Interstellas Seguir história

khristinegar Cristina García Sánchez

Dalia Wong y su hermano Víctor aceptan ir al planeta Valhalla para formar parte del experimento sociológico más grande de la galaxia. Poco a poco descubren que detrás de la fachada se oculta algo más siniestro. Se enfrentarán a criaturas fantásticas, verán luchas de robots, bosques llenos de peligros, conspiraciones, historias de amistad y de amor. Pero sobre todo comprobarán que en la pequeña ciudad de Interstellas se decide el futuro de la galaxia. Porque la tecnología es más valiosa que el oro.


Ficção científica Todo o público.
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La familia Wong

Soy una singularidad, ya no me puedo definir como ser humano. Nada de lo que me ha sucedido estaba en mis propósitos, como viajar a un lejano planeta, enamorarme de un alienígena, ni verme envuelta en una guerra por el futuro. Para llegar a ser el ente que soy he tenido que saltar a otra dimensión, desde aquí puedo verlo todo, ya que no estoy sometida a una sola realidad. Puedo por ejemplo, desplazarme en el pasado y narrar esta historia como una narradora omnisciente desde su principio. Mi nombre es Dalia Wong, permíteme llevarte conmigo, al centro del universo.

Todo comenzó la tarde en la que al fin liberaron mi boca de los grilletes ortodóncicos. Moví la quijada y sonreí, sólo me hacía falta un espejo. La auxiliar pareció percatarse y me acercó uno pequeño. Estaba muy contenta, extrañada por mi nuevo aspecto, pero feliz. Tanto que podía haberme ido a la cama y hubiese sido una de las personas más felices de este planeta. No sospechaba que apenas un kilómetro más allá mi padre iba directo al mayor embrollo de su vida, y de las nuestras.

Como engullido por una fuerza gravitatoria cayó al único bar abierto que encontró. Desde algún rincón salía una musiquilla, varios clientes en una mesa conversaban en voz baja y dos miraban aburridos la televisión. Otro muy concentrado parecía rellenar un crucigrama con la paciencia de un relojero. Había algo de estático en la clientela, mi padre, Kevin, tuvo la sensación de ser ignorado. Pidió un café al bigotudo camarero e intentó leer algo del periódico del día anterior que descansaba a su lado. En su portada lucían letras escandalosas: “La verdad del caso 380, un ovni en el aeropuerto”, según continuaba se enteró de que un globo meteorológico extraviado vino a impactar con el ala derecha del avión y un aparato no identificado acudió al rescate. Quién sabía la verdad, se preguntó y soltó la prensa con desdén. Desde hacía unos días no se hablaba de otra cosa, sea lo que fuere, lo del aeropuerto necesitaba una respuesta. No faltaban las hipótesis, había quien se temía una invasión alienígena, otros que se trataba de un complot, y también, los que como yo creían que nada de esto había ocurrido.

Pero al pobre de Kevin la historia le daba igual; acababan de despedirle. Según su jefe era un buen trabajador, sin embargo ahora mismo la empresa sufría una pequeña crisis y habían descendido las ventas. Aunque Kevin se había prometido conseguir empleo en uno o dos días, estaba preocupado. No se atrevía a decírselo a mi madre. Sólo de pensarlo le daba cierta vergüenza. Máxime cuando era el único de la compañía al que habían echado. Se sentía como el paquete que cae de un vehículo y queda huérfano en medio de la carretera. Estaba dando un sorbo al café cuando por la puerta apareció una señorita que se acercó a la barra y pidió un vaso de leche. Miró a Kevin que trataba de hacerse el distraído. Era muy hermosa, sus labios rojos contrastaban con el blanco pálido de su cara y el negro de su pelo, y lucía un buen escote. Por lo que, casi sin quererlo, la volvió a mirar.

–Me está usted mirando señor –dijo de pronto la joven.

Papá dio un respingo y a punto estuvo de echarse el café encima.

–¿Yo? No, no, es que usted está en la trayectoria de la televisión –dijo a modo de disculpa e intentando hacer lo que decía.

–Pues, yo creía que me miraba –insistió la joven poniéndose melosa.

–Tal vez sería usted la que me miraba, ¿no cree?

–Pero yo no lo niego.

Puedo ver a mi padre tocándose detrás de la oreja, siempre que está nervioso lo hace.

–Está bien, está bien, tampoco niego que la miraba, pero no era una mala mirada… era… curiosidad.

–¿Curiosidad?

–Sí, nadie pide un vaso de leche sin más. Pide leche con cacao, o con café – excusó creyendo salir del apuro.

–Claro, y por eso me miraba –dijo con ironía.

