1566617928 Francisco Rivera

Continuidades y discontinuidades en la vida del clan del Gran FA1 y su genealogía, pese a lo que han sustentado sus historiadores...


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Henaida Crass 1

INICIO DE LA SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I


Ya corren veinte años en las vidas de los niños de Henaida Crass, apenas un ayer que, en la década de mil novecientos cincuenta, nacen en años pares, con intervalo de ocho años entre ellos y marcan una perfecta sucesión de "arribos" al mundo en relación con cada una de las cuatro estaciones de un año.

Así llega al mundo el pequeño Iván, en la primavera de mil novecientos cincuenta; Daria, en una tarde de verano, en el tercer año; Paolo, en la noche de un otoño extraño, durante el sexto año de esa década y Ada, en plena estación invernal, hacia el octavo año de ese decenio de nacimientos, por ahora así mencionados...

Sus vidas se desarrollan dentro de una familia de clase media que se encarga de asegurar su crecimiento y desarrollo, no sólo en sus aspectos biológicos, sino además en los que resultan complementarios: lo psicológico y lo social.

En este aspecto último, los niños cumplen, por ejemplo, con su relación educativa, sellando gratos recuerdos con la escuela, los profesores, la enseñanza y, en especial, con bancas y pupitres de madera de cada salón por donde "orbitan", de acuerdo al grado educativo en el que avanzan.


La escuela pública a la que asiste cada cual en sus momentos respectivos, acordes a sus grados escolares, es una especie de aventura educativa a la que suman sensaciones incógnitas y sucesivas, por ejemplo, ver cada mañana cómo Iván no sólo inicia, sino de qué manera sostiene su ingreso, permanencia y salida de esa institución, cada día hábil de una semana; a su vez, porque establece una "marca" no sólo de él y para él, sino como hermano, y destino de una familia cuyos padres se esfuerzan para que esa experiencia de vida no resulte fatal a cómo cuando ellos eran niños con más carencias de las que se puede uno imaginar: asistir a esa vieja casa, adaptada como centro de enseñanza, por el sólo hecho de estar ubicada en un lugar que resulta icónico al paso y peso de los años, y ser a un tiempo, el contexto de referencia importante para Ivan, el primer estudiante de la familia del Gran Fa 1 y de Henaida Crass.

En ese primer año ocurren muchas cosas y circunstancias cruzadas mientras corre mil novecientos cincuenta y siete, año de ingreso por primera vez hasta ese recinto de tareas, honores a la bandera y canto de estrofas del himno nacional, los días lunes de cada semana.


En ese sentido, el pequeño Iván es revisión rigurosa de presentación y aseo personal, no sólo de sí mismo, sino de cada alumno entre quienes se detecta de manera temprana, las cabezas de los estudiantes a fin de evitar contagios de piojos y liendres; de oídos limpios y uñas de las manos bien recortadas; de reparos en el vestuario de camisa blanca que debe hacer desfallecer de envidia a la misma pureza de las nubes del cielo; y, por supuesto, de la ropa bien planchada desde la cual emana la evidencia del baño diario.

La parte que más agrada a Iván, después de superar esas franquicias mentales del profesorado y autoridades docentes, remite a las marchas musicales para hacer ingresar a los alumnos a sus respectivos salones de clase.


En todo ese rito hay una comunicación en determinado momento, cuando, por ejemplo, se vuelve a esa circunstancia a través de la pequeña Daria que reproduce movimientos, gestos y ademanes de Iván, previo al momento de sentir esa experiencia educativa en su primera mañana donde acomoda en su ser y mente, la imagen que guarda de su "mano mayor": saber que se encuentra vestida de manera impecable y olorosa, gracias a un perfume discreto de su madre; llevar uniforme, zapatos, útiles y mochila nuevos; alcanzar a ver a su hermano ingresar al salón de niños y niñas del tercer grado y ser, así, sin más, "la hermanita del Iván".

En esos primeros momentos se encuentra reconociendo todo al interior de un mítico salón de clases: su amplia dimensión y especial ventanal que permite un ingreso cálido y tranquilo de luz matinal, donde le parece que baña al ambiente y le otorga un lugar único en su mente y corazón.


Por extraño que parezca, ella sabe que es ahí, no en otro lugar, donde se comparten risas y coros, preguntas y respuestas y, de manera especia una enseñanza que permite avanzar en el aprendizaje cotidiano.

