Corona de Lágrimas Seguir história

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Este primer capítulo intenta haceros abarcar en la historia. Trata sobre una situación que tiene en vilo a los habitantes del Olimpo, ya que creen que el nacimiento de un niño hará que mortales e inmortales desaparezcan.


Aventura Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Stefanos y nada más

Antes de pasar a leer este primer capítulo de 19 páginas, quería advertir que algunos detalles de historia pueden verse sometidos a cambios a medida que transcurren los episodios. Para empezar, me gustaría que no tomasen en cuenta los nombres propios de los personajes mortales que aparecen en este fragmento. Dicho esto, espero que disfruten, si es posible, de esta lectura.


Muchos dicen que a medida que pasa más tiempo en nosotros, menos capaces somos de percibir su relevancia, de cómo nos hace evolucionar y cambiar. Quizá por eso notamos cómo el tiempo cada vez corre más deprisa, no podemos atraparlo. Para los dioses del Olimpo parecía ser así también, por eso Poseidón pasaba todos los días por aquella casa, por eso Hermes aprovechaba cualquier recado para visitarla y echarle un ojo.

Era precisamente en esa casa donde albergaba la esperanza para los dioses. Su dueño, Nikos, vivía allí con su mujer Andrómeda, que golpeados por las crisis financieras y sociales que imperaba en el lugar, sentían cómo el amor entre ellos se apagaba y se convertía en algo monótono. De hecho, lo pensaban y creían que sus días estaban abocados al mismo destino.

Para revertir la difícil situación económica que zarandeaba la relación de la pareja, Nikos, con su cabellera negro intenso, alborotada por dormir en una posición extraña, oía su despertador todas las mañanas. Siempre lo solía poner una hora y media antes de entrar al trabajo y eso que su oficina estaba a cinco minutos de la casa, pero para él, pasar media hora recién despierto en la cama era uno de los pocos placeres que tenía en la vida.

Un remedio que hacía evadirle de sus pensamientos mañaneros era vestirse, ya que pensar en lo que debía o tenía que ponerse le distraía, de eso era consciente y lo veía como algo bueno. Se lavaba los dientes y la cara sin ganas porque creía que el agua por la mañana estaba más fría que en otras horas del día. Por último daba un beso a su esposa, algo que le parecía muy cursi, pero estaba obligado a hacerlo al ser una promesa, cosa que veía aún más cursi.

Sin embargo, aquel día iba a ser especial para él a pesar de que pocas cosas cambiarían en su rutina, era una fecha clave para su matrimonio, o al menos, eso pensaba él. Tras recoger una bolsa que había en la cocina, que parecía ser un desayuno preparado por Andrómeda, Nikos abandonaba el hogar camino al trabajo bajo un cielo gris. Mientras tanto, su mal humor se incrementaba por el camino por seguir pensando en su situación y en no saber cómo encarar su futuro. A eso, se sumaba el trabajo de describir productos que tenía por delante aquel día, adentrarse en el mundo de las correas para perros y gatos no le entusiasmaba del todo.

Al entrar a la oficina veía a Janet, la verdadera jefa, según él. La pelirroja siempre le decía lo mismo por las mañanas: "tengo que regalarte un peine". Nikos nunca se peinaba pero a todos le gustaba cómo le quedaba el cabello porque cada día era distinto. La única semejanza entre los días era un pequeño remolino a la izquierda de su frente, casi imperceptible.


—Ya sabes lo de hoy. Aquí tienes algunas webs con información de los productos —explicó con su mirada clavada en unos documentos—. Fíjate bien en las ventajas de los materiales y destácalos.


Nikos sabía cómo hacer perfectamente su trabajo y no necesitaba indicaciones, por eso no escuchaba, solo oía. Él quería silencio, pero no quería decirle nada a Janet, ya que hacerlo supondría otra respuesta de la chica y por lo tanto más ruido, por eso decidió quedarse en silencio y esperar a que ella dejara de hablar.

En el desayuno que se tomaba en el descanso echó una mirada a su móvil para ver si había un mensaje de Andrómeda. Normalmente, solía meterse en su chat y así ver la foto de perfil de ella, convenciéndose cada día más de que su esposa era bastante fotogénica, con su cara redonda y su cabello corto. Siempre que la observaba pensaba en algo relacionada con ella y ese día tuvo que ver con su pelo. Nikos nunca imaginó que una chica de pelo muy corto le atrajese, pero reconocía que a ella le quedaba muy bien hacia un lado y con tintes rubios que decoraban su naturaleza morena.

El hecho de recibir una notificación ese día era importante para Nikos, ya que su mujer se enfrentaba a una revisión con el doctor Tasos, que les comentó que en ese momento era el turno de realizarle una exploración. El hecho de que Andrómeda tuviese el problema le desembocaría en un duro golpe, ambos querían pero Nikos era consciente de que la ciencia era la ciencia, todo lo contrario que Andrómeda, que rezaba todas los noches con la esperanza de que su deseo se hiciese realidad.

