16·11 Seguir história

khbaker K.H Baker

Un crimen. Un culpable. Un inocente. Muchas víctimas. ¿Cómo demostrar tu inocencia cuando todos te tienen miedo?


Drama Impróprio para crianças menores de 13 anos. © https://www.safecreative.org/?wicket:interface=:11::::

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Capítulo 1

1

La punta de un bastón asomó por la puerta de la habitación 16·11 cuando nadie miraba. El extremo, ligeramente afilado, resplandecía con suavidad, y cuando entró en contacto con la piel desnuda del cuello de Eija Nilssen, la joven se retorció como si llevase decenas de pirañas dentro de su pijama. A pesar de la inanición de la joven, su cuerpo se zarandeó con energía hasta que, a causa de la electricidad que recorría su cuerpo una y otra vez, despertó, cayó de la cama, retrocediendo después hasta que su espalda quedó pegada contra la pared.

Su mirada recorrió todas las esquinas de la habitación y acabó en la puerta, donde se encontró con la mirada del guardia que cada día la despertaba de la peor forma posible. El tic-tac del reloj se presentó una vez más como si formara parte de su cabeza, y aunque no podía verlo porque estaba colgado en la parte de fuera de la puerta, sabía que estaba ahí, incesante, segundo a segundo, tic-tac, tic-tac, tic-tac. Por mucho tiempo que llevase encerrada, no era capaz de acostumbrarse a aquel sonido, día y noche… ¡Já! Si tan solo supiera cuando era de día y cuando de noche… Pero no, lo peor, no era el sonido. Lo peor, no era el tic-tac… Lo peor, era cuando se abría la puerta y podía ver el reloj colgado en su puerta. Lo peor, era cuando al contrastar la hora con la que marcaba el reloj del paciente que vivía en la habitación de enfrente, veía que este no marcaba la misma hora que el suyo. Lo peor, era no saber qué significaba aquello, no saber por qué los demás tenían una hora distinta a la suya. Lo peor, era la incertidumbre…

Eija llevaba allí nada más y nada menos que un año. Durante todo aquel tiempo, ella había persistido en su inocencia, pero las circunstancias en las que la habían encontrado eran incriminatorias y las pruebas claras. Asimismo, no podía ser encarcelada puesto a que su historial médico lo impedía.

Desde el momento en el que la encerraron en aquel lugar, ella no puso impedimento alguno, y aunque las cosas que decía tenían sentido, había momentos en los que sus palabras contradecían y cuestionaban todos los avances que hacía. El guarda, Olaf Gustafsson, había desarrollado intolerancia hacia la joven, él mantenía que la había visto hacer cosas raras, que ella no era del todo normal y que todos sus avances no eran más que mentiras que intentaban asegurar su puesta en libertad.

—¡Despierta! —exclamó Olaf—. Te toca la medicación.

Eija le miró desafiante mientras se rodeaba las piernas con los brazos y, tras apartarse un mechón de cabello de delante de la cara, asintió. Todos los pacientes sin excepción debían cumplir una norma bastante simple, debían pegar su cuerpo a la pared del fondo antes de que los doctores entraran con la medicación. Aquella institución era famosa por la agresividad de sus pacientes, y precisamente era por aquello por lo que Olaf fuese el primero en entrar con aquel artefacto. Normalmente tan solo usaba aquella cosa con los pacientes que se revolvían en su contra, pero con Eija siempre hacía una excepción, de tal modo que ella ya se había acostumbrado al hecho de que la agrediese de aquel modo.

El doctor entró poco después de que Eija encogiese sus piernas y se cubriese los pies descalzos con las manos, la miró y esbozó una leve sonrisa que pretendía ser amistosa, pero que realmente escondía el miedo que sentía por ella.

—¿Cómo se encuentra hoy, señorita Nilssen? —preguntó el doctor mientras dejaba dos vasos de plástico en el suelo. Uno contenía agua, el otro cinco pastillas distintas.

