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Obediencia que libera

Leía la semana pasada un interesante artículo de Juan Manuel de Prada titulado “Maestros sin autoridad”. En él se hace una crítica a las modernas pedagogías que se empeñan en colocar al maestro como un coach, animador sociocultural o una especie de “orientador” encargado de acompañar en el proceso de aprendizaje del estudiante. La Unesco hace referencia a este cambio de rol en uno de sus documentos: “Al cambiar la imagen del maestro, de considerarlo como fuente e impartidor de conocimientos a verlo como organizador y mediador del encuentro de aprendizaje, aparecen nuevas competencias que deberán ser los componentes de la nueva función docente”. En esta nueva postura, “la figura del maestro pasa a ser irrelevante, sus juicios devienen tan contingentes como los de cualquier otra persona, dejan de ser los juicios de alguien que nos ayuda a crecer, de alguien que ensancha nuestra perspectiva vital. Y así, inevitablemente, el maestro deviene prescindible”.

Ya había leído una inteligente crítica en este mismo sentido en el libro “Los desheredados” de Francois Bellamy. Este libro, calificado por muchos como una lectura imprescindible para los educadores del siglo XXI, hace un análisis interesantes a la crisis actual provocada por la exaltación a desobediencia y la falta de respeto imperantes en la cultura actual. En Francia, lugar donde Bellamy ha sido profesor de secundaria, ya existen quienes cuestionan la eficacia de estas nuevas corrientes educativas.

Si nos vamos a la historia de las ideas, encontramos entre los padres de esta desconfianza hacia la autoridad a Rousseau pero principalmente a Kant. Rousseau nos vende la idea del hombre como el buen salvaje a quien la sociedad se encarga de corromper. Por otra parte, Kant resalta en su ética que lo más preciado del hombre es la autonomía. Educar vendría siendo como ayudar a liberarse de los vínculos para llegar a ser “uno mismo” y cuestionar la existencia de cualquier autoridad externa al mismo sujeto. Al final, como bien lo menciona Bellamy, la autonomía y el aislamiento que propugnan estas ideas producen jóvenes indefensos, carentes de criterio, desheredados de la cultura acumulada por el hombre durante siglos.

La autoridad y la obediencia, su contrapartida necesaria, se muestran como bienes necesarios para brindar orientación y proteger la educación en la libertad de los jóvenes. Así como hace falta la guía fuerte en la mano del maestro que enseña a trazar las primeras letras, así también es necesaria la disciplina de la obediencia para liberarse de la tiranía de la ignorancia y de las propias pasiones. Se aprende a ser libres obedeciendo y, contrario a lo enseñando por la cultura actual, nada produce más esclavitud y fanatismo que la ausencia de obediencia. Al final, o aprendemos mediante esta virtud a confiar nuestra obediencia a lo que vale la pena o terminaremos enredados en esclavitudes que nos envilecen.

La obediencia nos arroja luz para caminar en la verdad. El verdadero amor reclama esta virtud como resello de autenticidad. El obediente ve más lejos, corre más, aprende a ser responsable y es más feliz. El que vive la obediencia conoce mejor la realidad, es humilde frente a la verdad, admite sus limitaciones, sabe sorprenderse y aprende de todo. La persona obediente sabe a quién sigue, sabe por qué escucha a su superior, conoce los límites de su obediencia, espera crecer y ser mejor.

11 de Outubro de 2019 às 13:46 0 Denunciar Insira 1
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Conheça o autor

Juan Carlos Oyuela Pavón Soy ingeniero electricista de profesión, educador de oficio y escritor aficionado. Mis publicaciones se alimentan de mi experiencia en el trabajo de ayudar a otros a conseguir su mejor versión. Comencé escribiendo un blog sobre ética y virtudes. Actualmente colaboro como columnista en un diario de renombre en Honduras. Escribo para aprender, para servir desinteresadamente a todos los que deseen ser mejores personas.

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