El Paciente Silencioso Seguir história

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Las noches en el Hospital de la Santa Trinidad suelen ser apacibles, hasta la llegada de un paciente catatónico que trae consigo sucesos que pondrán en vilo la cordura de una enfermera...


Horror Histórias de fantasmas Todo o público.

#pesadillas #demonio #maldad #cáncer #noche #hospital #Enfermera
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Bienaventurados los que sufren...

I


El turno iniciaba a las seis y media de la mañana. El encargado del área hacia un conteo rápido de los medicamentos, anotándolos en una lista dedicada para ello. El subencargado recogía las papeletas para los exámenes que debían tomarse a primera hora y los ordenaba según las indicaciones médicas. El resto de personal procuraba que todo estuviera en su sitio, abastecido y ordenado para comenzar la jornada sin contratiempos. Quince minutos antes de las siete se reunían frente a la estación de enfermería. Aquellos que entregaban el turno hacían una pequeña oración, usualmente se agradecía por haber tenido un turno tranquilo, a veces, se agradecía por haber tenido la fortaleza para afrontar las dificultades presentadas. Luego se hacía la ronda, entregando paciente por paciente. Se revisaba que todo estuviera anotado en su cuadro respectivo y se anunciaban los cuidados realizados, las urgencias atendidas y en fin, todo aquello que fuera necesario saberse para que aquellos que recibían a los pacientes, lo hicieran con la seguridad de saber lo que debían hacer a partir de ese momento. Un ritual casi sagrado.

Esther acostumbraba quedar atrás. Llevaba consigo una libreta donde escribía lo que consideraba importante, era un objeto que no podía faltarle, era capaz de olvidar otras cosas, menos esa libreta. A medida que recibía los pacientes y realizaba sus notas, cubría a los pacientes con la sábana si los veía descubiertos, los ayudaba a levantarse e incluso ordenaba un poco la cama de ser preciso. En resumen, las manos de la joven siempre estaban ocupadas. Razón por cual la jefa de enfermería notó cuando la joven enfermera no quiso acercarse al paciente que había ingresado la noche anterior.


—Así que esa es la condición del paciente Roberto Medina. Al parecer no tiene familia, o no quieren hacerse cargo de él. Estuvo cuatro meses en el hospital de El Carmen y lo trajeron prácticamente para sus cuidados paliativos.

—Pobre, ¿no presenta ningún tipo de reacción? —preguntó la jefa de enfermería.

—No responde a estímulos, aunque si se queja cuando el dolor es intenso, según las últimas notas, el doctor dejó indicado que hacer cuando eso suceda.

—¿Estuvo pesada la noche?

—Un poco —respondió la enfermera del área—, nos retiramos entonces...

—Vayan a descansar. Los demás, ya saben como están programados para hoy.

—Yo quería cambiar —interrumpió Esther.

—¿Pasó algo?

—Solo quisiera estar en otra área.

—Entiendo, pero hoy debemos poner las transfusiones y solo tú sabes hacerlo bien, solo enfermeros nuevos tengo, recuerda que están en fase de entrenamiento...

—Disculpe, jefa. Lo había olvidado. No me haga caso, me quedo aquí sin problemas.


La muchacho observó unos segundos al paciente recién llegado. Sus ojos la miraban de manera fija. Esther al notarlo, sufrió un escalofrío que recorrió su espalda. Los ojos de Roberto eran penetrantes, casi desafiantes. Otra enfermera, que no se había percatado de dicho choque de miradas, cerró la cortina del cubículo, liberándola así de aquella molesta sensación. La joven respiró de forma profunda y se arregló el uniforme, debía hacer su trabajo y no podía perder el tiempo, iniciando de esa manera su jornada laboral.

Esther, con sus manos ocupadas en algo a cada momento, solo las detenía para revisar su libreta. La primera parte tenía escritos los procedimientos y los protocolos necesarios para el día a día, luego tenía una lista de los medicamentos utilizados en el área, junto a sus indicaciones y dilución, después un espacio para un resumen de enfermedades usuales en el hospital, al final, un espacio para anotar lo que escuchaba en cada ronda al recibir los pacientes, era una forma práctica de no olvidar los cuidados realizados, además anotaba los cuidados propios para enumerarlos al momento de entregar. Orden y simpleza, podría decirse que era su lema.

Las horas pasaron y el momento de llegar a la cama de Roberto había llegado. Las manos laboriosas de la joven enfermera temblaban. Tomó su libreta una vez más, en la página donde anotó las indicaciones al recibirlo, escribió, con una letra a penas legible: «Atrás de Roberto hay una sombra».


