Compañeros y Amigos Seguir história

criseflo Cris Seflo

A través de esta novela conoceremos a Diego, quien nos mostrará su vida, problemas, pensamientos, sentimientos y experiencias, junto a sus compañeros y amigos, dentro de un universo oculto que pocos conocen de verdad, adentrándonos en los peligros, dificultades, complejidades y contradicciones del mundo gay. Nuestro protagonista es un hombre demasiado tranquilo, no acostumbrado a correr muchos riesgos, y por lo mismo un tanto inseguro, que parece estar satisfecho con la relación que mantiene con su amigo con ventaja Francisco, hasta que conoce a Javier, un joven guapo e inteligente que lo cautivará desde el primer momento, a tal punto de terminar su acuerdo con Pancho, aunque no contaba con que su hombre soñado estaba recién experimentando y encontrando su lugar en el ambiente, Por otro lado, Pancho no dejará ir tan fácilmente a Diego, al punto de tomar medidas extremas. Fernando e Ignacio, otros de los compañeros y amigos de nuestro protagonista, tendrán mucho que agregar a esta historia, aconsejándolo, como también a través de relatos paralelos que terminarán tarde o temprano por entrelazarse con la historia principal, de manera que en el curso de esta novela los lectores amarán a algunos de estos personajes y odiarán a otros de ellos.


LGBT+ Para maiores de 21 anos apenas (adultos). © Registros Propiedad Intelectual Números 3.757 y 3.852 Santiago de Chile

#lgbtq+ #identidad-sexual #erótica #homosexual #gay
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IDENTIDAD

A las siete en punto desperté sorpresivamente cuando sonó mi despertador. Era una mañana muy fría, los termómetros no superaban el grado bajo cero. Si bien estábamos a finales del invierno, a mediados del mes de septiembre, el clima de Santiago de Chile estaba más gélido que otros años, pareciendo que la estación estaba lejos de terminar. Este año en particular había sido poco lluvioso, menos aún que el año pasado, con lo cual las temperaturas eran más bajas de lo habitual. Acostumbrado a los ocho grados, las temperaturas oscilaban cerca de los tres grados bajo cero.

Ya era hora de levantarme, aunque no tenía ganas de salir de entre medio de las sábanas. Estaba muy calentito. Me recordaba cuando era niño y mi madre me sacaba a la fuerza de la cama para levantarme al colegio. Lo cierto es que un nuevo día se iniciaba, el sol ya estaba saliendo por la cordillera, pese a lo poco que calentaba, debía irme raudo a la ducha para luego de un café más cargado y caliente de lo normal, salir disparado al trabajo, aunque quisiese seguir durmiendo otro rato.

El deber me llamaba. Tenía que irme directo al baño si quería seguir pagando mis cuentas, aparte de uno que otro pequeñito lujo. Ese es el costo de la independencia y de la adultez, el poder tomar mis propias decisiones y seguir mi camino propio.

Esta no era una mañana más. Me levanté muy cansado, me dolía la cabeza, no tenía ningún deseo de irme a trabajar. La noche anterior me acosté muy tarde, luego de quedarme con varios amigos en mi departamento, en donde estuvimos bromeando hasta altas horas de la noche.

La cocina estaba completamente desordenada, la vajilla sin lavar, todos los vasos y platos desparramados en el fregadero, mientras en el living todavía se sentía el olor a los cigarrillos, cuyos restos se encontraban tirados en los ceniceros, junto con latas de cerveza a medio terminar botadas en el piso. Sobre la mesa del comedor, quedaban las cajas con los restos de las pizzas que habíamos encargado.

Vivo en un pequeño apartamento pero con el suficiente espacio para recibir a algunos de mis compañeros de trabajo y amigos, cual club de Toby (como en las historias de la Pequeña Lulu), con los cuales me junto de vez en cuando para hablar de la vida tratando de cambiar el mundo. Ellos suelen molestarme con bastante frecuencia y justa razón, pues soy muy idealista todavía para algunas cosas. Siempre me dicen, “Diego, ya deja de soñar”.

