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Parry Hotter


Una historia tan verídica como ficticia. Un pasado ignorado, un presente misterioso y un futuro incierto. Una historia inmersiva en la que lo aparente oculta un trasfondo oscuro que solo el tiempo podrá desvelar. ¿Cómo se combinarán los acontecimientos para revelar la verdad?


Suspense/Mistério Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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ACTO PRIMERO: LA CALMA RESPLANDECIENTE

La luz del ocaso apenas se abría paso entre las hojas del algarrobo en flor aquella apacible y cálida tarde de abril. Una suave y agradable brisa refrescaba el ambiente en las calles desiertas de aquel remoto lugar. Los pájaros revoloteaban y la tranquilidad parecía imperturbable. Quizá por las telecomunicaciones deficientes, o quizá por la sensación de anacronismo que invadía a los vecinos, hacía ya varios años que los habitantes de San Demetrio habían comenzado a emigrar por un motivo u otro a lugares más o menos acogedores tentando su suerte. La mayoría de los pocos humanos que quedaban habían entrado gloriosamente en la senectud, apenas era posible encontrar a alguien no bendecido por cabellos níveos. Los colegios llevaban mucho tiempo clausurados por falta de demanda y el hospital más próximo se encontraba a más de dos horas de camino por carreteras secundarias desgastadas por la falta de mantenimiento. El éxodo trajo consigo una vida silenciosa y apacible a la espera de una muerte dulce en sueños. A nadie parecía preocuparle el futuro incierto del día a día. Esporádicamente se podía encontrar algún anciano meciéndose en su silla observando la evolución de las nubes, imaginando formas y evocando recuerdos de su pasado.

Cualquiera podría preguntarse sobre los motivos que nos llevan a este paradójicamente desierto y acogedor lugar. Es posible que las mentes inquietas deban comprender que la vida es un conjunto de incertidumbres que suceden una tras otra y los misterios del destino a veces no son del todo comprensibles hasta pasado un largo periodo en el que uno ha tenido tiempo de reflexionar y buscar alguna forma de justificar y recomponer el puzle de la vida pieza a pieza, a veces de forma muy errónea por la falta de información veraz y absoluta. El origen de todo este embrollo fue del todo insospechado, un día tan corriente como otro, monótono y predecible.

Aquella mañana me levanté con la mayor de las desganas, el Sol apenas iluminaba las calles y la Luna aún se podía distinguir en el cielo cenizo que se divisaba desde la ventana de mi habitación. Me quedé mirando al techo tumbado en la cama intentando encontrar un motivo para abandonar su agradable comodidad y enfrentarme al orden del día, buscar un empleo cualificado sin cesar. En mi único día libre en hacía ya varias semanas el cansancio y la desesperación se apoderaban de mí. Por un lado, debía concentrarme en contactar con gente a la que aborrecía pero que me podían brindar una buena oportunidad para conseguir un puesto excelente, por otro, sólo quería disfrutar de mi merecido descanso y dejar para otra ocasión la odisea laboral. Los minutos pasaban y el viento comenzaba a soplar aumentando su fuerza de forma casi imperceptible, el aturdimiento inicial de mi despertar desaparecía de la misma forma inclinando la balanza de la decisión de forma desfavorable a mi querida cama que tan dulces sueños me había procurado tantos años. ¿Quién iba a decir que sería la última vez que la vería? Aquella decisión tan insignificante y cotidiana a primera vista tuvo un papel crucial en los acontecimientos que se acercaban a ritmo vertiginoso.

Poco después de finalmente conseguir levantarme, tras una rápida ducha fría muy productiva, me hallaba en la cocina rebuscando en los rincones algún alimento de cuya existencia me había olvidado. No había tenido ni tiempo ni ánimos suficientes para hacer la compra dado que el supermercado de confianza al que siempre iba decidió que era el momento de realizar reformas muy poco oportunas. No quedaba ni café ni té, algo de vital importancia en una mañana con el cielo encapotado. Aún disponía de tiempo suficiente antes de ir en busca de aquel hombre que se interponía en mi futuro esperanzador y al que no me hacía gracia ver. Sólo pensar en el me provocaba una inquietud violenta en mis entrañas. Debía resignarme a un pequeño sacrificio para tener la oportunidad de hacer realidad mis planes. Sin una dosis de estimulantes no me sentía con fuerzas suficientes para afrontar el reto. La opción de desayunar en una cafetería parecía la más lógica, así que me vestí de manera más o menos formal, me mentalicé y crucé la puerta de mi casa.