Tras finalizar su jornada laboral, a las cinco de la tarde, se dirigió a casa muy preocupado porque no había mensaje de Andrómeda en su móvil, por lo que ya intuía lo que ocurrió en la consulta. Antes de entrar en su casa, oyó un leve llanto que provenía de su esposa y que anunciaban las malas noticias que presagiaba Nikos. La pena le consumió y fue incapaz de posar su mano en el picaporte de la puerta para entrar, él no quería añadir su mala energía al lamento de su pareja. Para ayudar más a Andrómeda, el chico prefirió sentarse en el escalón de la entrada dando la espalda a aquella puerta vieja y de madera, pensando en que sus sueños no iban a ser posibles y temiendo que eso provocara fracturar aún más su relación. Ese regalo de la vida no iba a suceder y por lo tanto no existiría ese salvavidas que rescatara la relación en la que tanto empeño y dedicación pusieron ambos.

Sintiendo ya más frío que pena, decidió entrar para encontrarse con la desolada presencia de su mujer en el comedor. Esta se encontraba recostada sobre la mesa, con la cabeza resguardada entre sus brazos. Sin decir nada, Nikos salvó la distancia que los separaba, hasta rodearla con sus brazos por la espalda, antes de depositar un beso en su coronilla y abandonar la habitación. El hecho de mediar palabras no iba aportar nada, por lo que el chico quiso marcharse para tomar una ducha y dejar que el berrinche de su esposa se agotara. Despojándose de su ropa, notaba cómo el llanto de Andrómeda se consumía a medida que la bañera se llenaba.

Tras un largo tiempo pensando en lo que venía por delante, Nikos salió del agua por lo fría que se había vuelto, provocando que se secara y pusiera su chándal, que le parecía más cómodo que un pijama, con rapidez. Con el pelo aún mojado, miró hacia al comedor por el hueco de la puerta, percibiendo que ella seguía allí, esta vez más calmada, recogiendo los restos de su merienda. Nikos aprovechó para entrar y susurrar: “Siempre hay otros métodos”. Andrómeda se volteó lentamente con una sonrisa poco creíble, mirando tras esto cómo su marido se iba a la habitación a descansar un poco. Palpando su pequeña nariz, dañada por su sollozo, la joven de pelo corto se dirigió también a la habitación sin desdibujar de su faz aquella mueca que no consolaba a Nikos, para tumbarse y juntar sus manos en su pecho. Él la envolvió en sus brazos, consciente de la que la situación podía herirlos y creyendo que lo que imperaba en aquella pequeña habitación era la necesidad de tener un compañero de viaje, más que de amor.

Mientras tanto, un hombre de aspecto viejo miraba desde el domicilio de enfrente, concretamente desde el segundo piso que se encontraba totalmente desvalijado. Sin que nadie pudiese percibirle, el anciano observaba la casa de los Spyropoulos todas las noches, parecía que lo hacía por mero entretenimiento, que también, pero para ellos, los dioses, ese hogar podía ser el más importante de todos los tiempos. Cerca de llegar la media noche, junto al hombre de corta barba blanca apreció una figura con aspecto más juvenil, portando atuendos antiguos, todo lo contrario que el otro visitante, que vestía como la sociedad acostumbraba para su edad.


— ¿Todo bien Hermes? —preguntó el anciano—.

— Como siempre —respondió el dios acercándose a la ventana—.

— Sé que el tiempo pasa rápido Hermes, pero tengo la sensación de que cuando llegue Stefanos aquí se nos harán las horas eternas.

Mientras hablaban, Poseidón pasó por al lado de Hermes dirigiéndose hacia la puerta de la habitación. El dios de los ladrones, repeinándose su cabellera rubia, aprovechó para mirar por ella.

— Es nuestra oportunidad. Las órdenes de Eros fueron claras, pero estoy seguro de que nuestro plan saldrá bien —dijo Hermes mirando por la ventana con decisión y optimismo—.

— Eres cautivador, dios mensajero. Pareces un jovenzuelo y no lo digo por tu aspecto —confesó el alto y delgado hombre canoso con una pequeña sonrisa—. Aunque ya sabes que no hay nadie más viejo que nosotros, que tenemos millones de años, ¿o no lo recuerdas?


Hermes se cruzó de brazos algo molesto con el comentario. Sin separar la mirada de la ventana, creó una silla de la nada, mientras algo brillante y mágico salía de sus manos al fabricarla. Se sentó de manera inversa y apoyó sus manos en el respaldo.


— Poseidón, ¿quién es más importante? ¿Stefanos o Hefesto?

— Hefesto sin duda. Recuerda Hermes, los dioses son más importantes que los semidioses y mortales —mencionó el dios del mar, acercándose a Hermes—.

— El bebé, les vendrá de maravilla… —susurró el del caduceo con síntomas de melancolía—.