También siente una esencia de confianza y cariño hacia la afable profesora sobre la que deposita un trato semejante, pues queda maravillada de comprender para sí misma que se permite dialogar con una adulta.


Además de hacerlo a la perfección, su trato con los amigos y amigas del grupo en el que se encuentra, le dan un reconocimiento de "niña que habla muy bien o que se expresa muy bien".

Así, sin proponerse demostrar la desenvoltura personal - "a lo Daria" hace referencia a los estudiantes del primero "A", y la marcan de por vida dentro de ese ambiente escolar, entendiendo por un modo único y secreto que reside en su naturaleza la "facilidad" de establecer la relación que expone y propone esa letra con el inicio del alfabeto; pero también, con muchas otras cosas distintas...


Desde esos momentos, ella se da cuenta de un juego de relaciones más generales con cuanto ocurre en su vida.

Así, descubre que, en esas generalidades de todo, hay compartimentos particulares que incluso le "muestran" ventanas más concretas o específicas que la convencen de ser un ser humano que atisba, mira, observa y analiza la repartición en fracciones infinitas que siempre han estado ahí y en cualquier lugar o bien, en todas partes, pero no se encuentran fijas o detenidas, sino que se muestran en estado de respiración pausada, graciosa, silenciosa y reservada, como si fueran pequeños globos de todos los colores imaginados.


En Daria, a diferencia de Iván, el descubrimiento de asociaciones presentes en la vida no es algo común y corriente en ella.

Quizá, tampoco en la vida de su hermano mayor... y poco probable en las de Paolo y Ada.


Paolo y Ada en los respectivos años que cierran esa década y abren la siguiente, son los hermanos que esperan su momento, de acuerdo a lo que Daria - "la segunda" -, les filtra desde que son bebés y en respectivos momentos de arribo hasta el centro de esa familia cuando se encuentran ante sus juegos de desenvoltura humana que a la madre sorprenden al llevar a cabo, nada más ni nada menos que una esencia de estimulación temprana y natural, como por ejemplo, los primeros "gateos", los pasos tambaleantes, las caídas de incorporación súbita y las correrías alocadas por toda la casa que demuestran sus particulares maneras de ser y de actuar al esquivar obstáculos y personas de manera temeraria.

Daria sabe, además, por esa condición secreta de la existencia, que mientras corre la década de los años cincuenta, la proximidad con la de mil novecientos sesenta es un compás de espera que la familia extensa ni siquiera imagina respecto de lo que se presenta ante sus padres y abuelos, y por supuesto, desde cada uno de los hermanos que conforman el clan de Henaida Crass.


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Los Niños de Henaida Crass


Cada uno experimenta, a su manera, los juegos de canicas en pisos de tierra o la reunión de niñas en grupos del mismo sexo en cualquier lugar de la calle; de estar en completa libertad en las inmediaciones de un parque de juegos infantiles o para jugar fútbol en canchas de cemento, sin encontrar ninguna línea divisoria sobre sus superficies que marquen la evidencia de nada en particular.

En esos momentos de vida en común, por ejemplo, golpearse de repente con tubos de porterías -caso de Iván-, o de estructuras de tableros y aros simples, sin redes, colocados para prácticas de basquetbol -caso de Daria-; o bien, interferir con postes para encuentros de volibol -asunto de la sola incumbencia de Paolo-, son recuerdos de ese tipo de accidentes experimentados entre niños de cualquier sexo, mientras que la naturaleza humana infantil pasa a la censura inmediata al encontrar en dicho espacio a cielo abierto, a parejas en besos ante la vista gorda de todos los concurrentes al mismo lugar -caso de Ada-, siempre negando con su bella cabeza de cabellos ensortijados color azafrán, con realce de pecas graciosas y perfil de modo sutil en fina, recta y bien trazada nariz.


Los "chicos", como suele expresar doña Susana, una mujer entrada en "carnes propias", pero conservando su belleza de facciones griegas y esa sorprendente cintura que da realce manifiesto a sus poderosas caderas, es ejemplo de un andar de provocación masculina que deja al descubierto su reserva de maternidades, ahora que ya cumple sus cuarenta años de edad.

