LA PROFECÍA ROTA - Libro 3 de la Saga del Círculo - VOL. 1 Seguir história

adriana-wiegand1544364809 Adriana Wiegand

LA PROFECÍA ROTA es el tercer libro de la Saga del Círculo. Se recomienda leer el Libro I: LA PROFECÍA DE LA LLEGADA y el Libro II: LA PROFECÍA DEL REGRESO, antes de leer este, para poder comprender la historia. Lug regresa al Círculo a completar su misión, a enfrentar a la fuerza más maligna y mortífera que subyace y corrompe el lugar que tanto ama. Pero su regreso triunfal no encuentra eco en los pueblos del Círculo que están viciados más allá de la razón por la Nueva Religión. El otrora héroe se convierte en un fugitivo que deberá encontrar la forma de llevar a cabo su misión casi sin apoyo, si logra primero permanecer vivo... HISTORIA REGISTRADA. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. PROHIBIDA SU COPIA.


Fantasia Épico Todo o público.

#aventura #poderes #mundos-paralelos #héroes
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PRIMERA PARTE: EL PRISIONERO - CAPÍTULO 1

SAGA DEL CÍRCULO

LIBRO III

LA PROFECÍA ROTA

Quién es éste que baja de la montaña en su corcel

Quién es este vestido de blanco inmaculado

Quién es éste que parece volar hacia nosotros

Quién es éste cuya capa flamea con el viento

Quién es éste cuya urgencia es infinita

Quién es éste que detiene el tiempo


Y por un momento, todo se petrifica a su alrededor

Y por un momento, todo se detiene

Y por un momento, todas las miradas se dirigen a él

Y por un momento, todos sienten que el mal no puede seguir

Y sus armas caen al suelo

Y su rabia se disuelve

Y una sensación de bienestar los invade


El mal ya no existe como entidad

Ése es el mensaje que Lug trae

La Luz ha vencido a la Oscuridad

Ya no hay necesidad de violencia

Ya no hay necesidad de discordia

Ha llegado la libertad

Libertad de pensar

Libertad de actuar

Libertad que se ha de respetar

Es el despertar de la conciencia

En todas las mentes se despierta un entendimiento que estaba dormido

Y descubren que puede haber unión aun en la diversidad.


PRIMERA PARTE: EL PRISIONERO

CAPÍTULO 1

Por aquel tiempo, habían pasado ya unos diez años desde la Guerra de los Antiguos, cuando aquel extranjero apareció a la puerta de la taberna de Colib en el pueblo de Cryma. Golpeó con fuerza unas cuántas veces y al ver que no le abrían, se volvió hacia la calle, sorprendido: el pueblo estaba desierto. El extraño caminó lentamente, con el oído atento, tratando de descubrir algún sonido que evidenciara una presencia humana. ¿Dónde estaban todos?

Desilusionado por aquel recibimiento tan pobre, el extranjero se volvió sobre sus pasos y se marchó hacia el bosque. Al llegar, se acostó sobre la hierba fresca y aspiró el aire del bosque profundamente, y viejos recuerdos volvieron a él. Cerró los ojos y se concentró, imaginando cada hoja de cada árbol, cada brizna de hierba, cada insecto, cada pájaro, viéndolos a todos en su mente, escuchándolos, sintiéndolos dentro de su ser. El bosque cobró vida dentro de su mente, vibrando en miles de patrones vivientes, entrelazados, casi ahogándolo en su complejidad. Respiró hondo y se concentró más, desestimando los patrones de la periferia, buscando un solo objeto, solo un ser entre toda la maraña, una individualidad. La encontró moviéndose sin cesar, emitiendo sonidos dulces, armónicos. Era un pájaro. Compartió con él su alegría, su paz, su libertad. Cuando el pájaro salió volando entre los árboles, él también disfrutó ese vuelo, observando a través de sus ojos, sintiendo el viento en sus alas. Pudo ver el bosque desde arriba, pudo respirar el aire puro, pudo sentir la tibieza del sol del mediodía. Hacía tanto tiempo que no entraba en comunión con otros seres de esta forma tan profunda, tan enriquecedora. Con una sonrisa en los labios, y el corazón latiendo emocionado murmuró:

—Esta es mi bienvenida. La naturaleza vuelve a sonreírme.

Abrió los ojos nuevamente y vio cómo el sol jugaba travieso entre las hojas de los árboles. ¿Había algún arte más hermoso que el de aquel movimiento errático, y aun, armonioso?

Allí había estado largo rato tendido en el suelo, cuando comenzó a escuchar un murmullo triste y apagado. Se levantó de repente y aguzó el oído: sí, definitivamente eran seres humanos. Su corazón saltó ansioso, aquel iba a ser su primer contacto después de mucho tiempo.

