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La vida siendo otaku, muy al contrario de la creencia común, era el cielo en la tierra. Taehyung lo creía así.


Hubo entrado a ese mundo cuando, a sus quince años, aburrido hasta la médula, un capítulo de Shaman King se transmitió por la televisión. Al inicio, no le tomó importancia, pero al instante en que se encontró al día siguiente, a la misma hora, esperando con el celular de su hermana mayor en mano a que comenzara el nuevo capítulo, supo que ya era muy tarde para regresar al mundo aburrido del que vino.


Ahora, a sus veintiséis años, no se arrepentía de aquella decisión de dejarse llevar. Trabajaba como editor de mangas shoujo en la editorial High Nova, por lo que ganaba dinero conviviendo con lo que más le gustaba. Tenía departamento propio y un gato gordo que parecía sólo quererle cuando llegaba la hora de comer.


Era una buena vida. No podía quejarse.


Sin embargo, a pesar de las grandezas que aquel estilo de vida le brindaba, existía una sola cosa que ni el anime más espectacular o el manga más divertido podría darle, y era una novia.


Si bien las paredes de su habitación estaban abarrotadas de posters, desde la bella estoicidad del rostro de Fujioka Haruhi, las despampanantes coletas de Hatsune Miku, hasta los ojos excitados, pintados de rojo, de Jabami Yumeko, más allá de mujeres ficticias mirándole cuando se desvestía, no existió jamás presencia femenina o perfume dulce adherido en sus sábanas que durara más de un día.


No le hubo importado ese detalle insignificante hasta que cada uno de sus amigos en línea, en pleno juego, empezó a abandonar las partidas porque “mi novia acaba de preparar la cena”, “tengo una cita con Hawoon” y “hoy toca, ya sabes”. Tras beber dos vasos de soju, su garganta ardiendo como el demonio, Taehyung, con su dakimakura entre los brazos, reconoció que sus citas de una noche no eran suficiente.


Por lo que, en plena madrugada, decidió que se conseguiría novia también. No había tenido una desde su ruptura con Gakyung.


Pero su alta motivación se fue desinflando con cada ocasión en que, luego de una o dos salidas formales, la tercera quedara en nada o no le contestaran el teléfono cuando intentaba contactarse con la otra persona.


“Pues con un trozo de hielo en el corazón y ese rostro sin expresión que te cargas, será difícil”, escuchaba a Jimin señalar cuando se pasaba por la editorial a sus citas de revisión.


“Podrías aplicar, no sé, una de estos clichés de los mangas shoujo donde el supuesto hombre feo, después de un corte genial, pantalones apretados y lentes de contacto, se vuelve la octava maravilla del mundo. Verás que eso las distraerá de tu falta de emoción”, le decía.


Taehyung se le quedaba viendo, negando en su cabeza; no había forma que abandonara su estilo que priorizaba la comodidad ante cualquier cosa.


Aunque sus intentos fueran más una excusa para que Jimin se enterneciera con él, le recalcaron algo muy importante y que resultaba ser la respuesta a por qué las personas se oponían a saber él: Taehyung era lo más parecido a una figura tallada en piedra, bella y sin sentimientos. Todas las personas con las que hubo salido antes, jamás las había buscado como ahora, sino que, por casualidades de la vida, habían acabado cruzando caminos.


Y es por eso que se encontraba allí en ese momento, a pocos pasos de las puertas de Xerxes, el paraíso de los otakus, con las manos en los bolsillos, juul en la boca y vistiendo el pijama más grueso que tenía para cubrirlo del frío del invierno a inicios de febrero.


Antes de lanzarse al averno que era el mundo, tenía que tantear las aguas.

La mejor opción para él, un weeb que a las justas salía de casa a hacer las compras y al trabajo, cero experiencia en comenzar conversación, menos en mantener una, era, sin dudar, un juego bishoujo.


Tras soltar un bostezo por lo temprano que era, el reloj a las justas marcando las diez de la mañana de un domingo, Taehyung entró al edificio.


Decidido a no perder tiempo valioso en las máquinas para obtener peluches y figuras en el primer piso, comprar mangas en el segundo o comer un tazón entero de ramen en el tercero, usó el elevador en vez de las escaleras. Él se consideraba una persona fácil de distraer, así que no confiaba en su fuerza de voluntad o su capacidad de resistencia por si veía, por ejemplo, el nuevo capítulo de Kuroshitsuji en un estante.


Cuando las puertas de metal se abrieron en el piso de videojuegos, la cantidad de luces coloridas que lo recibieron fue increíble, su rostro pintándose de amarillo, rojo y rosa. Taehyung resopló y pasó de largo entre el tumulto de gente entretenida en la zona de juegos virtuales. Tenía una clase de alergia —más una mental que una física— hacia los grupos de gente, o la gente en sí, por lo que, con la agilidad que sus pies torpes le permitieron, huyó hacia un lugar más callado.


—Oh, es bueno verte otra vez, Taehyung-ah.


Un muchacho de cabello gris y tatuajes hasta en el rostro le saludó desde el recibidor. Apoyado en sus codos, un chupetín sometido a la dureza de sus dientes y vistiendo el uniforme de empleado, estaba Bizzu —ese era su nombre virtual. No le gustaba el real—, un mocoso malcriado y un muy buen amigo que le compartía su lata de soda apenas le veía llegar.


—Hola.


—Hace tiempo que no pasabas por aquí, ¿ocupado en el trabajo?


—Ajá —respondió Taehyung. Estaba concentrado en los estantes lejanos, minucioso con la mirada ante el cartel de “recién llegados”—. Esta semana fue la fecha límite para entregar el boceto final de la revista. Puedes imaginar cómo estuvimos de apresurados con todo.


—¿Quién es el principal de este mes?


—Por supuesto que Greedy Expectations de G. Junseo está en la portada.


—Felicitaciones, señor editor estrella. ¿Deberíamos celebrarlo esta noche con una partida? ¿Qué tal a las ocho?


