Ella Seguir história

lloretsirerol Carlos Lloret y Sirerol

Un hombre, que nos hace partícipes de su truculenta historia en primera persona, despierta de súbito en mitad de un bosque umbroso perseguido por una entidad fantasmagórica cuya naturaleza no es capaz de determinar. Careciendo de los medios necesarios para presentar batalla aquello que la persigue y creyéndose incapaz de anteponerse a sus miedos, inicia una huida hacia un destino incierto.


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Ella

Mis ojos, cansados, se abrieron de súbito en mitad de un feraz bosque de encimados árboles que parecían alancear un cielo oscuro que no era moteado por la divinal lumbre de ninguna estrella. La Luna, regia y esplendente, parecía observarme con su níveo rostro, cual si tratara de elucidar cuál sería mi próximo movimiento, y una miríada de criaturas extrañas y ocultas, agazapadas por doquier y deseosas de no ser vistas, me vigilaban por el mero hecho de haber osado prorrumpir en sus vastos dominios. Las nubes que surcaban las tinieblas celestes y que refulgían fantasmagóricamente sin minorar su constante paso, empero, opacaban la faz de la reina de los cielos, y su inexorable devenir semejaba a un desfile de entes espectrales, cual si fueran almas gemebundas arrancadas de sus sendos cuerpos y catapultas ad infinitum. Ninguna luz salvo la lunar penetraba en aquel infernal paraje de formas amenazantes y subyugadoras, y solo los melifluos rayos del único astro reinante me proporcionaban cierta posibilidad de ver. Al punto mis pensamientos, antes atorados, comenzaron a fluidificarse con suma dificultad, fui consciente de que me hallaba tumbado sobre un suelo frío y nada acogedor y, temeroso de las sombras que me acechaban, me incorporé dando un respingo. Mis piernas, anquilosadas, protestaron ante la brusquedad de mis impensados movimientos, y, como si pretendieran imputar tal decisión, temblaron y amenazaron con devolverme al suelo. Incontables alfilerazos se sucedieron sin conmiseración alguna, infundiéndole un dolor agudo que solo con mucha dificultad sojuzgué. Conseguí mantener el equilibrio, no obstante, y, no siendo capaz de orientarme mediante el sentido de la vista, que tan solo me emplazaba en un lugar silvestre y desconocido, traté de que los sonidos develaran mi angosta situación, en cuyas batientes fauces me hallaba yo ignominiosamente atrapado.


Un viento, ululante, se filtraba indolentemente por entre las sombrías formas de la naturaleza, y su voz sibilante, cual nacida de una garganta omnipresente y sin límites, parecía susurrarme versos ominosos y sílabas amenazantes, mas no fue su atroz canto el que consiguió empavorecerme. Desde la lejanía un sonido apocado pero perfectamente audible llegó hasta para mis arredrados oídos – «tacatac-tacatac-tacatac» –, y enseguida supe que alguien, que no albergaba sino intenciones aviesas, me perseguía. Me apercibí sin vacilaciones que era una entidad adusta que, liberada de las entrañas de algún abismo incierto, había seguido mi rastro durante muchos años – quizá desde mi mismísimo nacimiento –, y también fui consciente de que mi única posibilidad de sobrevivir era huir tan luego como me fuera plausible, ya que si sus negras manos se posaban sobre mí todo estaría irremisiblemente perdido. «Tacatac-tacatac-tacatac», volví a percibir. Aunque me esforcé numantinamente, no pude atribuirle motivos humanos a aquella cosa que se había empecinado en alcanzarme tan luego como le fuera posible, y, no hallando modo alguno de redimirme por unos pecados que no recodaba haber cometido, sospesé que solo me restaba rezar y correr. Sin pretenderlo, y sintiéndome aherrojado por una sensación que manaba de mis temores más recónditos, sentí una trabazón con aquella criatura galopante, y, desdoblándome desde mi propia persona para alcanzar los pensamientos de aquel ente veleidoso pero tenaz, noté que nuestras almas estaban inextricablemente ligadas. Éramos, sin embargo, dos entes completamente antagónicos, como las caras opuestas de una misma entidad indivisible, y supe entonces que su más alta gloria estribaba en mi más honda desdicha. Tenía que alejarme de ella, y, si pretendía sobrevivir, era menester que hallara la forma de cercenar la ligazón etérea que la atraía hacia mí, que la impelía a cazarme con sus propias manos. Noté una gravidez vacilante que se extendía en derredor de mí como un manto inalcanzable, como una vaina contrahecha, y atribuí la atracción que sentí por mí semejante criatura a la existencia de este extraño portento.


Con el fin de seleccionar el mejor de los caminos, que parecían abrirse a centenares, como si alguna mente mefistofélica y torturadora me hubiese emplazado en un laberinto de sinuosas formas, observé cuanto quedaba alrededor de mí y, no viendo diferencia entre los unos y los otros, me quedé petrificado y sin saber qué hacer. El pazo de más a la izquierda, que descendía hacia un abismo insondable, era el más lóbrego de todos, cual si las ramas de los árboles que lo custodiaban se entrecruzaran incontables veces entre sí para erigir una frondosa techumbre que opacara cualquier forma de luz. El de la derecha parecía ser la imagen especular del anterior y, desguarnecido de árboles que ensombrecieran sus serpenteantes ondulaciones, brillaba dorado como el oro, pero parecía ascender hasta perderse entre las nubes. In fine, el del medio parecía haber sido hollado como la unión aberrante y deformada de los dos anteriores, mas no por ello se me antojaba como la mejor de entre mis opciones. Con desazón y notando como mis piernas entumecidas palpitaban de dolor, contemplé como una neblina blanca y densa era insidiosamente exhalada por las oquedades del suelo, y creyendo ver en aquel vaho una elongación del fantasma galopante que me acechaba tuve que decidirme sin andarme con innecesarios derroteros. «¿Por qué a mí? ¿Qué fuerza malévola la empuja a querer atraparme y atarme en las sombras?», me pregunté estúpidamente aun cuando no tenía dudas de que mi capacidad para contestar a tales preguntas era nula.


