I
Isaac Penalba Font


John Smith viaja a bordo de una misteriosa embarcación que podría revelarle oscuros secretos. ¿Podrá su excéntrico capitán ayudarle en el proceso?


Короткий рассказ 13+.

#drama #ciencia-ficción #378 #310 #relatocorto
Короткий рассказ
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¡A Galeras!

El ritmo acompasado del barco le ponía de los nervios, su constante balanceo lo remitía a una época infantil, a una época de flagrante dependencia. John era un tipo duro, o eso le gustaba considerarse, tenía sus propias reglas y dejarse llevar en barco por una tripulación desconocida no era una de ellas. Sin embargo ahí estaba, plantado en un pasamano que olía a sal y podredumbre, aferrado al familiar tacto de su cazadora. Para él significaba algo más que una prenda con la que resguardarse del frío, le infundía valor y renovaba sus ganas de enfrentarse al mundo. Aunque, escondidos entre sus pliegues, pervivían significados más profundos. Esa cazadora concentraba en cada fibra desgastada años de relación con su difunto padre. Atesoraba en su cuero un pasado de vivencias singulares legadas ahora a un hijo destinado a mantener la grandeza de su anterior propietario.

¡Y vaya si la he mantenido! se repetía John sin demasiada convicción cuando su ánimo decaía. Subido ahora a bordo de esa antigua galera, se aferraba al salvavidas de lo familiar intentando huir de la desagradable realidad que le había tocado vivir. Casi tan desagradable como el gruñido del marinero que, en ese momento, le invitaba a apartarse con la delicadeza de un cerdo privado de su barro. Obedeció de mala gana y terminó sentado a un lado, haciendo virar sus pensamientos hacia lugares más cálidos. Empezó a revivir, entre cabos y barriles de vino recio, momentos a bordo de su deslustrada avioneta, espacios de tiempo donde se sentía el dueño del mundo. Pensaba en lo mucho que disfrutaba surcando los cielos, incluso a pesar de la amenaza constante de volar con el trajinado motor de su nave. John amaba esos momentos de libertad donde todo estaba a su alcance y nadie podía decirle lo que tenía que hacer.

La espera, pues, a bordo de ese extraño barco, a merced de los caprichos del mar, le resultaba insoportable. John decidía su destino, él no necesitaba a nadie.

En aquel instante, una presencia sobrecogedora a sus espaldas sofocó su muda rebeldía. Sintió como si alguien se hubiera introducido en picado en su cerebro abriéndose paso por su descuidada nuca. Al girarse, le sorprendió ver a Salaheddine parado a escasos centímetros de él, con dos ojos esmeralda acechando desde lo alto de una extravagante barba bifurcada.

— ¿Busca algo, capitán? — dijo John incorporándose con un tono más brusco de lo que esperaba. Su pierna mala le estaba dando el día y la humedad de cubierta amplificaba su malestar —.

El excéntrico pirata estalló en una carcajada tan sincera como ruidosa mientras estrechaba el trapecio de su malhumorado pasajero. Éste, notó hasta el último anillo de Salaheddine incrustarse en el cuero de su trotada cazadora.

— Una buena fiesta... un gran amor... más poder... ¡Soy un hombre ambicioso! — exclamó el capitán mientras golpeaba el hombro de su pasajero con su enorme mano—. Lo que hoy me intriga es saber cómo el famoso John Smith ha conseguido que el gran Salaheddine lo lleve en su preciada embarcación. ¡Y destino a las ruinas de Uruk ni más ni menos!—.

El tono burlón y la sonrisa tachonada de oro del capitán irritaron a John que tuvo que esforzarse para que su creciente enfado no impregnara su respuesta.

— Ese honor se lo debo a Perceval. Yo, por mi parte, jamás había oído hablar de esta reliquia ni de su colorido capitán — contestó el aviador con un ademán que intentaba ser tan irritante como desganado —. Hay que marcar territorio—.

— ¡Vaya, nuestro John aquí presente no ha oído hablar de nosotros chicos! — gritó jocoso Salaheddine dirigiéndose a la corpulenta y desaliñada tripulación que hizo caso omiso y siguió remando —. Discúlpelos, no son muy habladores. Parece usted tener relación con personajes, digamos, poco ortodoxos. Dígame, ¿de qué conoce al bueno de Perceval? — El tono con que pronunció esas palabras daba a entender que Perceval le parecía tan bueno como echar sal en una herida abierta —.

— Tenemos una relación, digamos, profesional. Él me pide cosas y yo se las entrego por un precio justo. Así de sencillo —.

