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Paulie Peters, a sus 24 años, cree tener todo bajo control; un buen trabajo, apartamento propio y un saco de arrepentimientos pasados que piensa poder solucionar cuando a pesar de sus esfuerzos pasa lo que lleva años evitando. Volver a encontrarse frente a frente con aquellos ojos azules. Lara Lowe, aunque es aún demasiado joven, siente que su vida es un fracaso tras otro después de ser despedida de su último empleo, sin en cambio, no puede decírselo a nadie porque ser la pequeña en una familia demasiado implicada en la vida de los demás no se lo pone demasiado fácil. Todo cambia cuando la mujer que vio por última vez siendo una adolescente vuelve a la casa en la que ambas se criaron juntas. Armada con las rencillas pasadas y las palabras que se quedaron en el aire, ambas mujeres tendrán que aprender a conocerse de nuevo y decidir si el idealizado pasado es capaz de quedarse atrás por el presente o las arrastrará en una corriente de la que no serán capaz de salir.


LGBT+ Para maiores de 21 anos apenas (adultos).

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Prólogo

Julio, año 2003.

—¡Lara! ¡Átate los cordones bien!—le gritó su madre desde el banco desvencijado en el que sentada picoteaba de las golosinas que la pequeña insistió en comprar de camino al parque.

La niña, de piernas cortas y rodillas despellejadas, se miró a los pies y se mordió el labio con inseguridad. La señorita Schmidt repetía constantemente que si se concentraba lo suficiente podría hacerlo bien, pero sus compañeros de clases no lo creían ya que no dejaban de reírse de ella por la forma en la que se ataba los lazos de sus zapatos.

—¡Lara!—el tono, ahora algo más severo de su madre, resonó a sus espaldas.

Resopló por lo bajito antes de agacharse, tiró de un cordón y después del otro sujetando bien fuerte el pie.

—Toma un cordón, forma una orejita...—entonó la canción que aprendieron al principio de curso—...el otro lo abraza y se mete en la cuevita...

Un par de quejas después se retiró satisfecha para observar su trabajo. Frunció los labios al saber que el nudo no tardaría demasiado en deshacerse, pero no le importó demasiado ya que su cabeza estaba bastante lejos de aquellos zapatos.

El sol rebotaba en la resbaladera plateada del flamante tobogán nuevo que aún no pudo estrenar, quizás porque su madre siempre la llamaba antes de que se decidiera a montarse en él. Ese día sería diferente.

Usó su mano llena de tierra como visera y fijó su objetivo.

Lo haría.

Y cuando lo hiciera volvería a casa para restregarle en la cara a sus hermanos, Rob y Ernest, que no era ninguna gallina o que no tenía fuerza en sus brazos. Les diría que no tuvo miedo aunque sus manos sudaran un poco ante la escalera que se alzaba ante ella.

Asintió para darse ánimos y agarró el primer barrote.

Sus hermanos tendrían que dejar de meterse con ella y no le cerrarían la puerta en la cara cada vez que quería entrar en sus habitaciones como si fuera tan tonta como para no comprender que hablaban de las niñas de su colegio.

Lara solo tenía que ver la cara de bobo de Ernest para saberlo.

—Tonta—los imitó sacando la lengua—. Myrtle la llorona...buah...buah...—odiaba que la llamaran así.

Ascendió poco a poco.

En un par de ocasiones se vio obligada a agarrarse con fuerza al metal para evitar que sus deportivas, algo rotas, se resbalaran.

Cuando llegó al final le temblaban las piernas.

Lara se dejó caer, se sentó e intentó que su corazón se calmara un poco después de la euforia que sentía tras coronar aquella cima. Cerró los ojos con la cabeza levantada hacia el sol que le acariciaba la cara y le perlaba la frente de sudor, pero no podia prestarle atención.

Sonrió.

La calma no le duró demasiado cuando escuchó unos porrazos fuertes sobre el duro material de aquella rampa, se aferró a una de las agarraderas y pegó su cuerpo todo lo que pudo a la pared que la separaba de una caída estrepitosa.

—¿Qué haces?—quiso gritar pero no pudo por miedo a que su madre, a lo lejos, pudiera oírla y la riñera por culpa de la niña de pelo moreno que intentaba trepar hasta ella.

No recibió una respuesta así que su mirada oscilaba entre aquella chiquilla y su guardiana que parecía desconocer la situación entretenida con otras mujeres que le encubrían sin siquiera saberlo.

