Brume Seguir história

anjoss Anjoss

Albert asume el sacerdocio de la iglesia y extraños eventos ocurren en su llegada. Althistan acredita los horrores sucedidos en Brume a los Obilux. Y cuando sucede el incendio y la mujer carbonizada sale caminando del edificio, sonriendo, para luego estallar cual bomba, dibujándose en el aire una macabra sonrisa con sus cenizas, Brume ha sido marcado y el verdadero horror reclama su territorio. ¿Cuánta maldad reside en tu interior? En Brume, lo suficiente para que los Obilux los atormenten.


Horror Para maiores de 18 apenas. © Todos los derechos reservados

#horror #demonios #terror #miedo #pesadillas #insomnio #brujeria #iglesia #cosmico #macabro #sacerdote
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Prefacio

Brume era un pequeño pueblo no muy habitado, su vegetación era basta, poseía un bosque y gran cantidad de árboles de cerezos que inundaban el ambiente de su aroma. Sus habitantes eran condescendientes, amables. Era un pueblo muy tranquilo; pero tranquilo es el adjetivo que más le gusta a la vida para convertir todo en un terrorífico infierno.

Bajando por la avenida Las Rosas, cruzando por la cancha sintética de Los Pinos – lugar donde se disputaban los mejores campeonatos de fútbol –, girando por la avenida Las Aguas y después de dejar atrás la gran plaza del pueblo, se ubicaba la iglesia de Brume. Por fuera, las paredes estaban hechas de mármol, de un color opaco, que le daban la apariencia de aquellas iglesias medievales. En la punta, una gran cruz cumplía la función de pararrayos; la cual estaba asentada sobre el campanario, lugar odiado por muchos, amado por otros. Por dentro, las paredes amarillas llevaban varios cuadros colgados, todos hacían referencia al viacrucis, la calidad de la pintura delataba que fueron hechos por un gran artista. Al frente, el altar se extendía aproximadamente dos metros de largo y uno de alto. Varias velas lucían sus llamas encima y alrededor del altar, y finalmente, en la pared del fondo, un enorme cuadro de la última cena la cubría toda. El lugar estaba maravillosamente decorado y su arquitectura impecable. Buena obra a manos del padre Tomás, antiguo sacerdote al cargo de la iglesia de Brume.

En la mañana del día en que todo empezó, ya se escuchaban las campanadas anunciando la misa dominical. La asistencia era tal, que la cantidad de asientos no daban cabida para todos. El padre Albert esperaba en el despacho parroquial hasta llegada la hora de salir a la ceremonia, se ponía sus vestimentas y preparaba su discurso. Era un hombre calvo, pasado de peso. Su barba en candado compensaba la pérdida de cabello, su edad rondaba los sesenta años y desde su llegada la iglesia se llenaba más que nunca.

Los asistentes ingresaban haciendo una venia y cerrando los ojos para pedir el perdón de sus pecados. Así lo hizo aquel extraño hombre, mas no pedía perdón por pecados ya cometidos, sino por aquel que estaba por realizar. La iglesia se llenó y el hombre se colocó justo al lado de la entrada, sus manos sudaban y tragaba saliva forzadamente; el acto que estaba por cometer lo tenía con los nervios a tope: asesinar a alguien no era tarea fácil.

El monaguillo colaborador era un adolescente de secundaria. Puso play a la grabadora y al unísono con una música lenta y de tono alto todos se ponían de pie para la entrada del padre. La letra era coreada por cada asistente, sin excepción: adultos, jóvenes y ancianos. El padre llegaba hasta la mesa del centro y con una señal la música se detenía y todos procedían a sentarse. Llegado el momento del sermón Albert se ponía de pie y los fieles se acomodaban preparándose para la tan esperada hora. Aquel día el sermón iba sobre los niños “malcriados”. Los padres asentían mientras los niños se encogían con la cabeza gacha ante los “Ves, así eres tú. Aprende, aprende” que lanzaban sus padres. De vez en cuando Albert lanzaba una gracia y la sala estallaba en risas.