—Puedes llamarme Eija, ya lo sabes, Chris —respondió ella. En otro tiempo, Eija y Christoff habían tenido algo parecido a una relación, que se fue al traste cuando a ella la ingresaron en aquel lugar. Al ver que él no respondía, ella se encogió de hombros—. Estoy bien —Instintivamente, su mirada se desvió hacia Olaf, a quién miró con cierto resentimiento antes de volver a mirar al doctor.

—¿Tuvo pesadillas? —preguntó mientras sacaba una pequeña libreta. Eija negó con la cabeza—. No me mienta, señorita Nilssen.

—No miento —respondió ella.

Tras su respuesta, Eija bajó la mirada y se puso a cuatro patas, comenzando a gatear hacia delante. Como si fuese un acto reflejo, el doctor retrocedió y Olaf se puso delante de él, alzando el bastón cuya punta comenzó a brillar de nuevo. Eija se detuvo, se sentó sobre sus propias piernas y alzó las manos mientras bajaba la cabeza. Un gesto de sumisión que había aprendido a hacer a menudo, tras comprobar que todo el mundo allí, pacientes incluidos, le tenían miedo.

—Solo quiero coger la medicación —dijo casi en un susurro.

El doctor posó su mano sobre el hombro de Olaf y él bajó el bastón. Solo entonces fue cuando Eija avanzó de nuevo hasta coger ambos vasos, retrocediendo de rodillas hasta acabar en su posición inicial, con la espalda pegada contra la pared. Intentando no llevar la mirada a ninguno de los dos hombres que se encontraban al otro lado de la habitación, Eija centró su atención en las pastillas, y su rostro cambió por completo al verlas.

—¿Pasa algo, señorita Nilssen? —preguntó el doctor, todavía con el cuaderno y el bolígrafo en sus manos.

—Hay una pastilla más que ayer —replicó suavemente ella.

—Ayer sufrió una crisis, queremos asegurarnos que no le pase de nuevo —explicó el doctor.

—No sufrí ninguna crisis —negó ella con la cabeza.

—Afirmó que alguien quería matarla.

—¡Querían matarme! —exclamó Eija, alzando ligeramente el tono de voz. Al ver el rostro hostil de Olaf, suspiró y volvió a bajar la mirada.

—Señorita Nilssen, aquí no había nadie —insistió el doctor—. Acudimos en cuanto vimos que se revolvía en su cama, las cámaras de seguridad lograron captar cada segundo y, repito, aquí no había nadie.

Eija negó con la cabeza y volvió a suspirar. Después, cogió las pastillas que había en el vaso y fue tomándoselas una a una con un sorbo de agua. Después de acabar con todas las pastillas, se bebió lo que le quedaba de agua en el vaso y respiró profundamente. La medicación era prácticamente casi todo lo que comía, la sedaban de tal manera que, cuando despertaba, no le quedaban ganas de comer.

El doctor la miró fijamente y Eija supo qué era lo que quería de ella. El procedimiento estándar se veía multiplicado cuando se trataba de ella. Eija abrió la boca y sacó la lengua para mostrar que en el interior no quedaba rastro de ninguna pastilla. Después, con los dedos meñiques, estiró sus carillos para mostrar los laterales de su boca.

—¿Contento?

El doctor asintió y volvió a esbozar una pequeña sonrisa que a Eija le dolió en lo más profundo de su alma.

—Volveré a verte esta noche —dijo el doctor antes de salir de allí.

Aunque él ya no la veía, Eija asintió y centró su mirada en Olaf. Ambos se desafiaron con la mirada pero, como todos los días, él debía irse y ella simplemente debía quedarse sentada sin hacer nada hasta que las pastillas le hiciesen efecto, por lo que Olaf apartó la mirada a regañadientes, provocando que Eija curvara ligeramente sus labios en una sonrisa.