—Quizá mañana. Hoy dormiré.


Sin más, Taehyung se alejó del recibidor y fue hacia el laberinto de estantes donde posters variados se pegaban a las paredes. Unas cuantas figurillas de cartón de tamaño real estaban levantadas, promocionando sus juegos, y Taehyung casi se siente ceder ante los ojos diabólicos de Sakamaki Kanato. Pero se dio un golpecito mental, recordando el propósito por el que vino.


Tras ojear que se trataba de la sección correcta, bishoujo escrito en el cartel, se dejó caer en sus rodillas y empezó su búsqueda.


Desde el inicio de su vida como otaku, ese tipo de juegos o animes jamás le llamaron la atención. Estaba ensimismado en el shonen. Jamás entendió el ecchi, el hentai o los juegos otome, sin embargo. Claro, conocía algunos nombres, lo más famosos, pero todo se debía a las visitas de su hermana mayor, una divorciada cuarentona con el sueño de casarse de nuevo con un hombre de gustos peculiares en la cama.


“Estos juegos son para gente como yo: sola. Aunque, hey, ¿no es una clase de sueño húmedo tener al menos a un chico atractivo enamorado de ti?”, le decía acostada en el sillón.


Entonces, según aquella lógica, Taehyung estaba solo hasta el hueso, o quería, muy en el fondo, que alguien atractivo se fijara en él. Resopló, cerrando los ojos.


Con cuatro juegos entre las manos, estaba listo para irse; no obstante, de entre tanto color monótono, en una caja lejana ubicada en el suelo, un cd rosa le llamó la atención. La pereza ganando la batalla, Taehyung se arrastró, sus sandalias facilitándole el trabajo.


Cuando estuvo cerca, confirmó que sí, el cd era lo único colorido en la caja repleta de discos viejos y unos posters que no pudo admirar. Extrañamente, más allá de un sticker pegado, el cd no tenía nombre aparente, pero continuaba en la fila de juegos bishoujo, por lo que, no encontrando algún motivo por el cual no tomarlo, se lo llevó con él.


—¿Tu hermana te contagió el fanatismo hacia estos juegos? —Le preguntó Bizzu cuando llegó al recibidor otra vez.


—Calla.


Bizzu soltó una carcajada, metiendo los discos en una bolsa luego de pasarlos por la caja registradora. Pero fue inevitable para Taehyung arquear una ceja cuando lo vio detenerse, sus ojos expandiéndose el doble de su tamaño al tener el disco rosa entre sus manos.


—¿Qué? —preguntó extrañado, entregando su tarjeta de crédito.


—Nada —Bizzu se rio bajito, una sonrisa ladina adornando su rostro y por fin metiendo el cd en la bolsa—. Aquí tienes.


—Gracias.


—¡Nos vemos el próximo sábado en la noche! ¡Juro que te destruiré! —gritó Bizzu, repentinamente animado.


—Soñar es gratis.


Taehyung tenía el fin de semana planeado. A parte de recuperar todo el sueño perdido, encontró un restaurante nuevo que acababa de abrir a la vuelta de la esquina. Jugaría con Nabi en el jardín del edificio, ordenaría cada espacio de su casa y, para finalizar, probaría los juegos.


No podía ser tan difícil.



ᐢ..ᐢ



—Hora de la cena, Nabi.


Un ronroneo le recibió desde el piso de la cocina, su gato frotándose por sus piernas desnudas y todavía cubiertas de minúsculas gotas de agua caliente. Taehyung bajó la mano para acariciar las orejas de Nabi, y al percibir que él se dejaba tocar, incluso empujaba la nariz contra su palma, fue inevitable hundir sus dedos en el pelaje esponjoso.


—¿Estás hambriento? —Nabi maulló en respuesta—. Bien, mi señor. Yo, su sirviente, le serviré la comida de inmediato.


Asegurándose que la toalla encima de su cabello estuviera todavía en su lugar, caminó hacia la isla y sacó del cajón central las bolsas de grajeas. Luego de combinar dos marcas diferentes —Nabi era muy exigente y exquisito—, dejó el plato en el suelo, al costado de su bebedero de agua.


—Provecho.


Tras lanzarle una última mirada a Nabi, su adorable parte trasera en forma de corazón saludándole, Taehyung regresó a su habitación. El último rayo de sol ya había desaparecido, sólo mostrándose por su ventana una noche estrellada; durmió cerca de ocho horas seguidas.


Apenas hubo llegado de Xerxes ya con el estómago lleno, había tenido planeado empezar a probar lo que compró, pero la imagen de su cama fue lo suficientemente tentadora como para obligarle a lanzar sus pantuflas a un lado y meterse en ella, abrazando su almohada gigante de paso.


Sin querer, cuando abrió los ojos, la habitación estaba oscura, siendo la única fuente de luz la vestimenta fosforescente de sus figuras de colección encima del escritorio. El reloj arriba de su puerta marcaba las ocho en punto, y Nabi se le subió al pecho, exigiendo su comida con maullidos y terminando por despertarlo con un humor de perros.


Pero no había mejor remedio para el mal genio que una ducha caliente y unas cuantas partidas devorando comida recalentada.


Encendiendo el televisor con el dedo gordo del pie desde su sitio, Taehyung tomó uno de los mandos conectados y, con su otra mano, jaló con los palillos una gran porción de jajangmyeon hasta su boca, sorbiendo con cuidado de no manchar su pijama. Con el estómago contento, hurgó en la bolsa de los juegos que había comprado esa tarde.


Al final, se decidió por el disco rosa sin nombre y con el sticker pegado en la tapa delantera. Haciendo otra maniobra espeluznante, logró meter el cd sin pararse.


