halupancakes Halu 🌼

En el Prado, las creaturas, hijas de la naturaleza, vivían en armonía hasta aquella noche en la que el llanto de un bebé resonó en el último minuto del año. Mientras que Taehyung sólo quería paz para la aldea que había cuidado toda su vida y Jungkook se preparaba para ser el futuro rey de Crinyth-Staimore, en los pasillos del castillo se rumoreaba que el orden que habían seguido por siglos se desmoronaría en un abrir y cerrar de ojos


Фанфик Группы / Singers Всех возростов.

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Prólogo

"¿Quién dijo que el ser humano es un animal de sabiduría? Para mí, sin duda, es un animal de arrepentimiento" - People, Agust D.

El Fin de los Tiempos. Supongo que habrán escuchado mucho de él. Apocalipsis, el Fin del mundo, como deseen llamarlo, al fin y al cabo llegó. Hace ya un siglo, la naturaleza se hartó de tener que soportar a una especie que no representaba más que una amenaza. Podrían decir que fue cruel, que fue inhumano, pero después de todo, nada sobre la naturaleza es humana. Con los primeros maremotos simplemente deseó que parara, que todo lo que le ardía en sus mares cesara, que ni uno de sus hijos se vea atrapado en latas o plástico, pero nunca se detuvo. Con sus huracanes sólo quiso defender a sus cielos, quiso que esos cilindros enormes dejaran de intoxicarlos, que sus lluvias dejaran de ser ácidas y que regresara el azul despejado que tanto extrañaba, pero nunca se detuvo. Ni plagas, ni terremotos y menos inundaciones lograron que esos seres dejaran de penetrar sus suelos por sustancias que al parecer les daban eso que tanto aman ¿Cómo se llamaba? ¿dinero? Madre naturaleza no entendía, no comprendía la dimensión de la codicia de esos seres, pero tampoco contempló la maldad que tenían dentro, lo evitó, por siglos de siglos.


Finalmente, no fue una gota, sino un iceberg el que derramó el enorme vaso de dolor que ella guardaba por tanto tiempo. En aquel instante, no hubo día, la Luna le tendió una mano y cubrió su espalda y, como en sus inicios, tan sólo necesitó de una pizca de luz en medio de las penumbras para traerlos de vuelta. En las aguas, el Yacuruna le sonrió entendiendo su misión.


Maldad contra maldad.


Desde el Amazonas, dio señal a todos los mares, ríos y sus criaturas para arrasar con todo a su paso. Sus aguas cubrieron los terrenos como un manto, sordos a lamentos y ruegos, siguieron aniquilando con cada rastro de humanidad que encontraron.


En la tierra, ella se encargó de despertar una enorme criatura ardiente en el Mauna Loa. Despertó y alzó en vuelo culminando con todo a través de las llamaradas que expulsaba y generaba, el resto fue historia.


La tierra tembló por última vez, los lamentos acallaron, el planeta entero fue testigo del gran último suspiro de la humanidad. Los aires fueron los únicos con la piedad suficiente para no terminar de absorber todo lo que encontraban.


En la oscuridad de aquella fatídica noche, una mujer sollozaba en silencio con su hija en brazos. Siempre lo supo, en toda su existencia la habían tildado de psicótica pero ella sabía que aquel día iba a llegar, hizo lo que pudo para evitarlo pero por más que la intentaran convencer que ella podía hacer un cambio, bien sabía que su humanidad era diminuta ante el daño que su raza había ocasionado. Nunca pensó que el día que tanto había imaginado sucedería junto al fin de su vida y de quienes conocía, y menos imaginó que coincidiría con el inicio de su razón de vivir. Ojalá no hubiera sucedido así, ojalá sus hermanas, sus amigos, sus conocidos la hubieran escuchado, si tan sólo su plan de crear reservas hubiera sido aceptado. Su abuela se lo dijo, bruja o como quisieran llamarles, su tarea en la Tierra era conectar a la naturaleza con el humano, pero había fallado, habían fallado. Pensó quizás que todo se debía al número reducido de sus hermanas, pero prefirió no justificarse. Sonrió hacia su pequeña y esperó que aquella tela bastara para que ella recordara que no todos eran malos, que aunque en el humano reinara la maldad, la bondad aún los rodeaba.


Nunca se sabrá si fue suerte o coincidencia, pero aquella noche que significó el fin de la raza humana, en medio de la nada en diversos continentes, un centenar de bebés humanos yacían envueltos en mantos como aquel. La mujer tomó el medallón que le habían otorgado al nacer y lo colocó al rededor del cuello de su pequeña en un último intento de protegerla. No había sonido alguno, el silencio reinó en las penumbras mientras ella paseaba por cada rincón. La mujer la escuchó acercarse hasta verla en su magnífico esplendor. Naturaleza y humanidad se miraron, y por un momento flaqueó, vio el arrepentimiento y el dolor en los ojos de aquella hechicera, aún con algo de naturaleza en ella, su humanidad seguía ahí. Madre naturaleza no era humana pero tampoco era cruel, se acercó a ella en un cálido abrazo.