Dueña de una tienda de abarrotes y compañera de un marido amable, trabajador, ordenado y afable, nadie sabe con certeza cuándo o en qué momento se separa de ella dicho hombre, de tan feliz destino y vida tranquila para decidir instalarse en departamento aparte con la última dependienta -Lorelei- que hace cambiar su vida sedentaria y tranquila por la de un generador de trillizos que modifica la diferencia de trato y reservas entre ambas mujeres una línea alejandrina o divisoria, para conservar las buenas apariencias, "el qué dirán", y sobre todo, a ese caballero respecto de lo que se sabe de él: continuar siempre sonriente, amable, trabajador, ordenado y afable que sigue el curso de su vida, recordando por ejemplo, las alambradas ciclónicas semiderruidas por el peso aquel de haber sido pareja de una arrebatadora Susy, en esas tórridas y pasadas muestras de amor intenso, bajo citas de novios y con besos prolongados de sobra censurados por niñas particularmente como es el caso de Ada...


En ese correr a toda prisa, cualquiera de esos niños llega hasta la bomba de agua para refrescarse pies, manos y cabezas durante las épocas de calor primaveral o durante el sopor de verano.

En los llamados "años cincuenta", los tempranos padres discuten sobre ciertas teorías de la disciplina que deben acomodar a sus críos.


Para esos padres jóvenes, las diferencias estacionales son de relativa importancia, más no así los castigos a sus niños, pero la mala conducta que observan en las "bendiciones de Dios"; no obstante, los convence de algo indudable: son lo que sus padres en otra vuelta de tuerca anterior, quizá peor, quizá igual, pero exclusiva con sus personalidades expuestas en sus diarias actividades y comportamientos.

En mil novecientos cincuenta, cada uno de los niños ejemplifica ser estudiante elemental al vestir ropa apropiada para cada sexo; marcar diferencias significativas en sus maneras de hablar y sentir -caso de las niñas-; llevar pantalón largo o shorts entre los niños; jugar "salto al burro" o "tamaladas", por ejemplo, donde un muchacho de más estatura se coloca con el compás abierto, bien recargado ante una pared firme del cuarto de bombas de agua, para permitir colocar la cabeza de otro, con ajuste y presión exacto en la unión de entrepiernas, permitiendo que los hombros de ese primer eslabón humano quede bien sujeto, para luego flexionar medio cuerpo y dejar que los saltadores lleguen hasta ese poste, sobre su espalda; acto seguido, se coloca un segundo eslabón para aumentar de manera progresiva y rápida esos "eslabones de espaldas", que sólo son ejemplo fiel de la "palomilla de rufianes" - dicen así los adultos mayores-, que se permiten estallar en risas, muecas, pisar de manera franca esos falsos lomos por desaforados muchachos que toman distancia como si se trata de asociar un salto de vallas o un salto triple, para caer con todo su peso lo más cerca posible del "poste", quien derriba a puñetazos al osado gandul que vuela por los aires y evita, una de dos circunstancias: estrellarse contra éste grandulón, personificado en jefe de -"berracos, buenos para nada", así catalogados por las madres furiosas que les observan a distancia, sin impedimentos de ninguna especie-; o caer con piernas recogidas y "enterrando" las rodillas sobre los "lomos de recuas de mulas", entre gritos de dolor, golpes con los nudillos de las manos, cual si se tratara de porras e incluso, colgarse de los hombros para terminar separándose de manera violenta y festiva.


En momento preciso, corresponde a Iván pegar el salto sugerido y "vuela" por encima de cinco espaldas ajenas, para caer sobre la primera y recibir los puñetazos de rigor que lo derriban entre gritos y carcajadas de chico gamberro que gana fama de que lo es.

Para nadie de los niños es secreto que, al estar él a punto de saltar en segundo intento, promete llegar hasta ese primer eslabón y desbancar de lugar al "maldito de Oscar"; entonces, a una señal del llamado "poste", saben que estando en "vuelo" lo han de dejar caer al descolocarse de manera convenida, y así ocurre: desde su propio impulso y peso, rueda de manera grotesca; luego, termina sepultado entre todos, en medio de risas, golpes contusos y el arrastrarse de pies sobre el piso de tierra, cumpliendo así su "empanizada" total, tanto de trasero como de frente, sin miramientos de ninguna clase.


En esa muestra de trato, estima, contento y aceptación sin reservas, pasa dicha prueba y queda convencido con plena certeza de lo que ha de ocurrir una vez que lo mire y remire su madre, más no así, el Gran Fa 1.

En esos tiempos, la disciplina de niños como Iván son ejemplo de un hacer y no dejar pasar: estricto, duro y opresivo sin duda alguna, "justifica" que la Ley del Padre ha de cumplirse con él, por ser lo que el chico es ante ambos padres.


