miguel-jimenez1602013255 Miguel Ruiz

Han pasado tres décadas desde que Lord Bethuz intentó desatar un poderío más allá de la comprensión de los mortales en la tan conocida "Batalla por la Señora”, En la actualidad, Delvin Samuel vive en paz junto a Serana Whitney en su cabaña al norte del pueblo de Ariandel, pero toda esa serenidad es destruida cuando un siervo del Señor de Helvet aparece pregonando su “evangelio”. Tras un enfrentamiento, Serana consigue un regalo que debe utilizar para impedir el regreso de Bethuz, y ahora es tarea de Delvin llevarla por el buen sendero para que use aquello que adquirió de manera correcta. Todo eso mientras nace una voz en el interior de la joven, la cual araña lentamente su inocencia y le pide realizar actos en contra de su voluntad. Por otro lado, Isaac Hudtler y Francis Godfrey, mejores amigos en el pasado, deben unirse en una enemistad para detener a un extraño enemigo que se hace llamar “Búho”. que amenaza con destruir el famoso y temido grupo de mercenarios llamado “Los Carmesíes", pues dicho grupo es culpado injustamente por asesinar a una de las familias más prestigiosas de Lucero del Alba. El territorio Albano es ahora un enorme lienzo, el cual, poco a poco, se revestirá de un tono carmesí...


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La Historia Carmesí

Prólogo

El Hombre que Perdió el Mundo

“- ¡Amigo mío! ¡Mírate!... ¿Este es el uso que le das a mi alma?... Me das asco… Lo tenías todo, ¡TODO! Y lo perdiste tan rápido. ¡Tenías el mundo a tu merced y lo perdiste!... El hombre que perdió el mundo. Sería un buen nombre para una canción… Desde hace mucho tiempo te he querido hacer una pregunta, ¿Qué se siente el tener mi alma?... Mi poder…. Ya te lo dijo mi padre. Vas a pagar con la vida de ellas... ¿Recuerdas a tus padres?, ¿Recuerdas la vida que tenían? Como vivían gracias a nosotros. Todo eso va a regresar. Tendremos a nuestra merced el maldito planeta. Todo lo que has construido, todo lo que has hecho, fue gracias a mí… Pensaste que tu vida cambió cuando tus padres murieron, cuando pasaste años pudriéndote en esa prisión, cuando te casaste, cuando nació tu hija, cuando murió tu esposa… Tu vida no ha cambiado en lo absoluto. Sigues siendo aquel niño asustado que corre en el bosque… Disfruta la libertad mientras aún puedas, pues, me vas a liberar de esta prisión. Traerás a mi padre de regreso, a mis hermanos. Te obligaremos a ver el mundo que crearemos. Te mantendremos con vida para que veas lo que construimos gracias a ti, pues solo naciste para eso, para hacerme más fuerte. Y al final de todo, cuando pienses que al fin te liberaremos de tu miseria, la mataremos a ella, justo frente a tus ojos. En ese preciso momento… comenzarás a vivir… Disfruta la poca libertad que te queda Aurel, Emmily no irá a ningún lado, no hasta que aquella mujer logre su acomedido… Ahora, te voy a pedir un favor… di mi nombre.

-Bethuz-. Contestó sin titubear, pero, aun así, en su voz se escuchaba un inmenso terror, pues no podía creer que aquella bestia siguiera viva después de casi un milenio...”


Capítulo I

La Historia Carmesí


Sexto día del mes del Sol. Año 206. Cuarto Ciclo

Territorio de Lucero del Alba, La Señora Latente. Hogar de los seis pueblos aledaños, fundados por Elpidio
Seppo y los Regicidas Alados.

Cabaña de Delvin, al Norte del pueblo de Ariandel.


Hoy era un día muy importante en su vida y por eso se despertó más temprano de lo habitual. Lanzó las sabanas amarillas hacia un lado y de un brinco se levantó entusiasmada. Sus pies descalzos sintieron la madera fría al hacer contacto en ella. Estiró sus brazos hacia arriba y movió la cadera de lado a lado para que sus huesos comenzaran a trabajar. Pegó un enorme bostezo y contempló su habitación.

Aquel lugar de paredes blancas tenía un aspecto muy extraño cada vez que se despertaba, como si lo hubiera olvidado mientras dormía y al día siguiente tuviera que reconocer todo nuevamente. Frente a ella, estaba su viejo armario. Aquel objeto de madera tallada contaba con dos puertas que se abrían hacia enfrente y con dos cajones rectangulares bajo ellas. A su derecha, estaba su tocador personal. Este contaba con un enorme espejo ovalado que le servía para mirarse mientras se peinaba o se maquillaba. En el extremo opuesto, a un lado de la puerta que llevaba hacia el pasillo, contaba con una mesa recargada en una esquina de la habitación. En ella estaban acomodados, uno encima de otro, los libros que utilizaba en el colegio. Sobre aquella mesa de estudio, también se podía ver una libreta abierta y un tintero de cristal junto a ella.

Después de haber verificado que todo estaba en su lugar habitual, caminó aun somnolienta hacia el armario. Cuando estuvo cerca, sujetó ambas manijas circulares con sus manos y lo abrió de par en par.

Las viejas bisagras de hierro rechinaron cuando lo hizo.

Dentro del armario, colgados mediante ganchos de madera, se podían apreciar decenas de vestidos de todos los colores, blusas para vestir en un día normal y otras cuantas prendas de cuando era niña que aun guardaba.

<Necesito deshacerme de todo esto>, pensó.

Colocó su mano derecha en su mentón y meditó meticulosamente que ropa iba a utilizar durante la ceremonia.

- ¡Ya sé! -. Exclamó.

Su voz era tan dulce y aguda que asemejaba el cántico de un hermoso ruiseñor.

Se decidió por algo que la hiciera sentir cómoda y resguarda por su madre: una hermosa blusa color salmón de mangas largas y cuello abierto y un pantalón color caqui, el cual llegaba un poco por encima de los tobillos. Para el calzado, eligió unos zapatos de cuero sin más. La verdad, nunca se preocupó tanto por su vestimenta como las demás chicas de su edad, y por esa razón había utilizado el mismo par de zapatos los últimos cinco años.

Rápidamente, se despojó de la ropa con la que había dormido la noche anterior, una enorme camisa color blanca y unos calzoncillos rosas. Se quedó con los senos al aire mientras lanzaba la ropa sucia a la canasta que yacía en el suelo, a un lado del armario. Una vez que se vistió por completo, caminó de nuevo hasta la cama mientras acomodaba sus senos dentro de la blusa, no estaba de ánimos para utilizar sostén el día de hoy, pero le preocupó un poco que sus pezones resaltaran a través de la tela. Cuando llegó a la cama, se dejó caer en el borde de esta. Soltó una pequeña risa al sentir como todo su cuerpo se mecía debido a la fuerza con la que había aterrizado en ella. Insertó ambos pies en los zapatos, primero el derecho y después el izquierdo. Ató las agujetas rápidamente, se enderezó nuevamente y se puso de pie. Comenzó a caminar a través de la habitación de lado a lado para que sus pies se ajustaran al calzado, esquivando el tapete color guindo que se encontraba frente al somier de la cama. Aquel tapete lo utilizaba cuando realizaba ejercicios físicos que le exigían estar en una posición horizontal, y no le agradaba la idea de que su piel o su ropa se llenara de polvo. Una vez lista, se dispuso a colocar las sabanas de manera ordenada sobre su colchón. Terminó de tender su cama y se volteó a ver al espejo que estaba en su tocador, a un lado de la ventana por la cual se veía la corriente del río Ó Seighin pasando rápidamente entre los prados verdes repletos de árboles y montículos de rocas. Enderezó su espalda, movió los hombros hacia atrás y se sonrió a sí misma. Repasó con detalle cada milímetro de su rostro. Sus ojos verdes que brillaban igual que las hojas de los árboles después de haber sido mojadas por el sereno mañanero. Su cabello lacio que descendía como cascadas negras muy finas hasta llegar a sus codos. Aquella nariz delgada y respingada, su frente ancha, sus mejillas rosadas, los labios bermellones y su piel de color marfil cálido.

Era hermosa, ella lo sabía, pero aun así vivía acomplejada por aquella belleza innata, pues creía que los hombres la buscaban solo como alivio carnal y que las mujeres la juzgaban a sus espaldas solo por ser más agraciada que ellas.

Para ser una mujer, era de una estatura alta. Un metro y setenta centímetros era la distancia que separaba la parte superior de su frente de sus talones.

-Como quisiera que pudieras verme, madre…-. Exclamó con nostalgia.

La blusa color salmón había pertenecido a ella, al igual que la mayor parte de la ropa que poseía. Le encantaba utilizar su ropa ya que la hacía sentir cerca suya. Las utilizaba aun cuando le quedaban un poco holgadas ya que su madre fue una mujer mucho más alta y voluptuosa que ella. El cuerpo que reflejaba aquel espejo era el de una joven mujer, esbelto y hermoso.

Sonrió por segunda ocasión a su reflejo e inhaló todo el aire que pudo.

El cuerpo que reflejaba aquel espejo era el de una joven mujer, esbelto y hermoso.

Apartó la vista del espejo y se aproximó hacia la puerta de la habitación. Antes de abrirla, tomó el bolso de cuero que estaba colgado en la pared, sobre un gancho de acero delgado. Introdujo el único tirante del bolso entre su cabeza y lo acomodó en su hombro izquierdo.

Salió de su habitación y miró el pasillo que llevaba hasta la cocina.

Las paredes del pasillo estaban hechas de roble oscuro bañadas en capas de pintura color blanco y contaba con unos zócalos de madera de pino. De igual manera, las paredes estaban adornadas con varios cuadros y pinturas pertenecientes a sus progenitores. En ellos, estaban pintados varios paisajes de Lucero del Alaba, pero en el centro de todos, se encontraba el más grande y ostentoso. Aquel cuadro era un autorretrato pintado de su padre. El marco de este estaba hecho de oro puro. En otro de ellos estaba pintado el rostro de su bella madre. De no haber sido por esos lienzos hubiera olvidado el rostro de sus padres hace mucho tiempo.

Comenzó a avanzar por el pasillo mientras sus padres la seguían con la mirada. Con cada paso que daba la madera rechinaba, así que caminó frente a la habitación de Delvin lo más despacio que pudo para no despertarlo.

A un lado de la puerta de la habitación de Delvin, pegado a la pared, estaba una pequeña mesa de acero negro en la cual descansaba una maceta de barro con un pequeño ramo de rosas rojas.

Dejó atrás la habitación y llegó a la cocina.

No se detuvo a contemplarla, todo estaba exactamente como lo dejó la noche anterior. Las alacenas pegadas a la pared estaban cerradas, la hoguera central estaba apagada y en la mesa había un cuenco de madera en el cual reposaba una cuchara de hierro y un vaso de cristal. A su derecha, se encontraba el salón. Dentro de esta habitación se podía observar una enorme chimenea pegada en la pared. Frente a esta, tres sillones acolchonados con seda estaban acomodados alrededor de una pequeña mesa rectangular fabricada de roble. Esta última descansaba sobre una alfombra de lana de oveja color beige.

Caminó mirando los restos de comida que seguían en el cuenco y se detuvo en seco cuando llegó hasta la puerta principal. Era un enorme rectángulo de madera de abedul tallado a mano. Se podía apreciar en ella los finos hilos que quedaron después de haber pasado la lija una y otra vez. La puerta contaba con un circulo de cristal en la parte superior, y en él estaban dibujados varios cirulos más pequeños que se entrelazan entre si y creaban un lienzo que parecían ser burbujas de jabón que se elevan hacia el cielo. Sujetó el pomo circular de hierro con su mano derecha y lo giró suavemente en sentido opuesto a las manecillas del reloj. El seguro de la puerta se liberó y en un solo movimiento, la abrió de par en par. Frente a ella estaba el hermoso paisaje verde que había visto por más de diez años y que nunca se cansaría de él. Lo primero que hizo fue observar el cielo, este la recibía con una sonrisa que se dibujaba con las escasas nubes que eran arrastradas por la corriente del aire. Estaba amaneciendo. A esa hora, el cielo tenía un aspecto carmesí y los pocos rayos de luz se comenzaban a asomar por el horizonte, al igual que aquel enorme astro que daba vida a los árboles y flores que abundaban por las tierras de Hinode.

La madera con la que estaba fabricada la cabaña donde vivían era de roble. Cada uno de esos troncos, que ahora no eran más que tablas clavadas unas a las otras, habían sido talados y colocados personalmente por un joven Delvin enamorado de apenas veinticinco años, con la finalidad de vivir con su prometida en aquel entonces. La fachada de la cabaña era de unos veinte metros de largo por tres de altura. Contaba con una ventana a cada lado de la puerta, las cuales estaban cerradas en ese momento y solo se podía observar las cortinas amarillas a través del cristal. La ventana derecha estaba en la cocina y la ventana izquierda estaba justo en el salón. La losa de la cabaña estaba hecha de cientos de pequeños ladrillos anaranjados, cada uno de ellos estaba muy bien adherido al resto para evitar que se desplomara, y era sostenida por cinco columnas muy delgadas a lo largo de toda la fachada. Frente a la cabaña se creaba una pequeña valla, unida a las columnas, de unos cincuenta centímetros de alto que delimitaba la entrada. Por fuera de la valla, estaban un grupo de arbustos que la recorrían por completo. Del lado izquierdo de la losa, muy cerca al borde, emergía una larga y delgada chimenea fabricada con los mismos ladrillos. En la parte izquierda de la cabaña, de uno de sus laterales, colgaba una hermosa enredadera de tulipanes rosas que se mecía con la corriente de aire.

