Catrina Seguir história

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En el fondo sus espinas terminaron por tragársela.


Fantasia Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Corazón de espinas


Catrina


Salgo del pasillo con sumo cuidado, no vaya a ser que alguien me descubra. En mi mochila llevo los libros que saque de la biblioteca sin que nadie se diera cuenta. La suela de mis botines color negro rechinaba contra el suelo y eso hacía que mis nervios aumentarán. No quería encontrarme con nadie, no ahora que había descubierto lo que era y lo que podía ser capaz de hacer.

—¡Cat! —Una voz grito pronunciando mi nombre.

Mierda. Maldije mentalmente y me propuse caminar lo más rápido posible. Tristemente no fui lo suficientemente rápida, debido a que un cuerpo se interpuso frente a mi, impidiéndome cumplir mi objetivo.

—Cat —exhalo como quien hubiera corrido una maratón—, ¿estás evitándome?— cuestiono con una mueca triste en sus labios.

—Yo... —mire sus confundidos ojos verdes. Era tan lindo, y yo tan...yo.

—¡Didi! —exclamo otra voz y yo rodé los ojos ante el ridículo sobrenombre.

Declan me miro ignorando a la dueña de la voz, como esperando una respuesta por parte mía. Yo le devolví el gesto, pero sin decir nada. No quería lastimarlo y sin embargo, no era capaz de decirle la verdad.

—¡Didi!

La voz ahora se hizo más cercana, mostrando a una dulce chica de aspecto angelical, pero con una mueca de disgusto. Sus ojos grises parpadean con irritación y su cabello dorado se mueve en sintonía a su humor. Sí, estaba bastante molesta.

No pude mantener más la mirada al atractivo chico pelirrojo frente a mí. Así que la desvío. No lo aguantaba más.

—¿Declan, estás oyéndome? —llevo horas llamándote y tú pareces no oírme.

Karina Abeni se acerca hasta nosotros con el ceño fruncido, se dirige hacia el chico pelirrojo, pero a mi me da una sonrisa de suficiencia. En su defensa tengo que decir que no lo hace con mala intención. No es una mala persona, tal vez solo algo mimada y caprichosa.

—¿Declan? —insiste.

—¿Sí, Karina? — "Didi" deja de prestarme atención a mi y se la da a ella.

—Llevo una eternidad intentando llamar tu atención— reprende con una mirada molesta, tenemos que ver todo el asunto del baile y...

Aprovecho esa interrupción y escapo del escrutinio del chico zanahoria. Me doy la vuelta y siento su mirada atravesarme en todo momento. Joder. Que difícil que es esto.

Logro salir de la escuela justo antes de que timbre suena y suspiro con alivio. Camino hasta mi auto, abro la puerta y tiro mi bolso color marrón al asiento trasero. Me subo al asiento del conductor, poniendo la llave en contacto para luego arrancar en camino a casa.


***********

—Oh, hola señor risueño, ¿cómo te encuentras hoy? —cuestiono tontamente al viejo pitbull que entra a mi habitación. Es tonto porque ni es risueño, ni habla conmigo, pero logra hacerme compañía, qué es más de lo que puedo pedir.

El animal parece entender que necesito algo de cariño y se acuesta junto a mi en la desgastada alfombra de felpa. Antes era color rosa pálido, pero ahora se asemeja más a un café oscuro. Acaricio con esmero la cabeza de mi gran amigo y luego me enfoco nuevamente en la tarea que me asigne a mi misma. Cierro los ojos, con las manos en la tierra de un pequeño macetero intentando llamar a mis recién descubiertos poderes.

Voy a darme por vencida, cuando siento un calor en mis palmas y en la tierra, algo empieza a moverse dentro de la improvisada maceta. Sonrío cuando veo crecer entre mis dedos el tallo de una hermosa rosa. Una rosa roja.

Sigo presionando para ver hasta donde llega mi poder cuando siento varias punzadas que me hacen inmediatamente dejar de presionar. Maldigo viendo varias espinas clavadas en mis dedos. Aquí vamos de nuevo. Me estiro hasta alcanzar una cajita debajo de la cama y saco de ella una pinza, suspiro empezando a extraer todas las espinas de mi piel.

