Lote número 249 Seguir história

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Así, en Lote número 249, nos enfrentamos a los extraordinarios acontecimientos desencadenados por un egiptólogo sin escrúpulos al manipular una momia egipcia. Historia escrita por Arthur Conan Doyle. Publicada en 1892. Portada por @milinvisibles. Obra traída a la plataforma por @karlize.


Clássicos Todo o público.

#horror #cuentos #ficción
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Es posible que no pueda pronunciarse jamás un juicio absoluto y definitivo acerca de las relaciones de Edward Bellingham con William Monkhouse Lee, ni sobre la causa que motivó el gran terror de Abercrombie Smith. Es verdad que poseemos un relato completo y claro del propio Smith, así como determinadas corroboraciones que pudo encontrar en hombres como Thomas Styles, el sirviente; del reverendo Plumptree Peterson, miembro del Old College, y de otras personas que tuvieron oportunidad de obtener una visión pasajera de este o aquel incidente, dentro de una singular cadena de sucesos. No obstante, en lo esencial, la historia se apoya sólo en el testimonio de Smith, y la mayoría se inclinará a pensar que es más probable que un cerebro aparentemente sano sufra una sutil deformación en su textura, algún extraño defecto en su funcionamiento, que el hecho de que se haya transgredido el camino de la Naturaleza, a pleno día, en un centro de enseñanza tan afamado como la Universidad de Oxford. Sin embargo, cuando nos paramos a pensar en lo estrecho y tortuoso que es ese sendero de la Naturaleza, en lo confusamente que podemos trazarlo, a pesar de todas las luces de la ciencia, y en cómo surgen misteriosamente de la oscuridad que lo rodea enormes y terribles posibilidades, llegamos a la conclusión de que tiene que ser audaz y seguro de sí mismo el hombre capaz de poner un límite a los extraños senderos laterales por los que puede vagar el espíritu humano.

En la esquina de una de las alas de lo que llamaremos el Old College de Oxford se alza una antiquísima torre. El pesado arco que se extiende sobre el hueco de la puerta ha declinado bajo el peso de los años, y los bloques de piedra gris mordida por el liquen están unidos por tallos y filamentos de hiedra, como si la vieja madre se hubiera esforzado por asegurarlos contra el viento y la intemperie. Desde la puerta asciende en espiral una escalera de piedra, con dos descansillos intermedios y un tercero donde concluye. Los peldaños están desgastados y deformados por las pisadas de las generaciones de buscadores del conocimiento que se han ido sucediendo. La vida se ha deslizado como el agua por los escalones de la sinuosa escalera y, como el agua, ha dejado atrás estos surcos de piedra desgastada. Desde los pedantes estudiosos de largas togas de los tiempos de Plantagenet hasta los jóvenes calaveras de épocas posteriores, qué pictórica y fuerte ha sido esa corriente de joven vida inglesa. ¿Y qué queda ahora de todas aquellas esperanzas, de todas aquellas aspiraciones, de toda aquella energía impetuosa, excepto unas cuantas letras grabadas sobre la piedra el algún viejo cementerio, y acaso un puñado de polvo en un féretro carcomido? Sin embargo, allí permanecía la silenciosa escalera y el viejo muro gris, con sus bandas, sautores y otros emblemas heráldicos, como si fueran sombras grotescas proyectadas desde los tiempo pasados.