Taehyung frunció el entrecejo hacia la pantalla. Como cualquier otro juego, después de enseñar su nombre y dar una breve introducción, ya sea del universo del juego o un VCR explicando el pasado del personaje, aparecería un menú principal. Sin embargo, todo ese esquema se había obviado, no presentando algún tipo de nombre o introducción, de frente el menú apareciendo y pidiéndole que escogiera a su personaje. Dentro de cuadrados blancos y letras azules, seis nombres emergieron alineados, uno debajo del otro; no obstante, a diferencia del resto de juegos que había probado, la imagen de los personajes no se mostraba en su totalidad, estando en su lugar sólo las sombras.


Además, ¿no se supone que debía escoger una ruta, por lo tanto, deberían ser siluetas de mujeres? Al final, asintiendo, pensó que sería, de alguna forma, escoger a qué personaje representaría él en el juego. Cediendo a sus deseos más perversos de tener un cuerpo musculoso aunque sea virtualmente, eligió a la silueta de la izquierda, “Jungkook” escrito en el recuadro.


Y al momento en que apretó el botón, una luz apareció de la nada, blanca y cegadora. Taehyung retrocedió, cayendo de espaldas y sus antebrazos siendo los únicos capaces de sostenerle en medio del desorden. El jajangmyeon a su costado se desparramó encima de su pijama, causando que se quejara por lo caliente que estaba, su piel de seguro enrojeciéndose con el contacto.


A pesar de ello, se mantuvo quieto por minutos, sin atreverse a levantar la cabeza y fijarse si la luz continuaba allí, o si su televisor había explotado. Eso tendría sentido. Pero cuando armó valor para averiguar, su mente quedó más confundida, totalmente vacía al notar a un hombre enfrente de él.


—¿Ah?


Si antes Taehyung se hubo encaprichado, tenido las agallas de creer absurdamente que no existiría mayor belleza que la de sus figuras de colección, al mirar a aquel muchacho, cualquier pensamiento previo, crédulo, quedaba en una esquina atiborrado en vergüenza. Porque a diferencia de la tersura y el brillo del plástico o la goma, a pocos metros, tenía carne de verdad, perfecta, relumbrando, siendo igual de tersa sin la necesidad de ser superficial.


Vistiendo únicamente un par de pantimedias blancas pegándose a sus piernas gruesas y un short corto, posicionado en sus rodillas y manos encima de la cabeza como si acabara salir de una ducha, aquel joven era la viva imagen de la lujuria vestida de rosa. Desde la punta de los dedos de los pies hasta sus pezones duros, un tono blanquecino los pintaba, y todo estaba húmedo, piel bañada en sudor expuesta a la luz de su lámpara amarilla. Contrastando con el pecado que sus abdominales marcados representaban, un gran moño rosa le rodeaba el cuello, las tiras de éste reposando sobre uno de sus hombros, ancho, limpio y sin alguna pizca de candidez.


Si de por si Taehyung había terminado quieto, los antebrazos sosteniendo su peso, el rostro que se mostró apenas aquella melena rosa, rizada y larga fue a parar hacia atrás, le debilitó por completo. Un par de ojos, esferas rosas y grandes, acompañados de extensas pestañas y cejas tupidas, se postraron en él, fulminándole sin odio, analizándole sin tentar y llamándole a tocar sin pedir. Taehyung, guardando compostura, bajó la cabeza y se arrepintió al encontrar, igual o más amenazador, unos labios rojos, rechonchos, lip gloss sobre ellos.


Pero lo que le llamó la atención, liberándole de seguir topándose con zonas peligrosas, aparte de todo él, eran las orejas de conejo en su cabeza. Eran largas, blancas y el pelo parecía real. Podía jurar que veía algunas venas rojas y diminutas esparcidas en la piel de ellas, y bufó, pensando que sería iluso al pensar que eran auténticas.


Hasta que se movieron a la par del meneo de una cola en la zona baja de la espalda del muchacho.


—¿Un f-furry?


Con la pregunta lanzada al aire e inundado con el olor del jajangmyeon, Taehyung sintió el cuerpo liviano de repente, sus palmas sudorosas resbalándose en el suelo y golpeándose la cabeza. Más temprano que tarde, todo estaba oscuro, escuchando lejana una voz llamándole, aunque ya fuera muy tarde para responder.



ᐢ..ᐢ



Un tarareo lo despertó.


—¿Qué…? ¿Qué ocurrió?


Antes que pudiera abrir los ojos y levantarse de donde sea que se encontrase, su cabeza empezó a doler, haciéndole soltar un alarido. Su voz sonó lejana entre el ruido. Y aunque su sentido de la audición no estuviera en las mejores condiciones por el momento, fue imposible no escuchar unas pisadas aproximarse a él.


Un calor repentino sobre su frente confirmó su hipótesis. Reservando la confusión para quejarse después, Taehyung se sentó de un movimiento, abriendo los ojos al mismo tiempo. Tras una revisión rápida y poco confiable, dedujo que seguía en su habitación. Eso era bueno.


—¿Estás bien?


—¡¿Huh?!


Asustándole, Taehyung volteó hacia la voz, y si no fuera por lo despierto que se encontraba ya, se habría pinchado uno de los brazos para comprobar si se trataba de un sueño. Porque era improbable que continuara alucinando, viendo al muchacho de antes tocándole sin temor, tan cerca y respirando como cualquier humano.


—¿Cómo…? —Fue la pregunta decente que pudo soltar Taehyung, todavía conteniendo un vacío dentro de su cabeza.


—Te desmayaste y tenías tu ropa manchada. Después de cubrirte con tus sábanas, seguías temblando, así que pensé que estarías más caliente con una de mis sudaderas. ¡La que te di está hecha cien por ciento de algodón!


«¿Las alucinaciones pueden hablar? Tal vez es un amigo imaginario que olvidé», pensó.


—¿Cómo te llamas? —Le cuestionó el muchacho, bien sentado y con la espalda firme.


—Taehyung.


—¿Sólo Taehyung?


—Kim Taehyung.


—¡Te diré Taetae!


—No.


—Sí.


—Basta, ¿eres de verdad? —preguntó Taehyung.


—Sí, Taetae.