Acto seguido, Poseidón rio y posó una de sus manos en el hombro de Hermes. Le preguntó si era cierto que se había encariñado de Stefanos. La respuesta fue muda, mientras seguía contemplando lo que yacía por la ventana. A pesar de que tras ella solo se percibían las paredes de la casa de Nikos y Andrómeda, la magia de los dioses permitía ver con claridad lo que pasaba dentro. Después de una larga observación a la casa, Hermes se levantó y permaneció con la mirada fija en Poseidón durante un rato. El de aspecto anciano, porque así lo había querido, parecía tranquilo a pesar de los malos presagios que se atisbaban desde el Olimpo, estaba convencido de que todo iba a salir bien.


— No deberías encariñarte con el muchacho, Hermes. Él sufrirá. Vamos, Hefesto debe tenerlo listo.


Tras decir estas palabras, Poseidón se agarró al brazo de Hermes y en cuestión de segundos, ambos aparecieron en un rocoso volcán, en la cual se escuchaban a lo lejos gruñidos. Con ese incesante olor a quemado y el ruido de pequeñas erupciones volcánicas, empezaron a caminar sin mediar palabra, cuando Poseidón, con su constante gesto de serenidad, hizo aparecer de sus manos un bastón que le ayudara a no resbalar en ese suelo tan inestable. Conociendo la sabiduría de su acompañante, Hermes decidió sustituir sus enredosas sandalias por un calzado más apropiado, provocando la leve carcajada del dios del mar por parecerle cómica la combinación de ropajes antiguos con zapatillas modernas.

Ascendieron por la ladera del volcán observando con cuidado los ríos de lava que corrían por su alrededor. En la mitad de aquella montaña de fuego había un enorme portón y fue en ese momento cuando Poseidón alzó la mano pidiendo a Hermes que se detuviera.

— Yo me encargo Hermes —dijo al momento en que su bastón se transformaba en tridente y tocaba la puerta—.

— ¿Quién va? —se oyó a lo lejos—.

El dios de los caballos rozó su tridente por la gigante empuñadora de la puerta, creando una melodía.

— Ya va.

Al hilo del sonido, se oían unos pasos dados con dificultad y una respiración muy fuerte acompañada de una tos persistente, que incrementaba en volumen cuando los bordes de la puerta se iluminaron con el color de la lava. Aquel enorme portón comenzó a abrirse y desde la posición de los dos dioses, se podía percibir la figura de un hombre jorobado que se ayudaba de un pequeño palo de madera. Su aspecto, dañado por el paso del tiempo y seco por las altas temperaturas del lugar, provocó el gesto asqueado de Hermes.


— ¡Poseidón! —exclamó el anciano—. Te estaba esperando. Ya está listo.


Con un ritmo acelerado, el cojo se adentró en aquella cueva candente tras los pasos de Poseidón, que con un gesto con su dedo invitó a Hermes a seguirles. Transitando por un pasillo, con tan poca altura que los dioses tuvieron que agachar sus cabezas para que no chocaran con el techo, los dos visitantes chasquearon sus dedos creando una invisible capa que le proporcionaba una temperatura más soportable para sus cuerpos. Desembocaron en una amplía sala iluminada por el brillo de la lava, en la que había incontables armas que en su día ayudaron a dioses y semidioses a encarar sus desafortunados destinos.

El anfitrión caminó hasta un horno natural, donde cogió unas pinzas y echó una ojeada al objeto que se calentaba. Mientras que Poseidón se ponía de puntillas para observar lo que hacía aquel hombrecillo, el dios mensajero se distraía observando todos los utensilios bélicos que estaban colgados de las paredes.


— ¿Quién te acompaña, Poseidón? —preguntó sin despegar los ojos de las llamas—.

— Es Hermes.

— Oh. Zeus te tenía mucho cariño, chico —comentó con dificultades y con una respiración muy fuerte—.

— Ya está muerto —respondió Hermes—. ¿Por qué conservas ese aspecto? Sabes de sobra que podemos mantener nuestra mejor apariencia independientemente de nuestra edad.

— Yo no quiero impresionar a nadie ya Hermes. Solo quiero vivir en paz —dijo viendo la cara de incredulidad que puso Hermes—.


Alejándose de las llamas, el anciano portaba una bella y sencilla espada bajo las pinzas, en cuya hoja del arma se leía “Olympus”. Con aspecto confundido, Poseidón observó el arma con una sensación de decepción, ya que no creía que un objeto como ese podía matar a un dios. El dios de los ladrones, tirándose un poco de su flequillo, no se alejó de los pensamientos de su compañero de viaje, y soltó un: “Menuda birria”. Por otro lado, el dueño del lugar parecía entusiasmado mientras miraba la espada con orgullo. Poseidón, conociendo la profesionalidad del creador y teniendo en cuenta su historial, decidió probar él mismo, así que tomó la espada y dio golpes sobre la mesa, viendo como esta ni se rompía, ni se desintegraba.


— Necesitamos algo más, Hefesto —dijo Poseidón soltando el arma sobre la mesa—.

— Querido amigo, esta es mi mejor creación y solo su dueño es capaz de desatar su poder —explicó Hefesto dando vueltas alrededor de la mesa—. Aprovechad, aprovechad. En poco tiempo solo será Stefanos quien pueda empuñarla.