Llegado un pequeño silencio, una voz resonó en el templo:

̶ ¡TÚ! ̶ Gritó. La sala entera volteó a verlo ̶ Te conozco, te he visto, ¡Tú no eres quien dices ser!

El extraño hombre avanzaba lentamente hacia el altar, con pasos temblorosos e inseguros.

̶ Representas al mal, yo lo sé. ¡Mi sueño me lo ha revelado!

El padre Albert lo miraba desconcertado y una pizca de miedo asomaba en su rostro.

̶ Hermano, calma, estás en la casa del señor ̶ Albert acercó su mano al rosario que llevaba en el pecho ̶ Calma...

El hombre continuaba avanzando sin dar señales de querer detenerse.

̶ No me engañaras a mí ̶ Dijo, furioso. Llevó una mano a su espalda y de su cinturón sacó un arma pequeña, una 9mm.

̶ Y no dejaré que engañes a los demás.

Apuntó al padre, tiró la corredera hacia atrás y disparó. Los asistentes inhalaron, expectantes, y el padre Albert cayó al suelo con sangre saliendo de su hombro izquierdo, manchando su túnica de carmesí y salpicando parte del altar.

̶ Mierda ̶ Se lamentó el hombre ̶ la próxima no falla.

Llevó la corredera hacia atrás y con el dedo en el gatillo fijó su mirada en el sacerdote; a punto de lanzar el disparo, fue embestido por un hombre. El disparo se desvió e impactó en un cuadro de la pared, regando vidrios por todos lados. En el suelo ambos hombres continuaron forcejeando; el tirador logró dominar la pelea y sentado encima del otro golpeaba su rostro, que no tardó en sangrar. Le hubiera partido cada hueso en la cara de no ser por el puntapié que lo golpeó en la espalda, cayó al piso y le propinaron otro golpe, y otro, y otro. Diferentes personas lo rodearon y lo atacaron sin parar. Varios de sus dientes salieron disparados, su nariz se rompió, y hematomas aparecían a nivel del abdomen. No pararon sino hasta cuando estuvo inconsciente. La sirena de los autos policiales sonó y varios oficiales entraron al rescate. Separaron a los diversos hombres y dieron paso a los paramédicos que corrieron a auxiliar al padre Albert.

Detrás de ellos entraba el detective Donan Castillo, se acercó al hombre caído y tocó su cuello.

̶ Está vivo, pidan una ambulancia. ̶ Los demás oficiales se vieron a la cara ̶ ¡Para ahora!

El detective Donan era un hombre joven, adquirió su cargo en una edad en que los demás aún continúan de policías. Tras varios casos en sus manos, era un ícono en aquel pequeño pueblo. Su cabellera negra, ojos azules y músculos formados lo hacía un ícono para las chicas también, sobre todo para las más jóvenes; quienes eran encantadas por su seriedad.

Albert salió caminando de la iglesia, rehusándose a usar la camilla. Lo sentaron en la parte trasera de la ambulancia para tratar sus heridas.

̶ La bala solo rozó su hombro, no necesitará intervención quirúrgica ̶ Dijo uno de los paramédicos ̶ Tuvo suerte, un poco más abajo y le perforaba el corazón.

̶ Gracias a dios ̶ Respondió el cura.

Los oficiales despejaban los curiosos de la zona. Donan se abrió paso entre una pequeña multitud y se acercó a la ambulancia en que Albert era atendido. El paramédico vendaba y limpiaba la herida.

̶ Padre, ¿podemos hablar? ̶ Preguntó el detective.

̶ No creo estar en las condiciones de hacerlo, pero si acaso...

̶ Será algo rápido ̶ Interrumpió Donan, sin dejarlo terminar ̶ Venga conmigo.

Llevó lentamente al padre hasta el parque que quedaba al lado de la iglesia; lugar construido con el aporte de los fieles.

̶ ¿Conoce al hombre que le disparó? ̶ Preguntó el detective.

̶ Oh no, no lo conozco, simplemente se levantó y...