—¿No es una clase de alucinación debido a mi falta de sueño?


—No, Taetae.


—Déjame de llamarme así —Taehyung entrecerró los ojos tratando de intimidarle. Al notar que el muchacho permaneció sonriente, moviendo las orejas más feliz que antes, dejó de intentarlo—. Espera, ¿cómo es que te llamas tú?


—¡Jeon Jungkook!


—Bien, Jeon Jungkook —Bajó el tono a repetir su nombre—, ¿cómo es que acabaste aquí? No, ¿qué eres?


—¡Un híbrido!


—¿Sí? ¿Y qué más?


No hizo falta una pregunta más para que, adquiriendo una posición más relajada, Jungkook empezara a relatarle una historia impresionante, siempre moviendo sus manos con cada suceso sorprendente. Su cola estaba al son de ellas, meciéndose intranquila.


Taehyung en serio que trató de captar la totalidad de la información, prestando la mayor atención. Su trabajo requería mucho de eso, pero en algún momento, se perdió, mordiéndose la lengua por la rabia.


—Espera que entiendo un poco —Taehyung levantó la mano en el aire, deteniendo a Jungkook—. ¿Me estás diciendo que perteneces a alguna clase de juego mágico—?


—No creo que ese sea el término correcto.


—Lo que sea. ¿Dices que saliste de ese juego que compré ayer para satisfacer mis necesidades sexuales?


—¡Así es!


—¿Y que no soy el primero? ¿Que te le apareciste a muchas personas diciéndoles lo mismo y también se desmayaron?


—No, yo aparecí ante ti porque me elegiste. Si hubieras seleccionado, no sé, a Yoongi-hyung, él estaría aquí en mi lugar.


—¿Quién es Yoongi?


—Otro de los personajes. Un gato.


Taehyung ojeó el televisor, descubriendo la pantalla encendida en el menú principal todavía.


—¿Debería llamarte Mokona Modoki? —preguntó serio.


—¡Oye! Sé de quién estás hablando y no voy a permitirlo. Yo soy más esponjoso.


Jungkook le empujó por el hombro, y lo que sería un simple golpe amistoso que demostrara su disconformidad, fue para Taehyung un golpe fuerte que, por la mala posición de sus pies, terminó mandándolo a la pared.


—¡Lo siento!


—Está bien.


—¡De verdad lo siento tanto! No fue mi intención.


—A pesar que tengo muchas preguntas, quiero que me respondas una cosa —dijo Taehyung—. Si eres hombre, no, macho, ¿qué? Ni siquiera sé cómo referirme a ti.


—Cualquiera está bien —Jungkook levantó los hombros, arrugando su nariz para restarle importancia al asunto.


—Bueno, ¿cómo es que planeas satisfacer mis necesidades si eres hombre?


—Es sencillo, Taetae.


Como si acabara de arrancarse una máscara, esos ojos centelleando en dulzura y ternura, se esfumaron, estando en su lugar ojos de víbora, entrecerrados, esas largas pestañas interrumpiendo una mirada inquisitiva y penetrante que reflejaba el brillo coruscante de la única lámpara encendida. Sus pasos empezaron a ser lentos, simulando estar en tierras movedizas. Jungkook estaba caminando alrededor de él, no permitiéndole escapar; sus brazos se flexionaron, músculos gruesos mostrándose a través de la sudadera.


Taehyung no abandonó su mirada, siguiéndole. Y cuando Jungkook se detuvo en frente suyo, bajando a su altura con las orejas caídas y una sonrisa malévola sin mostrar los dientes, supo que en la trampa había caído.


—Muy fácil —agregó en una profunda voz.


¿Quién era esa persona?


Esperó que Jungkook le tomara de las muñecas y lo estampara contra la cama; imaginó que le taparía la boca y empujaría a la pared. Todos aquellos eran escenarios usuales en los mangas cuando una persona quería tomar poder sobre otra: ejerciendo la fuerza de alguna forma, siempre dibujando una línea entre quién llevaba el control.


Pero no. Jungkook, grácil, a las justas moviéndose de su sitio, se acercó a darle un beso, y no uno fogoso ni forzado que demostrara lo que quería hacerle, sino uno lento, paciente, como si le estuviera pidiendo permiso.


No era el primero para Taehyung, claro que no, pero se sentía así porque cargaba la misma emoción de uno, también el sentimiento. Los primeros besos, a pesar que la literatura se encargara de hacerlos lucir extremadamente mágicos, sí terminan siéndolo porque son necesarios; ese beso se encarga de lanzar la chispa que despierta la verdadera llama en el interior de una persona.


Y Jungkook de seguro lo sabía, por eso le besaba.


Porque no existía contacto más mortífero que un beso que, a pesar de no ser el primero, se sentía como uno.


Taehyung cerró los ojos con lentitud, cediendo de a poco a aquella boca y al nuevo sabor esparciéndose en su lengua adormecida. Sus brazos, atontados por las ligeras corrientes atacando su cuerpo, se quedaron en su sitio, pero en un intento de osadía, empezaron a luchar por agarrar la piel disponible a míseros milímetros de ellos. Los dedos le temblaban por conocer la dureza del vientre que Jungkook parecía esconder debajo de aquella sudadera.


Como si hubiera escuchado el sufrimiento de sus brazos, Jungkook, no olvidándose de mostrarle una sonrisa ladina antes de dejar en paz a sus labios, movió las manos, haciendo un recorrido desde la cintura de Taehyung hasta llegar a la parte trasera de sus muslos, y de un tirón, lo tenía en el aire, cargado y las piernas rodeándole la cintura, total disposición.


Taehyung ahogó un grito, sosteniendo los hombros ajenos para no caerse.


—¿Ya estás así por un beso, Taetae?


Jungkook llevó la palma hacia una de sus mejillas, empezando a acariciarle y recoger las lágrimas que ni siquiera recordaba haber soltado. Cegado, la vista tan vidriosa que sería más fácil cerrar los ojos, Taehyung se pegó al calor de esa palma mojada por sus lágrimas, sobándose de arriba abajo, un inusual sentido de querer ser mimado apareciendo, domándole.