Él, sin duda aparte, es una persona que se ve, se observa, se sabe que está ahí, pero no se le escucha, ni mucho menos se cuestiona lo que sabe él de sí mismo, por ejemplo, en efecto, ocupa un lugar en el espacio, pero no para ponerle atención más entrañable en cuánto lo que puede decir un padre como el que tiene, sin saber si existe relación a cuánto lo ama o lo repudia.

En el día a día se sucede una lenta transformación desde su niñez hasta su preadolescencia, pues por el momento no es el adolescente que ya se encuentra en el umbral de la etapa de juventud, a la cual su progenitor le expone que debe madurar como muchacho, no como niño.


El problema de cómo educar a niños que llegan de repente a la adolescencia y saltan con temeridad a la juventud, es un tema que no tiene explicación para intentar comprender dónde queda la paternidad para establecer disciplina en un chico como Ivan.

No obstante, algo seguro intuye este último: su padre tampoco tuvo disciplina de parte de su abuelo, como todo padre para con su hijo; por tanto, la historia se repite desde el padre de él, el Gran FA1.


Tampoco hace resultado alguno en términos de influencia positiva el hecho de acudir con amigos de la misma generación y edad del padre; ni mucho menos para acercarse al resto de los familiares y pedir consejo, sugerencias u opiniones al respecto.

Para los conocidos de la comunidad, la década de los años cincuenta, muestra a los adultos en ocupaciones diversas para llevar dinero y pan a la familia, a las esposas y a los hijos generados de manera abundante, pues así se experimenta en cada casa o lugar donde se vive, pero se trata de una impresión en esa clase media que lentamente asciende el nivel de vida y bienestar familiar, ignorando que no es así entre familias con menos educación e ingresos económicos; con harta diferencia en los modos de vida, ocurriendo esto en muchos lugares que se encuentran fuera, pero con proximidad inmediata del cinturón explosivo del llamado "Distrito Federal".


Los antiguos niños del clan-Henaida Crass, lo recuerdan al paso de los años posteriores.

Siendo infantes viven un desarrollo en su manera de ser y de mantener su personalidad bajo grados de disciplina, si bien, variada, ésta se multiplica por la idea de mostrar mayor dureza para disminuir travesuras y malos ratos de los hijos "en contra de los padres".


Al mismo tiempo, los hace temer la dureza de castigos, a como lo estilaron los abuelos y de éstos a sus hijos, quienes, a su vez, se convierten en padres de la descendencia, de los niños que traen al mundo, como es el caso del clan de Henaida Crass.

Son tiempos de "buenos modales" en casa y fuera de ésta; de dar los buenos días a quien se cruce en el camino; de las buenas tardes y sus respectivas noches a otros tantos; de comer con corrección en la mesa; de conducirse con tacto al emplear cubiertos, vasos, servilleta y sobre todo, desterrar los ruidos molestos al tomar la sopa o al cortar la carne; y, por extensión, cuidarse de no manchar el mantel bordado; de masticar treinta y dos veces la comida sólida; de no golpear la cuchara dentro de los platos de postre; de, ni siquiera atreverse a eructar ni sorber el agua preparada y un sin fin de "normas más", de "normas menos", entre otras muestras por el estilo con las que crecen bajo pellizcos en antebrazos, manos o cabellos, a falta del clásico jalón de lóbulos de las orejas.


Pese a todo, no pueden evitar escuchar ácidos debates sobre ideologías cercanas a los socialismos que no alcanzan a definir en cuanto a corrientes o tendencias.

Más no así, por ejemplo, en lo que piensan respecto del problema del género, donde las chicas, en caso muy específico hacen referencias de amigas conocidas, como desconocidas con las que traban amistades ocasionales.


En ese sentido, una riña constante sostiene la madre de Obdulión I, porque se queda estacionada, anclada al viejo sinarquismo que nadie entiende, ni interesa y mucho menos se pone atención respecto del sentido defensor de la impartición de la doctrina católica, de la insistencia y necesidad de hacer confesión semanal, quincenal y mensual entre sus descendientes directos.

De censurar por lo bajo ante ese par de padres de críos que rondan a ciertos amigos de otras proles, sin que les pongan un alto en el sentido de prohibirles escuchar conversaciones centradas en un inaudito tono que repudia y que da, por sentado que ha de oler a "comunismo rojo": sin importar que sea, a la cubana, a la española o de cualquier parte del mundo.


