mavi-govoy Mavi Govoy

La oveja Bee-ba consigue lo que nunca antes había logrado y despista al perro Corremillas, pero se pierde y no sabe volver a su rebaño. Peor aún, anochece y unos monstruos horripilantes aparecen delante de ella.


Детская литература Всех возростов.

#reyes-magos #navidad
Короткий рассказ
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La oveja Bee-ba se pierde



Érase una vez un pastor despistado y una ovejita traviesa.

El pastor, en lugar de cuidar de las ovejas, se distraía haciendo sudokus o dibujando en la tierra o trenzando juncos, mientras su perro se afanaba de un lado a otro, siempre corriendo y ladrando para que las ovejas no se dispersasen.

A la ovejita de este cuento, Bee-ba, le gustaba jugar con Corremillas, el perro.

El juego siempre era el mismo: Bee-ba corría en zigzag tan rápido como podía para llegar lo más lejos posible antes que Corremillas se plantase delante de ella para cortarle el camino y obligarla a regresar al rebaño.

Corremillas era más rápido y también más resistente, parecía que no se cansaba nunca.

Bee-ba decidió que ella tendría que ser más lista si quería ganar el juego. Así que un día, en lugar de echar a correr delante de las narices... mejor dicho, delante del hocico de Corremillas, Bee-ba se escondió tras un matorral. Y así de matorral en matorral y de peñasco en peñasco se alejó del rebaño sin que Corremillas se diese cuenta.

Cuando estuvo lo bastante lejos como para no ver ni al rebaño ni al perro ni al pastor, que en ese momento se distraía cantando coplas, Bee-ba corrió mientras balaba alegremente. Corrió y corrió y se alejó cada vez más y solo se detuvo cuando se cansó.

Entonces fue cuando echó un vistazo a su alrededor y no reconoció el lugar donde estaba porque se había internado en el bosque, donde no había pastos, sino árboles, maleza y rocas. Bee-ba se puso a balar con la esperanza de que Corremillas la oyese. Pero el día fue declinando y nadie vino a buscarla y al anochecer la triste ovejita seguía perdida por el monte.

Bee-ba sintió miedo. El bosque se volvía negro, el viento se reía de ella y todas las sombras le parecían amenazadoras. Buscaba un escondite donde no la encontrasen las sombras que surgían por todos lados cuando un monstruo horripilante apareció ante ella. Era un monstruo muy grande, con cuatro largas patas, con dos cabezotas y con varios tentáculos en una de las cabezotas. Era tan espantoso que, del susto, Bee-ba se cayó de ancas y se quedó espatarrada delante del ser, incapaz de moverse.

–¿Qué es esto? ¿Qué tenemos aquí? –dijo la cabezota de los tentáculos y se inclinó hacia ella.

–Beeeee –gimió Bee-ba.

–Suena como una oveja –dijo un segundo monstruo que apareció a la derecha del primero.

–Beeeee –repitió Bee-ba a punto de desmayarse.

–Es que es una oveja –aseguró un tercer monstruo igualmente grande y horripilante que se situó a la izquierda del primero.

–Me parece que está asustada –aventuró el primero.

–Claro, pobrecilla, debe de haberse perdido –convino el segundo.

–No nos entretengamos más, que ya es tarde –dijo el tercero–. La cogeré y la llevaremos con nosotros.

Inesperadamente, el tercer monstruo se partió en dos con la ayuda de los tentáculos de su segunda cabeza y, andando sobre dos de esos tentáculos, se acercó hasta Bee-ba.

–Hola, ovejita ¿Qué haces aquí sola? –le preguntó el monstruo amistosamente al tiempo que rascaba la cabeza de Bee-ba.

Solo entonces la ovejita se dio cuenta de que no eran monstruos, sino tres individuos montados en unos extraños burros gigantes a los que uno de ellos llamó “camellos”.

«Quiero ir con el perro Corremillas», intentó explicar Bee-ba. Pero el estrafalario sujeto que la cargaba y acariciaba no conocía el lenguaje de las ovejas y se volvió a encaramar sobre su inmenso burro dentudo sin hacerle caso.

Mientras tanto, los otros dos discutían sobre el camino a seguir.

–Por aquí el terreno está más despejado, Melchor –decía uno.

–Sí, Gaspar, pero no desciende y lo que queremos es salir de este bosque para dar con alguna vereda

–¿Quién te ha dicho que la vereda está monte abajo?

–Si tuviésemos la guía de Repsol o la de Michelín no estaríamos perdidos, pero al señor Baltasar no se le ocurrió nada mejor que traerse el mapa de sistemas de una empresa de telecomunicaciones.

–Pero me dijeron que es infalible.

–Sí, infalible para perderse.

–Si no nos hubiesen robado el mapa de mi abuelito, no nos habríamos perdido –dijo Gaspar.