Seguro que tenía las rodillas más peladas que ella.

Notó que finalmente tras varios porrazos, gruñidos y descensos apenas evitados llegaría hasta ella así que se hizo a un lado para no estorbarla. Tampoco quería liarla y que se hiciera daño por su culpa.

La desconocida, que no le caía demasiado bien, se dejó caer a su lado apartándose el pelo oscuro de su redondeado rostro lleno de arañazos.

—Tu madre te va a reñir—susurró Lara bajito.

Su padre siempre le reñía sin motivo cómo por ejemplo el día que trepó por la cuerda del columpio del jardín, o por pintar sin darse cuenta el suelo de su habitación, o por intentar ponerse guapa para una fiesta afeitándose las cejas...

—No se lo digas y no me reñirá—apuntó con seriedad la otra niña.

Lara arrugó la frente ante su mirada. Sus ojos negros la ponían un poco nerviosa sobretodo porque la desconocida parecía que no era capaz de parpadear mientras la observaba estudiando su respuesta como si estuviera decidiendo si tenía que deshacerse de ella o no.

—¿Lo harás?—las manos, también cubiertas de arañazos, se deslizaron por una camiseta de un erizo azul bastante sucia.

No sabía cómo reaccionaría si su madre le preguntaba algo, no le gustaba mentirle y además no se explicaba cómo pero siempre terminaba cazada en los engaños que pocas veces conseguía ejecutar limpiamente. Aún así dijo:

—No.

A pesar de estar sentada a su misma altura la otra niña le sacaba casi una cabeza y eso que Lara a sus siete años medía casi un metro diez por lo que usando el consejo que Ernest le dio su primer día de colegio no se metería con alguien más alto que ella.

Su negativa a vender el secreto del que ahora formaba parte pareció ser del agrado suficiente de su compañera.

—Perfecto.— y con una pequeña sonrisa se dejó caer por el tobogán.

Quería irse de allí, estaba dispuesta a hacerlo, de verdad, pero le daba un poco de miedo girarse para bajar por la escalera ya que sin visión era capaz de poner un pie donde no debía y caerse de bruces delante de todos.

Y deslizarse por la rampa estaba descartado ya alguien tenía monopolizada toda la diversión para ella sola.

Una hora después, en su no solicitada posición de guardiana del tobogán, vio como su madre se ponía en pie junto a otra mujer y miraba el reloj antes de hacerle un gesto a Lara para avisarle de que tenían que marcharse.

Esperó hasta que la otra niña subió, una vez más, a su lado.

—Tengo que irme—le informó.

Su acompañante le respondió con un encogimiento de hombros como respuesta se dispuso a bajar sin saber muy bien por donde, seguía en el dilema de intentarlo por la escalera o finalmente usar el tobogán.

Eligió la opción que le daba menos miedo así que se puso en cuclillas para dirigirse a la pequeña escalera de colores cuando notó una mano áspera rodear su muñeca y tirar con fuerza.

—¡Cocorro!—gritó mientras caía torpemente por el metal caliente de la rampa.

La piel de sus manos se calentó al deslizarse por los laterales del tobogán en un intento desesperado de frenar el descenso sin demasiado éxito. Su cuerpo se precipitó velozmente hacia adelante cuando llegó al fin del viaje lanzándola con fuerza contra la arena.

Le temblaba el pecho con las ganas de llorar que a duras penas lograba contener.

Miró hacia arriba escupiendo la tierra que se coló en su boca y vio a la niña morena en la cima mirándola con una gran sonrisa que dejaba a la vista el hueco amplio donde faltaban sus dientes.

—¡Mamá!— se levantó con trabajo y salió corriendo hacia la mujer mayor.

Escondió la cara en su estómago y aspiró el olor a rosas frescas que siempre se desprendía de su madre, no la calmó lo suficiente como para que no pudiera retener un par de solitarias lágrimas que se deslizaron por sus mejillas.

—¿Qué ocurre cielo?—la preocupación en el tono de voz de su madre hizo que le temblara el labio.

—Nada—negó con la cabeza.

Quería irse a su casa, ducharse y olvidar aquel horrible tobogán y a aquella niña odiosa de ojos negros.

—¿Segura?

Notó que levantaba la cabeza en un intento de buscar al culpable de sus lágrimas y Lara tiró de su camisa para que la abrazara.

—Estoy bien mami, solo tragué un poco de arena y me dio asco.

No era del todo mentira así que quizás la convenciera.

—¿Quieres un zumito?