Le solían decir que, a pesar de su aura apática y el rostro estoico que tenía, existían ocasiones que su cuerpo parecía responder ante un estímulo de mayor rango, asumiendo un papel sumiso de inmediato. Él lo sabía. Conocía muy bien a su cuerpo para saber que, ante personas de aura dominante como Namjoon, su cabeza tendía a agacharse, y si no fuera por su autocontrol, las rodillas estarían en el piso también.


Cuando iba a los clubs a conseguir sus citas de una noche, tenía la tendencia de elegir incondicionalmente a alguien que causara en él escalofríos, un estremecimiento impuro que hiciera que su cabeza, cual sumiso, bajara.


Al principio, Jungkook, con aquel semblante dulce combinado con una vestimenta adorable y un cabello esponjoso, no daba la impresión de ser una amenaza. Es más, Taehyung hubo asumido que sería él quien tomaría el mando sin algún tipo de duda, pero con el cuerpo ahora ya tendido en la cama, desnudo de la cintura para arriba, Jungkook encima de él, ojos perniciosos contemplándole como al banquete de un hambriento, estaba seguro que se equivocó.


Ante esa mirada, aquel complejo de inferioridad apareció por fin, su cuello doblándose a un costado para escabullirse de ser admirado de aquella manera por una persona que tenía, de repente, un dominio sobre él. Jungkook no se lo permitió. Pasando la lengua por los labios, le tomó del mentón con los dedos, obligándole a ver, a ver que estaba a punto de ser comido.


—Mírame, no huyas de mí.


—No lo hago —Taehyung, usando la última pizca de orgullo sobrante, negó y arrugó las cejas, cerrando la boca de paso.


—¿Es así? Entonces —Jungkook tiró parte de su cabello para atrás, una malévola sonrisa impregnada en él. El estómago de Taehyung saltó—, observa atentamente, Taetae. No apartes tus ojos. Mírame a mí, sólo a mí.


Sin darle tiempo para responder, Jungkook empezó a atacar sus clavículas con los dientes. No era un toque gentil, no una mordida para probar, sino para degustar, de frente, lo que tenía servido. Mordida tras mordida, sus dientes marcando la piel hasta hartarla, en algún momento, la lengua de Jungkook apareció, dejando tras el dolor una humedad cálida.


No conservando valor para desobedecer, Taehyung no apartó la mirada, unas cuantas veces tentándose a hacerlo al descubrir su piel siendo estirada, jalada como un trozo de carne que Jungkook no tardaría en devorar.


El dolor como fuente de placer le hubo parecido ideal para la gente desequilibrada. Cuando se topaba con libros eróticos centrados en orgasmos regalados a través de una tortura previa o una sobreestimulación, pensaba que era algo desquiciado y no lograba entender muy bien cuál era realmente lo atractivo. Pero la idea de indagar en ello, desaparecía con el viento cada vez que surgía.


Sin embargo, ahora hubo encontrado la respuesta. Sí, el dolor en el ámbito sexual era un estímulo suficiente para vaciar a uno hasta la última gota, y también era perfecto para él: un desequilibrado que podía únicamente sentir a través del dolor.


—¡Umh!


Taehyung soltó un gemido desvergonzado al aire. Jungkook, su lengua dejando un camino de saliva al descender, tomó como rehén a su pezón derecho que estaba erecto, luciendo respingado y mojado entre los dientes de conejo de Jungkook. Sus largas orejas descansaban en las costillas de Taehyung, causando cosquillas por el pelo.


—¿Duele? —Le preguntó Jungkook a duras penas, apartando los ojos de su pecho.


—N-no.


Asintiendo con debilidad, continuó mordiéndole, pasando la lengua cual paleta. Su mano disponible, aburrida de estar quieta encima de su estómago, hizo un recorrido desde allí hasta el otro pezón que, luego de empujarlo con el dedo medio como un niño, lo pellizcó, empezando a apretar.


Le faltaba aire. Era tarea difícil para Taehyung respirar cuando su cuerpo estaba siendo estimulado de esa forma singular. No era virgen. Se hubo acostado con otras mujeres antes. Su primera vez fue a los dieciséis con una estudiante de universidad, una chica erudita que gustaba de chiquillos impasibles como él; sin embargo, ni aquellas manos experimentadas tenían comparación con las manos de Jungkook. No sólo se diferencian en la textura, sino en el sentimiento.


—¡¿Qué haces?!


Alarmado, Taehyung despertó de su estado de sopor al instante en que sus pantalones junto a su ropa interior volaron a una esquina de su habitación. Estaba desnudo, y Jungkook se había acomodado a gusto, cada muslo encima de sus hombros, aliento caliente cerca del pene erecto, rojo de Taehyung.


Estuvo a punto de cerrar las piernas, el color subiéndosele a la cara por la vergüenza de estar así de expuesto, pero Jungkook lo detuvo, metiendo las manos en sus muslos internos para apretar su piel y mantenerlo en su sitio.


—Está bien.


Como la pantera que era, Jungkook primero observó atento a su falo que si pudiera sonrojarse, también lo haría ante aquella mirada curiosa. Unos segundos de inamovilidad transcurrieron, Taehyung con un nudo en la garganta y Jungkook contemplando su miembro aún. Tan rápido que ni pudo esperarlo, Jungkook se lo metió a la boca.


—¡Uwah!


Jungkook, entre sus piernas, era… peligroso.


Sus brazos estaban apoyados a los costados de Taehyung, flexionados débilmente, y era suficiente para que lucieran temibles, monumentales y fuertes. Su cuello era igual, los tendones tensos y largos se marcaban con aspereza, sobresaliendo, gotas de sudor cayendo y resbalándose como mantequilla derretida por él. Taehyung creía, perdido en sus pensamientos salvajes, que un cuchillo no podría ser tan filoso como la mandíbula de Jungkook. Ésta estaba lastimándole el interior de su muslo, provocando un dolor afrodisiaco. Pero allí acababa la dureza, porque el rostro de Jungkook era lo contrario, lo más similar a porcelana fina, conservando la delicadeza de una.