— ¿Cómo? —preguntó Hermes—.

— Él la llamará cuando sea necesario. Hermes ya cumplió su parte consiguiendo su sangre, pero tú, Poseidón, ¿me has traído sus lágrimas?


El dios de los mares sacó un pequeño frasco que contenía en su interior las lágrimas de Stefanos. Antes de entregarlas, Poseidón quería cerciorarse de que el arma tenía realmente un poder inconmensurable, puesto que estaba convencido de que eso no era suficiente para que un joven se enfrente a los peligros que se presagiaban. Hermes, calmándose a sí mismo acariciando su cabello rubio, se le estaba acabando la paciencia y empezaba a dudar de la labor del que dio vida a Pandora.


— ¿Cómo funciona? —preguntó Poseidón—. Es decir, las armas del Olimpo no funcionan si el poseedor no está alimentado con néctar y ambrosía. Y te recuerdo, Hefesto, que Stefanos será expulsado del Olimpo mañana.

— Lo sé, lo sé —asintió el dios del fuego—. Pero Poseidón, fíjate aquí.


Hefesto, tras tomar la espada, llamó al dios de los caballos con su dedo, invitándole a que se inclinara. Poseidón, ayudándose de su bastón bajó su espalda mientras Hermes decidía dónde sentarse, puesto que todo esto le parecía prescindible. El padre de Pandora señaló una pequeña esfera de color granate que permanecía en la empuñadura, justo donde nacía la hoja del arma. A Poseidón le pareció de lo más curioso, por lo que cogió de nuevo aquella espada para visualizarla mejor. Poniéndola por delante de un fuego, el dios de los mares percibió que aquella esfera contenía un líquido, provocándole una sonrisa sarcástica, ya que por fin comprendió todo el invento de su amigo. Poseidón le entregó la espada y el frasco con las lágrimas de Hefesto.


— Si no se puede alimentar al poseedor con néctar y ambrosía, alimenta el arma —explicó el del tridente mientras veía como Hefesto observaba el frasco—.


A Hermes le llamó mucho la atención las últimas palabras de Poseidón, dando lugar a que por fin se interesase por la conversación. Acercándose con paso firme hacia los dos hombres de aspecto anciano, el del caduceo agachó su cabeza para ver lo que estaba ocurriendo, exigiendo con la mirada una explicación. Hefesto, con una sonrisa y sosteniendo la espada y el botecito de lágrimas, comenzó a dar vueltas alrededor de una mesa, disponiéndose a resolver las dudas de sus invitados mientras Poseidón tomaba asiento al ya conocer la brillante idea del dios herrero. Enumerando cada uno de los nombres de los cíclopes que ayudaron a forjar el arma, Hefesto continuó centrándose en aquello que hace que ese objeto sea el más poderoso.


— El color granate que ves en esta esfera es la sangre de Stefanos, tú misma la trajiste.

— Así que era para esto —dijo observando a Poseidón, quien le pidió ese favor—. Me la jugué mucho.

— Gracias a su sangre y a esto…


Hefesto paró de dar vueltas alrededor de la mesa y despojó al frasco de su tapón, provocando que aquella esfera se abriese con lentitud ante los ojos eufóricos de su creador. Una lágrima fue suficiente para que la espada tomara otra fisonomía mientras flotaba en el aire y todos se apartaban. A medida que iba desapareciendo ante los dioses, la hoja de la espada creció, ganando con ello peso y volviéndose muy afilada y brillante, en definitiva, un arma olímpica. Con una sonrisa y una gota viajando por el rostro de Hefesto, el arma se desvaneció, dando paso a estas palabras por parte del dios del fuego: “Ya no podremos tomarla nunca. Cuando el corazón de Stefanos llore, el arma acudirá a su amo”. Esbozado esto, Hefesto se sentó en una antigua silla de su fragua, inventando una más de sus manos con un simple chasquido, para que Hermes tomara asiento también. Mientras Poseidón y Hermes se aproximaban al dios herrero, una botella de vino se acercaba levitando, acompañado de tres copas idénticas que cazaron al vuelo los dioses. Con su voz ronca e interrumpida constantemente por su tos, Hefesto sirvió a sus invitados aquel vino mientras detalló las peculiaridades de su última creación, la cual calificó como brillante, pero resaltó un aspecto esencial que necesitaba de la ayuda de todos los dioses.


— Como ya sabéis, cada habitante del Olimpo dispone de una habilidad característica, que se le es otorgada de manera divina tras su nacimiento o llegada a los cielos. Yo como dios herrero poseo de manera innata conocimientos de ingeniería, teniendo facilidad para crear cualquier tipo de objeto; Hermes como dios mensajero tiene el don de la velocidad con la que puede llegar a cualquier lugar en cuestión de segundos; Poseidón como dios del mar controla el agua en todos sus estados, encauzando los mares y provocando movimientos sísmicos a su parecer. El hecho de manejar algún poder solo es posible siendo hijo del Olimpo, de algún dios con el que se comparta la sangre alimentada por el néctar y la ambrosía, el elemento clave que hace transitar todo el poder. La esfera contenía néctar y ambrosía mezclada con su sangre, proveniente de la unión entre Eros y Afrodita, dioses del amor —detalló Hefesto mientras hacía bailar el vino en su copa y tomaba un sorbo—. Con esto ya puede controlar su poder, pero además… —frenó para reírse—. Si es que soy un genio…

— ¿Qué? —se sorprendió Hermes viendo la reacción del dios del fuego—.