Nada más poner un pie en la acera, una fuerte ráfaga de viento helado me dio los buenos días. Parecía que abril se había tomado unas vacaciones espontáneas ese día y un compañero invernal ocupó su lugar. Los folletos que tan amablemente habían dejado en las cestas publicitarias los repartidores ahora vagaban sin rumbo fijo por las calles apenas iluminadas y grises impulsadas por el feroz viento. Pocas eran las ventanas en las que se apreciaba actividad, la mayoría de los habitantes seguía inmersa en los sueños ajena a todo lo que pasaba a su alrededor.

Me dirigía hacia un local que ya había visitado en varias, aunque escasas, ocasiones. El camino no era muy largo, apenas unos minutos a pie, izquierda, derecha, izquierda y todo recto. Un jubilado ensimismado vestido de forma deportiva paseaba sin prisa con su perro de raza pequeña a unos cincuenta metros de mi destino. Lo había visto muchas veces de pasada, siempre acompañado de su perro. Daba la impresión de que, o bien iba a todos los sitios con su mascota, o bien sólo salía a la calle para pasear su bolita de pelo gruñona.

Al acercarme cada vez más a la cafetería noté que el cartel luminoso verde con letras blancas estaba apagado, en el ambiente no se percibía el olor a bollería recién horneada y los ruidos habituales de su actividad faltaban. “Cerrado por defunción. Disculpe las molestias”, rezaba el cartel escrito a mano con caligrafía perfecta y pausada. La mañana comenzaba a desviarse del rumbo establecido pero un pequeño contratiempo no tendría por que suponer el fin de mis planes. Quizá si hubiese vuelto por donde había venido, las cosas habrían ido de otra manera. El hombre paseante se dirigía hacia mí a paso relajado, me pareció buena idea preguntarle si conocía alguna cafetería abierta cerca de ahí.

—Perdone -­exclamé mientras me acercaba.

El hombre parecía sorprendido por mi presencia. Levantó la vista del suelo lentamente en silencio. Sus ojos brillantes por la humedad me inspeccionaron unos segundos antes de que se decidiese a conversar conmigo.

—Buenos días- dijo con voz cansada.

—¿Sabe de alguna cafetería abierta en las inmediaciones? A ser posible con buen café y precios.

—Es posible, aunque no me queda muy claro el concepto de buen precio.

—Un buen precio es aquel acorde con la calidad del producto, como el que había ahí – dije señalando a la cafetería cerrada.

—Es una lástima… una lástima. Siempre me atendían bien ahí, lloviese, granizase o abrasase el Sol toda vida terrestre en los meses de verano.

—¿Se refiere al cartel de la entrada? -pregunté con cierta indiferencia.

—Claro, ¿A qué me iba a referir si no? La juventud de hoy en día no es muy avispada. Os habéis criado en una época con tantas facilidades que no os ha surgido la necesidad de utilizar la cabeza para nada salvo para poneros gorros en ella.

El hombre parecía no estar de buen humor. El perro me miró con curiosidad antes de acercarse a olerme los zapatos.

—Supongo que era un cliente habitual.

—Me asombra tu capacidad deductiva. ¿Has pensado en jugar a ser detective?

—No, la verdad es que no tengo demasiado tiempo para eso. Sólo fue un razonamiento espontáneo sin más.

—Ya veo…- dijo secamente mi interlocutor.

—¿Entonces conoce algún sitio donde poder tomarme un café por aquí cerca y que esté abierto?

—El café es malo para la salud. ¿No te preocupa morirte antes de tiempo?

—Pensaba que los jóvenes no eran dignos de vivir.

—Yo no he dicho eso, estás sacando las cosas de contexto. Toda vida es digna y todos los jóvenes algún día llegarán a ser personas de provecho.

—¿Todos?