Pronto los vio, caminaban pesadamente y llevaban atuendos negros. Eran unos doscientos. Pasaron a su lado y ni siquiera le dirigieron la palabra, aunque sus miradas eran claramente de reproche y desaprobación. Seguían murmurando con una especie de lloriqueo y no le dieron oportunidad de preguntar nada, así que el extraño los siguió en silencio, preguntándose qué clase de ritual era aquél.

Los penitentes, por llamarlos de alguna manera, se dirigieron a Cryma, lo cual alegró el corazón del extranjero con el pensamiento de que Colib, el dueño de la taberna, estaría entre aquellos hombres y regresaría para abrir su negocio. El desconocido estaba sediento y ardía en deseos por tomar un vaso de agua en aquella precisa taberna.

Y en efecto, Colib regresaba entre aquellos hombres y abrió las puertas de su taberna. Cuando el desconocido entró, reparó en que Colib no se había cambiado de ropas, aun llevaba puesto aquel apagado atuendo negro que le daba un aspecto lúgubre.

—Quisiera un vaso de agua —dijo el extraño al acercarse al mostrador.

Colib levantó la vista y pareció lamentarse de que aquel extraño hubiera decidido entrar justamente en su negocio, no le gustaban los problemas. Miró de arriba a abajo la túnica blanca que llevaba el extranjero y suspiró.

—Señor —comenzó—, disculpe que no pueda ser todo lo cortés que quisiera, pero estamos en medio del Lugnasad. Entiendo que debe ser del norte y que por eso osa vestirse de blanco en un tiempo como éste. Probablemente, es solo una cuestión de ignorancia de las costumbres de esta región, pero el sacerdote podría tomarlo como una ofensa muy seria, y no quiero tener problemas, así que he de pedirle que se retire de mi taberna.

—Colib —lo llamó el desconocido—. ¿No me recuerdas? ¿No sabes quién soy?

—No —respondió el cantinero.

El desconocido movió los labios como para decir algo más, pero calló. Acto seguido, dio media vuelta y salió del lugar. Aunque no entendía lo que estaba pasando, lo último que quería era causarle problemas a Colib.

Al traspasar la puerta hacia la calle, olió problemas en el aire: tres sujetos vestidos de negro se pararon frente a él, y lo miraron con un odio mal contenido y disfrazado de superioridad.

—¿Cuál es su nombre extranjero? —preguntó uno de ellos.

—Soy Lug —respondió el forastero.

Los de negro se miraron unos a otros entre sorprendidos y satisfechos ante un segundo error del extranjero: no sería difícil probar que merecía el castigo por desobedecer a la Nueva Religión.

—Es un perro del norte —murmuró uno de los sacerdotes en el oído del otro.

—¿Pero qué busca con provocarnos de esta manera? —le respondió el otro. El primero se encogió de hombros.

El sacerdote que estaba en el medio habló con autoridad:

—¿No solo violas el Lugnasad vistiendo de blanco, sino que además blasfemas erigiéndote como Lug?

—No sé lo que es el Lugnasad, así que no puedo violarlo. No conozco sus rituales ni costumbres, así que si los he ofendido de alguna manera, ha sido solo por ignorancia.

—Yo no lo creo así —dijo el sacerdote—, puesto que dices llamarte Lug y eso es imposible. Solo hubo un Lug, nuestro líder, el Undrab, y es su muerte heroica la que recordamos en esta fecha, por lo tanto el luto es obligatorio, ¿cómo es que no sabes eso?

—He estado ausente mucho tiempo —respondió Lug, comenzando a comprender que las cosas habían cambiado mucho desde su “muerte”, aunque no sabía si para bien o para mal.

—¿Ausente? ¿Cómo puede alguien estar ausente? Todo el Círculo sabe y practica este ritual.

—¿Y quién lo instituyó? —preguntó Lug con cautela.

—No puedo permitir que juegues con nosotros —dijo el sacerdote—. Por tus declaraciones, la condena por herejía es un hecho.

—Lamento decirles que están en un error, Lug no murió, solo... —se detuvo un momento, buscando una explicación plausible, pero no la encontró—. Solo estuvo ausente un tiempo, pero ahora ha vuelto. Yo soy Lug.

—Este hombre está loco —dijo uno de los sacerdotes al otro—, ¿cómo no se da cuenta adónde lo pueden llevar esas declaraciones?

—Loco o no, debe ser juzgado.

El sacerdote del medio, que parecía ser de mayor jerarquía, hizo una seña a los otros, y en el acto, trajeron un trozo de soga y le ataron las manos a la espalda.