̶ ¿Quiere decir que no lo ha visto antes? ¿No conoce acaso a todos quienes asisten a su misa? Y bueno, más si es la del domingo.

̶ Bueno no, nunca lo había visto. Tampoco puedo afirmar conocer a todos, pero...

̶ Su nombre es David, tampoco lo he visto, al parecer no es de aquí.

̶ Ya veo ̶ Respondió Albert.

̶ Dígame, padre, ¿Alguna razón por la que alguien quisiera dispararle? ¿Algún viejo enemigo, cuentas sin saldar?

̶ No, la verdad nunca he sido de enemigos ̶ Dijo Albert, preocupado ̶ Mi paso por las diferentes parroquias no me ha dejado más que buenas personas.

̶ Él dijo algo sobre descubrirlo y engañar a los demás. ¿A qué cree que se refería? ¿Tal vez algún secreto sobre usted que él conocía? ̶ Donan le hablaba con el tono con que se habla a un sospechoso.

̶ No creo que ese señor esté en buenas condiciones, tal vez está algo mal de la cabeza. ¿Dispararle a un padre así? Puf. Y bueno, mi brazo empieza a doler, ¿puedo retirarme ya?

̶ Está bien, gracias por su colaboración, estaremos en contacto.

̶ Gracias a ti.

Albert estiró su brazo para un apretón de manos pero Donan solo le dio una palmada en el hombro y se marchó.

Saliendo del parque, Susan se acercó al sacerdote, lucía un rostro de preocupación y avanzaba a pasos rápidos.

̶ ¡Padre Albert! ̶ Exclamó, sorprendida ̶ acabo de enterarme acerca de lo sucedido, no me lo creía, ¿pero qué clase de loco es capaz de hacer algo así?

Era una señora de edad pero que conservaba sus curvas y una figura muy esbelta, de cabello rojizo, llevaba siempre vestidos y esta vez llevaba uno de color rojo. Un crucifijo pendía de su cuello.

̶ Lo mismo me pregunto yo, Susan, gracias a dios no pasó a mayores ̶ Respondió el padre ̶ me han revisado ya, la bala solo me rozó, no perforó ninguna estructura importante al parecer.

̶ ¡Oh que suerte!, apenas recibí la noticia corrí hacia acá. ¡Pobre de usted! ̶ Se acercó y lo abrazó a manera de consuelo, sus grandes pechos presionaban contra el cuerpo del sacerdote.

̶ Si, mucha suerte ̶ Dijo el padre mientras la alejaba ̶ Susan, ahora creo que estaré indispuesto por un par de días, ¿podrías hacerte cargo de la iglesia por el momento? Eres mi más fiel peregrina, no creo que haya nadie mejor capacitada para esto.

̶ ¡Por supuesto que sí! ̶ Respondió, emocionada ̶ No se arrepentirá.

̶ Seguro que no. Entonces estamos hablando, Susan.

Susan se acercó y le dio un beso en la mejilla y sus grandes amigas volvieron a saltar al ponerse de puntas.

La casa de Albert se encontraba a unas pocas cuadras del santuario. Varios fieles se ofrecieron a llevarlo, pero él prefirió caminar a pesar de su condición. Las calles estaban vacías, todos se habían reunido en el lugar de los hechos. A medida que avanzaba gotas de sudor asomaban en su rostro y el dolor del hombro se volvía insoportable; por un callejón en el que entró, un perro callejero meneó su cola y corrió a juguetear a su rededor.

̶ Mierda, perro estúpido ̶ Lanzó una patada y el animal se alejó en chillidos.

Llegó hasta su casa, movió el cerrojo con su llave y entró.

Su casa no estaba provista de los mayores lujos: una mesa de cuatro en el comedor, tres muebles largos en la sala y un pequeño velador con un televisor encima; la cocina de igual manera era simple y común. Su habitación se encontraba en el segundo piso, junto a un cuarto que usaba de bodega.

Tomó asiento en uno de sus muebles, suspiró y sonrió. Alcanzó el teléfono al lado del televisor y marcó.

