Schedel van Blad Seguir história

green_hills_1473 Claudia N.

Geert siempre ha soñado con poseer la habilidad suficiente para deleitar al mundo de la mano de las letras. Por desgracia, últimamente no ha tenido mucho éxito y está empezando a perder la esperanza. Cuando cree que el tiempo se agota y no hay progresos a la vista, la editorial holandesa Rembrandt aparece en su vida, junto a todo un equipo de profesionales que harán sus sueños realidad. Todo parece estar bajo control hasta que a Geert, más conocida como Cokkie, le hacen una oferta que no podrá rechazar. Es ahí cuando conoce a Ewoud, la combinación perfecta de todos sus sueños y pesadillas a la vez. De una forma u otra, la música se colará en sus relatos sin darle oportunidad de evitarlo. Ewoud tiene el rostro y Geert las palabras, ambos pueden ayudarse mutuamente a alcanzar sus sueños, pero puede ser que la realidad no se los ponga tan fácil después de todo… Atrévete a escuchar la banda sonora de la escritura, con todos sus matices, porque el arte es arte, y es preferible vivirlo de la mejor forma posible, sintiendo todos sus altibajos.


Romance Erótico Para maiores de 18 apenas. © Todos los derechos reservados

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Prólogo

― Geert ―

Inhalo. Mantengo el aire. Exhalo. Mis manos tiemblan sudorosas, enredadas entre ellas. Hace frío, es Noviembre y se nota bastante, la estación cálida ya ha quedado en el olvido; las calles se están empezando a cubrir de escarcha y la factura de las casas no para de subir, todo el mundo busca su escondrijo para entrar en calor. Qué bien que estaría yo ahora tumbada, en mi diván color crema, releyendo alguno de mis libros favoritos con una taza de chocolate caliente entre las manos. Es en estos momentos en los que me arrepiento de mi decisión, a fin de cuentas, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene que trabaje tanto cuando sé que tarde o temprano tendré que despertar de mi ensoñación? Las personas como yo no triunfan, no conseguimos ganancias, tan solo acumulamos ilusiones inservibles y heridas preocupantes, que dejan una marca permanente. No obstante, aquí estoy, a la espera de mi chute diario de realidad, que me hace tanto daño pero que sigo recibiendo por ilusa. O, al menos, eso es lo que siempre he recibido de boca del del resto de personas que dicen “ser como yo” o “haber superado esta etapa”.

La edificación grisácea que se alza frente a mí impone mucho respeto para alguien tan insignificante como yo. Y no lo digo solo por el inmenso tamaño que posee. No es como me lo había imaginado, no es un lugar que desprenda aroma a hogar y no tengo la sensación de miles de mariposas haciéndome cosquillas en el estómago. Eso sí, ganas de vomitar hay muchas. Imagino que por dentro debe ser mucho más bonito que lo que inspira desde el exterior, sumado a la adrenalina que inexplicablemente no dejan de secretar mis glándulas suprarrenales. Podría haber comprobado con mis propios ojos si el lugar cumplía mis expectativas estéticas, pero la verdad es que había preferido guardar el suspense y, por otro lado, sentía un calor agobiante que iba desde la cabeza hasta los pies y temía que pudiera sufrir un golpe de calor o algo por el estilo. Así de impredecible e irracional podía llegar a ser yo.

Pasan un par de minutos hasta que diviso una silueta que se aproxima a mí desde el interior y mis nervios crecen, solo espero que no haya sudado demasiado como para que lo note. Repito el ejercicio que tantas veces me ha ayudado a calmarme: inhalo, contengo la respiración, exhalo. Bien, es la hora de la verdad, ¿me cogerán o me darán un portazo en la cara? No lo sé, pero por alguna razón las personas siempre tendemos a pensar en lo peor que podría pasar cuando, en realidad, tenemos un cincuenta por ciento de probabilidades para que ocurra aquello que tanto anhelamos o, por otra parte, todo lo contrario. Así de complejo es el ser humano.

―Eum… ¿Cokkie? ―una señora aparece frente a mí una vez la puerta corredera de cristal me permitió apreciar su rostro con claridad al rodarse. Era de mediana edad, con algunas canas asomando de entre las raíces del pelo, un pintalabios rojo oscuro era lo único que adornaba su rostro, no había ningún otro rastro de maquillaje. En lo alto de la cabeza, llevaba unas gafas de metal negras que no se distinguían muy bien en contraste con sus cabellos castaños y, tras la oreja, un bolígrafo como cualquier otro que alguna vez todos pedimos prestado en el colegio y jamás devolvimos a su dueño―. ¿Eres tú… eum… ―revisó los papeles que tenía en mano y los metió en el sobre que yo había entregado anteriormente― Cokkie? La escritora de Aplícame tus sentidos. ―Me miró y noté como me subía por la garganta el desayuno. Era la hora.