—Todos los que sobrevivan habrán demostrado tener las habilidades suficientes para legar a viejos. Para mí eso es un indicio de que tienen agallas para la vida a pesar de sus adversidades injustas -dijo el hombre con expresión de certeza absoluta obtenida tras años de reflexión.

—En todo caso me gustaría arriesgarme a acortar mi vida mientras desayuno algo caliente.

—Si te gusta el chocolate caliente sé de un sitio al que podrías dirigirte, aunque tengo serias dudas sobre si serás capaz de orientarte.

—Estoy seguro de que podré con tan terrible odisea.

—Déjalo, mejor te acompaño. No tengo prisa por nada a estas alturas. Sígueme, está de camino a mi casa.

—Gracias por el ofrecimiento. ¿Cómo se llama el sitio? No me viene a la cabeza ninguna cafetería que sirva chocolate caliente en abril.

—Tú solo camina y todas tus preguntas tendrán respuesta tarde o temprano. Dicen que las prisas nunca son buenas, y menos si son para comer. Al menos eso decía mi difunta madre.

El hombre iba por delante de mí, prestándole más atención a su mascota que a mí. El camino resultó ser más largo y enrevesado de lo que me imaginaba. Las calles se hacían más estrechas y los edificios más antiguos. A pesar de residir cerca de la zona durante años, nunca había tenido la necesidad de ir ahí. Es curioso como los lugares más misteriosos pueden ser ignorados por completo hasta que fruto de una casualidad y una disposición adecuada de los acontecimientos, lo que parecía estar lejos entra de lleno en nuestras vidas. Las calles adoquinadas discurrían entre edificios con ventanas y balcones de madera, algunos de ellos decorados generosamente con plantas florecientes. Tras avanzar por callejones y cuestas llegamos finalmente a una pequeña plaza con una fuente antigua y estropeada iluminada por la luz cálida de lo que parecía ser el punto final de nuestra ruta, el rincón de Zeta.

—Ahí es- señaló mi guía silencioso.

—Gracias. Le puedo invitar a algo por ayudarme, si quiere.

—No. Adiós.

—Pero…

La mirada vidriosa del que había sido mi compañero de aquel pequeño viaje me indicó que era inútil insistir en los buenos modales. Busqué infructuosamente con la mirada alguna placa que indicase el nombre de la plaza o alguna calle con la intención de poder orientarme en el futuro. Cuando se me ocurrió preguntarle al hombre del perro el nombre de la plaza me di cuenta de que había desaparecido sin dejar rastro. Supuse que dentro del rincón de Zeta podrían resolverme la duda igualmente y me dirigí hacia la puerta.

Nada más entrar, un ambiente cálido con toques de aroma de canela y una luz anaranjada me sorprendió. El contraste entre la calle y el interior era abismal. Las paredes eran de piedra decoradas con alfombras y tapices, los techos bajos lejos de provocar sensaciones claustrofóbicas añadían más encanto al local. Al fondo se situaban las mesas, algunas de ellas bajo ventanas antiguas tras cortinas de tela tupida color atardecer tostado.

—Adelante, siéntate en aquella mesa del fondo -dijo de forma inesperada una anciana de aspecto amigable tras la barra.

—Me han dicho que aquí hay muy buen chocolate caliente.

—Seguro que no has probado ninguno igual, te lo garantizo -respondió con una sonrisa dulce.

Antes de poder preguntarle por la dirección se dio la vuelta y desapareció tras la puerta de madera que supuse que llevaba a la cocina. No me quedaba más remedio que dirigirme a mi mesa y esperar a que volviese para resolver mi insignificante duda. El local estaba desierto, pero daba la sensación de que estuvo muy concurrido momentos antes de mi llegada. Al sentarme al lado de la ventana me di cuenta de la existencia de una chimenea con un fuego extrañamente embriagador que le daba a la mesa de madera de roble, gruesa y con aspecto sólido, una coloración muy cálida. El tiempo pasaba y las gotas de lluvia comenzaron a caer sobre el vidrio de las ventanas de forma casi musical produciendo un ruido de fondo relajante y agradable. La señora parecía haber desaparecido con el chocolate caliente que me prometió. Decidí leer el periódico amarillento con fecha de hacía más de veinte años que asomaba de la barra. Una reliquia histórica digna de una hemeroteca, me dije.

