jollyfortune Jolly Fortune

Los Dragomir fueron antaño la más noble de las familias de Coronanegra, sin embargo, desde hace unas cuantas generaciones llevan cayendo en desgracia. Y cada vez va a peor. Nereida Dragomir tiene una teoría bastante propia, que nadie más cree: los acecha una entidad sobrenatural a la que ha bautizado como la Tragedia.


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Prólogo: La Tragedia

La niebla arrastraba contra la ventana colores dorados de farolas y azules ultramarinos de adoquines. Siempre lo hacía. Era como acuarela que retozaba por las calles de Coronanegra. Nereida la observaba desde la comodidad de su sillón mientras Carina, su madre, y Adelaine, su hermana mayor, se limitaban a coser juntas en un sofá distante, el sonido de las agujas espantando al incómodo silencio.

A Nereida no le gustaba aquello. Tenía maneras más interesantes de pasar un exasperante anochecer en el salón. Divagar, por ejemplo.

Se preguntó qué habría pasado con el famoso asesino que descuartizó lugareños y quemó mercancías de barcos tiempo atrás, cuando los castillos servían para algo más que cobijar aburridas reuniones de señores adinerados. El Espectro, lo llamaban. Aún había gente que creía en él, y las calles de la ciudad estaban más vacías que los cementerios cuando la niebla aparecía. El hecho de que nunca fuese atrapado alimentó todavía más esa creencia con el paso del tiempo.

Apartó la mirada de la niebla y la estancó en un gran cuadro que colgaba de la pared. Había una mujer representada: llevaba un atuendo negro bajo una coraza metálica, el cabello rizado y castaño le caía por los hombros, y su fiera mirada era tan aguda como la espada de hoja bruna que empuñaba con la mano derecha, la pose erguida. Le recordaba un poco a su madre.

Tú intentaste atraparlo, pensó Nereida, hablando al cuadro. Y terminó en tragedia. Siempre termina en tragedia para nosotros; pero al menos… sabías divertirte.

Se le vino al paladar el sabor del alcohol recién abierto; a la nariz, los hedores de las gentes sudando alegría por el maravilloso ejercicio que es la diversión; también recordó la música, ¿cómo olvidarla?, si como decía el mayordomo Zlatan (cuando nadie miraba) era capaz de devolverle a un tullido la movilidad en sus piernas.

Echaba de menos a ese borracho empedernido.

El juego y la bebida socavaron la reputación de los Dragomir (otra tragedia) y Zlatan no hacía sino impulsar de nuevo esos hábitos. Carina terminó por convencer a su marido para que lo despidiera pese a que eran amigos. Todo sea dicho, por aquél entonces el dinero ya empezaba a escasear y un mayordomo era prescindible.

Pero la temporada que estuvo en casa fue más que enriquecedora: sus jolgorios no tenían comparación y... Allí estaba Nereida, escuchando el banal tic tac de las agujas.

Siguieron sonando.

Rebuznó desesperada y se escurrió sobre el sillón, la mirada al techo.

— Ponte erguida —exigió inmediatamente Carina; era más un acto reflejo por su parte que una orden al uso. Había perdido la esperanza en convertir a Nereida en una dama cuando ésta apenas tenía seis años, y ahora estaba por cumplir diecisiete.

No le hizo caso.

Observó la lámpara de araña que colgaba del techo en mitad del salón. Revoloteando dentro de sus cristales, había criaturas luminosas atrapadas. Séylas. Algunas volaban y se chocaban contra sus prisiones, pero otras yacían en el fondo del envase, moribundas. No hacía falta comprobar que siguieran con vida, puesto que sus cadáveres continuaban irradiando luz y podían llegar a tardar años en descomponerse.

Esclavizadas hasta en la muerte.

Una débil risa emergió. Trató de contenerse pero, finalmente, Nereida carcajeó. Pensar en aquello le resultaba hilarantemente irónico.

— ¡Silencio, niña! —ordenó Carina, ahora realmente irritada.

Nereida se limitó a rebuznar de nuevo.

Ojalá padre estuviera aquí.

William I había salido de viaje hacia Descenso del Dragón. No quedaba muy lejos de Coronanegra, pero lo suficiente como para que vivir con Carina se hubiese vuelto insoportable. A Nereida le habría encantado salir también de viaje, pero estaba en una fase difícil de sus estudios y ni siquiera su padre, quien siempre había sido muy laxo con ella, le permitió dejarlos de lado.

