Nunca más sola nunca más muerto Seguir história

nels-smith Neus Luna

Hace muchos años, una bruja hizo una promesa. Gracias a ella, una niña tuvo la oportunidad de aprender magia bajo el amparo de Brahe, un brujo extraño y solitario que carga consigo el peso de una terrible enfermedad. Dejando atrás su familia y el mundo que conoce, Felicia tendrá que adaptarse a la vida en el castillo de su maestro junto a otro extraño aprendiz y un sirviente mágico fuera de control.


Fantasia Todo o público.

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Prólogo

Esta era la historia de una amistad.

La amistad entre Margaret, la taciturna señora de un castillo y su sirvienta Anita, la alegre y dicharachera joven que convivió con ella durante más de una década de sus vidas.

En los pueblos cercanos se comentaba que las plagas y malas cosechas que los asolaban estaba causados por el malsano interés de una bruja por las artes arcanas prohibidas. De boca en boca corrían historias acerca de encuentros secretos en el bosque con el demonio, de danzas alrededor de un fuego que no se apagaba nunca y de maldiciones que mancillaban la sangre de generaciones de familias. Y aunque nadie se atrevía a confesarlo en voz alta, todos sabían que la señora Margaret provenía de un largo linaje bendecido por el diablo.

Por eso, cuando quedó embarazada, la mayoría del personal que mantenían a su servicio renunció a su cargo y su marido se vio obligado a reforzar la seguridad en el castillo. Muy pocos fueron los que se atrevieron a trabajar para ellos a causa de los rumores. El niño, concebido cuando ella ya pasaba la cincuentena, solo podía ser el fruto maldito de la magia. Que la delgada mujer de largos cabellos rubios pareciera mucho más joven de lo que realdad era tampoco jugaba demasiado a su favor. El día del nacimiento se acercaba y cada vez necesitaban más ayuda pero de nada sirvió la promesa de un gran pago a cambio de asistencia, pues el que no sospechaba de ella sospechaba de su vecino y en los pueblos en aquel tiempo ayudar a una bruja podía suponer un linchamiento.

Anita, que pronto cumpliría los veinte y se encontraba aún soltera, decidió probar suerte. Según muchos, ya era demasiado vieja para encontrar el amor de un mozo y según otros, debía conformarse con lo que el destino le echara a su plato, pues nunca había sido considerada especialmente hermosa. Así que sin pensarlo mucho, empaquetó sus cosas y una buena mañana de verano se dirigió al castillo para pedir trabajo.

Allí no le pusieron impedimento alguno y pronto comenzó a colaborar como sirvienta. Sin embargo, gracias a su simpatía logró ganarse el cariño de la señora, a quien le gustaba bajar temprano a la cocina para preguntarle qué iba a preparar para el almuerzo. De vez en cuando, Anita posaba su mano sobre la barriga de Margaret y hacía como que hablaba con la criatura de su interior quien, supuestamente, le proponía preparar recetas fáciles y rápidas.

Aunque Anita en un primer momento no creyó en los rumores que hablaban sobre una maldición, tras pasar unos meses en el castillo su inocencia comenzó a romperse. Otros sirvientes, que llevaban allí más tiempo que ella habían llegado finalmente a caer en la locura después de un proceso lento e imparable que comenzaba siempre con una extraña pérdida de memoria. El contable, después de contar a todos que algo le llamaba desde el sótano, había trasladado su cama y sus pertenencias hasta allí antes de morir repentinamente durante el sueño. Y la última niñera, que ya no recordaba ni su nombre había terminado olvidando que no podía respirar bajo el agua. Tras aquel desafortunado suceso, Margaret, que llevaba ya casi diez meses de embarazo le había pedido personalmente a Anita ocupar el puesto vacante, pues la fecha del parto debía estar cercana y se había quedado sin ayuda. De nada le había servido ser previsora.

Finalmente, después de pensarlo unos días, Anita aceptó. Estuvo al lado de su señora cuando tuvieron que forzar el parto y fue ella misma quien acercó al recién nacido, un varón, al regazo de su madre. Pero la maldición pronto haría acto de presencia.

