Dark Spirit: el guerrero espiritual Seguir história

santiago-lozano1556586029 Santiago Lozano

Miguel García es un adolescente, quien tras escapar de su casa y ser asesinado, renace en Arcana, un mundo mítico donde la magia es creada y en donde existen un grupo de personas conocidas como portadores. Allí, él vivirá diversas aventuras, superara desafíos y sin saberlo, se volverá un héroe.


Fantasia Épico Para maiores de 18 apenas.

#aventura #341 #otromundo #isekai #234 #328
25
4.7mil VISUALIZAÇÕES
Em progresso - Novo capítulo Todas as Sextas-feiras
tempo de leitura
AA Compartilhar

CAPITULO 1: Y así comienza.

Bueno, bueno, no estoy realmente seguro por dónde debo empezar mi historia. Es larga y difícil de explicar, eso lo doy por seguro. Especialmente al encontrar el lugar correcto para comenzar. Pero supongo que no será problema.

Creo que el lugar indicado para comenzar sería antes de dejar México, o mejor dicho, este mundo. Cuando la vida era relativamente aburrida, simple y mucho menos mágica y fantasiosa.

En fin, mi nombre es Miguel García, voy en cuarto de preparatoria y, como dije antes, vivo en la ciudad de México con mis padres, mi abuela y mi hermana menor Gabriela, quien es unos 4 años menor que yo.

Solía pasar la mayor parte del tiempo ya sea jugando videojuegos o escuchando música desde mi computadora o celular (generalmente, siempre es por mi celular). También me gusta dibujar, especialmente animales mitológicos, ya que me gusta ver películas de fantasía y leer libros de este género tales como: Harry Potter, las crónicas de Narnia, el Señor de los anillos, entre otras.

Ya habían llegado las vacaciones de verano, lo que significaba que ya había terminado la escuela. Pero el próximo año iba a cumplir 18 años y es así que mi papá me había estado insistiendo en que buscara un trabajo ya que, según él, no quiere que me pase el verano "haciendo nada". Ojala le hubiera hecho caso. Tenía 17 años, que es donde comienza la historia, y lamentablemente, no estaba preparado para lo que sucedió.

Así que imagínate, si quieres: un martes por la tarde soleada en julio. Son más de 20 grados en la temperatura, en el centro de Coyoacán. Ahora coloca una casa estilo provenzal, casi como cualquier otra casa en aquella delegación. Estamos en la azotea de mi casa. No era tan diferente a las demás. Era la típica azotea de una casa cualquiera. Un espacio completamente vació, salvo por los bordes que la rodeaban y un tinaco de agua justo encima de la entrada al cuarto de lavado y las escaleras.

En ese mismo momento, estaba sentado en el piso recargándome sobre la pared detrás del cuarto de servicio, escuchando música con mis audífonos puestos mientras dibujaba en mi cuaderno. Lo que dibujaba era nada más y nada menos que; un dragón europeo. Probablemente era la tercera vez que dibujaba uno de esos, pero me fascinaban los dragones (pese a ser criaturas mágicas vistas hasta el cansancio en películas y videojuegos hoy en día). Estaba casi a punto de terminarlo, solo me faltaban las alas y las patas, cuando de repente la canción que estaba escuchando dejó de sonar, y en su lugar, fue reemplazando por el tono de llamada del celular.

Dejé de dibujar y, poniendo mis audífonos sobre mi cuello, tomé mi celular y le eché un vistazo.

Llamada entrante

Eduardo.

Sonreí y contesté la llamada.

―¿Hola?― pregunté.

―¡Qué onda wey! ¿Qué andas haciendo?― respondió Eduardo.

Eduardo era un viejo amigo mío; lo hemos sido desde la secundaria y nos llevamos muy bien. Es casi como un hermano para mí.

―Pues...―miré a mí alrededor por unos segundos y respondí: ―Aquí, perdiendo el tiempo, ¿y que se te ofrece?―

―¡No te hagas, Migue!― respondió Eduardo con un tono estupefacto. ―Acuérdate que me prometiste que me acompañarías a "ya sabes dónde"―

Al principio me confundí, pero luego me quedé impactado luego de acordarme y comprender a qué lugar se refería.