Le necesito…

La puerta sonó. Tres golpes.

¿Padre?

Nereida se levantó de un salto. Fuese su padre o una simple brisa de aire juguetona, cualquier actividad valdría para quitarle la modorra de encima.

—Quieta —dijo Carina, el mentón alzado y la mirada altiva.

Esta vez, la chica obedeció.

La mujer se incorporó y desapareció tras torcer la esquina del umbral del salón. Por supuesto, Nereida no tardó ni cinco segundos en ir tras ella.

Se encontró con el amplio vestíbulo, manchado por la niebla que se colaba como tentáculos malignos desde la entrada. La puerta estaba abierta. A un paso del interior, de pie frente a Carina, una figura prominente, vestida con una gabardina negra, extendía su sombra hacia el interior.

— Mis condolencias, Dama Dragomir —la figura se encorvó para no chocar con el marco y se quitó el sombrero con solemnidad, desvelando una cabellera anaranjada. Un hombre de raza Erbonkum. Eso explicaba su altura desmedida.

Nereida notó un tacto caliente en su mano y se giró sobresaltada: había sido Adelaine. Compartieron una rápida mirada vergonzosa y regresó su atención hacia el hombre.

—El adál William I Dragomir, ha fallecido —sentenció aquél.

La noticia arrancó a Adelaine un grito ahogado; su delicado agarre se tornó férreo.

Nereida clavó las uñas sobre la palma de su propia mano; el labio inferior le temblaba y los ojos se le embadurnaron. Una tragedia más, ya iban demasiadas. A estas alturas, habían dejado de parecerle casualidad.

Carina no pareció afectada. No expresó reacción alguna y se limitó a preguntar:

— ¿Cómo ha sucedido?

—Hace unos dos días, D. Dragomir. Según tengo entendido, su esposo tomó refugio en Última Guarda…

Imposible. Padre nunca se habría detenido en un viaje tan corto y menos en Última Guarda; le tiene mucho respeto a ese sitio, igual que madre.

—… Al parecer tomó demasiadas copas…

Eso… es más que posible.

—… En ese estado, salió a pasear montado sobre su caballo…

¡Eso sí que no me lo creo! Padre era muy hogareño y holgazán cuando iba tomado. Si lo sabré yo ¡Uña y carne le digo, mensajero! Conozco a mi padre. Nunca se habría ido de la cantina o de donde fuera que estuviese.

—… lo encontraron muerto a la intemperie, cerca del Bosque Crepuscular. Hipotermia. Al parecer, ya se encontraba enfermo antes de partir y el frío lo remató.

Es cierto, padre enfermó poco antes de irse.

— ¿Su caballo? —preguntó Carina.

—Fugado, en el mejor de los casos. Lo lamento mucho, D. Dragomir.

Don Prieto no abandonaría a padre…

El gigante pelirrojo se colocó el sombrero con gesto apesadumbrado. Asintió en señal de respeto y dejó que la mujer cerrase la puerta.

La impasible figura de Carina se rompió. Gritó como si sus cuerdas se desgarrasen hasta la última de las fibras. Fue un sonido de ultratumba que retumbó por toda la casa. Cada viga y cada lámpara se estremecieron asustadas.

Adelaine echó a llorar.

Carina continuó gritando hasta que su cuerpo cedió y se arrodilló. Empezó a maldecir, a blasfemar, a injuriar, todo contra William I. Había creído todas y cada una de las palabras que el mensajero le dijo.

Nereida se asqueó. La detestaba por su forma de tratarla, ¿pero ser tan crédula? Era el colmo. La había considerado una mujer que no se dejaba intimidar ni perjudicar por tonterías. Esa imagen acababa de quebrarse.

— Es mentira —dijo Nereida, no dejaría que su padre fuese insultado libremente. Carina se volvió hacia ella—. Ha sido La Tragedia. Siempre ha sido La Tragedia, madre ¡Tienes que verlo!

La mujer se levantó de golpe, sus ojos ardientes, su altivo rostro deformado hasta lo grotesco; caminó con paso más poderoso que el del fornido hombre. Estuvo por abalanzarse.

Nereida retrocedió. Adelaine se interpuso.

— ¡A tu habitación, ahora! —rugió Carina.

Nereida obedeció. Subió con premura; casi tropezó por el camino pero se sujetó de la barandilla a tiempo.

