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I

Llevaba una intensa semana encerrado en casa. Final de curso era una época complicada y el máster le estaba absorbiendo la vida. Casi podía acariciar su libertad, pero llevaba un retraso considerable con su Proyecto final de Máster. Si ahora suspendía, todo el esfuerzo quedaría en nada y eso no se lo podía permitir.


Sus compañeros de piso habían salido a una fiesta. Trataron de tentarle con las chicas, el alcohol y la fiesta desenfrenada, pero su sentido de la responsabilidad había sido superior y prefirió quedarse en casa. Dos horas más tarde, seguía atascado ante la página en blanco del editor de textos. Intentó despejar su mente con su teléfono móvil y terminó envidiando las instastoriesde sus amigos. Que cabrones, les tendría que haber hecho caso.


Iba a salir de la aplicación dispuesto a concentrar todas sus energías en el proyecto, cuando le llegó un SMS: «Deseos a domicilio, tu pide y nosotros lo hacemos posible. Llama al 600 501 312. No te arrepentirás».


Se sorprendió con la originalidad del mensaje. La publicidad cada vez era más ingeniosa pensó, y el teléfono móvil volvió a vibrar: «Llámanos. El primer deseo es GRATIS. 600 501 312».


Le hizo gracia, como si le estuvieran leyendo la mente, y aunque sabia que los impulsos no eran buenos consejeros, llamó. La dulce voz de una operadora respondió al otro lado.


—Deseos a domicilio. ¿En qué puedo ayudarle?

—Sí, hola… Me gustaría pedir una Pizza Unicornio —y colgó riéndose a carcajada limpia.


No hacía estas chiquilladas desde el colegio. Tumbado en el sofá de su salón, podía imaginar la cara de incredulidad que, con toda seguridad, había puesto la operadora. Le entraron los remordimientos, su pepito grillointerior afloró y se sintió un poquito mal. En el fondo, «siempre había sido un poco idiota».


El timbré de la puerta lo sacó de sus cavilaciones. ¿Quién sería a las tres de la madrugada? Con cautela abrió y se encontró con un chico y una pizza en la mano. ¿Podía ser su deseo?


—Hola Señor García. Le traigo su pedido. Pizza Unicornio ¿verdad?

—S… siií... —balbuceó ante la sorpresa.

—Aquí tiene. Queso cremoso, algodón de azúcar y Peta Zetas. Una bomba de azúcar, pero para gustos… —le dijo guiñándole un ojo.

—¿Le le.. deb..o algo? —consiguió decir.

—No, ya está pagada. Solo tiene que firmar aquí —y le mostró una tablet.


Firmó estando en shock. El chico le dio el recibo y se fue. En un rápido movimiento, cerró apoyándose de espaldas contra la puerta con su supuesto deseo entre las manos. Examinó la caja, impreso se podía leer Deseos a domicilio. ¿Qué demonios acababa de pasar?


Decidió probarla, total, «de perdidos al río». El repartidor tenía razón, no solo tenía una pinta una asquerosa, era una bomba de azúcar incomestible. Su teléfono vibró. Un número desconocido le estaba llamando.


—¿Hola?

—Hola Señor García, ¿feliz con su deseo? —le dijo la misma voz de antes y se quedó petrificado—. ¿Señor García?

—eh… hola —respondió con voz temblorosa—. Es horrible.

—Lo lamento. Por desgracia, no opinamos sobre los deseos de nuestros clientes. Nos limitamos a cumplirlos. ¿Desea algo más?

—No, gracias.

—¿Está seguro? —le insistió—. Puede pedir cualquier deseo. Sin límites y...

—¡No es no! —y colgó asustado. Había sido una conversación «jodidamente rara» y empezaba a tener miedo. ¿En qué macabro juego se había metido?

El teléfono volvió a vibró en la palma de su mano. Otra vez ese número desconocido.

—¡Dejadme en paz!

—Lo siento, pero usted a contraído unas obligaciones con nuestra empresa.

—¿Perdón?

—¿Recuerda el recibo que ha firmado?


Salió corriendo en busca del dichoso recibo. Con los nervios, ya ni recordaba que había hecho con él. Lo encontró arrugado en la papelera de su habitación y lo que leyó le dejó helado.


«Gracias por elegir Deseos a domicilio. Tiene derecho a tres deseos, uno de ellos ya disfrutado con la firma de este contrato. Acaba de aceptar su VIDA como método de pago. Transcurridos diez años, uno de nuestros agentes le hará una visita y le ofrecerá 5 días para poner en orden sus cosas. La firma de este contrato implica la aceptación de todas sus cláusulas. En caso de incumplimiento, nuestro agente se personará inmediatamente para hacer efectivo el pago de la deuda contraída. Deseos a domicilio, siempre a su servicio».


—¿Qué mierda es esta? —gritó al teléfono.

—La letra pequeña de nuestros servicios —le informo la operadora—. Usted nos pidió un deseo. Una pizza Unicorno para ser exactos. Cumplimos y aceptó las condiciones del servicio. ¿No le enseñaron que hay que leer la letra pequeña antes de firmar?

