La ciudad muerta Seguir história

charlesj-doom Charles J. Doom

La ciudad, como todo, ha muerto.


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La ciudad muerta

El hombre despertó empapado de sudor, como es habitual desde hace un par de días. Las bombillas seguían apagadas, como el resto de los artilugios de su hogar. La fetidez reinaba con mayor vehemencia con cada día de transcurría, tal vez era un familiar suyo, o la carne de otros animales en descomposición. Torpemente se levantó del suelo, hacía días que el duro suelo era su cama. No recordaba que había hecho con ella, ni en donde se encontraba su pequeña hija. Desde el día dos su memoria comenzó a fallarle. Observó la estancia con aquella mirada perdida, melancólica, desdichada, en la búsqueda ansiosa de alguna respuesta, pero lo único que había en su alcoba era suciedad y aquel dolor penetrante en su torso. Su estómago seguía rugiendo, como anoche. Ávido dirigió sus pasos a la cocina, donde aquella fetidez penetraba en sus huesos.

Nada, esto le sorprendió. Pero, ¿por qué? No había un trozo de pan en sus alacenas desde días remotos, incluso antes de que las bombillas y artilugios dejarán de funcionar. ¿Saldría hoy de su hogar? Probablemente, su estómago rugía como una fiera por un poco de alimento. Y aquel repugnante olor le hacía querer acabar con su vida de una buena vez, pero ¿Y su hija? No recuerda su paradero. Imágenes confusas vienen a su mente, la recordaba, pero no en su hogar, sino en aquella infernal avenida que en épocas anteriores era conocida como la avenida Rómulo Gallegos. Donde bestias semejantes a humanos intentaron darles caza. Eran humanos, o nacieron siendo humanos, pero el hambre había desvanecido de ellos cualquier rastro de haber poseído capacidades intelectuales. Incluso aún, de humanidad. Uno de los pocos vestigios que aún poseían era coexistir en grupos pocos numerosos de salvajes humanos, verdaderamente eso eran, viles salvajes. Su búsqueda infructuosa de víveres en la cocina lo enloqueció, no le quedaba mucho, posiblemente un par de horas más. Y, trágicamente, lo poco que rememoraba de su educación lo hacían consciente de ello.


Con pasos trémulos salió de aquella estancia y transitó el pasillo que daba al exterior de su hogar, que ahora estaba bloqueado por numerosos muebles. Sus pasos resonaban como disparos por aquel estrecho pasillo. Aquellas paredes blancas estaban ornamentadas de cientos de fotografías, fotografías de él acompañado de una niña y una mujer. Su mente no evoca nada de aquella mujer, pero aquella sonrisa de la niña, traía a él épocas felices, antaño a Los Gobernantes. Cayó de bruces un par de ocasiones, hasta que, con el ápice de sus fuerzas alcanzó la puerta de madera que da al exterior. Frente a aquel inmenso montículo de muebles tuvo lucidez que agotará el resto de su energía. Impetuoso, fue removiendo uno a uno aquellos objetos que bloquean su salida, decidido a ver por última vez su ciudad. Por obra de los dioses, logró remover todos aquellos muebles, llevo su mano derecha, huesuda en su totalidad, a su pecho. No le quedaba mucho tiempo. Posó su mano izquierda en el picaporte, lo giró y abrió lentamente la puerta de madera, abollada desde afuera por los numerosos intentos de destrozarla por parte de los salvajes. Los rayos de sol iluminaban su rostro demacrado y barbudo. Tomó grandes bocanadas de aire pestilente, pero quizás sería la última vez que lo hacía. El cielo es, como siempre lo ha sido, azul, adornado por unas pocas nubes. El sol sobre su piel ardía, como si fuera la primera vez que su piel era iluminada por los rayos solares. Observó a su alrededor, con aquella cautela propia de los animales que presienten que su depredador está cerca. Muerto, todo lo está, un grupo de salvajes yace desplomados en el pavimento, posiblemente los que intentaron entrar a su casa anoche. Los automóviles siguen inertes, algunas de sus piezas son usadas como armas, todo sigue muerto.