–Bueno, también porque es usted atractiva, pero no quería decírselo. Sabe estoy casado y no se debe… en fin usted ya sabe.

–Vale, vale, los humanos sois una especie muy curiosa –la joven miró el periódico y se dirigió a Kevin–. Mire, yo trabajo para esto –señalando al diario.

–¿Cómo? ¿Es periodista?

–No, soy una de ellos… lo del suceso. Ya sabe… lo de los ovnis.

–¿Trabaja para el aeropuerto, para el gobierno?

–No, no, mire. Hace meses se tomaron contactos con los gobiernos. En un principio quisieron mantener el asunto en secreto, aunque luego se dieron cuenta de que ya todo había cambiado y que no tenía sentido ocultar nuestras conversaciones. Aunque, también es de comprender, que para que no cunda el pánico entre la población había que entrar poco a poco y siempre es mejor mostrarse como alguien que tiende una mano… ¿no sé si voy muy rápido?

Kevin miró a su alrededor, la buena impresión que le había dado al principio se esfumó. Llevaba días oyendo cosas aquí y allá sobre los extraterrestres, una posible invasión, abducciones masivas y hasta el fin del mundo. Parecía que habían dejado abierta las puertas de todos los psiquiátricos. No se podían ver los noticiarios, ni oír la radio sin que apareciesen versiones sobre el aspecto de los alienígenas, con la cabeza de cono, de pera invertida, amarillentos, verdes, azules y morados, de tres ojos o incluso de centenares, con la boca de pez, dedos largos, sin dedos o con tentáculos… no había colores en este mundo para dibujar sus rostros y figuras. Incluso yo, lo reconozco aunque suene contradictorio, asomaba más por la ventana en las noches.

Mi padre, empachado de tonterías, no paraba de mirar escéptico a la muchacha. La desconocida se presentó, dijo que su nombre era Kirma. Aclaró que no era de aquí, que llevaba este aspecto para no asustar, aunque tampoco era muy distinta de cómo él la veía. Y lo más grave: estaba allí para ofrecerle un trabajo ya que sabía lo de su despido. El rostro de Kevin se tornó serio, ¿cómo podía saberlo?

–Pero ¿quién le ha dicho…? Escuche, no es el mejor día para bromas, ¿dónde están las cámaras ocultas?

–¿Cámaras ocultas? Bueno, sabemos muchas cosas, usted ha sido seleccionado y el hecho de que se haya quedado sin trabajo nos facilita las cosas. Aunque creemos que de todos modos hubiese aceptado.

–¿Esto es una tomadura de pelo…? Escuche, escuche… De algún modo intuyo que mi despido tiene algo que ver con esta chaladura, ¿estoy en lo cierto?

–Quién no escuchará nada será usted hasta que le demuestre que es verdad. Como le he dicho antes mi nombre es Kirma, no soy de este mundo. Mire, yo soy de un planeta en donde siempre dimos mucha importancia a la rapidez. Me voy a marchar tan rápido que su retina no podrá mantener mi imagen. Dicho de otro modo voy a desparecer ante sus ojos. O para ser exactos y sinceros, el holograma que usted tiene en frente se apagará.

–Pero que…

Kirma había desaparecido con la rapidez de una pompa de jabón, lo raro era que nadie se había dado cuenta. Sólo el camarero que rugía debajo de su mostacho reclamando el importe del vaso de leche, al tiempo que asomaba su cabeza más allá de la barra y en dirección a la puerta. De algún modo mi padre sabía que no podía contar nada a nadie, si antes ya hubiese sido difícil que alguien le creyese ahora todavía lo sería más. Miró el vaso de café, porque era café lo que estaba bebiendo. Le colgarían la etiqueta de loco, como él mismo lo había hecho con muchos de los que aparecen en la televisión diciendo tonterías. Tampoco podía quitarse de la cabeza lo del trabajo, ¡un extraterrestre ofreciéndole trabajo! ¿Trabajo de qué? Definitivamente María, mi madre, no le iba a creer.

María esperaba con impaciencia a mi padre. Todavía temblaba, ya que todo había sido confuso y extraño, para más gravedad le había pillado sola en casa. La muchacha había aparecido sentaba en el sofá como si esta fuese su casa, después continuó hablando con la labia de una vendedora de seguros, la diferencia estaba en el contenido. ¿Por dónde se había colado? La joven seguía dando explicaciones sobre su origen extraterrestre y mi madre no le apartaba la mirada, quizá en cualquier momento podía pasar de la tranquilidad a la violencia. En un momento dado esa sensación parecía materializarse, Kirma comenzó a volverse diáfana, le dijo que en realidad era una proyección y que de ninguna manera hubiese entrado en casa sin permiso, dicho esto se volvió transparente y desapareció.