Si alguien alguna vez dijo que tener poderes era fácil, es porque realmente nunca conoció la parte difícil de ellos. El señor risueño intenta lamer mis heridas, pero yo lo alejo intentando que no encaje una de las espinas en su boca.

Voy a levantarme del piso para lavarme las manos cuando escucho la notificación de un nuevo mensaje en la grabadora de voz.

—Catrina, ¿estas ahí?

Corro hasta el teléfono con emoción al percibir que se trata de la voz de mamá. Por fin, después de tanto tiempo se acordó de mí.

—Este mensaje no será muy largo, así que necesito que escuches con atención.

Detengo mis pasos y trago saliva ante su tono seco. La decepción se apodera de mí.

—Tu padre y yo no podremos estar para tu cumpleaños, tenemos asuntos de suma urgencia que deben ser tratados. Espero, y no hagas un escándalo de esto, sé madura y cuida de tu abuelo. Te llamaré en cuanto pueda.

La llamada termina con el típico tono de teléfono, frunzo el ceño con rabia. Tomo los cables del teléfono arrojándolo al otro extremo del pasillo. Mis ojos escuecen con frustración y termino por quedar de rodillas en el polvoriento piso de madera. Siento un calor en el pecho que me hace querer destruirlo todo, pero sé que debo controlarlo. Aunque eso no evita que duela, me duele muchísimo.

En el piso de abajo escucho una puerta azotarse, no le doy importancia. Las lágrimas se escurren sin que pueda evitarlo por todo mi rostro, no puedo dejar de sentir esa asfixia en mi corazón.

—¿Gatita? —el abuelo cuestiona en cuanto sube y me ve rodillas en el suelo y con la cara roja por el llanto.

—Oh, mi dulce caramelo —se acerca, arrodillándose e instandome a levantar, pero yo niego con las manos en mi rostro—, ¿qué ha sucedido para que decidas llenarte de polvo las rodillas?. Eso no es bueno para la piel, luego creas manchas que ya no se borran.

Sonrío mientras me limpio los mocos con la manga de mi suéter. Levanto la mirada y veo su gesto de preocupación. Abre los brazos y yo sin pensarlo dos veces me arrojo en ellos, metiéndome en un abrazo mortal que espero pueda reunir todos mis pedazos.

El abuelo deja un beso en mi cabeza y espera pacientemente que le cuente la razón de porque me encontró así cuando llego. Frunce el ceño en cuanto lo hago, maldiciendo en francés y alemán a mis padres, eso solo me hace amarlo más.

—No los necesitamos —exclama con determinación en sus bellos ojos color cielo—, haremos fiestas tan o más divertidas que cuando tenías cinco.

—Abuelo —río, dejando un poco de lado el drama anterior— ya no soy una niña, voy a cumplir diecisiete.

—¿Y eso qué? —sonríe—, para mi siempre serás mi pequeña gatita.

Quiero derramar lágrimas ante el hecho de contar con alguien como él, la vida no me premio con unos padres amorosos, pero sí con un abuelo excéntrico, amoroso y que es capaz de cubrir ese y todos los papeles necesarios en mi vida.

—Ahora levántate —aplaude con alegría— vamos a planear que tipo de pastel debemos escoger para organizar tu fiesta de cumpleaños. A propósito, qué te pasó en las manos?

Sonrío mientras niego con la cabeza e invento alguna excusa que lo haga desviarse del tema. El señor risueño nos sigue con alegría mientras nos dirigimos a la cocina.


*********

Suspiro con aburrimiento en medio de la clase de cálculo de la señorita Smith, a la espera de que mis compañeros terminen de realizar los ejercicios que anotó en la pizarra. Ejercicios que yo acabé hace ya varios minutos.

—Maestra —exclama de pronto una de las chicas junto a mí—, Catiboba no está resolviendo los ejercicios, maestra.

