samsam Samantha Hirszenberg

⚜ Theodore ha presenciado el asesinato de su madre. Sin poder hacer nada para impedirlo, debe ahora convencer a todos de que él es inocente, pero... ¿será que su cuerpo le permita probar su inocencia?, ¿será que su mente le quiere libre de la desgracia? ♛ Relato Único ♛ Historia participante de la Copa de Autores en el reto "El Pequeño Cuento Largo | The Long Story Short"


Саспенс 18+.

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Capítulo Único


Un estruendo parecido al de miles de dientes chocando entre sí me detuvo. La sensación de ahogo llegó un poco después, pues, sin darme cuenta realmente, había bajado los escalones en saltos entorpecidos por la altanería de mis propios latidos. Estaba harto. Cansado de tener que soportar la vida que apenas llevaba tras la espalda durante solo unas horas... pero así era pensé, como los desgraciados encontrábamos el sentido de una vida perdida. Siempre inventando historias en donde uno era feliz, inocente y sobre todo... suficiente.

Ella me miró con esos ojos de espesura, de demonio, de maldición. Me reprochaba en silencio. Me condenaba al infierno por la manera en la que le arruiné la vida al nacer. Sus cabellos cortos estaban teñidos de borgoña... Se desplegaban hacia los costados, como si quisieran escaparse del destino que ahora les dictaba sentencia; Toqué su rostro, su rostro de muñeca... y me recriminé no poder sentir pena por esa mirada que ahora dejaba el mundo, en pupilas opacas, custodiadas por tal capa cristalina que solo podía albergar... terror. Con mis manos entre sus cabellos busqué algo que pudiera ayudarme a detener la hemorragia en su nuca, pero ella me tomó con fuerza evitando que pudiera moverme. Pensé que se trataba de un reflejo al que todos apelamos en nuestro momento final y traté de recordar esa sensación... La sensación de cómo su fuerza se convertía en un destello endeble de lo que alguna vez fue su vida.

La misma sensación de cuando ella misma me abandonaba. La misma que tantas veces sentí entre las costillas al saberme solitario, repulsivo e indeseado. No me deseaba. Nunca perdió la oportunidad de odiarme, ni mucho menos la de hacérmelo saber. Nuestras vidas eran más un contrato firmado por personas externas, en el que nos obligaron a compartir destino juntos sin siquiera la oportunidad de apelar a nada. Yo no pedí ser su hijo; ni ella pidió ser mi madre.

Pero ahí estábamos. En medio de un mundo que se ensañaba en darnos aquello que no pedíamos, en lastimarnos sin explicación de por medio, no como el karma que uno espera eludir sin éxito, sino como el designio caprichoso de un dios infantil en alguna parte del universo, que se mofaba de las desgracias que ideaba para nosotros en sus numerosas horas de juego.

La paciencia nunca estuvo entre sus dones más destacables —las innumerables cicatrices en mis brazos daban fe de ello— por eso pensé que ella estaría realmente aterrada, desesperada porque su hora realmente llegara a la cúspide de su actuación.

Entonces vi aquellas suelas al pie de un altar. Las velas que le poníamos al abuelo, aún bailoteaban encendidas, así como la vida seguía su curso después de las catástrofes; así como los animales continuaban su vida después de una tormenta. No tardé en reconocerlo, ni él a mí. Nos miramos en medio de los azulejos, en medio de la habitación, en donde los cuadros de mamá nos miraban con rencor, furia y desprecio; y el aroma de las acacias llegó como una última caricia de nuestra progenitora.

—¿Qué fue lo que hiciste...?—indagué. Quizá resentido por la manera en la que, impasible, me miraba desde arriba, con ese semblante de siempre.

—Lo que tenía que hacer, Theodor, lo que tenías que hacer.