En el mes de mayo de 1884, tres hombres ocupaban los grupos de habitaciones que daban a los distintos descansillos de la vieja escalera. Cada grupo constaba simplemente de un cuarto de estar y un dormitorio, mientras que las dos habitaciones correspondientes de la planta baja se empleaban, una como carbonera y la otra como vivienda del sirviente Thomas Styles, cuya ocupación principal consistía en atender a los tres hombres de arriba. A derecha e izquierda había una hilera de salas de conferencias y despachos, de manera que los habitantes de la vieja torre disfrutaban de cierta independencia, lo cual confería a estos aposentos una gran popularidad entre los estudiantes más aplicados. Así eran los tres estudiantes que las ocupaban ahora: Abercrombie Smith en el piso superior, Edward Bellingham en el intermedio y William Monkhouse Lee en el inferior. Eran las diez en punto de una noche clara de primavera y Abercrombie Smith descansaba en su sillón con los pies apoyados sobre el guardafuego y la pipa de gelantina entre los labios. Al otro lado de la chimenea, en un sillón similar y en actitud igualmente cómoda, descansaba su viejo amigo de escuela Jephro Hastie. Los dos hombres vestían traje de franela, pues habían pasado la tarde en el río. Pero, aparte de los trajes, bastaba fijarse en sus rostros despiertos, de rasgos marcados, para darse cuenta de que eran hombres que gustaban del aire libre, hombres cuya voluntad y gustos se dirigían de forma natural hacia todo lo que fuera masculino y enérgico. Hastie, desde luego, era primer remero de la embarcación de su colegio, y Smith era incluso mejor remero que él, pero los exámenes proyectaban ya su sombra sobre ellos y Smith estaba volcado en el trabajo, salvo unas pocas horas a la semana que dedicaba a su salud. Un montón desordenado de libros de medicina, huesos, modelos y placas anatómicas diseminados sobre la mesa revelaban la extensión y la naturaleza de sus estudios, mientras que un par de sticks y un juego de guantes de boxeo colocados encima de la chimenea indicaban los medios de que se valía, con la ayuda de Hastie, para realizar sus ejercicios de la forma más cómoda y regular. Los dos amigos se conocían muy bien… tan bien que podían estar sentados en medio de un silencio tranquilizador, lo cual constituye el más alto desarrollo de la amistad.

Toma un poco de whisky -dijo por fin Abercrombie Smith entre dos nubes de humo-. Hay escocés en la jarra e irlandés en la botella.

-No, gracias, me estoy preparando para las regatas. No bebo cuando estoy entrenando. Y tú, ¿no bebes?

-Estoy estudiando duro. Creo que es mejor prescindir de ello.

Hastie asintió con un movimiento de cabeza y volvieron a caer en un silencio acogedor.

-A propósito, Smith -preguntó Hastie al poco tiempo-, ¿no te has relacionado todavía con los dos tipos de la escalera?

-Nos saludamos cuando nos encontramos. Nada más.

-¡Hum! Pues yo me inclinaría a dejarlo en ese punto. Tengo información sobre ellos. No demasiada, pero me basta. Si estuviera en tu lugar, no creo que intimase con ellos. Y con esto no quiero decir nada malo de Monkhouse Lee.

-¿Te refieres al delgado?

-Exacto. Es un tipo distinguido. No creo que tenga ningún vicio. Pero no puedes tratar con él sin tratar también con Bellingham.

-¿El gordo?

-Sí, el gordo. Es un hombre al que yo preferiría no conocer.

Abercrombie Smith arqueó las cejas y miró fijamente a su compañero.

-¿Qué pasa con él? -preguntó-. ¿Bebe? ¿Juega a las cartas? ¿Es un canalla? Tú no sueles ser tan crítico.

-¡Ah! Está claro que no le conoces, de lo contrario no me preguntarías. Hay algo detestable en ese individuo… algo que recuerda a los reptiles. Me da asco. Yo le clasificaría como un hombre con vicios secretos… un bilioso perverso. Aunque no es tonto. Dicen que en su especialidad es uno de los mejores que han pasado por este colegio.

-¿Medicina o clásicas?

