mavi-govoy Mavi Govoy

Relatos breves sobre princesitas dulces y decididas. * * * La imagen de portada está tomada de https://pixabay.com/es/illustrations/novia-mujer-matrimonio-vestido-4090016/


Детская литература Всех возростов.

#bruja #guerrero #princesa #enano #234 #príncipe
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Un cuento tradicional... más o menos


Todo el mundo piensa que las princesas de los cuentos son hermosas damas prisioneras de un dragón u otro ser malvado y que lo único que hacen es esperar a que el príncipe las rescate.

Pero eso es porque no sabéis que al igual que nosotros, princesas y príncipes ya tienen televisión, videojuegos, ordenadores, móviles, cámaras… Por lo que en vez de esperar a que llegue el príncipe asomadas al balcón, siguen sus movimientos y hablan con él cada dos por tres para ver si llega ya al castillo, si ha ganado ya al monstruo, si se ha acordado de lavarse los dientes –porque a las princesas, como a todo el mundo, no les gusta que las bese un tipo con mal aliento–… No solo eso, para no aburrirse mientras esperan, también chatean con otras princesas sobre peinados, trucos de moda, marcas de ropa…

Yo he oído muchas historias sobre princesas, pero ninguna de ellas es comparable con la que os voy a contar.

En un castillo tenebroso del que nadie quería saber ni oír había una hermosa princesa que esperaba a su príncipe azulado mientras charlaba telemáticamente con sus amistades y conocidos, como su amiga Cenicienta.

–¡Qué! ¿Estás segura de que para que el pelo se te quede brillante recomiendan echarse limón? ¡Pues, chica, que asco! Yo pensaba que no se debía de jugar con la comida.

El pobre dragón estaba tan cansado de la cháchara interminable de la linda princesa que deseaba ardiente y fogosamente que llegara el príncipe para que se la llevara muy muy lejos, aunque para ello él se tuviera que dejar ganar y se quedase en ayunas.

–¡Me voy a comprar una camisa negra más chula! Pues claro que es de Princess –comentaba la bella princesa a su amiga.

La princesa hablaba y hablaba por su móvil, despreocupada, mientras el príncipe azulado estaba en un apuro y trataba de escapar de un ser horrible, de largas y afiladas garras, cabeza calva, patas delgadas y… En fin, que era un ser diabólico y encima muy feo.

El príncipe acabo prisionero por falta de armas, ya que no le habían dejado entrar en la torre con ellas. La torre era alta y estrecha, llena de corrientes de aire que enredaban la primorosa melena del príncipe, y de goteras que le salpicaban las botas.

Al verse apresado, le mandó un mensaje a la princesa: «Amada mía, quise llevarte un ramo de las más bellas rosas del mundo y he caído en una trampa. No leí la letra pequeña de la etiqueta de las rosas, donde se decía que he de pagarlas al precio de mi sangre. Estoy prisionero en la Torre del Cuervo».

Cuando la princesa leyó el mensaje tiró el móvil al suelo, se puso de puntillas, alzó la voz y dijo:

–Hasta aquí podíamos llegar. Llevo años aprendiendo a ser una buena princesa. Sé dónde se pone el tenedor, la cuchara y el cuchillo, cuál es el vaso del brindis, del vino, del licor… Llevo años durmiendo sobre veinte colchones para poder decir donde estaba el guisante, si entre el tercero y el cuarto, o entre el décimo y el undécimo, para decir si estaba en los pies o en la cabecera. Y ahora me sale el príncipe azulado este con que no puede venir a rescatarme del pringado del dragón porque ha sido atrapado.

La princesa se armó de valor, fue al salón donde descansaba el dragón, despatarrado encima de la alfombra como si fuera un perro doméstico, se acercó a su oreja y gritó muy femeninamente:

–Vamos, pringao, levántate, que nos vamos a rescatar a mi príncipe.

El dragón se sobresaltó tanto que levantó la cabezota de golpe y se chocó con el techo, que era de pura piedra y muy duro. La princesa seguía dando vueltas y dando órdenes a su alrededor y, cuando consiguió entender lo que pasaba, el gran dragón se aclaró la voz y dijo:

–Verás, princesa, es que me acabo de comer tres elefantes y dos jirafas, necesito reposar la comida. No estoy para tonterías. Vete a tus aposentos y déjame descansar.

La princesa apretó la boquita, se cruzó de brazos, se acercó al morro del feroz dragón y le pegó una torta en el mismísimo hocico.

Pringao, si te digo que te levantes, te levantas y haces una reverencia –le dijo con los ojos iracundos y la nariz muy levantada.

En toda su larga vida, nadie había tratado así al dragón. Todo el mundo se asustaba y se iba a la carrera si tan solo se le ocurría asomar la lengua entre las fauces.

–¡Ay, Ay, Ay! Está sangrando, a buen seguro mi hociquito está sangrando –gimió muy pesaroso.

–¡Qué te levantes te he dicho! –insistió la princesa sin hacer caso de sus lloriqueos.

–Me has hecho pupa.

Después de seis gritos y dos tortas, el dragón decidió que no era absolutamente imprescindible que se echase una siesta, que era preferible levantarse y salvar su hocico. La princesa se subió a su lomo… y le ordenó despegar. Entonces el dragón se revolvió nervioso y giró la cabeza hacia ella para decirle algo en un murmullo muy bajito.