Esta abuela rancia para los nietos es presa del catolicismo social de los años en que era más joven e inconforme, como cuando se debatía el mundo dentro del episodio de la llamada: "Guerra Fría".

Es un ejemplo de temor nunca aclarado a su hijo y ahora, padre irremediable de una "chamacada" (expresión incierta para denominar a niñas y niños) sometidos en sus conciencias, pues se trata de una abuela que no espera nada provechoso del futuro que se encuentra, de manera irremediable, "a la vuelta de la esquina".


Es decir, siente temor sobre cómo viven sus nietos: despreocupados de la amenaza del socialismo y del terrible comunismo internacional que condena al país a caer en las garras del imperialismo ruso, en franca disputa ante el otro imperialismo, el yanqui.

Esa lucha de oponentes colosales empieza a hacer estragos en el comportamiento y consumo de aparentes novedades que llegan con mayor insistencia desde cualquier parte de Estados Unidos de Norteamérica hasta México, y se hace presente cada vez más en cualquier rincón de la patria; esa patria católica que debe defenderse de la presencia y actividades de las iglesias protestantes y de las sectas cristianas que prometen más que las perlas de la virgen guadalupana.


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En dicho hogar, la abuela, para ajuste de cuentas de cualquier signo, coloca una etiqueta auto adherible sobre la parte central de la puerta exterior de entrada a la casa, misma que sostiene un lema contra la perversidad del mundo exterior: "¡Este Hogar es católico! ¡Fuera el Comunismo! ¡Abajo el Socialismo!".

Los niños hacen costumbre de verla y leerla de vez en cuando, tanto al salir como al regresar de, por ejemplo, de la casa a la escuela y viceversa.


Ahí nace el sentido de un temprano debate entre ellas y ellos y un orden del día donde, cada vez que se activa el comentario, debaten sin sentido con respecto de lo que puede significar lo que ella expone.

Nunca antes como ahora se imaginan el modo de querer a la nación por parte de la abuela, pues por encima de todo, las niñas no comprenden por qué razón esa gran madre no es capaz de amar la raíz indígena del país y sí, en cambio, la española.


No se encuentran en posibilidades de entender lo que significa: "un problema ideológico", porque esa anciana es así, y sólo alcanzan a comprender que ella es, ha sido y, probablemente termine sus días, siendo determinante en esas viejas ideas que causan extrañeza por la manera en que se identifica en preferencia con algo nunca antes escuchado: el fascismo a la italiana y a la española.

De esta última, recuerdan para siempre sus manotazos sobre la superficie de la mesa, principalmente al alegar que, de no ser por una y otra, el mundo donde se vive, hace mucho tiempo atrás abría de incurrir en pecado mortal por no estar alertas ante esas otras amenazas difíciles de comprender: la rusa y la yanqui.


En esos intervalos de niñez, no advierten a como ella lo expresa mañana, tarde o noche, lo que recuerda, a modo de profecía, de que, cuando pasen a ser jóvenes y luego a ser adultos, el Altísimo los condena sin más; y por nada de sentido común nunca deben consentir en esas ideas extremas; y, todavía para peor, si por ignorancia, mala fe o titubeos terminan de condenarse al hacer o volverse partidarios ya sin remedio de salvación alguna para mostrar apego a esas tendencias, llevan en sus conciencias la penitencia do su desastre hasta su propia casa, como cree que ocurre donde ella los aloja desde sus nacimientos.

Declarados por la abuela, como: "católicos por los cuatro costados", mientras son niños de ambos sexos, ni siquiera imaginan que deben dar su consentimiento infantil a ser lo que aún no comprenden en cómo serlo de mejor manera y para agrado de Dios.


También advierte que, con el paso de las transiciones a la adolescencia, ya no parece suficiente serlo.

Y entonces una tendencia popular nacionalista se filtra en la comunidad, gracias a que otros padres trabajadores cuentan con posibilidades de estar agremiados a sindicatos.


Pero se dividen en dos tendencias irremediables: la de los identificados con la ideología social cristiana pero tolerantes con la influencia del partido oficial que gana todas las elecciones.

Como la otra parte, la de los celosos posicionados en la tendencia de la llamada: "tercera posición europea", pues se trata de quienes se encuentran en los tiempos de convivencia entre chicos de edades más o menos compartidas como generación que sigue de lejos y con reserva temerosa a esos celosos extremistas, quienes defienden otras ideas extrañas, no menos agitadas que las de la abuela.