-Lenguas orientales. Es un verdadero demonio para las lenguas. Hace tiempo se lo encontró Chillingworth en algún lugar situado por encima de la segunda catarata, y me contó que hablaba con los árabes como si hubiera nacido y le hubieran destetado y criado entre ellos. Hablaba copto con los coptos, hebreo con los judíos y árabe con los beduinos, y todos ellos habrían estado dispuestos a besarle la levita. En aquellas regiones hay viejos ermitaños que viven en las rocas y se mofan y escupen a los extranjeros casuales que pasan por allí. Pues bien, en cuanto veían al tal Bellingham, antes de que pronunciara cinco palabras, ya estaban ellos con la panza en el suelo, haciendo contorsiones. Chillingworth aseguraba que nunca había visto algo semejante. Y Bellingham, al parecer, se lo tomaba como un derecho y se paseaba pavoneándose entre ellos y les hablaba dándose aires de superioridad, como si fuera su viejo tío holandés. No está mal para un estudiante del Old College, ¿verdad?

-¿Y por qué dices que no se puede tratar a Lee sin tratar también con Bellingham?

-Porque Bellingham está comprometido con su hermana Eveline. ¡Qué chica tan simpática, Smith! Conozco bien a toda la familia. Me repugna ver al bruto ese con ella. Un sapo y una paloma… eso es lo que me viene siempre a la mente.

Abercrombie Smith sonrió y vació la pipa golpeando la cazuela contra la pared de la chimenea.

-Amigo, has puesto todas las cartas sobre la mesa -dijo-. ¡Prejuicios, desconfianza y celos! No tienes nada realmente en contra del tipo, excepto eso.

-Bueno, yo la conozco desde que levantaba del suelo lo que esta pipa de cerezo, y no me hace gracia verla correr riesgos. Y éste es un riesgo. Ese hombre parece una bestia. Y tiene el carácter de una bestia… un carácter venenoso. ¿Te acuerdas de su pelea con Long Norton?

-No. Siempre olvidas que soy nuevo.

-Ocurrió el invierno pasado, tienes razón. Bueno, ya conoces el camino de sirga que hay a lo largo del río. Por él marchaban varios compañeros, con Bellingham a la cabeza, cuando se encontraron con una vieja del mercado que venía en dirección contraria. Había llovido -ya sabes cómo se ponen esos campos cuando llueve- y el camino discurría entre el río y un gran charco casi tan ancho como el propio río. Bien, ¿qué hizo ese cerdo? No ceder el paso y empujar a la vieja, que cayó al barro con todas sus mercancías y quedó hecha un verdadero desastre. Fue una maldita canallada, y Long Norton, que es un tipo educado, le dijo lo que pensaba al respecto.

Una palabra llevó a otra y al final Norton terminó por aporrear las espaldas de su compañero con el bastón. Se produjo un alboroto tremendo, y ahora es un placer ver de qué manera mira Bellingham a Norton cuando se encuentran. ¡Por Júpiter, Smith, son casi las once!

-No hay prisa. Enciende otra pipa.

-No puedo. Se supone que estoy entrenando. Estoy sentado aquí, chismorreando, cuando debería estar a salvo en la cama. Cogeré prestada tu calavera, si puedes prescindir de ella. Le dejé la mía a Williams durante un mes. Me llevaré también estos huesecillos del oído, si estás seguro de que no vas a necesitarlos. Muchas gracias. No me hace falta una maleta, puedo llevarlos perfectamente bajo el brazo. Buenas noches, amigo, y sigue mis consejos acerca de tu vecino.

Cuando dejó de oírse el eco de las pisadas de Hastie, que iba cargado con su botín anatómico por la tortuosa escalera, Abercrombie Smith arrojó la pipa al canasto de los papeles, acercó la silla a la lámpara y se sumergió en el estudio de un formidable mamotreto de tapas verdes, ilustrado con grandes mapas a colores de aquel extraño reino interior del cual somos monarcas incapaces y desventurados. Aunque nuevo en Oxford, no lo era en el estudio de la medicina, pues había trabajado cuatro años en Glasgow y en Berlín, y si pasaba el examen que se avecinaba, entraría a formar parte de la profesión médica. Con su boca grave y severa, su frente amplia y unos rasgos bien perfilados, aunque algo duros, era un hombre que si bien no tenía un talento brillante, era tan tenaz, tan paciente y enérgico que al final podía alcanzar a los genios más notables. Un hombre capaz de mantener su terreno entre escoceses y alemanes del norte no retrocede con facilidad. Smith había dejado una reputación en Glasgow y Berlín, y ahora se proponía hacer otro tanto en Oxford, si el trabajo duro y la abnegación se lo permitían.