―No hablas enserio, ¿o sí? ―le pregunte de manera inquietante. ―No estarás refiriendo a...―

―¡Pues obvio!― Eduardo me cortó. ―Vamos en coche, tomamos un trago, nos largamos y nadie se dará cuenta.―

―No lo sé― le dije. ―No creo poder ir y aparte mi papá me castigo por lo de la última vez...―

―!Porfa Miguel! hazme el paro. Lo prometiste. Además, también traeré a Joshua con nosotros y, es más, le pediré que se traiga su coche por si las moscas―.

Me quedé pensando. Verán, a pesar de que Eduardo me cae bien, no puedo negar que me ha metido en problemas en varias ocasiones y siempre, de una forma u otra, era yo quien cargaba con la culpa.

Resulta que hace no más de una semana, Eduardo me había pedido de favor que lo llevará a su casa, a pesar de que le deje MUY en claro que no sabía manejar bien. Para no quedar mal con él, tuve que robar...digo, pedir prestado el coche de mi papá y fui a recogerlo. ¿Y qué pasó después?; Pues que al no saber manejar bien, termine chocando el coche contra un poste. Por suerte ninguno de los dos tuvo que ir al hospital, pero, por desgracia, no me salvé de mi papá. Se puso furioso. Total, que al final me castigó sin salir de casa por 1 semana.

Aunque también se la debía a Eduardo. Puesto a que me hizo prometer que lo acompañaría al antro con Joshua a cambio de ayudarme a estudiar para un examen anual que debía de una materia y, gracias a eso, pude pasar el examen. Así que sí le debía un favor.

Finalmente y luego de pensarlo un poco, le respondí:

―De acuerdo, iré.―

―¡Gracias Miguelito! ¡Sabía que podía contar contigo!― Grito Eduardo emocionado.

―Nos vemos en donde siempre a media hora― dije y colgué.

Dejando escapar un suspiro, puse mi cabeza contra la pared, mirando al cielo. Las nubes se arremolinaban en el cielo ventoso, de vez en cuando ocultando el sol. Mi mente siempre encontraba formas en las nubes si las miraba el tiempo suficiente. Procrastinando aún más, pensé que si no me dejaban dibujar, ahora solo miraría las nubes.

Tal vez debido al calor al que estuve expuesto durante ese tiempo, o tal vez porque el dibujo se quedó grabado en mi cabeza, pero al instante, lo primero que mi mente formó en las nubes fue la forma de un dragón occidental. Miré sorprendido al gran lagarto, admirado de lo bien que se veía; mucho más que cualquier nube que haya visto antes. El hocico afilado, las escamas resplandecientes, las patas fuertes y algo delgadas, el cuerpo ancho y sobre todo, un par de cuernos y alas de murciélago; Estaba tan claro como el día. Me perdí en mis pensamientos mientras el dragón se movía perezosamente a través del cielo en la brisa. Era cada vez más extraño que el dragón conservara su forma, a pesar de que las nubes que lo rodeaban se arremolinaban sin cesar. Cuando la cara del dragón pasó sobre el sol, ocurrió un extraño fenómeno; Sus ojos brillaron de repente con una luz dorada y radiante, y la cabeza se giró.

Y me miró fijamente.

Mis ojos se agrandaron mientras lo miraba, desconcertado por este extraño suceso. Parpadeé, pensando que tal vez solo era un truco de la luz. Pero cuando miré de nuevo, todavía estaba el dragón. El temor puro llenó mi mente mientras miraba sus brillantes ojos dorados que poco a poco, se iban oscureciendo.

Un repentino grito detrás de mí me hizo saltar.

―¡Miguel!― La aguda voz de Gabriela vino debajo de las escaleras del cuarto de servicio. ―¡Abuela dice que bajes a cenar!―

―¡Ya te oí! ¡Enseguida voy!― Le conteste a gritos.

Me puse de pie y miré nuevamente al cielo en busca del dragón resplandeciente. Pero se había ido sin dejar rastro. Solo había un gran grupo de nubes que ocultaban el sol de la vista.

Miré hacia otro lado con asombro, pensando en lo que acababa de ocurrir. Mis ojos se posaron en mi dibujo al momento de recoger mi cuaderno del piso. Con una sonrisa, suspiré y sacudí la cabeza.

―Tanto dibujar me ha afectado la cabeza―.

