Los Tiempos del Destino - La Historia de Gunayi Shiro Seguir história

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Del mismo mundo de la serie de libros "Los Tiempos del Destino" aquí se narra la historia de Gunayi Shiro, un joven que tras la gran guerra civil que azotaba a su nación, fue forzado a vivir prácticamente en el exilio. Su vida nunca fue normal, pero cuando conociera la historia de sus antepasados, su vida tornaría un giro demasiado grande, revelándole el inevitable papel que debía tomar de ahora en adelante en el mundo.


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Guerra Entre Hermanos

Muros inmensos de fuego, humo y cenizas cubrían lo que solía ser un glorioso pueblo que ahora era azotado por la guerra. Grandes templos orientales y algo maltratados por el tiempo se erguían aun imponentes sobre las montañas, dando vista al pequeño cañón entre los acantilados donde se hallaba el caído pueblo de Sankan No Taiyo.

Este pueblo alguna vez contó con una de las culturas más florecientes del mundo, un lugar donde artistas, comerciantes, y principalmente grandes maestros venían a establecerse.

Este lugar además de su calidad humana ofrecía una fauna y flora increíble, gracias a su clima casi tropical. Árboles que ofrecían unos matices color rosa y blanco se mostraban en una primavera casi eterna. Por la humedad del lugar muchas plantas crecían en la cima del acantilado y desplegaban sus largas raíces por los bordes de estos, cubiertos de helechos y moho, dando lugar a muchos animales que buscaban cobijo entre las montañas, principalmente pequeños primates que con el tiempo fueron considerados sagrados por los pueblerinos. Un río cristalino que partía desde las montañas como una gran cascada, atravesaba dicho pueblo milenario, que a pesar de estar construido principalmente de madera, había sido esculpido por grandes artesanos y daban un gran aporte al bello paisaje con sus colores.

Todo eso y con una cruel facilidad, se derrumbó.

La densa selva que cubría una de las salidas del gran cañón empezaba a ser amenazada por los proyectiles de fuego que caían del cielo, producto de las armas de asedio de los invasores. Las casas hechas de un material poco resistente se incendiaron con extrema facilidad a pesar de la humedad, y los árboles de cerezo mostrarían por última vez su color. Los gritos de la gente desesperada por tal escena de terror, corrían despavoridos buscando refugio del calor abrasador de las llamas en el estrecho río, el cual se había tenido con la sangre de los caídos.

Una cruel matanza de parte de dos bandos alteró la paz del lugar, una pelea entre gente de la misma sangre, gente de la misma nación, una guerra entre hermanos. Este fue el principio de la caída del imperio de Azuma, el que alguna vez fue el gran imperio oriental.

Cientos de hombres con trajes de cuero curtido y filosas espadas ligeramente curvadas se enfrentaron sin piedad en un terreno rocoso al borde del pueblo en llamas. El ruido del acero se impuso ante los gritos de batalla y de terror. Los asaltantes parecían ser más numerosos y más organizados que la sorprendida legión que defendía el lugar.

—¡Occidentales! —gritó un hombre adulto y de larga cabellera negra, mientras se batía a duelo con varios oponentes. Su nombre era Zung Shiro, comandante del escuadrón de defensa de Sankan No Taiyo y soldado veterano del imperio de Azuma— ¡Mantener las pociones! ¡Protejan a los civiles a toda costa!

—¡Zung, las llamas se están expandiendo demasiado rápido! ¡A este paso nos tendrán acorralados!— gritó un hombre de apariencia joven y cabello negro algo corto. Su nombre era Kaien, el hermano de Zung.

—¡Ya lo sé Kaien maldita sea! —gritó Zung alarmado— ¡Kaioto! ¡Janara! encárguense de las llamas y guíen a los civiles por las montañas, ganaremos el mayor tiempo posible.

—El paso de las montañas es demasiado extenso, nos llevará días poder huir con tanta gente, necesitamos caballos y provisiones... No tenemos ni caballos, ni provisiones—dijo Kaioto mientras disparaba flechas a diestro y siniestro. Él era el mejor amigo de Zung, un hombre muy leal y con un gran sentido del honor. Su armadura estaba algo deshecha. Rastros de sangre empapaban partes de su rostro y su cabeza totalmente rapada— ¡Maldición! han salido de la nada, no tuvimos tiempo siquiera de organizarnos.

—¡A tu izquierda!— gritó Janara, golpeando con su lanza a un enemigo que se acercaba por el punto ciego de Zung.