―La misma ―la voz me tiembla al hablar y no, no me puedo permitir mostrar debilidad―, aunque ese es tan solo mi nombre artístico. Realmente soy Geert Roosevelt. No me considero a mí misma una escritora, creo que todavía estoy empezando y soy muy novata en esto… ―No lo decía yo, lo decían en la última editorial con la que intenté trabajar. Ya llevo dos rechazos, esperemos que a la tercera vaya la vencida.

―Oh, comprenderás que nosotros no estamos buscando aficionados, ¿verdad? Somos muy profesionales y tenemos un público amplio, una clientela exigente a la que no nos podemos permitir decepcionar.

―Claro… ―eso era mala señal y no había que ser muy listo para darse cuenta de que no les había gustado mi pequeña creación.

―No obstante ―bajó la mirada al sobre donde se encontraba mi primera obra impresa―, esta vez haremos una excepción. Es magnífica. No pareces precisamente una novata, Geert. Tienes talento, un lenguaje exquisito, transmites tanto diciendo tan poco… ―volvió a mirarme―. ¿Hace cuánto que escribes estas cosas?

Ahí me había pillado. No lo recuerdo, no sé exactamente cuándo fue que empecé a decantarme por el maravilloso mundo de las letras. Y eso que yo solía odiar las clases de lengua y literatura por encima de mi alma, con todo mi corazón. Uff, y las faltas de ortografía… más de una vez me hicieron suspender algún que otro examen. Supongo que con el tiempo aprendí, igual que a un niño pequeño se le enseña a hablar.

―No podría decir una edad exacta, pero entorno a los doce años comencé a pasar a documentos digitales todas las historias que se me pasaban por la cabeza.

―Vale, creo que no me has entendido… Me refiero a cuándo empezaste a narrar acerca de temas eróticos. Lo haces con una naturalidad envidiable, no parece que te tomes el sexo como un tabú, eso es algo que nos ha impresionado bastante. Alguien tan joven de cuerpo y tan sabia de mente…

Juraría que me estaba sonrojando, y a lo grande. Es cierto que escribo escenas picantes, bastantes, es una especie de obsesión. Pero, a ver, no creí que fueran a fijarse con tanto detalle en eso. Disfrutaba las novelas eróticas que tenía guardadas en la seguridad de la estantería de mi cuarto, pero aquello no me convertía en una experta. Había tratado de buscar la inspiración en esos relatos y, al aparecer, el esfuerzo dio sus frutos. O eso creo.

―En fin, da lo mismo ―la mujer, al notar mi silencio, decidió continuar con los resultados del análisis de algunos encargados de la editorial―. Nos encantaría poder aportar nuestro granito de arena para que triunfes, Geert. Estaríamos encantados de que nos eligieras para representar esta historia. Tenemos mucho de qué hablar, pero como comprendemos que quizá no seamos lo que estás buscando, te damos un plazo de tiempo para que tomes tu decisión.

―Muchísimas gracias por todo ―recojo el sobre que me tiende, sin dejar de sonreír abiertamente. Tiene un post-it pegado con un número de teléfono, imagino que de la persona con la que debo contactar para acordar una entrevista―. Eum… ¿tu nombre? Si no es molestia, para recordar de quién es el número…

―Hendrika, pero ni se te ocurra llamarme así, cariño, o tendremos un problema ―me apuntó con el bolígrafo que tenía tras la oreja con una sonrisa divertida y, tras desearme un buen día, volvió a desaparecer hacia el interior de la editorial Rembrandt.

―«Hoy empiezo una nueva vida» ―me dije a mí misma mentalmente mientras andaba por las frías calles de Leiden. Y es que no necesitaba pensarlo más, aquella era la editorial con la que siempre había soñando. Por fin las cosas tenían pinta de que iban a empezar a marchar bien y, aunque el invierno se había adelantado este año, yo siento un profundo calor interno, un sabor parecido al de un trozo de chocolate, que perdura en el paladar si lo disuelves en vez de morderlo directamente, y no hay nada en el mundo que me pueda quitar esta sensación. ¡En tu cara, realidad!

14 de Outubro de 2019 às 15:24 3 Denunciar Insira 1
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Inesita Inesita
Ay, Gertrudis, a ver cuándo conoces al Edward
14 de Outubro de 2019 às 13:14

  • Claudia N. Claudia N.
    JAJAJAJAJA, me extrañaba que no hubieras comentado nada 😂😂😂😂 14 de Outubro de 2019 às 13:16
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