A John no le apetecía entrar en detalles con aquél hombre. Su marcado acento árabe le parecía ridículo pero en sus ojos John vislumbraba algo que le hacía mantener a raya cualquier impulso al menosprecio. Percibía algo en ese hombre que activaba todas sus alarmas, a su lado se sentía pequeño, muy pequeño.

— Pero sin duda habrá habido una primera vez, mi enigmático amigo. Dígame, ¿cómo conocisteis a tan ilustre aristócrata? Coincidirá con Salaheddine en que no es una relación demasiado común —. Los ojos del capitán parecían contener a duras penas un ansia por arrancarle el cerebro y leer en braille su contenido —.

— No, sin duda. Fui el primer sorprendido al recibir la invitación de un noble inglés. Parecía un asunto de cuento de hadas, un personaje de alta alcurnia invitando a un sucio caza-tesoros a tomar el té en su fastuoso salón. Increíble. ¿Qué es esta sensación? — John se descubrió hablando rápido y sin filtros —. Por aquél entonces ya me había granjeado cierta fama pero no la suficiente como para atraer la atención de la nobleza británica. Sin embargo, acepté, me maravillé con el lujo desmedido de su castillo y tomamos un té delicioso —.

John terminó su frase con una sonrisa inocente restándole importancia a la anécdota y, de paso, confiando en acabar con la conversación. No entendía su repentina euforia narrativa.

— ¡Vaya, vaya! — exclamó divertido Salaheddine —. Así que una invitación ni más ni menos, por carta, imagino. Ese refinado ratón de biblioteca se resiste a abandonar las viejas costumbres. Siempre anda con sus modales y su etiqueta como si su estatus dependiera del alisado de sus ropas o la elegancia de sus gestos — masculló el capitán enfatizando las palabras "modales" y "etiqueta" mientras realizaba ademanes exageradamente cómicos —. Alguien debería decirle que es muy fácil ser rey si tu corte no puede evitar hacer lo que desees —.

John no encontró ninguna palabra cortés que replicarle y acabó por forzar una sonrisa amistosa con la esperanza de librarse de su inquietante presencia. No resultó.

— Debió de parecerle extraño a alguien como usted tomar el té en un castillo medieval rodeado de lujos y seguridad —.

¿Alguien como usted? John ya odiaba a ese hombre, con sedas y botas incluidas. Lo acababa de decidir, era un odio joven, impulsivo pero odio al fin y al cabo. ¿Qué se había creído con tantas preguntas? Y sin embargo no podía evitar contestar.

— La verdad es que todo aquél asunto me queda lejos pero recuerdo que decidí aprovechar el momento y vivir la experiencia — fue una respuesta pobre pese a querer ser pobre y arisca. ¿Qué me pasa? ¿Dónde está mi mala leche? —. En el fondo, no fue muy distinto a como suceden las cosas en mi trabajo, alguien contacta conmigo, me hace un encargo y yo intento corresponder con la máxima eficacia. Y así ha sido desde entonces mi relación con Perceval, ni más ni menos — John enfatizó esas últimas palabras "más" y "menos" con toda la autoridad que pudo reunir bajo la extraña influencia de aquél pirata estrafalario. ¿Dónde estabas orgullo? aquí, quédate, así me gusta —.

— Se podría decir que sí, claro. Pero tenga la bondad de explicarme un poco más sobre tan peculiar relación señor Smith, ¿quiere? — ahora era su sonrisa la que rezumaba peligro, una sonrisa sardónica casi suavizada por unos ojos cordiales, sólo casi —.

— No hay mucho más, desde hace años me encarga ir en busca de objetos extraños a lugares aún más extraños. Con el tiempo supongo que ha ido surgiendo cierto afecto y por eso me permite ciertos privilegios, bueno, por eso y porque siempre cumplo con mi trabajo, supongo —.

— ¿Qué tipo de privilegios? —.

— Pues me facilitó la compra de una preciosa casa en los acantilados de Dover — ¿Qué cojones me pasa? ¡Cierra la maldita boca! —, se ocupa de pagar mis facturas y me permite usar todas sus propiedades y juguetitos —. John contestaba a las preguntas de corrillo al mismo tiempo que luchaba por mantener la boca cerrada, una tarea similar a estornudar sin cerrar los ojos —.

— Además — continuó John como si le arrancaran las palabras con unas tenazas invisibles —... bueno, digamos que gracias a él mi relación con las leyes se ha vuelto más flexible —.