A primera vista no había mucho interesante escrito en aquellas páginas, conflictos bélicos, problemas cotidianos y noticias de relleno. A falta de otro entretenimiento me vi obligado a ojearlo pasando las páginas hasta encontrar algún titular que captase mi atención. “Terrible accidente de tráfico que se ha llevado la vida de 5 personas en la carretera a San Demetrio”, decía un titular, “En el futuro las jornadas laborales serán más cortas gracias a la automatización”, decía otro. Las páginas desgastadas por el tiempo hacían de ventana al pasado en el que se asienta el presente.

Los minutos pasaban y la situación se hacía cada vez más inquietante, no se oían ruidos de actividades relacionadas con preparar chocolate, el silencio sólo era perturbado por la lluvia cada vez más fuerte y el crepitar de la chimenea. Me preguntaba si la señora estaba bien o se habría desmayado haciendo su trabajo. Me acerqué a la barra e intenté escuchar algún indicio de que algo no iba bien, cerré los ojos para concentrarme mejor. No se apreciaba absolutamente nada sospechoso, parecía que en la cocina no había nadie.

—Tu chocolate, ricura.

La dulce voz inesperada me hizo sobresaltarme. Abrí los ojos y una sonrisa con algunos dientes de oro perteneciente a la esquiva señora se me apareció.

—¡Que susto! Pensaba que le había pasado algo.

—No -respondió con la misma sonrisa en la cara.

—Me alegro de que esté bien, pero es usted muy silenciosa.

—¿Tú crees? Puedo llegar a ser muy ruidosa según la situación.

—En este caso parece que sea un fantasma. ¿Normalmente suele esto estar tan vacío?

—No está vacío. A veces no vemos las cosas en profundidad conformándonos sólo con una imagen superficial.

—Eso suena un poco filosófico. Llevo dos filósofos de andar por casa esta mañana ya. Aunque no sé qué es lo que quiere decir con que este sitio no está vacío, yo no veo a nadie.

—Sólo es una observación inocente sin más trasfondo. ¿No te es suficiente con verme a mí?

—Me refería a algún cliente más -dije casi sonriendo.

—Aquí no hay clientes, todos somos hermanos

—¿Quiere decir que no necesita que le de dinero?

—Eso es exactamente lo que he dicho. Quizá deberías tomarte el chocolate antes de que se enfríe, si me necesitas sólo hazme saberlo.

Algo confuso me senté en mi mesa y miré por la ventana. La visibilidad era casi nula a causa de la intensa lluvia que hacía de tupido telón. No recordaba haber presenciado una precipitación de tal magnitud, los planes de búsqueda de empleo una vez más se veían modificados por el devenir de los acontecimientos. El chocolate estaba exquisito, amargo pero delicioso a la vez. Con cada sorbo un agradable calor recorría mi cuerpo y me invadía una sensación de felicidad que parecía ralentizar el tiempo. Mi mente se ofuscaba y los colores adquirían matices más vivos, no quería que ese momento acabase nunca. Era tal mi ensimismamiento que no me percaté de que el local se había quedado a oscuras y la única fuente de luz artificial era la chimenea. El fuego cada vez se avivaba más sin necesidad de más leña, los sonidos desaparecieron y la visión se hacía cada vez más borrosa. El cuerpo me pesaba cada vez más y sólo quería dejarme llevar por las sensaciones que me producía aquel delicioso brebaje. No sé cuánto tiempo paso hasta que me di cuenta de que ya no estaba solo, ahora el rincón de Zeta tenía clientes, o hermanos según me acababan de explicar, en las mesas conversando en voz baja a la luz de quinqués. Poco a poco recuperaba el pensamiento normal y salía del aturdimiento. Se oían truenos a lo lejos, el cielo inusualmente gris oscuro en ocasiones se iluminaba con destellos azules. Miré detenidamente hacia los lados intentando comprender lo que había pasado, nadie parecía haberse dado cuenta de mi ausencia mental. Decidí dejar la taza vacía a un lado, no recordaba haberme tomado más allá de varios tragos. Quise levantarme, pero las piernas aún me pesaban como si fuesen de plomo. En mi mesa ardía una lámpara de queroseno arrojando una luz anaranjada sobre un sobre cerrado blanco sin remitente ni destinatario. No sabía si debía abrirlo o dejarlo ahí. Por un lado, después de mi experiencia casi mística no quería meterme en más líos, por otro, la curiosidad intrínseca al ser humano me empujaba a conocer el contenido. Esconder el sobre sin que nadie me viese me pareció la opción más acertada, una vez fuera de ahí podría conocer su contenido con mente fría y tranquilidad.