Recogí mis cosas del piso, y sin pensar en el dragón, las guardé en mi mochila negra y, poniéndome la mochila en mi hombro, comencé a caminar escaleras abajo.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Seguí bajando hasta llegar a mi cuarto. No es demasiado grande, pero tampoco demasiado pequeño. Sólo lo suficientemente espacioso para un adolescente. Las paredes están enlucidas con posters e imágenes de películas y videojuegos, y unos cuantos dibujos aleatorios que había dibujado y que sentí eran de suma importancia como para mostrarlos. Mi cama yacía justo en medio de todo, junto a la puerta donde estaba mi baño. A la izquierda de la cama había dos puertas blancas enrollables que se abrían para revelar un pequeño armario lleno de ropa. Justo en frente de mí, se encontraba una ventana horizontal que tenía vista a la calle. En frente de mi cama, había un pequeño escritorio donde estaba mi computadora y, a su derecha, había una delgada estantería que se extendía desde el piso hasta el techo. Los estantes estaban llenos de libro tras libro.

Una vez que estuve aquí, me dirigí a mi armario y lo abrí. Del armario, saqué un suéter con capucha color verde, uno de mis favoritos. Me lo puse y bajé al comedor, mi abuela Imelda había preparado un fabuloso plato de espagueti con carne asada incluida.

Ella entró con gracia al comedor cuando me senté en la mesa.

―Hola Miguel. Llegas justo a tiempo para merendar― Dijo dulcemente. ―Tu hermana quería pedir pizza, pero...―

―Me alegra que no lo hicieras―Respondí con una sonrisa, interrumpiéndola. ― ¡Esto se ve delicioso!―

Un sonido de pasos vino de las escaleras, empujé mi silla y me levanté para ver quién era. Como supuse se trataba de Gabriela quien bajaba corriendo con mi padre detrás de ella.

El hombre podría haber sido mi gemelo, si no fuera por el hecho de que era más alto y dos veces más viejo que yo. Un hombre que empujaba 40, tenía el pelo castaño café del mismo tono que el mío solo que con algunas manchas grises. Su nariz era respingada, igual que la mía, y sus brillantes ojos marrones estaban enmarcados detrás de un par de gafas cuadradas.

Tanto papá como Gabriela entraron al comedor donde la abuela había puesto el espagueti. Gabriela se sentó a mi lado y papá se sentó frente a ella, junto a la abuela. Gabriela barajó su cabello negro y liso y me miró.

―¿Y tú donde estabas, Miguel?― Preguntó. ―Te estuve buscando por toda la casa―

―A ti que te importa niña, no seas tan metiche― Pronuncie fríamente, llevándome un bocado a la boca. ―Estaba en la azotea―

―¡No es justo! ¿Porque él sí puede subir ahí y yo no?― Gritó.

―Gaby, no se grita en la mesa― Dijo abuela.

Gabriela tomó su bebida, actuando como si no la hubiera escuchado.

―¿Y qué hacías en la azotea?― Preguntó mi abuela con curiosidad.

―Nada importante― respondí mirando hacia atrás, donde estaba mi mochila.

Ella entendió y me sonrió sin nada más que decir.

Mi papá, por otro lado, solamente se me quedó viendo. Como si quisiera que le dijera algo, lo que fuera. Eché un vistazo al reloj y vi que se me hacía tarde para reunirme con mis amigos.

Así que me levanté de la mesa y anuncie:

―En fin, nos vemos al rato―.

Tomé mi mochila y caminé hacia la puerta, pero entonces fui detenido por la voz de mi padre antes que pudiera siquiera abrir la puerta.

―¡¿A dónde crees que vas?!―

―Con mi amigo― Le respondí impaciente.

―No me digas...― Dijo desafiante. ―Por si no lo recuerdas, estás castigado. Así que la única cosa que vas a hacer es ayudar a tu abuela a lavar los trastes―.

Era mi turno ahora de desafiarlo. ―¡No me importa lo que digas! Además ya te dije que lo sentía ¿Ok? Le prometí que lo acompañaría, y no puedo dejarlo solo. Así que ahí nos vemos.―

Antes de que pudiera salir a ninguna parte, mi papá me agarró bruscamente del brazo y me jaló hacia él. ―No te mandas solo. ¡Te dije que tú no vas a ningún lado!―

Ya estaba empezando a desesperarme. Sabía que no podía convencerlo, así que decidí seguir adelante. Papá soltó mi brazo y lo fulminé con la mirada.

―¿Qué te importa? ¡Nunca me dejas hacer nada! No escuchas cuando quieren decirte algo, ¡Eso es lo que haces! Siempre quieres que los demás hagan lo que tú quieres. ¡Por eso mamá te dejó, fíjate! Tú siempre lo hacías con ella.―

―Basta― Habló entre dientes, ordenándome que parara.