Mis oídos se aguzaron sin que yo se lo ordenara y aquel horrido sonido llegó nuevamente a embargarme, ahora de forma mucho más audible, cercana: «tacatac-tacatac-tacatac»-«tacatac-tacatac-tacatac». Era constante y monótono, su paso era inexorable, pero no fue ello lo que más me conturbó: de súbito, el aire circundante, cual si pudiera responder al influjo de aquello que se acercaba y acompasándose con la neblina ya dimanada, pareció adensarse, y mi respiración se tornó pesada y casi insostenible. Correr era impostergable y, no siendo capaz de entrever una ruta que fuera superior a las otras, seleccioné una al azar, y principié mi fuga en línea recta por el camino de en medio. Por entonces, cuando mis pies, atenazados por una sensación plúmbea que quintuplicó su peso, comenzaron a alejarme de aquel páramo desangelado que pretendía absorberme, el sonido matraqueante resonaba por doquier, y no pude siquiera precisar la dirección exacta desde la que se me acechaba. Venía desde atrás, sin embargo, pero las reverberaciones que generaba con su imparable galopar parecían entrechocar por todas partes y generar, así, una sinfonía pavorosa capaz de enturbiar los pensamientos de cualquier que tuviera la desventura de escucharla.


El camino seleccionado, que se perdía de tanto en cuanto al no estar suficientemente hollado – detalle que comenzó a preocuparme tan presto como me apercibí de ello y lamentando no poder deshacer mi inopinada selección –, me alejó de aquello que me perseguía, pero una inenarrable sensación visceral me indicó que aquella cosa me iba a la zaga, y que no se detendría hasta haberme alcanzado. Espoleado por semejante deducción, y creyendo que mi fin se acercaba detrás de mí marchando sin vacilar, traté de acelerar mi paso. Descubrí, no obstante, que mis movimientos eran erráticos y descoordinados, y creí que sería capturado en breve si no hacía algo por evitarlo. Temeroso de expeler mi último resuello pero habiendo decidido que prefería morir luchando a perecer como un réprobo cobarde, me volteé puerilmente sobre mis talones sin repensármelo y grité palabras amenazadoras a aquello que me perseguía. Desconozco por entero hasta qué punto estaba persuadido de que mi impremeditada argucia tenía probabilidades de resultar exitosa, pero tan solo logré perder un valioso tiempo. El jinete seguía avanzando a paso contante e imperturbable hacia mi posición, y mi única posibilidad de supervivencia estribaba en ser más rápido que él. Mientras corría, luchando sin cuartel contra mi propio cuerpo, que parecía lastrado por alguna clase de peso intangible que me impedía distanciarme del que ostentaba convertirse en mi atronador verdugo, escruté veladamente cuanto quedaba en las cercanías de mi posición, y comprobé atribulado que no había absolutamente nada que pudiera valerme como arma. Defenderme con una rama arrancada de un árbol cualquiera – si es que conseguía tal – se me apersonaba como la mejor de entre mis poco esperanzadoras posibilidades, y semejante condena se me antojaba como una archiburla universal. Seguí preguntándome el por qué de lo que me estaba ocurriendo, pero los resultados que obtuve fueron igualmente infructuosos, como si tratar de atribuir motivos racionales a aquella cosa que me hostigaba fuera una tarea condenada al fracaso de antemano. Era incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo en el seno de aquel mundo caprichoso en el que me vi atrapado, y no pudiendo actuar sino de forma irracional me dejé arrastrar por mis impulsos más primitivos. Comportarme de esa guisa escapaba sobremanera a mi férrea costumbre calculadora de antelar todos mis movimientos, si bien creí que no poseía alternativa alguna.

No mucho después me hallé ante una súbita bifurcación y, careciendo otra vez de referencias que pudieran guiar mis desatinadas acciones, retomé, por ende, mi anterior estratagema – que, como es obvio, pecaba de una vergonzosa simpleza – y, acopiando cuantas fuerzas de flaqueza pude agolpar por entonces, seleccioné uno al azar – el de la izquierda – y seguí hendiendo aquel interminable bosque a grandes zancadas. Los recodos del intrincado camino, que me obligaban a enlentecer mi paso y que me hacían temer que una criatura malhadada me estuviese esperando lista para atacarme y cercenar mi despreciable vida, eran cada vez más frecuentes, y parecían concatenarse en seguidilla, y de la forma más caprichosa que se pueda pensar, los unos con los otros. Para más inri, el suelo que tamizaba el tortuoso sendero estaba cuajado de piedras aristosas, puntiagudas, y, pese que mi calzado era de calidad, sus aguzados bordes no dejaban de clavárseme en las suelas, produciéndome un dolor soportable pero que, a la luenga, acabaría por producirme bastante daño. Hacía unos minutos que había dejado de oír el inexorable galopar de mi fatal persecutor, mas algo en mi interior me indicaba con certeza que no conseguiría deshacerme de él con tanta facilidad. «¿Quién sería? ¿Y cuáles serían sus verdaderas intenciones para con mi respetable persona?», volvía a preguntarme en un rapto de supina e infantil estupidez, pues sabía que no poseía una respuesta adecuada para tan seminales preguntas. Eliminé con éxito dichas elucubraciones – al menos por el momento – y, sintiendo que carecía de alternativas, me concentré en persistir en mi huida.