Su cabello largo y rosa, mojado en las puntas y en la zona del cerquillo, se esparcía encima de su vientre, unos mechones rebeldes adhiriéndose a su frente sudorosa. Aquellas orejas largas, similar a las antenas, permanecían en alto soltando respingones a veces cuando Jungkook perdía el aliento; su cola, igual, se movía de izquierda a derecha, llevando un ritmo calmo.


Con un ¡pop!, Jungkook sacó el miembro de Taehyung de su boca, un hilo de saliva conectándolos todavía y que terminó por romperse, cayendo en su muslo derecho. Lujuria corría por sus ojos entrecerrados, largas pestañas, húmedas, invitándole a ser tocadas. Taehyung, sacando fuerza de donde no tenía, levantó el brazo. Antes que pudiera acariciar a Jungkook, su pene fue devorado de nuevo, una boca caliente cubriéndolo y haciéndole temblar.


—¡Dios! —Taehyung gritó. Su mano corrió hacia la cabellera de Jungkook, hundiendo los dedos en ella—. ¡Ah!


Cerró los ojos, el mundo alrededor enloqueciendo y empezando a girar en círculos. ¿O el que giraba era él? No lo sabía. Estaba muy confundido, sumido en las ondas de placer triturando la cordura remanente en cada extremidad suya.


—E-espera. Voy a—


No pudo terminar la frase porque, de la nada, Jungkook dejó de chupar su falo y se alejó, no sin antes repartir un beso en la punta regada de líquido pre-seminal.

—¿Por qué te detienes?


—No te correrás con mi boca, Taetae —Jungkook sonrió con ternura, moviendo la cola con emoción y acercando la mano a su rostro—. Guardemos ese orgasmo un poco más.


—Jungkook…


Jamás había rogado. Si existía algo que él quería, lo conseguía por su cuenta. Y si no podía obtenerlo, renegaría en silencio. Mas ahí estaba él, destrozado en una cama, pidiendo con los ojos, con la boca y con el alma que Jungkook le hiciera venir.


—¿Los lamerías por mí? —Evadiendo responder, Jungkook se enderezó, sentándose.


Taehyung le contempló por debajo de sus pestañas, sus ojos luchando por no cerrarse del calor ahorcándolos. La mano de Jungkook todavía acariciaba con dulzura su mejilla, un par de veces rozando con intención sus labios con el pulgar, abriéndolos y cerrándolos de inmediato, casi como si no hubiera ocurrido, cautivándole.


Con los pensamientos reprimidos para dejar vacía la cabeza, Taehyung levantó la mano y, sigiloso cual víbora, pasó los dedos por el antebrazo de Jungkook hasta llegar a su muñeca, apretando con la uña el hueso. Jungkook se quejó, mordiéndose el labio.


—Lame.


Si antes hubo actuado con pausas, la libido liberó en él un apetito descontrolado porque, de un tirón, Taehyung se llevó los dedos ajenos a la boca, su lengua no dudando en asomarse a tantear la piel disponible. Jungkook podía ser musculoso, una de sus piernas siendo suficiente para ahorcar a alguien; sin embargo, sus manos conservaban la virtud de la tersura, su lengua deleitándose por lo casta de su piel llana.


—Woah~ —Ahogado en éxtasis y con las mejillas del mismo color que sus ojos, Jungkook jadeó—. Eres como un bebé, Taetae.


Extrañamente motivado al notar la mueca de placer de Jungkook, Taehyung chupó con mayor fervor, dedicándose a cada línea que esos dedos tuvieran. Con el final de la lengua, trazó las uñas a pesar de los cortes que pudiera infringirse, y con la punta, empezó a mojar los nudillos, bañándolos en saliva.


—Tu boca está hecha para esto —Le susurró Jungkook con los ojos entrecerrados—. Podríamos hacer que practiques con algo más grande después. Que complazca las ansias de tu boca.


Taehyung asintió con rapidez, abriendo más las piernas y entregándose al no decoro que los muslos gruesos de Jungkook representaban apretados contra él.


—Pero no ahora. Nos concentraremos en ti esta vez, ¿sí?


Asintió de nuevo.


—Un sumiso perfecto —Jungkook le sonrió, felicitándole con un beso corto en el mentón y una mordida de labio lenta, tan lenta como un castigo.


Sintiendo un frío súbito en la zona inferior, vio a Jungkook separarse de él, y le faltó casi nada para reclamar y pegarse otra vez, pero Jungkook fue más rápido. Con la mano derecha, lo cogió del tobillo y, con la fuerza de su animal interior, lo giró por completo para que su cara quedara contra el colchón y sus manos a cada lado de la cabeza. La mano izquierda que se mantuvo en las caderas de Taehyung, le incitó a que las levante, dejando el trasero en el aire.


—Voy a prepararte, Taetae.


Sus rodillas estaban débiles, sufriendo por el peso que debían cargar en esa posición, y las sintió casi ceder cuando Jungkook, como si estuviera tocando el piano, jugó con los dedos en su espalda baja. En ciertos momentos, aparecían las yemas sencillamente trazando su columna vertebral, delineando con cuidado los huesos de sus costillas, y a veces, cuando Jungkook parecía querer hacerle llorar de verdad, metía la uña en el arco de su espalda y empezaba a bajar hasta llegar a sus nalgas. Taehyung sujetó las sábanas y hundió más la cara en la almohada para callar los gemidos.


No obstante, ni aquella almohada de plumas pudo contener el fuerte jadeo que rasgó su garganta al sentir dos dedos delgados clavarse duro dentro de él. Jungkook esperó a que se acostumbrara, entreteniéndole al repartir besos húmedos en su cuello y susurrándole lo bien que lo estaba haciendo y que era un buen chico.