— Hmm, interesante — replicó Salaheddine divertido —. Le dio licencia para hacer lo que considere necesario. Entiendo... — y estalló en una risa autocomplaciente —. ¿Qué más? —.

John se sentía impelido a contestar, sin embargo, por breves instantes logró lo imposible y haciendo un gran esfuerzo recuperó el control de su labia.

— ¿Y usted... de qué conoce a Perceval?

— ¡Oh! Perceval y yo somos, digamos, viejos amigos — la mirada del capitán parecía ahora perdida en el horizonte y se tomó un tiempo antes de continuar, como si rememorara antiguas vivencias —. Aunque, hoy en día, se podría decir que nuestra relación se ha deteriorado un poco —.

Dicho esto prorrumpió en otra gran carcajada mientras hincaba un buen codazo en las costillas de John que hizo un gran esfuerzo por no mostrar su más que notable pérdida de aliento.

— Se hace tarde, señor Smith, si no le importa seguiremos con esta conversación en el banquete de bienvenida, ¡aagg! — exhaló el capitán mientras estiraba su espinazo —. Disfrute todo lo que pueda de estos momentos, el mar es caprichoso y nunca sabes dónde puedes acabar —. Dijo mirando a John con ojos compasivos —.

De repente, Salaheddine dio media vuelta sin esperar una respuesta y gritó la hora de la cena por encima del hombro. Las ocho en punto— repitió John entre dientes—, y pronto se quedó a solas con la fuerte fragancia a mil flores que acompañaba al capitán a todas horas.

¿A qué se refiere con eso del mar y sus caprichos?— pensó el piloto—Aunque, sin duda, lo que más le preocupó fue esa mirada, la mirada de alguien que tiene delante a un enfermo, un enfermo terminal.

John permaneció en aquella húmeda cubierta de olmo un tiempo más, observando absorto los movimientos mecánicos y precisos de aquella tripulación de forzudos que parecía haber nacido para esa labor. Se sentía agotado, como si le hubieran sacudido la mente y luego barrido el suelo con su cuerpo. No entendía su reacción ante las preguntas de Salaheddine, su inclinación a obedecer sus mandatos pese a lo que sentía por ese personaje. ¿Es miedo lo que siento? ¿Podría ser que su presencia me haya intimidado? ¡Gilipolleces! Aún así, le horrorizaba la idea de sentirse un pelele al lado de ese hombre. A partir de ahora iría con más cuidado, la próxima vez se resistiría, nadie controla a John, esa era una de sus reglas más sagradas. Y menos por miedo, John no le tenía miedo a nada, esa era una regla aún más sagrada. Pero en el fondo había algo que le inquietaba en aquél barco, su sombría tripulación, el ambiente deprimente que se respiraba en todo momento y el estado casi putrefacto en el que parecía encontrarse. Digamos algo de esa galera, no era una embarcación de recreo. Por esa razón, decidió investigar aquél lugar y a sus gentes antes de adentrarse a solas en los aposentos de su enigmático capitán.

***


Cuando no entiendas lo que pasa a tu alrededor es momento de callar y observar, decía su padre, y eso es lo que pretendía llevar a cabo. Se encaminó hacia el piso donde se reunía la tripulación para comer en busca de información. De camino, se cruzó con algunos marineros que se esforzaban por mantener a flote aquella vetusta nave. Todos, sin excepción, le saludaron con la cordialidad de una vaca pastando en el campo. Una vez abajo, en la cubierta intermedia, encontró una larga mesa de tosca madera flanqueada por alargados bancos cerca de lo que parecía una minúscula cocina cubierta que hacía las veces, también, de despensa. Un tripulante removía una especie de gachas en un enorme caldero con un cucharón que blandía como si fuera su arma de combate. Sentados, había cuatro forzudos dando cuenta de sus cuencos con fruición y si se dieron cuenta de la presencia de John sabían muy bien disimularlo, eso, o les daba absolutamente igual su presencia. Él se inclinaba más por lo segundo. Se acercó al marinero que hacía las veces de cocinero, no era posible asegurar quién hacía qué en esa nave, y pidió un cuenco con educación porque hay que tratar bien a quien sirve tu comida, papá de nuevo. El cocinero lo miró con la calidez del hielo y le sirvió un cuenco a la velocidad ideal para apreciar la pastosidad del caldo que iba a fingir comer. Agradecido, John se llevó sus gachas y el espeso aroma a cereales y leche fermentada que despedía aquél caldero a la mesa, cerca de uno de aquellos sujetos. Buscaba entablar una conversación que le permitiera aprender un poco más acerca de ese tedioso lugar al que estaba condenado a permanecer por un tiempo. Bien pensado, lo de callar y observar nunca se le había dado bien.

