El hombre del hacha Seguir história

sergiosaavedra Sergio Saavedra

¿Has sentido que alguien te sigue por las noches? Quizás sí hay alguien siguiéndote. Aunque no puedas verlo... hasta que sea demasiado tarde.


Suspense/Mistério Todo o público.

#terror #misterio #suspenso #lovecraft #poe #stephen-king
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La esquina entre la puerta y la pared

No importa a donde mires, dónde te escondas o cuánto reces. El hombre del hacha te estará observando ahí, justo en la esquina entre la puerta y la pared.


Marchaba apresurado, dejando un eco en cada paso que daba aquella fría y solitaria madrugada de octubre. La calle estaba vacía, en las cortinas metálicas de los locales las cadenas chocaban entre sí, soltando un chillido que lo hacía voltear cada tres pasos. De los árboles caían gruesas gotas que chapoteaban en los charcos, como una señal. Todo le parecía una señal.

Caminaba apresurado de regreso a casa tras un pesado día de trabajo en el que nada le había salido bien. Había tenido la mente absorbida en detalles que no lo llevaban a ningún lado; el esmalte de una clienta, la sonrisa podrida de un señor, la pelusa que habían dejado junto a su propina sobre la comanda. Todo eso lo había llevado a tener errores y esos errores lo llevaron a tener problemas. Los problemas lo habían dejado estresado y lo sabía, pero no por eso lo podía cambiar. Pensaba en el chapoteo de las gotas de lluvia, en las cadenas chocando contra las cortinas metálicas, en el viento nocturno soplando entre las ramas torcidas de los árboles. Se escuchaba casi como un silbido, como una voz. Durante ya varias noches había tenido esa frustrante sensación de ser perseguido, de estar siendo observado por alguien, pero, cada que daba la vuelta estaba solo, completamente solo.

Avanzó, cansado, pensando en el fétido olor de aquel hospital que atravesaba. Olía a orines y heces humanas, a enfermedad, a muerte. Le daba asco y todas las noches se preguntaba cómo podían permitirse ser tan sucios, cómo podían dejar que el olor se saliera de aquel lugar. Pero no pensó en cruzar la calle hasta que casi llegaba al final del hospital. Como todo en ese día, lo había pensado ya demasiado tarde.

Sólo es sugestión,se decía, mientras la piel de su nuca se erizaba y escuchaba a lo lejos el andar pesado de una persona, siguiéndolo, cazándolo. Había sido solo un mal día, sólo debía tratarse de su imaginación, ese reflejo torcido de su inconsciente escapándose a través de los charcos, de las cadenas, del silbido del viento, del eco de sus pasos, de la soledad nocturna en aquella fría noche de octubre. Solo estaba obsesionándose con una idea que no podía entender, con una sensación que no podía olvidar, con un sueño que no podía recordar. Podía voltear cuanto quisiera, pero, en el fondo, sabía que no habría nadie ahí.

Se detuvo en la esquina, se cubrió la boca con un pañuelo, asqueado por el olor del hospital. Metió la otra mano en la bolsa del pantalón, disponiéndose a sacar las llaves de su casa y comenzó a avanzar, a atravesar la avenida vacía. Justo a la mitad de su camino una corriente de aire lo golpeó al mismo tiempo que otra sensación. Su corazón se aceleró. Sus piernas se volvieron de agua. La boca se le secó y sus ojos cansados se abrieron de par en par. En su hombro derecho había sentido una mano tomarlo con fuerza y apretarlo. Volteó de inmediato, dispuesto a correr por su vida. Dispuesto a correr de lo que fuera, de quien fuera. La mano seguía sobre su hombro durante ese eterno instante de pavor en el que giraba la cabeza. La sentía sobre su carne, sobre sus huesos.

Pero cuando volteó, como había pensado antes, no había nadie.

Sólo era él, pensando en el chapoteo de las gotas de lluvia; en las cadenas rechinando, en el silbido del viento.

Había dejado caer sus llaves sin darse cuenta. Se agachó para tomarlas y vio un reflejo de luz en ellas. Volvió a sentir miedo, esta vez más mesurado y giró hacia su derecha. Era un carro avanzando a toda velocidad, pitando con demencia. Hizo un acopio de fuerzas y movió sus débiles piernas. Corrió hasta la banqueta. Llegó justo a tiempo para evitar su muerte y vio lo que parecía una pandilla de jóvenes muy enfiestados. Desaparecieron rápidamente en la lejanía.