Cuando sintió abrirse la puerta temió que no fuese él, pero gracias a Dios vio el rostro de Kevin y se tranquilizó. Cerró la puerta tras él, y se lamentó que tanto mi hermano como yo no estuviésemos allí. Si Kevin se llevaba la mano detrás de la oreja, mi madre se mordía el labio de abajo; a ambos se los devoraban los nervios. No sabían por dónde comenzar, ni qué decir. María estaba tan alterada que no se dio cuenta de lo sobresaltado que estaba mi padre. Ambos sudaban y se sentaron uno frente al otro, ahora estaba claro habían tenido una visión, se lo leyeron en la cara, de modo que todo podía ser verdad. No hablaban, y sin embargo, se lo estaban diciendo todo. Ya no se trataba de algo raro que podía haber pasado, sino que estaba pasando.

–Me han despedido –dijo al fin Kevin.

–Lo sé.

En ese instante Kirma apareció en una esquina del salón. Sonreía, en realidad le divertía verles tan consternados y reconozco que a mí misma me hace gracias verles con la cara empapada por el estupor desde este rincón del espacio tiempo. Cualquier otro que no fuese mi padre podría haberse asustado tanto que le hubiese atacado, pero mi Kevin es un ser apacible y nada dado a la violencia.

–Por favor no se asusten, como ya les dije antes a cada uno de vosotros vengo a ofreceros un trabajo, un buen trabajo es una oferta que no podrán rechazar. Normalmente este contacto debería producirse por otros cauces, pero tenemos razones para seguir este tipo de protocolos. Mi nombre es Kirma, soy una velox. Y vengo de un planeta que se encuentra a cincuenta años luz de aquí. Antes de hablar con vosotros lo hemos hecho con vuestro gobierno y ofreceremos todas las garantías que se nos han exigido. Yo trabajo para la Concordia, una confederación de civilizaciones galáctica. ¿Voy muy rápido?

María quiso decir algo, levantó un dedo con el que pretendía conjeturar. Quizá espantar aquella ilusión de su casa. Pero no pudo, en esos instantes te sale cualquier cosa menos lo que en realidad quieres decir. Y quizá hubiese sido todo un acierto, ya que el hecho de oír a la extraterrestre iba a cambiar su vida irremediablemente, para siempre.

Calle abajo había un parque con una pista de baloncesto en donde todas las tardes Víctor iba a “hacer unas canastas”. Mi hermano era bastante popular en el barrio, o debo decir impopular, donde le llamaban “Mosca”; por lo molesto, creo. No piense nadie que le gustaba hacer deporte, lo de “hacer canastas” era una excusa, de hecho estaba en los asientos de hormigón al borde de la cancha, con el “Legañas”, el “Orejas” y la “Peste” Byrne. También estaba su novia, Alexa, ¿cómo describirla? Guapa, buen tipo, pelo cuidado… descotada, muy descotada, demasiado descotada; en su cara lucía toda clase de maquillaje, por supuesto, a granel. De su boca podían salir las frases más incoherentes, frases del tipo:

–Si me entero que Alice Jones tiene más seguidores que yo me muero. No entiendo cómo mi última foto solo ha tenido cien likes en una hora, qué le pasa al personal, ¿está tonto hoy?

A través de Alexa puedo describir a mi hermano. Descerebrado, superficial y con la perpetua facilidad de llamar la atención. En aquellos instantes vio entrar a otra chica y se vio en la obligación de ser el centro del universo. Saltó a la pista en donde dos equipos de tres jugadores echaban un partidillo. Víctor les quitó la pelota y la hizo girar en su dedo índice. Miraba a los seis con los párpados a medio bajar, como despreocupado dándoles a entender que no suponían ninguna amenaza. Con ello mandaba el recado de que era el gallo del corral.

–¡Oh, vamos, Mosca! ¡Ya estamos! –dijo uno de los jugadores.

–Con un cigarro me apaciguo. Ya lo sabes.

–Jones, dale un pitillo al tonto este.

–Que sean dos.

–Tres –añadió la Peste Byrne.

–Ya le habéis oído, la falta de respeto encarece las cosas –dijo el caradura de mi hermano mirando de soslayo a la recién llegada.

Un chaval saltó de la grada y comenzó a repartir cigarros, Mosca se colocó el suyo detrás de la oreja dio un salto, tiró a canasta y falló. El teléfono móvil que tenía se le salió del bolsillo y la pantalla se granó.

–Seguid jugando panda de rifahuevos –dijo con algo de fastidio.