Vistos de más cerca uno podía apreciar sutiles diferencias, el fornido a su izquierda tenía una cicatriz muy fea que le cruzaba la mejilla derecha de arriba a abajo hasta la base del cuello. El de enfrente tenía por labios una masa de carne cicatrizada y quizá algo más de ojeras que el de la cicatriz. A los otros dos todavía no podía analizarlos ya que algo en él lo alertó del peligro de quedarse mirando demasiado tiempo a esos marineros con aspecto de vigorosos guerreros sacados de otra época. En general, salvo colecciones privadas de experiencias salvajes no parecían diferenciarse mucho. Todos gozaban de pelo y ojos oscuros y de una tez morena curtida al inclemente sol de alta mar. La cuestión era ¿por qué vivir en esas condiciones medievales en la era del vapor, la electricidad y el acero?

— Este rancho que servís no está nada mal — dijo John a los cuatro comensales de la mesa. Al fin y al cabo, echar cuatro anzuelos ofrecía mejores perspectivas de respuesta —.

Un gruñido. Eso fue lo que consiguió en su primera tentativa. El de la cicatriz en la mejilla fue el único que mostró un atisbo de interacción por lo que decidió concentrar sus esfuerzos en él.

— Un trabajo duro el vuestro, eso hay que reconocerlo.

A base de sutiles elogios se consigue la simpatía de cualquiera. John esperaba conseguir una respuesta inteligible, tan sólo una, con eso ya se daría por satisfecho. Pero aquél fornido, que parecía ser el más simpático, le dedicó una mirada desdeñosa que daba por clausurada la jornada de puertas abiertas de su sociabilidad. No entraban al trapo, había que pasar a preguntas más directas.

— Me llamo John ¿Con quién tengo el placer de almorzar? — preguntó entre confiado e irónico —.

En ese instante, como si también sincronizaran el ritmo de su ingesta, terminaron todos sus cuencos y se levantaron a la vez, dando por concluida su comida.

— Interesante, una tripulación sin lengua — murmuró John un poco decepcionado por el resultado —.

Los marineros empezaron a desfilar en fila india devolviendo los cuencos al del caldero, el de la cicatriz era el último y como poseído por un desconcertante sentimiento de piedad se dio media vuelta, miró directamente a los ojos de John y abrió con parsimonia su boca ofreciéndole el largo de su carnosa lengua a modo de refutación de ése último estamento. Después dio media vuelta de nuevo y prosiguió la marcha de sus compañeros abandonando esa cubierta en busca de su próxima tarea.

John entendió tres cosas en ese momento. La primera fue que sería incapaz de probar aquellas gachas, su aspecto pero sobre todo su olor le recordaban al contenido de la letrina del barco. La segunda fue que aquellos tripulantes entendían su idioma o al menos el de la cicatriz en la mejilla, lo que lo llevó a la tercera revelación, menos objetiva pero más intimidante. ¿Es posible que sean, en realidad, algún tipo de esclavos o prisioneros? se preguntó, porque ¿quién, sino, llevaría semejante símbolo marcado a fuego en su lengua?

***


Cuando se hizo la hora de su cita John alzó la vista para contemplar el cielo nocturno una vez más antes de dirigirse al camarote del capitán. Mientras se acercaba, pensó en lo extraño que sonaba todo aquello del banquete de bienvenida pero, ¿quién podía negarse a una cena en su honor? Al menos, la perspectiva de llenar su estómago le resultaba más grata que la de quedarse reflexionando sobre la decrepitud de aquella embarcación y la naturaleza de su tripulación.

Una vez llegado al portón del camarote, dos imponentes hojas tachonadas de hierro y con intrincados motivos escarbados en su superficie de roble, se irguió, tragó saliva y lo golpeó con brío. Una de sus hojas cedió y lo recibió un marinero a modo, esta vez, de mayordomo.