El sinuoso camino, que parecía no avanzar, comenzó a serme angosto y, por una fracción de segundo, pensé en atajar campo traviesa si es que tal modo de proceder se me aventuraba como una forma de alejarme con mayor rapidez. Ignoré susodicha posibilidad al creer que no me reportaría sino más problemas de los que ya tenía puesto que una densa y crecida maleza se erigía por las zonas lindantes con el sendero. Resignado y temeroso de llegar a un escarpado abismo que no pudiera esquivar dando un rodeo, seguí avanzando hasta que, para mi desdicha, me encontré de frente con un obstáculo invadeable: un mar de zarzas se extendía por doquier, y deshacer el camino recorrido no era una opción. «Tacatac-tacatac-tacatac», volvió a resonar en lontananza a una distancia incierta pero no muy lejana de mi actual posición. «¿Cómo había conseguido recortar tanta distancia en tan poco tiempo?», me pregunté; pasando a ignorar la respuesta en pro de concentrarme en menesteres más pragmáticos y acezantes. Dos opciones se erigían, pues, ante mí: esperar a aquel que me perseguía e impetrar al cielo que me concediera la suficiente reciedumbre como para enfrentarme a él sin contar con arma alguna con la que presentar batalla o tratar de atravesar aquella marabunta de aguzadas espinas y asumir las indecibles consecuencias que pudieran derivarse. Entrambas posibilidades me parecieron inasumibles, mas, teniendo que seleccionar una sin premura dado que la inacción no podía ser seleccionada, me aguijé a mí mismo a pensar con mayor rapidez. No fui yo, al remate, el que tomó la decisión que marcaría mi destino, sino que un nuevo acontecimiento actuó de eficaz comburente: una luz pálida y parpadeante amaneció por de contado más allá del mar de zarzas y, pese a que me antojaba como un destino poco prometedor, me sentí irremediablemente atraído hacia ella, como si embaulara un secreto que debía desdevanar si quería preservar la vida un día más.


Vacilé ante los inminentes cortes que iba a sufrir por mor de internarme en aquel entramado de aguzadas espinas, y solo pude reunir las fuerzas necesarias como para precipitarme tras dar unas hondas bocanadas de gélido aire nocturno, que cortó mi garganta pero que remozó mi muriente despejo. Sabiendo que el mejor modo de guiarme era hender el obstáculo y atravesarlo sin detenerme ni una sola vez, cosa que me permitiría anteponerme a la adversidad y, a la sazón, ganar algo de un valiosísimo tiempo – o eso pensé con indecible desatino –, levante los brazos con los puños cerrados delante de mí con el fin de apartar la mayor cantidad de ramas posible. «Tacatac-tacatac-tacatac», oí por última vez, y no pude evitar que un leve tembleque se enseñoreara de mis tensados miembros, listos para la acción. No bien me adentré en la vorágine de ramas que habían crecido azarosamente encaramándose entre los gruesos y nudosos troncos de los árboles, las aguzadas púas laceraron mis bazos y mi rostro aun cuando me esforcé en que ello no acaeciera. La sensación equivalía a la de un centenar de pequeños cuchillos se hubiese deslizándose célere y simultáneamente por mi piel, y un escozor intolerable y punzante recorría mis heridas.


Al voltearme para otear la situación del que ya comenzaba a considerar como mi verdugo, metí el brazo derecho de forma accidental en una rama en forma de espirar y, cuando intenté retirarlo con un movimiento abrupto, las aguzadas espinas, cual dientes de una bestia primigenia, se hundieron en mi carne. Un dolor punzante y paralizador se adueñó de mi extremidad y, secuestrado por un rapto de terror, la retrotraje con fiereza: el resultado final de una acción tan precipitada como fútil fue que las púas me desgarraron con brutalidad, y, habiéndome provocado incontables heridas abiertas de considerable profundidad al comportarme de un modo tan pueril, la sangre comenzó a manar a borbotones. Una sensación ardiente y palpitante se enseñoreó de mi brazo en su totalidad y, experimentando un leve tembleque que no hizo sino exacerbar mi ya de suyo compleja situación, persistí en mi empeño de escapar. Con el fin de contener la hemorragia lo mejor que pudiera, pegué el miembro dañado sobre mi camisa, que comenzó a teñirse insidiosamente, y seguí abriéndome paso a trechos y tratando de evitar rasguñarme la cara.


No cejé de avanzar pese a que noté como la sangre era dimanada con profusión de los incontables cortes que se me habían infligido, y mantuve el paso firme pese a creer que iba a desmayarme de un momento a otro, bien por el dolor o bien por la pérdida de sangre, que por entonces valoré como mayor de la que realmente era. Más o menos a la mitad del trayecto, creí que no podría mantener el paso dado que un escudo de zarzas trenzadas entre sí me lo impedía por entero, empero, haciendo acopio del valor que solo puede nacer de una situación de necesidad extrema, apuñé con fuerza las espinosas ramas sin temor a dañarme las palmas de las manos, cosa que sucedió de inmediato, y las separé tirando de ellas. Mi desnortado ardid funcionó a la perfección no obstante de las pocas expectativas que albergaba sobre el mismo y, habiendo olvidado por entero las sórdidas pisadas del jinete que me acechaba desde las sombras, recorrí la otra mitad del obstáculo con relativa facilidad, pues allí el enramado era menos denso.