Aquella sumisión de siempre ante un cumplido así, obligó a Taehyung a levantar más el trasero, en el camino, hundiendo más los dedos ajenos en su interior.


—¿Desesperado? —preguntó Jungkook.


Taehyung no respondió, no con palabras. Recuperando ligeramente la fuerza de sus brazos, se apoyó sobre sus codos y empujó más contra el otro cuerpo, juntándose de nuevo con los muslos de Jungkook. Estaban rígidos, los músculos destacando, tiesos por la posición, y Taehyung se pegó contra esa firmeza, mojando sus propios muslos con el sudor de Jungkook.


Debido a Namjoon y sus constantes visitas al piso de mangas shoujo, Taehyung tenía ciertos conocimientos sobre el sexo entre hombres. Aun si no solía hacerlo, era inevitable dar una mirada intrusa a los bocetos que su amigo venía a revisar. En una de esas oportunidades, se topó con una escena sexual en varias viñetas, y un signo de pregunta apareció en su rostro al ver que un hombre tenía más de cuatro dedos dentro de otro.


A diferencia del tema del dolor como fuente de placer, eso sí que le llamó la atención. Que abriera páginas variadas en internet, fuera a la biblioteca o comprara inclusive algunos mangas BL, fueron producto de una investigación para saciar su curiosidad y que acabó dejándole sorprendido con lo que encontró.


En simples palabras, el sexo entre hombres resultaba un poco más complicado, pero que el placer era todavía mayor a acostarse con una mujer. Taehyung colocó en tela de juicio esa afirmación.


Pero no había pensado que un lugar que no estaba hecho para recibir, pudiera realmente hacerlo y deshacerlo con dos simples dedos rozando las paredes internas y abusando de su próstata.


—No, Taetae —Jungkook buscó calmarlo al hablarle suave, bajando el movimiento de sus dedos—. Debo prepararte bien o dolerá.


Ensimismado en su deseo impúdico, Taehyung ignoró la advertencia y gruñó, moviendo el trasero.


—O, tal vez, ¿es eso lo que quieres? ¿Que duela?


Sintiéndose descubierto, su rostro pintándose de rojo en su totalidad y los ojos aguados, Taehyung se dejó caer contra las sábanas otra vez para esconderse entre ellas y no dejar que Jungkook le viera.


Era vergonzoso, y más que acabara de descubrir hace minutos en pleno acto que el dolor, para un desequilibrado como él, era sinónimo de placer inmediato en la cama.


—Bien, te daré lo que quieres.


De un tirón, Jungkook sacó los dedos. Lo sintió alejarse nuevamente, pero así de rápido como se fue, regresó, más abrasador que antes. Taehyung, por su lado, hubo agotado sus últimas fuerzas. Era difícil incluso cerrar la boca, por lo que la saliva escapaba por la comisura de sus labios estampados contra el colchón, creando un caos en las sábanas que demostraban, frente a sus ojos, el desastre en el que se había convertido.


Su trasero estaba caliente. Jungkook tuvo misericordia al abrigarlo. Y cuando ese calor se vio interrumpido por un líquido esparciéndose inesperadamente desde la línea de sus nalgas hasta descender en varios hilos seguidos por gotas escurridizas por sus muslos, Taehyung jadeó más fuerte. Por un instante, pensó que se había orinado; el líquido viscoso chorreando a cántaros entre sus piernas lo aturdió, pero al percibir un olor a fresa, entendió que era lubricante.


—Muy f-frío —Taehyung logró decir.


—Espera, Taetae.


Los dedos volvieron dentro de él acompañados de dos más. Se expandían como si nadaran en plastilina, estirándose y cerrándose con lentitud, para luego alargarse y girar, retraerse y volver a soltar. Taehyung sucumbió, mordiendo el labio para silenciar sus alaridos. Un sabor metálico se esparció entre sus papilas gustativas y confirmó que hubo roto su labio al notar unas manchas de sangre cerca de sus dedos temblorosos.


—¿Estás listo? —cuestionó Jungkook.


—No p-preguntes.


Jungkook rio de manera dulce, aunque el agarre de sus manos no lo fuera. Clavando las uñas a cada lado de su trasero, acercó la punta de su falo a la entrada de Taehyung, probando y tanteando entre el lubricante. En unos intentos, aparentó entrar y logró dilatar el aro de músculos todavía más, y en otros, gracias a la viscosidad, su pene se resbalaba, rozándose entre los glúteos.


Un suspiro se quedó atorado en la garganta de Taehyung al sentir el tamaño de Jungkook por primera vez. Gracias a la sensibilidad de su piel, fue capaz de percibir las venas contorneando aquel pedazo de carne que erecto, era un titán, haciéndole honor a la parte animal de Jungkook. No lo veía, pero podía jurar que incluso palpitaba, la punta debería estar roja, líquido escurriéndose de ella.


—N-no —Taehyung giró a rastras, llorando y tratando de encontrar la mirada de Jungkook—. Eso no entrará. E-es muy grande.


—Sí lo hará.


Con el sonido de un chapoteo y unas gotas de lubricante saltando a la cama, un dolor hincándose hasta la punta de su último cabello, Jungkook le demostró que sí entraba al empalarse en un movimiento hasta el fondo.


—¡Gnh!


Junto a ese grito arrancado desde el esófago, Taehyung entendió por qué la mayoría de la gente amaba el sexo apenas lo conocía, incluso algunos encontrándolo más confortable que el dinero o la vida misma.


Resultaba adictivo con la primera probada.


El cuerpo humano, solo, no tenía gracia particular. Inerte, obediente y existente. Sin embargo, una vez que éste era sometido al sexo, al calor sofocante de otro cuerpo igual a él uniéndose, pegándose, se volvía una maravilla inescrutable. Tembloroso, malcriado y didáctico. ¿Quién podría imaginar que la sensación de unas cosquillas podría ser superada tan fácilmente por un suspiro a pocos metros del cuello?


