mrares041 Josué Tecce

Pero no hay nada qué temer, pues esta es solo una historia, una de las cientas, miles, quizá millones que se han contado de la bestia conocida como… Malthus.


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#terror #psicologico #295 #hazbin-hotel
Короткий рассказ
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Territorio Ocupado.

El silencio, por lo general acompañado por el sentimiento de tranquilidad, va siempre de la mano con aquellos que poco o nada tienen que aportar al mundo. Sus almas, vacías y pedantes como los aires contaminados de la ciudad pentagrama, vagan carentes de objetivo a través de un mundo sin propósito más que el de existir hasta el fin. En esta ocasión, el silencio era quien tomaba de la mano a tres pequeñas criaturas que se perdían entre los bastos bosques bajo el enorme cello en el cielo.

El primero de ellos, uno delgado con su piel rojiza, cuernos alargados y una boca cosida que retenía juntos sus afilados dientes, llevaba consigo una pesada mochila llena incluso más grande que su cuerpo. El segundo era un demonio con ojos saltones, antenas y brazos afilados como los de una mantis, quien miraba con optimismo al resto de su campaña. Y por último, quien se encontraba entre medio de ambos seres; un desagradable joven de corta estatura, con una piel grasienta de color gris, enorme barriga y ojos saltones que se alzaban hacia el cielo, como si su figura se asemejara a la de una babosa con matices humanos.

Vaya que este sitio es callado, ¿no les parece? —señaló el líder del grupo.

Insisto… no debimos venir aquí.

Bueno, yo creo que este sito es un gran lugar para comenzar nuestra carrera —replicó apuntando de regreso hacia los edificios.

En la distancia, emergiendo entre los techos de la ciudad, la cuenta regresiva de la torre reloj marcaba el inicio de un año nuevo. Los cadáveres aun regaban las calles, pintando las paredes y veredas con la purulenta sangre de los menos afortunados; un escenario de pesadilla, cuyo aspecto se distanciaba por completo de los tranquilos prados del bosque.

¡Tan solo mira este sitio! Es como si nadie supiese que esto existe.

—Todo tiene un motivo, señor Livios… —advirtió su compañero barrigón— Bien sabe usted que los Overlords no son conocidos por desperdiciar terreno valioso.

De seguro estarán asustados por esa vieja historia que mencionaste. Bueno, al igual que tú lo estás, en realidad —alegó burlón—. Vaya gallinas que resultaron ser los señores demonio, ¿no?

Frunciendo el entrecejo con preocupación, el muchacho replicó sin dejar de observar los alrededores.

—Entiendo que usted no crea en los rumores, pero aun así…

—Los rumores son patrañas —interrumpió—, y yo no tengo tiempo para oír tus explicaciones, Boris. ¿Quieres oír la verdad de todo este asunto? Esa historia no es más que un cuento para asustar…

Un eco distante resonó a través de los árboles, rompiendo así con la pesada concentración de ambos colaboradores. El cantar lejano de un cuervo de ojos negros anunció su presencia con la soberbia usual que poseía aquellos animales.


—…niños.

Por favor, le pido que volvamos a la ciudad —rogó Boris, pálido como una hoja de papel.

Momentos tras aquellas palabras, el demonio mantis propició una sonora bofetada con el reverso de sus garras al rostro de su compañero. Al igual que el cantico del animal, aquel sonido repicó hasta los confines del bosque, perdiéndose por fin entre el arrullo silencioso de las hojas y el viento.

Ya estás un poco grande para creer en cuentos de hadas, ¿no te parece? Piensa en todo lo que podríamos conseguir si tomamos este bosque. Podríamos crecer, podríamos dejar de ser don nadie, la gente nos tendría respeto. Imagina la cantidad de chicas que tendríamos —aludió con sutileza— ¿No crees que sería una pena rechazar todo eso por un simple rumor?

El semblante del obeso joven se llenó de dudas ante tales implicaciones. La idea era, desde luego, seductora a más no poder. Después de todo, ¿quién no querría buscar una nueva vida entre los grandes? Está en la naturaleza humana el siempre querer más, y ¿qué eran ellos sino almas humanas atrapadas en recipientes pútridos y deformes?

No lo puedo creer… —resopló titubeante antes de alzar su dedo índice—. Una noche… ¿entendido? Una noche y me voy al carajo de aquí.

—Mi amigo, solo una noche hace falta para que veas lo equivocado que estás —continuó formando una sonrisa orgullosa.

Dicho esto, ambos sellaron aquel trato chocando sus codos en un gesto de familiaridad. Una decisión tomada de parte de la gula, una gula que deseaba tragar más de lo que sus bocas podían masticar. ¿Quién podría juzgarlos? Después de todo, otra facultad humana es la de equivocarse buscando aquello que más ancianos.