Cuando logré atravesar la barrera que ante mí fue interpuesta – ya por castigo de la Providencia, ya por mero azar –, esto es, habiendo conseguido apersonarme en el otro lado de las zarzas, me detuve unos segundos a estudiar el estado de mis heridas, y me sorprendió contemplar que la sangre que impregnaba mis brazos estaba ya coagulada. No fui capaz de juzgar si ello era normal o extraño – admito que mis conocimientos de medicina, más allá de unas nociones fundamentales de primeros auxilios, son vergonzosamente escasos –, pero, frente a las adversidades que acababa de flanquear con relativo éxito, valoré que ello era positivo, pues al menos no moriría lentamente y sin poder hacer nada al respecto. Bajo la lumbre mortecina de la Luna, que seguía engastada cual diamante en el centro del cielo nocturno, la sangre que había perdido parecía completamente negra, y temí haberme infectado de algún tipo de ponzoña. Con total independencia de las circunstancias exactas, aquello no tenía importancia por entonces puesto que distaba mucho de tratarse de un asunto perentorio, y no bien aparté tales divagaciones de mis pensamientos deparé en la sandez inherente al hecho de no haber comprobado de forma inmediata el paradero de mi persecutor. Asustado por verle hendir con facilidad aquello que yo había dejado atrás con tanto sufrimiento, me volteé sobre mis talones y escruté la inmensidad de la noche, que parecía resistirse a mis necesitadas pesquisas.


Por primera vez desde mi llegada – si es que alguna vez hubo un inicio de mis pesares –, pude contemplar la infernal naturaleza de aquel que se afanaba en cazarme guiado por un instinto casi primitivo, y no había nada en aquella figura ecuestre que no me crispara sobremanera. Iba ataviada con una gruesa túnica inconsútil que se confundía con la negrura de la misma noche, y allá donde tenía que ubicarse su temible faz – horresco referens! – solo había un vacío infinito que parecía entrañar la capacidad de sojuzgar a cuantos osaran observarlo demasiado tiempo. «¿Acaso era un fantasma capaz de materializarse en las formas de una bestia enmascarada?», me pregunté a mi mismo, nuevamente, sin ser capaz de encontrar una respuesta plausible. Noté, no obstante de la ausencia de rostro, que su torva mirada se paraba sobre mis ojos, y bajé la vista y vi a su dantesca cabalgadura: un portentoso rocín azabache dotado de una musculatura que lo hacía semejar a una criatura bestial y sin conciencia capaz de cabalgar hasta el horizonte sin que sus fuerzas se vieran mermadas. Sus ojos eran de un color escarlata brillante que parecían ser el reflejo de una ira perpetua e insondable, y de las comisuras de boca, por las que asomaban unos dientes cariados y nefandos, salían brumosos espumarajos que hacían pensar en la rabia.


Entrambos, indignados ante el posible éxito de mi fuga, se pararon ante las zarzas, pero su comportamiento no fue el que yo vaticiné a la luz de las circunstancias: creí falaz e ingenuamente que la marabunta de espinas les haría retroceder de inmediato, mas el ente desenvainó una espada flamígera con la que empezó a abrirse paso por el obstáculo. Los silbidos del arma cortando el aire eran estremecedores (llegando, incluso, a empavorecerme), y cada vez que la deslizaba entre la vorágine de ramas dejaba tras de sí incontables llamas anaranjadas que, voraces y sin conmiseración, acabarían con toda forma de vida que osara cruzarse en su paso. Supe entonces que solo disponía de unos minutos antes de que mi ventaja se desvaneciera por entero, dejándome a merced de aquella bestia desalmada que trataba de cazarme, y, mostrando una resolución que me es poco característica, corrí hacia la luz que me había conminado a seguir avanzando. Desconocía la naturaleza del destino que ante mí se levantaba, pero algo me decía en mi interior que nada podía ser peor que lo que me depararía si llegaba a ser entrampado.


Avancé en línea recta y con paso seguro con el mero afán de alejarme del lugar, y seguí el sinuoso camino – ahora, curiosamente, más hollado que en un principio, como si fuera frecuentado por alguien más – temeroso de que una nueva dificultad se interpusiera en mi huida. Conforme me alejaba, podía seguir escuchando en la lejanía los arduos trabajos de mi incansable persecutor, que se afanaba en hendir incólume y a golpe de espada aquello que tanto esfuerzo me había costado superar a mí, y, arredrado ante su mera presencia, traté de redoblar mi paso aun a costa de someter a mis piernas a un notable dolor. Instintivamente, y sin que llegara a apercibirme por entero de ello, mi magullado brazo derecho asía con fuerza el izquierdo con tal de taponar sus heridas – pese a que estas parecieran no sangrar con profusión – y en un vano intento de reducir su palpitante sufrimiento. Comprobé con pueril alegría – al menos toda la que pude reunir en una situación como esta – que los cortes que me fueran infligidos no me dolían en demasía, como si el glacial relente nocturno hubiese conseguido anestesiarlas con su purificador abrazo. La densa neblina, que por entonces había seguido ganando terreno y que comenzaba a elevarse hasta más allá de mi altura, me impidió atisbar la verdadera faz de aquello que me atraía con tanta fuerza, y cuando me acerqué lo suficiente como para que mis ojos pudieran observar la fuente de luz no fui capaz de asimilar lo que veía.