En cierta tarde, por ejemplo, se deriva una riña callejera entre los que exponen su tendencia de falangistas españoles, ante repudiados por otros españoles radicados en México, nunca renunciantes a la figura de un tal José Antonio Primo de Rivera; en cambio, sólo para repudiar a cierto militar español de controversias no bien comprendidas: Francisco Franco.

En esos avatares que los padres de esos niños, que lo son por entonces, debaten en sobremesa los días sábado y domingo, se acompañan, por lo general, entre botellas de vino tinto y blanco, quesos y jamón serrano.


Escuchan ideas cruzadas de defensa-ataque o de contraataque, entre ejemplos de cuanto ocurre en esos días en el contexto de Europa y sobresalen términos nunca antes escuchados, como es el caso de la llamada: "acción social".

Las disputas y las agrias recriminaciones hechas entre parientes cercanos o lejanos dejan en el ánimo de los niños una interrupción momentánea a juegos de rondas y adivinanzas ante el caso de pasar cualquier adulto a las manos.


Disminuida la amenaza momentánea y solucionando el debate con copas de vino, botanas y cigarrillos, se pasa a las comidas para sobrellevar esas ideas, y manejar mejor el lenguaje en varios sentidos.

Por ejemplo, se pasa de las amenazas al flamenco; a fumar de manera intensa mientras se corea a capella y con palmas efusivas que contorsionan a sibilas en la modalidad tradicional al cante hondo; se condena o exculpa al comunismo internacional o se dimensiona la noticia de comunistas internacionales y perseguidos extranjeros, como a sus seguidores en México.


Sin tener oportunidad de concretar sus ideas, exponen de manera arbitraria lo que representa volverse comunistas: que las personas que los escuchan, de manera irremediable deben entregar, a diestra y siniestra, bienes, dinero, joyas e incluso mujeres, lo que causa el repudio de la abuela a todo aquello que sugiere o declara ser más que nada, liberal pero no así conservador.

De acuerdo a sus experiencias de mujer, durante la segunda guerra mundial, se "pierde para siempre" la conducta de la gente y las buenas costumbres; del trato entre vecinos y se prepara el camino irremediable a la fatalidad entre las familias decentes...


Al Gran FA1, todo esto parece no importarle; él, por extraño caso, sabe de antemano que entre la familia nuclear como extensa, "hay - según sus palabras-, en la viña del Señor, de todo..."

Sin evitarlo, en cierta ocasión, una tía política, "la Eduviges" - así nombrada y peor conocida, de ella, pues no existen más datos de su vida-, resulta ser una activista desmedida que mantiene contacto con ciertos colonos asociados e identificados con preocupaciones de tendencia religiosa.


Incluso, con miembros de sindicatos y hasta de organizaciones campesinas, pero de las cuales mantiene su reserva si encuentra una fisonomía de rasgos principalmente indígenas; así, de inmediato interpone distancia de trato y resuelve comentarios con acidez y desconfianza ante quienes resultan ser más jóvenes que ella, sin excluir de esto, a ninguno de ambos sexos.

Esta "tía pegada" acentúa esa tendencia desde su llegada al mundo hogareño, pues se ufana en el sentido de que, en mil novecientos treinta, cuando cuenta con una edad de siete años, su curiosidad tenaz deslumbra a propios y a inmediatos extraños.


Siente su "misión" de vida para salvar al mundo del comunismo y de la idolatría del perverso culto de la personalidad de sus dirigentes, los culpables directos de llevar el internacionalismo "rojo" del oso sangriento de la llamada Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas hacia otras naciones.

Más adelante, al cumplir los diez años, ya abraza con fervor furioso la causa sinarquista; hacia los veinte años y en plena década de los cincuentas, ha de cuidarse del efecto de la declarada "edad dorada" en la música, el comportamiento y el consumo contumaz norteamericano al enfrentar y resolver sus propios avatares existenciales, prefiriendo cargarse del lado del cristianismo de la doctrina católica llamada: "Rerum Novarum", desde la cual jura propagar más allá de sus propias fronteras empíricas, como persona, la militancia religiosa dentro de la posibilidad de hacerlo en un partido político trazado por ésa santa misión.