—¡Si es una broma no tiene ni puñetera gracia!

—Le aseguro, Señor García, que no es ninguna broma y…

—¿Cómo sabe mi nombre? —la interrumpió.

—Al firmar nos transfirió su alma. Lo sabemos todo de usted. Marcos García, 25 años, trabaja de administrativo, comparte piso y está estudiando un Máster. Quizás le podríamos ayudar con ese problemilla ¿sabe? En fin... ¿Hemos captado su atención? —no consiguió articular palabra así que la operadora continuó—. Mire Señor García, ¿por qué no disfrutar del éxito lo que le queda de vida? Puede ser millonario, una estrella de rock o del cine… solo tiene que pedirlo.

—¿Y si no quiero nada?

—El incumplimiento tiene graves consecuencias. Su caso pasaría a segundo nivel y bueno… —sonó el timbre de la puerta—. Vaya, su caso acaba de ser transferido. Buena suerte Señor García.

La operadora colgó y el timbré volvió a sonar con insistencia. Se acercó y miró por la mirilla. Al otro lado, un hombre mayor de pelo canoso y piel blanquecina esperaba ataviado con un inmaculado traje negro.

—Señor García, le rogaría que me abriese para que podamos tratar el delicado tema que nos atañe a usted, y a la empresa a la cuál represento.

Abrió con miedo y antes de poder articular palabra, el hombre entró murmurando «los mortales, siempre intentando escurrir el bulto».

—Cristóbal La Parca —se presentó— trabajo para…. —rebuscando en el maletín — Deseos a domicilio. Perdón, tenemos múltiples nombres y en ocasiones cuesta centrarse ¿sabe? —dijo con una escalofriante sonrisa.

—¿Qué quiere de mí?

—Yo nada, pero mi jefe quiere su vida dado que su alma ya la tiene. Solo es cuestión de tiempo y eso, es lo que he venido a negociar con usted. Tiempo.


Y así lo soltó, sin tirita ni nada. Un cubo de agua fría igual de surrealista que todo lo que estaba sucediendo esa noche. Deseos, almas y el infierno, que parecía un jodido call centercon burócratas, contratos y letra pequeña. Una pesadilla en toda regla.


—¡Solo pedí una maldita Pizza Unicornio! —gritó desquiciado.

—Y aceptó nuestras condiciones firmando el contrato. Entre usted y yo, ha batido nuestro record de deseos absurdos. Incluso nos hemos jugado su caso. El día a día, ahí abajo —comentó señalando el suelo— es muy aburrido. ¿Se imagina una vida de funcionario para toda la eternidad? pues así estamos, y cuando sale algo extraño, nos emocionamos tanto que nos lo jugamos a la pajita más corta.

—Soy muy joven para morir. ¡Era una maldita broma!

—Llame a mis compañeros, pida los deseos y nos vemos en diez años. —Siguió con su discurso Cristóbal.

—¿Y si quiero vivir más de diez años?

—Eso no se lo puedo garantizar ni yo. Un accidente de tráfico, un terrorista, una caída tonta en la bañera, … El hilo del destino es muy caprichoso y no intervenimos en él, a menos que tengamos un contrato firmado —le dijo mostrando el suyo— pero con esto, le podemos garantizar diez fantásticos años. Si sabe elegir bien claro. Algunos son algo gilipollas con sus deseos.

—Todos los contratos tienen sus lagunas. Algo se podrá hacer ¿no?

—No. Si no le interesa, directos al inframundo.

—Vamos hombre… Mi pizza Unicornio le ha sacado de su rutina ¿no merezco una oportunidad?

—Bueno, como caso excepcional, podríamos hacer un trato.

—¿Qué trato? —preguntó con miedo, aunque a peor ya no podía ir.

—En el fondo somos burócratas. Necesitamos que alguien ocupe su lugar. Nos da igual si es usted, su amigo o la vecina del cuarto.

—¿Me pide que le pase el marrón a otro?

—Hablando apropiadamente, le digo que «le cargue el muerto a otro», pero sí.

—No puedo hacer eso, no sería justo.

—La vida no es justa. Le ofrezco una solución porque me cae usted simpático. Veamos… —ojeó un expediente— su familia falleció en un accidente de tráfico causado por un vehículo de grandes dimensiones que se dio a la fuga. Nunca se encontró al culpable. Ahí tiene su oportunidad.

—Nunca se encontró a ese conductor.

—No hay secretos para nosotros. Aquí mismo tengo su identidad ¿Tenemos trato? —le preguntó ofreciéndole la mano.

—Tenemos trato —dijo con la voz más firme que pudo estrechándole la mano.

—Un placer hacer tratos con usted Señor García. Que disfrute de una larga vida.


El hombre se desvaneció y el contrato se volatilizó. Hubiera parecido una pesadilla, de no ser porque la Pizza Unicornio continuaba sobre la mesa. Seguro que, en alguna parte, un desconocido al que odiaba con todo su ser, estaría recibiendo una llamada y caería en la trampa. Pero, ese ya no era su problema.



8 de Maio de 2019 às 08:32 0 Denunciar Insira 1
Fim

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