Llevaba estudiando cerca de un ahora, y las manecillas del ruidoso reloj colocado en un lateral de la mesa iban rápidamente a juntarse encima del número doce, cuando un sonido inesperado llegó a los oídos del estudiante… un sonido agudo y estridente, como el jadeo dificultoso de un hombre sometido a una fuerte emoción. Smith dejó el libro y ladeó la cabeza para escuchar. No se oía nada ni a derecha ni a izquierda, ni por encima de él, de modo que aquella interrupción provenía seguramente del vecino de abajo, el mismo vecino del que Hastie acababa de darle informes tan desagradables. Smith apenas sabía nada de él, salvo que era un hombre de cara pálida y fofa, entregado al silencio y al estudio, un hombre cuya lámpara proyectaba un haz de luz desde la vieja torre incluso después de que él hubiera apagado la suya. Ese hábito compartido de estudiar hasta altas horas de la noche había creado entre ellos una especie de vínculo silencioso. Cuando las horas se deslizaban calladamente hacia el amanecer, Smith se sentía aliviado al saber que había alguien en su cercanía que concedía tan poco valor como él al sueño. Incluso ahora, al dirigir sus pensamientos hacia él, sentía cierta simpatía. Hastie era un buen tipo, pero algo tosco y nervioso, desprovisto de imaginación o simpatía. No podía tolerar que alguien se apartara de lo que él consideraba el modelo tipo de lo masculino. Si un hombre no podía ser medido de acuerdo con el reglamento de una escuela pública, entonces era inaceptable para Hastie. Al igual que la mayoría de los hombres de cuerpo robusto, tenía tendencia a confundir la constitución con el carácter, a atribuir una falta de principios morales a lo que en realidad no era más que un problema de circulación sanguínea. Smith, que poseía una mente más despierta, conocía el carácter de su amigo, y lo tuvo en consideración ahora que sus pensamientos se dirigían hacia el hombre que vivía debajo de él.

No se había vuelto a producir aquel extraño sonido, y Smith estaba a punto de reanudar su trabajo una vez más, cuando el silencio de la noche fue quebrado por un grito sordo, un verdadero quejido, como el de un hombre zarandeado violentamente más allá de su capacidad de control. Smith saltó de la silla y dejó el libro. Era un hombre de nervios templados, pero había algo en aquel repentino e incontrolado alarido de horror que le heló la sangre y le puso la piel de gallina. El hecho de que se produjera en un lugar como aquél y a una hora semejante, le hizo imaginar un millar de fantásticas posibilidades. ¿Debería bajar corriendo, o sería mejor esperar?

Sentía esa especie de repugnancia nacional a hacer una escena y sabía tan poco de su vecino que se resistía a entrometerse alegremente en sus asuntos. Durante unos instantes le invadió la duda, pero mientras reflexionaba en el tema se escucharon en la escalera unos pasos precipitados y el joven Monkhouse Lee, a medio vestir y blanco como la ceniza, irrumpió en el cuarto.

-¡Baja! -jadeó-. Bellingham está enfermo.

