magenta Liz A.

Tessa Riggins, una joven de veintiún años e integrante de uno de los más peligrosos grupos de mafiosos en Vermont, debe cumplir con un trabajo, siendo este el más doloroso para ella. Tras cumplir la tarea, es atrapada y torturada hasta la muerte por la organización para quien trabaja. Lo que estos nunca se esperaron fue que ella, Tessa Riggins, quedara con vida y regresara después de ocho años para vengarse y acabar con los autores de su terrible desgracia.


Crime Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#tortura #376 #drama #suspenso #mafia #asesinato
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Encargo.

Ropa esparcida por todas partes.
Las latas vacías de cerveza y restos de comida a domicilio gritaban en el suelo al no caber en los dos contenedores de basura llenos a rebosar. En conjunto daba al lugar un aspecto sucio y desatendido. Sin duda, cualquiera diría que ese pequeño espacio era un chiquero. Pero Tessa lo llamaba su hogar.
Se encontraba sentada en un sofá individual, sosteniendo en su mano derecha un vaso con whisky. Ya no le quedaba mucho, solo unas gotas de alcohol se deslizaban entre los cubitos de hielo que se derretían lentamente. Un leve pero constante y molesto dolor de cabeza le estaba haciendo la noche aún más difícil.
Tres disparos se escucharon en la lejanía, y los ladridos de los perros no se hicieron esperar junto con un «¡Calla a ese animal o lo mataré yo mismo!».
Nada de lo ocurrido era nuevo para la chica que estaba acostumbrada a eso y cosas peores.
Una llamada entrante hizo vibrar el móvil que reposaba sobre su muslo. Esta, al tomarlo con su mano libre y ver el nombre en la pantalla, soltó un suspiro de cansancio y pesar.
—Ahora no, Scotty —musitó mientras colgaba la llamada sin contestar—. No puedo hablar ahora.
Las noches sin dormir y el no comer adecuadamente se reflejaba con notoriedad en sus ojos hundidos y cubuertos por oscuras y grisáceas ojeras. La pérdida excesiva de peso la hacía lucir como una especie diferente, algo no humano, una muerta en vida. Y algo de verdad había en ello. Por dentro lo estaba.
Sobre de la mesa aún se encontraba el sobre manila color beige que le había hecho entrega personalmente su líder. En el interior del mismo se mostraba toda la información necesaria para poder realizar su próximo trabajo, incluyendo la fotografía de la víctima. No hizo falta que leyera nada, ni tampoco se vio en la necesidad de contemplar la foto dos veces pues conocía muy bien al joven en el papel. Lo conocía como la palma de su mano. Cada gesto, cada reacción, el aroma de su piel, el sabor de sus labios, el brillo en sus ojos. Todo. Desde que recibió aquel sobre la tarde del lunes 5 de agosto, hasta ahora día 23, su vida se convirtió estrepitosamente en un desastre. En tan solo un par de horas debía acabar con la vida de Bruce Owen.
Una de las reglas principales en su trabajo era «No hacer preguntas». Su único deber, sea lo que sea, se trataba sencillamente de cumplir con lo que se le encargaba y nada más. El por qué o para qué se eliminaban a las víctimas no eran su asunto. Lo tenía claro, aunque fuese un enigma, y cumplía su tarea al pie de la letra: limpio, sin testigos, perfecto. Sin embargo, ahora tenía un problema, uno sin solución, como el recibir la noticia de albergar un tumor del tamaño de una nuez en el cerebro y que no puede ser operado.
Aquella persona en la fotografía era el joven con quien mantenía una relación de muchos meses a escondidas. Sabía que no podía rechazar el encargo, era algo que debía cumplir.
—¿Por qué él? —se preguntó por milésima vez al tiempo que le daba el último sorbo al whisky hasta acabarlo. Arrojó el vaso contra la pared, el cristal chocó contra esta, cayó al suelo y se hizo añicos. Entonces, por primera ver en mucho tiempo, estalló en sollozos.
«Eres un monstruo, Tessa Riggins», pensó. «¿Ahora por qué te lamentas? Te convertiste en un desastre y nada puedes hacer. Eres una basura repugnante y lo sabes».
Su móvil volvió a sonar. El número no estaba guardado en su agenda pero sabía de quién se trataba.
—¿Qué sucede, Nick? —preguntó con voz apagada al contestar.
—El jefe quiere saber si tienes todo listo.
—Sí.
—Bien, prepárate para entrar en media hora. Ya está en su apartamento —le comunicó e inmediatamente después colgó la llamada.