Janara era la esposa de Zung, una mujer de apariencia adorable en circunstancias normales, pero una persona de temer en medio de una batalla. Su cabello negro desordenado y algo quemado por las llamas era lo último que muchos de los asaltantes verían aquel día.

—Hagan lo que les digo, deberían encontrar provisiones en la base norte, pero primero intenten hacer algo con esas llamas, organizar a los ciudadanos y llévenlos con ustedes. Es una orden.— dijo Zung severamente.

Janara y Kaioto asintieron sin rechistar y se adentraron al caos de las llamas.

—Zung... viendo el panorama detenidamente... creo que no tenemos opción ¿No deberíamos usarlo?— preguntó Kaioto con impaciencia en su voz.

La mirada del comandante se tornó fría, y observó a sus alrededores por unos segundos. Cientos de hombres organizados con catapultas listas para disparar de nuevo contra un ejército menor y agobiado por la sorpresa del ataque, con un pueblo en llamas y cientos de civiles corriendo despavoridos sin saber a dónde dirigirse.

—Si lo perdemos será el fin... pero no podemos resistir mucho más tiempo. Tendremos qué...— el cuerpo de Zung se quedó helado al posar su vista en uno de los acantilados.

—¡Arqueros!— gritó unos de los hombres occidentales.

Zung miró impotente como cientos de flechas volaron por los cielos desde la elevada formación rocosa.

—Maldición... ¡Todos cúbranse!— gritó Zung con desesperación. Pero ya era demasiado tarde y no había donde cubrirse, la lluvia de flechas cayó rápido y sin piedad sobre las tropas de ambos bandos.

Una flecha voló directo hacia Zung y el tiempo pareció detenerse, pero un fuerte empujón lo puso a salvó en el último instante.

La mirada confundida del comandante se transformó en una de terror al ver que Kaien, su único hermano, se hallaba caído en el suelo, con una flecha roja que él debió haber recibido en su lugar, clavada en su pecho.

—¡Kaien!— Zung se arrodilló junto a su hermano herido.

—Creo que al fin me debes una hermanito...— dijo Kaien con dolor pero con una sonrisa en su rostro.

—Idiota... No debiste... —murmuró Zung con dolor, intentando contener la rabia hacia sus enemigos —. Siempre has sido un imprudente...

—Eres el único que puede detener esto, debes vivir y unir de nuevo a esta nación. Debes buscar el bastón, es nuestra última oportunidad — Kaien se estaba debilitando, pero sostuvo la mano de Zung con fuerza— Prométeme... prométeme que cuidarás a mi hijo. Por favor prométemelo.

—Lo prometo... Nadie le tocará un pelo mientras siga aquí...

Kaien sonrió y dio su último respiro, sosteniendo firmemente su espada, la misma con la que juró defender su nación, una nación que fue dividida por el odio.

—Serás recordado por tu honor... Que Ateslas te guíe, hermano...— Zung con lágrimas en los ojos cerró los parpados abiertos de su difunto hermano en señal de respeto. La guerra arrasa con todo a su paso, y ni siquiera hay tiempo para despedirse de los caídos.

La cruel batalla se había retomado, luego de la conmoción ocasionada por la lluvia de flechas. Refuerzos parecían segur llegando lento pero constante de parte de los enemigos orientales, y aunque los occidentales ya habían logrado organizarse y luchaban con gran valor, nada podían hacer contra la ventaja numérica.

Zung, decidido, se apartó del campo de batalla. Necesitaba tiempo.

Fue corriendo hacia el borde del acantilado inferior, la manera más fácil de llegar a uno de los templos, trepando las grandes raíces que colgaban en los altos muros de piedra.

Al llegar a la cima, Zung, pudo ver la verdadera destrucción que se había propagado por el valle, y la ira se apoderó de él. Fue corriendo hacia el templo principal y entró a una sala secreta que se encontraba bajo el piso detrás de una puerta escondida. Allí es donde lo guardaban en secreto, lo que parecía ser un trozo alargado de madera oscura y con relieves, como distintas ramificaciones que se iba enroscando formando un espiral. El bastón sagrado de Wíndelos, un arma muy poderosa, y que solo puede ser usada por los descendientes de la diosa de la sabiduría Ateslas, creadora de dicho objeto.

Sus poderes en su mayoría son un misterio para los descendientes de la diosa, ya que el pergamino de la sabiduría, el cual había sido robado hace décadas, era el único testimonio real acerca de su potencial oculto. El bastón tiene como capacidad principal el control del viento, y otorgar habilidad y agilidad sobrehumana al que lo use. Este objeto está totalmente ligado a la energía vital de su portador, y no tiene fuerza propia, es por eso que no cualquier persona puede usar este objeto sagrado.