Sabía que ese lugar guardaba cientos de recuerdos y esperaba que Delvin se los contara algún día.

Cerró la puerta detrás de ella con cuidado para no hacer ningún ruido. Caminó por la entrada de la cabaña y se detuvo justo donde la pequeña valla comenzaba. El techo aun cubría su cabeza.

Todo a su alrededor era de color verde, pues su cabaña estaba muy próxima al Bosque de los Canticos Diurnos. Escuchaba a los pajarillos cantar y sentía la brisa del aire en todo su cuerpo.

Al oeste de la cabaña cruzaba el río Ó Seighin, el río más largo de Hinode, el cual recorría kilómetros y kilómetros a lo largo de toda Lucero del Alba. Ese río tenía el agua más clara y fría que cualquier otro que haya conocido. En él se bañaban, lavan su ropa, pescaban y utilizaban el agua para regar los cultivos.

Al noroeste de la cabaña, se podía observar, a lo lejos, una enorme cascada descendía a través de la Cordillera del Rey. Dicha cordillera estaba formada por tres enormes montañas adyacentes. Ese nombre honraba a los tres primeros reyes de Lucero del Alba.

Le encantaba ese lugar, todo era paz y tranquilidad.

Comenzó a caminar por el sendero de tierra que se había creado en el suelo gracias a las incontables pisadas que había sufrido. Giró hacia la derecha de la cabaña y se dirigió al frondoso manzano que estaba situado en la parte posterior de la cabaña. En su camino hacia el manzano, pasó junto al huerto. Este era pequeño y estaba rodeado por una valla de madera color blanca. Ella se encargaba de regar las flores y los cultivos que utilizaban para preparar sus alimentos, los cuales iban desde zanahorias hasta patatas y de tulipanes hasta hermosos girasoles. Más allá del final de la cabaña, donde el césped no tiene fin, estaba el viejo manzano. Sus enormes ramas, cubiertas de numerosas y frondosas hojas verdes, asemejaban un par brazos extendidos que buscan el abrazo de un viejo amigo.

Tomó una de las manzanas, la jaló con fuerza y toda la rama se movió de arriba abajo haciendo que todas sus hermanas danzaran de alegría al ver como una de ellas había madurado por completo. La observó unos segundos antes de comerla. Su color era muy intenso.

No soportó la tentación y le dio una enorme mordida.

Eran las mejores manzanas que había comido en su vida. Podría comerlas por el resto de su vida y nunca se cansaría de ellas.

Dio una segunda mordida, esta vez mas grande.

Sonrió al ver que todo salía bien, que todo estaba bien. Sentía la briza del aire en su cara. Aquel susurró natural movía las hojas de los árboles y el césped. Terminó de comer la fruta y lanzó el corazón de la misma a las raíces del árbol para que le sirvieran de abono. Se limpió los restos de saliva que habían quedado en la comisura de sus labios con el dorso de su mano. Observó como la corriente del río avanzaba rápidamente mientras caminaba hasta el redil. Aquella corriente de agua estaba al nivel suelo y se movía con mucha tranquilidad. En el agua se podía ver una pequeña parvada de cisnes que nadaban muy tranquilamente mientras la marea los llevaba hasta donde fuera que fuese su destino.

Se alejó del manzano y caminó hasta la parte posterior de la cabaña. En ese lugar estaba otra puerta de madera que servía como acceso secundario. A unos cinco metros del río, contaban con una caseta de jardín donde almacenaban todo lo que necesitaban para cultivar las flores y el alimento para los caballos. Más allá de la caseta estaba el redil. Era un extenso rectángulo de doscientos metros cuadrados donde los animales pastaban y corrían libremente.

Se acercó hasta la valla del redil, la cual tenía una altura de un metro con sesenta centímetros. Apoyó su pie derecho en uno de los barrotes de madera, sujetó con ambas manos la parte superior de la valla y se trepó en ella. Colocó ambos brazos a lo largo del barrote y llamó a su caballo.

El animal, al escuchar a su dueña, corrió alegremente hacia ella.

-Buenos días muchacho.

Su caballo albino se llamaba Viento. Aquel corcel de ojos azules y crin dorado tenía su pelaje limpio y muy bien peinado. Ella se encargaba de cuidar a su fiel mascota todos los días sin falta. Su silla de montar, color negro y de bordados blancos, se apreciaba en la espalda del caballo, pues ella se la había colocado la noche anterior para no perder tiempo. En la parte trasera de la silla contaba con dos alforjas, una de cada lado, que servían para almacenar lo que compraba cada que iba de visita al pueblo de Ariandel.

Apartó su mano derecha de la valla y acarició la nuca del animal. El caballo relinchó de gusto.

-Buenos días a ti también hermosa.

A ellos se había acercado la yegua negra que hasta hace un momento jugaba cariñosamente con Viento. Su nombre era Joya.

Delvin la había rescatado hace cinco años. El pobre animal estaba tumbado en el suelo con una flecha en el estómago, tenía indicios de deshidratación e inanición extrema. Ella y Delvin le trataron sus heridas y la alimentaron por semanas hasta que pudo levantarse y galopar como si nada hubiera pasado.

Sin pensarlo más, bajó de la valla de un brinco y abrió el redil. Tomó a Viento por las riendas y lo guio hasta estar fuera. Cerró la puerta para que la yegua no saliera. Sujetó su bolso con ambas manos y lo llevó hacia su espalda para que no le molestara, se montó en su caballo y le dio la orden de que comenzara a avanzar.

El caballo levantó ambas patas delanteras y acto seguido, comenzó a galopar rápidamente hacia el sureste, rumbo a la capital.

Atravesó de manera horizontal la mayor parte del territorio de Lucero del Alba. A los cinco minutos de viaje, se topó con el puente Broke. El puente estaba construido por encima del río Ó Seighin. Su estructura estaba hecha de piedra caliza y formaba un arco hacia arriba que parecía abrazar a los individuos que lo atravesaban. En la parte superior del arco estaba tallado el busto de un caballo que observaba a todo aquel que pasara por el puente con su mirada penetrante.

Nadie sabe lo viejo que es ese puente, y hay quienes afirman que se construyó mucho antes de que el Primer Ciclo diera inicio.

Mientras su caballo cruzaba rápidamente los diez metros que media el puente, ella miró fijamente a los ojos de piedra de aquel animal como lo hacía cada vez que pasaba por ahí.

<Dame suerte>, pensó.

Continuó su recorrido por las praderas y bosques. Después de haberse alejado unos cinco kilómetros de la cabaña, llegó al segundo puente que interceptaba su trayecto, el Astor, puente que servía para cruzar de lado a lado el río Tartarus, el segundo río del territorio albano y mucho más pequeño que su hermano el Ó Seighin. Este puente era del mismo material que el Broke, pero con la diferencia que este no tenía un arco encima de él. Era una estructura con una pequeña curvatura que subía y después caía sutilmente. No excedía los seis metros de largo. La mayor parte de este puente estaba cubierta de moho y de hierba que habían crecido debido a la humedad del agua que corría bajo él.

Cruzó el segundo puente velozmente mientras mantenía su mirada fija al inmenso mar que poco a poco aparecía a lo lejos y con él, Skywind, la capital de Lucero del Alba.

Skywind era el pueblo que se encargaba del comercio y de la pesca, ya que estaba muy cerca del mar. En ella también se encontraba el colegio de Camber, el puerto Casquet, perteneciente a la familia que lleva el mismo apellido, el Distrito de Olivo, la Destilería Gray y por supuesto, el Palacio de Olivo, lugar donde reside el gobierno del Rey Soberano del territorio Albano; Octavio Geld II, comúnmente conocido como el Rey de Cristal.

Pasaron sesenta minutos desde que partió de la cabaña donde vivía antes de llegar a su destino.

El camino que llevaba hasta la entrada de la capital era un sendero de tierra rodeado por árboles y algunas construcciones de piedra. Entre ellas estaban una pequeña granja, los establos, un enorme granero hecho de piedra y un puesto secundario donde los guardias del pueblo utilizaban para descansar y para el aseo personal.

Más allá del sendero, bajando por una colina, se podía apreciar el enorme mar de Absol y en él, estaba el puerto Casquet, el cual se encargaba de todos los envíos marítimos hacia todas las regiones de Hollow. En el agua, estaban anclados numerosos y enormes barcos de madera con velas blancas hondeando de manera orgullosa el majestuoso búho, todos a la espera de que el capitán diera la señal de partir. Los trabajadores caminaban rápidamente sobre los tablones de madera llevando las mercancías hacia el barco. Enormes cajas, barriles de aguamiel, animales y cientos de armas y armaduras. También se podía escuchar las campanadas que avisaban que una embarcación estaba próxima a arribar. Las embarcaciones eran guiadas por un enorme faro de piedra que estaba en la orilla del mar y, sobre él, una enorme llamarada naranja ardía ávidamente.

Montada en Viento, cabalgó por el sendero de tierra entre la gente que se dirigía a realizar sus labores cotidianas hasta estar frente a las murallas de piedra de la capital. De aquellos rocosos y robustos muros colgaban los estandartes de Skywind: el pez espada, de color verde olivo y el de Lucero del Alba: el búho que mira hacia el oeste, de un color gris intenso. Dicho búho contaba con dos grietas que recorrían diagonalmente su único ojo visible. Ambos estandartes estaban fabricados de las telas más finas.

Los guardias de Skywind ya conocían a la joven que se acercaba hacia la entrada.

Los hombres vestían la armadura de Olivo y empuñaban con orgullo el escudo en su brazo izquierdo, el cual tenía grabado el mismo pez espada del estandarte.

Los saludó amablemente y ellos abrieron las enormes puertas de madera para que pasara. Una vez dentro, desmontó a Viento, ya que estaba prohibido montar a caballo dentro de la capital, y lo guio con su rienda.

Por dentro, la capital era muy diferente al resto de pueblos del territorio Albano. La gran mayoría de sus construcciones eran de piedra y contaban con dos plantas. Lo primero que uno veía al entrar en ella era una enorme estatua de mármol que daba vida al pez espada. Dicha representación estaba sobre un pedestal del mismo material. Más allá del animal marino que recibe a los invitados, las construcciones de piedra seguían una línea recta que era dividida por una acera por donde los peatones transitaban libremente. A su lado derecho observaba la taberna. Esta estaba construida bajo un enorme toldo color rojo que era sostenido por dos columnas. A su lado izquierdo estaba la herrería, y en ella, sentado sobre una banca, un hombre de edad avanzada, impregnado en sudor, golpeaba una espada de hierro al rojo vivo una y otra vez con un mazo para darle forma. El hombre se detuvo un momento, limpió el sudor de su frente con la mano izquierda y continuó su trabajo.

Siguió su camino hasta llegar a la plaza central.

En la plaza se encontraba el mercado donde la gente compraba y vendía todo lo que necesitaba para el día a día. Los puestos que se podían encontrar ahí eran muy variados. Iban desde puestos de alimentos hasta puestos de joyerías y otros tantos que ofrecían armas y armaduras. La mayor parte de estos estaban fabricados de trozos de madera clavadas entre si y estaban adornados con trozos de tela y letreros de colores para llamar la atención de la gente que caminaba rápidamente entre los puestos, comprando o solo observando.

Ella observaba muy intrigada cada detállate mientras caminaba rápidamente por el mercado para no llegar tarde a su destino. La llamada de atención de la madre a su hijo que no obedece, los niños corriendo y gritando desesperados, los músicos que tocaban alegremente mientras las bailarinas movían sus caderas al ritmo de las laudes y los vendedores pregonando sus discursos una y otra vez para intentar captar la atención de los posibles compradores.

Un señor pasó a su lado y la golpeó con su hombro izquierdo, lo cual causó que ella perdiera un poco el equilibrio y casi tropezara.

Dejó atrás el mercado y con él, el sonido ensordecedor.

Después de unos metros, giró hacia la izquierda justo antes de llegar a la Colina de Olivo, la hermana bastarda del Distrito de Olivo, y, justo frente a ella, se encontraba la enorme reja de hierro negro que delimitaba el inmenso campus de Camber al resto de los habitantes. Los barrotes tenían un grosor de tres centímetros y una altura de tres metros. Las murallas del colegio estaban fabricadas de piedra y rodeaban todo el campus por completo. De ellas, colgaban enredaderas y antorchas que eran encendidas cuando la noche cayera.

Al igual que a los guardias anteriores, saludó amablemente al guardia que registraba a los estudiantes. El hombre portaba la misma armadura y en su cintura colgaba una espada.

El guardia le abrió la puerta y ella se dirigió rápidamente hasta su facultad, Filosofía Albana.

Guio su caballo a través de un estrecho pasillo que partía en dos un extenso rectángulo de césped. Frente a ella, estaba la biblioteca Adán Shurtz, el nombre hacia honor a unos de los seis regicidas alados que liberaron Lucero del Alba hace casi diez siglos. Aquel lugar donde los alumnos acudían a realizar sus tareas o simplemente a leer, estaba hecho de granito color marrón oscuro y en su costado izquierdo contaba con una especie de columna decorativa en forma horizontal. A unos treinta metros de la biblioteca, justo frente ella, estaba la torre de Lodge, la cual se encargaba de la administración de toda Camber y de cada una de sus facultades. Aquella torre estaba fabricada con piedra tosca y contaba con una altura de más de treinta metros. Cada uno de los pisos servía para diferentes departamentos administrativos.

La joven continuó caminando por el campus.

La plaza central estaba llena de alumnos que caminaban en todas las direcciones. Unos caminaban rápidamente hacia sus clases porque estaban atrasados y otros avanzaban tranquilos en dirección a sus hogares.