— Vino de Dionisio —apuntó Poseidón alzando un poco su copa—. Te hace estar algo borracho al beberlo. Además sin perjudicar tu cuerpo. En otras palabras, te hace “estar en el punto” sin tener resaca al día siguiente. A tu salud —dijo el del tridente tomándose toda su copa—.

— Poseidón, silencio, es un secreto —dijo Hefesto—.

— Sigue hablando, viejo.


Hermes soltó su copa, ya que no le gustaba la sensación ni de estar borracho ni de “en el punto” como decía su acompañante. Hefesto con sus ojos entrecerrados hizo venir un pequeño pergamino que contenía un boceto de la espada que hace poco desapareció. De nuevo, señaló el recipiente que contenía la sangre y lágrima de Stefanos, el néctar y la ambrosía, para después mirar tanto Hermes como a Poseidón girando su cabeza con rapidez, como si buscara que alguno de los dos le dijera el motivo por el que volvía a indicar la esfera. Se respaldó en la silla y clavó su mirada en el techo decepcionado; “Vaya inútiles”, pensó haciendo que el dibujo de la espada viajara otra vez al sitio de dónde provenía.


— El arma puede desplegar el propio poder de Stefanos porque contiene, además del néctar y la ambrosía, su sangre de dios, ¿verdad? —preguntó buscando con la mirada a sus invitados—. Es un recipiente.

— ¡Ahí puede entrar mi sangre! —exclamó Hermes orgulloso de sí mismo—.

— ¡Muy bien! ¡Muy bien! —gritó Hefesto levantándose de sopetón y tirando la silla—.

— ¡Ese maldito crío podría tener toda la fuerza del Olimpo! —respondió el dios mensajero mientras el anfitrión lo observaba con entusiasmo y sonriente—. Es nuestro deber enseñarle la magia de los cielos, pero para ello tendremos que hacer que su corazón llore.

— Si no, el arma no aparecerá —interrumpió Poseidón, que se incorporó de su asiento con lentitud— Hermes, eres el encargado de llevar al chico hasta sus nuevos padres, pero antes todo el Olimpo necesita que cumplas otra misión. Tienes que hablar con Hades, no queremos que ningún mortal fallezca por esto. ¡Hefesto! —llamó el dios del mar consiguiendo la rápida respuesta del dueño de la fragua—. Mientras tu hermanastro visita el Inframundo, manda a una de tus criaturas a buscar a Morfeo, será el primero en actuar.


Una vez expresadas las órdenes de Poseidón, él y su acompañante abandonaron con lentitud la fragua de Hefesto. Mientras este observaba ensimismado el trayecto de sus invitados, el dios de los caballos se ayudó de su bastón, pues el efecto de aquel vino no era inmune a él. Ambas deidades salieron del hogar del herrero y miraron con melancolía el paisaje que dejaba aquel volcán, cuya principal sintonía era liberada por los gritos de los cíclopes que ayudaban a Hefesto con su maestra labor. Sabían que aquel iba a ser el punto de partida, nada iba a ser como antes, tenían un objetivo nuevo y cualquier traspié podía dejar sin aliento no solo a los mortales, sino también a los mismísimos dioses. Hermes miró a su tío Poseidón una última vez antes de partir hacia el Inframundo fijándose en que ya no reflejaba calma, sino seriedad y concentración, un hecho que hizo que el dios de los ladrones sustituyera las zapatillas por sus tradicionales sandalias aladas.


— Hasta pronto, sobrinito —pronunció Poseidón con tono entrañable—.

— ¿No me digas que te estás poniendo sentimental? —dijo Hermes con una mueca irónica—. Sabemos a lo que nos enfrentamos, pero estamos unidos. Alguien caerá, pero será por el bien de nosotros y los nuestros, recuérdalo —sentenció el dios desapareciendo del lugar con gesto serio–.


Acto seguido, Poseidón hizo aparecer su tridente y lo azotó contra el rocoso suelo de aquella montaña de fuego, haciendo aparecer desde los cielos un caballo de color negro ceniza con unas enormes alas con las que despejaba el humo provocado por el choque de la lava con los asombrosos minerales del lugar; era Pegaso e iba a ayudar al dios a salir de aquel lugar. Se montó tomando como apoyo su tridente, el cual utilizó poco después para hacer galopar al animal, que con cuidado sorteaba los ríos de lava e iba ascendiendo mientras Poseidón protegía sus ojos de aquel aire asesino. A su lado, la deidad vio cómo otra criatura lo adelantaba y buscaba otro camino; se trataba de una arpía que portaba en sus afiladas garras la propia botella que habían estado bebiendo en la fragua. Dentro de ella, Poseidón vio un pergamino, el cual pensó que escribió Hefesto para contactar con Morfeo.