En mitad de aquel truculento bosque en cuyo seno me hallaba atrapado pese a no saber cómo había llegado hasta allí pude encontrar la casa de mi infancia, y esta parecía conservarse en excelentes condiciones pese a que ardió a consecuencia de un accidente culinario hace ahora incontables años. (Después de ello, he menester que aclare, nos mudamos a un pequeño piso del centro, que alquilamos en un principio pero que pudimos adquirir al final gracias al dinero del seguro No soy capaz de precisar que acaeció con la casa, a cuya propiedad renunciamos ya que la cantidad a insumir para repararla jamás compensaría los beneficios proyectados, pero al parecer alguien había erigido una reproducción facsimilar en la mitad de la nada). Agudicé mis vista para captar todos y cada uno de los detalles, y contemplé con agrado el empedrado de la parte baja de la fachada, que fuera colocado por un capricho de mis padres, seguía inmaculada, y el color blanco que todo lo permeaba no tenía desconchado alguno. Las plantas de la entrada y del balcón principal parecían lozanas y, en contraste con el resto del bosque, su color era de un verde intenso, tal y como yo lo recordaba. De su interior, cual si siguiera habitada por alguna persona desconocida, manaba una luz dorada, y sin duda era la que había atisbado desde la lejanía.


En aquel momento, con la mente adulterada por cuanto acababa de observar, no fui capaz de llegar a las conclusiones más obvias y, sencillamente, atenazado por una curiosidad casi infantil que me exhortaba con palabras embelesadoras a que comprobara el estado del hogar – de mi hogar – y sintiendo una atracción casi talismánica hacia aquella casa que creí haber olvidado tiempo ha, me limité a avanzar dando grandes zancadas deseoso de alcanzar la puerta. Por entonces – he de admitir sin poder dejar de sentirme como un irresponsable –, olvidé por entero las aciagas circunstancias que me habían empujado hasta que encontrarme en semejante tesitura, y me limité a avanzar mientras esbozaba una sonrisa jocunda y ingenua entre dientes. Sintiéndome como un niño pequeño al que se le concede la impagable oportunidad de pasearse ad libitum, curioseando a placer, por los pasillos de un lugar que le resulte atrayente, me apersone en la entrada de la que fuera mi casa, y no bien mi mano asió la manivela de la puerta, temí que estuviera cerrada. Abrí sin dificultad limitándome a tirar con decisión hacia mí – ya que ese era el extraño modo en que se abría, como si alguien, quizá un despreocupado carpintero o un albañil poco mañoso, hubiese colocado los goznes justo del revés de lo acostumbrado –, y enseguida me interné en las estancias que antaño me reconfortaran y dieran cobijo. De forma instintiva, esto es, dejándome guiar por los hábitos que mantuviera cuando niño, cerré la puerta tras de mí con suavidad – aun era capaz de remembrar las reprimendas de mi madre por el mero hecho de olvidarla entornada –, y ni siquiera me molesté en comprobar si había conseguido – o no – escaparme de las zarpas de aquel que estaba obsesionado en atraparme.


Siendo incapaz de eliminar el recuerdo de su funesta deflagración – que titilaba fulgurantemente tras haber renacido desde las zonas más íntimas de mi pensamiento –, escruté cuanto quedaba en derredor de mí henchido de cierto aire de extrañeza, cual si me hallara inmerso en un espejismo orquestado por una mente delirante entrampada por las vicisitudes recientemente sufridas. En los aposentos de aquel lugar de ensueño flotaba una cálida y casi tangible seguridad que parecía impregnar todos y cada uno de sus rincones, y yo, sencillamente, me dejé embaucar por la misma. La sensación de estar siendo engañado por mis propios anhelos infantiles, ahora despertados por mor de la omnímoda influencia cuyo origen no era yo capaz de determinar, se resistía con fiereza a desaparecer, y el único modo de combatirla fue tratando de hallar un objeto que fura capaz de revelarme la verdadera naturaleza de la situación, y no tardé en dar con lo que buscaba. Sobre la pared que se levantaba justo delante de la puerta principal seguía colgado un horrendo cuadro que mi madre solo conservaba por ser un regalo de boda y, si todo seguía igual como fuera dejado, detrás de él tendría que haber un sobre cuidadosamente pegado con una generosa cantidad de celofán, como solo puede hacer un niño. Enseguida encontré lo que buscaba y, habiendo comprobado que mis ahorros infantiles seguían allí escondidos – y que coloqué en aquel atrevido lugar creyendo que nadie los buscaría allí –, me convencí a mí mismo de que había sido transportado al hogar de mi infancia, ahora erigido en mitad de la nada.


La totalidad de las habitaciones, que fui recorriendo con sumo tiento, parecía encontrarse estancado en el estado en el que se hallara unos pocos días antes del desafortunado accidente, incluyendo, como no podía ser de ningún otro modo, la que fuera mi habitación. Tras haber ascendido por las angostas escaleras al piso superior – era una casa de tres plantas habitables, sótano inclusive –, comprobando que las fotos familiares que mi padre colgará allí seguían custodiándolas – y así era –, me interné en la buhardilla que hace incontables años me diera cobijo. Al igual que el resto de los aposentos, se hallaba en un estado inmaculado, y me sorprendí a mí mismo no bien llegué a ser consciente de que no era capaz de remembrar todos sus detalles, como si entrañara zonas inexploradas. Una añoranza insondable se instauró en mi sentido corazón y, dejándome arrastrar por ella sin oponer la menor de las resistencias, me senté en la que fuera mi cama y dejé que mi mirada se perdiera en el infinito. Cual si aquella experiencia hubiese tenido la capacidad de actuar como resorte de mis perdidos recuerdos, la imagen de mis padres – fallecidos muchos años atrás en un accidente de coche – me asaltó con fuerza demoledora, y tuve que protagonizar un esfuerzo agigantado para no prorrumpir en un copioso llanto. Seguí paseándome de forma abnegada por el seno de las imágenes que se delineaban en el interior de mi cabeza, nacidos de una memoria que jamás había valorado como precisa, y solo entonces, en un breve descanso, conseguí esgrimir una pregunta fundamental: ¿qué me había traído hasta la casa de mi infancia, que otrora ardiera hasta los cimientos?