Sin darse a la espera, la penumbra cubrió cada pequeña esquina de los bosques, sumiendo a todo el territorio en la oscuridad absoluta. El grupo de emprendedores levantó las tiendas de campaña, y cada uno tomó su lugar en el interior de las mismas. El silencio abrumador, aquel que llena de paz y tranquilidad, les arropó bajo la imposible belleza de aquel cielo rojizo. Ni el caer de las hojas, ni el aleteo de las aves, ni siquiera el lejano pecar de las ciudades podía oírse. Era un sitio verdaderamente increíble. Dicho esto, es comprensible por qué los tres demonios fueron capaces de dejar de lago sus preocupaciones, cerrar sus ojos y dormir como rocas al borde de un acantilado.

No fue sino pasada la hora de las brujas, el momento en el cual la quietud está en su cumbre, que un feroz repiquetear llamó la atención del ansioso Livios. Un sonido ruidoso como el que se produce al corretear sobre las hojas secas del otoño, uno que no tardó en desprender al hombre de aquel sueño tan profundo. Y entonces, la voz de su compañero pudo ser distinguida.

¡Señor! ¡Salga de la tienda!

Refunfuñando con molestia, el demonio entre abrió sus ojos buscando el fulgor de su linterna. A su alrededor, una oscuridad tan profunda, tan negra y tan pesada como el fondo marítimo le rodeaba. Sus dedos tantearon el suelo hasta dar por fin con la herramienta, y sintiendo el pesar de su fatiga iluminó en dirección al frente de la carpa.

¿Boris?

—¡Hay alguien en el bosque! ¡Traiga el arma!

Tan pronto como aquellas palabras fueron oídas, Livios manoteó la escopeta junto a su bolsa de dormir y se precipitó al exterior. El cañón siguió el brillo de la linterna en un giró por los alrededores del campamento, buscando al extraño mencionado por su delegado. La luz se alargó hacia las plantas, perdiéndose poco a poco en la distancia y no revelando nada más que el vacío absoluto.

El semblante de Livios se hundió con molestia. Sus garras presionaron la recarga del arma con tal furia que el filo de estas se quedó marco sobre el cañón. De manera brusca dio media vuelta gritando con ánimos violentos.

¡Boris te juro voy a…

Sus gritos se esparcieron en todas direcciones en un eco abrumador. Sus ojos giraron en todas las direcciones, hundiéndose en el abismo nocturno sin ser capaz de reconocer la figura de su amigo. Observó las entradas de las tiendas, ambas abiertas y carentes de toda vida.

¿Boris? ¿Randall? ¿Dónde mierda se metieron? —exclamó con irascible.

Tras unos leves segundos, un ligero susurro llegó a sus oídos; una brisa que se perdía entre el arrullador frio nocturno, algo que solo puede ser comprendido por alguien que sabía lo que estás buscando.

Por aquí, señor… no hay tiempo.

Livios abanicó tanto el arma como la linterna hacia lo profundo del bosque. En la distancia, bordeando el final de aquella tenue luz, la silueta del obseso demonio le observaba inmóvil, insensible, sin demostrar emoción alguna en su rostro.

¡Malditos sean tus muertos Boris! Vas a hacer que me dé un paro. Ven aquí antes que te dispare por despertarme a estas horas.

—Se lo llevó… —balbuceó el rechoncho demonio.

—¿Se lo llevó? De qué diablos estás…

Sin dejarle acabar su pregunta, el sonoro croar de un cuervo realzó sus nervios. Livios giró apuntando el arma en dirección a aquel sonido. Los ojos fulgurante y rojizos de un cuervo le observaban bajo el velo de la noche de la misma forma que su compañero; inmóvil, insensible, quieto como si de una estatua se tratase.

Estúpido pájaro…

El sonido de la escopeta disparándose estalló en todo el bosque. Los pedigones golpearon el cuerpo del animal, descuartizándolo en el acto. Su sangre cayó sobre el tronco del árbol, manchando las hojas, la madera y el césped del piso con sus gotas.

¡Sí, eso es lo que te espera! —amenazó al viento— ¡Será mejor que te vayas al carajo si no quieres que…

¡AYUDA!

Tan repentino como si aquello fuese una respuesta a la vanidad del demonio, un alarido de terror absoluto resonó a su alrededor; un sonido agudo y metálico, estruendoso y a la vez débil, como si el mismo hubiese soñado dentro de su cabeza.

Livios agitó la linterna de regreso hacia Boris, pero esta vez, el resplandor no fue capaz de encontrar otra cosa que el negro e infinito vacío de la naturaleza.