Cuando la puerta se cerró, dejándola sola en aquella habitación, Eija volvió a la cama de donde Olaf la había sacado a base de descargas eléctricas y cubrió su cabeza con las sábanas. Las cámaras grababan durante todo el día, aunque no hubiese movimiento alguno en la habitación, pero a ella le traía sin cuidado, pues solo podrían captar un bulto bajo las sábanas, como si la medicación la hubiese dejado fuera de juego y solo quisiese dormir. Sin embargo, ella sacó las pastillas mojadas de debajo de su lengua, las deshizo con los dedos y tiñó el interior del forro de la colcha. Eija se había estado fijando en que siempre recogían las ropas de cama del mismo modo. Primero, sacaban la parte inferior de debajo del colchón. Por último, abrían los brazos, cogían los dos extremos al mismo tiempo y arrastraban la colcha hacia el centro, haciendo de ella una bola antes de echarla al carro de la ropa sucia.

El día pasaría mucho más lento sin estar medio dormida a causa de la medicación, pero no podía dejar que siguieran aumentándosela. Ya no era cuestión de seguir demostrando o no su inocencia, sino de eliminar el malestar y el mareo que le producía tomar todo aquello.


2

Los pacientes desentonaban una canción de cumpleaños, sus voces estaban apagadas pero aún así, Eija podía escucharlas desde su habitación. Había tenido que fingir que estaba cansada y adormilada, pero sin saber el tiempo exacto que transcurría, era complicado saber hasta cuando debía mantener la farsa.

Cuando escuchó las primeras notas que comenzaron a sonar en el exterior, Eija se destapó lentamente y, todavía con los ojos cerrados, se sentó sobre sus propias piernas. Tardó un poco en abrir los ojos, pero cuando lo hizo, la puerta de su habitación estaba abierta y pudo ver –por el reloj que colgaba de ella– que eran las tres. La primera vez que se abrió la puerta por la mañana, eran las seis, lo cual era imposible ya que eso significaría que habían pasado nueve horas desde entonces. Con la mente fresca y despejada, Eija llegó a la conclusión de que cambiaban la hora de su reloj constantemente, quizá para confundirla, aunque cabía la posibilidad de que alguien estuviese haciendo aquello para que la medicaran con más frecuencia.

Olaf volvía a estar allí con aquella cosa en sus manos. La miró con una sonrisa que dejaba a la vista sus dientes, pero no se acercó. Ella supuso que si no la pillaba por sorpresa, no tenía gracia atizarle con aquella punta eléctrica.

—¿Se te ha perdido algo? —preguntó ella. Olaf no respondió, se limitó a llevar su mirada hacia el doctor que entraba con una camisa de fuerza—. ¿Qué es eso?

—He pensado que le vendría bien relacionarse con tus compañeros —dijo el doctor—. Lleva sin salir de aquí desde que la trajeron.

—¿Para qué es la camisa de fuerza? —preguntó ella, aunque en el fondo lo sabía.

—Tenemos que asegurarnos de que no le hace daño a nadie —explicó el doctor—. Dese la vuelta, señorita Nilssen.

—Estás de broma, ¿verdad, Chris?

—Por favor… —clamó el doctor.

Olaf se adelantó y, tras dejar el bastón apoyado en la pared más alejada de Eija en esos momentos, cogió la camisa de fuerza, antes de acercarse a ella.

—No me toques —susurró ella, pero Olaf no le hizo caso.

Le cogió las manos a la fuerza y le colocó, una por una, las mangas, mientras ella se retorcía e intentaba oponerse a aquella barbarie. Resistirse de aquel modo no jugaba a su favor, sobre todo porque desde que la internaron en aquella institución, no se habían cometido más crímenes, lo cual apuntaba con más firmeza en su dirección.