̶ Trabajo hecho, ese idiota no volverá a jodernos más ̶ colgó.

Se levantó y viendo a su alrededor, como si alguien más pudiera estar en casa, movió cuidadosamente la alfombra del suelo dejando al descubierto una trampilla cuadrada. Lo levantó y bajó hacia el aparente sótano, sin notar los niños que se habían colado en su patio, escuchando cada una de sus palabras.

Brume era un pequeño pueblo no muy habitado, su vegetación era basta, poseía un bosque y gran cantidad de árboles de cerezos que inundaban el ambiente de su aroma. Sus habitantes eran condescendientes, amables. Era un pueblo muy tranquilo; pero tranquilo es el adjetivo que más le gusta a la vida para convertir todo en un terrorífico infierno.

Bajando por la avenida Las Rosas, cruzando por la cancha sintética de Los Pinos – lugar donde se disputaban los mejores campeonatos de fútbol –, girando por la avenida Las Aguas y después de dejar atrás la gran plaza del pueblo, se ubicaba la iglesia de Brume. Por fuera, las paredes estaban hechas de mármol, de un color opaco, que le daban la apariencia de aquellas iglesias medievales. En la punta, una gran cruz cumplía la función de pararrayos; la cual estaba asentada sobre el campanario, lugar odiado por muchos, amado por otros. Por dentro, las paredes amarillas llevaban varios cuadros colgados, todos hacían referencia al viacrucis, la calidad de la pintura delataba que fueron hechos por un gran artista. Al frente, el altar se extendía aproximadamente dos metros de largo y uno de alto. Varias velas lucían sus llamas encima y alrededor del altar, y finalmente, en la pared del fondo, un enorme cuadro de la última cena la cubría toda. El lugar estaba maravillosamente decorado y su arquitectura impecable. Buena obra a manos del padre Tomás, antiguo sacerdote al cargo de la iglesia de Brume.

En la mañana del día en que todo empezó, ya se escuchaban las campanadas anunciando la misa dominical. La asistencia era tal, que la cantidad de asientos no daban cabida para todos. El padre Albert esperaba en el despacho parroquial hasta llegada la hora de salir a la ceremonia, se ponía sus vestimentas y preparaba su discurso. Era un hombre calvo, pasado de peso. Su barba en candado compensaba la pérdida de cabello, su edad rondaba los sesenta años y desde su llegada la iglesia se llenaba más que nunca.

Los asistentes ingresaban haciendo una venia y cerrando los ojos para pedir el perdón de sus pecados. Así lo hizo aquel extraño hombre, mas no pedía perdón por pecados ya cometidos, sino por aquel que estaba por realizar. La iglesia se llenó y el hombre se colocó justo al lado de la entrada, sus manos sudaban y tragaba saliva forzadamente; el acto que estaba por cometer lo tenía con los nervios a tope: asesinar a alguien no era tarea fácil.

El monaguillo colaborador era un adolescente de secundaria. Puso play a la grabadora y al unísono con una música lenta y de tono alto todos se ponían de pie para la entrada del padre. La letra era coreada por cada asistente, sin excepción: adultos, jóvenes y ancianos. El padre llegaba hasta la mesa del centro y con una señal la música se detenía y todos procedían a sentarse. Llegado el momento del sermón Albert se ponía de pie y los fieles se acomodaban preparándose para la tan esperada hora. Aquel día el sermón iba sobre los niños “malcriados”. Los padres asentían mientras los niños se encogían con la cabeza gacha ante los “Ves, así eres tú. Aprende, aprende” que lanzaban sus padres. De vez en cuando Albert lanzaba una gracia y la sala estallaba en risas.

Llegado un pequeño silencio, una voz resonó en el templo:

̶ ¡TÚ! ̶ Gritó. La sala entera volteó a verlo ̶ Te conozco, te he visto, ¡Tú no eres quien dices ser!

El extraño hombre avanzaba lentamente hacia el altar, con pasos temblorosos e inseguros.

̶ Representas al mal, yo lo sé. ¡Mi sueño me lo ha revelado!