Temerosa, tomó la cortina verde que daba privacidad al paciente y, luego de pensarlo varias veces, la abrió de golpe. Ahí estaba, de tes clara y cabello corto, ya algo canoso para su edad, con la mirada fija en ella, pero sin expresión alguna en su rostro, al menos no voluntaria, ya que reflejaba cierto aburrimiento. Vestía una bata celeste y lo cubría una sábana hasta la altura del pecho. Se acercó, buscando de reojo aquella sombra que vio temprano, sin encontrarla. Debía administrar el medicamento endovenoso el cual le mantendría a raya el dolor y colocar también, el suero mixto que había indicado el médico. Lo hizo rápido, no obstante, lo hizo bien, no iba a permitir que sus temores causaran daño alguno a su paciente. Al recoger el equipo que había ocupado, abandonó el cubículo sin despedirse, cosa rara en ella, algo que notó al cerrar la cortina tras de sí. Se detuvo unos segundos, pensaba que debía cambiar su actitud y otorgar a Roberto el mismo trato amable que solía dar a todos sus pacientes sin distinción. Mientras pensaba en ello, una mano, detrás de la cortina, sujetó brazo. La enfermera no pudo más que ahogar su grito, no podía incomodar a los demás pacientes en medio de su convalecencia. Aquella mano que la sostenía con fuerza, empezaba a lastimarla, cuando de repente la soltó.

De inmediato, abrió la cortina de par en par, esperando ver a quien la había sostenido con tanta violencia. Encontrando a Roberto Medina, tal cual lo había dejado hace unos segundos. No encontró a nadie más, solo a un catatónico paciente con una mueca de aburrimiento. El sudor en su frente caía en forma de gruesas gotas sobre su blusa de blancura inmaculada. Su corazón se encontraba en un estado de taquicardia, el cual hacía que los latidos fueran percibidos por la enfermera hasta la garganta, provocándole un leve asco. «Una mano me ha tocado...», anotó en su libreta antes de regresar a la estación de enfermería.


II


—Buenos días muchachas —dijo Esther entrando a la estación de enfermería, era sábado, así que vestía un uniforme informal, una pijama rosada con flores de diferentes colores.

—Buenos días, ¿sabes lo que pasó anoche?

—No —respondió Esther, mientras colocaba sus cosas en el armario—, no me han escrito las que estaban de turno.

—Verás, murieron tres pacientes...

—¿¡Tres!? —grito y al mismo tiempo, sin que a penas lo notara, la sombra en el cubículo de Roberto pasó por su mente.

—¡Shhh! —colocando su dedo índice sobre los labios—, Camila y las demás andan alteradas todavía. Durante el día de ayer los tres fallecidos y otros dos más empeoraron de repente. El doctor indicó la sedación con midazolam. Era cuestión de tiempo, pero no es eso lo que las puso mal.

—¿Entonces?

—Ayer se fue la luz, a eso de la media noche. Al regresar unos segundos después, los tres entraron en crisis y pues...

—Murieron al mismo tiempo —masculló la enfermera apretando con fuerza sus manos.

—Vamos, es hora de recibir. Dijo la jefa que quedabas como encargada.

—¿En serio? Entiendo, iré a contar la medicina.


Esther tomaba uno a uno los fármacos que estaban dispuestos en los anaqueles y los contaba, anotaba lo encontrado y lo comparaba con lo que quedaba y con lo que se había usado en la noche anterior. Los números debían ser exactos, de nos ser así, significaba que no habían anotado el uso de los medicamentos de forma correcta o que no se habían cumplido las indicaciones médicas a cabalidad. Una manera sencilla y práctica de mantener un control del quehacer en el área. Al corroborar que todo estaba en orden, tomó su libreta y luego de respirar de forma profunda, intentando así no pensar en las oscuras, pero imperceptibles ideas que se desarrollaban en su mente, se acercó al grupo que se había formado frente a la estación. Las enfermeras que se iban, notablemente afectadas, comenzaron con la entrega de pacientes como debía hacerse cada mañana.

La joven anotaba lo que le parecía más importante y a la vez, conversaba de forma alegre con los paciente, intentaba inyectarles ánimos, pese al luto que se cernía en el lugar. Al llegar al cubículo de Roberto, Esther estuvo a punto de caer de bruces. El cubículo de Roberto era rodeado a ambos lados y al frente, por las camas vacías de los pacientes que habían fallecido.


—¿Esther? Te ves pálida —preguntó Camila, sosteniendo del brazo a la su compañera.

—Hace dos días estuve en esta área, esas camas tenían a otros pacientes, ¿verdad?

—Si, pero ayer que empeoraron esos tres, el doctor ordenó que se moviera hacia aquí, para que estuvieran más cerca de la estación, la idea era mover a Roberto a otro lugar, pero él también tuvo un poco de fiebre y lo dejamos tal cual. No tenemos ingresos programados para hoy, así que Robert se quedará solo unos días.