―Yo lo vi― Continué, como si quisiera desafiarlo.

―No cambies de tema, Miguel―.

―¡No la escuchabas, por eso se fue!―

Tras decir estas palabras, papá me dio una cachetada. En ese momento, mi abuela se paró de la mesa y caminó hacia nosotros y le dijo unas palabras a mi papá como si tratara de calmarlo, pero no sirvió de mucho. Gabriela se quedó sentada en la mesa, asustada por lo que acababa de pasar.

Hasta el día de hoy, no tenía ni idea del porqué dije eso o si acaso era verdad. Verán, mis padres no suelen verse mucho y de hecho, tenía 5 años cuando se divorciaron, así que no suelo ver mucho a mi madre y realmente la extrañaba e incluso desde que era niño, siempre deseaba y tenía la falsa esperanza de que algún día mis padres estuvieran juntos de nuevo. Jamás entendí el porqué de su separación y mi papá nunca me dijo la verdadera razón.

A pesar de los intentos de mi abuela por calmar a papá, este la ignoro y gritó furioso: ―¡No me hables así! ¡Esta es mi casa y aquí se hace lo que yo digo! ¿Quedó claro?―

No respondí, solo le clave una mirada furiosa y con los puños cerrados. Como si quisiera golpearlo.

―Te dije, ¿Que si quedó claro?― Repitió con un tono furioso, pero a su vez bajo como una especie de susurro.

Me quedé parado frente a la puerta, sin decir nada. Pero él siguió hablándome. ―No vuelvas a hablar de ella, ¿Oíste? Tu madre no tiene nada que ver con esto. No eres más que un vago y flojo. ¡Si no te gustan mis reglas, entonces vete a vivir a otra casa!―

―¡Por favor, ya paren los dos!― Abuela intervino.

―¿Sabes qué, papá? Tienes razón, me largo de aquí.― Dije y me dispuse a abrir la puerta y salir de mi casa. Papá y la abuela Imelda trataron de detenerme, pero antes de irme, me volví hacia atrás y, mirando a mi papá, le grité:

―¡Te odio! ¡No quiero vivir contigo!―

Sabía que me iba a arrepentir de lo que dije en ese momento.

Cerré la puerta de golpe y baje por las escaleras de piedra hasta llegar a la reja de mi casa, que daba a la calle. La abrí y salí corriendo. Pude escuchar a mi abuela y mi papá llamándome, pero los ignoré y seguí corriendo lo más rápido que pude. Solo quería alejarme de ahí, con la esperanza de que las cosas se calmaran.

No estoy seguro por cuánto tiempo seguí corriendo, pero hubo un momento en el que un dolor de caballo se hizo presente y me impedía caminar. Me detuve en un callejón a descansar y me recosté en la pared. Estaba empapado de sudor, con la boca reseca y los pies ardiendo. Dejé caer mi cuerpo hacia el piso y mire a mí alrededor. En el lugar, no había nada más que algunos botes de basura y unas farolas que iluminaban pobremente el sitio.

Saqué mi celular y traté de llamar a Eduardo.

Lo sentimos...el número que usted marcó está ocupado...

Corté la llamada y suspiré molesto. Trate de llamar a Joshua, con el mismo resultado. Guarde mi celular y me puse de pie. Se suponía que nos veríamos en nuestro punto de reunión, que era el parque. Pero ahora no sabía perfectamente en donde me quede y ya no supe a donde irme o si estaba cerca del parque.

Me hervía la sangre del enojo. Todavía estaba furioso por la discusión con mi papá y necesitaba desahogarme de alguna manera. Inspeccioné a mí alrededor y dirigí mi mirada hacia uno de los botes de basura que estaban en el lugar. Sin perder el tiempo, corrí hacia el bote y lo derribe con una patada, haciendo que la basura que contenía saliera volando por todo el piso. No satisfecho, pisé y paté cada pedazo de basura que tenía en mi camino, o a veces lo lanzaba hacia una pared o lo que sea. Hice lo mismo con cualquier cosa que encontraba en el lugar. Para mi suerte, nadie salió de su casa a reclamarme o a decirme de cosas, y menos mal, porque tampoco estaba de humor para andar escuchado sus quejitas.