De su lado derecho se encontraba un pequeño jardín con unos cuantos árboles y, justo en el borde de este, estaba una estatua de mármol que inmortalizaba la memoria de tres de los mejores profesores de Camber sentados en ella. Las tres estatuas de los catedráticos estaban vestidas con túnicas pertenecientes al consejo de profesores del colegio de Camber.

Pasó frente a otro grupo de alumnos que platicaban alegremente entre ellos. También observó como una hermosa joven de piel blanca sujetaba fuertemente la mano de un joven de pelo rubio muy apuesto. Al ver aquella escena se llenó de una inmensa tristeza.

Sacudió su cabeza para dejar de pensar en aquello que nublaba su felicidad y apresuró el paso, la hora de la ceremonia estaba a punto de comenzar y no quería llegar tarde.

Sonrió una vez más y recordó que su vida estaba a punto de mejorar.

Estaba viviendo el mejor día de su vida. Después de cinco años de arduo trabajo lo había logrado. Cinco años en los que dedico su vida a esforzarse por un futuro mejor. Cinco años donde había conocido a personas que la alentaron, que la felicitaron, la regañaron y que la enseñaron a ser una persona ejemplar, no solo para Skywind, sino para toda Lucero del Alba.

Después de cinco años, había logrado su meta, graduarse de la facultad de Filosofía Albana. Aquella facultad tan codiciada y prestigiosa donde “solo las mentes más brillantes tienen cabida”.

Ella nunca creyó en eso. Ella creía que cualquier persona con la mínima determinación podría egresar de aquella facultad o de cualquiera.

Durante todos esos años recibió cientos de elogios. “Felicidades”, “Eres un orgullo para Camber”, “Desearía tener una hija como tú”, “Delvin debe de estar muy orgulloso de ti”.

Delvin la había cuidado desde hace trece años cuando su padre la abandonó y su madre murió. Lo último que recuerda de sus progenitores es ver a su padre subir a su carruaje sin voltear hacia atrás e irse lo más rápido que pudo. Durante años no entendía porque la había abandonado. Lo extrañaba mucho, pero Delvin la ayudaba a sentirse mejor. Él había gastado demasiados Gelds para que ella estudiara. Toda su vida la apoyó y la alentó a ser una buena mujer. Estaba agradecido en él y lo amaba como a un padre.

Apresuró el paso y recorrió los últimos metros antes de llegar a su facultad. Cuando por fin lo hizo, miró los enormes escalones de piedra que la guiaban hacia el auditorio.

Su cuerpo enteró se envolvió en nerviosismo. Ató a Viento al pequeño redil que estaba justo enfrente de las escaleras. En él había tres caballos esperando a sus respectivos dueños.

-No tardaré chico-. Se despidió del caballo.

Sujetó el tirante de su bolso con ambas manos y lo apretó con fuerza.

<Todo saldrá bien>

Subió los escalones lentamente.

Un chico de piel morena descendía rápidamente por su lado izquierdo mientras una chica pelirroja lo seguía mientras le gritaba que la esperara.

Miró las paredes de piedra gris de la facultad y como las franjas rojas horizontales las recubrían por el centro.

Terminó de subir los escalones y pudo observar como la señora Kim estaba esperándola sentada en una de las bancas. Parecía estar muy nerviosa y no dejada de leer una carpeta de hojas que sostenía con ambas manos.

La señora Kim, al verla llegar, se levantó deprisa de su asiento y caminó hacia ella.

- ¡Apresúrate Serana! Todos tus compañeros ya están dentro.

Serana asintió rápidamente.

La señora Kim era mujer de unos cuarenta años. Su pelo rizado era color café y siempre olía muy bien. Llevaba puesto un vestido marrón.

Serana pensó que aquel vestido era horrible nada más verlo, pero se lo guardo para ella.

Ambas mujeres caminaron por el pasillo de la facultad.

El lugar por donde caminaban, hecho de piedras color gris de dudosa procedencia, estaba iluminado por unas antorchas colgadas en las paredes, a lo cual, ella pensó que era totalmente incensario, ya que con la luz natural del sol era más que suficiente para ver.

Continuaron avanzando hasta que llegaron al auditorio donde se llevaría a cabo la ceremonia. La señora Kim empujó la puerta y ordenó a Serana que entrara y que tomara asiento.

Ella obedeció y entro rápidamente.

El auditorio era un lugar enorme. En ese momento estaba llenó de estudiantes y maestros. Cada uno de ellos estaba sentando sobre bancas de madera alineadas horizontalmente entre sí. Del techo, colgaban dos enormes candelabros de cristal que iluminaban alegremente el lugar. En el escenario estaba el Rector del colegio, Asgorth Klark, un hombre de sesenta y cinco años. Regordete y con una calva muy pronunciada. Llevaba puesto la túnica celeste del consejo de profesores de Camber. Detrás del rector, estaban los demás profesores sentados en una banca, sonriendo y elogiando a los alumnos que subían para recibir sus certificados.

El escenario donde se encontraban era sostenido por dos enormes columnas de piedra a los costados y estaba adornado con flores y enormes macetas distribuidas por toda la orilla.

Serana observó cómo el estandarte de Camber, color azul, estaba colgado por todo el lugar. Dicho estandarte tenía por escudo una estrella blanca de seis picos, cada uno de esos picos representaba a los Regicidas Alados, los fundadores de Lucero del Alba. Colgados también, estaban los estandartes que vio con anterioridad en las murallas, el color verde olivo y el gris intenso.

Tomó asiento en una de las bancas, entre dos jóvenes delgados y de piel morena, mientras esperaba pacientemente a que la llamaran.

Cuando el Rector finalmente mencionó su apellido, sintió como su corazón latía con euforia. Se levantó de su lugar y le pidió a uno de los chicos, al que se encontraba a su izquierda, que le diera permiso de pasar, el cual accedió a regañadientes.

Una vez que caminó hasta estar frente a todas esas personas, nerviosa, subió las escaleras laterales que llevaban hasta el escenario.

Sentía las miradas de todos en su mejilla izquierda. La mirada del rector, las de los maestros, incluso la mirada de aquel joven grosero estaba sentado junto a su asiento.

<Tranquila. Tranquila. No te pongas más nerviosa que lo que ya estas>.

El rector aguardaba pacientemente detrás de su pulpito a que Serana estuviera delante suya.

Miró el enorme ventanal circular que estaba en la pared, detrás de los maestros.

El cielo ya había adquirido su color celeste natural.

El trayecto hasta el rector se le hacía eterno. Por más que caminaba no lograba llegar y eso la ponía más nerviosa.

-Señorita Whitney-. Exclamó el Rector del colegio cuando estuvo frente a él.

A pesar de todo, había conservado el apellido de su padre.

Antes de contestar, miró la túnica que llevaba puesta aquel hombre. Le cubría hasta los tobillos, y, por el olor que desprendía, estaba segura de que no la había lavado en su vida.

-Rector Asgorth-. Contestó Serana con una sonrisa en su rostro.

Serana Whitney era una joven de veintitrés años que estaba a punto de graduarse del colegio de Camber en la Facultad de Filosofía Albana. Muy pocas mujeres habían tenido el privilegio de haberse graduado con honores de aquel colegio, y ahora era ella era parte de esa cifra.

-Es un honor para mí y para el consejo de profesores del Colegio de Camber, entregarle su certificado de estudios, el cual acredita el haber concluido sus estudios con honores en la Facultad de Filosofía Albana. -. El rector esbozó una enorme sonrisa y los maestros de detrás aplaudieron a Serana.

La joven asintió nerviosa mientras el Rector le entregaba aquel papel.

Al tenerlo en sus manos se dio cuenta de que era más pequeño de lo que imaginaba.

En la esquina superior izquierda estaba el escudo de Camber y en la esquina opuesta el búho.

En él se leía:

Colegio de Camber

Gobierno Albano

Entregan el presente:

CERTIFICADO DE APROBACIÓN

de la Facultad de Filosofía Albana

a: Serana Whitney

Por haber terminado de manera exitosa sus estudios en nuestro colegio.

Al final del todo, se encontraba la firma de Asgorth Klark, la firma del líder del consejo de maestros de Camber y la firma del Rey Octavio. Todas estas escritas con tinta negra.

Los maestros y alumnos presentes aplaudieron y elogiaron a Serana por su éxito. Ella se sentía muy feliz. Intentaba ocultar la sonrisa en su rostro porque no quería que pareciera que le daba mucha importancia a lo que sucedía, cuando era claro que si lo hacía. Lo que había logrado era una hazaña importante, ella lo sabía, pero no quería presumir de aquel gran logro.

-Octavio no pudo asistir, pero me mandó decir que está muy orgulloso de ti. Tiene un puesto en el palacio real esperando por ti-. Le dijo el rector mientras estrechaba la mano de la joven.

Ella solo asintió.

Octavio había sido amigo de su padre y de Delvin cuando eran jóvenes.

Lo veía en contadas ocasiones. La última vez la llevó por un paseo guiado en el Palacio de Olivo y le ofreció miles de Gelds si ella se quedaba a trabajar en la biblioteca del palacio, pero ella se negó igual que siempre. No podía abandonar a Delvin. Algun día le agradecería por todo lo que hizo por ella y se iría en busca de su propia vida, pero aún no era el momento para hacerlo. Tenía que estar ahí para él.

Serana agradeció una vez más al rector y a los maestros que no habían dejado de aplaudir. Uno de ellos era un señor muy alto y delgado, contaba con un enorme bigote que acariciaba lentamente mientras observaba fijamente la entrepierna de Serana, sentada a su lado, estaba una anciana con una túnica negra que le cubría la cabeza por completo y solo le dejaba a la vista su rostro arrugado. En el cuello llevaba colgado un collar de plata con el símbolo de Valder, Dios de Hollow.

Le dio la espala al rector y miró a la multitud de alumnos. Ninguna lo observaba. Todos platicaban entre sí o se morían de aburrimiento mientras miraban al techo deseando que toda esa parafernalia terminara rápido.

Se dirigió a su lugar, se sentó y observó una vez más aquel papel blanco que yacía dentro de un marco negro. Lo pegó a su pecho y lo abrazó con ambos brazos.

-Estarían orgullosos de ti...-. Susurró para sí misma.

Durante un largo periodo de tiempo que parecía nunca terminar, contempló en silencio como sus demás compañeros realizaban el mismo recorrido que ella. Se levantaban al escuchar sus nombres, se subían al escenario de madera donde estaban los maestros, caminaba hasta el pulpito y el rector les entregaba sus papeles. Observó la misma escena más de treinta veces y después de más de una hora, terminó con una mención honorifica a un joven llamado Quendric.

La ceremonia había sido muy agradable. Habían asistido cincuenta personas entre alumnos y profesores.

Serana no sentía afecto por nadie en particular. Siempre había sido una chica reservada por naturaleza. Muy pocas veces hablaba con sus compañeros. Normalmente lo hacía solo cuando requería realizar algún trabajo en equipo o cuando no comprendía algún texto de un libro y le preguntaba a Quendric.

Siempre le agradó Quendric, era muy amable con ella. Era el tipo de chico que se la pasaba callado al fondo del salón leyendo un libro y que siempre levantaba la mano para contestar las preguntas de la maestra.

Fue muy extraño que Quendric no asistiera a la ceremonia. Probablemente tuvo que ayudar a sus padres con la cosecha. Fuera lo que fuera decidió mejor no pensar en eso, cuando tuviera oportunidad lo iría a buscar a su casa. Tomó su bolso de cuero, guardó su certificado en su bolso, lo cerró y lo colgó en su hombro izquierdo. Se levantó de su asiento y volvió a pedir amablemente al joven que le diera permiso de salir. Este tuvo la misma reacción. Un poco incomoda, agradeció en voz baja y subió los escalones que la llevaban hasta la salida.

Salió del auditorio y agradeció el no tener más miradas en ella.

Abandonó su facultad lo más rápido que pudo y se dirigió nuevamente hasta la plaza central, pensando en que después podría pasar por Viento.

El colegio de Camber era pequeño pero muy bonito. En el centro de la plaza había una estatua de bronce de un búho sobre la rama de un árbol que yacía en el centro de una fuente hecha de mármol. Dicha fuente dispara chorros de agua que formaban unos arcos que pasaban encima del búho.

La estatua estaba rodeada por enormes árboles. Entre ellos había manzanos y algunos naranjos. Tenía arbustos, rosas, margaritas y uno que otro tulipán. En los árboles, se podían ver pájaros que cuidaban de sus huevos y de sus nidos.

En una de las bancas hechas de piedra, entre el césped y la fuente de la plaza, pudo ver a Mathew sentado, pensativo, viendo hacia el horizonte.

Se alegró al ver una cara conocida y se adentró entre el camino que llevaba hasta la fuente.

-Disculpe, ¿Me permite sentarme a su lado? -. Preguntó Serana en tono de burla.

Mathew volteó al escuchar aquella voz femenina.

El joven le contestó con una enorme sonrisa e hizo un ademan con la mano para que se sentara.

Mathew era un joven de veinte años. Acaba de empezar su carrera hace apenas seis meses en la facultad de Medicina. Para sorpresa de todos, descubrió la cura para el Resfriado Torácico, una de las mayores enfermedades de Hollow. Gracias a eso, todos los colegios de los seis continentes lo querían ingresar.

- ¿Cómo estás Mathew? -. Soltó una segunda pregunta mientras acomodaba su bolso frente a ella y tomaba asiento a la derecha del joven que ya había eliminado la sonrisa de su rostro.

-Ahora que estas aquí estoy un poco mejor-. Contestó sin ganas.

