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Las artes bípedas

El sol como plata se hallaba en su cénit vespertino, y con su manto asfixiaba la tierra. Sólo los árboles fueron capaces de resistir tal sobre-protección, así ascendieron como refugios para toda vida.


Barlú era un ser de los árboles, y lejos de ellos no gustaba mucho de la vida. El mundo exterior le era aterrador, plagado por bestias carnívoras y calores malévolos; mas bajaba de cuando en cuando hacia el riachuelo, la única fuente de la vital ambrosía.


Pero lo que Barlú no sabía, ni nadie de entre su linaje, los Ard, era que la madre Gaia siempre se encuentra cambiando de bellas prendas. Lento e imperceptible el manto solar incidió con mayor peso, así hubo mortandad de árboles y las aguas se secaron.


La ponzoña del estómago bramaba y entre gritos desgarraba sus adentros, en tanto las zarpas de sed rasguñaron sin piedad; pronto descendió, hundido entre gran terror y ansiedad, porque emprendería un viaje a los confines del horizonte.


Las espigas se alzaron, millones de ellas sin término alguno, secas y punzantes. Barlú el melancólico hubo de ingeniárselas, y cada tanto tiempo erraba a dos piernas, tal como los pájaros, de modo que pudiera sortear mejor los obstáculos de tan hostil laberinto.


Los Ard ya poseían cierta destreza para las artes bípedas, aunque las piernas de ninguno se esperaban un desafío como el de entonces. El dolor invadía al errante quien debía obligarse a proseguir, sin embargo era derrotado, y con frecuencia se humillaba a gatas mientras el sol le castigaba con latigazos.


En uno de aquellos días en que la tortura de la hierba y del sol azotaban sin clemencia, él alcanzó a percibir una fragancia, así algo retornaría su mente a días de hospitalidad y goce. Logró la suficiente energía como para alzar victorioso la espalda, y casi a trote esquivó la hierba, con miras a una depresión entre los verdugos cereales.


Arribó a aquel sitio, donde casi desmayó; se sentó sin gesto, su mente se hallaba en caos total, y no podía hacer más que contemplar el suelo carmín. Ahí un cráneo destrozado de pantera imponente, cuyos gajos cortaban la piel que le protegía; encima una roca sostenida por una valerosa doncella, pero no podía hablar, sus ojos miraban fijos, en tanto de su vientre escurrían las vísceras bañadas en espesa escarlata.


Entre lo hedores una nueva fuerza incomprensible se hizo con el control de la mente de Barlú. Él se acercó a merced de su frenesí interno, y se dejó esclavizar por la gula inescrupulosa; porque una carne era muy dura, fea, en tanto la otra fue más suave, apetecible, tan sólo había que deshacerse de las grotescas vísceras. De un momento a otro su panza quedó a reventar, y sus maltratados pelajes se entintaron por entero; el rojo hierro le perfumó completamente, así se tumbo al suelo.


Poco a poco las emociones de Barlú se atenuaron, dialogaron, y tuvo momentánea paz. Por fin recuperó la escucha, y percibió el melancólico y tierno llanto de un bebé. Algo extraño emanó del errante; fuese lo que fuese, incentivó al glotón moribundo a brindar abrigo al indefenso, que se hallaba igual de hambriento.


Los días pasaron, por entre las piedras volvió a andar un ente esquelético, héroe indómito que brindó soporte y auxilio a Ivoc, el pequeño, cuando más lo necesitaba. Barlú se encontraba devastado, apenas le quedaban fuerzas de la carne, hacía ya muchas lunas que comió, y los pocos insectos y raíces que encontraba prefería compartirlos con Ivoc, de temple siempre angustiado.


Tras unas cuantas lunas divisaron una gran pared, a la que se acercaron con cautela hasta un día divisar algo tan bello, tan magnífico, que las emociones de ambos chocaban y no conjugaban entre tanta estupefacción. Aquel cañón se auto-coronaba con troncos de anciana plata y hoja olivo.


Barlú se tambaleaba y zigzagueaba, sus aires ya comenzaban a esfumarse, sin embargo se preparó para la máxima hazaña. Sus manos se quemaban y no le importó, sus pies sangraban y los ignoró, he ahí una tarántula de cuatro patas, muy débil, muy delicada, pero con una carga de valor inmensurable para el futuro.


El sol fue eclipsado, justo en el borde del cañón, como si emergiera la silueta de un elegido divino. Primero alzó su pequeña mano, luego su pie, y por fin se arrastró firme y trotó erecto, mas entonces se detuvo, el amor le hizo virar los ojos, pero ya no... Su salvador desapareció en silencio, y el sonido del llanto acarició los níveos troncos.


El pequeño Ivoc se recostó sobre el crujir de suaves hojas, y disfrutó plenamente de la dulce sombra arbórea, por fin en mucho tiempo. Al caer las tinieblas se apresuró a la cima de aquellas torres, donde podría tener mayor seguridad que en tierra. En ese refugió subsistió mediante hormigas, hojas y raíces durante muchos días, entonces ocurrió otro milagro, que el padre cielo por fin volvió a llorar, y con sus lágrimas sanó a aquel pequeño y a toda la vida alrededor.


Ivoc pronto recuperó sus fuerzas e ímpetu, tanto así que se aventuraba a explorar los alrededores de su fortaleza, siempre erecto para hacer mejor guardia. Durante un ocre atardecer, en tanto se encontraba en su rutina de reconocimiento, algo ocurrió que desenterró de sus adentros emociones de regocijo y confusión, porque divisó desde la orilla del acantilado la llegada de nuevos veteranos del linaje Ard.



Ardipithecus, de los primeros simios que desarrollan adaptaciones para caminar erguidos, a pesar de que continuaban equipados para la vida arborícola, hace unos cuatro millones de años. Otros primates algo más antiguos con características bípedas son Sahelantropus tchadensis y Orrorin tugenensis. Imagen: Science.








25 de Junho de 2019 às 03:39 1 Denunciar Insira 2
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Conheça o autor

Sapio hijo de Xénrroel Encuentro apasionante el enfocar mi vida a conocer las grandes cuestiones del mundo y más allá, en medio del nihilismo hedonista en que vivimos, del cual a veces también soy partícipe... Y sin embargo, giro.

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Frank Boz Frank Boz
Genial las referencias hacia las fuerzas elementales del mundo. Una muy linda historia Eden. Bastante pulida y muy bien cuidada. Me gustó mucho tu historia.
29 de Junho de 2019 às 10:19
~