Siempre había pensado en su muerte y para él el suicidio era una opción, pero nunca por atropellamiento. Quizá pastillas o un disparo bien logrado en la cabeza, pero una muerte pública no.

Tuvo que volver a pararse en medio de la avenida para recuperar sus llaves que, por suerte, no habían sido aplastadas por el carro. Esta vez no hubo reflejo de luz sobre sus llaves cuando se agachó, pero él ni siquiera lo notó.

Una vez más retomó su camino y llegó hasta la entrada de su edificio. Metió las llaves en la cerradura y justo cuando abrió el portón viejo, pudo ver una silueta oscura en el reflejo del cristal. Volteó otra vez, con la boca y los ojos abiertos de par en par. Pero no había nada. No había nadie ahí.

Se asomó en ambas direcciones de la calle y tampoco había nadie. A lo lejos, como un eco, escuchaba los mismos ruidos de todas las noches de aquella semana: el chapoteo, las cadenas, el silbido del viento. Una vez más había llegado a casa y ninguno de esos ruidos los había hecho alguien. Sin embargo, no podía quitarse esa sensación de miedo constante, ese delirio de persecución. No podía dejar de pensar en aquel sueño que no podía recordar.

No había nadie en casa y seguía sin explicarse porque pensaba en ello, porque esperaba todos los días que alguien lo recibiera cuando vivía solo. Siempre se acusaba a sí mismo de no compartirse con nadie, de no abrirse a nadie. Estaba harto de vivir trabajando, de vivir para trabajar y no tener nada más. Incluso hacia días que el gato que lo visitaba se había marchado. En la mesa vio el collar que le había comprado y el costal de croquetas con su plato nuevo. Ni siquiera los había estrenado.

Cuando estaba en su cuarto, quitándose los zapatos, comenzó a sentir migraña y supo que esa era su señal para irse a dormir. Se alistó y se acostó, cayendo en un sueño pesado casi inmediatamente, sin haberse preocupado por cerrar su puerta, dejándola entreabierta.

En la oscuridad algo crecía y se volvía fuerte. Él se revolcaba entre las sábanas, ahogado en sus pesadillas, bañado en sudor. Torcía las piernas y jadeaba dormido. Poco a poco sus movimientos comenzaron a detenerse. No se volvían débiles, solo se tensaban. Algo lo detenía. Algo lo paralizaba.

Era eso mismo, lo que crecía, lo que lo detenía, lo que lo despertó súbitamente. Con una bocanada de aire intentó levantarse. Pudo acomodarse un poco en la cabecera de la cama y volteó a ver su cuerpo, que parecía seguir dormido. Incluso parecía que su cabeza no respondía del todo, no lo dejaba voltear a ver todo el cuarto. Sus manos habían quedado atadas a su pecho y sus piernas estaban estiradas. Sin nudos ni correas. No había nada.

Pero sí había alguien.

Sintió su presencia y sabía donde se ocultaba. Él estaba ahí, en el único lugar donde pudo voltear la mirada: en la esquina entre la puerta y la pared.

Era una sombra, una silueta.

Lo supo, lo entendió todo. Era quien había estado soñando. También era quien lo había seguido durante todas esas noches. Nunca hubo gotas de lluvia, ni cadenas, ni silbido del viento, siempre fue eso, siempre fue él. Era quien le había tocado el hombro y quien se había asomado en el portón detrás de él.

De entre la oscuridad comenzó a andar pesadamente, como una sombra más, y en sus manos llevaba lo que él vio en sus sueños.

La respiración agitada le ardía en los pulmones. Intentó gritar, pero no pudo. Intentó hablar y no lo logró. Pensó en rezar, pensó en llorar, pensó en levantarse y correr. Quería despertar.

Pero, como siempre, era demasiado tarde.

Era su miedo, era su paranoia, era la pesadez y las pesadillas.

Era el hombre del hacha.

Lo observó un último instante, cerró los ojos mientras él alzó su instrumento. Escuchó el filo del acero cortar el viento justo antes de enterrarse en su cráneo.


Es eso que duerme durante todo el año.

Es ese susurro que te despierta en medio de la madrugada.

Es eso que despierta en octubre.

Es ese alguien que está detrás de ti, haciéndote creer que no hay nadie ahí.

Y te observa todas las noches mientras duermes. Te espera ahí, justo en el espacio entre la puerta y la pared.

22 de Agosto de 2019 às 05:55 0 Denunciar Insira 0
Fim

Conheça o autor

Sergio Saavedra Escritor amateur. Discípulo de Poe, Lovecraft y King.

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