Al cabo de unos minutos, llegó la señora Sanders. Lloró como pensé que lo haría, me apartó de su cuerpo y gritó por ayuda como una auténtica desesperada. No me moví, ni mucho menos impedí que la nana de mi madre llamara a cuanta persona quisiera llamar. Las manchas de sangre en mis manos aún se sentían calientes, chorreaban de manera tímida entre mis dedos, y tarde me di cuenta, de que estaba rodeado por demasiadas personas. Habían llegado un par de oficiales, detrás de ellos un par más de vecinos curiosos que aseguraron ser grandes amigos de mamá. Los vi presentarse y llorar en el acto más hipócrita que habrían visto mis ojos alguna vez. Pero no reaccioné, me tragué mis reproches, asqueado, hasta que reconocí los ojos verduscos del oficial Jones mirándome directo al alma.

—Hijo, ¿tú realmente?...—musitó incrédulo.

Su mirada consternada me puso al tanto de lo que maquilaban en sus cabezas. Todos, ingenuos, habían caído en su acto. El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaron que la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación, podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo. Me condenaría de la misma manera que si yo hubiera acabado con ella con mis propias manos... Por eso, quizá, comencé a sollozar.

No supe con exactitud en aquel momento por qué lloraba. No estaba triste. Ni mucho menos sorprendido de la manera en la que los acontecimientos nos habían estallado en la cara, a ella y a mí, quiero decir. Quizá el temblor en mi cuerpo se debió al miedo que le tuve a aquella persona. Quizá era la manera en la que su dominio aún se manifestaba entre mis carnes como una maldición... Nuestra maldición. Él había matado a mi madre. ¿Sabía incluso lo que aquello significaba? Parado allí, como un ángel de la muerte, con las manos limpias, el frac impecable... A cada momento que mamá se volvía más pálida, yo sentía a mi piel hervir en sangre, furioso. Se había atrevido a quitarme a la única fuente de dolor en mi vida que podía soportar sin reproche. Y lo sabía... Y se mofaba.

Los oficiales no me dejaron moverme mucho. No sé por qué me dejaron allí más tiempo, como si esperaran a que me despidiera de ella. Yo solo quería apartarme de aquel desgraciado que me hacía sentir cada vez más enfermo y asqueado. Lo observé mientras tanteaba con los dedos el atizador a un lado de la chimenea. Claro... El muy malnacido la había golpeado con eso en la cabeza. Entonces entendí. Yo nunca hubiera tenido el valor de hacerlo, de arrebatarle la vida de sus huesudas manos. Pero Augusto siempre fue más perverso, más que yo, más que ella... Por eso es que había visto la oportunidad de ponerle fin a una planta venenosa y la había tomado sin rechistar.

—¡No he sido yo!, ¡juro que no he sido yo! —musité en un patético intento por defender mi honor.

—¿Entonces quien ha sido?

Sentí a mi corazón correr como un loco dentro de mi pecho. Mis costillas a duras penas soportaron el peso de su euforia, de su rabia. Comencé a temblar, a sudar frío, la mirada de Augusto sobre mis manos ensangrentadas y la sonrisa mefistofélica que escondía entre las comisuras de sus labios me supo nauseabundo.

El oficial, hablaba con una de las vecinas, pendiente solo de reojo de mis movimientos. Entonces vi una oportunidad.

Corrí, con las manos engarrotadas, entumecidas por el tacto de su rostro, de su reproche. El oficial y mi hermano me pisaban los talones, pero corrí escalera arriba, rumbo a la habitación de ella, cerré la puerta con llave y me quedé solo en medio de la penumbra. Augusto fue el primero en llegar, reconocí de inmediato la manera en la que solo las llaves de la casa podían abrir la habitación principal... Esperé la llegada del otro oficial, pero nunca llegó. Él solo se quedó allí parado, riendo, como un maldito lunático.

—No te preocupes. Ahora somos libres... —exclamó, sardónico —lo único que tienes que hacer es asumir las consecuencias de tus actos.

—Yo no la maté. Nunca lo habría hecho.

—Lo sé, hermanito. Pero ellos tienen razón para creer que sí. —Él se acercó a paso sigiloso, confiado en que, de alguna manera, nadie lograría llegar hasta la habitación y entrar sin la maldita llave. Me miraba, se burlaba. Me tomó de los cabellos, jalando hasta torcer mi cuello de una manera dolorosa, su respiración me dejaba la piel helada, porque la asquerosa sensación de su aliento en mi cara, era demasiado para mi abrumada alma huérfana. Pude jurar que sentí cómo se desprendían un par de mechones desde la raíz. Me ahogaba, su presencia y su tacto me ahogaba, pues eran esas manos quienes habían visto por última vez en vida digna a mi bella madre. Mi bella y atroz madre...