Creo que la escena lo define bastante bien, por lo que omitiré lo que ocurrió después entre la “Cabra” Alexa y la recién llegada a cuenta de un ataque de celos. Me da cierta vergüenza ajena describir la situación. Una hora más tarde Víctor llegaría a casa. Nada más entrar en el salón descubrió a Kirma, la cual estaba representada como una humana preciosa. Víctor se infló como si le hubiesen echado levadura.

–Vaya hombre por fin llegas –protestó su mamá.

–Si me comprases un móvil nuevo podría venir antes porque estaría comunicado, a este se le va la cobertura… ¿quién es? –dijo alegremente.

–Hola, me llamo Kirma.

Le vio tanta seguridad que de repente todo cambió, ¿y si viniesen a cobrarle una de sus fechorías? ¿Asuntos sociales?

–Yo no he hecho nada… no fui yo quién robó los chocolates en el supermercado… ya los llevaba cuando entré, los había comprado en otro super…

–Ya hablaremos de eso después –interrumpió mi padre–. Víctor escucha, tenemos algo que decirte. Quiero que nos prestes atención. Tengo un trabajo nuevo. Me acaban de despedir y me ofrecen otro puesto. Lejos, muy lejos.

–Mejor que te lo explique ella –dijo mi madre ante la mirada de auxilio de Kevin.

Dejaron que Kirma se explicase, le habló de un experimento, de la Concordia, de los mundos que estaban en desarrollo, de civilizaciones al borde del colapso y de otras tantas cosas que a Víctor se le antojaban incomprensibles. Pero como no estaba en su entendimiento tener que conocer las cosas para aceptarlas decía que sí a todo.

–Esta señorita nos ha ofrecido una oportunidad única Víctor. Pero por ahora no tienes que decidir nada… ¿Entiendes?

–Un buen trabajo, pero lejos. En otro planeta… eso no es lejos, es el carajo de lejos…

–Víctor por favor, esa lengua.

–Pero si es verdad. Os estáis quedando conmigo, queréis internarme, ¿a que sí?

–Nooo, sé que parece una locura, pero es real.

–Está bien, está bien, habéis dicho lejos, ¿cómo de lejos?

–A años luz, en el espacio, en otro sistema planetario ¿entiendes? –dijo Kirma.

Entonces a mi hermano se le encendió una lucecita.

–Boh, vale, acepto, pero antes me compráis un móvil –dijo con una cara huérfana de sorpresa–. Pero y al cerebrito, cómo la vais a convencer. Esa sí que no pasará por eso, quiero estar aquí cuando se lo digáis quiero ver el careto que se le queda. ¡Ja, ja! La premio Nobel viajando a un sistema planetario de esos. Me meo.

Por aquel tiempo solía sacar las mejores notas, salía con un chico guapo y además me acababan de quitar la ortodoncia. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Nadie me comparaba con mi hermano, es más, si alguien nos conociese, pero no supieran de nuestro parentesco, jamás nos relacionarían. Era un año mayor que Víctor, pero parecía que le llevase por lo menos diez. A veces, esa circunstancia preocupaba a mamá, que me veía tan responsable que le inquietaba el hecho de que el día de mañana no supiese ser mujer como ahora tampoco sabía ser adolescente. Kevin la calmaba diciéndole que era su instinto maternal lo que le llevaba a pensar con exceso y que cada cual tiene una personalidad, yo era así de seria.

–Yo me conformaría con que de tarde en tarde me diese algún disgusto y su hermano alguna alegría –solía decir mi madre con la mirada dormida.

Justo cuando encaraba la puerta de mi casa, lo único que me preocupaba era dónde echar los labios que ahora no cabían en la boca, supuse que en unos días todo volvería a ser normal. Nada más abrir la puerta y entrar en casa les vi allí sospechosamente reunidos, intuí algo. Supuse que algo grave pasaba, que tenía que ver con aquella extraña señorita invasora que me miraba sonriente. Me quedé quieta mirándoles a todos con mi cara más sarcástica, la que ponía cada vez que alguien le iba a pedir un favor. Preferí adoptar la posición de defensa.

Mi madre supo que exponerme la situación no iba a ser tan sencillo como con Víctor. Por eso dejó que comenzase mi padre, sin embargo, éste tampoco sabía. De modo que viendo a todos tan callados fue Víctor quién se adelantó. Con cierto tono de pitorreo me dijo que nos íbamos al espacio, comenzó a revolotear a mi alrededor como una mosca empalagosa, haciendo como si flotase. Negué con la cabeza y busqué la protección en la mirada de papá que no supo sostenérmela. Inmediatamente me dirigí a la desconocida. Observé su manera de vestir, que me desagradó e inmediatamente cambió su indumentaria por otra más elegante. Todos vieron como lo hizo y no pude evitar dar un salto atrás. Se me pasaron varias cosas por la cabeza, pensé que era un truco, o que había una cámara oculta o qué se yo. Crucé los brazos, era otra señal que enseguida interpretó como hostil, por lo que decidió retirarse un poco y dejarme espacio.