— ¡Como vuelvas a insultarme de esa manera te echaré de casa, ¿me escuchas?! ¡Te irás de casa! —La escuchó bramar a sus espaldas— ¡Desagradecida!

Entró en su habitación y cerró la puerta. Todo quedó en silencio y oscuridad.

Al poco tiempo, los sentimientos que había reprimido para que no nublaran su atención sobre los detalles, estallaron. El corazón se le encogió, los latidos aceleraron, las mejillas se le acaloraron y comenzó a hiperventilar. Pronto, los mocos aparecieron, deslizándose pegajosos por el canalillo, mezclados con las lágrimas que comenzaban a empaparle el rostro.

Entre sollozos se abrió paso por la oscuridad hasta un pequeño escritorio donde había papel y pluma. Necesitaba apuntarlo todo antes de que se le olvidase, una excelente idea de su padre. Siempre había tenido mala memoria.

Su habitación era la única sin séylas, así que cogió el material y lo colocó sobre el alféizar de su única ventana, las farolas callejeras iluminando las letras que comenzó a escribir; las lágrimas corriendo la tinta de algunas líneas. No podía evitarlo.

Entonces…

Vio un destello rojo. Fue rápido; casi imperceptible. Podría haber parecido una ilusión si no fuese porque, cuando miró en su dirección, vio una mancha.

La neblina era blanca en su defecto, pero normalmente arrastraba colores azules o amarillos; incluso verdes y marrones de los árboles y arbustos que se plantaban para separar los carriles para carruajes. Sin embargo, aquella mancha, el humo que estaba viendo nítidamente, era completamente negra.

Se revolvió y retorció en flujos contrarios a los de la propia niebla. Por un instante, pareció formar una figura humanoide. Un par de rubíes destellaron entre la oscuridad y se desvanecieron de inmediato.

Nereida se sintió observada. Un frío sobrenatural le recorrió el cuerpo, tan frío que le heló el ánimo y dejó de llorar involuntariamente. Lo sintió en el corazón, aquello era...

— La tragedia —susurró—. Eres tú. Ahora te veo ¿Por qué nos atacas? ¿Qué quieres de mi familia? —preguntó, la voz quebrada por la pena. Momentos con su padre centellaron en su cabeza, descongelándola. Casi se echó a llorar de nuevo.

El humo negro se desvaneció.

Nereida contuvo los mocos y las lágrimas. Cogió una hoja en blanco y escribió:

« Querido diario: hoy la he visto. Sí. La Tragedia. Se ha llevado a padre ¡Pero la he visto! Tiene forma de bruma negra y se retuerce como la asquerosa serpiente que es. Viento Aciago, la llamaré así ahora. Madre dice que no quiere volver a escucharme hablar de La Tragedia, espero que le guste el nuevo nombre. Quiero matarla. No a madre, excepto a veces. Al Viento Aciago. Lo mataré. Sea como sea. Desde hoy, no volverá a molestarnos. Lo prometo. »

17 января 2021 г. 0:36:35 6 Отчет Добавить Подписаться
6
Прочтите следующую главу Capítulo 1: Una cita inesperada

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Scarf Peanut Scarf Peanut
La forma intrigante en la que narras me hace querer continuar, excelente inicio, las descripciones de los personajes son muy buenas para un prologo. Si tengo tiempo seguiré leyendo, mis felicitaciones.

  • Jolly Fortune Jolly Fortune
    ¡Muchas gracias! Y ojalá los próximos capítulos te gusten. Pero voy avisando de que va a ser una novela con un cocido bastante lento xP January 20, 2021, 02:52
Leónidas G. Leónidas G.
Me gusta mucho la narrativa que empleas, como un cuento para leer gracias a la luz de las velas. Los personajes son detallado, así como las descripciones. Excelente primera entrega, Jolie 👏👏👏

  • Jolly Fortune Jolly Fortune
    ¡Muchas gracias por comentar! Y sobre todo por reseñar. De verdad, se valora muchísimo. ^^ January 19, 2021, 13:39
Alex Ross Alex Ross
¡Buen prólogo, Jolly Fortune! ¡Seguí así! Saludos.

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Freyvalandyr trata principalmente del planeta Onmuya. Aunque empieza desde el equivalente al mundo medieval, no se limita al mismo, y va avanzando hasta desarrollar un ambiente casi futurista. Узнайте больше о Freyvalandyr.