Esta era la única esperanza de Zung para derrotar a los orientales, por lo menos en esta batalla, pero el riesgo era alto, si el bastón es tomado por las manos equivocadas y por alguna razón logra absorberse su poder, ya no importaría la ascendencia del portador para usarse, y podría ocurrir una catástrofe.

Zung tomó el bastón con fuerza y rabia, y una fuerte brisa recorrió amenazante por el templo.

Las nubes empezaron a descender por las montañas y el rumor de una tormenta parecía tomar lugar.

Los ejércitos del occidente fueron lentamente acorralados y los habitantes del pueblo intentaron huir por las montañas. Una espesa niebla empezó a formarse en el campo de batalla, limitando la visión de las tropas de ambos bandos.

Con una gran cólera, un remolino de humo, cenizas y escombros se precipitó desde la cima del acantilado de cuarenta metros, hasta caer en el suelo. Zung cayó de pie con el bastón imponente en sus manos, en medio de un conmocionado ejército, dispersando a decenas de soldados orientales que mandó a volar por los aires. Los ojos de Zung se tornaron de un color blanco y sin pupilas. Su aura transmitía poder y temor a sus enemigos.

Los soldados chocaban contra Zung como si lanzaran ramitas hacia un tornado. El comandante saltaba y caía al suelo dispersando fuertes vientos que disparaban a sus enemigos contra las rocas. Con cada movimiento del bastón la baja de orientales siguió en aumento. Sin embargo, el agotamiento se estaba haciendo presente pasados unos minutos de combate, eran demasiados enemigos para él solo y sus fuerzas no eran suficientes para controlar ese poder por mucho tiempo. Las tropas occidentales, con moral renovada, cargaron contra los orientales conmocionados, y la batalla continuó algo más equilibrada.

—¡Zung!— Se escuchó el grito de Janara en la distancia.

Alarmado y sin saber su ubicación exacta, Zung corrió en busca de ella, hasta que la encontró.

—¡Janara! —Zung fue corriendo directamente junto a su esposa— ¡No deberías estar aquí! Por favor, hagan lo que les he dicho, ya no podré ganar mucho más tiempo.

—Ya hemos guiado a todos los civiles que pudimos, pero no podemos hacer nada con el fuego. Seguiré peleando a tu lado.

—¡No! —gritó Zung, con una agresividad impropia en él— No te lo digo como tu esposo, te lo digo como comandante ¡Es una orden!

Janara lejos de obedecer se puso firme.

—¡Hay algo que debo decirte!

Un hombre se abalanzó gritando hacia ellos con su espada en mano, y Zung solo lo dejo inconsciente con un preciso golpe en la sien.

—¡¿Crees que sea buen momento?!— gritó Zung que se estaba desesperando por la situación.

—Creo... ¡Creo que estoy embarazada!

Zung permaneció congelado por unos segundos sin saber como reaccionar.

Una explosión se escuchó a la distancia, los enemigos habían comenzado a disparar algunos proyectiles poco precisos con sus catapultas. Esto hizo reaccionar al comandante.

—¿Segura?

Janara asintió.

—¿Es mío?— preguntó Zung sin saber que decir.

Janara lo miró fulminante.

—¡¿Qué pregunta es esa?! ¡Claro que es tuyo idiota!— gritó entre enojada y feliz

El comandante se detuvo a pensar fríamente la situación y tomó las manos de su esposa.

—Con más razón, debes irte. Ahora mismo. Ve con Kaioto por la senda de la Cordillera Lumizara, encuentra al gran alquimista en la frontera norte con Élanai. Entrégale el siguiente mensaje: dile que los vientos del oeste volarán contra fuego y roca, y que una nueva corriente de aire se aproxima desde el sur. Por favor, memoriza el mensaje.

—¡Espera! te he dicho esto por una razón. Ahora la sangre de Ateslas corre por mis venas, no debes cargar con el bastón tu solo, tu fuerza se está agotando, no podrás aguantar mucho más ¡Eso te consumirá! ¡Yo puedo ayudarte, por favor Zung! Peleemos juntos como en los viejos tiempos...— dijo ella con una sonrisa, ablandando el corazón de Zung.

Era verdad, él estaba perdiendo fuerzas lentamente mientras portaba el bastón, y el poder que tenía no parecía ser suficiente contra tantas tropas.