Una vez que terminé de desahogarme, me encontraba un poco más tranquilo y relajado. Me puse de rodillas y quería soltarme a llorar, como si despertara de algún tipo de hipnosis y me diera cuenta de lo que había hecho. Se sentía realmente horrible.

En ese momento, pude escuchar una voz suave, pero grave, que venía detrás de mí.

―Típico de los de tu clase. Siempre dejan que la ira saque lo peor de ustedes―.

Me levanté de un salto, con el corazón latiendo a mil por hora, y me di la vuelta para ver de quien se trataba. Lo que vi fue a un hombre encapuchado. Su cara no se le podía ver bien por la capucha que traía, y ni siquiera las luces de las farolas sirvieron de mucho. Se quedó parado sobre mí, mirándome con un interés inquietante.

Tragué saliva.

―Yo...em, estaba...―Traté de decir algo. Empecé a ponerme nervioso, pues no esperaba que alguien me estuviera viendo.

―Tranquilo―, dijo casualmente. ―No deseo lastimarte―

―Y... ¿qué quieres de mí?― Pregunté, tratando de calmarme. ―Acaso tú...―

Antes de que terminara mi frase, el sujeto se me adelantó. ―No, no vivo aquí. No en este...―Echó un vistazo a su alrededor―...lugar tan desagradable. Solamente vine a...proponerte algo―.

Dio un paso hacia a mí, mientras yo retrocedía al mismo tiempo.

―Escucha: no quisiera ser grosero ni nada, pero la verdad es que no me interesa. Acabo de pasar por un mal momento y no quisiera ver a nadie. Aunque será mejor que me vaya ― Me di la vuelta, con la intención de largarme.

Pero justo antes de que pudiera hacerlo, pude sentir que aquel sujeto me tomó del brazo y no me soltó. Trate de forcejear, pero no me soltó, aunque tampoco se veía que me apretaba el brazo.

―No te vayas, muchacho―, habló el hombre con un tono formal. ― Solo te pido que me escuches por un rato―.

Finalmente, soltó mi brazo, pero siguió hablándome. ―Sé que todo esto te resultará confuso. Por favor, déjame presentarme. Mi nombre es Ren. Solo Ren. A tu servicio―

Se inclinó hacia a mí, haciéndome una reverencia.

―Un placer, señor Ren, ―contesté, estrechando mis ojos intencionalmente. Había algo raro en este hombre. No podría decirte exactamente qué, pero él tenía una presencia muy extraña. A pesar de no ver su cara, parecía completa y aterradoramente calmada y fría. Simplemente parecía alguien que no tuviera emociones.

―Igualmente, Miguel―, dijo, sin siquiera mirarme. ―Sí, sé tu nombre. Te he estado observando durante las últimas horas y he visto tu...pequeña discusión con tu padre. Y ahora que escapaste, no sabes que hacer, ¿verdad? Afortunadamente para ti, tengo una oferta que no podrás rechazar.―

―¿Tienes?― Pregunté, frunciendo el ceño un poco.

―Así es. Verás: vengo de un lugar donde le dan empleo a jóvenes como tú. Y por lo visto, tu padre quería que buscaras uno, ¿No es así?―

Tragué saliva. ―Sí, eso fue lo que él quería pero...―Incomodo, quería desesperadamente saber de qué estaba hablando. ― ¿Y cuál es ese supuesto "trabajo" que me estas ofreciendo?―

―Me alegra que preguntes―, respondió Ren rápidamente. ―Por desgracia no puedo darte mucha información al respecto. Solo puedo decirte que estamos pasando por una pequeña crisis. Ya no quedan muchos... empleados, por así decirlo. La mayoría de los jóvenes que aceptan este trabajo no duran ni un día. Mi labor, por supuesto, es contratar a jóvenes como tú y a cambio; se les da alojamiento, alimento y un buen salario― Él estaba sonriendo ampliamente ahora. ―Y afortunadamente para ti, tenemos una vacante disponible―.

―De acuerdo, ¿pero qué es?― Pregunté, algo curioso, aunque en esencia iba con sospecha. No me agradaba este tipo.

―Es una sorpresa, por decirlo de ese modo. Y si te lo dijera ya no sería sorpresa, ¿verdad?― habló Ren maliciosamente.

Conque así quieres jugar, ¿eh?

―Pues si me lo dices me haré el sorprendido―respondí con frialdad.