Abercrombie Smith le siguió escaleras abajo hasta el cuarto de estar que había debajo del suyo y, a pesar de que su atención estaba concentrada en lo ocurrido, no pudo evitar echar un vistazo curioso a su alrededor. Nunca había visto una habitación semejante: -parecía más un museo que un cuarto de estudio. Las paredes y el techo estaban cubiertos con un millar de extrañas reliquias de Egipto y del Oriente. Figuras altas y angulosas, algunas con pesados fardos y otras con armas, acechaban en un inculto friso que se extendía alrededor de las cuatro paredes. Por encima destacaban estatuas con cabeza de toro, de cigüeña, de gato o de lechuza, junto a monarcas de ojos almendrados y coronas de víboras, y divinidades extrañas, como escarabajos, talladas en lapislázuli de Egipto. Horus, Isis y Osiris miraban furtivamente desde los nichos y estanterías, mientras que el cielo raso estaba cruzado por un verdadero hijo del viejo Nilo, un cocodrilo enorme de mandíbula colgante, sujeto por una doble lazada.

En el centro de esta extravagante habitación se encontraba una gran mesa cuadrada, atestada de papeles, botellas y hojas secas de una planta elegante, similar a la palmera. Estos objetos dispares habían sido amontonados para dejar sitio a la caja de una momia, que había sido transportada desde la pared -como evidenciaba el hueco que quedaba allí- y colocada en la parte delantera de la mesa. La propia momia, una cosa horrenda, negra y arrugada, como una cabeza chamuscada en un arbusto retorcido, estaba casi fuera de la caja, con una mano que parecía más bien una garra y un huesudo antebrazo que descansaba encima de la mesa. Apoyado contra la pared de la caja había un amarillento rollo de papiro, y frente a él, en una silla de madera, estaba sentado el dueño de la habitación, con la cabeza hacia atrás y los ojos dilatados que miraban con horror hacia el cocodrilo que había colgado en el techo, en tanto que los labios amoratados y secos resoplaban pesadamente a cada exhalación de aire.

-¡Dios mío! Se está muriendo -gritó como un loco Monkhouse Lee.

Era un joven delgado, bien parecido, de cutis moreno y ojos negros, más cerca del tipo español que del inglés, y con una exageración céltica en sus maneras que contrastaba con la flema sajona de Abercrombie Smith.

-No es más que un desmayo, creo -dijo el estudiante de medicina-. Échame una mano. Cógele de los pies. Ahora al sofá. ¿Puedes tirar de un puntapié todos esos pequeños demonios de madera? ¡Vaya desorden! Ahora se recuperará si le desabrochamos el cuello y le damos un poco de agua. ¿Qué diablos le ha ocurrido?

-No lo sé. Escuché un grito y salí corriendo. Yo trato mucho con él, ya sabes. Has sido muy amable al venir.

-Su corazón late como un par de castañuelas -dijo Smith, colocando la mano en el pecho de aquel hombre inconsciente-. Me parece que el miedo le ha dejado fuera de combate. ¡Échale un poco de agua! ¡Vaya cara que tiene!

Desde luego, era una cara extraña y de lo más repelente, pues el color y el perfil eran igualmente antinaturales. No estaba pálida, al menos no con la palidez propia del miedo, sino con una blancura exangüe, como la cara inferior de un lenguado. Era muy gordo, pero daba la impresión de haber sido todavía más gordo en otro tiempo, porque la piel le colgaba fofa, con arrugas y pliegues, y la cara aparecía surcada por multitud de arrugas. Sus cabellos eran de color oscuro, duros y erizados como cerdas, y tenía unas orejas gruesas y arrugadas que sobresalían a cada lado. Los ojos de color gris claro estaban abiertos todavía, las pupilas dilatadas y los globos de los ojos como perdidos en una mirada de horror. Mientras le examinaba, Smith tenía la impresión de no haber visto jamás de forma tan evidente como en aquel rostro las señales de peligro que suele colocar la Naturaleza, y sus pensamientos volvieron con mayor seriedad a las advertencias que Hastie le había hecho tan sólo una hora antes.

-¿Pero qué demonios ha podido asustarle así? -preguntó.

-La momia.

-¿La momia? ¿Por qué?

-No lo sé. Es monstruosa y mórbida. Me gustaría que se deshiciera de ella. Este es el segundo susto que me da. El pasado invierno ocurrió lo mismo. Me lo encontré igual, con esa cosa horrible frente a él.