Tessa inspiró profundamente antes de levantarse del sofá. Se dirigió luego hasta la mesa para beber directamente de la botella de licor. La devolvió a su lugar y cogió media cajetilla de cigarros, los guardó en el bolsillo de su chaqueta y luego se dirigió a su habitación. Sacó debajo de la cama un maletín negro de tamaño medio. Lo colocó sobre la misma y, al abrirlo, vio la Beretta 9mm con silenciador más un cartucho de repuesto. A un lado de esta, una navaja de doble filo y un par de guantes de látex color negro. Todo se hallaba en orden. Antes de cerrar el maletín, sacó la navaja y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero. En ese instante, llamaron a la puerta con fuertes golpes. Conocía ese golpeteo insistente, ya suponía de quién se trataba.
—¿Ahora qué quiere? —gruñó entre dientes mientras caminaba hacia la sala. Tomó las llaves de su auto para luego dirigirse con maletín en mano hasta la puerta.
Al abrirla, se encontró con el arrendador. Un hombre regordete, de baja estatura y escaso cabello canoso. Casi siempre cargaba una franelilla blanca manchada en sudor o grasa.
—Eh, niña —le dijo al verla salir—. Ya debes pagarme el mes de renta.
—Aún no es 25 —espetó al pasarle por un lado.
—Eso ya lo sé. Pero necesito el dinero antes. ¡Por seguridad!
—No tengo tiempo —dijo sin detenerse.
—¿Cómo que no tienes tiempo? —gritó furioso deteniendo el paso— Tienes que pagarme ahora o esta noche no pones un pie en mi edificio, ¿escuchaste?
Tessa se volvió con brusquedad al oír la amenaza. En su rostro se reflejaba hostilidad e irritación. Encaró al hombre y, con un movimiento rápido, sacó la navaja de su chaqueta y posó la punta afilada contra el sudado y gordo cuello de este. El arrendador tuvo la impresión de que todas las sombras del pasillo volaron y se acumularon en los ojos de esa demente.
—He dicho que no tengo tiempo —dijo Tessa—. El 25 te pagaré. Y si me sigues molestando juro que voy a rebanarte el cuello. ¿Entendido? —el arrendador asintió con la cabeza sin proferir palabra.
Dicho aquello, Tessa devolvió la navaja a su lugar y se dio la vuelta para terminar de salir de aquel pasillo y bajar las escaleras. Una vez fuera del edificio, se dirigió a su Cadillac convertible color negro del 92'. Se subió y colocó el maletín en el asiento del copiloto. Al mirar la hora en el reloj de su muñeca, chasqueó la lengua; quedaba poco tiempo. Encendió el vehículo y, después de pisar el acelerador, condujo por la desolada calle hasta llegar a un semáforo en rojo. Le dio una gran calada al cigarrillo que hace un momento sacó de su bolsillo y encendió con un mechero.
—¿Por qué él? —musitó nuevamente cuando expulsó el humo por sus fosas nasales. Sus manos sujetaban con fuerza el volante.
Viró a la derecha cuando la luz del semáforo cambió a verde y luego tomó la autopista hasta llegar a su destino, Stagg Road. Aparcó el auto a una cuadra del edificio donde se encontraba su víctima. Aún tenía que esperar siete minutos. La oscuridad de la noche le ayudaba a pasar desapercibida, y las luces opacas e intermitentes de los postes le ayudaban aún más. Observó a los dos matones que custodiaban la entrada del mismo. Bobby y Cross, los dos idiotas que se irían al bar del frente para beber unas cuantas cervezas mientras dejaban la entrada sin protección por al menos una hora. Momento que ella aprovecharía.
Le echó un vistazo a su reloj después de un rato. 9:59 p.m. era la hora que marcaba. Observó nuevamente a los dos guardaespaldas y notó que estos se dirigían al bar. Aventó la colilla del cigarrillo por la ventana y tomó el maletín. Había llegado el momento de actuar.
Se apeó del vehículo, el viento soplaba con fuerza aquella noche, y cruzó la calle con pasos rápidos pero sagaces, como el andar de un felino. Pasó junto al bar, dio una rápida mirada dentro de este y visualizó a los dos mafiosos sentados en la barra con bebidas en mano. Continuó su trayecto y se adentró al edificio iluminado. Subió por las escaleras hasta el segundo piso y caminó hasta la puerta 013. Miró aquel número en letras doradas por unos instantes e inspiró profundamente. Sin soltar el maletín, sacó la navaja del bolsillo interior de su chaqueta y con sumo cuidado introdujo la punta de la misma en la cerradura hasta que logró abrirla, y se adentró antes que pudiera cambiar de opinión. Tras cerrar la puerta, echó un vistazo a su alrededor.