Mientras Poseidón se dirigía hacia sus aposentos, Hermes ya se encontraba en las puertas del Inframundo debido a su don de la velocidad. El dios no parecía cansado, pero sí muy preocupado ya que no le gustaba llegar al lugar de los muertos. Caminando con cuidado y observando intimidado los alrededores del Hades, Hermes puso rumbo hacia el trono del dios de los muertos.

Mientras transitaba por aquellos caminos estrechos, veía cómo las arpías, bestias propias del Inframundo, clavaban los ojos sobre él, sedientas de sangre, sin embargo, estas no podían atacar a los dioses, cosa que sabían muy bien. Con ese sonido estridente que emitían las grandes bocas de aquellas criaturas, el dios mensajero iba esquivando las almas en pena que buscaban con desesperación algún contacto humano, pues en el Inframundo no podían comunicarse, a pesar de saber cómo hacerlo. Esa tortura de intentar hablar y no poder es lo que llevaban a las almas en pena al sufrimiento; solo andaban sin poder frenar y sin saber a qué lugar. Aquellas almas que parecían estar congeladas por el frío que transmitían, tenían solo una pequeña boca con la que emitían desagradables sonidos y unos ojos que parecían estar sellados que ponían los vellos de punta al dios mensajero.

Hermes tuvo también que ignorar las peticiones de algunos muertos que aún no tenían su penitencia. Los recién fallecidos esperaban su particular castigo mientras no sabían dónde se encontraban, ya que esperaban el ocaso que prometían sus religiones o simplemente la oscuridad, el vacío. Nadie era consciente de que los dioses del Olimpo seguían gobernando el universo y caer en el Inframundo para ellos era una pesadilla. “¿Dónde estamos?” “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?” “¿Qué son esas cosas?”. La gente que aguardaba penitencia enloquecía mientras intentaban resguardarse de las arpías que mantenían el orden en las profundidades del Hades.

Para sorpresa de Hermes, una joven cuya cara pálida estaba adornada con innumerables pecas permanecía sentada en un pequeño escalón de las calles, con apariencia tranquila y tocando su cabellera rizada rojo oscuro. El hecho de que aquella chica vestida con una bata blanca no necesitase esquivar las almas en pena sorprendió en cantidad al dios mensajero, provocando que este se acercara a ella. Una vez superadas las distancias entre mortal e inmortal, Hermes se inclinó apoyando una de sus manos en la rodilla derecha y con su otra mano tomó la barbilla de la joven para que alzara su faz y así verla.


— ¿Quién eres? —preguntó Hermes mirándola a sus verdes ojos—.

— Soy Helena —respondió tranquila pero apenada—.

— ¿Cómo es que las almas no te buscan?


Cuando Hermes preguntó esto, la chica se levantó provocando que las almas en pena pusiesen rumbo hacia ella con aquel caminar lento y desacompasado. Cuando estaban apenas a centímetros de ambos, Helena se puso a la altura del agachado Hermes y las ánimas comenzaron a girar sus cabezas en busca de alguien cuya sangre siga transitando. Las almas en pena solo podían mirar al frente, siendo imposible para ellas percibir a cualquier cosa que no estuviese a su altura.


— Llevo años viajando a este lugar y nunca supe esto —dijo Hermes acomodándose—.

— ¿Se puede salir de este lugar?

— Tú no.

— ¿Por qué? —preguntó mientras empezaba a extrañarse por los ropajes del dios—,

— Digamos que no eres como yo.

— Llevas una ropa muy antigua —señaló la chica—.

— Tú también llevas ropa rara —recalcó el dios tocando la tela de la bata—. Y bien, ¿de qué has muerto?


Al escuchar la cuestión de Hermes, en el rostro de la chica se dibujó una sonrisa que mostraba su dentadura perfecta, sin embargo, aquella mueca se vio afeada por el tránsito de una lágrima recorriendo su mejilla izquierda.


— Así que es verdad. Estoy muerta —dijo mirando al frente—.

— Creí que lo sabías. Estás muy tranquila. Parece que conoces cómo funciona el mundo.

— Dime, ¿qué es esto?

— Es el Inframundo, pronto… —pronunció Hermes con dificultad— pronto serás como estas criaturas errantes.

— ¿Acaso eres un dios? ¿Eres Hermes? —preguntó la chica alzando una de sus cejas—.

— Encantado.

— ¿Cómo es que los dioses del Olimpo gobiernan el mundo?

— Pareces muy familiarizada con nuestras historias —dijo Hermes con una sonrisa—. Verás, a lo largo de los siglos, desde los cielos hemos visto como perdíais la fe en nosotros y cómo os matabais por imponer alguna creencia. Quisimos borrarnos del mapa, no queríamos más muertes por nosotros. Era eso o exterminaros. Nos gusta veros desde arriba y algunos de vosotros nos caen bien. Incluso hay unos cuantos en el Olimpo —dijo Hermes llevándose la mano al mentón—.