Fue mi madre la que rompió el silencio, estaba claro que estaba sufriendo al verme consternada.

–Dalia esta, señorita –señorita sonó raro– nos propone… nos propone que vayamos al espacio, a otro planeta. Sé que suena raro, como aquella vez que tu padre quiso comprarse el todo terreno, pero es cierto. Es un estudio sociológico, participaremos en… eso.

–¿Participaremos?

Miré a Kirma, y a mi madre, volví a buscar los ojos de mi padre y me encontré con la sonrisa simiesca de Víctor. Intenta ponerte en mi piel, regresar a tu casa y encontrarte con una propuesta irreal, descabellada y que al mismo tiempo venía a dar la vuelta a mi vida como si fuese un calcetín. Hice ademán de marcharme y esta vez fue Kevin quien me detuvo.

–No, no, no tranquila hija no pasa nada, nada, estamos bien. No hemos decidido nada, primero tenemos que hablarlo entre nosotros y luego ya decidiremos –dijo– ¿vale?

–Confía en nosotros hija, tienes que oír su historia, por mentira que parezca, es real. Después tú decides, nosotros decidiremos –añadió mi madre–, pero por favor escúchale.

–¿Estás preparada Dalia? –me preguntó Kirma– Esta es la historia: En estos días habrás oído de todo acerca de los extraterrestres, por la televisión, en la calle o en internet. Pues bien, existimos. Llevamos tiempo estudiando vuestro comportamiento. Ya sabes: idiomas, costumbres… Nos comunicamos un par de veces con los gobiernos, siempre discretamente, pero cuando ocurrió lo del accidente de avión nos mostramos también al resto del planeta. Yo represento a la Concordia, digamos que es como la ONU, pero en versión interestelar. ¿No sé si me sigues? Velamos por la paz entre civilizaciones y por la buena armonía en nuestra galaxia. Y de hecho lo hemos conseguido, hasta tal punto que no hay ningún conflicto interplanetario. Sin embargo, hay planetas que ven amenazada su existencia, bien porque su estrella se apaga, o por varios cataclismos internos. Por tanto, nos planteamos crear colonias estables en mundos en evolución. ¿Voy muy rápido? –me dejó unos segundos para digerir lo que me iba diciendo–. En principio son experimentales, tenemos en marcha varios proyectos, entre ellos una colonia habitada por todo tipo de seres, seres digamos “antropomórficos”. Ahí es donde entraría tu familia, trabajarían en dicha colonia. Vosotros no, los jóvenes iríais al colegio (aunque también seréis objeto de estudio). El caso es que, bueno, ya que me miras incrédula te diré que el objeto del experimento es ver cómo interactúan entre sí las distintas culturas de la galaxia. Es un enorme, pero sencillo experimento sociológico. Siempre, y según dice nuestra gobernadora, sin crear guetos, o sea, comunidades aisladas. Debéis convivir con todos y todos con vosotros. Respetar en todo momento. También existe otra parte (mi trabajo) en la que analizaríamos a los microorganismos, seguramente pasarán de un cuerpo a otro y mutarán, pero que nadie se asuste; la medicina de allí es infinitamente superior a la de aquí.

–En fin, –dije– esto… esto no es como comprarse un todoterreno. Lo primero que veo es que es peligroso.

–Nadie os puede asegurar al cien por cien vuestra integridad física, ni siquiera aquí en vuestro mundo.

Permanecí en silencio tratando de digerir un poco todo esto que me sonaba a rollo. Suspiré como si hubiese retenido en mis pulmones toda la tensión acumulada desde que llegué a casa. Sin quererlo hice lo mismo que mamá y me mordí el labio. Definitivamente nos estaban estafando, aquello no podía ser verdad. Kirma un poco cansada hizo un gesto con el brazo como describiendo un círculo y delante de nosotros apareció una imagen tridimensional que inundaba todo el salón, al principio apareció la Vía Láctea, poco a poco la imagen iba adentrándose dentro de la galaxia dentro de una ligera bruma plagada de polvo interestelar, nebulosas y estrellas, y entonces llegamos a un sistema con cinco planetas dos de ellos relativamente cercanos, uno de ellos era Valhalla, un mundo ¡azul! Pudimos ver bosques ubicados cercanos al vasto océano que podía componer al menos el ochenta por ciento de la superficie. Había dos continentes uno enorme con un gran desierto en el centro, el otro era más bien una isla verde. La cámara nos llevó al centro del gran páramo y allí, como una gota de agua inmensa apareció Interstellas, una ciudad dentro de una cúpula, pero no una cúpula al uso, estaba más bien cortada por la parte superior.