—Suéltenme ahora mismo —les ordenó el extranjero con los dientes apretados.

Los sacerdotes hicieron caso omiso de su orden, lo tomaron de los brazos, y comenzaron arrastrarlo por la calle, en medio de la multitud que observaba con curiosidad. El prisionero clavó sus talones en el suelo y cerró los ojos un momento. Cuando los volvió a abrir, su voz sonó helada:

—Suéltenme ahora mismo.

Los dos sacerdotes que lo sostenían de los brazos lo soltaron de repente, como si estuviera hecho de fuego y temieran quemarse al tocarlo.

—Desátenme —ordenó el extranjero hereje.

Los dos sacerdotes se apresuraron a obedecerlo. El tercer sacerdote solo lo miraba con la boca abierta, petrificado en el lugar. La gente observaba estupefacta, sin poder comprender por qué los sacerdotes habían cambiado su actitud amenazante y agresiva hacia el extraño, por una de reverencia y miedo.

—Ahora, ¿quién es su jefe? ¿Quién da las órdenes para que apresen así a un visitante? —tronó el extranjero.

El tercer sacerdote, el que parecía de mayor rango, abrió la boca varias veces, tratando de hablar.

—El Supremo —logró articular al fin.

—¿Dónde está ese Supremo? —preguntó el extraño.

—En el Templo —respondió el sacerdote.

—Entonces, guíenme al Templo, tengo que hablar con él.

Colib observó en silencio por la ventana cómo el sacerdote guiaba el camino, seguido por el extranjero de la túnica blanca y los otros dos sacerdotes cerrando la marcha. La gente se abría, dándoles paso, azorada. El extraño caminaba entre ellos con paso decidido y noble, parecía un rey con sus sirvientes.

Colib abrió los ojos como platos, lo había reconocido, sabía quién era el osado extranjero. Y se dio cuenta también de otra cosa: los sacerdotes iban a matarlo.

Lug fue llevado a una especie de templo de piedra con columnas de fuste estriado y capiteles dóricos. Los sacerdotes lo guiaron hasta una gran sala con ventanas pequeñas en altura, iluminada más por unas velas en grandes candelabros de pie hechos de metal que por la pobre luz que apenas se filtraba desde el exterior. Había un imponente sitial tallado en roca al final. Un hombre encapuchado entró por un costado y se sentó en el sitial de roca. Lug trató de ver su rostro, pero solo distinguió sombras.



—Soy el Supremo local —habló con voz grave y penetrante—. ¿Por qué lo han traído aquí, forastero?

—Les pedí a sus hombres que me trajeran hasta aquí para hablar con usted —dijo Lug.

El Supremo se puso de pie y se acercó a Lug para estudiarlo más de cerca, para ver a aquel extranjero que no solo osaba vestir de blanco durante el Lugnasad sino que no parecía sentirse intimidado ante su presencia.

—¿Quién es usted? —preguntó el Supremo.

—Soy Lug —respondió el otro con naturalidad.

—¿Qué ha dicho? —demandó el Supremo con un tono de ira mezclado con curiosidad.

Se acercó más al desconocido, cuidando de no mostrar su rostro, protegiendo su identidad con la capucha de su hábito negro.

En vez de contestar, Lug solo lo miró fijamente, con una mirada tan penetrante que le hubiera podido perforar el cerebro.

El Supremo inspiró aire de golpe y reaccionó rápidamente, tomando un candelabro y golpeando con fuerza la cabeza del extranjero que cayó pesadamente sobre el pulido piso de piedra.

Los tres sacerdotes que lo habían traído hasta el Templo sacudieron sus cabezas como despertando de un trance y miraron sin comprender al bulto que tenían a sus pies.

—¡Rápido! —les gritó el Supremo—. ¡Llévenlo a la celda roja! ¡Encadénenlo bien! ¡Y que nadie le dirija la palabra!

Los sacerdotes pasearon una mirada confundida entre el Supremo y el hombre que yacía inconsciente a sus pies.

—¡Ahora! —les gritó el Supremo, perdiendo la paciencia.

Los tres asintieron. Dos de ellos tomaron el cuerpo de los brazos, y el otro tomó las piernas. El Supremo los observó alejarse con los puños crispados, la frente perlada de sudor. Tardó varios minutos en recuperar la compostura. Respiró hondo, tratando de calmarse, de pensar. Apoyó el candelabro que todavía tenía fuertemente apretado en su mano en el suelo, y salió casi corriendo del salón, en busca de un mensajero. Sí, eso era lo primero que tenía que hacer: enviarle un mensaje a Malcolm. Él sabría qué hacer.

6 de Junho de 2019 às 14:07 0 Denunciar Insira 4
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