Traspasar el umbral de aquella puerta fue para John como acceder a un mundo totalmente distinto. Abandonó el frío y tosco ambiente de cubierta para adentrarse en un camarote hecho para satisfacer hasta al aristócrata más quisquilloso. Ricas alfombras persas vestían aquél suelo de pulida madera de roble y exóticas plantas de todas las formas, tamaños y colores competían por captar la atención de su mirada. Se encontró siguiendo al forzudo de cubierta a través de aquella alcoba de fantasía, impregnado por el aroma tropical de su atmósfera. Paso a paso, examinaba aquella antecámara repleta de misteriosos baúles y gigantescas bibliotecas extendidas a varios pisos de altura. Sus estantes, los más altos accesibles sólo gracias a una angosta escalera corrediza de latón lucido, se alimentaban de todo tipo de soportes para la escritura y artefactos rescatados del olvido del tiempo. Su arquitectura le parecía imposible y sin embargo ahí estaba embriagado por aquellas formas y espacios en frente del ciclópeo escritorio que presidía esa primera estancia. Salaheddine permanecía sentado al otro lado, bajo una robusta ventana circular que filtraba la luz de la luna, sin alzar la vista de los documentos que parecía estudiar con sumo detalle. Tardó unos segundos antes de reparar en la presencia de su invitado y del forzudo que lo custodiaba, al parecer para evitar que pudiera perderse en el camino de la puerta al escritorio.

— ¡Señor Smith! — exclamó sorprendido el capitán — ¡Maldita sea! ¡Qué rápido pasa el tiempo! Estará usted hambriento —.

La mesa que separaba a John de su anfitrión ofrecía un bodegón de antigüedades, libros y cartografías que mantenían la sensación de ensueño al entrar en aquellos aposentos. No fue hasta que sintió la insistencia de la mirada de Salaheddine que John cayó en la cuenta de que aún no había respondido. No hizo falta. Sus tripas respondieron por él ofreciendo a los presentes una sinfonía salida del averno.

— Podría comer, sí — dijo John un tanto abochornado —.

Salaheddine estalló en una de sus profundas carcajadas, se levantó del trono en el que reposaba su enorme trasero y con un gesto casi imperceptible despachó al marinero que custodiaba a John.

— ¡Comamos pues! — gritó alegre el capitán — Le advierto que mi apetito rivaliza con mi descomunal belleza, espero que disfrute de los manjares que le tengo preparados —.

El capitán se acercó al caza-tesoros para tomarlo por los hombros con uno de sus enormes brazos y conducirlo hasta la majestuosa mesa preparada para la cena. John pudo confirmar de nuevo, tan cerca de su anfitrión, la impresión de que Salaheddine era igual o más musculoso que su tripulación y medía al menos una cabeza más que él. John no se contaba entre los bajitos de clase precisamente. Había algo inhumano en su figura, en su piel, en sus músculos. Al llegar bajo su abrazo hasta la mesa ubicada en la parte interior de la alcoba John vio cómo Salaheddine se separaba de él y le indicaba educadamente que tomara asiento. Como todo en aquél camarote, la mesa y su avituallamiento no tenían nada que envidiar a lo que podría encontrarse en cualquier salón de la alta nobleza. Su portentosa madera tallada con delicadas formas barrocas estaba cubierta por un mantel inmaculado colocado en rombo. En el centro, reposaban hermosos candelabros de plata iluminando la exquisita cubertería del mismo metal y una delicada vajilla de porcelana con ribetes dorados. Todo estaba dispuesto con gusto supremo y hasta las copas parecían de un cristal capaz de reflejar el alma. Ante semejante derroche de etiqueta John no sabía cómo comportarse. Simplemente se veía desbordado por tanta delicadeza y pomposidad. Sus modales le proveían de lo mínimo para no ser considerado un animal y sus largos viajes en busca de poblaciones perdidas y objetos olvidados lo habían llevado a comer solo y mal demasiadas veces. El resultado era que no sabía ni para qué servían las tres cuartas partes de la cubertería dispuesta para su uso ni mucho menos cuál era la copa destinada al agua, al vino o al brebaje que pudieran servirle en esa contradicción hecha sustancia que representaban el capitán y su camarote. Su desconcierto debió de reflejarse en su cara ya que Salaheddine soltó una risilla nada acorde a su apariencia.

— Que no le confundan mis gustos refinados, señor Smith. Si Salaheddine se lo propone puede ser tan vulgar como los nómadas del desierto con los que está acostumbrado a tratar — dijo sonriente el capitán y, acto seguido, se mesó la barba con una mano engalanada —.

A John le molestó la insinuación sobre su educación porque, aunque fuera poco menos que cierta, aquello escocía. Además, por si fuera poco, el capitán volvió a hablar de sí mismo en tercera persona y a él eso siempre le había parecido de una vanidad insoportable. John, como venía siendo habitual, no supo qué responder aunque pareció que en realidad no importaba ya que Salaheddine dio dos fuertes palmadas que dieron comienzo al banquete.

