Catalina y el Segador Seguir história

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Leonardo, el hijo menor de la casa noble Ignatiev, detesta la violencia. Desde pequeño ha evitado lastimar a otros aun cuando su vida estuvo en riesgo. Pese a ello, pertenece a una de las tres familias encargadas de una tarea que se considera sagrada: Asesinar a otros nobles. Con la orden de llevar a cabo el rito de ejecución, se presenta frente a una misteriosa dama que usa una máscara, a quien debe cortarle la cabeza sin miramientos. ¿Qué sucederá cuando descubra la identidad de dicha persona? Una historia de magia y fantasía, entre dos jóvenes que apenas empiezan a descubrir la verdad de la vida...


Fantasia Medieval Todo o público.

#aventura #brujería #misterio #romance #magia #fantasía
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Catalina y Leonardo

I


Leonardo mantenía la mano izquierda en la espalda, con una postura firme que lo hacía verse más alto de lo que ya era, más alto incluso que su hermano mayor, Sergi. Dando una zancada frontal, apuntó su florete en dirección de Sergi, quien debió dar varios pasos atrás, la embestida lo tomó por sorpresa. Los ojos negros de Leonardo no vacilaban, su mirada férrea intimidaba a los de su edad, cuando practicaba en la escuela imperial de esgrima. Sin embargo, Sergi era un experimentado, luego varios combates reales, el filo de su hoja era temida y admirada en las esferas militares. Luego de un movimiento circular, desarmó a su hermano, colocándole sin miramientos su propio florete en la garganta. Leonardo detuvo su respiración ante la derrota.

—Eres demasiado amable, ¿acaso parezco tan débil como para que desees protegerme? —dijo Sergi, sin apartar su espada ni un solo centímetro.

—No quería lastimarte, eso es todo —respondió Leonardo, con el poco aire que le quedaba en los pulmones.

—Eso es lo que me molesta —apartándose, con lo cual Leonardo pudo tomar una bocanada de aire—, no es lo que quieras hacer o no, es lo que debes hacer, cuando lanzaste esa estocada, ante mi asombro inicial, tu deber fue acabar con un golpe lateral, dejaste ir una clara victoria por tu tonta amabilidad. Milos sin duda me habría roto un par de costillas. Eres un Ignatiev, compórtate como tal.

—Sí, hermano.

Leonardo intentaba recuperar el aliento, mientras unos sirvientes les acercaban toallas para limpiarse el sudor. La práctica se realizaba el los jardines de la casa Ignatiev, una de las tres familias nobles que llevaban a cabo la sagrada labor de las ejecuciones. La pena de muerte, el mayor castigo de las leyes imperiales, no hacía discriminación de sexo ni de castas, todo aquel encontrado culpable debía, por mandato divino, morir por decapitación. Sin excepción alguna.

—Leonardo, tú y yo nos parecemos, nacimos luego de Milos, quien es perfecto en todo lo que hace, será quien tome el lugar de papá y se convertirá en el líder de las tres familias de Segadores Imperiales, ¿entiendes eso? Nunca seremos más que su sombra, ambos —suspiró—, aunque tardé un poco en asimilarlo, he llegado a entender mi lugar y solo hay una cosa que deseo y esa es no avergonzar a los Ignatiev, no avergonzar a Milos...

—Hoy será mi primera ejecución, según entiendo, será un noble que cometió un pecado contra el Emperador, no sé si estoy preparado, pero puedo asegurarte que llevaré a cabo mi trabajo con orgullo.

—Escuchar eso me tranquiliza. Ve a bañarte y luego visita a nuestra madre, quiere verte.

Sergi extendió su mano hacia Leonardo, sentado en el suelo, la estrechó y con ella se ayudó a ponerse de pie. Luego de una batalla amistosa, era la costumbre pedirse disculpas y terminar el encuentro con un abrazo fraternal, cosa que hicieron de inmediato.

Una vez en sus aposentos, Leonardo entró a la ducha, el agua caliente relajaba sus músculos tensos. Sus manos aún temblaban, había estado a punto de herir a Sergi.

—Milos le hubiera roto unas cuantas costillas, ¿eh? Si hubiera conectado ese golpe, mínimo le habría roto la espalda. Tengo que aprender a controlarme —dijo para sí.

Una vez vestido con algo más cómodo, partió hacia el salón principal.

El cabello castaño de Leonardo le llegaba a los hombros, atado siempre con un listón rojo, como el escudo de su familia. Al ser el menor de los tres, las obligaciones que caían sobre sus hombros eran pocas, teniendo un modo de vida despreocupado, siendo su paso por la escuela imperial lo único a lo cual ha prestado interés. Su madre esperaba en la terraza del salón, observaba a las doncellas del Barón Frolov, un primo lejano, que eran las encargadas de las flores de la rotonda.

—Puedes tomar como esposa a cualquiera de esas pequeñas —dijo antes de que Leonardo le saludara—, son hijas de un Barón, además de ser familia, ni siquiera tu padre se opondría.