El padre Albert lo miraba desconcertado y una pizca de miedo asomaba en su rostro.

̶ Hermano, calma, estás en la casa del señor ̶ Albert acercó su mano al rosario que llevaba en el pecho ̶ Calma...

El hombre continuaba avanzando sin dar señales de querer detenerse.

̶ No me engañaras a mí ̶ Dijo, furioso. Llevó una mano a su espalda y de su cinturón sacó un arma pequeña, una 9mm.

̶ Y no dejaré que engañes a los demás.

Apuntó al padre, tiró la corredera hacia atrás y disparó. Los asistentes inhalaron, expectantes, y el padre Albert cayó al suelo con sangre saliendo de su hombro izquierdo, manchando su túnica de carmesí y salpicando parte del altar.

̶ Mierda ̶ Se lamentó el hombre ̶ la próxima no falla.

Llevó la corredera hacia atrás y con el dedo en el gatillo fijó su mirada en el sacerdote; a punto de lanzar el disparo, fue embestido por un hombre. El disparo se desvió e impactó en un cuadro de la pared, regando vidrios por todos lados. En el suelo ambos hombres continuaron forcejeando; el tirador logró dominar la pelea y sentado encima del otro golpeaba su rostro, que no tardó en sangrar. Le hubiera partido cada hueso en la cara de no ser por el puntapié que lo golpeó en la espalda, cayó al piso y le propinaron otro golpe, y otro, y otro. Diferentes personas lo rodearon y lo atacaron sin parar. Varios de sus dientes salieron disparados, su nariz se rompió, y hematomas aparecían a nivel del abdomen. No pararon sino hasta cuando estuvo inconsciente. La sirena de los autos policiales sonó y varios oficiales entraron al rescate. Separaron a los diversos hombres y dieron paso a los paramédicos que corrieron a auxiliar al padre Albert.

Detrás de ellos entraba el detective Donan Castillo, se acercó al hombre caído y tocó su cuello.

̶ Está vivo, pidan una ambulancia. ̶ Los demás oficiales se vieron a la cara ̶ ¡Para ahora!

El detective Donan era un hombre joven, adquirió su cargo en una edad en que los demás aún continúan de policías. Tras varios casos en sus manos, era un ícono en aquel pequeño pueblo. Su cabellera negra, ojos azules y músculos formados lo hacía un ícono para las chicas también, sobre todo para las más jóvenes; quienes eran encantadas por su seriedad.

Albert salió caminando de la iglesia, rehusándose a usar la camilla. Lo sentaron en la parte trasera de la ambulancia para tratar sus heridas.

̶ La bala solo rozó su hombro, no necesitará intervención quirúrgica ̶ Dijo uno de los paramédicos ̶ Tuvo suerte, un poco más abajo y le perforaba el corazón.

̶ Gracias a dios ̶ Respondió el cura.

Los oficiales despejaban los curiosos de la zona. Donan se abrió paso entre una pequeña multitud y se acercó a la ambulancia en que Albert era atendido. El paramédico vendaba y limpiaba la herida.

̶ Padre, ¿podemos hablar? ̶ Preguntó el detective.

̶ No creo estar en las condiciones de hacerlo, pero si acaso...

̶ Será algo rápido ̶ Interrumpió Donan, sin dejarlo terminar ̶ Venga conmigo.

Llevó lentamente al padre hasta el parque que quedaba al lado de la iglesia; lugar construido con el aporte de los fieles.

̶ ¿Conoce al hombre que le disparó? ̶ Preguntó el detective.

̶ Oh no, no lo conozco, simplemente se levantó y...

̶ ¿Quiere decir que no lo ha visto antes? ¿No conoce acaso a todos quienes asisten a su misa? Y bueno, más si es la del domingo.

̶ Bueno no, nunca lo había visto. Tampoco puedo afirmar conocer a todos, pero...

̶ Su nombre es David, tampoco lo he visto, al parecer no es de aquí.

̶ Ya veo ̶ Respondió Albert.

̶ Dígame, padre, ¿Alguna razón por la que alguien quisiera dispararle? ¿Algún viejo enemigo, cuentas sin saldar?