Tenía el pelo color castaño muy largo y peinado hacia atrás. El joven contaba con una nariz robusta, la cual había heredado de su padre. Su piel era blanca y algo que resaltaba en su rostro era la numerosa cantidad de lunares que había en él. Se le notaba triste y no dejaba de frotar sus manos una contra la otra.

-Lamento no haber asistido a tu “fiesta”-. Se disculpó mientras subía y bajaba los dedos medio e índice de ambas manos.

-No te preocupes-. Contestó ella.

-Supongo que fue aburridísimo, ¿No?

Ella soltó una risa y asintió con la cabeza.

-Ya no me siento tan culpable por no haber asistido.

Un chico caminó rápidamente frente a ellos mientras silbaba una dulce melodía. Cuando aquel chico se alejó, Mathew recargó su mano derecha en el hombro de Serana y la miró a los ojos.

-Me alegra haber entablado amistad contigo. Espero algún día ser tan brillante como mi amiga.

Serana colocó su mano encima de la de él.

- Pero ¿qué dices? Acabas de descubrir la cura para el resfriado ese. Todo mundo está orgulloso de ti. Todos los colegios del mundo te quieren. Ya eres una persona brillante. Incluso más que yo- apretó con más fuerza la mano que seguía en su hombro-. Yo estoy orgullosa de ti.

Mathew retiró la mano de su hombro y miró hacia las ramas de los árboles que cubrían el cielo.

-No me quieren a mí. Quieren lo que hay aquí -. Dijo señalando su cabeza.

Serana no dijo nada.

Se creó un silencio que duró cinco segundos y ella aprovechó eso para repasar la vestimenta que portaba el joven. Una camisa de manga larga color verde y unos pantalones de lana negra.

- ¿Cómo está tu hermano?, ¿Ya saben algo de él? -. Preguntó ella.

-Hace tres meses lo vieron en Blackwood. Al parecer vive y trabaja ahí-. Contestó Mathew con nostalgia.

Ella conoció al hermano de Matthew en los inicios de la facultad, puesto que estudiaba lo mismo que ella, pero a los pocos meses de iniciar, dejó de asistir sin avisarle a nadie. Eso hace cinco años.

-Le puedo decir a Delvin que pasemos a Blackwood para ver si está bien.

-No hace falta- Mathew la miró a los ojos. -Ese hijo de perra sabe cuidarse solo.

La joven miró al suelo al escuchar aquellas palabras.

-Bueno- dijo mientras se levanta de la banca-. Me dio gusto verte Serana, pero me tengo que ir. Tengo que contarle a mi estúpido padre sobre el dinero para pagar el viaje.

- ¿Ya decidiste un lugar? -. Preguntó entusiasmada.

- Verkehr- contestó-. Me decidí por los fanáticos religiosos.

Sabía, por parte de su hermano, que uno de los sueños de Mathew era visitar el devoto continente de oro.

Serana se levantó de su asiento y abrazó tiernamente a su amigo.

-Todo saldrá bien para ti Mathew. De eso estoy segura-. Exclamó ella mientras los brazos de aquel joven rodeaban su cintura.

Al terminar, él le sonrió, dio media vuelta y comenzó a caminar entre la vereda de piedra.

A los pocos pasos, se detuvo y volteó hacia la joven.

- ¿Sabes algo? - guardó silencio unos segundos-. Hubiera preferido que mi hermano se fijara en ti. Y no en esa maldita mujer. Él hubiera cuidado de ti… Y lo más importante… tú de él-. Dio media vuelta y se alejó sin voltear.

Serana se quedó pensando en aquellas palabras:

“Y lo más importante… tú de él…”.

< ¿Qué significado tiene eso?>.

Isaac, el hermano mayor de Mathew, era un chico estupendo. Siempre se la pasaba haciendo chistes y contando historias muy graciosas e interesantes, pero cuando estaba solo, siempre era muy callado. Miraba al suelo cuando caminaba y siempre se le notaba triste.

En una ocasión convivio con él, con sus amigos y con una chica muy bonita que siempre le hacía compañía. Recordaba muy bien el rostro de esa chica, pero no su nombre. En aquella ocasión el hermano de Matthew bebió tanto alcohol que terminó diciendo muchas tonterías que a la joven Serana de aquel entonces le hizo mucha gracia.

Serana llevó su mirada hacia aquel joven de cabello largo.

Lo vio alejarse lentamente por la plaza principal, pasó frente a la biblioteca y se adentró por el sendero por el cual ella había entrado.

-Hora de irnos señorita Whitney.

Aquella voz la trajo de vuelta a la realidad.

Serana giró la cabeza hacia atrás para ver a la persona que le había hablado.

-Hola Carlos- dijo Serana al verlo-. ¿Cómo estás?

Carlos era un amigo de Delvin. Era de baja estatura, piel oscura, barba y bigotes de color negro y con unos veinte kilos de más.

-Delvin nos mandó a recogerte. Tiene una sorpresa para ti-. Dijo con una enorme sonrisa.

- ¿Una sorpresa? - preguntó intrigada-. La última sorpresa que me dio fue hace como diez años.

-Pues la espera ha valido la pena-. Contestó el regordete hombre mientras extendía su mano hacia ella para que lo siguiera.

Ambos salieron del campus y Serana observó un carruaje estacionado frente a ellos. Detrás del carruaje, se podía observar un risco de unos cuatro metros de altura, y, más allá de este, las hectáreas de árboles y plantas se expandían por la tierra.

El vehículo era de madera oscura, las ruedas estaban hechas de hierro forjado e iba guiado por dos caballos, uno de color café y otro el blanco con motas negras.

Serana quedó sorprendida al percatarse de que su caballo estaba atado a una de las tablas del carruaje.

-Suba por favor, es un largo camino hasta su destino.

-Tiene que ser una excelente sorpresa para que me haya enviado un carruaje solo para mí- Exclamó entusiasmada-. Pero, espera- dijo-. ¿Quién se va a llevar a Viento?

-Yo me hare cargo de eso- respondió Carlos mientras desataba el nudo de las riendas de Viento-. Tu amigo estará en buenas manos, no te preocupes.

Viento estaba nervioso, pues no le agradaba la idea de que otra persona lo montara. Serana, al ver la reacción de su caballo, se acercó a este y le acarició la crin suavemente.

-Tranquilo chico. Carlos es un amigo de confianza. Él te cuidara- la joven lo besó tiernamente en la frente-. Te veré en casa.

El animal, al sentir el cariño de su dueña, se calmó.

- ¡Vaya! - exclamó sorprendido el hombre-. Este caballo es más obediente que mis sobrinos.

Serana sonrió al mismo tiempo en que Carlos se montaba en el caballo.

El animal relinchó de gusto al sentir la energía del hombre encima de él.

Volteó hacia la joven y le ordenó a Viento que comenzará a galopar a toda velocidad, dejando a Serana y al carruaje atrás.

Ella, al ver como sus dos amigos se perdían entre las hojas de los árboles, se acercó al carruaje y miró al conductor. Era un hombre igual de gordo que Carlos, solo que más alto. Su piel era blanca y era calvo.

- ¡Buen día Serana! - exclamo Missael, el hombre que conducía el carruaje. ¿Lista para partir?

-Buenos días señor Missael. Que elegante carruaje tiene-. Lo eligió.

-Dejemos las formalidades para los tontos del palacio- contestó-. Sube niña, que la comida se va a enfriar.

-Gracias por arruinar la sorpresa-. Dijo Serana entre risas.

Subió al carruaje y el hombre le dio la señal a los caballos para que comenzaran a caminar.

El interior del carruaje era muy estrecho. La silla de dentro estaba acolchonada con almohadas de color rojo muy cómodas y las entradas estaban adornadas con dos cortinas del mismo color que las almohadas.

Se quitó su bolso del hombro y recostó la cabeza hacia atrás.

< Tengo tanta hambre. Espero que Delvin haya preparado su famoso estofado >.

Miró por la ventana y observó cómo Matthew pasaba a toda velocidad montando en su caballo.

<Te deseo suerte, amigo>.

-Así que ya eres toda una filosofa -. Gritó Missael desde afuera.

-Afortunadamente- le contestó ella sin despegar la mirada de los arboles-. De ahora en adelante tienes que referirte a mi como “Señorita filosofa Serana Whitney”, por favor.

-Prefiero cortarme la lengua antes que decir todas esas palabras tontas- contestó mientras soltaba una carcajada nasal-. Trata de descansar un poco niña. Es un viaje largo. Yo te despierto cuando lleguemos.

Volvió a recostar la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, el carruaje estaba pasando frente al pueblo de Nynphill.

Había dormido como veinticinco minutos.

Movió la cortina hacia un lado para observar el paisaje.

Nynphill era un pueblo muy pequeño que se dedicaba a la agricultura. Pudo observar un inmenso campo de trigo y a dos niños corriendo hacia la entrada de la ciudad.

Cerca de este pueblo se encontraba una inmensa arboleda, la cual, según los lugareños, era protegido por unas hermosas Ninfas. Claro está, que nadie aparte de ellos las había visto, dejando la existencia de aquellos seres como solo una leyenda.

<Aquí vive Quendric>, pensó., <Espero que este bien>.

Serana recargó su cabeza a un lado de la ventana y siguió contemplando el paisaje. Observaba el cielo. El sol estaba en lo más alto. Había pocas nubes y el viento soplaba un aire fresco y puro contra su cara, despeinándola un poco.

El carruaje siguió su camino. Se adentró en el Bosque de los Canticos Diurnos y a los pocos minutos, Serana vio algo que llamó su atención.

-Missael-. Gritó hacia afuera para que lo escuchara-. Detente, tenemos que ayudarlo.

- ¿Estás segura? Este bosque está lleno de gente peligrosa.

-Detente por favor-. Exclamó con firmeza.

Missael ordenó a los caballos que se detuvieran.

Fuera del carruaje, entre los árboles, se encontraba un hombre. Parecía haber tenido algún accidente, pues su caballo yacía muerto en el suelo. El hombre estaba levantando las cosas que se habían salido de sus alforjas, entre ellas se veía ropa y algunos utensilios para el aseo personal esparcidos por el césped.

- ¡Gracias al Alba! - exclamó el hombre al ver que el carruaje detenerse-. Pensé que pasarían horas hasta ver a alguien.

- ¿Necesita ayuda? -. Preguntó Serana asomándose fuera del carruaje.

-Claro que necesito ayuda. ¿Serían tan amables de llevarme lo más cerca de mi hogar?

- ¿Quién es usted? -. Preguntó Missael con mal humor.

- ¡Oh! Perdonen mis modales- el hombre colocó un brazo alrededor de su cintura e inclinó su torso haciendo una reverencia-. Ruuben Sarlota. A su servicio.

-Nosotros somos los que estamos a tu servicio-. Gruñó el conductor.

Ruuben lo miró fijamente y le contestó con una sonrisa sarcástica.

- ¿Hacia dónde vive? -. Preguntó Serana.

El hombre señalo hacia la dirección donde ellos se dirigían,

-Suba. Será un placer ayudarlo.

- ¡Tenga cuidado con lo que haga! - dijo Missael amenazándolo-. Si intenta hacerle algo a la chica le arrancaré los ojos y se los meteré por el trasero.

-Ya déjalo Missael. Se ve que es un buen hombre.

Ruuben, ignorando las amenazas del hombre, terminó de recoger sus cosas y las metió cuidadosamente dentro de las alforjas del caballo. Una vez todo dentro, colocó las alforjas en su hombro derecho y se subió al carruaje. El hombre era alto, así que tuvo que encorvar su espalda para no golpease con el techo. Se sentó al lado izquierdo de Serana. Dejó las alforjas del caballo en el suelo y se recargó en el asiento, haciendo notar que no había descansado en muchas horas.

El carruaje comenzó a moverse.

-Dígame señor Sarlota, ¿Qué es lo que pasó con su pobre caballo?

Ruuben cerró los ojos unos segundos tratando de acomodar las imágenes en su cabeza.

El señor Sarlota era un hombre muy apuesto. Sus ojos eran de color verdes y su cabello de color oro estaba muy bien peinado hacia atrás. Contaba quijada era muy torneada y sus pómulos parecían tener el color de unos duraznos.

Después de unos segundos, puso las palmas de las manos en las rodillas y comenzó a hablar.

-Me dirigía hacia mi casa, con mi mujer- miró a la joven-. Vengo de Verkehr. Trabajo en la guardia de Olivo. Por fin me habían dado unos días para descansar y los quería pasar con mi Emmily- se quedó pensando unos segundos-. Mi pobre caballo se desplomo de cansancio. Caminamos por siete días. El pobre ya era viejo, no aguantó más.

- ¿Y lo va a dejar ahí tirado para que se lo coman los cuervos? -. Preguntó Serana intrigada.

-No, no, no-contestó sorprendido-. Ese caballo me ha acompañado durante quince años. En cuanto llegue a mi casa y sepa que mi esposa este bien, regresaré por él y le daré un entierro digno de un rey.

Serana notaba algo en aquel señor. Su cara le resultaba muy familiar.

- ¿No le da miedo andar con esa ropa tan cara como si nada? Eso llama la atención de bandidos y ladrones.

El hombre iba vestido con un hermoso saco de seda color negro y unos pantalones del mismo color sin ninguna arruga visible. Debajo del saco, llevaba una camisa blanca. Alrededor de su cuello, colgaba un collar de plata con un extraño símbolo en él. El símbolo del Alba, mejor conocido como Helvet, el Reino Oscuro.

A Serana le llamó la atención aquella figura. Recordaba haberla visto en uno de los libros que leía en la biblioteca de Camber.

-Yo solo podría detener a mil hombres- alardeó-. El combate se me da muy bien.

-Pero no puede cuidar a un triste caballo-. Terció Missael desde fuera.