El hecho de encontrarme sentado en la que fuera mi habitación – pese a que en un principio careciera por entero de sentido – iluminada por la lumbre mortecina de una Luna que parecía no haberse movido ni un ápice de su sitio, estaba dotado de una circularidad incuestionable, como si alguien – o quizá algo – pretendiera cerrar un ciclo, y la posibilidad de hallarme atrapado en una suerte de bucle me aterró sobremanera. No cejé de tratar de conferirle una explicación a mi embrollada situación, que no hizo sino hacerme reflexionar sobre los posibles derroteros por los que había discurrido mi vida, que ahora me había arrastrado hasta mi lugar de inicio, y, no bien comencé a sospechar que no sería capaz de hilvanar respuesta plausible alguna, estuve a punto de darme por vencido; pero por suerte persistí tesoneramente en mi empeño.


Me incorporé, no sin dificultad, apoyándome con decisión sobre mis avejentadas rodillas y, creyendo ser un animal atrapado que ha de limitarse a renunciar a toda esperanza de encontrar una salvación, me limité a zangolotear por los límites de mi habitación. Un destello, sin embargo, consiguió capturar mi atención de súbito, y avancé hasta colocarme enfrente del único espejo del que disponía. El inexorable paso del tiempo había hecho mella tanto en su marco como en su superficie, pero pude ver como un hombre avejentado y de rostro acanalado que lucía una cabellera algo rala y entrecana se asomaba tímidamente en él. ¿Cómo era posible que, pasados incontables años, me hallara atrapado en la que fuera mi casa, que había sido reconstruida en mitad de la nada?, volví a preguntarme. Solo entonces, instigado, quizá, por mi triste imagen reflejada, fui capaz de hilvanar la más parsimoniosa y certera de las soluciones: debía estar soñando. Valoré esta solución, forjada de una forma prácticamente casual, como la más acendrada, empero, dejándome guiar por un pensamiento que siempre ha tratado de ser crítico con la información que se le presente, traté de sondear un modo adecuado por el que cerciorarme de lo que ahora se me presentaba como presuntamente cierto. ¿No era un sueño la forma más simple de explicar el conjunto de circunstancias que me había arrastrado a contra voluntad hasta donde me hallaba ahora? Pero, siguiendo el sano pensamientos de los eruditos de antaño, ¿cómo de puede distinguir el sueño de la vigilia?


Habiendo quedado impregnado por los conocimientos colectivos de la cultura popular, sentí la tentación de pellizcarme para comprobar si era capaz de sentir dolor, pero al bajar la mirada y comprobar que mis brazos estaban incólumes, esto es, al ver que los lacerados cortes habían desaparecido sin dejar, siquiera, una cicatriz, no vi la menor necesidad de proceder de ese modo. Cansado y creyendo haber dado con la respuesta correcta, me arrellané sobre la cama, y solo entonces fui consciente de cuan angosta era, como si por un buen rato hubiese olvidado que ya no era un niño, empero, sintiéndome lo suficientemente cómodo para que un plúmbeo sopor se adueñara de mis pensamientos. No pude evitar emitir un sonoro bostezo, que no consiguió sino redoblar mis súbitas ganas de dormir, y, de un modo irresponsable, me acomodé sobre la almohada y cerré los ojos decidido a dormir para despertarme. Todo parecía indicarme que me sumiría en un sueño profundo de un momento a otro – y quizá por la mañana fuera capaz de hallarle un sentido a todo aquello –, pero algo hizo que me incorporara dando un respingo: «tacatac-tacatac-tacatac»-«tacatac-tacatac-tacatac». ¡Cuán imprudente fui al comportarme de semejante modo, pues, alienado por mis melancólicos recuerdos me había olvidado de aquel inicuo jinete que me iba a la zaga!


Sintiendo como mi corazón desbocado daba brincos en el interior de mi pecho, me asomé por la ventana sin dilación alguna, y contemplé con pavor como el jinete avanzaba con paso inexorable decidido a mancillar el rincón más sacro de mi mente. Olvidando por un momento que me hallaba en el orbe de lo onírico, y que por ende nada obedecía a los dictámenes de la realidad, sospesé de forma circunstanciada cómo era posible que me hubiese encontrado si la neblina tendría que haber ocultado mis pasos, y me dije que mi imprudencia estribaba en no haber sido cuidadoso a la hora de ocultar mis huellas, claramente holladas en el camino. Aquel ser infernal había seguido con destreza mi horma, y mi única esperanza de imponerme era henchirme de valor y enfrentarme al que se había proclamado como mi feroz enemigo. Por desgracia, seguía careciendo de una opción viable de luchar al no disponer de un arma del que hacer uso – mi padre, un hombre intachable, siempre se había opuesto a las armas, y por tanto en casa nunca hubo nada parecido –, y tuve que hacer alarde de inventiva. Fragüé un plan de actuación tan presto como me fue dable, sabía que pecaba de excesiva simpleza, y que para que surtiera efecto debían confluir una serie de factores no poco fortuitos, pero por entonces de se me ocurrió nada mejor.