Los gritos de Eija resonaron en aquellas cuatro paredes hasta que Olaf, ejerciendo toda su fuerza, la tumbó boca abajo, para poder atarle la camisa a la espalda. Entonces, sus gritos se vieron silenciados gracias a la almohada. Por un momento, Eija pensó que Olaf la dejaría en aquella posición hasta que se asfixiara pero, al contrario de lo que ella pensaba, la soltó cuando acabó de asegurarle la camisa. Ella ladeó la cabeza hacia el lado en el que se encontraba el doctor y le miró suplicante. El rostro del doctor reflejaba dolor, pero él no era quién tenía que estar sufriendo tales vejaciones, por lo que su pena no significaba nada para Eija. Él podía sacarla de allí si quería, sin embargo allí estaba ella desde hacía tanto tiempo, sin ayuda ni compasión por parte de nadie.

Olaf la enderezó y ayudó a que se pusiera en pie. Ahora que su cuerpo presentaba mucha más calidez a causa de la batalla que había perdido, sentía que el suelo estaba más frío de lo normal. El doctor dejó unas zapatillas de paño en el suelo para que no saliese descalza de su habitación y ella, sabiendo que si se resistía acabaría perdiendo de nuevo, se las puso sin objetar.

Bajo la atenta mirada de aquellos dos hombres, Eija salió de su habitación y se unió, sin ganas, a los demás pacientes. Unos se balanceaban en sus asientos, otros daban palmas mientras animaban una canción que ya había terminado, pero ninguno de ellos llevaba una camisa de fuerza puesta.

—¿Por qué los demás no tienen que llevar esto? —preguntó Eija, mirando al doctor—. Todos son potencialmente peligrosos para la sociedad…

—Sabes perfectamente por qué debes llevarla tú —susurró el doctor, tratándola de tú por primera vez en todo aquel año.

Cuando llegaron al centro del salón principal, Olaf cogió el brazo de Eija y lo apretó cuando nadie miraba, obligándola después a que se sentara en una silla libre. Ella se revolvió una vez sentada y le miró con repulsión, un sentimiento recíproco. Ella llevó la mirada hacia el doctor, pero ya era tarde, él se estaba alejando de allí, dejándola con todas aquellas personas que ni siquiera conocía de vista, y con un hombre que la odiaba como si ella fuese el mismísimo demonio hecho carne.

—¿Quieres un poco de tarta? —preguntó Olaf con sorna. Ella no respondió, de todos modos, él no necesitaba su permiso, cogió un trozo de tarta y se lo metió a la fuerza en la boca, provocando que ella comenzara a escupir lo poco que había entrado en contacto con sus papilas gustativas.

Era increíble como cambiaban las cosas, hacía un año llevaba una vida totalmente normal, estudiaba psicología y estaba a punto de acabar la carrera, pero todo se torció el día en el que decidió ir a la fiesta de una de sus compañeras de clase. Se suponía que iba a ser una fiesta tranquila, la última antes de la graduación, pero todo se salió de control alrededor de las tres de la madrugada. Para cuando despertó, toda su vida había cambiado.


3

Un año antes.

—Como me duele la cabeza… —susurró Eija todavía con los ojos cerrados, mientras se llevaba las manos a la cabeza—. ¿Puede alguien bajar las persianas? ¿Me escucháis o estáis sordos?

El sonido de la puerta cerrándose hizo que Eija se quitara las manos de la cabeza y abriera los ojos. La escena que se extendía a lo largo de todo el salón le heló la sangre. Lo último que ella recordaba era que había bebido demasiado y que uno de sus compañeros había intentado abusar de ella, a lo que respondió de una forma poco ortodoxa, pero nunca pensó que la cosa fuese más allá, sin embargo ahora, sobre la alfombra de la casa de su mejor amiga, reposaban los cuerpos de dieciséis estudiantes.

Al otro lado del salón, pálido y con la mirada desorbitada, se encontraba Olaf. Él era el hermano de su mejor amiga, era unos años mayor que ellas pero aún así, siempre había cuidado muy bien de las dos. Sin embargo, en esos momentos la miraba como si fuese el peor de los monstruos.

—¿Qué…? ¿Qué ha pasado? —Eija dio un par de pasos, tambaleándose a causa del mareo repentino que le supuso ver aquella escena. Olaf retrocedió asustado y con los puños apretados.