Serana no pudo contenerse y soltó una pequeña carcajada.

-Tu amigo es un poco imprudente- Dijo en voz baja.

Serana hizo caso omiso hacia aquel comentario.

- ¿Dónde dijo que vivía? –preguntó ella, intentando cambiar el rumbo de la conversación.

Ruuben asomó la cabeza para ver el camino.

-Unos trecientos metros más hacia adelante.

Serana sentía muy incómoda la presencia de aquel hombre. Seguía pensando que lo conocía, pero no recordaba de dónde.

Después de unos momentos de incomodo silencio, el carruaje se detuvo en medio del bosque.

-Bueno, aquí me bajo.

Ruuben levantó las alforjas del suelo y las puso de nuevo en su hombro izquierdo.

-Muy amable señorita Whitney. Tengo el presentimiento que nos volveremos a ver muy pronto.

Bajó del carruaje y caminó sendero abajo.

-Muchas gracias. Es usted muy amable-. Habló sin voltear a ver a Missael.

El conductor extendió su puño cerrado y levantó el dedo medio.

-Jódete cabrón-. Maldijo el conductor.

Serana escuchó como Missael ordenaba a los caballos que se movieran.

Mientras las ruedas giraban, mantuvo su mirada en la espalda de aquel hombre, el cual mantenía una postura muy erguida al caminar.

Algo le decía que todo lo que había dicho ese señor era mentira.

********************

Pueblo de Ariandel.

Entrada principal.

Hoy era el día en el que por fin se iban a verse las caras con aquel grupo que había estado tentando su curiosidad desde hacía ya varios años.

<Tiene que ser su hijo, es la única posibilidad… >, pensó.

Ariandel, el pueblo por el que caminaban en ese momento, era el más impórtate de Lucero del Alba, históricamente hablando. Fue el primero en fundarse de los seis y estaba lo más retirado de toda la mierda política. Aquel pueblo se encontraba al suroeste del territorio albano, muy cerca de la Cordillera del Rey. Las calles estaban asfaltadas con guijarros y seguían trayectorias ondulantes por todo el pueblo minero. Las viviendas estaban fabricadas con troncos de madera y tenían un aspecto muy hogareño. Las columnas que sostenían las losas eran troncos gruesos y las fachadas estaban decoradas con un brasero de hierro que era encendido por las noches para que los guardias pudieran ver con claridad cuando salieran a realizar sus rondines

¿Dónde los vamos a ver? -. Preguntó Francis.

-En la taberna- contestó Kanae-. Hoy será el día en el que por fin conozcamos a ese tal “Búho”.

Hace tres años y medio, una persona desconocida que se hacía llamar Búho, había contactado con los líderes de Los Carmesíes para darles información acerca de un “trabajo especial” que haría que se expandieran por toda Hollow. Ambos líderes se mostraron intrigados por aquella información, pues prometía una gran cantidad de Gelds. Y, durante esos años, les llegó, con diferencia de algunos meses, cinco contratos con información acerca de cinco prófugos de la ley, prófugos que ellos se encargaron de encontrar y detener.

- ¿Esta seguro que este será el final de todo? -. Preguntó Francis con cierta desconfianza en su voz.

-Por el bien de ese hijo de perra espero que no nos mienta-respondió con voz firme-. Yo mismo le arrancaré la puta cabeza si nos engaña.

-Yo no confió en ese hombre-. Dijo Alexandra, la esposa de Kanae.

-Nadie debería confiar en él-. Respondió Francis.

Tanto Kanae como Alexandra lideraban “Los Carmesíes”, un grupo de mercenarios a sueldo que trabajan con Octavio, el Rey Soberano.

Cualquier persona dentro o fuera de Lucero del Alba es capaz de contratar sus servicios, siempre y cuando tengan los Gelds suficientes. Los trabajos que Los Carmesíes realizaban iban desde protección personal, contratación de heraldos, espionaje, asesinatos, incluso en algunas ocasiones se dedicaban a hurtar objetos que otras personas codiciaban tener. La organización contaba con personas altamente entrenadas y capacitadas para realizar cualquiera de los encargos.

El territorio de Lucero del Alba temía y respetaba a esa organización en partes iguales. Se habían encargado de salvar los pueblos del continente en incontables ocasiones, pero, de igual manera, habían asesinado a muchas personas, personas que eran importantes para la política y la economía del territorio albano.

“Haremos lo necesario para demostrar nuestra superioridad”.

Kanae adoptó esa doctrina con el objetivo de infundir respeto, terror y superioridad ante todos.

-No debimos haber venido Kanae. Tengo un extraño presentimiento. ¿Y si es una trampa?, ¿Y si nos quieren asesinar? -. Preguntó Alexandra con suma preocupación.

Los tres ahora caminaban entre los establos del pueblo. En ese lugar, el asfalto era de tierra y sus pies se llenaban de lodo al caminar. A su derecha, un granjero alimentaba con restos de comida a sus vacas, las cuales se empujaban entre si mientras comían desesperadas. A su izquierda, se encontraba el cementerio. El fúnebre lugar estaba cercado con vallas de hierro delgadas y los arboles del lugar parecían más muertos que los cadáveres que yacían en sus tumbas. Las lapidas estaban descuidadas y la maleza había superado los treinta centímetros de alto.

El Kashan de Ariandel, que era la persona encargada de gobernar el pueblo, no se hacía cargo del cuidado y mantenimiento de las calles ni de las viviendas, y eso molestaba a todos los habitantes.

-Tranquila mujer, no pierdas los estribos- respondió con dureza-. Estaremos en un lugar público. No se arriesgarían a que la gente los descubriese. No tiene las pelotas suficientes para hacer algo en un pueblo llena de guardias. De lo contrario, contamos con el apoyo de Octavio.

- ¿El apoyo de Octavio? - Preguntó Francis-. ¿Cuándo hemos tenido la ayuda de ese viejo idiota? Solo nos usa para su propio beneficio.

Kanae no contestó. Sabía que el chico tenía razón. Octavio solo los usaba para llenarse los bolsillos con el dinero que ellos ganaban.

-Tiene razón. Nunca he confiado plenamente en Octavio – Exclamó su esposa, la cual miraba nerviosa hacia todos lados para verificar que nadie los siguiera.

Su esposo la miró fijamente.

-Cállate. Debes confiar en mí- miró a Francis-. Deben confiar en mí. Estos hijos de perra son unos cobardes. Jamás se arriesgarían a que los atrapasen. El futuro de Los Carmesíes depende de esta última entrega. Haremos todo lo que nos pidan. Además, tenemos a Francis con nosotros. Él nos protegerá.

Francis Godfrey era joven de veintitrés años. Era alto y de piel apiñonada. Su rostro y su barbilla tenían una peculiar forma cuadrada, como si su madre hubiera lijado a la perfección su rostro en el momento en que nació. Era, junto con Candace, uno de los capitanes de Los Carmesíes. Tomó ese puesto cuando el primogénito de Kanae abandonó el grupo sin decir nada.

-Mi vida será entregada sin dudar por ambos- dijo mirando a Alexandra-. No se preocupe señora, está a salvo.

Alexandra Naevius era una señora de cincuenta y dos años. Solo dos años mayor que su esposo. Ella era de una estatura mediana entre las mujeres. Su cabello era de color negro, en él se podían notar algunas canas debido a su edad. Sus ojos eran color marrón como los granos de cacao.

Kanae Hudtler era mucho más alto que ella, media poco más de un metro setenta. Era de complexión robusta y tenía su cabello color marrón muy bien peinado hacia atrás. Podría pasar horas y horas peinándolo, no se detendría hasta que quedara perfecto. Las facciones de su rostro eran las de un hombre muy apuesto y contaba con una nariz un tanto grande y robusta.

-Este pueblo volverá a ser nuestro- exclamó el hombre mientras extendía los brazos-. Tomaremos el control del gobierno y todos se postrarán ante nosotros.

Un grupo de mineros pasaron a su lado en dirección contraria a ellos. Iban vestidos con una camisa blanca que en ese momento estaba llena de tierra y lodo, al igual que sus brazos y sus rostros. Llevaban sus herramientas de trabajo, picos, palas, cubetas, y todos platicaban alegremente entre sí.

- ¡Buenas tardes! -. Exclamó uno de ellos al pasar junto al joven.

Este asintió con su cabeza mientras extendía su palma izquierda.

Ariandel era un pueblo dedicado cien por ciento a la minería. Todos los días extraían decenas de vetas de hierro, oro, malaquita y cobre que después eran fundidas en las forjas para crear armas y armaduras. También se encontraban toda clase de joyas preciosas en aquellas minas cavadas por los hombres.

Jurfer, el herrero más respetado de toda Lucero del Alba, actual integrante de Los Carmesíes, era uno de los principales encargados de trabajar todos esos metales y convertirlos en armas y armaduras que vendían por todo el territorio.

Olivo, los soldados y guardias al mando del Rey, era la que más demandaba toneladas de aquellos artefactos.

Todos los días se enviaban docenas y docenas de espadas, arcos, hachas, petos y cascos para que los guardias los portaran y pudieran realizar su trabajo con la seguridad de portar herramientas de calidad.

Kanae y su esposa, hasta hace unos pocos meses, eran los administradores de ese trabajo, puesto que conocían a Jurfer desde hace ya varios años. Octavio vendía parte de la mercancía a otras ciudades de Lucero del Alba y exportaban otra a los demás continentes. Las ganancias se dividían cincuenta-cincuenta. La mayor parte del Rey iba dirigida a Lucero del Alba. Por otra parte, Kanae usaba su parte del dinero para llevar a Los Carmesíes al siguiente nivel. Quería construir una base mucho más grande y lujosa donde poder planear todos sus trabajos y que los integrantes tuvieran sus propios refugios donde pudieran estar con sus familias sanos y salvos.

Los Carmesíes siguieron su camino.

Se adentraron nuevamente por las calles de guijarro y pasaron frente a un puesto donde una señora de avanzada edad vendía frutas y verduras frescas. La señora pregonaba el mismo discurso todos los días.

-Francis. ¿Has sabido algo de mi hijo? -. Preguntó Kanae mientras dejaban atrás a la señora que no paraba de decir que sus frutas eran las mejores de Lucero del Alba.

Francis se sorprendió ante aquella pregunta. No había preguntado por el desde hace un año.

-No señor-. respondió sin mirarlo a los ojos.

Era mentira. Francis sabía dónde estaba. Lo había investigado todo este tiempo. Jamás hubo un momento en él que no supiera donde estaba.

Alexandra siempre intentaba no llorar cada vez que pensaba en su hijo, pero era imposible. Tenían más de tres años sin saber nada de él. Todos los días lo extrañaba un poco más. Por las noches lloraba en su cama, rogando a Valder que estuviera a salvo. Su esposo escuchaba cuando ella lloraba, pero él jamás decía nada.

- ¿Qué fue lo que sucedió en realidad Francis? -. Preguntó ella con un nudo en la garganta.

Francis meditó la respuesta antes de hablar. Sabia la razón exacta de porque se había ido.

Antes de contestar, miró a la señora que barría la entrada de su cabaña por la cual iban pasando. La mujer portaba un vestido muy bonito color naranja y traía su cabello recogido hacia atrás. Creaba líneas horizontales con su escoba mientras quitaba el polvo de los tablones de madera del pórtico.

-Dejó que sus emociones se apoderaran de él- contestó al fin-. Depositó su confianza en gente que no supo apreciar la honestidad y la nobleza del Isaac de aquel entonces. Tardó demasiado tiempo en darse cuenta de las mentiras- Hizo una pausa y miró a Kanae a los ojos-. Cuando al fin lo hizo, ya era demasiado tarde. Su mente y su corazón no pudieron sobrellevar todo ese dolor y decidió partir. Insistí demasiado para poder evitarlo, pero él solo gritaba y maldecía aquella traición- volvió a llevar su mirada hacia atrás, hacia la señora que ya había terminado de limpiar la entrada de la cabaña-. Me dolió tanto verlo así. Me quebranto tanto ver así a mi amigo que no tuve más remedio que dejarlo ir para que sanara aquellas llagas.

Kanae sopesaba aquellas palabras que se sintieron como una daga en su pecho. Le dolía el hecho de no haber ayudado a su primogénito. Se merecía todas esas noches de sufrimiento y sin poder dormir por no haberlo ayudado. Quería decir algo más sobre el tema. Quería aliviar tantos y tantos días de dolor e impotencia. Quería mirar a los ojos a su esposa y decirle que su hijo regresará algún día, pero no sería cierto. Su hijo jamás regresaría. Y él era el único culpable.

Alexandra estaba por tomar la palabra, pero una multitud a lo lejos llamó su atención.

En la plaza central de Ariandel siempre había conglomeraciones de gente. Se juntaban a ver a los artistas callejeros, a protestar por su trabajo o simplemente cuando querían celebrar algo, pero esta vez era diferente. Un estandarte de color negro marcaba esa diferencia, un estandarte con aquel maldito símbolo.

Colgado en un tronco de madera clavado en el césped, estaba la marca que aún seguían viendo en sus pesadillas. La marca que aquel demonio inmortalizó en su piel y en su mente. Un enorme rombo con seis marcas en su interior y con cuatro puntas que emergían de cada uno de sus lados. El símbolo del Alba, mejor conocido como Helvet.

Un escalofrío recorrió por la espina dorsal de la pareja.

Kanae corrió hacia aquella multitud deseando que todo fuera un sueño, pero mientras se acercaba, aquel dibujo se hacía cada vez más grande y con él, sus aciagos recuerdos.

-Señor, ¿A dónde va? -. Preguntó Francis sorprendido.

Kanae lo ignoró.

Lo único que quería era llegar para desmentir su miedo.