No bien aquella entidad fantasmagórica y espectral traspuso la puerta principal, que pareció estremecerse de dolor por su mera presencia, me las compuse para que me observara bajando al sótano; cosa que conseguí esperando junto a la entrada y no iniciando mi precipitado descenso hasta que me hube cerciorado de que había sido visto. Admito que procedí de forma temblorosa y vacilante, pues jamás pude preterir las consecuencias de ser atrapado. Cerré la puerta tras de mí de un fuerte golpe, y a partir de ese momento solo dispuse de unos efímeros segundos para llevar a término lo que había pensado: una jugada riesgosa de la que dependía mi total éxito o mi irremediable fracaso. Justo en la mitad de la pared izquierda de las escaleras se abrían dos puertecitas ocultas, perfectamente disimuladas con los colores y los materiales circundantes, a las que solo se podía acceder pulsando un botón secreto.


Otrora aquel angosto boquete no era sino un armario, pero mi hábil padre lo transformó en mi personal escondrijo, donde acudía por sistema siempre que necesitaba pasar un tiempo solo. De pequeño creía que aquel era un lugar seguro en que podía disfrutar de mi soledad, mas no fui capaz de entrever que, dado que siempre escogía el mismo sitio, era la forma de que mis padres me tuvieran localizado aun cuando pretendiera esconderme. Valoré como paradójico el hecho de tener que valerme de aquel escondite tantos años después de su último uso, mas la situación de necesidad me hizo pensar en este matiz como algo superfluo que debía ignorar. Una vez conseguí encaramarme dentro, cosa que perpetré sin excesiva dificultad no obstante de mi actual tamaño dado que el espacio del que antes fuera un armario era suficientemente grande – aunque bastante justo, dicho sea –, los goznes de la puerta del sótano anunciaron la entrada de aquella entidad sin rostro que me perseguía.


Temiendo que mi atroz nerviosismo, que me hacía temblar sin tasa, develara mi posición, traté de mantenerme lo más quieto posible y, mientras trataba de ejercer el máximo control sobre mí mismo, oí con desdén como los antañones escalones crujían doloridos al ceder al peso de aquella estigia criatura. Se deslizaba con suma facilidad no obstante de su atavío, y enseguida, con una demora de unos efímeros segundos, rebasó el sitio en el que me hallaba escondido, redoblándose en ese preciso momento mis fundados temores. Al pasar por delante de allá donde me hallaba escondido, pareció vacilar un segundo – bien porque escrutaba el sótano antes de bajar receloso de que le esperara agazapado en alguna esquina, o bien por motivos inhumanos que, nacidos de los funestos pensamientos de este ente, no fui capaz de elucidar –, y creí que mi corazón iba a detenerse ante la inminencia de lo que temí que iba a pasar. Tuve que hacer un esfuerzo denodado por evitar que mi agitada respiración no revelara mi presencia, pero al poco los desvencijados escalones comenzaron a crujir nuevamente, y ello morigero mis ánimos exaltados. No bien oí el último chirrido, esto es, al valorar que aquella entidad se había apersonado allá donde necesitaba tenerla, salí con presteza de mi escondrijo tratando de no hacer ruido – algo que debí conseguir con sumo éxito puesto que no hubo reacción alguna por parte de mi persecutor –, y ascendía hacía el exterior.


Conseguí desplazarme sin levantar sospechas procurando no pisar la parte central de los escalones, pero un error de cálculo y la consiguiente pérdida de equilibrio revelaron mi posición; si bien, no obstante, ya era tarde para que mis planes se vieran frustrados. Apostado en la parte alta, cerré la puerta de un fuerte golpe, y sin vacilaciones eché el grueso pasador y coloqué un candado que siempre había estado guardado en una cómoda no muy lejana de la posición – y que por suerte volví a encontrar allí –. La reacción del cazador cazado no se hizo de esperar y, viéndose atrapado de un modo tan humillante por aquel que, supuestamente, era su víctima, comenzó a aporrear la salida con fiereza bestial amenazando con hacerla saltar de sus herrumbrosas bisagras de un momento a otro. Supe entonces que la endeble puerta no resistiría sino muy poco, y me acordé – algo que no había tenido en cuenta hasta el momento – de que aquella maligna deidad cargaba con una espada flamígera, que, en efecto, no tardó en utilizar.


Celebré haber logrado contener a mi persecutor, mas fui consciente de que mi ardid solo sería eficaz durante una infinitesimal fracción de tiempo; a menos que hiciera algo por remediarlo. Tras oír como el avezado espectro la desenvainaba con envidiable pericia, observé como la ensartaba por entero, y me apercibí que mi treta solo conseguiría proporcionarme unos segundos de ventaja. Así como un niño pequeño que observa la destrucción de su castillo de arena por mor del impacto de unas olas de marea alta que su cándida mente no había previsto en sus planes iniciales, algo que le conturba y le hace rabiar, así, del mismo modo, contemplé la deflagración de mis intenciones. Fui consciente de que mi única posibilidad de ulterior supervivencia estribaba en el hecho de lograr contener a aquella criatura desatada, que parecía en franquía de perseguirme hasta el infinito mismo, y al fin elaboré un último plan de ataque a la desesperada.


Corrí despavorido hasta la cocina mientras imploraba al cielo que aquello que buscaba se hallara en su condigno lugar – al fin y al cabo hacía innúmeros años que no estaba en aquella casa, la que me viera crecer –, y celebré para mis adentros encontrar una caja de cerillas por estrenar en el pequeño cajón que se abría justo debajo de los fogones. Salí por la puerta trasera del que fuera mi hogar sabedor de que la maligna deidad derribaría la puerta con uno o dos embates más, y, hallándome en la seguridad del jardín trasero, saqué una cerilla y la prendí a la primera tras rasguearla contra la cinta lateral con habilidad. Vacilé un segundo sin saber qué hacer, pero enseguida lancé el flamígero fósforo contra la pared que quedaba más cercana a mi posición. La reacción fue inmediata, y una sonora deflagración incendió la totalidad del edificio con gigantescas llamas – porque, al remate y aunque entonces no fuera consciente de ello, todo no era más que un sueño –.