Al cabo de un tiempo relativamente corto pude por fin levantarme, no sin cierto esfuerzo, para dirigirme a los aseos a lavarme la cara con la esperanza de que eso me ayudase a acabar de aclarar mis pensamientos. El lavabo era pequeño y sin grandes lujos, muy anticuado, pero al menos funcional. El agua salía a temperatura glacial, tanto que hasta sentía dolor en la cara al refrescármela, como si miles de agujas diminutas se clavasen en la piel. Me preguntaba si la lluvia sería igual de glacial, no me quería empapar de agua fría pero tampoco quería permanecer en aquel lugar inquietante un minuto más.

Salí del rincón de Zeta intentando hacerlo sin llamar la atención. Parecía que hubiese comenzado un diluvio universal, las calles estaban anegadas y pequeños ríos bajaban por las cuestas y daba la impresión de que la fuente de la plaza volvía a funcionar. Escondiéndome bajo los balcones y con el agua por encima de los tobillos conseguí avanzar un buen trecho, pero todo indicaba que me había perdido entre los callejones irreconocibles por las circunstancias climatológicas. Ahora solo quedaba esperar a que parase de llover o continuar vagando a ritmo de tortuga en busca de una salida.

La tercera opción no estaba prevista, pero eso no quería decir que no fuese posible. Justo tras sentarme en las escaleras cubiertas de lo que supuse que era una vivienda abandonada para resguardarme del mal tiempo oí un chapoteo que se hacía cada vez más lento al acercarse a mi posición de forma intencionadamente cautelosa. Es posible que el dueño del sobre me estuviese buscando, pero no quería tener que dar explicaciones sobre por qué me apropié indebidamente de algo que no estaba claro si iba destinado para mí. Me escondí lo mejor que pude intentando no hacer ruido. La persona se acercaba cada vez más, sabía muy bien dónde encontrarme. El corazón se me aceleró a la espera de una situación incómoda, ahora ya no tenía escapatoria.

Por fin se pudo ver la sombra de aquel que me buscaba. Una sombra que se convirtió en un chubasquero azul oscuro que ocultaba la silueta del desconocido. Se quedó quieto mirando las escaleras unos segundos que se hicieron eternos para mí. Contuve la respiración, el corazón me latía cada vez más fuerte. De pronto, se dio la vuelta y continuó caminando calle abajo. Parecía que mi plan de esconderme había funcionado, al menos de momento. Espiré con gran alivio, no me atrevía a salir de mi escondrijo, el peligro aún acechaba cerca.

Esperando me acordé de que tenía en posesión aquel sobre misterioso cerrado sin remitente ni destinatario. Había llegado el momento de abrirlo y desvelar los secretos que se ocultaban en el interior. La decepción y la confusión se apoderaron de mí a partes iguales, dentro sólo había una hoja blanca plegada en tres partes sin nada escrito. ¿Tantas preocupaciones para esto? Estaba claro que el sobre y la hoja serían recicladas en el próximo contenedor que viese. Sentía que ya no tenía nada de lo que preocuparme, nadie se molestaría en recuperar lo que yo había tomado prestado. Salí de mi escondite, al final de las escaleras me esperaba absolutamente inmóvil la figura oculta bajo el chubasquero azul. Se quitó la capucha. No lo podía creer, era ella. Ella.

19 de Março de 2020 às 22:07 1 Denunciar Insira Seguir história
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gd galleta decacao
Hacía muchos años que no leía algo tan grandioso. Esta novela es deliciosa, sus personajes, aún pequeños pero seguro con grandes pensamientos y magnificas historias por contar, nos hacen disfrutar de una historia que se desenvuelve suave, a veces de manera inesperada, otras sorprendente. Además de aspectos oscuros que quedan delineados en la novela y que la hacen inquietante.
March 23, 2020, 15:43
~

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