—Las hermanas Frolov, no recuerdo haber conversado con ellas alguna vez, pese a que viven en el palacio durante la primavera. No quisiera casarme con alguien a quien no conozco.

—Sabes, si te casas con alguien que tiene un título bajo, pero sin heredero, como es el caso de mi primo, deberías hacerte cargo de su casa, pasarías a ser vizconde...

—No entiendo —interrumpió a Carlota—, ¿a qué viene todo esto?

—Tú no deseas ser un Segador Imperial, ¿cierto?

Las palabras de Carlota golpearon fuerte dentro del corazón de Leonardo, debió sentarse, cubriendo su rostro con ambas manos. Se sentía avergonzado.

—Nunca he dicho nada medianamente parecido, ¿cómo llegó a esa conclusión?

—Eres un muchacho amable y sensible, el segar la vida de los demás debe parecerte una aberración, no es lo que quiero para ti.

—No es lo que queramos, es sobre lo que debemos hacer —respondió, recordando las palabras de Sergi.

—Leonardo, hoy será tu primera ejecución...

—Lo sé, he estado pensando en ello. Debo cumplir con mi labor familiar como un Ignatiev, aunque en realidad desconozco lo que haré, al menos, déjame intentar.

Con cierto esfuerzo, Carlota se acercó a su hijo, tomando su cabeza entre sus brazos, lo besó en la frente con un cariño especial, por alguna razón, Leonardo lo sintió como una despedida, pero no pudo decir nada.

—Lo que decidas, cuentas con mi apoyo, mi niño.

Leonardo quedó solo en la terraza, a lo lejos, desde la gran puerta principal del palacio, observó el carruaje ceremonial que lo llevaría hasta la corte imperial. Era tirado por caballos negros y adornado por rosas blancas en sus cuatro costados, símbolo que caracterizaba a las tres casas Segadoras. Leonardo, apretaba sus puños con fuerza, haciendo que sus dedos sangraran. Luego, levantó el rostro con una mirada penetrante, había en sus ojos una resolución latente.

Vestido como Segador, con un traje de corte militar blanco, broches dorados y una máscara, subió al carruaje que esperaba por él. En sus manos había una espada larga, la espada que su padre le entregó cuando cumplió los dieciocho años, llamada Asdras.

El camino a la corte pasaba por los bosques aurales de la región de Georgiana. Leonardo recorría ese camino por primera vez, nervioso, observaba los parajes que antes sus hermanos recorrieron cientos de veces.


→──✦──←


Los primeros segadores fueron también los primeros generales de guerra del antiguo Emperador Fiodor el Vil, quien fundó las bases de la monarquía actual. Lucas Ignatiev, Yerik Roselav y Alik Volkov, ejecutaron uno a uno a los nobles que no reconocían la autoridad de Fiodor, ganándose un lugar en la historia como Segadores Imperiales. Leonardo repasaba en mente ese relato una y otra vez mientras esperaba. Sentado en el lugar donde le correspondía, mantenía la espalda recta y, sobre sus piernas, Asdras horizontal a estas. Cavilaba, repasaba el ritual una y otra vez, conocía la manera en la cual decapitar a una persona sin provocarle dolor. El filo debía cortar justo por debajo del Atlas, un corte limpio representaba piedad, según sus ideales, era la mejor manera de hacerlo.

Un sirviente de la corte entró en silencio, los segadores tenían un alto mayor incluso que el de la nobleza, por lo cual mantenía la miraba baja. Con un gesto indicó a Leonardo que era hora del ritual. El joven, quien dudó unos segundos antes de ponerse de pie, se levantó luego de respirar profundo.

—Leonardo Ignatiev, Segador Imperial, lo llevaré a la sala de ejecuciones —dijo el sirviente, quien llevaba una máscara blanca.

—Gracias —susurró, aunque recordó que no debía hablar hasta terminada la ceremonia.

—Por aquí...

El pasillo que llevaba a la sala era largo, los pasos de Leonardo, a pesar de ser firmes, eran más cortos de lo normal, deseaba alargar el recorrido lo más que fuera posible. Pensabas las veces que Sergi y Milos recorrieron el mismo pasillo, sintiendo que ellos caminaban frente a él, opacado por sus sombras. Antes de darse cuenta, se encontró frente a la puerta de la sala de ejecuciones, a partir de ese lugar, debía hacer todo el ritual solo.

Colocando su mano sobre la puerta, la abrió de par en par. Por las rendijas de su máscara roja no era posible ver sus ojos, pero tenía una mirada vacía, era la mirada de alguien que se había entregado a su destino, como si fuera él quien moriría a continuación.

Y era, de alguna manera, cierto, al menos para él.

Al centro de la sala esperaba una mujer, cosa que descolocó a Leonardo.

Una muchacha, que aparentaba su misma edad, estaba sentada en taburete, lo que facilitaría la decapitación. Su cabello era rubio claro, de piel blanca y manos delicadas, también llevaba una máscara, pero podía verse a través de ella, un par de ojos celestes. Su porte era elegante, aunque era notoria su respiración agitada.