―Aprecio tu curiosidad, chico. Pero prefiero mantenerlo discreto. Por seguridad―

Me quede pensándolo por unos minutos. Realmente no sabía si debía o no confiar en este tipo. Ya había tenido suficiente como para andar escuchando estas estupideces. Y realmente me estaba asustando la idea de saber que este tipo, a quien nunca había visto en mi vida, sepa quién soy y donde vivo. Pero más importante: ¿Cómo carajos sabia de mi conversación con papá? Pero lamentablemente este tal Ren tenía razón en algo; la única cosa por la que mi papá me ha estado fregando durante las vacaciones de verano es que consiga un empleo. Podría ser la oportunidad perfecta para demostrarle que no era un flojo y que puedo hacer las cosas por mi cuenta. Y ahora que me escape de mi casa, necesitare de un lugar donde quedarme por lo menos esta noche.

Tras unos minutos de reflexión, respire profundo y, sin pensármelo dos veces le dije: ―Ok, ¿Cuando empezamos?―

―¡Sabía que dirías eso!― sonrió Ren. ―Ahora bien, antes de que continuemos con nuestra pequeña...tertulia, quiero saber si estás realmente...comprometido con aceptar este trabajo―

―¿De qué hablas?― Pregunté con curiosidad.

―Bueno, lamentablemente no puedes entrar de a gratis. Primero tendrás que darme algo a cambio.― Ren bajó la mirada por unos segundos antes de volver a verme. ― Todo tiene su precio, como seguramente haz de saber―

¿Darle algo a cambio? ¿A qué se refiere?

Al principio no comprendí a qué se refería, pero después pensé que debía pagarle. No entendí el porqué, pero bueno, sus razones tendrá. Busque en mis bolsillos para sacar mi cartera, pero no encontré nada. Creyendo que estaba en mi mochila, me di la vuelta, dándole la espalda a Ren, y la abrí. Entre mis cosas lo único que pude encontrar fueron: mi cuaderno de dibujo, mis lápices para dibujar y otros para colorear; un cargador y una batería portátil. No encontré mi cartera por ninguna parte. Al parecer se me olvidó llevarla y no pude evitar golpearme mentalmente por eso. Y ahora que no tenía dinero, no sabía con qué pagarle. Así que decidí que debía disculparme con él y decirle que no podía aceptar su oferta.

Ni modo.

Cerré mi mochila y tan pronto como me di la vuelta, fui sorprendido por Ren, quien ahora estaba a unos centímetros de mi cara. Me paralice por completo. De lo poco que pude llegar a ver de él en ese momento, fueron sus ojos color ámbar que eran acompañados con una mirada fría. Dicen que los ojos son la ventana del alma; pues de ser cierto, estos eran completamente vacíos, como si no tuvieran alma. Traté de retroceder, pero como dije antes, estaba paralizado. No podía moverme y sentí como mis manos y mi cuerpo se enfriaba poco a poco, al mismo tiempo que temblaban. Por no mencionar de un inexplicable dolor de estómago que apareció de repente.

Ren hizo una señal con sus ojos para que mirara hacia abajo y cuando lo hice, no podía creer lo que estaba viendo. Miré con horror que tenía una daga con un estilo medieval atravesando mi estómago, al mismo tiempo mi camisa gris era manchada de un color rojo. La daga era sostenida por una mano pálida con un anillo dorado en el dedo. Era un dolor horrible, uno que jamás había sentido.

Levanté la mirada lentamente hacia el rostro de Ren y él me miró con una sonrisa leve en su rostro oculto. Ren se acercó y, sosteniéndome de un hombro, me susurro al oído:

―Bienvenido al ejército de Albias, señor García―

Tras pronunciar estas palabras, retiró bruscamente la daga de mi estómago y se apartó de mí. Me tambaleé hasta caer de rodillas para después caer de lado contra el suelo.

Los siguientes minutos pasaron de forma lenta y tortuosa. Estaba retorciéndome de dolor en el suelo, poniendo mis manos contra mi estómago en un débil intento de detener el sangrado. Sentí como si mis ojos estuvieran dando vueltas en sus cuencas, enviando una ola de náuseas a través de mi estómago desangrado. Quería gritar de dolor, pero sentía como si mi garganta se hubiese quedado seca y sin aire en un instante. Las lágrimas corrían por mi cara mientras el dolor que sufría se extendía sin cesar por todo mi cuerpo; afectándome a tal grado que, hasta el día de hoy, apenas tengo palabras para describirlo.

