masalinascebo Miguel Angel Salinas

Juan Ayestarán, inspector de Hacienda, es empujado en el andén del metro y arroyado por el tren. Al inspector Castro le toca lidiar con los testimonios de la viuda, la madre y el jefe de la Delegación de Hacienda, cada cual más gris e infructuoso.


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Muerte de un inspector de Hacienda

El lunes siguiente, Beatriz se sorprendió de lo cercano y cordial que encontró a su marido todo el fin de semana, inusualmente familiar. No pudo evitar reprimir una honda satisfacción. Hacía mucho que no lo veía así.

El inspector Castro intentó permanecer distraído todo lo que pudo. El viernes atravesó algo parecido a una crisis y parece ser que la familia funcionaba como una buena medicina; en contra de todo lo que él hubiera supuesto en un principio.

Pero el lunes por la mañana su semblante volvió a mutar y se convirtió otra vez en el hombre malcarado del viernes. Su mujer se dio cuenta del cambio y antes de que saliera por la puerta le dio un cariñoso beso que resumía un millón de palabras. Beatriz le quiso trasmitir su apoyo incondicional. Así lo interpretó él y salió a la calle menos desanimado que al levantarse.

Al llegar a comisaría hizo lo que hacía todos los días, precipitarse a su despacho, a su refugio. No soportaba el resto del edificio ni sus dependencias auxiliares. Fue capaz de pasar más de media hora sin hacer nada, mirando su desordenada mesa y pensando que no sabía ni quería saber por dónde empezar.

En un momento dado, fue abriendo las carpetas más atrasadas, una por una e intentó elaborar un planning estableciendo preferencias. De esa forma se entretuvo, hasta que a eso de las nueve y media lo llamaron por teléfono.

Juan Ayestarán, un inspector de Hacienda, resultó descuartizado tras haber sido empujado a las vías del metro. La noticia le llamó tanto la atención que apartó la carpeta de manera vehemente y decidió emplear el día en la novedad. Necesitaba un chute de variedad en su monotonía.

Diez minutos después de haber colgado, un funcionario entró en su oficina y le facilitó un informe provisional. La lectura superficial le indicó algunas personas a las que debería de interrogar para hacerse una composición de los hechos.

Comenzaría por visitar a su superior, Emiliano Royo, jefe de la Delegación de Hacienda. La razón no escondía ninguna estrategia, sencillamente el edificio de la Agencia Tributaria se encontraba en la misma plaza que el de Comisaría.

La información que obtuvo del Sr. Royo resultó de poca utilidad.

«Si le soy sincero, en el trabajo no lo conocíamos muy bien, ninguno. Era una persona reservada, que no gustaba hablar de su vida privada. Ni de nada, si me apura. Era un hombre de pocas palabras».

»Además de que era un lobo solitario y que cuando entraba se aislaba en su despacho, no pecaré de exagerado si le confieso que no se le daba bien cultivar simpatías entre los compañeros; seco como la mojama, parecía que sonreír le costara un esfuerzo sobrehumano. En resumen, nadie lo conocía demasiado, ni ganas que tenía. Yo por mi parte mantenía una relación, no diría que cordial, pero sí bastante cercana. Nos tocaba departir casi todos los días y entre informe e informe, se podía adivinar algo de humanidad. Nunca hablaba de su familia ni de los planes que proyectaba para el fin de semana ni de sus planes para las vacaciones. Funcionaba como un ordenador, sólo respondía si se lo solicitabas.

El inspector Castro abandonó el edificio desalentado y aliviado en partes iguales. Mientras estuvo dentro, una inexplicable opresión en el pecho le impedía respirar con normalidad.


Para la segunda visita tuvo que conducir. Yolanda Chávez, madre de la víctima, vivía un tanto apartada del centro. La mujer, ya mayor, lo recibió en un estado lastimero. Al inspector le dieron ganas de estrecharla entre sus brazos. Le ofreció café y unas pastas de manteca que elaboraba ella misma. Al inspector le resultaron muy ricas. A parte de ese detalle, la visita concluyó con los mismos frutos que la anterior. Le llamó la atención que la mujer le soltara de un modo tan sincero un detalle que ya le revelara Emiliano Royo,

«Mi hijo no tenía amigos. ¿Quién puede tener amigos con una profesión así?»

La tercera visita obligada fue a la viuda, Virtudes Aspérides.

Mantuvieron un regateo dialéctico por el interfono. La viuda se mostraba reacia a abrir la puerta. Preguntó que para qué querían hablar con ella. El inspector le respondió que hiciera el favor de abrir, que arriba se lo explicaría. Virtudes Aspérides se comportó con la mayor bordería, falta de educación y de tacto de que fue capaz. El inspector no quiso saber si esa era su conducta habitual o sentía una especial fobia hacia la policía.