El muchacho no pudo controlarse, temblaba ante la persona que debía ejecutar sin cuestionarse. Por primera vez pensó en algo, ¿cuántas mujeres y niños habrían asesinado sus hermanos? Siendo que las leyes no discriminan a nadie, podrían haber sido muchos los casos en los cuales incluso, debieron asesinar inocentes. Leonardo sintió asco, asco de sí mismo al haberse negado a una realidad tan obvia. Había optado por fingir que los segadores cumplían con una labor cuasi sagrada, cuando no eran más que simples asesinos.

—No puedo hacer esto —resopló, soltando a Asdras con repudio.

—¿Leo, eres tú? —dijo la muchacha.

—¿Catalina?

Aquella voz resonó en la cabeza de Leonardo por largo rato, haciendo que el recuerdo de unas flores azules, cuyo nombre discutía con una pequeña niña de cabellos dorados. Los ojos de Leonardo se llenaron de lágrimas, la máscara le estorbaba, así que la arrojó a un lado. La muchacha, por su parte, hizo lo mismo, dejando al descubierto su hermoso rostro.

—¡Sabías que eras tú, Leo!

—Catalina Románov —susurró Leonardo, cayendo sobre su regazo

—Leo, nunca pensé encontrarte aquí...

—¡Lo siento tanto! ¡Estuve a punto de asesinarte! ¡No soy más que un maldito asesino!

—Estoy viva, vi la manera en como despreciaste tu espada aún sin saber que se trataba de mí, no eres un asesino, Leo, eres el mismo niño amable de antes, no cambiaste en todo este tiempo.

Leonardo lloraba sobre las piernas de Catalina, mientras ella acariciaba su cabello con cariño, sin embargo, aquello duró poco. El muchacho recordó el lugar donde se encontraban, recordó que Catalina había sido condenada a muerte.

—Catalina, ¿por qué la hija de un conde está aquí, condenada a muerte?

—Es complicado, dudo mucho que creas...

—No tenemos tiempo, así que responde a esto, ¿cometiste un crimen?

—No —respondió la joven con firmeza.

—¿Fuiste inculpada?

—Sé algo que cambiaría al imperio de forma irreparable, por eso quieren silenciarme.

—Me basta...

—¿Eh? ¿Así y ya?

—No necesito más, eres Cata, la misma niña honesta que conocí, es suficiente para creerte.

Ambos rieron, liberando un poco de la tensión que la situación les generaba. Era el recuento de dos personas que pasaron los mejores años de su infancia entre juegos y travesuras. Leonardo se levantó, alargando su mano para que Catalina también se pusiera de pie, notando que no podía moverse.

—¿Qué significa esto?

—No puedo moverme con libertad, debo tener un broche en mi espalda...

—Déjame revisar... ¡Sí! Aunque no lo entiendo...

—Te lo explicaré luego, por el momento solo retiralo.

El broche, de color plateado, parecía incrustado en la piel de Catalina, con lo cual, debió arrancarlo. Pese al daño que aparentaba causarle, la joven no se quejó. Una vez libre de tan extraño artilugio, una sensación extraña recorrió el cuerpo de Catalina.

—Gracias, ya me siento mejor —dijo levantándose.

—Tengo demasiado por preguntar, pero lo dejaré para después. Cata, la única forma que salgas de aquí es estando muerta, ¿entiendes eso?

—Significa que debes matarme, ¿no?

—Eso parece...

Las palabras de Leonardo eran escuchadas con atención, no podían perder tiempo, el ritual debía de haber terminado hace mucho. Una vez explicado el plan, Catalina asintió, estaba decidida. A los pocos minutos, el sirviente de antes abrió la puerta de la sala de ejecuciones. Encontrando a Leonardo, empuñando su espada, la cual atravesaba de lado a lado el pecho de Catalina.

—La ejecución ha sido llevada a cabo —dijo, retirando la espada del cuerpo de la muchacha.

—Segador Imperial, pensé que sería una decapitación —espetó el sirviente.

—¿Vas a decirme como realizar una ejecución, sirviente? —respondió Leonardo con una mirada amenazante.

—Perdóneme, usted, fue un atrevimiento de mi parte.

—Trae el féretro, me haré cargo del cuerpo, lo llevaré a Moskva para los actos fúnebres.

—Entiendo, me encargaré de los detalles.

Catalina reposaba en brazos de Leonardo, su respiración había cesado.


7 de Fevereiro de 2020 às 16:28 3 Denunciar Insira 3
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Pauly Thide Pauly Thide
Me gusto como empezó la historia mucho.
February 24, 2020, 00:58
Flor Aquileia Flor Aquileia
fenomenal comienzo!!!!
February 10, 2020, 22:53
Ana Jiménez Ana Jiménez
Un buen comienzo, y debo decir que es una trama muy interesante. Esperaré el próximo capítulo con ansias. ☺️☺️☺️☺️
February 07, 2020, 21:36
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