De una puerta al lado de la mesa empezaron a salir marineros cargando comida y bebida como si salieran directamente de una cocina secreta junto al camarote del capitán. Todo aquello le parecía increíble y sin embargo la tiranía de sus sentidos le obligaba a dar por cierto aquello que veía. Entre almejas al vapor y ostras del tamaño de un puño volvió a pensar en aquellos hombres vestidos con la misma prenda hirsuta que hacía imposible definirlos por la naturaleza de su cargo. Todos parecían iguales e iguales tareas parecían desempeñar. Ahora les tocaba ser sus camareros y desempeñaban su papel con la misma rigurosidad que cuando tocaba remar o izar la vela mayor. ¿Qué alimenta su disciplina, el miedo o el adiestramiento? Los entrantes de aquel festín dieron paso a una potente bullabesa y a un par de langostas relucientes que pedían ser devoradas sin contemplaciones. La estancia se impregnó rápidamente de un aroma espeso a frutos de mar que no pareció importarle a nadie más que a los tripulantes que entraban y salían salivando en silencio como perros rabiosos. Salaheddine no parecía prestarle atención y daba cuenta de todo cuanto traían con fruición. Pedía a un ritmo metódico más vino para su copa y la vaciaba con el mismo ímpetu que los platos y las fuentes que se acumulaban a su alrededor. John se decidió al fin a aprovechar aquella ocasión para deleitarse con productos fuera de su alcance habitual. Poco a poco se fue desprendiendo del efecto inhibidor de la etiqueta hasta dar paso a una ingesta desenfrenada. El banquete prosiguió con toda una suerte de pescados al horno: doradas, caballas y un pulpo entero ocupaban la mesa sobre guarniciones sobrias que consistían en vegetales dispuestos sin gracia. Parecía que se priorizaba el sabor de la carne del pescado sobre salsas o aderezos. Al cabo de un tiempo, John parecía llegar a su límite cuando, sorprendido, vio desalojar la mesa para permitir la entrada a un lechal asado entero y dos pollos a modo de delirante guarnición. Se le escapó un eructo de protesta que provocó que Salaheddine apartara la vista de la comida y devolviera la atención al invitado que tenía en frente. Con restos de caballa aún entre los dientes y la barba teñida de tinto soltó una risita ansiosa antes de rogarle que probara la deliciosa carne.

— Nunca se sabe cuándo podrá volver a comer algo tan delicioso — musitó entre dientes el capitán esbozando una sonrisa nada tranquilizadora —.

Salaheddine parecía extasiado ante la perspectiva de estrenar aquél lechal y John tuvo de repente delante la imagen de un niño consentido gozando de placeres infinitos. Le indicó por señas, no tenía fuerza para más, que no podía continuar y bebió más de ese vino aromático para ayudar a bajar la comida. Una amalgama de olores a mar, vino y ahumados impregnaba ahora el ambiente mientras John observaba al gigante que tenía en frente engullendo al mismo tiempo una pata del lechal y un muslo de pollo con cada mano. Su voracidad le abrumaba hasta tal punto que no cayó en la cuenta hasta ese momento de que aún no había sentido aquella desagradable sensación de locuacidad desbocada. Tras unos instantes de confusión decidió, al fin, probar aquella carne sólo por tener algo que hacer mientras esperaba a que el capitán se saciara y porque, seamos sinceros, había algo de glotón en su naturaleza.

Al cabo de un rato, John vio, por fin, como Salaheddine cogía su servilleta de tela y se limpiaba con delicadeza las comisuras de sus labios. Pensó, después de verle comer durante lo que le parecieron horas, en lo espantosamente ridículo que resultaba ese gesto final de decoro. Sin embargo, algo en él le advertía que debía reforzar sus defensas ya que nadie ofrecía un banquete de esas características sin esperar nada a cambio. No hubo de aguardar mucho para ver como el capitán, tras una breve e insustancial sobremesa, le dedicaba una sonrisa diabólica que no anunciaba nada bueno.

— Y bien, amigo mío, ¿ha quedado satisfecho con el menú? ¿Quizá le apetezca algo más? — preguntó solícito Salaheddine —.

— No le diría que no a un buen... —.

— Perfecto — el capitán interrumpió a John mientras se retiraba de la mesa —. Ahora si me permite podemos pasar a la biblioteca, tenemos una conversación pendiente —.