Había más de veinte personas reunidas en aquella plaza, entre ellos hombres, mujeres y niños. Gritaban y elogiaban al unisonó a lo fuese aquel espectáculo. La gente estaba esparcida por el centro de la plaza, algunos estaban en el césped y otros cuantos se encontraban entorpeciendo los caminos de concreto que servían para caminar entre el lugar.

Al llegar a su destino, comenzó a adentrarse entre la multitud. Empujaba a las personas para intentar pasar. Escuchaba los quejidos de la gente y como lo maldecían por aquella brusquedad, pero a él no le importaba. Tenía que llegar hasta el otro lado. Después de unos segundos de forcejear, y sin despegar la mirada de aquel símbolo, llegó hasta el frente y observó a un hombre vestido con una túnica negra que agradecía al público por haber aceptado su bendición.

Los gritos no cesaban. Le reventaba los tímpanos aquella sinfonía de aplausos y halagos hacia aquel hombre.

-. …tomen sus velas. ¡Sean salvos! -. Gritaba aquel hombre mientras entregaba unas velas a la gente de la multitud.

Alexandra y Francis alcanzaron a Kanae.

-Kanae, ¡Ese símbolo! -. Alexandra señalaba aquel estandarte llena de miedo.

Pero su esposo no la escuchaba.

- ¡Oye, tu! - gritaba Kanae-. ¡Voltea!

Los gritos de la gente impedían que su voz se escuchara. Intentó acercarse, pero la gente no lo dejaba pasar.

-…BETHUZ LOS AMA! -. gritó el hombre dando fin a su discurso.

Kanae sintió como su sangre se volvía helada al escuchar aquel nombre. Lanzó con fuerza a un hombre mayor que le estorbaba el paso, el cual cayó de frente hacia el césped. Corrió hacia el hombre de la túnica negra y lo tomó por el cuello.

- ¡¿Quién eres?!, ¡¿Por qué mencionas ese nombre?! -. Gritaba eufórico mientras apretaba su cuello con rabia, luchando por no arrancarle la cabeza hasta que le diera respuestas.

- ¿Quién es usted? - preguntó el hombre asustado-. Suélteme, me lastima.

Kanae notaba como la cara se le impregnaba de sudor debido a la adrenalina del momento.

¡Ayuda! -. Gritó el hombre hacia la gente que lo observaba.

Los gritos de la multitud habían cesado.

- ¡Contéstame! - le escupió en la cara- ¿Por qué le hablas a esta gente sobre ese monstruo? -volteó a ver el collar de aquel hombre. No había duda, era el mismo maldito collar que había visto hace treinta años. - ¿De dónde sacaste esto? -. Gritó mientras tomaba el collar con una de sus manos.

El hombre pudo respirar durante unos segundos al no tener tanta presión en su cuello.

La gente miraba asombrada aquella escena. Algunos hombres se molestaron al ver como lastimaban a aquella persona y se acercaron para intentar ayudarlo.

Al ver que podía haber problemas, Francis se puso enfrente de la gente para intentar calmarlos.

- ¡Quietos todos! - gritó-. Somos guardias de Olivo enviados por el Rey. Lo que hace mi compañero es rutinario. Tiene todo bajo control.

- ¿Rutinario? -alegó un hombre-. Lo está asfixiando. ¿Qué clase de guardia le hace eso a un civil inocente?

La gente comenzó a gritar que soltará al hombre.

-Tranquilos- dijo Alexandra. Estaba muy nerviosa. Tenía que hablar de manera adecuada para que toda esa gente no actuara con violencia. -Hace unos días un sujeto escapó de la prisión de Kraften-. Señaló al hombre al que Kanae seguía apretándole el cuello-. Este hombre entra en las características físicas del prófugo. Vamos a llevarlo ante la justicia para verificar si se trata de él.

Era muy buena mintiendo.

- ¿De qué mierda están hablando? - Masculló el hombre. Cada vez le constaba más respirar-. Soy inocente, solo trato de ayuda…

Kanae le golpeó en la mejilla izquierda con mucha fuerza.

El hombre comenzó a sangrar.

- ¡Cállate! - volvió a gritar-. Te vamos a llevar al cuartel y te vamos a sacar la verdad.

-No, ayuden…-. El hombre se quedó callado mientras veía a Kanae. -Espera… Yo a ti te conozco-. La expresión de miedo desapareció de su rostro. Ahora había una enorme sonrisa en ella.

Kanae se enfureció aún más al escuchar aquellas palabras.

- ¿De dónde me conoces saco de mierda?

-Tú humillaste a mi señor hace unas décadas- le dijo mientras le apuntaba con su dedo índice. Miró a la multitud y gritó-. ¡Él es el traidor que venció a nuestro dios! Él es el mentiroso. Él es el que quiere que nadie de ustedes sea salvo.

Kanae, al igual que su esposa, comprendían totalmente lo que aquel hombre decía.

- ¡CALLATE! No digas estupideces.

La gente se estaba enfureciendo.

Francis y Alexandra intentaban detenerlos, pero eran demasiados.

Toda la multitud exigía que lo soltara.

Kanae sabía que tenían que actuar rápido. Los gritos de la gente iban a llamar tarde o temprano la atención de los guardias y no podía permitir que le hicieran daño a ese hombre, por el momento.

-Suéltame hereje- masculló el hombre de la túnica-. Esta gente está de mi lado. Harán cualquier cosa para hacer feliz al señor Beth…

Kanae golpeó al hombre en la cara antes de que pudiera terminar la oración, dejándolo inconsciente.

Lo cargó en su hombro izquierdo y le gritó a su esposa.

- ¡Alexandra! Tenemos que salir de aquí- dijo mientras acomodaba al hombre para que no se cayera-. ¡Usa tu magia para sacarnos de aquí!

Ella lo volteó a ver con una expresión de miedo.

-No puedo usar eso. Es demasiado peligroso.

-Es la única opción.

-Pero…

- ¡Hazlo maldita sea!

Alexandra observaba como Francis empezaba a golpear a los hombres que intentaban acercarse a Kanae.

Uno lo tomó por la espalda y él contraatacó con un codazo en la oreja derecha del atacante. El hombre quedo desorientado y Francis lo derribó de una patada en el abdomen.

-No sé de qué estén hablando- dijo mientras se limpiaba la sangre que le escurría de la nariz-. Pero tienen que hacerlo ya. No creo resistir mucho más.

Alexandra le gritó a Francis que se acercara a Kanae. Cuando estuvieron los tres juntos, ella cerró los ojos.

Todo a su alrededor se había vuelta de color azul y el tiempo parecía transcurrir de una manera más lenta. Se podía ver como un grupo de guardias ya había llegado a la plaza y estaba atacando a los civiles.

Alexandra abrió los ojos. Los tenía completamente negros, como si hubieran derramado un tintero en ellos. Levantó sus brazos dejándolos en una forma horizontal y susurro estas palabras:

Abhora Kerle Septis”.

Inmediatamente, se creó un domo de color blanco alrededor de ellos. El domo estaba formado por cientos de pentágonos que emitían una brillante luz por el contorno de todos ellos. Poco a poco, el domo se iba haciendo mucho más pequeño.

Francis, Kanae y el hombre estaban totalmente inmóviles.

Alexandra gritaba debido al dolor que eso le causaba.

El domo terminó de encogerse hasta el punto en que se desvaneció.

Un estallido de luz invadió la plaza y el tiempo volvió a su estado normal. La gente gritaba y corría de los guardias que ya habían arribado hasta el lugar donde habían estado aquellas personas que decían ser guardias de Olivo.

A unos kilómetros de ahí, en medio del Bosque de los Canticos Divinos, se creó un destello con la misma luz y de él, emergieron las cuatro personas que habían huido de la plaza.

Los cuatro aterrizaron entre la tierra, las hojas secas y las ramas de los árboles del suelo.

El hombre de la túnica cayó encima de Kanae. Se levantó y trato de huir, pero este lo tomó por el cuello para que no escapara y lo sometió con fuerza hacia el piso, estrellando su mejilla derecha entre las pequeñas piedras.

-No vas a ir a ningún lado cerdo-. Le susurró al oído.

- ¡Señor! -. Gritó Francis apuntado hacia Alexandra.

Su esposa estaba tumbada a unos tres metros de ellos, entre una capa muy alta de hierba. Tenía los ojos completamente blancos y estaba convulsionando de una manera muy violenta. El haber invocado aquel hechizo de alteración había agotado todas sus fuerzas.

- ¡Francis, necesito que cuides a este imbécil!

Kanae soltó al hombre de la túnica para socorrer a su esposa.

La tomó por el cuello y la recostó en su regazo.

- ¡Alexandra ¡- Kanae la tomó de su mejilla-. ¡Cariño¡, ¡Cariño!

Una espuma de color blanco empezó a salir de su boca. Estaba completamente pálida y los espasmos no parecían disminuir.

- ¡Alexandra, reacciona!

Rápidamente, sacó un frasco de vidrio que tenía en su pantalón. El líquido de este era de color purpura. Lo destapó con la boca, escupió el corcho hacia la nada y lo acercó hacia la nariz de su mujer. Pasaron dos segundos y Alexandra dejo de convulsionar.

- ¿Qué hiciste? - Preguntó Francis.

-No preguntes- Kanae la recostó con delicadeza en el suelo. -Dejémosla descansar.

Se levantó del suelo. Se limpió el sudor de la frente con el su antebrazo. Puso sus manos alrededor de su cintura y volteó a ver al hombre de la túnica.

Aquel sujeto estaba recargado contra un árbol. En su mirada se podía ver el miedo que le trasmitían aquellos hombres que lo habían privado de su libertad.

-Ayúdame a levantarlo-. Le ordenó a Francis.

- ¿Qué me van a hacer? ¡Aléjense de mí! - . Gritó el hombre asustado.

-Kanae- Francis lo tomó por el hombro-. Tienes que explicarme que mierda acaba de pasar. ¿Qué vamos a hacer con este hombre?

Kanae seguía observando con odio al hombre que estaba contra el árbol, y, sin cambiar su mirada, volteó a ver al joven.

-Mira. Este imbécil- apuntó al hombre-. Estaba hablando de un demonio muy peligroso. Es todo lo que necesitas saber. Ahora, ayúdame a levantarlo y a atarlo a un árbol. Le voy a sacar toda la verdad.

- ¡No! ¡Aléjate de mí! - el hombre gritaba y lloraba mientras clavaba su espalda contra el árbol esperando desaparecer entre el.-. ¡Déjame en paz, soy inocente!

- No hace falta que le hagas daño- Francis se interpuso nuevamente entre Kanae-. El pobre sujeto se está cagando de miedo.

Kanae se enfureció aún más al oír esas palabras.

- ¡PUTA MADRE! – lo tomó por su camisa color gris, a la altura del cuello y lo estiró hacia él con la misma brusquedad con la que gritaba.-. ¡SOLO AYUDAME! ¡MIERDA!

Kanae guardó silencio por unos segundos sin despegar la mirada de los ojos de Francis. Respiró hondo y dijo con una voz mucho más tranquila.

-Ayúdame a levantarlo. Atémoslo a un árbol y saquémosle la información a este cabrón antes de que yo te saque los ojos a ti.

El joven asintió lentamente. Estaba aterrado.

El cuartel de Los Carmesíes le tenía respeto y miedo a Kanae por partes iguales. Así como podía felicitarte y darte un ascenso por realizar un trabajo bien hecho, también podía golpearte e insultarte solo por interrumpirlo en un discurso. Había cambiado mucho desde que su hijo los abandonó. Ese miedo que transmitía era lo que hacía que nadie lo traicionara. Nadie quería ver a Kanae enojado, pues sabían que algún día dejaría que la ira lo tomara por completo y haría algo de lo que se podía arrepentir.

Ambos, un poco más tranquilos, sujetaron al hombre por los brazos, el cual no paraba de forcejear y gritar, y le ataron las manos al árbol con el cinturón de cuero de Kanae.

- ¿De dónde sacaste esto? -. Preguntó Kanae mientras señalaba el collar del hombre.

El collar estaba hecho de huesos, no podía saber si eran de un animal o de una persona.

No hubo respuesta hacia la pregunta de Kanae.

Furioso, le dio otro golpe en el estómago. Esta vez más fuerte.

El hombre comenzó a ahogarse y a toser sangre.

-No creo que sea buena idea hacerle tanto daño-. dijo Francis

Kanae solo lo ignoró.

-Una vez más- dijo en un tono pasivo/agresivo-. ¿De dónde mierda sacaste este puto collar? Y esta vez… piensa mejor la respuesta.

El calor que se sentía en ese lugar hacia que el sudor no parara de salir de los poros de aquellos hombres.

El hombre comenzó a llorar. Repetía una y otra vez que lo dejaran libre. Que él no sabía de lo que ellos hablaban.

- ¡DIMELO YA!

- ¡Lo encontré en el bosque! -. Dijo al fin.

Kanae rio ante esa respuesta.

-Lo encontraste. ¿Lo encontraste en el bosque?

Kanae miró a Francis durante unos segundos y después volvió a golpear al hombre en el estómago. Esta vez aún más fuerte.

El hombre se quejaba y lloraba. Tanto había sido el daño que le había causado que esta vez vomitó sangre. Manchó su túnica y el poco césped que había a su alrededor.

Francis observaba impotente aquella escena. Quería hacer algo, quería intervenir, pero sabía que lo mataría si hacia algo.

Kanae tomó al hombre por el pelo y giró su cabeza con brusquedad hasta que sus ojos se encontraran con los de él.

-Si vuelves a mentir, la próxima vez vomitarás un pulmón- le susurró-. ¡Habla!

