselmo no se lo esperaba y no supo reaccionar, solo se quedó allí, perdido en sus ojos, mientras los temblores remitían.

–¿Es doloroso? –le preguntó ella.

–Calambres –respondió con aquella voz chillona que era parte del maleficio–. Tengo calambres por todo el cuerpo mientras se produce la transformación.

Se irguió un poco. Es decir, se irguió cuanto pudo, lo que no fue gran cosa, y ofreció su brazo a la princesa para regresar al palacio.

La ceremonia de casamiento había sido rápida y sencilla, sin algaradas ni boato y sin más testigos que los tres candidatos desestimados y la reina Eridani. Aunque después, para hacer público el matrimonio y también para avergonzar a Celeste, se había celebrado un banquete que había contado con la presencia de toda la nobleza y las personalidades del reino.

Al verse objeto de las miradas de todo el mundo y percibir las risitas y burlas de los augustos asistentes, Anselmo se sintió tan mal por la princesa, que deseó morir de apoplejía y dejarla viuda allí mismo, en pleno banquete de bodas. Fue ella quien lo tranquilizó. En lugar de llorar y quejarse, mostró hacia él tal afabilidad que consiguió que ignorase -porque olvidarse de las risitas fue imposible- que estaban rodeados por los mayores chismosos del reino.

Atlas y Orión también fueron de gran ayuda.

Orión resultó un magnífico conversador, ameno, ingenioso y divertido. Atlas era poco locuaz, pero sus estrepitosas risotadas ante las ocurrencias de Orión y los tímidos chistes de Anselmo eran contagiosas, y pronto el buen humor se impuso por el gran salón, incluso los atareados camareros estallaban en carcajadas bajo el influjo de la risa de Atlas.

En cuanto a Fénix, podía decirse que también él les prestó un servicio impagable, puesto que acaparó la atención de la severa reina Eridani, que no tuvo ojos para nadie más, hasta el punto de que no se acordó de reclamar a su hermana que iniciase el baile con su flamante marido.

De hecho, sucedió que cuando se retiraban los postres y Celeste y Anselmo se miraban y temblaban en sus sitiales, aterrados ante la idea de tener que hacer el baile más ridículo de sus vidas, se dieron cuenta de que la Reina y Fénix se habían marchado. Entonces, armándose de valor, Anselmo propuso a Celeste dar un paseo a solas por los jardines.

El orondo Orión, que sin ningún rubor daba cuenta de su tercera o cuarta ración de tarta, apoyó de inmediato la conveniencia de que pudieran hablar a solas «antes de dedicarse a lo que tuvieran que dedicarse aquella noche», dijo con un guiño travieso de sus ojillos perspicaces. Pero fue Atlas, el de la pelambrera hirsuta y las carcajadas estruendosas, quien les dio la ocasión perfecta.

Sin mediar una palabra, se levantó, se subió de un salto sobre la mesa y empezó a mover las manos. De ellas brotaban mariposas doradas, guirnaldas etéreas, flores rojas y estrellas de nieve que titilaban y volaban en todas direcciones para engalanar los tocados de las damas y las chaquetas de los caballeros. En un instante acaparó la atención de todos.

–Marchaos. Nos ocuparemos de que nadie os moleste –dijo entonces Orión. Su camisa de seda blanca estaba manchada de salsa, pero su gesto y su voz denotaban decisión y firmeza.

Y eso fue lo que hicieron. Risueños como colegiales traviesos, la bella princesa y el feo chepudo de dientes torcidos escaparon del gran salón y corrieron a esconderse entre los setos del jardín.

Justo a tiempo. Anselmo apenas tuvo tiempo de explicar a Celeste el mal que padecía antes de que el sol se hundiese en el horizonte y él recuperase su verdadera apariencia, la de un joven delgado y agraciado, de ojos oscuros y chispeantes como un cielo estrellado.

Inesperadamente, fue mucho más fácil de lo que hubiese creído posible. Celeste escuchó y aceptó lo que le contaba casi sin sorpresa, casi como si ya lo supiese, pero incluso así tenían muchísimas cosas que decirse, tantas que ninguno de los dos fue consciente del paso de las horas y el amanecer los sorprendió todavía entre los setos. No habían dormido, no se habían acostado, no había habido ni un beso entre ellos, pero ambos se sentían ilusionados.

–Hay algo que todavía no te he contado sobre mi encantamiento, algo muy importante –le dijo mientras regresaban despacio al palacio, acariciados por los primeros rayos de luz del nuevo día. No se había atrevido a mencionarlo antes debido a sus implicaciones, pero después de que Celeste no se moviese de su lado mientras se transformaba en el ser grotesco que era ahora, quería compartirlo con ella, quería que lo supiera–. Lo bueno es que el maleficio tiene cura. Y lo malo es que el remedio pasa por bañarme en la sangre de quién me elija… –Celeste ahogó un grito y lo miró con espanto–. Nada temas –se apresuró a añadir–. No fuiste tú quien me eligió.

Pero los ojos de Celeste se llenaron de lágrimas.

La reina Eridani ya estaría muerta y sin gota de sangre en el cuerpo.

No habría cura para el encantamiento.


FIN

23 мая 2021 г. 20:42:23 4 Отчет Добавить Подписаться
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Об авторе

Mavi Govoy Estudiante universitaria, defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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Scaip Scaip
AAAAYYY Me encantó. Tremendas vueltas de tuerca.

Pozo Valenzuela Pozo Valenzuela
Buena. ¡Excelente! Saludos 👍🍀

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Gracias por pasarte a leer y comentar. May 24, 2021, 06:47
~
Legendaria
Legendaria

Mundo imaginario donde transcurren muchas de las historias que cuento. Узнайте больше о Legendaria.