Bruce Owen mantenía aquella habitación ordenada. El suelo estaba limpio y las paredes sin una sola mancha. En la mesa se encontraba el periódico de ese día, El Nuevo Diario, cuya primicia rezaba:
"EL TERROR DOMINÓ HOY EN UN INSTITUTO PREUNIVERSITARIO DE MONTREAL, CANADÁ, AL QUE ASISTEN 10 MIL ESTUDIANTES".
Tessa colocó él maletín en el suelo y dio unos cuantos pasos en silencio. En ese instante, un joven de veinticinco años salió del cuarto de baño con una toalla amarrada a la cintura. Bruce era de alta estatura, con un cuerpo atlético y de cabello rubio. Al ver a la chica de pie en medio de la sala dio un pequeño respingo por la impresión de encontrarse con una intrusa. Sin embargo, su semblante asustadizo se esfumó de inmediato al reconocer a Tessa.
—¿Tess? —pronunció su nombre con el ceño fruncido mientras la miraba fijamente— ¡Qué susto me has dado! —exclamó ahora aliviado y con una sonrisa. Se le acercó rápidamente— ¿Qué haces aquí?
Aquella pregunta no recibió respuesta alguna. La joven de larga cabellera castaño claro, con un ligero aroma a tabaco y canela, permaneció en silencio mientras observaba esos vibrantes ojos verdes frente a ella y que tanto le gustaban. Esos ojos que vería por última vez esa noche.
«Te voy a asesinar», dijo para sí. «Te voy a enterrar una bala en la frente. ¿No es así, Tess?»
«Claro que sí, Tessa».
Llevó su mano a la mejilla de Bruce y le acarició con mucha suavidad. El contacto frío y húmedo de su piel le hizo sentir un fuerte estremecimiento en todo el cuerpo. Se acercó a los labios de Owen y le propinó un beso en los labios, un beso lleno de nostalgia, amor, frustración y miedo.
—Tenía que venir a verte —susurró sin intenciones de separarse. Quería detener el tiempo y hacer de ese momento algo eterno.
—Tess —dijo Bruce al separar lentamente sus labios de la joven—, ¿cómo lograste entrar aquí?
—Eso no tiene mucha importancia ahora —su voz era como un susurro, y no dejaba de verlo a los ojos.
«Claro que no importa, ¿verdad, Tess?», pensó para sí. «Él tiene la culpa por mantener a dos incompetentes como guardaespaldas».
«Tienes toda la razón, Riggins».
Bruce aún no entendía cómo Tessa logró entrar a su apartamento cuando Cross y Bobby vigilaban el edificio. ¿En verdad vigilaban? ¿Qué estaban haciendo?
—Lamento no haberme comunicado contigo antes —dijo ella .
—Ya estaba pensando que no querías verme.
Bruce tenía la certeza de que Riggins no conocía de qué familia provenía él, los Owen, un grupo traficante de armas, siendo el hijo menor del jefe. Pero también había algo que ignoraba. Nunca sospechó de que Tessa podría ser integrante de una peligrosa organización como la mafia.
—No era por eso —respondió en un tono suave.
Para aquel momento, Bruce dio un vistazo al suelo, notando que no muy lejos se encontraba un maletín que obviamente no le pertenecía.
—¿Eso es tuyo? —inquirió en voz baja.
Tessa volvió el rostro y observó el maletín por unos instantes, sintiendo un enorme remordimiento que le empezaba a molestar en el estómago. Volvió la vista hacia Owen y expelió un leve suspiro mientras se acomodaba tras la oreja un mechón de cabello.
—Lo es —respondió al fin—. ¿Por qué no vas a la habitación y te colocas algo de ropa? Te puedes resfriar.
—Es lo que iba a hacer antes de encontrarte aquí —le contestó soltando una risita seca—. Me has tomado por sorpresa.
—Las sorpresas siempre son... buenas. ¿No lo crees?
—Yo digo que no. Por lo general vienen acompañadas de alguna desgracia —respondió mientras se daba la vuelta para ir hasta su habitación.
Tessa aprovechó el momento en que Bruce bajaba la guardia para coger rápidamente el maletín, colocarlo sobre la mesa sin hacer ruido y sacar el arma, no sin antes colocarse los guantes de látex. Sentía cómo su corazón comenzaba a latir con rapidez y eso, para ella, era extraño. Casi siempre mantenía la calma al hacer ese tipo de trabajos; el pulso nunca le temblaba y sus latidos eran normales. Pero ahora estaba hecha un manojo de nervios y dudas.
Inspiró una buena bocanada de aire y le dio un vistazo al reloj en su muñeca para chequear la hora. No podía perder más tiempo. Maldijo el día en que inició su vida dentro de la mafia. Y también maldijo el día en que se fijó en Bruce Owen.
«¡Lo sabías, Tessa Riggins!», pensó. «Sabías perfectamente que no debías enamorarte de nadie. ¿Por qué no me escuchaste?»