Tal vez se deba a que soy abogado, y aunque ya tengo veintiocho, hace tres años que salí de la universidad, llevando hasta poco tiempo todavía en mis venas ese sentido de la justicia, el quijotismo con que nos graduamos de la facultad, pero que se me pasó aterrizando de golpe en la triste realidad de nuestro sistema legal, además de nuestra especial sociedad chilena, en la cual jugamos al individualismo, el egoísmo extremo, donde nada nos importa más que nosotros mismos, aunque tengamos que destrozar a alguna persona inocente que haya tenido la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino, alguien que casualmente se encontraba en el lugar equivocado y en el momento incorrecto. Si bien aún mantengo algo de idealismo, está más bien ligado al corazón y a una que otra cruzada benéfica. Desgraciadamente, con el paso de los años, he recibido muchos porrazos al transitar por esta vida, uno se da cuenta que no se puede andar como la Madre Teresa ni tampoco ser tan confiado con la gente, pues terminan abusando de tu buena fe, viéndolo como una debilidad, pensando que eres un pobre y triste huevon (una expresión chilena que quiere decir imbécil), en vez de ser alguien buena onda que quiere ayudar al resto. Al fin y al cabo, uno se termina rascando con sus propias uñas. Igual tengo mi grupo de amigos en quien confiar, pero que se han ganado mi amistad luego de un largo proceso. Con el paso del tiempo he logrado entender ese dicho de que uno nace sólo y muere sólo.

Estoy hablando como si fuera un viejo con varios años a cuestas, que ya viene de vuelta, y aunque pudiera sonar así, la verdad es que mis experiencias de vida me van llevando en esa línea de pensamiento. Al final, aprendí que la confianza en los demás es algo que ellos tienen que ir ganándose poco a poco.

Si bien no soy un medio mino del cual todos anden detrás, sino sólo un tipo más del montón, que mide alrededor de un metro ochenta, de tez blanca, pelo negro, crespo, con ojos castaños, tengo una pega (expresión chilena que quiere decir trabajo), que todos se la quisieran. Y no hablo de sobrado ni me creo lo máximo, sino que pienso que hay que saber compensar las cosas en la vida, aprovechar las oportunidades que nos brinda el destino.

Trabajo en un estudio jurídico desde hace unos tres años a la fecha, en donde me dedico a ver toda clase de litigios. Luego de aprobar mi licenciatura, hice la práctica en la Corporación de Asistencia Judicial, yendo a diario a los tribunales de Santiago, en donde me tocó ver toda clase de temas, desde asuntos criminales hasta asuntos civiles, familiares y laborales, lo que llamamos una práctica con jurisdicción común.

Fue un total de ciento ocho juicios, algunos muy sencillos mientras que otros me sacaron varias canas, fuera de más de un mal rato con los patrocinados, que ni agradecen el trabajo que uno hace por ellos.

El abogado jefe quedó muy satisfecho con mi trabajo, por lo que no sólo aprobó mi desempeño con distinción máxima, sino también me recomendó para trabajar en el bufete en el cual estoy ahora, que si bien no es de los más grandes del país, me ha tocado ver toda clase de casos, trabajando duro y parejo todos los días.

Al bajar del ascensor en el piso quince del edificio donde se encuentra la firma, la recepcionista me saluda. “Buenos días don Diego. Lo llamaron por el juicio del señor Lorca”. Aquí íbamos de nuevo, el ritual de todas las mañanas, en que Sonia me abordaba a la salida del ascensor, bombardeándome con todos los llamados que había recibido. Eran poco más de las nueve y ya había dos clientes desesperados por hablar conmigo.

Dejando de lado mi vida laboral, en lo personal me ha costado una enormidad salir adelante. Soy hijo único, soltero, y bien soltero, pues mis padres ya perdieron toda esperanza de que algún día me case, y mucho menos que les dé nietos, porque saben que soy gay. Aunque no les gustó la idea al principio, respetan mi decisión, que les ha creado varios conflictos con el resto de nuestra familia, de clase media, demasiado conservadora, no viendo con buenos ojos, sino que más bien como una vergüenza, que uno de sus parientes sea homosexual, destinado a vivir en un mundo lleno de “pervertidos y aberraciones” como ellos definen el ambiente en que me muevo.

En cambio, tanto mis amigos, como compañeros de colegio, universidad y del trabajo, lo han aceptado sin problema, seguramente porque la juventud actual es mucho más progresista que muchos políticos autodefinidos como liberales. Es algo común para ellos, pues en la época actual podemos encontrar una múltiple fauna, con jóvenes desde catorce años para arriba que se acuestan con cualquiera persona, animal o cosa.