–¿Qué es eso? –pregunté.

–Una membrana, exactamente dos. Una evita que salgan organismos de la ciudad y contaminen Valhalla, la otra permite que entre aire y agua, pero no organismos microscópicos ni arena.

El plano se va ampliando, entra en la ciudad, es enorme, o al menos me lo parece. Llena de edificios en forma de muelle, llenos de pequeñas ventanas redondas y colores. La vegetación de las calles lo invade todo, incluso a la arquitectura. Para ese instante, estábamos sumergidos en la misma imagen es como si ya no estuviésemos en el salón de mi casa, sino allí. Kirma nos dejó observar los detalles más pequeños, las flores, los frutos azules, el cambio de color de los edificios. De repente, algo triangular pasó delante de nosotros y se posó en una especie de árbol de color amarillo, para desaparecer entre la espesura de una especie de bosque o jardín. Y de sopetón, la visión se esfumó. Y Kirma guardó su caja ante la estupefacción de todos.

Reconozco que fue fulminante, casi habría podido caminar entre la visión, sin embargo, la inseguridad no había menguado, antes bien, aumentó.

–Vaya, se lo voy a contar a todos, no se lo van a creer… –dijo mi hermano.

–No, Víctor, de momento y por vuestra propia seguridad deberíais mantenerlo en secreto. Y si sales por esa puerta y comentas algo ¿quién te creerá? La decisión está en vosotros. Dentro de unos días se pondrá en contacto con ustedes el ministro de asuntos exteriores en persona, os hablará del programa y del dinero que ganareis, los pormenores y garantías. Si todo está conforme firmareis los contratos y…

–Pero aún no hemos decido nada –dije mirando a mi familia.

Les vi convencidos, yo aún trataba de asimilar todo lo que había visto y ellos ya querían ir a aquel planeta. ¿Por la experiencia? ¿Por el dinero? Víctor, por el dinero. Y es que a los alienígenas todo les resultó como lo habían planeado, metieron a mi padre en aquel bar inducido, de hecho ni siquiera existía un bar. A mi madre le sorprendieron con la manera de entrar y salir de la casa como quién sale de su vida. A Víctor no hizo falta gran cosa. Y a mí fue esa imagen que respondía a la pregunta que me hacía cada vez que intentaba ver desde mi telescopio las estrellas. Qué bien lo habían urdido.

–¿Por qué nosotros? –pregunté.

–Por un sorteo, ha sido de manera aleatoria. Así de simple.

–Vamos a ser millonarios, te enteras coquito. Cuando regresemos de ese par de años vamos a ser ricos –dijo mi hermano en un éxtasis que no le recordaba.

–Pero nuestras vidas, estarían en juego, podemos correr peligro… y mis estudios, quiero entrar en la facultad de física…

–A quién le importan tus estudios –dijo Víctor.

–Si lo que quieres es estudiar allí no tendrás problemas, es más, llevarás tu conocimiento donde ningún ser humano lo ha llevado jamás –me dijo Kirma.

–Pero, para qué hacemos falta allí los humanos, nuestro mundo no corre peligro.

Kirma contestó con su expresión, en realidad sí.

–El metano que hay congelado en el fondo marino corre el riesgo de descongelarse, si eso sucede, lo que conocéis como la hipótesis del fusil de claratos, el mundo tal y como lo has conocido puede desaparecer. Ese metano unido a los gases de efecto invernadero hará que la temperatura de la tierra aumente tanto que no habrá vuelta atrás. Os podríais convertir en Venus. Debemos estudiar vuestro comportamiento por el bien de la humanidad.

En ese instante me quedé petrificada. Kirma se despidió y nos dejó un plazo, dos días, me dedicó una última mirada antes de desaparecer como el holograma que era. Nada más largarse sonó el teléfono móvil de mi madre, era una amiga que le dijo que pusiera la tele en cualquier canal. María lo hizo y observó al Secretario General de Naciones Unidas que daba un discurso para todo el planeta: Los extraterrestres existían y venían con un mensaje de paz, el suceso con el vuelo rescatado había sido una prueba de buena fe. En nuestro hogar la noticia llegaba tarde. Nosotros estábamos en el siguiente escalafón, o quizá en varios más.

–No me puedo creer, ya lo tenéis decidido. Así, sin más. Un viaje al fondo del universo y vosotros decís amen sin más –reprendí a mis padres.

–Tenemos nuestras razones –respondió mi madre con autoridad.

–A mi me van a comprar un móvil, nuevo y caro. El dinero ya no es una prioridad. ¡Dios salve a los alienígenas!