—Por favor Janara... esto ya no se trata de ti o de mi ¿Lo entiendes? si tu usas el bastón no solo consumirás tu fuerza, sino la de nuestro hijo... De verdad, no creo que haya otra opción más que retirarse...

Las lágrimas de Janara no tardaron en llegar y abrazó a su esposo.

—Prométeme que estarás bien...— murmuró ella en llanto.

—Hoy he hecho muchas promesas... pero estaré bien... ahora lo más importante es nuestro hijo. Además, debo sobrevivir y enseñarle cómo usar este bastón, el deberá heredarlo algún día —Zung sonrió tranquilizadoramente a su esposa— Ve... ya no hay tiempo. Recuerda el mensaje, y lleva a Kaioto contigo

Janra asintió, y con dificultad y mucho dolor se fue hacia a las montañas guiando y ayudando a varios de los habitantes del pueblo que habían quedado a salir de ese infierno.

Zung, con una nueva motivación y objetivo en mente se lanzó a la batalla. Las bolas de fuego de las catapultas y las flechas seguían cayendo de forma indiscriminada aunque sin puntería, y no hacían más que causar algunas bajas y crear confusión. Pero el mayor problema estaba en el número de soldados, había que compensar eso de una manera, y Zung como un gran estratega ideó un plan.

—¡Soldados! ¡Reagrupaos a la salida del acantilado oeste! ¡Atravesar el fuego sin temor!

Los leales guerreros de Zung avanzaron con determinación hacia las llamas que obstaculizaban su camino. Con un movimiento veloz y utilizando gran fuerza, Zung logró abrir un túnel de aire que atravesó las enormes llamas, dando lugar a que sus hombres pudieran escapar.

El plan era usar la abertura del acantilado donde las tropas de ambos bandos se enfrentarían sin importar los números, reduciendo todo a resistencia.

Sin embargo, la energía de Zung se había consumido casi en su totalidad y no pudo mantener abierto el túnel de viento por más tiempo. Trecientos soldados lograron salir, con la orden de escapar si el plan no seguía su curso con normalidad, y una docena se había quedado con él frente a la implacable horda de enemigos.

—Ha sido un gran honor luchar junto a usted comandante— dijo uno de los hombres de Zung, que mostraba temor en sus ojos, pero con un fuerte fuego naciendo de su espíritu, cargó gritando contra sus enemigos.

Uno a uno los orientales eliminaron a los hombres restantes con gran facilidad. Y allí en medio de la montaña de fuego, escombros y cadáveres se hallaba de pie el viento del oeste, sosteniendo su bastón con gran firmeza y con mirada amenazante a los invasores.

Los orientales se detuvieron formando un circulo alrededor del portador de Wíndelos, temerosos a acercarse.

La visión de Zung se había nublado por el cansancio y las piernas ya le flaqueaban, pero aún tenía la esperanza ciega de salir de allí a pesar de la gran cantidad de enemigos.

Un caballo negro cubierto de una armadura blanca cargaba a un jinete cubierto por unas vendas grises que tapaban todo su cuerpo a excepción de la boca. Con una reverencia las tropas orientales le cedieron el paso, hasta que se topó cara a cara con el comandante Zung. En el momento que aquel ser bajó de su caballo Zung sintió terror, un terror que jamás había sentido antes. Sus instintos gritaban salir corriendo de allí, pero su determinación a seguir luchando y ganar tiempo para su gente, era más grande.

—Zung Shiro, hijo de Wanfung Shiro y Kafalia Añaré, descendiente de la diosa de la sabiduría, marido de Janara Yula, y portador de algo que busco con deseo..— El ser le dirigió una sonrisa retorcida, mostrando sus dientes amarillos y manchados de sangre.

—¿Quién eres tú? ¿Cómo sabes quién soy?— pronunció un Zung demasiado agitado, sosteniendo su bastón aun más fuerte.

El sujeto se quitó lentamente las vendas de su cara dejando al descubierto su extraño rostro. El alma de Zung pareció irse de su cuerpo y un frío le recorrió la columna vertebral. Aquel ser completamente lampiño de apariencia casi humana, tenía una piel extremadamente pálida casi blanca en absoluto. Sus ojos eran negros en su totalidad y con una diminuta pupila roja.

El comandante lo reconoció, gracias a viejos rumores que rondaban por el ejercito. Él era el sanguinario demonio blanco, el tormento eterno del reino congelado de Alzgar, al extremo norte del mundo. Un ser despreciable que obtuvo poder a base del sufrimiento de inocentes.