Miré furioso a Ren, quien estaba parado a unos pocos metros de mí. En lugar de ayudarme, se quedó contemplando la daga manchada con sangre, mi sangre, moviéndola de un lado al otro, como si estuviera inspeccionándola. A continuación, se llevó la daga a la boca y la lamió como si de una paleta se tratase.

―Interesante― se dijo mientras saboreaba mi sangre como un dulce.

Apreté los dientes y abrí la boca para hablar.

―¡Tu...maldito hijo de...puta... ¡AHH!... ¿Por qué me hiciste...AHH...esto?!―grité y balbuceé a través de oleadas de sangre.

―¿No es obvio?― respondió Ren, soltando una ligera risa y arrodillándose a mi nivel. ―Te dije que debías darme algo a cambio de tu empleo. ―Se acercó hasta mí y me susurro al oído.―Y, en este caso, es tu vida.―

No comprendía nada. ¿Acaso este era el "precio" que debía de pagar? ¿Qué clase de trabajo comienza de esta manera? Nunca me imaginé que iba a terminar así. Yo que pensaba que tenía que pagarle CON dinero y, en su lugar, terminan acuchilladome. Esto no solo era humillante, era ridículo.

―¡Pero de que carajos...estas!...―antes que poder terminar, no lo contuve más y vomité en el suelo.

Ren se río ligeramente, manteniendo sus ojos en mí todo el tiempo. Tosí y balbuceé mientras saboreaba una mezcla de bilis y sangre, gritando débilmente en una agonía tortuosa.

―¡Oye! Tómalo con calma― protestó Ren, alejándose un poco.

―¡¿Cuál es tu...Problema?!...―Grité de nuevo. ―Dijiste...dijiste que me...darías un...trabajo... ¡Ahh!―

―Y eso fue lo que hice. Acabas de presentar la solicitud y ya lo tienes...―apartó su mirada por unos segundos y luego me susurró―Pero no en este mundo...―

La última palabra me dejó desconcertado.

¿Otro mundo?

Ren se paró, manteniendo su mirada en mí. ―Así es. ¿Acaso creíste que te iba a dar un empleo en esta tierra tan aburrida e insignificante? ¡Pues claro que no!―

Aún seguía desconcertado. ¿Acaso este tipo leyó mi mente o algo así? Toda esta conversación empezó a tornarse en algo que no tenía sentido en lo más mínimo. Suena confuso cuando lo digo de esta manera, pero tampoco era plan pararse a dar explicaciones. A pesar de que estaba a punto de morir, necesitaba respuestas. No las necesitaba, LAS QUERÍA.

―Pero...―antes de terminar, Ren puso un dedo sobre mi boca, interrumpiéndome.

―Sé que esto te resulta confuso y no te culpo; de todas las personas que he contratado, tú eres la primera que viene de otro mundo.―se puso de pie y retrocedió unos pasos, poniendo sus manos sobre la capucha que cubría su cabeza―Sé que vas a morir de todas maneras, pero te daré el privilegio de que veas mi rostro―.

Dejó al descubierto su cabeza y pude contemplar su rostro. Una cara que jamás iba a olvidar; una cara que, de no haberla visto, jamás me lo habría creído.

Su cara era de un color blanco, pero pálido como un esqueleto. Sus ojos color ámbar brillaban débilmente detrás de una especie de antifaz de calavera. Tenía el cabello largo color violeta blanquecino. Y la cosa que más me sorprendió de él, fueron sus inconfundibles orejas puntiagudas que se ocultaban a través de la larga cabellera.

¡No puede ser! Esto es imposible. ¿Cómo puede haber algo así?

Quedé impactado ante lo que estaba viendo frente a mí. Trate de buscar una respuesta lógica para esto. O una de dos; o estaba sufriendo una especie de alucinaciones por la pérdida de sangre que estaba sufriendo o se trataba de un tipo usando un cosplay sacado de un anime. Y en caso de que se estén preguntando de qué hablo, lo que vi se trataba de otra de las criaturas mágicas quienes, al igual que los dragones, eran vistas hasta el cansancio en películas e historias de fantasía. Era nada más y nada menos que; un elfo. Y no uno cualquiera, sino un elfo oscuro.

Esto en vez de aclarar mis dudas; hizo todo lo contrario.