-Me lo dieron- dijo el hombre entre sollozos. Un hilo de sangre y saliva colgaba de la comisura de sus labios -. Me lo dieron en esa cueva.

- ¿Cueva? ¿Cuál cueva?

- ¡Ragstone! ¡La cueva de Ragstone! -. Gritó.

Ninguno de los integrantes de Los Carmesíes conocía la cueva que el hombre decía.

- ¿Ragstone? - Lo tomó por el cuello y lo miró fijamente- ¿Por qué promulgabas… la palabra de Bethuz?

El hombre comenzó a reír.

Kanae se molestó por aquella reacción, pero se contuvo. Esperó hasta que el hombre terminó de reír.

-Tú- dijo al fin- Tú lo venciste hace años. ¡Él volverá! Él volverá y te matará. ¡Los matará a todos!

El hombre rio más fuerte.

Kanae no pudo contenerse más. Tomó al hombre por el pelo y le estrelló la nunca contra el árbol con mucha fuerza. El hombre quedo inconsciente al momento, pero su atacante no se detuvo. Continúo golpeando su nuca una y otra vez contra la madera. El árbol se pintaba de rojo con cada impacto.

Francis intentó detenerlo, pero falló.

Kanae lo golpeó en la mejilla y lo tumbó al suelo.

Poco a poco, Francis comenzó a perder el conocimiento. Su mirada se empezaba a nublar y no podía escuchar nada. Antes de caer inconsciente, pudo ver como Kanae colocaba a aquel hombre en su hombro y se marchaba, dejando un rastro de sangre en el suelo.

********************

Quince minutos antes.

Plaza central de Ariandel.

-Pasen ciudadanos. Pasen. Presten atención a lo que tengo que decirles.

Un hombre vestido con una túnica de color negro llamaba la atención de los habitantes de aquel pueblo.

Era normal que hubiera gente armando escándalo en la plaza. Vendedores, algún circo presentando una obra para dar publicidad, incluso gente que intentaba estafar a la gente con productos supuestamente mágicos.

Pero esta vez era algo diferente.

-Hoy les voy a contar algo que cambiara sus vidas para siempre.

La gente pasaba y volteaban a ver extrañado a aquel hombre que estaba parado sobre el césped y no paraba de hablar.

Muchos pasaban de largo, otros se reían en su cara, pero una gran cantidad se acercaba para escuchar lo que aquel extraño sujeto tenía que decir.

Un extraño collar colgaba alrededor de su cuello.

- ¿Algo que hará cambiar nuestras vidas para siempre? -repitió un hombre de la nulidad-. ¿Harás que el gobierno deje de cobrarnos impuestos?

La gente del público se rio al escuchar eso.

-De seguro nos has de querer vender algún producto diciéndonos que es mágico-. Continuó otra mujer de la multitud.

-No- contestó el hombre con una sonrisa de oreja a oreja-. -No les quiero vender nada. Al contrario. Les vengo a regalar algo.

- ¿Qué es lo que nos vas a regalar? -. Preguntó intrigada la misma mujer.

-La vida eterna-. Contestó

La gente se ofendió al escuchar eso.

-Solo es otro tonto que nos quiere estafar-. Dijo otro hombre.

-No nos hagas perder el tiempo idiota.

-Tranquilos. Tranquilos- intentaba calmar a la multitud que no hacía más que insultarlo-. Lo que hay debajo de esta manta puede lograr que vivan eternamente.

El hombre señaló una pequeña mesa de madera que tenía a su derecha, a un lado de un frondoso ficus. La mesa estaba cubierta con una manta del mismo color que su túnica.

-Lo único que tienen que hacer…- el hombre hizo una pausa y miro a toda la gente de izquierda a derecha. Después, esbozó una sonrisa en su rostro, estaba a punto de darles la mejor noticia de su vida-. Es aceptar a Lord Bethuz como su señor.

Ese nombre era conocido en todo Hollow. La gente temía con solo escucharlo.

- ¿Quieres que nos entreguemos al Señor Oscuro? -. Preguntó otra mujer con los ojos abiertos de par en par.

El niño que tenía en sus brazos aquella mujer comenzó a llorar, así que dio media vuelta y se alejó para intentar calmar al infante.

- ¿Ese no es lunático que gobierna Helvet? -. Dijo otro hombre de la multitud.

La gente comenzó a abuchearlo, gritaban que no querían personas enfermas en su ciudad.

- ¡Lárgate de aquí, psicópata!

El hombre reía ante la incredulidad de la gente.

-Señores- continuó después de unos segundos de abucheos-. Lord Bethuz no quiere hacer el mal. Lo que nuestro Señor quiere es que seamos salvos.

- ¿Y porque la historia dice lo contrario? -. Lo cuestionaron.

El hombre miro al cielo, cerró los ojos y susurró: “Señor, dame las palabras necesarias para quitar la venda que cubre los ojos de esta pobre gente adoctrinada”.

- La historia la escriben aquellos que ganan- respondió despues de haber escuchado las palabras de su deidad-. El Señor Bethuz aguarda pacientemente en su reino. ¿Saben que es lo que espera? A todos ustedes-. El hombre movía los brazos como una bailarina de ballet cada que pronunciaba una palabra. -Dime algo- le dijo al hombre que lo había cuestionado momentos antes-. ¿Tú crees en todo lo que te dice el gobierno?

-No-. Contestó sin pensarlo.

El hombre de la túnica sonrió una vez más, levantó su dedo índice izquierdo al cielo y siguió con su discurso

-Querido pueblo Albano. El gobierno de Octavio II no quiere que seamos libres. Nos manipulan con historias falsas. Nos hacen creer “verdades” para poder vivir en “paz”.

En medio de aquella plaza había una estatua de plata del Rey Octavio Geld II. El monumento había sido construido hace veinticuatro años, solo tres meses después de la muerte del Rey Octavio Geld I, y yacía sobre un pedestal hecho de ébano. Contaba con placa, hecha también de ébano, en la cual se leía el lema de Lucero del Alba: “Que Valder bendiga nuestras tierras y a nuestros hijos”.

-El Rey sabe que Lord Bethuz haría un mejor trabajo que él- dijo señalado a la estatua-. Por eso lo oculta. Ese hombre es un mentiroso. Un corrupto. Ese hombre es culpable de todas las tragedias que suceden no solo en Lucero del Alba, sino en todo el planeta. ¡Señores!, ¡Hay que parar eso! ¡Debemos entregar la tierra a quien verdaderamente pertenece! ¡Debemos entregar la tierra a aquel que hará que nuestros hijos crezcan en un mundo sin peligros y sin mentirosos! - seguía apuntando a la estatua- ¡Esta tierra pertenece a Lord Bethuz!

La mayor parte de la gente que escucha aquellas palabras tomó por loco a aquel hombre y se retiró de la plaza muy ofendida, pues como serían capaces de entregarle sus almas al Señor Oscuro de Helvet. Pero no todos tomaron la misma decisión. Una pequeña parte de la gente, pobres ignorantes sin la mínima señal de criterio propio, se dejaron llevar por las palabras seductoras que entraban en sus oídos.

-Lo que dices…- un hombre de edad avanzada se había acercada hasta él- ¿Es cierto?

- ¿Bethuz quiere salvarnos? -. Preguntó la señora con el niño en brazos.

- ¡Claro que sí! - respondió alegre-. Su palabra dice: “Benditas las almas que sigan al cordero del Alba, pues ellas serán recompensadas con la sangre del hombre que alguna vez gobernó las tierras del Lucero con su potestad”.

Caminó lentamente hasta esa señora y colocó su mano sobre la nuca del infante que lo veía atentamente.

-Lord Bethuz lo cuidara- le dijo con suma convicción-. Lo cuidara a él, a ti, y a todos nosotros si le entregamos nuestra alma el día de hoy.

La mujer, al escuchar aquello, impregnó sus ojos en lágrimas.

- ¿Estas dispuesta a entregar tu alma a Lord Bethuz? -. Le preguntó.

Ella asintió mientras acercaba su barbilla a la cabeza del niño.

- ¿Y ustedes señores? - preguntó a los demás-. ¿Están dispuestos a entregarse a él?

La gente, de pronto, comenzó a asentir a aquella pregunta, pues sabían que necesitan fe en su corazón para poder vivir en paz.

- ¡Felicidades! Han tomado una sabia decisión. Lord Bethuz es agradecido con aquellos que lo guardan y lo alaban- miró de reojo a la gente que se había retirado del lugar- Algunos no merecen siquiera el derecho de escuchar su nombre-. susurró

El hombre de la túnica camino nuevamente hacia el césped y retiró con cuidado la manta que cubría la mesa a su derecha y la lanzó hacia un lado. Dejó al descubierto docenas de velas blancas, muy delgadas y con forma cilíndrica, cada una de ellas descansaba dentro de un pequeño frasco de vidrio.

-Les daré una vela. Una por familia. A la media noche, todos debemos encender las velas en nuestras casas para que el espíritu de Bethuz entre y nos bendiga.

Se formó una larga fila y el hombre entregó una vela. Una por familia.

-Recuerden- dijo el hombre al entregar la última-. Deben estar todos los integrantes de su familia para que sean salvos. ¡Oh! Una cosa más. Tengan sus ventanas cerradas para que no se escape ninguna partícula del espíritu de Lord Bethuz. Señores.

Entre la multitud, un hombre luchaba por pasar.

- ¡BETHUZ LOS AMA! -. Gritó eufórico, dando fin a su discurso.

********************

No sabía por qué aquel hombre conocía su apellido si ella en ningún momento se lo hizo saber. Pensó que tal vez se debía a que la había visto en sus visitas al palacio de Olivo y le había preguntado a Octavio por ella.

Era una posibilidad, pero no la creyó del todo.

En el palacio de Olivo, lugar que Serana visitó en muchas ocasiones debido a que Octavio le ofrecía un puesto en la realeza, había muchos hombres, y eso la incomodaba mucho. Pues, cada vez que iba de visita, los hombres la miraban con ojos de lujuria. Ella le había comentado a Octavio sobre ese asunto, y él le había dicho que no se preocupara. Le dijo que si alguno de ellos le ponía la mano encima lo mandaría directo a la guillotina. Eso la tranquilizó un poco, pero no quería que nadie muriera por su culpa, así que empezó a ignorar las miradas que no se despegaban de su entrepierna.

Dejó de pensar en aquel hombre que habían llevado hasta su cabaña y en los sucios guardias del Rey, deslizó su espalda por el respaldo del asiento, recargó su sien izquierda en el marco de la ventana y se concentró en el paisaje que se veía a través de ella.

Estaban muy cerca de la cabaña. Podía ver el río Ó Seighin a su izquierda. Aquel río cruzaba Lightmoor, Ariandel y se acercaba unos kilómetros al pueblo de Nynphill. Al final, desembocaba en una cascada con el mismo nombre del río al sur de Ariandel, casi llegando a la frontera con Lothric, ambos territorios pertenecientes al continente de Hinode.

Serana jamás había salido de Lucero del Alba. Siempre había soñado con conocer los demás territorios. Quería conocer los lugares donde se llevaron a cabo las peleas que lideraron los primeros habitantes mucho antes de que el Primer Ciclo diera inicio. Ahora que se había liberado del estudio, podía decirle a Delvin que la acompañara.

Sonrió y se dijo para sí misma que aún era joven, podía esperar unos años más antes de adentrarse en las tierras de Hollow.

Mientras Serana seguía absorta en sus pensamientos, la carreta se detuvo de manera abrupta y ella perdió el equilibrio, yéndose un poco hacia adelante.

Cuando el transporte dejó de moverse, se asomó por la ventana para ver qué había pasado, pero no tuvo respuesta alguna. El río seguía a su izquierda y al fondo de este, las extensiones de árboles no parecían acabar nunca.

Aún quedaban unos minutos antes de llegar a su destino.

Le iba a preguntar a Missael porque se habían detenido, pero el habló antes.

-Serana, no hagas ruido-. Susurró el conductor.

- ¿Qué suce…

- ¡No hagas ruido! -. Repitió el hombre con más dureza.

Serana se puso nerviosa.

Lo primero que vino a su mente fue que un oso anduviera cerca, pero Missael no se hubiera detenido por eso. Lo segundo que se imaginó era más viable. Bandidos.

Los caminos de Lucero del Alba solían estar llenos de bandidos y ladrones.

Ella misma se había topado con algunos en sus viajes al colegio.

Se escondían entre los árboles y arbustos en la espera de una presa a la cual podían robar o matar, incluso ambas, el orden no importaba.

- ¿En que los puedo ayudar caballeros?

Al escuchar aquello, Serana se levantó despacio de su asiento y se acercó a la tabla de madera que estaba frente a ella para poder escuchar bien. Colocó ambas manos extendidas en ella y acercó su oreja derecha hasta casi tocarla.

Los segundos pasaron y no hubo respuesta hacia la pregunta de Missael.

Quería asomarse por la ventana, pero estaba demasiado nerviosa para hacerlo. Incluso pasó por su mente bajar de la carreta y huir entre los árboles, pero no podía abandonar a su conductor, así que, entre el miedo y la incertidumbre, se quedó completamente estática.

- ¿Qué es lo que llevas ahí?

Al fin hubo una respuesta.

Aquella voz era muy grave y rasposa.

-S…solo llevo a un guardia real hacia su destino-. Mintió Missael.

Su voz escuchaba muy nerviosa.

Missael cargaba con una espada para defenderse en este tipo de situaciones, pero una espada era inútil para un grupo numeroso de bandidos, aún con las habilidades de él.

-Déjanos echar un vistazo.

Aquella voz sonaba muy amenazadora.

-No puedo hacerlo señores. Mi pasajero viene muy cansado. Me pidió que no le hablara hasta que llegáramos a su destino.