—Tú… eres uno de esos caminantes muertos, eres un túrgaro engendrado por la nación de hielo —afirmó Zung—. Creí que se habían extinguido... Dime ¿Cuál es tu nombre? ¿Hay más como tu allí fuera?

Una risa seca, más parecido a las quejas de alguien que se estaba ahogando se escuchó por parte del demonio blanco.

—Yo no tengo nombre, simplemente he nacido con un objetivo que cumplir, pero en estas tierras me han apodado como Faraiyas, y no es que me disguste... —el sujeto pálido y lampiño se acercó con un movimiento y velocidad inhumana al oído de un Zung inmóvil— Ah.. y por supuesto que hay más como yo…

Impresionado Zung intentó abatir con un movimiento veloz de su bastón al demonio, pero esté dio un salto hacia atrás esquivándolo fácilmente. Faraiyas apuntó con la palma de la mano a su rival, disparando una ráfaga de nieve y hielo afilado. Sorprendido, Zung logró esquivar el ataque, el cual se dirigió hacia varias de las tropas orientales y al pueblo detrás de Zung, dejando a su paso un montón de cadáveres congelados. El corazón de Zung dio un vuelco, al ver como las llamas que separaba el camino de su gente con los soldados enemigos, había sido apagado con extrema facilidad. Ya no tenía tiempo.

Faraiyas era un pílar, un ser era capaz de dominar su energía y materializarla sin necesidad de objetos que la canalicen. Zung no estaba en condiciones de oponérsele.

En un intento desesperado, el portador de Wíndelos corrió hacia la salida del valle en la apertura del gran acantilado, con un nuevo plan en mente.

El demonio blanco no hacía más que sonreír macabramente, y no parecía tener intención de seguir atacando por el momento.

—¡Síganlo! ¡Y busquen a los que huyeron! ¡No dejen a nadie con vida!— ordenó Faraiyas, provocando el grito de guerra de cientos de sus soldados que parecían obedecer a ciegas a su nuevo amo.

Zung pudo llegar a toda velocidad al estrecho pasaje rodeado de altas paredes con formaciones rocosas naturales, el cual era la única vía de escape de allí.

Los soldados enemigos, con sed desenfrenada de batalla, se dirigieron fulminantes hacia Zung, que con las fuerzas que le quedaban aún era capaz de frenarlos, pero no por mucho más tiempo.

El demonio se abrió paso entre las tropas destruyendo todo lo que lo obstaculizara a su paso. El tiempo pareció detenerse, Zung comprendió que ese sería su fin.

—Janara, hermano, lo siento… no podré cumplir mi promesa, jamás fui bueno para cumplirlas— con la vista al cielo y casi derrotado por el agotamiento, Zung tomó su decisión. Usó todo lo que le quedaba de energía, formando una gran barrera de aire que lo separaba del resto. El demonio blanco puso una expresión seria y lanzó una poderosa ráfaga hacia él, pero no fue suficiente ante la magnitud de la barrera.

—Zung Shiro… Así que ese es el bastón del que tanto me han hablado… Tus fuerzas se agotan, puedo sentirlo, morirás sin necesidad de que te toque un pelo— pronunció Faraiyas.

El portador se elevó a unos metros del suelo, empujado por un viento extremadamente fuerte que iba lanzando escombros por todas partes. Zung levantó el bastón hacia el cielo pronunciando unas palabras. Faraiyas lo miraba atónito sin comprender.

Una nube de tormenta que ya cubría el lugar con antelación, empezó a volverse de un color aún más oscuro.

—Ateslas… en tus manos dejo mi legado— Pronunció Zung, y un poderoso rayo cayó desde el cielo, directo hacia el bastón de Wíndelos, partiéndolo a la mitad. Zung, en medio del sufrimiento a causa del poder desmedido, vio la figura de un hombre mayor de pelo y barba blanca, cargando a un niño con unos peculiares ojos grises, una niebla negra pareció tragarse a ambos.

—Conque esto le espera al mundo...— fueron las últimas palabras del legendario Zung Shiro

Una gran explosión de viento huracanado de proporciones catastróficas barrió con todo objeto o ser que se encontraba en la extensión del valle de Sankan No Taiyo. El paso de las montañas quedó cerrado por un gran derrumbe y ningún hombre alcanzado por este poder pudo sobrevivir, ni siquiera Zung Shiro, que junto al bastón de Wíndelos, fue destruido.









29 de Maio de 2019 às 00:41 0 Denunciar Insira 2
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