Aunque sí creo que para muchos, esto se ha ido imponiendo más como una moda.

Se han hecho frecuentes los casos de chicas de quince y hasta de menos edad que ya están embarazadas. Allá cada uno. Quien soy yo para meterme en la vida de los demás o como decirles que tengan que comportarse. Si bien no soy muy fan de los gringos, cuanta razón tienen con su dicho tan conocido: "Vive y deja vivir".

En fin, me importa un bledo lo que puedan opinar los demás de mi, soy feliz porque finalmente he logrado hallar mi propia identidad.

Todo ello, después de una primera etapa dolorosa para mis viejos, que han terminado por adaptarse a la situación, tal vez tuvieron que resignarse a que las cosas no cambiarán, les guste o no. Eso sí, cuando voy a verlos, evitamos el asunto, simplemente un rápido hola y cómo te ha ido, para luego pasar a otros temas.

No fue nada fácil para mí llegar a encontrarme.

A los quince años, mientras el resto de mis compañeros de curso pensaban en cómo llevarse a las minas a la cama, yo luchaba conmigo mismo, en una guerra interna a fin de no reconocer mis verdaderos sentimientos.

Ya entonces sabía que no me gustaban las mujeres, pero me rehusaba a la idea de probar con un hombre. Me sentía sucio y me remordía la conciencia.

No obstante que hoy en día nos encontramos con que las sociedades han tendido a evolucionar, adecuándose a los nuevos tiempos, habiendo países que hasta han reconocido los matrimonios y uniones civiles entre homosexuales, no es menos cierto que aún quedan muchas personas de mente muy estrecha o “mojigata”, especialmente en nuestro país, donde aún es complicado poner este tema sobre la mesa.

Desgraciadamente hay mucha hipocresía, y hasta los mismos grupos que se irrogan la representatividad de los homosexuales dejan poco que desear, pues entre ellos hay más motivaciones políticas que sinceras para luchar por esta causa.

Durante mi etapa escolar fue super complicado tratar de encajar, sentirme de alguna manera aceptado por el resto, fundamentalmente (ahora que veo las cosas en retrospectiva) producto de mis temores y mi auto negación.

Cuando nos duchábamos luego de las clases de gimnasia, me quedaba mirando a algún compañero que consideraba un mino rico, tenía que taparme con la toalla para que los demás no vieran como se me producía una erección. Si alguien lo hubiera notado, podrían haberme sacado la cresta, sobretodo en un colegio de puros hombres. Después conocí a otro compañero que andaba en las mismas, hasta que nos decidimos a probar. Ello fue suficiente para que me diera cuenta de que era lo que me gustaba.

Pero no fue sino recién hasta los veinte años que comencé a salir a escondidas a discotecas gay, entrando a tener contacto con chicos de la onda, donde luego de intimar con varios, finalmente asumí mi gusto por los hombres.

Al principio no fue nada agradable, pues hasta me chocaba ver hombres bailando con otros hombres, algunos tomados de la mano, besándose en medio de la pista de baile, a vista y paciencia de todos los demás. La primera vez que me sacaron a bailar estuve todo el rato mirando el piso, rogando porque no hubiera nadie conocido observando. Con el tiempo me fui acostumbrando hasta que terminé relajándome.

También conocí los famosos cuartos oscuros, lugares que como lo dice su nombre, están en la más completa y total oscuridad, en donde al principio entraba por curiosidad y una que otra vez para sacarme alguna calentura, pero con el debido cuidado de no agarrarme un SIDA o cualquier otra enfermedad de transmisión sexual. Hoy en día prefiero evitarlos, fundamentalmente por “sanidad”, en el sentido bien literal de la palabra.

En las discos también muestran shows muy divertidos, en que transexuales y algunos hombres operados desarrollan toda clase de sketches, aunque los encuentro aburridos y sin ninguna gracia.

Así, fui entrando cada vez más en el ambiente de la homosexualidad, donde muchos creen que es una opción de vida, cosa que es mentira. No imagino a nadie que “voluntariamente” quiera ser gay (sobre todo por la tremenda carga que uno se echa encima), sino que más bien es algo que se siente, con lo que se nace, no pudiendo cambiar tus sentimientos ni tus deseos, pues por mucho que trates de reprimirlos, siempre encuentran la forma de volver a aflorar a la superficie. Como dice uno de mis mejores amigos: "La naturaleza siempre encuentra la manera de que nuestros sentimientos puedan aflorar".