Frunzo el ceño ante la manera infantil y ridícula en la que me llamo, pero antes de que pueda defenderme, la maestra termina por tomar la hoja de ejercicios de mi mesa sin pedirme permiso. La sonrisa de suficiencia de la chica me hace rodar los ojos.

—Veo que terminaste los ejercicios, Catrina. Muy bien hecho, aumentaré cinco puntos a tu calificación final.

Sonrío orgullosa, asintiendo con gratitud y eso sirve para borrar la sonrisa de la molesta chica, ganándome una mirada de odio de su parte.

La clase se detiene cuando la campana suena, anunciando a todo el mundo el inicio de la hora de almuerzo. Dejo mis cosas sobre la mesa y me dirijo hacia la salida sin prestarle atención a la mirada de disgusto de quién me acuso y falló en su objetivo.

Inmediatamente quiero darme vuelta cuando presencio la escena frente a mi. Declan junto a Karina, tomados de la mano mientras esta besa su mejilla y el la toma de la cintura.

—Oh, pobre Catiboba —se burla la misma chica de antes —¿tu príncipe ya encontró a su princesa?

Ruedo los ojos ignorándola, cambiando mi dirección hacía mi pequeño lugar secreto. Bueno, no es tan secreto, pero para mi si es muy especial.

Paso varios pasillos, saludo a algunos compañeros que me reconocen y al final atravieso las puertas del gimnasio escolar. Camino con tranquilidad y rezando mentalmente que ninguna pelota encuentre mi cabeza. Salgo por una pequeña puerta escondida en el armario donde guardan todos los suministros y, finalmente llego a mi lugar ideal. Mi pequeño paraíso.

Cruzo la entrada de vidrio maravillándome nuevamente por todo lo que se encuentra aquí adentro. Techos de cristal con montones de plantas colgando de él. Ventanas transparentes que dejan entrar luz suficiente para nutrir de vida a cada criatura que se forma aquí. Ok, tal vez suene exagerado llamarlos así, pero es lo que son, lo son desde el día en que descubrí que era.

—Hola mis bebés —digo con voz aniñada—, ¿cómo se encuentran el día de hoy?

Nada se mueve, las plantas no tienen la capacidad de moverse, pero eso no evita que mi corazón exhale con emoción. Consulto el reloj en mi muñeca, calculando el tiempo que tengo antes de que termine el almuerzo. Veinte minutos es lo que me queda. Puedo hacerlo.

Tomo un delantal que se encuentra colgado en la entrada y me pongo manos a la obra. Riego con agua todas las diversas que necesitan de ella, quito algunas malas hierbas y planto algunas semillas que compre antes de venir a la escuela.

Casi sin darme cuenta el tiempo se me va volando, tanto que cuando regreso al salón, ya todos se encuentran en sus lugares. Solo falto yo. Con un poco de timidez me acerco a mi puesto, cuando me llevo la mala sorpresa de no ser capaz de encontrar mi cuaderno de matemáticas, estoy segura que yo lo deje ahí. Unas risas resuenan tras mío. Me doy la vuelta y veo a Jacky, la chica de antes riéndose con su típico grupo de atolondradas.

—¿Sucede algo, Catrina? —pregunta la señorita Smith.

—No encuentro mi cuaderno, señorita —digo mientras mantengo la mirada fija en la pelinegra que, sé que robó mi cuaderno. Ella me sonríe tontamente.

—¿Buscaste bien? —dice—, debe estar ahí, busca bien.

Con eso empieza de nuevo la clase sin prestarme más atención, las risas siguen sonando a mi espalda. Me concentro en hacer los ejercicios en una hoja aparte para no perder la clase. Un momento después siento algo golpear mi nuca, levanto la mano sintiendo una bola de papel en él. Frunzo el ceño y la tiro lejos sin siquiera abrir su contenido. Frunzo el ceño queriendo convertir a esas inútiles en espinas.

Pasan cuarenta y cinco minutos más antes de que la campana vuelva a sonar, dando por finalizada la clase.

—Nos vemos luego, Katiboba —dice Jacky, burlándose de mi—. Gracias por el regalo.