— ¿Por qué no bajáis y lo explicáis todo?

— Porque todo ha sido nuestra culpa y somos demasiado orgullosos para aceptarlo. Además, no nos importáis tanto. O eso queremos pensar.


La chica rio y apoyó la cabeza en el hombro del dios. A Hermes le maravillaba la calma que transmitía Helena a pesar de saber dónde estaba y lo que le esperaba. El dios mensajero tomó su mano izquierda, la cual sostenía una pulsera naranja, y se levantó.


— Tengo que irme. Debo hablar con Hades.

— Está bien. Me ha gustado conocerte, dios de los ladrones —confesó sacándole la lengua—.


Hermes, que consiguió calmarse gracias a la charla que mantuvo con la chica, soltó su mano y siguió buscando el trono de Hades, que anunciaba su cercanía a medida que la niebla se volvía más espesa y enfriaba el cuerpo.

Cuando ya apenas podía ver lo que había a su alrededor, oyó el sonido de una melodía, la cual siguió, percibiendo cómo su vista se esclarecía mientras más se acercaba uno a ella. En el momento en el que aquella pieza musical sonaba lo bastante fuerte, el silencio se apoderó del lugar, haciendo que la niebla se disipará mostrando a Hermes en la enorme plazoleta en la que se encontraba. Enfrente del dios del caduceo se hallaba una puerta tan grande como un crucero y custodiada por un perro gigante de tres cabezas. El animal de pelo negro y de dentadura sobredimensionada, permanecía en el suelo empezando a despertarse por la pausa de la música.

Se trataba de Cerbero, la mascota de Hades, que estaba dejando unos bostezos que hacían retumbar el Inframundo. Una vez incorporada la criatura, exploró el lugar con calma buscando algo, como si quisiese saber quién fue el responsable que frenó su plácido sueño. Hermes dio unos pasos al frente situándose justo en el centro de aquella plaza, captando de inmediato la atención de Cerbero, que tras elevar sus orejas se dio la vuelta. El perro de tres cabezas atisbó al dios mensajero y se acercó dando largos pasos, provocando que Hermes se aferrara al suelo para no caer a causa de los tumbos que dejaban el caminar de la bestia. La cabeza del medio de Cerbero se agachó hasta quedar a la altura de la cabellera rubia del dios; la olió y regresó dócilmente hasta su manta, donde se volvió a recostar.

En aquel momento, el portón comenzó a abrirse lentamente, creando un ruido muy desagradable, era obvio que aquello era viejo. Hermes desde su posición no podía ver nada del interior, estaba completamente oscuro, hasta que de esa propia oscuridad surgió la figura de una persona muy alta y delgada, que portaba una larga túnica negra. El encapuchado al cual no se le podía ver la cara era Hades y se acercaba al dios mensajero con sus dedos entrelazados.


— Hermes, cuánto tiempo —mencionó cuando aún lo había alcanzado con una voz muy grave y tenebrosa—.

El del caduceo esperó hasta que el dios de los muertos estuviese a su altura.

— Hades —dijo con seriedad—.

— ¿Qué te trae por aquí? Supongo que ya has visto lo adiestrado que tengo a esa bestia —expresó señalando a Cerbero—.

— Sí, ha sido toda una comodidad no tener que volver a esquivarlo.

— No ha sido fácil. Aunque he de reconocer que sigue siendo muy violento cuando lo ordeno —dejó una pequeña carcajada—.

— Vengo por aquí por Stefanos, señor.

— Pasa a lugar del juicio.


Hades se dirigió hacia la puerta acompañado por el gesto serio de Hermes. Al ser superada la gran puerta, Hermes pudo ver donde los muertos eran interrogados. Era un lugar muy oscuro, el único rayo de luz era proporcionado por una llama de color violeta que colgaba de algún sitio, que era el techo según la intuición del dios mensajero. Hades llegó hasta su trono, donde se sentó y tomó una diseñada copa hecha de metal, en la que se podían ver retratos de mujeres. Allí hacía frío y el silencio era hasta dañino.


— ¿Por qué me necesitáis en esto? —preguntó Hades conocedor de la incomodidad de su invitado—.

— No queremos que ningún mortal llegue aquí por esto.

— ¿Estás diciendo que queréis que deje que mis queridos huéspedes se larguen sin más?

— Señor, usted también desea un cambio y Stefanos es la única salida.

— Quizá no muera nadie —insinuó Hades—.

Hermes sabía que iba a ser una negociación complicada, ya que conocía perfectamente la actitud grosera del dios de los muertos, así que siguió complaciéndole mostrando su versión más amistosa.

— Con todos mis respetos señor, creo que a raíz de Stefanos pueden nacer criaturas más peligrosas que Cerbero. Criaturas que pueden destrozar hasta ciudades —dijo Hermes colocando sus manos atrás—.

— Ese corazón tan puro y tan delicado… —mencionó Hades mirando el líquido de su copa—. Eros tiene para él muchos planes, ¿verdad?