Uno puede intentar retrasar lo inevitable, pero siempre el cuerpo termina por recordarte tarde o temprano sus verdaderas necesidades.

En todo caso prefiero ser homosexual antes que bisexual, porque el bisexual sin tener clara su onda, no haya nada mejor que jugar para los dos lados, meterse con ellos y ellas, con lo cual se dañan a terceras personas que muchas veces ni tienen idea de lo que pasa por la cabeza de ellos. Recuerdo haber llevado varios juicios de divorcio en que el marido mantenía relaciones paralelas con hombres, en que la señora no sabía de la situación, hasta que había descubierto a su pareja, literalmente, en la cama con las manos en la masa y de paso le había “regalado” el SIDA a su mujer.

Seamos sinceros. Con los años me di cuenta de que no existen los bisexuales. Son más bien hombres (o mujeres) que no quieren asumir su identidad sexual. Por eso con los años aprendí a reconocerlos... y a evitarlos.

Por desgracia vivimos en una sociedad muy pacata, pero me armé de valor y les dije la verdad a mis padres, para que no me siguieran insistiendo más sobre por qué no traía una polola (termino chileno con el que llamamos a las novias) a la casa. Hasta el día de hoy les cuesta un poco aceptar la idea, pero ya lo ven como un hecho consumado, que no tiene vuelta.

Cuando ingresé a la universidad, ya tenía clara la película pero nunca lo asumí públicamente, sólo unos cuantos compañeros, también gays, lo sabían, ya que mientras no tuviera una pareja no tenía por qué andar publicándolo a viva voz. Siempre he defendido el derecho a tener mi intimidad.

Luego de un par de años en la facultad empecé a conocer más gente del ambiente, poco a poco se comenzó a hacer público el hecho de mi orientación, hasta que hoy en día todos lo saben. Nunca ha faltado el huevón homofóbico que me cuestiona o critica por ello, inclusive dentro de mi propia familia, con los cuales en la medida de lo posible no se habla del tema, siendo algo tabú.

De allí que mis parientes en general no se metan mucho conmigo, salvo para los cumpleaños o fiestas, donde sólo me saludan en forma cortes con un hipócrita hola como estás, como te ha ido y esas cosas. Igualmente, evito el contacto lo más posible con la parentela, para no darles material a sus comentarios y porque algunos de mis primos son demasiado superficiales, se andan fijando en puras estupideces y cosas materiales. Prefiero la compañía de mis amigos o hacer otras cosas.

Al vivir independiente no le tengo que rendir cuentas a nadie de mis actos, pudiendo hacer lo que quiera, mientras no lastime a otros a propósito y sea responsable con lo que haga y/o diga, premisa que sigo al pie de la letra, al igual que ese viejo y sano dicho que les decía que tienen los gringos de “vive y deja vivir”. Ese refrán con los años se ha transformado en mi verdadero camino de vida.

Nunca he tenido una pareja, a pesar de haber conocido mucha gente en mis salidas y fiestas, pero nadie importante, sólo para pasar un buen rato. Para que lo voy a negar si también tengo mis necesidades. Todavía no he encontrado al hombre de mis sueños, quizás nunca logre hallarlo, no lo sé, o tal vez está a la vuelta de la esquina y aún lo ignoro.

Mi mayor problema es que me entusiasmo con alguien con demasiada facilidad sin ser correspondido. Una vez estuve muy enganchado con un tipo, Antonio. Todo iba super bien hasta que al final la cosa se funó, nunca supe por qué.

Y no nos vamos a hacer los huevones. Este no es un ambiente fácil, predominando la promiscuidad, siendo pocos quienes se toman las relaciones en serio, algo que también hoy en día suele darse significativamente y con bastante frecuencia en el ambiente heterosexual.

De todas formas, no pierdo la esperanza de que algún día aparezca golpeando a mi puerta mi príncipe azul. Soy un romántico empedernido, y por lo mismo creo en el amor, incluso cuando es a primera vista, no pasa solo en las películas.

14 de Maio de 2019 às 19:49 0 Denunciar Insira 0
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