—Te mantuvo encerrado, como un insecto, como un monstruo. Y lo que haces es llorar su muerte. Estás enfermo.

—Tú la mataste. ¡Tú eres el enfermo!—Entonces comprendí que nada de lo que hiciera me salvaría de un destino similar. Mi hermano me arrastró hasta el alféizar en la ventana y me inclinó sobre el barandal dispuesto a tirarme.

“No soy un asesino”.

“Yo no maté a mi madre”.

“Mi hermano guardaba demasiados rencores para pensar con claridad cuando le reventó el cráneo con un fierro”.

Nunca nadie me creería, porque la sangre estaba en mis manos. ¡Maldita sea la hora en que la toqué!, ¡maldita sea la hora en la que decidió darme vida, después de haber parido un monstruo como Augusto! Entonces lo escuché reír. Me retuvo contra sí, para salvarme de caer por la ventana, pero me tumbó en el suelo con violencia, entonces comenzó a apretar mi cuello, fúrico, desesperado. Los golpes en la puerta de la habitación se hicieron cada vez más fuertes, y no pude pensar nada con claridad... Ni los porqués, ni los cuándos. Todo se volvió una niebla de rabia, ahora serían mis ojos los que se desvanecerían en la incertidumbre de la muerte. Y entonces, este malnacido, esta... verdadera bestia, se quedaría deambulando con las pieles de un falso cordero guardando el luto.

No permitiría ante la sangre de mi madre tal deshonra.

Entonces, como un último acto de rebeldía contra el mundo, luché. Aterrado, asqueado y nauseabundo, luché con todas mis fuerzas para vivir. Ni siquiera era consciente de que aquella vida, ya no tenía ningún valor... Sin embargo, allí estaba, luchando por algo que tenía por mero capricho ajeno. Una nube negra se adueñó de mi mente, ese ya no era mi hermano, era un animal al que tenía que destripar a como diera lugar.

Y lo hice, levanté su cabeza, tomándole de las orejas, y estrellé el cráneo contra las losas. Una. Tres. Diez veces.

En algún lugar de mi consciencia, yacía yo inútil, apelmazado, drogado. Rogando porque la pesadilla se acabase. Observaba desde afuera, cómo tomaba a mi hermano del cuello y le apretaba hasta que el aire fuera un intruso indeseado en sus pulmones. Disfrutaba yo en mi ensoñación cómo se debilitaba ante la supremacía de mis músculos y la hemorragia en su cabeza. Yo no parecía un hombre, jamás en el espejo vi a una criatura tan horripilante como aquella; la saliva... le... le escurría por la comisura de los labios... Y los ojos muertos con los que le miraba, eran definitivamente los de un ser oscuro... Un demonio, uno de verdad, uno recién salido del averno para impartir una justicia que no le conocía.

“¡No, por favor!, ¡Suéltalo!” supliqué.

Pero no me escuchó.

Él le rompía el cuello, mientras mis gritos se hacían cada vez más fuertes. Un gruñido se escapó de mi garganta y, bajo mis manos... había un cadáver.

Sentí miles de aromas nauseabundos revolverse en el centro de mi estómago... Y sentí cómo el jugo gástrico traspasó mi garganta en una tirada violenta. Vomité mucho esa noche. Lloré mucho también. Al otro lado, la puerta apenas había cedido ante los oficiales. Como si hubieran esperado a que el cuerpo de mi hermano dejara de respirar, para de nuevo asentarme ante las narices, una obra de teatro perfecta para mi tragedia, una en la que mi villanía se pintaba perfecta ante el escrutinio de sus morales.

Cuando lo solté, de nuevo mis manos estaban engarrotadas... Igual que la última vez.


FIN.



Love, Sam | 09102020

9 октября 2020 г. 22:03:59 0 Отчет Добавить Подписаться
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Samantha Hirszenberg ♥️ Soy Sam Hirszenberg, es un gusto conocerte.

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