Frunzo el ceño y maldigo en silencio, ¡lo sabía!, ella fue quién robo mi cuaderno. De pronto una idea se esparce en mi mente, puedo hacer que el cuaderno se convierta en flor. Sonrío con un poco de ingenio, veremos a quien le diremos boba cuando logré mi objetivo.

Emocionada por mi nueva meta salgo con rapidez del aula, me dirijo a uno de los baños y cierro llave la entrada de acceso. Me posiciono frente al espejo, reuniendo toda la concentración posible en mi, pienso en mi cuaderno, en sus formas, en como quisiera transformarlo en una flor con muchas, pero muchas espinas, siento el típico calor entre mis manos llegar a mi, incluso siento las texturas del mismo cuaderno y como este va tomando forma que deseo. Sonrío complacida cuando sé que he logrado lo que quería. Un leve mareo me rodea, pero soy capaz de controlarlo, salgo muy feliz del baño de chicas y me dirijo a mi siguiente clase.

************

—...Y recuerden, las votaciones para el rey y reyna del baile de primavera se harán vía internet a las cuatro en punto de la tarde. No olviden votar por sus favoritos, las encuestas se cierran mañana a las seis de la mañana, así que tienen mucho tiempo—. Karina termina de anunciar en medio de aplausos y baja de la silla de la cafetería a la que se subió.

Ruedo los ojos, manteniéndome alejada de todo el revoltijo de estudiantes que parecen admirarla. Aunque tengo que darle crédito, nunca ha sido una mala persona, como dije antes solo algo atontada y mimada, pero nunca una mala persona. Siempre tratando de ayudar con una sonrisa, amable con todos y sin malicia en la mayoría de los casos. Por eso todos la quieren. Me pregunto internamente si algún día yo seré capaz de brillar como ella lo hace.

—No la mires tanto o pensaré que a ti también te gusta —expresa alguien junto a mí. Hago una mueca de fastidio al reconocer quién es.

—¿Qué quieres, Jared?

El mencionado sonríe con coquetería mientras termina de fumar un cigarrillo, obviamente no está permitido, pero eso a él no le interesa.

—¿Por qué piensas que debería querer algo de ti? —dice con burla mientras saque un empaque de chicles de su bolsillo trasero y me ofrece uno—, ¿quieres?

Frunzo el ceño y niego con la cabeza. Entablar una conversación con Jared Heinz solo es sinónimo de problemas. Veo por el rabillo del ojo entrar a Jacky, parece pelear con una de sus perritos falderos, esta furiosa. En su mano observo que ahora está una venda que antes no se encontraba ahí. Sonrío con malicia, sabiendo que cumplí mi propósito. Desvío la mirada antes de que Jacky se de cuenta de que la observo.

—Eres rara —murmura Jared, todavía junto a mí—, me gusta.

Extiende una sonrisa y yo ruedo los ojos a la vez que formo una mueca de fastidio con mis labios.

—Gracias por el cumplido, aunque no recuerdo habértelo pedido.

—Deberías sonreír un poco más —dice y ajusta la mochila en su hombro izquierdo—, quién sabe, tal vez y serías más bonita que la atolondrada de ahí enfrente. O tal vez, podrías estar tan o más coladita por mi como solías hacerlo en séptimo grado.

Con eso se retira sin decir más palabra, arqueo una ceja e intento intento disimular el sonrojo que ahora se extiende por todo mi rostro. Maldito Jared.

Voy a responderle que eso fue hace mucho tiempo, cuando veo que se ha perdido completamente entre la marea de gente. Joder.

—¿Cat?

Una voz igual de masculina, pero completamente distinta en entonación llama mi atención, doy la vuelta y me paralizo cuando veo que se trata de Declan.

—Declan...

—¿Podemos hablar?

—¿Es urgente? —digo y rehuyo nuevamente de su mirada insistente—, Porque yo...

—Solo serán unos minutos —me corta con seriedad.

—Bien, solo unos pocos minutos...

18 de Junho de 2019 às 01:19 0 Denunciar Insira 2
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