-Pero ¿qué pretende hacer con la momia?

-Bueno, es un maniático. Es su afición. Sabe más sobre estas cosas que cualquier hombre en Inglaterra. Yo preferiría que no supiera tanto… Creo que vuelve en sí.

Una pizca de color empezó a extenderse por las lívidas mejillas de Bellingham y sus párpados se estremecieron levemente, como la vela de una embarcación después de una calma chicha. Apretó y abrió las manos, respiró de forma profunda y lenta entre dientes, sacudió la cabeza y lanzó una mirada de reconocimiento a su alrededor. Cuando sus ojos se posaron en la momia, saltó del sofá, agarró el rollo de papiro y lo arrojó dentro de un cajón. Después lo cerró con llave y volvió tambaleándose al sofá.

-¿Qué ocurre? -preguntó-. ¿Qué queréis, muchachos?

-Te pusiste a gritar y armaste un jaleo de mil diablos -dijo Monkhouse Lee-. No sé lo que habría hecho contigo si nuestro vecino de arriba no hubiera acudido en tu ayuda.

Bellingham hundió la cabeza entre las manos y estalló en una recalcitrante risa histérica.

-¡Basta! ¡Déjalo ya! -exclamó Smith, sacudiéndole bruscamente la espalda-. Tienes los nervios de punta. Tienes que olvidar por esta noche esos juegos con las momias o acabarás chiflado. Ahora mismo estás como un hilo de telégrafo.

-Me pregunto -dijo Bellingham- si tú estarías tan sereno como yo si hubieses visto…

-¿Qué?

-¡Oh, nada! Me pregunto si serías capaz de permanecer de noche con una momia sin que se te alterasen los nervios. No dudo que tengas razón. Puede que haya trabajado demasiado últimamente, pero estoy bien ahora. No te vayas, por favor. Espera unos minutos, hasta que me haya tranquilizado.

-La atmósfera de la habitación está muy cargada -señaló Lee, abriendo la ventana y dejando que entrara el aire frío de la noche.

-Es resina balsámica -dijo Bellingham. Cogió una de las hojas secas que había encima de la mesa y la retorció encima del tubo de la lámpara. La hoja dejó escapar pesadas volutas de humo y la habitación se llenó de un aroma espeso y picante-. Esta es la planta sagrada… la planta de los sacerdotes -remarcó-. ¿Conoces algo de las lenguas orientales, Smith?

-Nada. Ni una palabra.

La respuesta pareció quitarle un peso de encima al egiptólogo.

-A propósito -continuó-, ¿cuánto tiempo transcurrió desde que bajaste hasta que recobré mis sentidos?

-No mucho. Cuatro o cinco minutos.

-Ya me imaginaba que no podía haber sido mucho -dijo, respirando profundamente-. Pero ¡qué extraña es la inconsciencia! No existe medida para ella. Yo no podría decir, según mis propias sensaciones, si fueron segundos o semanas. Ese caballero que está encima de la mesa fue embalsamado en los tiempos de la undécima dinastía, hace unos cuarenta siglos, pero si pudiera accionar su lengua nos diría que este lapso de tiempo no ha sido más que un abrir y cerrar de ojos. Es una momia especialmente distinguida, Smith.

Smith se acercó a la mesa y examinó con mirada profesional la forma negra y retorcida que tenía delante. Aunque horriblemente descoloridas, las facciones se conservaban perfectas, y dos ojillos parecidos a avellanas, seguían acechando desde las profundidades de las cuencas negras y cavernosas. La piel, cubierta de erupciones, aparecía tirante de un hueso a otro, y una maraña de cabellos gruesos y negros le caía por encima de las orejas. Dos dientes finos, semejantes a los de una rata, sobresalían por encima del labio inferior. Tal y como estaba, en una postura encogida, con las articulaciones dobladas y la cabeza estirada, aquel engendro horroroso sugería una vitalidad tan grande que el propio Smith se sobresaltó. Las costillas chupadas, recubiertas por algo que parecía pergamino, estaban al descubierto, y el abdomen, hundido y de color plomizo, mostraba la larga hendidura donde el embalsamador había dejado su marca. Sin embargo, los miembros inferiores estaban envueltos en un tosco vendaje amarillento. Desparramados por el cuerpo y el interior de la caja se veían pequeños trozos de algo similar a clavos de mirra y de casia.