Ren el elfo se acercó, respirado pesadamente y se sentó. ―Bueno amigo, como seguramente te habrás dado cuenta, no soy de aquí. En otras palabras, vengo de un mundo distinto a este. Un mundo donde la magia y los animales fantásticos son reales―

A partir de aquí, mis teorías fueron completamente descartadas por si solas. Aquella frase me resulto muy extraña, no solo por ser sacada de un anime Isekai, sino porque no tenía sentido. Ósea ¿qué clase de asesino te apuñala y te dice estas tarugadas?

―¿Y...que...tiene que...ver...conmigo?― Pregunté hablando con dificultad.

―Significa que resucitarás en otro mundo― Respondió Ren sin titubear.

―¿Cómo?―

Ren sonrió. ―Eso lo dejo a tu imaginación―

A continuación, Ren se puso de pie frente a mí, sacando una especie de libro.

―En fin, será mejor que comience con mi trabajo.―Dijo tranquilamente con una sonrisa. ―Seguramente debes de estar cansado. Deberías relajarte. No tardaré mucho.―

Abrió su libro y comenzó a recitar unas palabras que no pude escuchar, pues mi menté perdió el enfoque después de eso.

Me atraganté y balbuceé a través de la sangre y la bilis de mi boca. No estoy seguro de cuanto duro todo esto. El dolor me hizo perder la noción del tiempo.

Estaba perdiendo energía rápidamente y me cansé mucho. No era el cansancio que uno siente a la hora de irse a dormir. Es un agotamiento que está más allá de cualquier otro. Mi cuerpo estaba en shock absoluto por lo que acababa de pasar. Este agotamiento era acompañado con la muerte. Podía, literalmente, sentir que mi fuerza vital disminuía dentro de mí.

Mi visión comenzó a desvanecerse y desaparecer, desenfocándose y luego despejándose antes de volver a desenfocarse.

Tuve lapsos de memoria y pensé en que, en un momento dado, sería totalmente consciente dentro de mi mente y luego en otros puntos no habría nada.

...

Dicen que tu vida pasa ante tus ojos al momento de morir, y tienen razón.

...

Pasaron rápidamente como imágenes en mi cabeza y ahora, todo eso moriría conmigo. Tantos errores en la vida que uno desearía poder volver en el tiempo y arreglarlo. Y ahora, todos esos recuerdos y errores morirían conmigo, sin que yo pudiera hacer algo, especialmente la discusión con mi padre.

Ay no... Papá. Lo había olvidado...

Sabía que estaba dejando esta vida y que no podría hacer nada para arreglarlo, había discutido por una estupidez...una GRAN estupidez. Y por culpa de eso, terminé siendo asesinado. Y lo peor de todo, es saber que las últimas palabras que le dije fueron un te odio. Ahora jamás podré disculparme por eso. Moriré cargado con ello.

Todo parecía oscurecerse...mi visión estaba borrosa permanentemente. La respiración se hizo cada vez más difícil. Comencé a sentir como si me estuviera hundiendo. Mi visión comenzó a alejarse de mí, como si realmente me estuviera apartando de las ventanas de mis ojos. Un manto de oscuridad comenzó a moverse sobre mí y empezó a adormecer el dolor.

Al final, dije mis últimas palabras antes de irme finalmente y no pude evitar llorar por eso.

―Papá...Gaby...Abuela...perdonen...me―

Y con eso, todo el aliento de mi cuerpo se escapó sobre mis labios, y sucumbí a la oscuridad cada vez mayor que me cubría. Sentí que me separaba por completo de mi cuerpo, simplemente flotando en la nada, con solo la débil ventana de mi visión todavía atándome a la vida. Todo lo que podía ver ahora era el cielo iluminado por la luz de la luna llena acompañado por las estrellas.

Vaya...Ren lo hizo muy rápido...se sintió como mucho más tiempo.

Lo último que pude sentir, fue como si unas manos invisibles me empujaran hacia abajo, muy abajo.

Y luego las ventanas se fueron tan lejos que no pude ver más.

Finalmente, sucumbí a la oscuridad que era la muerte.

Y no supe más.

Una vida termina... otra comienza.

+

30 de Abril de 2019 às 01:31 1 Denunciar Insira 9
Leia o próximo capítulo CAPITULO 2: El renacer

Comentar algo

Publique!
CharmRing CharmRing
esperaba ver a camion-kun
4 de Maio de 2019 às 06:32
~

Você está gostando da leitura?

Ei! Ainda faltam 4 capítulos restantes nesta história.
Para continuar lendo, por favor, faça login ou cadastre-se. É grátis!