El testimonio de la antipática mujer no se apartaba un ápice de los dos precedentes,

«Le digo lo mismo que le dije al detective que me ha telefoneado hace un rato, que no me extrañaría nada que se lo hubieran cargado. No hace falta que le recuerde a que se dedicaba y que no era un remanso de simpatía. Era una persona seria y con muy poco sentido del humor.

»Supongo que está al tanto de que me dejó un seguro de vida. Sólo falta que me den el cheque un día de estos. El que se pongan a investigar y a remover la mierda, no me beneficia en nada, como ya le conté a ese detective. Si se demuestra que fue un asesinato, adiós dinero, sin contar con que me convertiría en una sospechosa.


Hastiado, regresa a comisaría y se encierra en su austero y triste despacho. Una vez sentado, llama a la compañía del metro para solicitar las grabaciones del andén. Es posible que en ellas se revele al culpable. Una dicharachera a la par que descarada voz le recrimina que es la segunda vez que llama.

«¿Es usted la misma persona que ha llamado esta mañana?». «Si soy la misma». «Esta mañana ya le hemos dicho que el protocolo hace que no se las podamos entregar hasta el jueves o el viernes». El inspector utiliza esa estratagema que tan buenos resultados le proporciona casi siempre, «páseme con su superior». Entonces, como por arte de magia, le asegura que harán lo posible y el inspector les exige tener las grabaciones el martes por la mañana, que las circunstancias han cambiado y que el tiempo es primordial.

Tras varios días de investigación no consiguen avanzar un ápice. En las grabaciones tan solo se aprecia al señor Ayestarán impulsado por alguien agachado, pero la marabunta le protege el rostro.

Estos son los casos que desgastan al inspector, casos en los cuales existe un claro culpable pero las circunstancias impiden llegar hasta él.

Al inspector se le ocurrió que quizás el asesino actuó a modo de despecho por alguna sanción interpuesta por el difunto Ayestarán. En el listado de sancionados que el Sr. Royo le facilitó, el inspector entresacó a tres personas multadas recientemente con elevados importes, un taxidermista (Laureano Balaguer), un mecánico fresador (Marco Lacao) y un librero (Ataulfo Llanos). Tras varias semanas de interrogatorios vigilancia y demás protocolos indagatorios tuvieron que dar carpetazo al asunto. El inspector Castro sufría cada uno de estas circunstancias como si se tratara de la pérdida de un ser querido.


Virtudes Aspérides se echó un novio bastante más joven que ella y no paraban de revolcarse en la cama y en el sofá. Era feliz de una forma que hasta entonces desconocía. Se solían tomar semanas de vacaciones y se iban de viaje. Al crío se lo dejaba a la abuela, Yolanda Chávez. Esta debería de haberse negado, solo por molestar a su nuera, sin embargo, le encantaba su nieto y si no fuera por esas semanas que se lo emplumaba, no lo vería nunca; Virtudes hacía todo lo posible por separar a su hijo de la abuela.

Había cambiado de forma de vestir, incluso de peinado. La verdad es que se la veía más alegre y juvenil e incluso había perdido algunos kilos que le sobraban. Disfrutaba del dinero del seguro de vida de su marido. Gracias a que la investigación de su muerte se encalló, la compañía de seguros llegó a la determinación de que no había razón para negárselo.

Consciente que desde que Hacienda salió de su vida todo le iba mejor, pensaba sin ningún pudor que su marido bien se podía haber muerto mucho antes. O lo podían haber asesinado mucho antes, ahora ya le daba igual la forma en que ocurrió.

Reclinado en su silla, contempla el día triste y gris que hay en el exterior. Se da cuenta de que si limpiaran los cristales de las ventanas más a menudo, igual el panorama resultaría menos lúgubre y mohíno.

En un acto reflejo, gira la cabeza hacia el armario en donde acaba de archivar el expediente de Juan Ayestarán. Una profunda congoja se apodera de él y se plantea por enésima vez el sentido de su profesión.

FIN


La serie de relatos del Inspector Castro (ubicados en la imaginaria ciudad de Corlan) ha sido inspirada en las novelas del Detective Pancracio.

30 апреля 2021 г. 7:02:49 0 Отчет Добавить Подписаться
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Miguel Angel Salinas Una de cada y otra de arena

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«El Inspector Castro»
«El Inspector Castro»

El inefable y carismático inspector Castro vive en la ciudad de Corlan. Es tenaz e infatigable y con un curriculum más que brillante. Adora su profesión pero se siente viejo y cansado. No hay día en el cual no se plantee una merecida jubilación. Su mujer lo anima a ello y cada caso de robo o asesinato lo conduce en dirección contraria. Su amigo, el detective privado Pancracio , es el único que le proporciona distracción y consuelo. Узнайте больше о «El Inspector Castro».