Guayaquil 1896 El amor en llamas Seguir história

sanjorge99 Jorge Luis Calero

Hace 123 años, una gran desgracia cubrió la mayor parte de la ciudad de Guayaquil, esta novela empieza unas semanas antes y se introduce en aquel tiempo, para contarnos sobre una historia de amor, rodeada de paisajes, lugares y momentos que nos llevan a imaginar aquella romántica época, no siendo tan fiel con los hechos y con la historia, pero en cambio, sí, con la nostalgia, el verdadero amor y los sueños.


Romance Histórico Impróprio para crianças menores de 13 anos.
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La huida

Al finalizar el amanecer, después de que la suave bruma fue bajando su intensidad, hasta desaparecer con los primeros claros de la mañana fresca, entre el canto alejado de las aves que despertaban al borde de la orilla del enorme río que baja silencioso hacia el golfo, Aparicio Andrade acompañado de los hermanos Eulalio y Rigoberto Vera y con cinco hombres más se ocultaban en dos pequeñas canoas, en una de las entradas más profundas de la isla Santay, frente a Guayaquil, esperaban. Unas horas antes se habían protegido del frío y una leve llovizna, ahora sólo se ocultaban, sabían que estaban en el mejor sitio para vigilar a cualquier embarcación que cruzara por el ancho río hacia Durán.

Mudos, quietos, vigilantes y armados cada uno con machetes filosos, a excepción de Aparicio y Eulalio, los cuales llevaban colgado en sus robustas cinturas, cinturones de cuero, cada uno con una pistola.

Eulalio dio la alerta, una pequeña canoa había salido de Guayaquil y venía a punto de remo rápido cruzando y luchando contra la corriente en dirección a Duran, cuando se acercaron más hacia la mitad del río, lograron visualizar que habían cuatro hombres y una mujer en la canoa, sin dejarse ver, empezaron a remar muy despacio, pero decididos, esa era la canoa que estaban esperando, un día atrás el informante, le había dicho a Aparicio que iban a huir a Duran para luego desde Duran zarpar rumbo a Lima, su patrón Don Guillermo Carbo le había recomendado directamente a Aparicio que hiciera todo lo posible para detener cualquier intento de huida y que tomara todos los recursos necesarios para detenerlos, Aparicio hombre rudo de selva y campo, de intimidante presencia, de muy pobres modales, rústico para hablar, llevaba, en sus manos y brazos, señas con cicatrices de golpes y heridas, las cuales sólo lo podían definir como un hombre malo, de mirada esquiva y sin alma, Aparicio había dispuesto de sus más temarios hombres, los más obedientes y despiadados, y con ellos había formado su cuadrilla, sabia y estaba seguro que cualquier orden que diese, sus hombres estarían dispuesto a realizarla. Avanzaron, sin ser detectados, hacia la pequeña canoa que venía, Rigoberto aprovechó la luz del sol que salía detrás de la isla y permitía que sus primeros rayos los hicieran casi invisibles para cualquier canoa que partiera de Guayaquil hacia el este, lograron avanzar más, sin ser vistos y confirmaron que era la canoa que estaban esperando y se lanzaron directamente hacia ella a toda velocidad, Eulalio se emocionó y sacó su revólver y al grito: -deténganse - disparó hacia ellos, logrando herir a uno de los remadores, Aparicio se molestó y le gritó a Eulalio diciendo:

- a todos pueden matar, pero no a la hija de Don Joaquín Elizalde

La canoa con los cinco tripulantes frenó su recorrido y horrorizados se vieron perdidos y asustados, no llevaban armas con ellos y apenas eran cuatro hombres contra ocho, decidieron esquivarlos con todas las fuerzas que les quedaban y remaron en dirección a la isla Santay esperanzados creyeron que podían perderlos entre los manglares y árboles de la isla, y así lo hicieron, pero uno de sus tripulantes abandono la canoa y decidió nadar hacia cualquier lugar de la isla , el otro que huyó, fue el herido, el cual al tocar el agua no se lo vio salir a la superficie, ahora con menos fuerza, la joven mujer que los acompañaba decidido tomar los remos y ayudar para llegar más rápidamente hacia la isla, mientras a poca distancia las dos canoas los seguían sin detenerse, dando gritos de espanto y odio. Al fin un brazo de mar se vio entre la isla rodeado de enormes árboles de Mangle y la tripulación de la embarcación perseguida logró bajar de la pequeña canoa y buscó el resguardo en la encontrada vegetación que se alzaba a pocos metros de la orilla, los dos hombre y la mujer lograron perderse entre los árboles, mientras Aparicio junto a Eulalio decidieron avanzar más adentro por el estero de la isla, sabían que este giraba de manera circular y rodeaba el camino que habían seguido los perseguidos, en cambio Rigoberto bajó en la orilla acompañado de tres hombres más y simuló que los perseguía, dando gritos a cada paso que daba, el cielo se nubló otra vez y una ligera llovizna empezó a caer sobre el lugar, Aparicio sabía que los tenía y cuando los rodeó por el estero, se bajó de la canoa y avanzó muy despacio y los espero con su arma lista para disparar, primero escucho, sus pasos y voces aterrorizadas acompañaban a la caída de la lluvia entre las hojas de los árboles, Aparicio sabía qué tal vez su arma fallaría porque estaría húmeda, pero igualmente dispararía, su maldad no tenía límites y hace mucho tiempo estaba esperando este momento de poder infligir daño y dolor, esa era su naturaleza, era lo que sabía hacer y de alguna manera le gustaba, porque le daba poder, los vio, y tomó su pistola y sin pensar disparó, hiriendo de muerte al primero que llegó hacia donde estaba él, Aparicio se dio cuenta que su pistola no dispararía bien otro vez debido a la humedad y Eulalio tomó su pistola cargada y se la dio a Aparicio para que dispare nuevamente contra el otro hombre que acompañaba a la mujer, esta vez más cerca y reconociendo su rostro, Aparicio no vaciló en disparar y directamente apuntó hacia el rostro sin dejar de mirar a sus ojos, apretó el gatillo y una ráfaga incandescente rodeó el cuerpo de Aparicio, la pólvora se había mojado y la detonación fue irregular logrando que el disparo saliera desviado y fuera directamente hacia la sien izquierda del perseguido, hiriéndolo muy levemente, sin matarlo, pero sí logrando que brotara sangre de la cabeza y le produjera un desmayo, Aparicio satisfecho creyó que lo había hecho muy bien y gracias a su ego, no quiso dar a conocer a sus hombres que podría haber fallado, simplemente de sus labios se escuchó:

- dejemos ahí al maldito, la isla terminará de hacer lo que nosotros empezamos.

La joven mujer lloraba profundamente de rodillas a unos diez pasos atrás, mientras la lluvia caía sobre todos, Rigoberto llegó con sus hombres y machetes, rodearon a la joven mujer, hasta que Aparicio, la tomó del brazo y la llevó a su canoa diciendo:

- de regreso a Guayaquil, tenemos que llevar a la hija de Don Joaquín Elizalde, está noche invito yo los tragos y las mujeres.

Risas con ruidos como de animales salvajes se hicieron escuchar y desaparecieron de la Isla.

23 de Agosto de 2019 às 14:20 4 Denunciar Insira 3
Leia o próximo capítulo Mirando hacia el gran río

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Joanna Daniela Joanna Daniela
Me gustò mucho, continua asì. Espero te pases por mis historias y puedas leer,comentar y votar, gracias.

  • Jorge Luis Calero Jorge Luis Calero
    Gracias - ayudame con tus datos en Inkspired para encontrar tus historias 1 week ago
~

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