Después de haberse corrido en su primera vez a los dieciséis, lo único que pudo sentir fue alivio que acabara. A esa edad ya fumaba. Con el juul en mano, su brazo cargando el peso de su cabeza y apreciando los cuadros del cuarto de hotel, Taehyung sentenció que el sexo no tenía un secreto para ser atractivo. Era un suceso más que el ser humano debía experimentar y ya.


Es entonces cuando las palabras de Jimin empezaban a tener sentido. “No es que el sexo no sea bueno, es que no te han cogido bien”, le decía. Quizá tenía razón.


Jungkook no era piadoso con sus embestidas, con cada una de ellas, incrustando la punta hasta el fondo, y si podía, usurpando la ternura de su próstata con el largo. Cuando se hubo acostumbrado al intruso en su interior, Jungkook lo tomó como una señal verde para hacer lo que quisiera, apresurando las penetraciones violentas, importándole poco que el sonido de la cama golpeando la pared resonara con potencia.


—Ah~, estás hirviendo por dentro, Taetae.


—¡Nng! S-silencio —Renegó entre suspiros—. ¡Aah!


Jungkook siguió tomándole por minutos manteniendo el mismo ritmo imprudente. Estampado contra el colchón, su mejilla posiblemente roja y con sarpullido por el constante roce de la sábana con ella, Taehyung agradeció por lo menos estar acostado de alguna manera o ya habría caído por la debilidad del cuerpo.


Pero habló antes de tiempo. Jungkook alejó sus manos de las caderas de Taehyung, un ardor apareciendo apenas aquella fuerza dejó de ejercerse. Mostrando que su cuerpo era igual de resistente como se veía, Jungkook rodeó sus brazos alrededor de su pecho y, sin más, lo obligó a levantarse, quedando de rodillas igual a él, su espalda cansada chocando contra sus abdominales marcados.


Apenas lo estabilizó, dio una estocada profunda y Taehyung chilló al vacío, sorprendiéndose al notar cómo, con cada embestida y en esa posición, un bulto brotaba en la parta baja de su estómago.


—Mira cómo aparece por allí —Con picor candente, Jungkook le susurró cerca del oído, su lengua y sus dientes empapados chocando exquisitamente, tan leve, igual a una caricia por su lóbulo agitado—. ¿No es lindo, Taetae? Tu pancita crece un poco más con cada penetración.


Las piernas de Taehyung respondieron en su lugar, casi cediendo ante el peso de su cuerpo, pero no cayó sobre el colchón como esperó. Los firmes brazos de Jungkook apretaron más alrededor de su cintura, manteniéndole en su lugar sin un centímetro de cambio, cargándole.


—Nngh… N-no.


—¿No? —Jungkook dejó escapar un puchero, deteniendo también sus embestidas para observarle desde cerca, sus ojos curiosos, gigantes cristales rosas, examinándole con detención—. ¿Estás seguro de eso o tenemos aquí una boca muy mentirosa? —Una de sus manos subió, sus dedos comenzando a trazar por sobre sus labios, formando círculos viciosos y las uñas marcando un trazo, uno delgado cerca de su lunar.


Taehyung sintió sus cachetes volverse incandescentes, un sofocante calor inundando su rostro y desencadenando que su cuerpo volviera a flaquear, e igual que antes, Jungkook lo sostuvo, esta vez, obligándole a que sus brazos fueran a rodearle el cuello. Más vergonzoso aun, a consecuencia de la posición, sus pezones sobresalían de su pecho expuesto, sudoroso, unas cuantas gotas deslizándose sobre ellos.


—B-basta. E-esto me apena.


—No hay nada de qué sentirse avergonzado —Al mismo ritmo de sus palabras, una corriente eléctrica le recorrió la columna vertebral—. Si te vieras, Taetae, si te vieras.


Duro y fuerte, Jungkook continuó con las penetraciones mientras besaba su cuello y chupaba en ocasiones hasta quedar sin aire.


—¡Mmph! Eso, no, es dem—


—¿Se siente bien? Dímelo —Jungkook susurró muy cerca de sus labios, contemplándole cual cazador—. Quiero escucharte decirlo, Taetae. Hazme saber que la razón del temblor de tu cuerpo soy yo.


—Unh —Taehyung subió las manos hacia el cuello de Jungkook más, sus dedos tomándole de improviso por el cabello y aproximándole. Estaban cerca, milímetros separándolos. Suficientes para no tocar, suficientes para desear—. Se —Se detuvo, un jadeo interrumpiéndolo—, se siente muy bien.


Como premio por su honestidad, Jungkook metió la lengua en su boca, explorando cada esquina de ella, chocando los dientes y mordiendo de vez en cuando el interior de sus labios. Taehyung, una ola de lascivia recorriéndole, contestó contento, gimiendo y siguiendo el movimiento de esa lengua al conectarla con la suya.


—Taetae —Jungkook le dio un último besó, cerrando los ojos con fuerza—, v-voy a correrme.


Buscando liberarse, aumentó el ritmo de sus embestidas, el sonido de la piel chocando haciéndose más animado e impúdico. Taehyung abrió la boca, arrojando incoherencias y suspirando lo poco que los pulmones liberaban.


—¡Mm!


Dando una última embestida, Jungkook lo abrazó más fuerte, corriéndose por fin. Y mientras el líquido hirviendo se esparcía dentro, chorro tras chorro llenando el espacio, Taehyung se vino también con un grito, sintiendo el orgasmo poseer cada partícula de fuerza que tuviera en el cuerpo.


Súbitamente, las rodillas le dejaron de funcionar, así como la vista. El mundo dejó de verse vidrioso para tornarse oscuro, negro viera donde se viera.


—Buenas noches, Taetae —Escuchó antes de caer dormido.



20 февраля 2021 г. 0:00:11 0 Отчет Добавить Подписаться
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