En ese momento, el oscuro bosque se aclaró con una luz difusa que brillaba sobre ellos.

–¡La estrella! ¡La estrella ha vuelto!

–¡La estrella brilla de nuevo!

–¡En marcha! ¡Tras la estela de la estrella!

Fue el desplazamiento más raro que Bee-ba hiciera nunca. Como la pobre ovejita nunca antes había viajado sobre un camello, se mareo. Al poco rato no estaba segura de si viaja en una caravana de tan solo tres viajeros o si eran seis o más y tampoco conseguía enfocar las cabezotas de las monturas, por lo que no estaba segura de si solo tenían una bocota llena de largos dientes amarillos o si tenían dos o tres, una encima de otra. Todos los árboles que dejaban a uno y otro lado le parecían cortados por la mitad y la brillante estrella del cielo parecía dividirse en varias que danzaban sobre sí mismas.

Lo único bueno era que ya no tenía frío ni miedo porque el moreno Baltasar la había arropado con su manto y la sujetaba con firmeza pero con delicadeza para que no se resbalase.

Al cabo de un rato de incesante traqueteo, la comitiva dejó atrás el bosque y alcanzó a una vereda. Para entonces Bee-ba dudaba si seguía teniendo cuatro patas o si se le habían multiplicado por dos, aunque por momentos pensaba que era su cabeza o sus ojos los que se habían duplicado, lo que explicaría por qué lo veía todo repetido.

Entonces inesperadamente, a la luz de la estrella, divisó al perro Corremillas que trotaba por el sendero delante de ella… Bueno, como seguía mareada y veía doble, vio a Corremillas y a varios gemelos suyos; todos ellos correteaban incesantes de un lado a otro, en pos de un grupo de pastores.

–Bee… beee –llamó Bee-ba.

Corremillas, que debía ser mucho más listo que su rescatador Baltasar, la reconoció al instante y giró sobre sí mismo, seguido por todos sus parientes, mirando a todos lados para localizar a Bee-ba.

–¡Guau! –ladró Corremillas, atemorizado ante los enormes burros jorobados.

–Bee bee –repitió Bee-ba.

Entonces Corremillas y su cohorte de gemelos se pusieron al lado del burro gigante y los acompañaron entre saltos y correteos.

–¿Os conocéis? –preguntó Baltasar a Bee-ba.

–Beeeee –repuso Bee-ba, que quería decir: «uno de esos es mi amigo Corremillas. A los demás no los había visto antes».

-Guau gua guauuu –confirmó Corremillas: «Es la oveja atolondrada que se me perdió esta tarde».

El camello se detuvo bruscamente. Bee-ba pensó que la dejaría bajar. Pero Baltasar se había quedado inmóvil, sus muchos ojos -cuatro o más, bajo dos o tres anchas narices, le pareció a Bee-ba-, miraban al frente y su gesto delataba sorpresa.

Bee-ba también miró. La brillante estrella iluminaba el paisaje como si fuese de día, pero delante de ellos no había nada extraordinario, tan solo una torcida y carcomida edificación de madera levantada contra la abertura de una covacha.

–¿Una gruta? –musitó el que se llamaba Melchor.

–¿Un establo? –rezongó el llamado Gaspar.

–¿Un refugio de ganado? –susurró Baltasar.

–Es un rincón miserable. ¿Cómo va a estar aquí el rey de reyes?

–¿Cómo no va a estarlo? Mira la estrella. Derrama su luz sobre ese lugar y solo sobre ese lugar.

–Es cierto, brilla directamente sobre esa… choza desastrada.

–Fijaos en la gente que hemos encontrado en el camino. Todos van hacia la gruta.

–Tienes razón, Gaspar. Ellos no dudan, van a la cueva y han llegado antes que nosotros.

–Esperad, preguntaré a alguien. Buen hombre, ¿por qué vais todos hacia esa casucha?

El pastor despistado se apartó la bufanda que revoloteaba al viento para dedicarles una gran sonrisa.

–¿No os ha llegado la noticia? ¿No se os ha aparecido a vosotros el ángel? Era hermoso, olía a gloria, relucía y cuando hablaba sonaba música y nos dijo que por designio de Dios nosotros seríamos los primeros en conocer a su Hijo. Por eso venimos a toda prisa, para que nadie se nos adelante y por eso no puedo detenerme con vosotros. Adiós. ¡Vamos, Corremillas!

El pastor se alejó a la carrera sin fijarse en Bee-ba, que se retorcía para llamar su atención, pero Corremillas se quedó junto a Baltasar, porque no quería volver a perder a la oveja traviesa.

–¿Habéis entendido algo de lo que ha dicho? –preguntó un dubitativo Baltasar.

–Sí. Ha dicho que un ángel de Dios les ha mostrado el camino –repuso Melchor con convicción–. Vamos nosotros también.