¿Pero qué mierda es esta? ¡Boris, Randall, si esto es una broma juro que los mataré a los dos!

No hubo respuesta alguna a sus amenazas. Un escalofrió recorrió la espalda del emprendedor; un vivido llamado de alerta, avisando de un peligro inminente, del cual ya se había percatado sin ser capaz de asumirlo. Nuevamente, el croar mecanizado de los cuervos llegó a oídos del hombre. Sin embargo, a diferencia de la vez anterior, este fue un gruñido fuerte y decidido, similar a la crueldad de sus palabras. Y tan pronto como su cantar comenzó, el repicar de violentos aleteos llegó para acompañarle.

Los ojos del demonio giraron en todas direcciones, apuntando con el arma en cada esquina, cada sitio, cada rama de la cual saliese aquel abisal sonido. El plomo emergió del cañón, atravesando la carne de las bestias y dejándoles en el helado suelo. Sin embargo, por cada disparo, por cada cuervo que caía bajo su desconocimiento, otros tres emergían del vacío y empezaban a rugir con una fuerza incluso mayor.

El aquelarre de sus alas y picos resonó con fuerza a través de los bosques. Era una espectáculo ensordecedor, un bramido furioso que no se detuvo ni un instante. Cada cuervo tenía un cantar característico; el de unos era suave y tranquilo, el de otros furioso y violento, y el de terceros, lento y burlón.

El corazón de Livios se aceleraba con cada instante, como si el mismo intentase salir disparado de su pecho. Aquellos ojos negros con pupila rojiza le observaban, le juzgaban con el irascible mover de sus almas, como si él no fuese más que un vil ladrón que intentaba robar algo que jamás le perteneció.

¡Basta! ¡Cállense maldita sea! —exclamó como si su voz pudiese ser oída en medio de la orquesta negra.

Tras esto, dejó caer al arma y la linterna y con sus garras arremetió contra los árboles. Abanicó sus brazos, intentando alcanzar a las aves que con tanta malicia le provocaban. De nuevo, sin detener su cantico, estas volaron a su alrededor en un tornado de plumas oscuras. El filo de aquellas uñas afiladas y sucias rasgaron su carne como si de diminutos cuchillos se tratasen. El demonio crujió los dientes, suprimiendo a su vez un profundo alarido de dolor mientras se abalanzaba de regreso a una de las tiendas.

Sin darse a la espera cerró tras de sí la entrada y utilizando el filo de sus garras se deshizo de las bestias que le habían acompañado hasta allí. Fue entonces, cuando aquel chillido atronador, aquella orquesta traída de manos del más oscuro de los aquelarres, se detuvo. No hubo mayor resistencia, no hubo intentos por entrar en la tienda ni mucho menos; simplemente, todo se detuvo. Se quedaron allí, posados silenciosamente sobre las ramas, aguardando con sumo respeto a la llegada de su gobernante supremo.

Entiendo que usted… no crea en los rumores… pero aun así…

Como si fuese un llamado desde lo más profundo del abismo, una voz rompió la atmosfera de paupérrima calma. Livios entrecerró sus ojos, aferrándose con todas sus fuerzas al falso resguardo que aquel envoltorio de tela le otorgaba.

¿Boris? —musitó titubeante.

Un pesado crujir metalizado de abrió paso a través de las arboledas; un sonido chirriante y brusco, como el que realiza una maquina oxidada al intentar cumplir su función luego de años de quietud.

Insisto… no debimos venir aquí…

Es sabido que el miedo es un instinto humano; una parte de su naturaleza, que lleva consigo desde el inicio de los tiempos. Algunos le reconocen como una alarma, un mal augurio que nos previene de las amenaza. Todo aquel que haya experimentado el terror en algún momento de su vida, podrá simpatizar con el estado del pobre Livios. Su corazón latía a una velocidad desbordante, sus músculos titubeaban por el nerviosismo y su mirada se perdía en el fulgor rojizo que atravesaba la tela de aquella carpa.

Se lo llevó… esa cosa… ¡¿Qué es eso?! ¡Está vivo!

La voz del demonio regordete, suave y tranquila como la recordaba, fue reemplazada por una estridente e imperfecta imitación; un sonido similar al verdadero, pero mecánico y crudo, algo que cualquier persona podría distinguir como el engaño de algún ser maléfico y despiadado.

Las cacofonías del viento silbaron contra el repicar del acero, de la carne putrefacta cayéndose pedazo a pedazo, y del rechinar de dientes sucios pudo oírse a centímetros de la carpa. El pesado estruendo de los pasos rodeó al pobre emprendedor, cual depredador buscando con paciencia a su presa mal herida.

Por favor, le pido que volvamos… ¡Hay alguien en el bosque! ¡¿Qué es eso?!