Eija paró justo enfrente de un espejo, del mismo delante del que ella y Laila habían cantado tantas veces cuando eran pequeñas y fingían que iban a ser grandes estrellas de la música. Sus manos estaban llenas de sangre, al igual que su ropa, su cuello y su frente. Sin poder evitarlo, vomitó allí mismo, en mitad de todo aquel estropicio. Con los ojos anegados en lágrimas, Eija cayó de rodillas en el suelo, frente a su propio vómito y miró a Olaf, que había sacado su móvil.

—Necesito que mande a una patrulla —dijo Olaf con la voz trémula—, al 725 de Strandvagen. Una mujer ha matado a mi hermana y a sus amigos…

Tras aquella llamada, Olaf colgó el teléfono y se quedó en aquella posición, de pie, inerte y con la mirada llena de odio clavada en Eija.

—Olaf, yo… —susurró Eija con la voz quebrada.

—Cállate… —respondió él—. Mi familia te acogió cuando eras pequeña, te pagó los estudios… Y tú nos lo pagas así… —Olaf apretó la mandíbula y se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda en la pared, pero sin dejar de mirar a Eija—. Debí pensar que eras como tu madre.

—Yo no… —comenzó a decir ella con lágrimas en los ojos.

—He dicho que te calles —repitió él.

La sirena de policía cada vez se escuchaba más cercana y, cuando aparcó frente a la casa, Olaf hizo acopio de todas sus fuerzas para ponerse en pie y abrir la puerta. Cada paso que daba simulaba el de un muerto viviente, su palidez se notaba más en contraste con la luz de la mañana y, cuando se giró una última vez para ver como los agentes que habían entrado arrestaban a Eija, ella pudo ver como las lágrimas brillaban a lo largo de su rostro.

Los siguientes sucesos pasaron demasiado rápido, tanto que su memoria se negó a almacenarlo. Lo único de lo que era consciente era de la cara con la que Olaf le había mirado, aquel profundo desprecio, y la cara de repulsión de uno de los policías cuando vio la escena. Minutos después, fue conducida al exterior, guiada por los policías. En las aceras del vecindario ya se habían agrupado las personas suficientes como para que el rumor se extendiese en cuestión de horas por toda la ciudad.

Cuando la metieron en el coche patrulla, ella seguía mirando a Olaf, sentado en el bordillo de la acera. Sentía lástima por él y quería poder tranquilizarle de algún modo, pero él no iba a creer nada de lo que ella dijera. Nadie volvería a creer en sus palabras.

No era el primer asesinato que ocurría en una fiesta, pero ninguno de los demás casos se habían cometido con tal fiereza. Por supuesto, nunca encontraron al perpetrador de tales actos, pero ahora que la tenían a ella, iban a adjudicarle todos y cada uno de los asesinatos.

Olaf cambió ese día, Christoff también. Ambos habían sido testigos de cómo declaraban culpable a una mujer a la que, de una forma u otra, querían. La única persona que no había cambiado había sido ella, pero nadie le prestaba atención a sus palabras. De ese momento en adelante, sería una vulgar asesina y la tratarían como tal.

Desde el momento en el que su historial médico declaró que no era apta para el encarcelamiento, Olaf se volvió mezquino con ella. Él trabajaba en la institución Tromso, y cuando la internaron en aquel mismo centro, vio la oportunidad de devolverle todo el daño que ella le había causado. Era algo a lo que se había dedicado en cuerpo y alma, ambos lo sabían. Aquellos actos habían desarrollado en Eija un odio latente hacia Olaf, no por el trato que él le daba sino porque en una ocasión, ella le había mirado a los ojos y le había jurado que ella no había hecho nada. En lugar de creer en su palabra, Olaf se rió en su cara y la dejó en la soledad de su habitación. Fue la primera y la última vez que Eija juró que era inocente.

19 de Junho de 2019 às 17:34 1 Denunciar Insira 5
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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Una historia desesperante!
19 de Junho de 2019 às 13:39
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