-Ignoro su nombre -dijo Bellingham, pasando la mano sobre la arrugada cabeza-. Como ves, el sarcófago exterior, que es el que lleva las inscripciones, se ha perdido. El título que tiene ahora es lote 249. Está escrito en la caja. Ese es el número que tenía en la subasta donde lo adquirí.

-En sus tiempos debió de ser un tipo atractivo -observó Abercrombie Smith.

-Fue un gigante. La momia mide seis pies y siete pulgadas, y eso le convertiría en un gigante, porque los egipcios no fueron una raza demasiado robusta. Palpa también estos huesos grandes y abultados: Debió ser un tipo poco recomendable para discutir con él.

-Quizás estas mismas manos ayudaron a colocar las piedras de las pirámides -sugirió Monkhouse Lee, observando con repugnancia los talones torcidos y sucios.

-Ni mucho menos. Este tipo fue conservado en natrón y cuidado con el estilo más refinado. No daban ese tratamiento a los simples peones. Con sal y betún tenían suficiente. Se calcula que esta clase de tratamiento venía a costar unas setecientas treinta libras de nuestra moneda actual. Nuestro amigo debió ser noble, por lo menos. ¿Qué piensas de esa pequeña inscripción que tiene cerca del pie, Smith?

-Ya te he dicho que no conozco ninguna lengua oriental.

-Ah, es cierto. Es el nombre del embalsamador, creo. Debe de haber sido un artesano muy concienzudo. Me gustaría saber cuántas obras modernas sobrevivirían durante cuatro mil años.

Siguió hablando en tono desenfadado y animado, pero a Abercrombie Smith le parecía evidente que todavía le palpitaba el corazón de miedo. Le temblaban las manos, el labio inferior se estremecía levemente, y sus ojos, donde quiera que mirasen, se detenían siempre en su horrible compañero. Pero, a pesar del miedo, en el tono de voz y en sus maneras se adivinaba la satisfacción del triunfo. Le brillaban los ojos, y sus pasos, cuando caminaba por la habitación, eran firmes y confiados. Daba la impresión de un hombre que ha pasado por una experiencia terrible, cuyas marcas permanecen todavía patentes en el cuerpo, pero que le había ayudado a conseguir su objetivo.

-¿Te vas ya? -exclamó cuando Smith se levantó del sofá.

Parecía que el miedo le asaltaba de nuevo ante la perspectiva de volver a la soledad, y extendió una mano para detenerle.

-Sí, debo irme. Tengo que volver a mis estudios. Ya estás bien, aunque tal y como tienes el sistema nervioso creo que sería recomendable que dejaras de lado tus morbosos estudios.

-Oh, por lo general no soy nervioso. No es la primera vez que le quito el vendaje a una momia.

-La última vez te desmayaste -observó Monkhouse Lee.

-Ah, sí, es cierto. Bueno, debo tomar algún tónico para los nervios o un tratamiento de electricidad. Lee, tú no te vas, ¿verdad?

-Lo haré si lo deseas, Ned.

-Entonces bajaré contigo y me tumbaré un rato en tu sofá. Buenas noches, Smith. Siento haberte molestado con mi imprudencia.

Se estrecharon las manos, y mientras el estudiante de medicina subía por la irregular escalera, escuchó el sonido de una llave en la cerradura y los pasos de sus dos nuevos conocidos que descendían al piso inferior.

9 de Maio de 2019 às 00:00 1 Denunciar Insira 2
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Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Bravo.
9 de Maio de 2019 às 05:28
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