Tras unos meses de felicidad, la piel del niño comenzó a llenarse de manchas para las cuales, el doctor no tenía explicación. A pesar de los tratamientos, la misteriosa enfermedad que se extendía por su hijo comenzó a verse cada vez peor, llegando al punto de cubrirlo de pústulas que no desaparecían con nada. Margaret, cansada de confiar en los demás para tratar a su retoño, decidió utilizar el arte que mejor conocía para tratar de curarlo pero, aunque en un principio comenzó a mejorar, al cabo de solo unas pocas semanas, donde las pústulas habían marcado su paso empezaron a aparecer pequeñas úlceras que sangraban con el más mínimo roce de la ropa.

A pesar de que Anita trataba de animarla, la mente de Margaret comenzó a jugarle malas pasadas, llenándose de los peores pensamientos y provocándole terribles pesadillas que pronto empeoraron su salud debido a un pobre descanso y un terrible miedo a dormir. Solo los paseos con su querida amiga y su bebé en brazos calmaban la ansiedad de la señora. Aquellas caminatas por los jardines del castillo la ayudaban a olvidarse, por un momento, de sus tragedias. Mientras paseaban juntas bajo el sol los pueblos cercanos fueron cayendo, asediados por una espantosa hambruna que no parecía remitir, pues la tierra se secaba cada vez más. Y cuando hablaban del futuro del retoño, tratando de imaginar el mejor futuro para él, el padre comenzó a observarlas desde la habitación, tratando de recordar quiénes eran.

Margaret trataba de no pensar en el mundo que se destrozaba a su alrededor pero al brillar la luna en el cielo nocturno le asaltaban todo tipo de temores. Entre ellos, el más insidioso, la sospecha de que su amor era la causa de la enfermedad de su hijo, al igual que lo era de todas sus desgracias. No se le escapaba la casualidad de que la piel empeoraba después de tenerlo cerca y, aunque Anita dijera que eran tonterías, lo cierto era que incluso la sirvienta había empezado a compartir su recelo. Su marido ya no dormía con ella, incapaz de recordar su nombre. El sol ya no aparecía jamás en el cielo, sofocado por grandes nubes grises que se negaban a marcharse. Solo la luna, brillante en medio de la profunda oscuridad de la noche tenía permiso de aparecer por allí.

Dicen que solo un buen oído, en los días más fríos del invierno, puede escuchar el murmullo del pasado escapar entre las piedras del castillo.

"Anita... Todo a mí alrededor se muere. ¿Será cierto que estoy maldita?".

"¿Por qué iba a ser verdad eso, señora? No tema, pase lo que pase puede confiar en mí. Aunque fuera verdad, yo no le temo a ninguna maldición. Puede que su marido se haya marchado, pero yo me voy a quedar".

"¿Y el muchacho de la granja? ¿No quieres formar una familia con él?".

"Tal vez más adelante, cuando su hijo ya no me necesite".

"Yo siempre te voy a necesitar".

"¿Entonces puedo entrar a servir en su castillo, señora?".

"Anita...".

"¡Estupendo! ¡Tengo que contárselo a madre! ¡Iré a casa y traeré mis cosas!".

"Anita... si vuelves a casa, temo que no pueda volver a verte...".

"No llore, señora, regresaré enseguida y le serviré, cuidaré de su niño cuando nazca, si usted quiere".

"Sí. Márchate, será lo mejor para ti. Pero por favor, no me... trata de no olvidarme del todo".

"¿Por qué iba a olvidarme de usted? ¡Si no la conozco!".

"Mi amiga querida, tú que has estado todo este tiempo a mi lado, en las muchas malas y las pocas buenas... Déjame regalarte algo. Esta caja es mi agradecimiento para ti, Anita. Dentro contiene todo el amor que queda en mi viejos huesos. Guárdala siempre muy cerca de ti para que podamos encontrarnos en el futuro".

Aquellas fueron las últimas lágrimas derramadas por la sirvienta en el castillo de la señora. Aún mientras sus ojos se humedecen, aún mientras la lluvia no deja de caer sobre sus mejillas, la mente adormecida de Anita lucha por recordar el motivo de tal tristeza.

1 de Outubro de 2019 às 08:06 0 Denunciar Insira 1
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