̶ No, la verdad nunca he sido de enemigos ̶ Dijo Albert, preocupado ̶ Mi paso por las diferentes parroquias no me ha dejado más que buenas personas.

̶ Él dijo algo sobre descubrirlo y engañar a los demás. ¿A qué cree que se refería? ¿Tal vez algún secreto sobre usted que él conocía? ̶ Donan le hablaba con el tono con que se habla a un sospechoso.

̶ No creo que ese señor esté en buenas condiciones, tal vez está algo mal de la cabeza. ¿Dispararle a un padre así? Puf. Y bueno, mi brazo empieza a doler, ¿puedo retirarme ya?

̶ Está bien, gracias por su colaboración, estaremos en contacto.

̶ Gracias a ti.

Albert estiró su brazo para un apretón de manos pero Donan solo le dio una palmada en el hombro y se marchó.

Saliendo del parque, Susan se acercó al sacerdote, lucía un rostro de preocupación y avanzaba a pasos rápidos.

̶ ¡Padre Albert! ̶ Exclamó, sorprendida ̶ acabo de enterarme acerca de lo sucedido, no me lo creía, ¿pero qué clase de loco es capaz de hacer algo así?

Era una señora de edad pero que conservaba sus curvas y una figura muy esbelta, de cabello rojizo, llevaba siempre vestidos y esta vez llevaba uno de color rojo. Un crucifijo pendía de su cuello.

̶ Lo mismo me pregunto yo, Susan, gracias a dios no pasó a mayores ̶ Respondió el padre ̶ me han revisado ya, la bala solo me rozó, no perforó ninguna estructura importante al parecer.

̶ ¡Oh que suerte!, apenas recibí la noticia corrí hacia acá. ¡Pobre de usted! ̶ Se acercó y lo abrazó a manera de consuelo, sus grandes pechos presionaban contra el cuerpo del sacerdote.

̶ Si, mucha suerte ̶ Dijo el padre mientras la alejaba ̶ Susan, ahora creo que estaré indispuesto por un par de días, ¿podrías hacerte cargo de la iglesia por el momento? Eres mi más fiel peregrina, no creo que haya nadie mejor capacitada para esto.

̶ ¡Por supuesto que sí! ̶ Respondió, emocionada ̶ No se arrepentirá.

̶ Seguro que no. Entonces estamos hablando, Susan.

Susan se acercó y le dio un beso en la mejilla y sus grandes amigas volvieron a saltar al ponerse de puntas.

La casa de Albert se encontraba a unas pocas cuadras del santuario. Varios fieles se ofrecieron a llevarlo, pero él prefirió caminar a pesar de su condición. Las calles estaban vacías, todos se habían reunido en el lugar de los hechos. A medida que avanzaba gotas de sudor asomaban en su rostro y el dolor del hombro se volvía insoportable; por un callejón en el que entró, un perro callejero meneó su cola y corrió a juguetear a su rededor.

̶ Mierda, perro estúpido ̶ Lanzó una patada y el animal se alejó en chillidos.

Llegó hasta su casa, movió el cerrojo con su llave y entró.

Su casa no estaba provista de los mayores lujos: una mesa de cuatro en el comedor, tres muebles largos en la sala y un pequeño velador con un televisor encima; la cocina de igual manera era simple y común. Su habitación se encontraba en el segundo piso, junto a un cuarto que usaba de bodega.

Tomó asiento en uno de sus muebles, suspiró y sonrió. Alcanzó el teléfono al lado del televisor y marcó.

̶ Trabajo hecho, ese idiota no volverá a jodernos más ̶ colgó.

Se levantó y viendo a su alrededor, como si alguien más pudiera estar en casa, movió cuidadosamente la alfombra del suelo dejando al descubierto una trampilla cuadrada. Lo levantó y bajó hacia el aparente sótano, sin notar los niños que se habían colado en su patio, escuchando cada una de sus palabras.

3 de Abril de 2019 às 20:22 0 Denunciar Insira 0
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