Así, sobreviene en todo su ser un puntilloso moldeo templario a sus actitudes personales: ataca cualquier amenaza a la fe religiosa y a su espíritu creyente.

Los cambios en su personalidad se perfilan entre las décadas de los años sesenta y sobre todo en la década siguiente, cuando surge el Partido Demócrata Mexicano.


Su feroz activismo personal, partidario e irredento en clamor de protección a la fe católica, apostólica y romana abona a favor del candidato Ignacio González Gollaz, propuesto a la presidencia del país -por ser un contendiente emergente entre varios oponentes políticos- sobresaliente por entonces en mil novecientos ochenta y dos.

Reitera esa suerte un tanto contraria cuando, con otro candidato presidencial, seis años después cae bajo una aflicción temprana por el deslave del partido que ama.


Pues seis años antes marca una presencia y una separación de lenta agonía de ese instituto político, hasta que llega a mil novecientos noventa y dos, donde sobreviene la pérdida del registro partidario y dos años después presencia, sin evitarlo en su calidad de militante, la fatal disolución de ese partido.

En esa tajante división, su equívoco único pero fatal en sus aspiraciones de defensa organizada y en molde de activismo de masas cristianas, la lleva a decidir volverse adepta al Partido Alianza Social, no sin cierta desconfianza, porque el hijo del general Lázaro Cárdenas del Río - el que fuera ex-presidente mexicano de la expropiación petrolera -, quien es postulado en el año dos mil - cuando ella frisa los setenta años de edad -, y lo siente como un extraño para sus ideales y tendencias en el camino hacia la presidencia, semejando una tablita de flotación que permita a su partido, sobrellevar el mal tiempo electoral.


Entiende, con rabia e impotencia las burlas de parientes cercanos respecto de dar crédito en falso a "paleros" partidistas, cuya razón se convierte en una profecía adversa que se cumple siete años después, al perder el registro y testimoniar una siguiente lucha de intereses para evitar quedar fuera del presupuesto y, por consiguiente, hacer tambalear una organización política que en poco tiempo se desmorona hasta sus cimientos, así nomás...

Ahora, -ya una adulta mayor -, resentida "hasta el ochenta", atestigua cómo otra fracción del partido que quiso creer en ser épico y grande se dirige hacia un perfil adverso contra una persona como ella: social, comunitarista, reconstructor y agrupador de residuos de separaciones en tribus que se esfuerzan en recuperar lo que quedaba del Movimiento Nacional Sinarquista.


En una perspectiva reactiva en ella: para, por y desde las masas, incluye en éstas a los indígenas de varias partes del país, y medio la convencen de secundarlo, pero no puede impedir su aversión hacia todo aquello que remite a la "raza cobriza"... y que le recrimina, tiempo atrás en una de tantas sobremesas de fin de semana, el Gran FA1 a la que trata en calidad de "artera pariente-política y excedente de lo hispánico a ultranza"...

Por toda seña, ella, queda desconsolada en su ostracismo personal, familiar y social; y consuma, cierto día de mayo de dos mil diez, su auto suicidio: se sienta en su silla mecedora; deja de comer; de ir al baño; de asearse y callar para siempre, bajo un silencio cómplice en el que escucha cada vez más, indefinida para sus sentidos, la radio encendida en la estación "XEW", y se harta de melancolía consustancial en su ser femenino.


Virgen, nunca entregada a hombre alguno y sí en cambio a un Jesús siempre activo y en la punta de la lengua... honra a su Iglesia, a su Fe, y a las creencias del mundo católico amenazado incluso, desde dentro de la Iglesia por las conductas de jerarcas de todas las denominaciones y grados existentes en esos días.

No estando muchos de ellos, para su desgracia espiritual, contra la pobreza y la miseria; contra el hambre y el respeto a la dignidad de seres humanos, y peor aún, permitiendo que el rebaño sea conducido en casos extremos a la violación de sus personas y derechos en todos los sentidos, a que un ser humano es capaz de soportar, entrega su vida en anonimato, indiferencia, olvido y quietud de un día común como otros tantos, en que el suceso cotidiano de la ciudad de México transcurre dentro de los marcos viciados del Distrito Federal de ignominia en lo político y económico, en lo social y cultural a través de los últimos gobiernos de ese desarrollo estabilizador muerto hacia la década de los los setenta...


CONTINUACIÓN

OBDULIÓN I

10 ноября 2020 г. 17:13:45 0 Отчет Добавить Подписаться
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