El impenitente fuego se esparció alígeramente por doquier, devorando sin conmiseración todo aquello que osaba cruzarse en su paso, y no tardó en alcanzar la posición de mi acérrimo enemigo. Lamentablemente, no pude ver cómo aquel demoníaco numen, que hasta entonces me había perseguido con la mera intención de matarme, se convertía en el pasto de las llamas, pero unos inconfundibles chillidos agudos y estridentes llegaron hasta mis sensibles oídos. Dediqué unos segundos a observar con deleite el crepitante arder de la etérea construcción – que derramó una luz cegadora sobre las hasta entonces impenetrables tinieblas –, y no pude evitar que cierta tribulación se adueñara de mí al ver incendiarse por vez segunda la que fuera la casa de mi infancia. Poco después oí como la cabalgadura de aquel jinete inmisericorde rechinaba doloridamente cuando también se vio alcanzada por las llamas, y unos segundos después me hallé solo junto a la Luna, que seguía observándome con su gélido rostro sin inmutarse ante el postrer cariz de los acontecimientos. Supe que mi huida había acabado de forma definitiva, y celebré haber procedido como lo había hecho pese al alto precio que tuve que pagar. In fine, un telón negro se deslizó silentemente ante mis ojos, y entonces me apercibí de que iba a despertar.


* * * * *


Sintiendo una ingrata y tirante pesantez en mis sienes, al igual que acaece cuando se duerme demasiado, me desperté arrellanado en mi propia cama bañado por los indolentes rayos de una Luna pálida que se infiltraban por entre las aperturas de las vaporosas y cimbreantes cortinas de mi habitación. Cual si necesitara de una rápida comprobación que mi indicara que no seguía durmiendo, me incorporé de un respingo y alcé mi mirada al cielo, comprobando con fruición que un dosel de titilantes estrellas presidían la aun opaca noche. Convencido de que estaba despierto y jubiloso de haber conseguido contener a aquel que solo fraguaba males contra mi sosegada persona, me senté sobre la cama, y dediqué unos segundos a reflexionar sobre todo lo acontecido hasta entonces. ¿Cuál era la verdadera naturaleza de aquel jinete galopante obsesionado en atraparme y en atarme en las tinieblas? ¿Acaso era una concretización de todos mis pecados pasados, que, arrancados de los rincones más íntimos de mis recuerdos, se habían corporeizado para exigirme el pago de mis cuentas acumuladas? Y, obedeciendo al principio de la máxima parsimonia, ¿lo más probable no era que se tratara de una pesadilla en el fondo desguarnecida de todo ribete de sentido, y que solo había sido orquestada por una mente cansada de tanto trabajar?


No conseguí hilvanar una respuesta hermenéutica que me pareciera medianamente capaz de conferir sentido a mi truculento sueño, pero el simbolismo inherente al hecho de ver arder mi casa de la infancia por vez segunda no me pasó desapercibido. ¿Qué significaba? Pese a que la interpretación de sueños no sea mi punto fuerte – nunca pensé que fueran capaces de transmitir nada más allá de algunos deseos ocultos –, creí que entrañaba la inarticulada voluntad de librarme de una traba que hasta entonces barraba mi camino. No me considero en absoluto una persona inmadura, si bien, teniendo en cuenta la naturaleza de lo soñado, todo parecía indicar que había conseguido librarme de mi última trabazón con mis años pasados, que me anclaban. No obstante, al punto fui consciente de que el elemento más significativo de aquel mundo mefistofélico en el que me había visto atrapado como por arte de nigromancia era la victoria – aunque puede que pírrica – sobre el que se hubiera convertido en mi aciago persecutor: había encerrado a aquel demonio castigador dentro de los límites del que otrora fuera mi mejor baluarte y, habiéndolo conseguido, terminé con su vida y con los abrojos que pretendiera infligirme.


Llegué alegremente a estas últimas conclusiones, y solo entonces pude descubrir cuan equivocado me hallaba en mis apreciaciones. La crispación visceral que me indicó la presencia del maligno numen en mis sueños volvió a materializarse en mi cuerpo de forma insidiosa, y sentí que, habiendo escapado del cerco de mis sueños, una criatura de intenciones desconocidas se materializaba en la habitación adyacente a la mía. Primero no era más que una sensación indefinida, pero fue creciendo paulatinamente hasta convertirse en algo casi tangible. Mi persecutor me había encontrado más allá de mis pensamientos, y ahora no tenía modo alguno de huir. Alguien llamó a la puerta de mi habitación haciendo chocar sus nudillos sobre el maderamen de la puerta – «Toc-toc-toc», tres sonidos sordos que se sucedieron planificadamente espaciados entre sí –, y supe que la criatura atroz jamás desistiría hasta que sus garras azabaches se hendieran en mi rosácea carne y trituraran mi blanca osamenta. Al fin, tras tanto tiempo, su naturaleza de aquella que me perseguía y que ahora llamaba a mis aposentos me fue revelada: ¡Ella! ¡Era ella! ¡Era ella! Era la muerte.


FINIS OPERIS

Lloret & Sirerol

En Pego, a 05 de Julio de 2019

6 de Julho de 2019 às 04:44 0 Denunciar Insira 1
Fim

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