— Así es. Esto puede llegar a un punto en el que ni siquiera nosotros podamos hacer nada.

— ¿Desde cuándo pensamos en los demás? —cuestionó Hades con un tono arrogante—.

— ¿Quién ha dicho eso, señor? Estamos mirando por nosotros mismos. Necesitamos que el chico esté bien, que tenga a los suyos para seguir adelante. Sino, dejará de luchar y nuestra oportunidad de acabar con Eros se esfumará.

— Eso ya me gusta más —confesó Hades dejando una leve carcajada después—. Bien, contad conmigo. Los muertos del hijo del amor regresarán a la vida. Eso sí —frenó llevando su delgada mano dentro de la capucha—, siempre y cuando hayan muerto a causa de los Calígines.

— No pretendíamos otra cosa, señor —mencionó Hades asintiendo con la cabeza—.

— Puedes irte tranquilo, Hermes. Ahora déjame continuar con mi trabajo.


El dios mensajero dedicó una leve reverencia al dios de los muertos en el momento en el que la figura de una chica apareció por una pequeña rendija del portón. Hermes empezó a marcharse del lugar, pero antes de llegar a la salida y cuando ya escapó de la luz del lugar, pudo ver difícilmente a la persona que iba a ser interrogada; era Helena.

Sin saber muy bien el motivo por el que frenó su trayecto, Hermes decidió resguardarse en la oscuridad y escuchar el veredicto que el señor de los muertos iba a manifestar. El dios del caduceo pudo vislumbrar cómo la joven parecía relajada a pesar de lo tenebroso que era el lugar. Con la mano izquierda acariciando su brazo derecho, Helena intentaba apaciguar su frío mientras buscaba con la mirada algo o alguien, cuando una luz enfocó a Hades.


— Helena —llamó Hades con su sombría voz—.

— ¿Si? —dijo la chica con tranquilidad—.

Hades se impresionó con esto. A él le gustaba mucho divertirse con el temor que mostraban sus muertos. Sin embargo, esta vez percibió que se encontraba en una situación distinta.

— ¿No estás asustada?

— No, estoy feliz.

— ¿Feliz? —susurró Hermes procurando que ninguno de los dos le oyeran—.

— Así es.

— ¡Por qué! —gritó Hades muy enfadado—-

— Porque por fin mi familia podrá vivir en paz.

— ¿Tu familia?

— Sí. Llevo cinco años con cáncer. Tú no sabes lo que es ver cómo tu familia se sacrifica día a día sin que vean recompensa. Nunca me curé del todo —explicaba la chica con una sonrisa—. Pero ya… podrán llorarme lo que quieran y hacer sus vidas —concluyó con una lágrima adornando su sonrisa—.

— ¡Qué conmovedor! —dijo Hades con tono burlesco—.


En aquel momento, Hermes hizo aparecer su caduceo dispuesto a prestar una ayuda a aquella chica y sacarla del Inframundo. El hecho de que esa joven tratara de tú a tú a la muerte, que la viera como una amiga, hizo pensar a un dios mensajero, que aun siendo inmortal, temía de sus acercamientos con la muerte. Lo consideraba un fallecimiento injusto para ella y para su familia que tanto había trabajado.


— ¡Hermes! —nombró Hades en el momento en el que chasqueó sus dedos haciendo que una luz enfocara la posición del dios mensajero—. ¿Qué? ¿Intentando echar una mano a nuestra amiga la mortal?

— No señor, ya me iba.

Hermes no podía ayudar a Helena, ya que sabía que eso evidenciaría que sus anteriores palabras sobre pensar únicamente en el bien del Olimpo eran mentira. Triste y con paso lento, el dios se dirigió hacia la salida.

— Gracias —dijo Helena sacando la lengua y mirando cómo Hermes abandonaba el lugar—.

— ¡Te condeno a vagar en pena por mis dominios con un único recuerdo en tu mente! ¡El de tu familia sacrificándote por ti! —sentenció Hades—.


Tras esto, Hermes siguió su caminar mientras agarraba fuerte y con rabia su caduceo, y una lágrima del color del oro recorría su mejilla derecha. A sus espaldas, Helena se convertía en una de esas almas en pena, pero esta era distinta. A partir de ese momento el Inframundo iba a tener una de sus almas más bellas. Un alma que sonreía.

6 de Abril de 2019 às 00:47 2 Denunciar Insira 0
Continua…

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Yéferson Muñoz Cardona Yéferson Muñoz Cardona
buenas tardes, colega escritor, primero. me gusta las intenciones soberanas de mantener una tensión en la historia. Me gusta mucho el titulo de la historia. En cuanto a mi respecta tienes muchos personajes en las primeras tres paginas, no hay una contexto o conexión con el entorno y ya están empezando los conflictos. Yo en mi poco desarrollo como escritor primero creo toda la escenografía para una escena de uno o dos personajes y me imagino como un lector en ese momento. no te rindas así es que se aprende. Errando
8 de Agosto de 2019 às 12:45
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