Sonrió aliviada antes de aceptar la pequeña caja que le tendió; justo al lado de su madre, Serena, había una mujer a la que no conocía y observaba toda la situación de la misma forma amable en la que su tío Victor la miraba cuando tenía sueño y se sentaba sobre su regazo para dormir.

—Hola—le saludó aquella señora.

—Hola, ¿cómo te llamas?—le recordaba a alguien.

Sorbió el zumo de melocotón, que además era su favorito, antes de mirarlal esperando su respuesta.

—Me llamo Robin, ¿y tú?—por un momento a su altura le tendió la mano.

—Lara Lowe.—tendió la suya para aceptar su saludo.

—Encantada Lara Lowe.

Casi se había olvidado la caída así que Lara fue capaz de sentirse cómoda con Robin.

—¿No sabes quién es? ¿Con lo cotilla que eres?—su madre le puso las manos sobre los hombros.

Frunció el ceño sin ser capaz de averiguarlo.

—No.

—Es la mujer de la familia que te hablamos hace unos días.

Los ojos de la pequeña brillaron por un momento.

Recordaba que su padre, muy ilusionado, le contó que llegarían nuevos vecinos que tenían una hija de su edad y que por fin tendría alguien con quien jugar en el barrio después de que su mejor amiga, Peyton, se fuera a vivir a Canadá con sus padres.

—¿Es cierto que tienes una hija?

Ojalá fuera así, los niños preferían a sus hermanos y siempre pasaban de ella porque no "era lo mismo".

—Sí—Robin le respondió con una pequeña sonrisa.

Su corazón bailaba, por fin tendría una amiga con la que jugar aunque no pudiera reemplazar a Pey que seguía siendo la número uno para ella, por supuesto.

—Mira, ahí viene...ya conoces a Paulie, ¿no? Os hemos visto jugando en el tobogán.

Se le erizaron los pelos de la nuca cuando escuchó las palabras de aquella mujer y no quiso girarse para ver a sus espaldas, ya que sabía que encontraría los ojos negros que la empujaron hacia la caída un rato antes, pero lo hizo.

De mala gana y algo enfurruñada la niña, cuyo nombre era Paulie, se acercaba a ellas con la camiseta tan sucia como su rostro y con los pantalones vaqueros por encima de la rodilla algo rotos.

—Mi demonio de Tazmania.—Robin se agachó cuando estuvo cerca y le revolvió el pelo.—¿Qué voy a hacer contigo?

Con las mejillas algo sonrojadas Paulie se apartó antes de mirarla amenazante.

—Hola, Pau—Serena la saludó con una sonrisa.

Lara abrió la boca con sorpresa, se sintió traicionada al ver que ya la conocía de antes y no le dijo nada.

—Hola Sere.

¿Llamaba a su madre Sere? ¿Pero qué ocurría ahí? Quería tirarse de los pelos.

—¿Lo habéis pasado bien?

No, mamá, no lo hemos pasado bien. Me ha tirado por el tobogán para intentar matarme y aquí estamos sonriendo mientras dejas que te llame Sere como si fuera tu super amiga. Mamá soy tu hija y estuve a punto de morir porque es un demonio.

—Sí, fue guay.

Los ojos negros se clavaron en el azul de los suyos.

—¿Nos vamos ya mamá?

Confundida su madre la miró.

—¿Te sientes bien?

—Sí mamá. Tengo que hacer los deberes de mates.

Su ceja levantada pasó de la preocupación a la sospecha.

—¿No los hiciste el viernes con Rob?

—No—mintió.

Robin y Paulie observaban la escena sin perderse ningún detalle así que tiró del cuello de su madre para poder susurrarle al oído.

—Me hago pis y tengo hambre—volvió a mentir.

—Vale, vale—riendo se apartó para finalmente despedirse—. Bueno, nosotras nos vamos ya, ¿queréis que os llevemos?

¿Su madre estaba loca? ¿Cómo iba a montarse ella en el coche con aquella niña?

—No te preocupes, Harold vendrá a recogernos y...—sonrió—...compraremos una pizza.

Paulie soltó una carcajada y saltó de la felicidad.

—¡Sí! ¿Cuatro quesos? Por fa...

—Ya veremos. Hasta luego chicas.

Con un gesto de la mano se alejaron hasta el monovolumen de su familia.

Ojalá te comas la pizza entera y tengas diarrea.

2 de Outubro de 2019 às 06:40 0 Denunciar Insira 2
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