Su ciudad, como cualquiera en el mundo poseía vida, pero con la llegada de Los Gobernantes eso cambió. Los recuerdos de su hija le invadían, necesitaba encontrarla, ¿dónde está? Lo último que evoca su atrofiado cerebro es la avenida Rómulo Gallegos, cuando aquellos seres parecidos a humanos casi lo aprehenden junto con su hija. Su corazón desea verla, como un niño que insiste por una golosina. Bajó con parsimonia los escalones, aún con su mano huesuda en el pecho. Todo sigue muerto, y seguirá así hasta el final de los tiempos, o hasta que los dioses se apiadaran de los vivos y volvieran nuevamente. Con cada paso que daba se abría ante él un vasto océano de cadáveres pestilentes, de criaturas conocidas y algunas que no recordaba. “La nueva ornamenta de la ciudad” Pensó lúgubremente el hombre huesudo. Su olfato, acostumbrado ya a la pestilencia de aquellos restos y a los desperdicios dispersos por lo largo y ancho de las calles de su ciudad. Era, de una manera tragicómica, como oler flores cuyo tiempo en la tierra había acabado. La avenida Rómulo Gallegos se encontraba aproximadamente a un kilómetro, tal vez no llegaría, le quedaba poco, pero ese era el último lugar donde vio a su hija y emprendió su caminata. Rememoraba días mejores, cuando los humanos aún poseían aquello que ellos llamaban humanidad, y miedo a los dioses.


A unos pasos de aquella estigia avenida el murmullo de una contienda llegó a sus oídos, aquel murmullo procedía del callejón del antiguo teatro Boulevard. Clausurado hacía ya un par de años, cuando, en medio del espectáculo un actor disparó a su audiencia. Apresuró sus pasos hasta el origen de la ya audible riña. Pusilánime, asomó lentamente su cabeza para observar sin alertar a los luchadores de su presencia. Sus ojos, un poco cansados, tardaron unos instantes en divisar aquello que se movía antes ellos. Dos hombres osudos, con la cabellera mermada, uñas extensas y aguzadas disputaban entre ellos una pierna fétida y agusanada de un desdichado que se había cruzado en su camino. Pese a tener un ápice de carne —y una copiosidad sobrenatural de gusanos, que caían al suelo a la par que entraban en ella— los hombres se asestaban puñetazos horridos, capaces de dejar sin dificultad alguna a un hombre inconsciente en el suelo, sin embargo, su contienda seguía y parecía no tener fin, hasta que uno de ellos le asestó un golpe en el rostro a su contrincante, haciéndole retroceder violentamente a una saliente. Un tenue crujido, que se convirtió rápidamente en uno ensordecedor, por el silencio imperante en la ciudad. Aturdido por aquel crujido, y aquella sensación de un tenue pitido en su oído, le hizo retroceder unos pasos. El hombre disparado a la saliente cayó violentamente a su lecho de muerte, el asfalto contra su cuerpo casi desnudo parecían unirse en una armonía fugaz mientras su cuerpo aún conservaba rastros del fuego de la vida, el combatiente como la ciudad, ha muerto. El victorioso combatiente tomó su recompensa y la devoró atrozmente, mientras que aquellos blancuzcos gusanos empezaban a abrirse paso entre sus mejillas casi inexistentes. Despavorido huyo de aquel callejón. No le queda mucho tiempo, posiblemente un par de horas más.