-Acaban de llegar a él.

Serana pudo escuchar otras voces que se rieron ante aquella declaración.

<Son bandidos>, afirmó para sí misma.

Los bandidos solían moverse en grupos de seis o siete personas.

Serana se movió lentamente hacia la derecha y asomó solo un poco la cabeza para reconocer el territorio. Estaban cerca de la cabaña. Podía gritar y Delvin los escucharía sin problemas, pero decidió esperar. Missael sabia como actuar en este tipo de situaciones. Solo tenía que decir que era parte del consejo del Rey Octavio II. Ningún bandido era tan tonto como para asesinar a alguien cercano al Rey. Siempre se alejan al oír eso. Algunos lo asaltaban de todas maneras, pero al menos no lo lastimaban.

-Caballeros, ustedes no entienden. Soy par…

- ¿Nos estás llamado estúpidos? -. Una segunda persona había hablado. Su voz sonaba igual de amenazadora y rasposa que la primera.

-No, ¡No! -la voz de Missael temblaba más a cada segundo-. Lo que intento decirles… es que soy parte del Consejo del Rey Octavio II… No queremos problemas. Como ya les dije…transporto a un guardia real hasta su destino. …Con permiso.

Missael iba a dar las señales para que los caballos empezarán a caminar, pero los hombres lo detuvieron.

-Espera. ¿Trabajas para el Rey? -. Dijo el hombre que había hablado al principio.

-Así es-. Mintió con firmeza.

Serana volvió a deslizarle a través de la carreta, esta vez hacia la izquierda, miró con cuidado hacia afuera para no ser vista y pudo ver a los hombres que interrogaban a Missael.

Frente a la carreta, esparcidos por el sendero, estaba un grupo de orcos, todos ellos montados en sus caballos.

-Hoy es nuestro día de suerte-. Dijo el líder de ellos mientras bajaba de su caballo.

Serana ocultó su cabeza dentro del vehículo con rapidez. Estaba vez, su respiración era mucho más exaltada, pues sabía que estaban perdidos. Los orcos bandidos son los más peligrosos que te puedes encontrar. No le tienen miedo a nada y mucho menos al Rey. Odian a Octavio más que nadie.

-Baja- ordenó el orco a Missael-. Hablemos más de cerca.

-No quiero problemas caballeros. Tengo que llevar a este hombre a su destino.

- ¡Que bajes! - Gritó el orco apuntando al piso con su dedo índice.

Missael no tuvo más opción que obedecerlo.

-Serana- susurró mientras bajaba-. Cuando de la orden, corre hacia el bosque.

Serana estaba petrificada.

Había escuchado las palabras de Missael, pero no sabía si podía hacerlo.

Los orcos estaban montados en caballos y la alcanzarían muy deprisa.

Volvió a asomar su cabeza hacia el exterior.

-Acércate más-. Ordenó el líder de los orcos.

Los bandidos portaban armaduras raídas fabricadas con pieles de animales.

Serana pensó que jamás se la había quitado en su vida, pues estaban llenas de tierra y lodo.

Llevaban colgantes con huesos y en algunas partes de las armaduras estaban incrustados varios dientes de diferentes animales que cubrían todo el contorno del cuello y las muñecas.

La piel de los orcos era de un color verde muy oscuro. Median por lo menos dos metros y eran extremadamente robustos, podrían levantar sin esfuerzo a un caballo con un solo brazo. Su enorme cabeza estaba completamente rasurada, sus quijadas eran cuadradas y de su boca sobresalían algunos de sus grandes y amarillentos dientes. Las armas que portaban estaban fabricadas con rocas y trozos de madera. Entre ellas se podían apreciar algunas mazas, hachas, lanzas afiladas y arcos, todas recubiertas con decenas de dientes a lo largo de sus empuñaduras.

Missael avanzaba despacio con las manos en alto mientras los orcos lo miraban fijamente.

-No queremos problemas. El Rey nos está esperando.

Intentaba cualquier cosa para que se sintieran incomodos y se marcharan.

Cuando estuvo muy cerca de ellos, el orco líder, mirándolo con una sonrisa enorme, acercó su mano derecha hacia su cintura, donde tenía guardada su hacha.

-Quiero que le lleves un mensaje a ese puto viejo de parte nuestra.

- ¡Corre Sera…!

Y antes de que terminara sus últimas palabras, con un solo movimiento en diagonal, el orco cortó la cabeza del conductor con su arma.

La cabeza de Missael, la cual contaba con una horrible expresión de asombró, rodó por los aires hasta aterrizar entre el césped, a unos pocos metros de la carreta. Su cuerpo sin vida se desplomó hacia a un lado dejando un charco de sangre bajo él.

- ¡Registren la carreta! - Ordenó el orco mientras limpiaba la sangre que había quedado en el hacha con la camisa del ahora difunto conductor.

Serana estaba aterrada.

No podía creer lo que había visto. Hasta hace unos momentos Missael seguía con vida y ahora su cabeza estaba a cinco metros de él.

Recargó su espalda en la madera y cerró los ojos. Las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y su corazón bombeaba sangre tan rápido que parecía que en cualquier momento iba a estallar.

Tenía que actuar rápido. Tenía que salir por la puerta derecha, correr hacia el bosque lo más rápido posible e intentar perderlos antes de que pudieran verla. Si lo hacía bien, podría salvarse, de lo contrario, tendría el mismo destino que el pobre de Missael. Abrió los ojos y mantuvo su mirada en el árbol que estaba afuera, entre los matorrales. Tomó su bolso de cuero y se lo colgó rápidamente. Inhaló una buena cantidad de aire y se dispuso a salir de una vez por todas.

Pero, grande fue su impresión cuando vio a alguien en la entrada de la carreta que impedía que escapara.

-Hola- dijo uno de los orcos al ver a Serana-. ¿A dónde vas con tanta prisa?

Ella se lanzó hacia atrás en el momento que vio a esa bestia, pero otro par de brazos entró por la puerta lateral opuesta y la tomó por detrás, rodeando su cuello.

El orco que estaba delante de ella, al verla inmóvil, entró deprisa en la carreta para intentar tomarla.

Serana sujetó las manos del segundo agresor con las suyas y tomó el impulso suficiente para levantar sus piernas y detener al orco que se le aproximaba.

Toda la carreta se tambaleaba debido al ajetreo.

-Deja de luchar perra- le ordenó uno de ellos-. Es completamente inútil.

Serana estiraba sus piernas con toda su fuerza para detener al orco que estaba frente a ella y con sus manos intentaba zafar las de su agresor que apretaba su cuello, pero eran demasiado fuertes.

- ¡Vengan a ayudarnos! - Gritó el que la sujetaba por el cuello.

Necesitaba liberarse de ellos antes de que los demás llegaran, de lo contrario podía darse por muerta.

Se movía con brusquedad mientras su bolso colgaba hacia abajo y su cabello se mecía hacia todos lados. Asustada, cerró los ojos un momento, sin dejar de luchar, y a su mente, vino la imagen su padre.

Recordó aquel día lluvioso en el que discutía con Delvin. Este último se veía furioso con su amigo. Ella, sujeta al marco de la puerta, solo lloraba, pues era lo único que podía hacer una niña de diez años.

Esa imagen en su mente le dio el coraje que necesitaba para liberarse de sus agresores.

Lanzó al orco frente a ella con sus piernas lo más fuerte que pudo. Él sujeto salió disparado hacia atrás, perdió el equilibrio y cayó al suelo.

Ya se había librado de uno, restaba otro.

Mordió la mano del segundo orco con rabia hasta que sus dedos sangraron debido a la presión de sus dientes. El atacante no tuvo más remedio que soltarla.

-Eres una maldita puta-. Maldijo el orco mientras se llevaba sus dedos sangrantes a la boca.

Serana oía como los demás orcos se aproximaban hacia ella.

El que estaba delante suya se abalanzó hacia su dirección, pero lo único que pudo encontrar fue el puño de ella en su cara.

Al ver que el orco se llevaba las manos a su cara, bajó deprisa de la carreta y corrió hacia el bosque sin detenerse.

Aceleraba a cada paso que daba. Solo escuchaba su aliento y las pisadas que dejaba entre la tierra y las hojas de los árboles.

- ¿Qué esperan imbéciles? - gritó el líder de los orcos mientras apuntaba al bosque- ¡Vayan por ella! No podemos dejar que avise al puto Rey.

Serana seguía corriendo hacia la cabaña de Delvin. No sabía si había avanzado lo suficiente. No podía respirar con facilidad y sus piernas se estaban cansando. A cada tanto se encontraba con una rama que estorbaba su camino y el fango en el piso impedía que avanzara con agilidad.

- ¡No la veo!

Escuchaba a lo lejos a sus perseguidores.

- ¡Sigan buscando!

Se colocó detrás de un árbol e intentó no hacer ningún ruido, lo cual era difícil, ya que estaba muy agitaba y respiraba muy rápido.

- ¡Entre los árboles! ¡No dejen que escape!

Miró hacia donde se escuchaban las voces, y, al no ver peligro, avanzó rápidamente hacia otro árbol a su derecha.

<Estoy cerca, si me apresuro un poco más puedo gritar y Delvin me escuchará>, pensó.

Se asomó un poco a través del tronco del árbol para verificar que sus agresores no estuvieran cerca. Al no ver nada por segunda vez, se agachó un poco y avanzó muy despacio hacia unos enormes arbustos de moras mientras que su corazón latía con dureza.

- ¡Esta ahí! ¡Por los arbustos!

Un orco que salió de entre los arboles la había visto.

Serana se levantó y empezó a correr una vez más. Sentía un golpe de aire en el estómago cada vez más fuerte. Se estaba agotando.

- ¡DELVIN! - gritó con todas sus fuerzas-. ¡DELVIN AYU…!

Sintió como su pierna derecha se empezaba a calentar. Intentó seguir corriendo, pero no pudo. Cayó al suelo y su pierna le empezó a doler.

Asustada por no saber que sucedía en su pierna, se sentó entre las hojas y el barro para ver qué era lo que a incomodaba.

Una flecha de madera con plumas color rojas se le había clavado en la pantorrilla. El dolor empezó a ser más agudo y sangraba muy poco.

Intentó tocarla, pero se lastimó. Se levantó deprisa sin apoyar la pierna derecha y siguió caminado a su destino. Era muy complicado el caminar así. Cojeaba mucho y sus atacantes se acercaban.

-Delvin-. Dijo en voz baja.

Ya no podía gritar. Estaba completamente agotada. No podía creer que iba a morir justo ahí, el día en el que se había graduado del colegio de Camber.

-Dispara otra flecha-. Ordenó el jefe de los orcos.

Serana sintió el peor dolor de su vida. Otra flecha se había clavado en su cuerpo. La había atravesado por detrás, perforando su riñón izquierdo.

-Justo en el blanco señor-. Exclamó orgulloso el orco.

La joven se desplomó igual que un ciervo. Su blusa color salmón, aquella que había pertenecido a su madre, estaba llena de sangre.

Miró hacia su pierna y tenía el mismo resultado.

Solo veía rojo.

-Papá…- susurró mientras veía como los orcos la rodeaban.

El líder de los orcos se colocó encima de ella, también estaba exhausto.

Coloco sus manos en sus rodillas y soltó una bocanada de aire al ver que la joven ya no les iba a dar problemas.

-Papi no te salvará-. Se burló.

<No puedes rendirte ahora. Tienes que luchar. Debes gritar una vez más para que Delvin te escuche>, pensaba.

-Me hiciste correr demasiado, mujer. Ni siquiera en los entrenamientos hago tanto esfuerzo físico.

Serana veía como los orcos movían sus bocas, pero de ellas no salía ningún sonido. Solo se concentraba en el dolor de las flechas que la habían atravesado. <Que ironía. Toda la vida entrenando con el arco para que muera por causa de uno>.

Estaba delirando debido a la pérdida de sangre.

< ¿Qué habrá preparado para comer Delvin? Normalmente habría sido su estofado. Siempre me lo preparaba para mi cumpleaños>.

Soltó una débil risa.

Se imaginó a si misma sentada en la mesa de la cabaña. Frente a ella, Delvin llevaba una bandeja caliente con su delicioso estofado. A su derecha, el regordete Carlos clavaba su cuchara en el arroz y lo llevaba a su boca. A su izquierda, Missael vertía en su copa el líquido purpura de aquella botella de vino.

Delvin le pidió amablemente su plato a Serana y ella se lo entregó con gusto. El hombre introdujo la cuchara de madera en el estofado y sirvió una muy buena cantidad en el plato que después le regresó a la joven. Esta lo miró y su boca se llenó de saliva rápidamente. Los trozos de carne seguían humeantes y las guarniciones hacían que la comida resultara más apetitosa. Zanahorias, brócoli, algunos rábanos y como no, no podía faltar su puré de papas. Amaba ese maldito puré. Entre las risas y las pláticas de los adultos, Serana estaba a punto de pedirle a Delvin que le sirviera un poco de vino cuando una extraña figura vestida de negro tomó el lugar del orco que hasta hace un momento amenazaba con tocarle su entrepierna.

No podía ver su cara. La pérdida de sangre le estaba nublando la vista.

- “No tengas miedo hija. Papá siempre te está cuidando”-. Le dijo la figura.

Aquello fue lo último que escuchó antes de que el líder de los bandidos la golpeara fuertemente en la cara, haciéndola perder el conocimiento.

27 ноября 2021 г. 9:15:21 1 Отчет Добавить Подписаться
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Pepe Perez Pepe Perez
Excelente historia. Me encantó el personaje de Serrana. Esperó que pronto sigas subiendo contenido
~

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