–Estaremos expuestos.

–Ya oíste a Kirma, nadie puede garantizarnos sobrevivir.

–¿A Kirma, papa? ¿La conoces de toda la vida? Solo era una representación y habláis como si fuese algo real…

–No te pedimos que lo aceptes sin más, piénsalo –propuso mi madre.

–Para nosotros es una gran oportunidad –añadió mi padre.

–Podríamos pedir pizza, para celebrarlo. Nos ha tocado la lotería.

–Solo dos días para decidir el cambio más drástico de nuestra vida.

–Mira a tu hermano, si sigue aquí se convertirá en un delincuente.

–Hey, hey sin dramatizar, ¿van esas pizzas?

–¿Y por él vamos a guiarnos todos?

–Es el que más ayuda necesita, nosotros, nosotros no hemos sabido darle una educación acertada…

–Os estáis pasando, estoy aquí delante.

–No hemos estado a la altura.

–Es él, será así aunque vayamos a mil años luz.

–Paso de vosotros, voy a pedir las pizzas.

–No podemos abandonarlo todo solo por un miembro de la familia, dejar nuestras vidas atrás así, de sopetón. ¿Estamos locos? ¿Lo habéis meditado?

–No –dijo mi padre a su pesar–, no lo hemos meditado, porque simplemente es irrechazable.

–Yo trabajo de jardinera por mi cuenta, los impuestos me comen. A tu padre lo han despedido.

–¿Despedido?

–Quieres ir a la universidad y nosotros que vayas, pero si somos sinceros… tendremos que hipotecarnos…

No supe qué decir. Me había quedado sin argumentos precisamente con el tema económico. Había factores más importantes como nuestra seguridad y me estanqué con el dinero.

–Miss Wikipedia, ¿jamón y queso?

–No pidas para mí, no tengo apetito.

Y allí acabó la conversación, me fui para mi cuarto. Mis padres aún intentaban hacer entrar en razones, sin embargo, ya no les escuchaba. Me encerré en el dormitorio abatida al borde del llanto, no sabía contener mis emociones. Dejaría atrás a mis amistades y a mi chico. Todo mi pequeño mundo cambiado por la experiencia que cualquiera quisiera tener, pero créeme cuando algo así te llega te acaba superando. Miré por la ventana, levanté la vista al cielo; no se veía nada, la contaminación lumínica lo tapa todo. Algunos fines de semana, sobre todo los de primavera, me iba con mis abuelos en su caravana al lago a mirar por el telescopio. Allí nos juntábamos varias familias más. Los Sikorski, cuya pasión es la pesca; los Andersson, que prefieren el baño; y también Cassano el mejor amigo de mi abuelo. A mi abuela la atropelló un coche era sordomuda, cruzaba una calle y un tipo borracho se la llevó con su coche, tal vez le hubiese oído llegar aún estaría viva. A causa de esto ya no son tan frecuentes las escapadas, además, para qué engañarse, ya no me atrae tanto como antes. Pobre abuelo. Suerte que tiene a Cassano que, aunque siempre están discutiendo, le hace mucha compañía a menos de momento. En aquel momento mirando el contaminado firmamento me acordé de ellos. Cogí mi teléfono y marqué el número de mi abuelo.

–¿Dalia?

–Abuelo.

–Dime, hija.

–Te llamaba… por… llamarte.

–¡Ah! Vale, vale. ¿Cómo va todo por ahí?

–Bien, bien.

–¡Ah! Dile a tu hermano que en cuanto le ponga la mano encima se va a acordar.

–¿Qué ha hecho ahora?

–El otro día estuvo en mi casa y, oh misterio, desaparecieron las cervezas de mi nevera. Aún no sé cómo lo ha hecho, pero me las birló.

–No tiene remedio… mi madre tiene razón.

–Yo se lo daría, como se lo di a tu padre. Le obligué a ingresar en el ejército…

–de donde nunca tuvo que salir.

–Exacto. Allí lo hacen un hombre, a tu hermano y a tu padre y cualquier energúmeno. En fin, ¿qué te ocurre?

–Nada… felicita a Cassano por los tortellini, estaban buenísimos.

–Ni hablar, no pienso felicitar a Cassano que después me toca sufrirlo.

–¿Cómo está?

–Bien, bien, esta semana comienza con la quimioterapia –se quedó unos minutos en silencio.

–Abuelo, nos vamos.

–¿A dónde?

–Lejos. Es una locura, nos vamos… vas a pensar que estoy loca. Nos vamos al espacio a otro mundo… es… una locura…

–Lo intuía, no que te fueras al espacio, eso no. Intuía que os ibais. La abuela, Cassano, y ahora vosotros. ¿Pero cómo al espacio? ¿Al espacio, espacio?