«No lo sé, Tess».
Para acabar con el trabajo de una vez, caminó con pasos rápidos hasta la habitación de Bruce, alargando rígidamente el arma. Al entrar, se encontró a este con una camiseta color azul en las manos la cual disponía a colocarse. El shock se podía apreciar claramente en rostro de Owen, con la mandíbula desencajada por la impresión.
—¿Qué estás haciendo? —musitó sin mover un solo músculo.
—Lo siento —dijo Tessa intentando en lo posible de que lágrimas no brotaran de sus ojos. Bruce se sintió acorralado al momento en que su espalda tocó el televisor tras él. En ese instante, las alarmas de peligro gritaron con desesperación en su cabeza. Iba a morir—. No puedo darte una explicación... Ni siquiera yo sé por qué debo hacerlo.
—No me mates... —su voz era como un susurro áspero, ronco. No podía creer lo que estaba sucediendo. ¿En verdad había ido a asesinarlo?— No lo hagas.
Tessa apretó el gatillo. La primera bala impactó en la frente de Bruce. La sangre brotó de inmediato por la nariz y la cabeza se dobló a un lado, como quien recibe una violenta bofetada, y otras dos balas impactaron en el pecho. Un ruido sordo se escuchó en la habitación, producto de los disparos con el silenciador, seguido de la estrepitosa caída del cuerpo baleado. Aunque todo sucedió en fracción de segundos, Tessa creyó verlo en cámara lenta.
El enorme charco de sangre no tardó en formarse bajo el cuerpo, y Tessa no pudo evitar hacerse para atrás al ver lo que hizo. Contempló a Bruce, temblando, su malestar de estómago había empeorado y sintió temor de vomitar allí mismo. Cuando supo que no lo haría, se devolvió a la sala y fue por su maletín. Colocó el arma dentro y sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña bolsita transparente que llevaba consigo. Se dirigió nuevamente a la habitación y caminó hacia Owen. Se agachó despacio y le tomó la mano para inmediatamente después, con la navaja, arrancarle el dedo índice. Si se hubiese tratado de otra persona, no le habría importado en lo más mínimo arrancarle incluso la mano completa. Pero ahora se trataba de Bruce, y solo por suerte no logró desmayarse.
Introdujo el dedo dentro de la bolsa y se alejó del cadáver. Guardó todo en el maletín y aventó los guantes dentro. Una vez listo el trabajo, salió del apartamento sin mirar atrás, y con el terrible dolor en el estómago. Abandonó el edificio lo más rápido posible para no ser vista, y se encaminó hasta su auto. Una vez dentro, y después de haber aventado el maletín a un lado, permaneció inmóvil y en silencio por unos minutos. Apretó con tanta fuerza el volante que los nudillos se le pusieron blancos. Luego, estalló en sollozos. Ya todo estaba hecho y no había vuelta atrás.
Encendió el motor de su auto y se marchó de aquel lugar. Al arrancar, los neumáticos despidieron una andanada de humo gris. Se enjuagó las lágrimas y condujo hasta llegar a la autopista. El semáforo con la señal de luz roja la obligó a detenerse y esperar a que cambiara. En ese instante, sintió en la nuca el contacto frío de un arma, alarmándola pero no demasiado. Rápidamente observó al espejo retrovisor y notó que la persona tras ella y que le apuntaba era Nick.
—Orilla el auto, Riggins —le dijo con su voz particularmente ronca—. Tengo otra arma apuntándote en la espalda. Si haces algo estúpido no dudaré en meterte un balazo.
Tessa afiló la mirada, confundida, no sabía qué rayos estaba sucediendo.
«¿Qué diablos cree que hace?», pensó.
«Está claro, Tess. Te han puesto una trampa. ¿Imposible? No, no es imposible, Tessa Riggins».
Cuando el semáforo cambió a luz verde, Tessa pisó suavemente el acelerador y aparcó el auto a la orilla de la autopista. Un segundo vehículo, esta vez una camioneta blindada, una Cadillac escalade blanca, apareció con un ligero ronroneo de tigre. Dos sujetos se apearon y le apuntaron con sus armas. Aquellos eran Deeth y Charles; los conocía, trabajaba con ellos.
—¿Qué sucede? —preguntó ella al ser obligada a bajar del vehículo mientras que Deeth la sujetaba con brusquedad del brazo y la forzaba a subirse con ellos en la camioneta.
—Tú aquí no haces preguntas, Riggins —le contestó con una sonrisa llena de perversidad.
Charles le colocó una capucha oscura y la subieron al vehículo. Dentro de poco sus preguntas y dudas serían esclarecidas. Solo que, al saberlas, llegaría su fin.

3 de Maio de 2020 às 03:59 0 Denunciar Insira Seguir história
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