— Lo siento, lo siento tanto— sollozó la humana y la naturaleza acunó su rostro viendo de cerca el dolor humano, era extraño, de cierto modo le dolía también pero no podía regresar al tiempo ni quería hacerlo — Es mi bebé, por favor, déjala vivir, te lo pido— no, aquellos seres no eran los que debía proteger, debía garantizar la seguridad de su raza, de la naturaleza por sobre todo— Por favor, te lo ruego — los ojos de la humana se tornaron blancos como una perla, élle estaba hablando ahora.

—¿Qué haces tú aquí?

— Déjalos vivir, sólo a ellos.

— No. Esta creación nos ha hecho daño, no permitiré que mis hijos sufran a costa de ellos.


— Gea, te lo ruego, sé que me equivoqué, sé que no les puse límites, entiendo mi error, pero también son hijos tuyos.


— ¡No! ¡Tú me obligaste a crearlos!


— Yo- lo siento pero-


— ¡Te aprovechaste de mi para experimentar como tanto querías y mira lo que causaste!


— ¡Perdón! Perdóname, por favor— la tierra zumbó más furiosa que nunca — Lo siento mucho en verdad, pero aunque te niegues a creerme, no todo es maldad en ellos, déjame demostrártelo tan sólo esta última vez.


Su mirada cayó en el pequeño ser envuelto en la brillante manta, era diminuto, casi un bicho, las crías de humanos eran así, adorables, inofensivos, tan inocentes que nadie se imaginaría lo monstruosos podían ser.


— Gea, por favor.

Una última vez, sólo por esta última vez iba a confiar en él. Caos podía ser creador de todo, podía ser esa existencia primogénita y conocedor de todo pero esta vez no se equivocaría en confiar ciegamente en él, no dejaría a su hogar en manos de tan nefasta especie.


— Está bien, pero esta vez será con mis reglas, no te aparezcas por aquí, no te quiero ver, suficiente tengo con recordar lo que me hiciste engendrar.


La bruja cayó desmayada y Gea se acercó a ella.


— Mi hija, mi niña— balbuceó.


Se acercó a sus labios robándose su último aliento de vida — Descansa, creatura — su mirada regresó al bebé que ahora sollozaba. Una cosa extraña, eso le parecía. Tomó a la pequeña en brazos e inspeccionó el medallón — Espíritu del Amazonas.


El Yacuruna sintió su llamado e inmediatamente hizo presencia — Dígame, madre.


— Tráeme a todos.

Uno tras otro, en aquella zona rocosa, observó a todos los bebés. Si estos seres crecían tal y como sus ancestros humanos, sin nadie que retuviera sus ambiciones, el cambio sería por nada. Así que un plan se presentó. Se acercó a cada uno de los bebés y de sus pulgares les extrajo un par de gotas de sangre.


— Quiero que despejen una sola zona para ellos y los dejen ahí.


— ¿A todos?


— No, déjenme a esta.


Aún con la niña en brazos, Gea hizo de una hoja de palmera un pergamino en el que talló lo que sería el orden del planeta por el resto de los tiempos. En ese preciso instante, de los bosques del oeste brotaron los titanes de la tierra, en el aire surgieron los Anemoi, en los océanos sus hijos renacieron, los tritones, las sirenas, y todos aquellos que no pudieron vivir en paz regresaron a alta mar. Finalmente, en el corazón de los volcanes acunó a su defensa protectora, hijos de las llamas y el corazón ardiente de la Tierra a quienes nombraría como hijos primogénitos. Con toda la fuerza que le quedaba dividió al mundo en dos, Crinyth, para la defensa que sus primogénitos y los titanes garantizarían, y Staimore para el balance que sus hijos de mar y cielo darían al mundo.


Aquel territorio dividido sería nombrado El Prado y bajo ninguna condición se aceptaría la entrada de un ser humano.


A menos que...


A menos que aquel bebé naciera en el ultimo minuto del último día del calendario. Caos pidió una oportunidad para sus hijos y ahí la tenía. Sólo aquel y único bebé merecería seguir con vida, mas no sería humano — no del todo — no le otorgaría ese privilegio a un simple humano.


Gea dejó a la pequeña en una cuna de paja que los espíritus de la naturaleza habían creado — Crece — le susurró — y vive hasta encontrarlo.


Ese bebé sería un puente, la solitaria oportunidad que naturaleza y humanidad tendrían para reconciliarse.

13 января 2021 г. 20:24:38 0 Отчет Добавить Подписаться
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