–Yo no quiero largarme.

–No, no, no escucha. Escucha: cuando mi abuelo llegó a este país todo este lugar le pareció otro mundo. Supongo que esa fue su decisión, embarcarse rumbo a un mundo desconocido para cambiar su realidad. Y según sé los barcos de entonces sí que eran peligrosos. ¿Te he contado alguna vez lo de la tormenta tropical? Bueno, ya sé, ya sé no viene a cuento. El caso es que si mi abuelo no hubiese tomado esa decisión, nada de esto estaría ocurriendo. Tú nunca hubieras nacido. Sé que jamás volvió a ver a su madre, ni a sus hermanos y eso le dolió mucho. Sí, le dolió, aunque nunca lo decía. Solo solía decir que cada cual tiene su camino. Tú tienes tu propio camino, no mires atrás. Yo ya soy viejo y mi mundo se apaga, pero el tuyo apenas ha comenzado a resplandecer por mucho que creas que eres mayor. Pero, ¿cómo es eso del espacio?

–¿Has oído lo de los extraterrestres?

–¿Quién no?

–Pues ellos. Nos sugieren discreción…

–Comprendo. Sigue sonando a locura, aunque yo siempre supe que estaban ahí. El universo es muy grande. En fin, ya me contarás. ¿No me tomarás el pelo? No, tú no me tomas el pelo. Si fuese tu hermano tal vez. Al espacio…

–Sí, al espacio. Una locura, pero creo que no hay marcha atrás, esta gente está convencida y yo… tengo la cabeza hecha un lío.

–Comprendo. Para mi abuelo el hecho de embarcarse debió ser traumático, mi consejo es que vayas si quieres ir, solo si tú quieres, de otro modo no, no consientas.

–Gracias, abuelo.

–De nada.

–Te dejo.

–Muy bien… espera.

–¿Qué?

–Nada, hija. Nada. Hasta pronto.

Pasaría media hora, media hora dando vueltas en mi cama. Intentando alejarme de todo. Imposible. De pronto, alguien tocó en la puerta de mi cuarto y sin esperar a tener el permiso entró. El tarado de mi hermano.

–Se caga la perra.

–¿Se caga la perra?

–He tenido una idea.

–No me lo creo.

–Voy a ser millonario, pero millonario, millonario.

–A ver, ilumíname.

–Voy a grabarlo todo y lo colgaré en internet. ¿Te imaginas? Millones de visitas. Seré famoso, rico, rico.

–Espera, tú das por sentado que vas a ir…

–Desde luego, pero lo que me atrae es el después, cuando regrese. Me veo entrando en una discoteca, con un traje italiano caro, y una cadena de oro, no mejor dos…

–Y dos chicas monumentales haciendo twerking y tú tirando billetes, en un reservado vip con tus colegas pidiendo una botella enorme de champán.

–Me lees el pensamiento.

–Es que no hay mucho que leer, tendrás las neuronas hirviendo.

–Mis neuronas están en el Tomorrowland. Aún no sé si comprarme un Maseratti o un Bugatti, o el Ferrari, o todos.

–¿Tú te escuchas?

–¿Y tú? Toda la vida siendo una flipada que se va con viejos a ver estrellitas al borde de un lago…

–Se dice orilla.

–… y ahora que puedes ver las estrellas desde el mismo cielo vas y te cagas, ahora que puedes ver lo que hay más allá, ver esas cosas de agujeros negros y supernuevas…

–Se dice supernovas.

–… ahora que puedes flotar sin gravedad y conocer extraterrestres, ahora que puedes tenerlo todo, vas y te cagas. ¿Y yo soy el flipado? Quieres estudiar física y allí en donde la física se la pasan por el forro porque seguro que saben más que aquí, vas y te cagas. ¿Y yo soy el tonto? ¿El retrasado? ¿Dónde están tus neuronas? ¿Cagando? Ahí te quedas miss Wikipedia, sigue pensando.

Entonces me di cuenta de que tenía razón. En su cerebro las ideas se simplificaban y el miedo desaparecía. Mientras que en mi cabeza se sucedían las tormentas. Ahora, alejada de aquella imagen puedo verme y a la vez observo a mi abuelo. Mi llamada lo sorprendió cenando, ha perdido el apetito y desde que habló conmigo está triste. Al final, poco a poco ha comenzado a llorar casi en silencio. Como una tenue lluvia que trata de apagar un bosque en llamas.

24 de Agosto de 2019 às 07:40 3 Denunciar Insira 1
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Paola Stessens Paola Stessens
Un comienzo intenso y prometedor. Me gusta mucho el manejo de los diálogos que parecen muy naturales y fluidos

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