Sin esperar nada más de su suerte, Livios cerró sus ojos con todas sus fuerzas. No buscó más alternativas, no quiso saber qué era lo que acechaba al otro lado de aquel pedazo de tela. Solo se quedó allí, con su cuerpo tumbado y la cabeza sobre la tierra, aguardando al inevitable final mientras el horrendo ser exprimía cada célula del en su ser.

Dicho esto, vamos a saltar en el tiempo hasta la mañana siguiente. Poco a poco, el sol rojo iluminó los alrededores del infierno, arrastrando las sombras de regreso a su escondite y revelando el escenario que aguardaba a aquel sitio olvidado.

Livios abrió sus ojos, tembloroso y confundido. Esta vez, no hubo cuervos, no hubo azote metálico, ni mucho menos amenaza alguna que estuviese acechándole. Todo el lugar había regresado al más tranquilo y mundano de los silencios. Aun con dudas, el demonio extendió sus garras y abrió el cierre de la carpa.

Las luces de la mañana le mostraron la belleza de aquel ambiente; el carbón de la fogata de la noche anterior aun humeante, el color anaranjado de las hojas otoñales y el suave silbar del viento contra la copa de los árboles. Fue entonces, cuando su rostro pudo formar una sonrisa calmada, un gesto de quietud absoluta.

Oh… Vaya sueño de mierda… —resopló en voz alta—¡Boris! ¡Randall! ¡Es hora de levan…

Y entonces, en el mismo instante en que su mirada se desvió hacia las carpas de sus afiliados, su corazón se detuvo. Pudo distinguir una figura conocida sobre el césped. Un ave, un pequeño cuervo de ojos rojos, con su pecho abierto y que en ese momento estaba siendo devorado por las diminutas alimañas que plagaban las tierras, que no tan deshabitadas estaban. Junto al cuerpo, la misma escopeta descargada que había utilizado la noche anterior para defenderse.

Livios tragó saliva, sintiendo a su vez como un nudo se formaba en su garganta. Sus piernas se paralizaron en el sitio, y su piel se tornó tan pálida como una hoja. Observó sobre los árboles, sobre aquellas ramas viejas y podridas, ramas, un juicioso silencio que se realizaba de manos de aquellas las aves de plumas negras, quienes junto a su líder, no tuvieron la necesidad de descansar en toda la noche.

Un líquido negro, purulento y apestoso, cayó sobre el hombro del demonio, manchando su traje con el espesor más pégaselo que pudiera imaginar. Sin siquiera intentar detenerse, su cabeza giró hacia arriba.

Allí mismo, parado con sus piernas a cada lado de la carpa, un ser de naturaleza ancestral, una bestia incontrolable y alejada de toda naturaleza conocida, le observaba con sus ojos negros y pupilas tan rojas como el fuego. El metal grisáceo de todo su cuerpo era recubierto por un tapado de plumas negras. Su cráneo era puntiagudo y alargado hacia adelante como el pico de los cuervos. Su boca permanecía abierta, en todo momento, dejando que entre sus dientes dientes largos y retorcidos cayera un líquido tan oscuro como la noche misma. Sus alargadas manos, con dedos tan filosos como espadas, atraparon a Livios momentos antes de que este intentase salir corriendo. Así mismo, y antes de que el demonio pudiese siquiera gritar por su vida, su propia voz emergió del interior de aquel monstruo, como un eco que se esparcía de la nada misma.

Esa historia no es más que un cuento… un cuento para asustar niños.

Es así, que en aquel bosque olvidado de la mano de todo ser celestial, permanece una criatura más antigua que el infierno mismo. Un ser que gobernaba el abismo oscuro antes que Lucifer y sus aliados fueran expulsados del cielo, uno que sin piedad alguna devoró a una buena parte de estos, y fue encadenado en un títere de metal. Allí espera y esperará por siempre, cultivando nada más que su hambre y su divino ejército de cuervos hasta que estos sea incontenibles, y arrasen con todo cuanto esté en su camino.



Pero no hay nada qué temer, pues esta es solo una historia, una de las cientas, miles, quizá millones que se han contado de la bestia conocida como… Malthus.

24 января 2021 г. 14:47:51 0 Отчет Добавить Подписаться
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Об авторе

Josué Tecce Soy una persona simple que gusta de contar historias cuyo genero, ámbito o narrativa pueden variar según el tipo de historia que este contando. Disfruto de probar cosas nuevas y crear contenido para entretener a los amantes de la literatura. Si te gusta mi trabajo y estas interesado en darme algún tipo de compensación, siempre puedes optar por comprarme un cafesito que me encanta :) https://www.buymeacoffee.com/MrAres (Por favor... hace frió bajo el puente...)

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