Salaheddine pronunció aquellas palabras con un tono que confirmaba el cambio de actitud. Lo condujo de vuelta a la antecámara, hacia dos ajados sillones colocados junto al escritorio, enfrentados el uno con el otro. John decidió in extremis tragarse el orgullo, es decir, no partirle la cara al vanidoso de su anfitrión. Por ganas no sería.

— Así que objetos extraños en lugares aún más extraños —.

Una sonrisa antinatural, que John aún no había tenido el gusto de padecer, se fue ganando lugar en el rostro del capitán obligándole a responder aunque sólo fuera por acabar con aquella horrible visión.

— Así es, el gusto de Perceval por lo antiguo y enigmático se convirtió en una obsesión cada vez más rara y peligrosa. Esta expedición supondrá, por suerte, el final de tantos años de sufrimiento. Éste será mi último trabajo — dijo John con suficiencia —.

— Y que lo digas... —.

— ¿Cómo dice? —.

— Continúa —.

John quiso detenerse un instante a valorar la amenaza que representaban aquellas cuatro palabras "y que lo digas". Sin embargo, sintió el súbito impacto de aquella desagradable sensación sufrida horas antes en la cubierta. Su boca se abrió y su lengua se soltó como la del alumno que debe recitar la lección a instancias de su maestro. Un maestro sádico con cara de demonio barbado. Se descubrió dedicándole a ese diablo una exhaustiva descripción de todos los encargos que había llevado a cabo para Perceval. Incluso los más enigmáticos y confidenciales, aquellos de los que se había prometido no volver a hablar jamás.

— Increíble — continuaba sin freno con la euforia del alcohólico a medio whisky de vender a su mujer por un trago más — Supuestos objetos y documentos antediluvianos que explicarían el origen de nuestra especie, ¿te lo puedes creer? Voy a tutearte porque... pues ¡porque me da la gana! El caso es que, como te puedes imaginar, no resultaba nada fácil conseguirlos. Por mucho que el estirado de mi amigo me señalara dónde había que ir y me procurara todo lo necesario para la tarea, la verdad es que nunca sabía dónde me metía hasta que ya era demasiado tarde. Maldita sea John ¡cállate! Esas piezas siempre estaban bien custodiadas y yacían almacenadas en secretas y vetustas bibliotecas o, a veces, en extraños templos ubicados por todo el mundo. Nunca era fácil y menos aún gratificante. Algunos de estos lugares se hallaban en lugares inhóspitos, repletos de peligros, obstáculos que mi amigo siempre olvidaba mencionar. Aún así, de alguna forma, nunca le he podido negar mis servicios —.

Soy un muñeco, un maldito muñeco. John había perdido casi toda voluntad, sólo existía para satisfacer la curiosidad del gran Salaheddine al mismo tiempo que lejos, muy lejos, en los confines de su mente se concentraba una ira abrasadora. No sabía cuándo pero aquél sentimiento vengativo se acabaría abriendo paso y engulliría al cabrón que tenía enfrente. Al menos eso era lo que esperaba aquél resquicio de conciencia que todavía luchaba por mantenerse libre en su cerebro. Sin embargo, la llamada a las armas, la revolución de su conciencia parecía no llegar nunca. Continuó hablando, hablando de más se entiende, y acabó por revelar el fatídico incidente ocurrido en su último trabajo.

— La última expedición no acabó bien... tuve que tomar medidas drásticas... Perceval me aseguró que aquél artefacto era clave para su investigación y me ofreció un retiro soñado, imposible de rechazar. Sin embargo, si hubiera sabido lo que el destino me deparaba lo habría hecho sin dudarlo —.

— Improbable, hubieras sido el primer humano en rechazar a Perceval. Pero ése es otro asunto. Díselo a Salaheddine, ¿quieres? ¿Cuál fue ese aciago destino? — preguntó el capitán con fingida compasión —.

— ¡Asesinar, maldita sea! Acabar con la vida de un ser que apenas llego a entender — confesó John furioso y abatido al mismo tiempo —.

— ¡Al fin! — exclamó Salaheddine como quien lleva tiempo esperando a que hierva el agua para hacerse un té —. Lo tenías bien protegido John, sin embargo, necesito un poco más. ¿A quién tuviste la imprudencia de matar para que el bueno de Perceval haya decidido desprenderse de su caza-tesoros preferido? ¿A quién se atrevió a robar esta vez ese loco aristócrata? — preguntó Salaheddine entre intrigado y escandalizado —.

— ¿Desprenderse de mí? ¿A qué te refier... —.