Los tres extranjeros hicieron que sus burros gigantes se tumbaran en el suelo y caminaron hacia la gruta. Melchor llevaba un cofrecillo en las manos, Gaspar un precioso saquito y Baltasar una cajita en una mano y a Bee-ba bajo el otro brazo. Corremillas trotó tras él.

Dentro del tosco refugio había un ambiente especial que sobrecogía a cuantos se internaban en él porque todos, de una u otra forma, sentían que estaban en presencia de la VIDA, con mayúsculas. Melchor se atragantó y tuvo que detenerse a respirar; Gaspar se echó a llorar en silencio y se limpiaba los lagrimones que rodaban por sus mejillas con un mechón de su espesa y larga barba; Baltasar empezó a temblar cómo un flan y, para no tirar a la ovejita, la dejó en el suelo.

El lugar estaba bastante concurrido. Un hombre mayor de aire amable hablaba con los lugareños y recibía de ellos regalos y explicaciones. Detrás de él, una guapa jovencita lo observaba y escuchaba todo, pero sin separarse de un pesebre lleno de paja en donde dormía un bebé. En un rincón, un robusto buey y una mula vieja parecían dos regios centinelas que custodiasen al crío.

–¿Qué es lo que se respira aquí dentro? –susurró, ronco, Gaspar.

–PAZ –afirmó Melchor, rotundo. Y nadie lo contradijo, porque aunque en un establo lo normal hubiera sido respirar y oler estiércol y sudor animal, allí olía a GLORIA.

–Entonces, ¿hemos alcanzado nuestro destino? –inquirió Baltasar entre castañeteos de dientes.

–Sí –dijo Melchor–. Aquí ha nacido DIOS.

Todas las conversaciones murieron cuando los tres elegantes extranjeros vestidos de ricas sedas y pieles y adornados con profusión de joyas avanzaron hacia la jovencita arropada en un manto deshilachado para hincarse de rodillas ante ella.

–Salve, reina de los cielos.

–Salve, hija del Altísimo.

–Salve, madre de todos los pueblos.

–Salve a vosotros, extranjeros –repuso el hombre mayor, intrigado por aquellos saludos tan extraños–. ¿Conocéis acaso a Miriam, mi esposa?

–No, a ella, no –repuso Gaspar sin dejar de llorar e hipar–. Pero conocemos a su Hijo.

–Vimos salir su estrella y nos pusimos en camino. Venimos desde el lejano oriente para traerle nuestros presentes –continuó Melchor con voz ahogada.

–Unos presentes que le recuerden que tiene otras ovejas que no son de este redil –concluyó Baltasar sin dejar de temblar.

Y depositaron delante de la joven Miriam el cofre lleno de oro, el saquito lleno de oloroso incienso y la caja que contenía mirra para embalsamar a un rey.

Entonces se adelantó el pastor despistado, que al oír hablar de ovejas había tenido una idea.

–Yo también tengo algo para vosotros. Pensaba que no había traído nada, pero veo que aquí está mi ovejita Bee-ba. Ten, tómala –dijo a la joven–. Será el primer juguete de tu hijo.

La muchacha miró a la oveja, que parecía bizca por el mareo que tenía, luego al bebé que se había despertado y estiraba una manita, y entonces, sonrió al pastor.

–Le gusta tu regalo –afirmó–. Sé que se alegra con cada oveja perdida que regresa a casa.

FIN

23 декабря 2020 г. 0:00:10 5 Отчет Добавить Подписаться
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Об авторе

Mavi Govoy Estudiante universitaria, defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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Amaro Perez Amaro Perez
estaaaaaaaaaaaaaaa buena y por coincidencia me topo con la misma autora siempre

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    ¿Será el destino o serán los duendes de la informática? August 19, 2021, 13:40
Lázaro «Scrivivente» Lázaro «Scrivivente»
¡Ah! Me he dejado algo en el tintero. Redescubro en tu relato algo muy importante de la vida con el Señor: Él convierte nuestros errores (como la travesura de Bee-ba) en lecciones de vida y semillas de bendición.
Lázaro «Scrivivente» Lázaro «Scrivivente»
¡Precioso relato, Mavi, de principio a fin! Es la Nochebuena contemplada desde los ojos de una ovejita. Bee-ba nos enseña el arte de la sorpresa, de no tenerlo todo "atado". Ese candor se respira en todos los personajes, incluidos los sabios de Oriente, que "no lo saben todo" y se dejan conducir. Me encanta el fino humor que permea todo el relato. Y ¿qué te voy a decir de Miriam? Le has llamado con su hombre en hebreo, y eso me ha tocado el corazón, porque me siento muy cercano de coraza la cultura semita. A medida que iba leyendo, me he ido "aniñando" y se me ha formado un botón en la garganta. Estamos en marzo, y faltan algunas semanas para la fiesta de la Anunciación, pero lo que me nace ahora es decirte simplemente: ¡Feliz Navidad!

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