Un letrero verde, con letras blancas le daba la bienvenida. La infernal avenida está a sus pies. Muerto, todo lo está, cientos de cadáveres yacen en el pavimento y dentro de los destrozados automóviles, algunos poseen rasgos vagamente humanos, mientras que otros se asemejan a cadavéricos monstruos. Pero todos, sin excepción, están muertos, al igual que la ciudad. Sus pasos, como en el angosto pasillo de su casa, resuenan vívidamente. Temé alertar a un grupo de salvajes, pero la única respuesta que obtuvo fue el ensordecedor silencio. Los confusos recuerdos lo abruman, está cerca. Sus ojos navegaron frenéticamente ante aquel río de cadáveres, implorando a cualquier dios que le escuchara que su pequeña hija no fuese una gota de aquel insondable y repugnante río de horrores. Hasta que vislumbró aquellos pómulos mongólicos y aquellos cabellos negros como el petróleo. Corrió, o parecía correr, se arrojó al impasible suelo y la tomó entre sus brazos. Lo era, una gota más, era parte de aquel confuso río y aquella extraña ciudad que no poseía vida. La estrujó contra su pecho e intentó llorar, pero ya no tenía lágrimas, ni ánimo en su corazón. Su aroma era distinto. No era fétido, no, era a primavera, olía a verdaderas flores, como una primavera naciente. Debilitó su agarre para verle el rostro, acarició sus pómulos indios. Eran la unión de un blanco y un indio, pero no era mestiza. Como los de su madre. Falló en el cometido cósmico de resguardar a su hija, y no cumplió a la promesa de su esposa.

Su cuerpo, aún templado, conservaba los rasgos de un ser viviente, aun poseía sus ropas raídas y no había señales de un deceso violento. Desconcertado, el padre con su hija en brazos se irguió del suelo, su corazón latía veloz, como el de un caballo en trote. Los salvajes, raramente piadosos habían perdonado aquel cadáver. El hombre, con su hija, caminaba en dirección al Parque Musiú Carmelo. Lo rememoraba, la mujer de aquellos cuadros felices, su efímero sacrificio por su hija y la fetidez que gobernaba su hogar, incluso cree, su propio nombre. ¿Betancourt?


El Parque Musiú Carmelo aún conserva aquella hermosura y aquel candor mágicos, la muerte no ha llegado a estos parajes. El césped es verde y los árboles poseen hojas vivas. Caminaba por una de las numerosas veredas rodeadas de voluminosos árboles, un pájaro camina dando pequeños saltitos por el césped, en la búsqueda de algún gusano que se asome entre los yuyos. Sus brazos enclenques, al igual que todo su cuerpo, están cansados, transitó un largo trecho con su hija en brazos y ha agotado sus fuerzas. Entre aquellos majestuosos árboles atisbó al más formidable de ellos, apresuró sus pasos y se echó de espalda en aquel tronco de proporciones desconocidas para él. No le queda mucho, posiblemente unos minutos más. Contempló a su hija, no poseía su mismo aspecto físico, ni el de los demás habitantes de la ciudad, como si se hubiese detenido en el tiempo, y, ni la miseria, ni el hambre la hubiesen tocado. Una pequeña bandada de pájaros rojos llegaron a la copa de los árboles cercanos, con el oído aguzado llegó a él la melodía de las aves, cantaban a un hombre moribundo que poseía entre sus brazos el mayor tesoro que podría brindarle esta tierra. Con su mano derecha desabotono su camisa raída y tocó aquel orificio negruzco que tenía en el pecho. Se deleitó con el canto y cerró sus exhaustos ojos. El árbol a su espalda, sus hojas pronto caerán y serán reemplazadas por flores amarillas, las flores se secaran y caerán, y volverán las hojas, luego, nuevamente las flores. Seguirá así hasta el final de los tiempos, hasta que este sublime acontecimiento se vuelva frívolo, al igual que la vida y la muerte.

3 de Abril de 2019 às 13:48 0 Denunciar Insira 1
Fim

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Charles J. Doom Confiar en el hombre es un arma de doble filo. Como una guillotina a la espera ansiosa de descender feroz hacia nuestro cuello. El hombre es un ser ilógico e incomprensible. Yo prefiero refugiarme en la calidez de las letras.

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