–¡Cómo vas a ser un dragón con vértigo! ¡Tú estás de broma!

–Que no, que no, que tengo vértigo de verdad.

–Pues vas a volar con vértigo o sin él.

El dragón movió la cabeza, cerró los ojos, los volvió a abrir, trago saliva y dijo:

–No.

–Ya está, siempre replicando. A ver o vuelas o… te vendo los ojos con sabanas. ¡Eso es! Si no ves nada, no puedes tener vértigo.

–Pero ¿cómo sabré por dónde voy? –dijo el dragón alarmado.

–De eso me encargo yo.

El camino a la torre del Cuervo no fue como esperaban. La princesa se dejó la voz gritando y el dragón sudó hasta por las escamas.

–A la derecha, rápido, gira a la derecha que vamos rectos contra una montaña –le decía la princesa a pleno pulmón–. Baja, baja, que nos hemos metido en una nube y no veo nada… No, no, sube otra vez, que hay otra montaña…

Así llegaron a una torre estrecha, destartalada y fea encima de la cual había una enorme nube negra que no paraba de dejar caer rayos y más rayos. La princesa aparcó al dragón, se recolocó la melena -porque una princesa siempre debe ir bien peinada- y se acercó a la puerta.

–Abre, seas quien seas.

–La contraseña.

–¡Cómo! ¿Todavía seguís con esa tontería? Ahora se usa otra fórmula mucho mejor para saber si el que viene es amigo o enemigo.

–¿Ah, sí? ¿Cuál?

–Pues yo te digo abre y tú abres, porque si no le ordeno al Pringao, que es mi dragón, que derrita la puerta.

–Tú no tienes dragón.

–Sí que tengo, y como no abras me cargo tu puerta. Así que abre.

–No.

El dragón escupió fuego hasta que en la puerta hubo un agujero por el que pudiera entrar la princesa.

–¡Aaaayaayaay! ¡Qué me quemo! –gritaba un enano saltarín más feo que Picio al otro lado de la puerta rota mientras se daba palmadas sobre sus humeantes pantalones.

–Ya te dije que tenía un dragón.

El enano saltarín desapareció por un lado de la torre que desde dentro no era estrecha, al contrario, era enorme, tenía salones amplios, patios, terrazas, baños, cocinas… Era inmensa.

–Seguro que mi príncipe está en lo más alto de esta alta torre. ¡Uhm! ¿Dónde estarán las escaleras?

Como no tenía ganas de perderse, despeinarse con las corrientes de aire de la torre, o mancharse sus zapatitos delicados de tacón de aguja con los charcos provocados por las goteras, lo que hizo fue mandarle un mensaje a su príncipe.

–Príncipe, estoy en el vestíbulo de la Torre del Cuervo. Ven ahora mismo.

La respuesta del príncipe no se hizo esperar.

–Mi bella princesa, estoy encadenado. No puedo ir a ponerme a tus pies.

Hay que reconocer que, aunque algo torpe, el príncipe tenía buenos modales.

–Está claro que una tiene que hacerlo todo por sí misma si quiere que las cosas se arreglen –se dijo la princesa–. Pringao, dale un coletazo a esta torre.

–¿Qué quieres, princesa?

–¡Que le des un meneo a la torre con la cola! –gritó–. Más fuerte, Pringao, que tiemble todo.

El dragón lo hizo tan bien que al segundo empujón volvió a aparecer el enano saltarín, envuelto en una toalla y armado de aguja e hilo, porque estaba recosiendo los pantalones quemados.

–¡¿Qué es lo que haces?! ¿Es que nos quieres hundir la torre?

–Quiero que liberes a mi príncipe. Ahora, que me tiene que llevar de compras. Como no lo liberes ya, me cargo la torre, la nube, los rayos y tu toalla y te dejo en gayumbos. ¿Entendido?

–Pero, pero, te estás saliendo del guion, princesa. Tú te tenías que quedar en tu tenebroso castillo, custodiada por el dragón. ¿Por qué quieres estropearlo todo?

–Mira, enano, a mi castillo tenebroso te puedes ir tú con tu aguja y tu nube, que yo no me pienso perder las rebajas. Así que como no liberes al príncipe ahora mismo, ya sabes lo que voy a hacer.

–¿Cómo dices? ¿Qué ya hay rebajas? ¿Estás segura?

–¿Acaso te parezco yo una princesa despistada? ¡Pues claro que estoy segura! Lo tengo todo controlado: sé dónde están las gangas de zapatos de cristal, donde hay que ir a por espadas invencibles a mitad de precio, dónde se venden las mejores pócimas de belleza con un descuento del 20 %... ¿Por qué se te cae la baba, enano?

–Eres una joya, princesa. Me voy contigo, necesito unos pantalones nuevos.

–Y mi príncipe ¿qué?

–Pues, chica, no sé qué le ves a ese príncipe azulado que no tenga yo, pero está bien, con tal de que me dejes ir contigo a las rebajas, consiento en liberarlo.

Y colorín, colorado,

este cuento se ha terminado.

Y colorín, colorete,

los tres se fueron de tenderete en tenderete.

Y colorín, colorón,

a las rebajas también fue el dragón.

Y colorín, colorito,

os dejo, que tengo un mensajito.


FIN

2 марта 2021 г. 0:00:20 0 Отчет Добавить Подписаться
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