— ¡No! Continúa —.

¡Joder! Fui enviado a uno de aquellos extraños templos, como tantas otras veces, salvo que en esta ocasión estaba custodiado por un ser abominable. Su cara pálida, apenas disimulada por una máscara en descomposición, mostraba unos ojos inhumanos... aquellos ojos no eran de este mundo — John se estremeció y por un momento luchó sin éxito por obtener el control de su lengua —. Aquél ser sufría, eso sin duda, parecía herido, exhausto. Algunas veces me reconforto pensando que, quizá, mi acto liberara a ese desgraciado. Gilipolleces, eres un asesino y acabaste con un ser desvalido que por lo que sabes podría ser único en su especie. Su... su cuerpo parecía inerte cubierto sólo por una túnica oscura hecha jirones, aquél ser agonizaba. Lo sé porque, de alguna manera, eso fue lo que me hizo sentir en mis propias carnes cuando decidí arrebatarle el artilugio de sus manos, o lo que fueran aquellos apéndices viscosos. Sentí hasta la última fibra de mi ser asediada por un dolor desbordante, como si, de repente, hubieran encendido todos los receptores del dolor de mi cuerpo al mismo tiempo. Sin duda fueron aquellos carbones sin pupila los que me atraparon en aquella locura. Mi mente se hubiera apagado si no fuera porque el destino quiso, en ese preciso instante, que parte del techo del templo se desplomara encima nuestro. Allí, me quedó claro más tarde, se acababa de librar una batalla y aquél ser parecía haber pagado un gran precio por su victoria. Me avergüenza reconocer que, en esa escena, el famoso e intrépido John Smith no representara más que el papel de una hiena. Aproveché mi suerte y su aturdimiento para vaciar mi revólver sobre su cuerpo destrozado. Fue en ese instante donde sentí la conexión —.

— No me digas que... ¡Imposible! — exclamó divertido Salaheddine como el espectador de un show cuando descubre el giro de guión —. ¿Accediste al recuerdo de un Matusalén, de un Argos? No sé por qué nombre puede serle más familiar a un humano estos días —.

— La verdad es que ni por uno ni por el otro — respondió John al límite de sus fuerzas —.

— Entiendo. Perceval tuvo que pagar un precio para que los Mu no tomaran represalias por tu... incidente — dijo Salaheddine pensativo mientras se mesaba sus barbas —. ¿Algo más, John Smith?

John sintió que volvían a tirar de él salvo que esta vez su organismo pareció resquebrajarse, como una cuerda demasiadas veces tensada que anuncia su inevitable desgarro.

— Lo único que sé es que por un instante fui invadido por un torrente desbordante de imágenes confusas e incoherentes, como las que uno vive en los sueños — continuó derrotado hasta el final —. Sentí que mil vidas condensadas en personajes desconocidos desarrollaban una función a través del tiempo y del espacio en el teatro que era mi mente en ese instante. Quedé congelado, como si mi cuerpo fuera un mero catalizador, una herramienta para que la vida o el alma de aquél ser al que acababa de matar pudiera transitar hacia otro estado o, quizá, hacia otro espacio. Un ser divino... demasiado complejo... antiguo...

John permaneció absorto en sus últimas palabras, totalmente ajeno al espectador que tenía enfrente y que no debía ser ignorado por razones que empezaban a resultarle obvias. Sin embargo, quedó embriagado por el recuerdo de aquella potente sensación vivida en aquél templo demacrado y le fue imposible volver al presente. Es más, al cabo de un tiempo brotó en su interior un sentimiento de culpa mil veces superior al que venía experimentando hasta su llegada a ese barco. ¿Mantener la grandeza de mi padre? — se preguntaba extasiado — ¿Qué hubiese opinado él acerca de mis últimos años al lado de Perceval? Maldito Perceval... En ese instante ató cabos: Perceval, el incidente, aquella nave... Le embargó una tristeza inconmensurable que discurrió por todo su ser, en paralelo a una vergüenza igualmente inabarcable. Tan intensas fueron esas emociones que Salaheddine tuvo que presenciar como su huésped invertía los ojos y caía inconsciente en medio de un charco de saliva y orina.

Esa mancha en el sillón se te descontará de tu ración, amigo — Sentenció el capitán que, al mismo tiempo, ordenó que llevaran a John a su hamaca, lo vistieran con el hirsuto uniforme y lo dejaran descansar —. ¡Mañana le toca remar! —.

16 мая 2020 г. 12:52:51 0 Отчет Добавить Подписаться
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