Mientras conversaban, Esther observaba con atención la cortina verde del cubículo frente a ellas, la luz de la ventana permitía ver un poco a través de su delgada tela. Sin que nadie más se percatara, una sombra se levantó desde el suelo. Estaba a un lado del paciente, inmóvil. Esther veía aquello al borde del llanto. Camila, que no se daba cuenta de ello, abrió la cortina de golpe, al hacerlo, la joven cerró los ojos, sin embargo al no escuchar otra cosa más que a sus compañeras informando del estado de Roberto Medina, abrió los ojos, la sombra ya no estaba. Anotó todo en su libreta enseguida: «Una sombra observaba a Roberto»


III


Dos días de descanso después, Esther regresó a su área de trabajo. No deseaba ver a Roberto, pero luego de pensarlo un poco, decidió que era hora de buscar respuestas a lo que sucedía. Los turnos de noche eran diferentes a los de día, la rutina así como los cuidados a realizar variaban en muchos aspectos.

Llegando la media noche, momento en el cual el personal se tomaba unos minutos para descasar, beber una tasa de café o dar una vuelta por los corredores del edificio para atender alguna necesidad emergente en el momento, Esther fue al cubículo del paciente que permanecía en silencio desde su llegada. Antes de abrir la cortina, se detuvo un momento. Una única luz iluminaba el lugar, tenue, a manera de no interrumpir el sueño de los ingresados, así que la enfermera debía encontrar el valor suficiente para ingresar a ese lugar a expensas de lo que encontraría.

Abrió la cortina verde y con los ojos cerrados llegó a la orilla de la cama donde Roberto descansaba. Luego de otro momento de valentía, se obligó a ver lo que tenía en frente. Un paciente en cama, fue lo único que observó. Respiro aliviada, su corazón no había dejado de latir de manera acelerada desde que salió de la estación de enfermería. Entrando en materia, se acercó a Roberto de manera tal que nadie más escuchara su voz.


—Yo sé que puede oírme, así que seré directa. Una sombra, la que veo cuando estoy aquí, ¿usted también la ve?


Roberto veía al frente, sin reaccionar a las palabras o a la presencia de Esther. La enfermera se sintió levemente avergonzada, no estaba actuando como una profesional a molestar a un convaleciente de esa forma. Al reincorporarse, Roberto reaccionó.

Volteó a ver hacia su lado izquierdo, en dirección de Esther. Sus ojos reflejaban terror. La joven entendió de inmediato que no la observaba a ella, sino a aquello que estaba atrás. La enfermera se quedó inmóvil, su mano buscó la de Roberto, encontrándola y tomándola con fuerza, cosa que Roberto correspondió.


—La sombra está atrás de mí, ¿verdad? —preguntó, a lo que Roberto contestó apretándole la mano dos veces.

La enfermera había comenzado a llorar, la presencia era ahora más tangible, casi podía sentirla respirar cerca de su nuca.

—¿Quién o qué eres?

—¿Puedes verme, verdad? —la sombra habló, con una voz apenas reconocible por el entendimiento humano, pero que parecía femenina.

—Si, puedo.

—Pensé que solo este hombre podía hacerlo...

—¿Qué eres?

—¿Realmente importa? —respondió— En este momento podría arrancarte el corazón y comérmelo. No estás en posición de hacer preguntas.

—Entonces dime que debo hacer...

—Ustedes dos deberían morir.

Unas frías manos tomaron el cuello de Esther estrujándola con fuerza, mientras decía algo que Roberto no alcanzó a escuchar, esto hizo que la enfermera sostuviera sobre las puntillas de sus dedos, ya que aquella sombra la levantaba del suelo. La espiración era cada vez más dificultosa para la enfermera, quien empezaba a pensar que la hora de su muerte había llegado. Cerró los ojos hasta que un golpe ha hizo reaccionar. Roberto se había levantado de la cama y la había arrojado al suelo. Los movimientos del paciente eran torpes y aletargados, evidencia de su estado físico luego de permanecer tanto tiempo sin moverse por cuenta propia. Un apagón inundó el hospital de oscuridad unos segundos, hasta que la planta de emergencias se activara y la luces del sistema de seguridad se encendieran. La sombra se había ido. Esther, luego de recuperar el aliento, tomó a Roberto y se dirigió a la estación de enfermería con él en apoyándose sobre sus hombros.


—¡Esther! ¿qué estás haciendo? —preguntó una enfermera de nombre Susana.

—Escucha, algo malo está pasando, hay que salir del hospital, ya.

—¿Salir? ¿a qué te refieres?

—Una evacuación, solo hazme caso...


Con la ayuda del personal, los veinte pacientes que estaban en el área, fueron llevados fuera. Solo Esther y Roberto eran capaces de escuchar los alaridos que emitía aquella sombra desde dentro del edificio.

Luego de unos minutos de espera, un retumbo estremeció el lugar acompañado de un movimiento telúrico. Un terremoto había comenzado. La tierra parecía dar tumbos de un lado a otro, algunas personas no pudieron mantenerse de píe. El sismo siguió con la misma intensidad por alrededor de un minuto. Concluyendo con la caída del edificio. Los ojos de aquellos presentes no lo podían creer, toda el área de cuidados paliativos se había reducido a un montón de ruinas y hierro retorcido.

Esther se mantenía firme, sosteniendo la mano de Roberto, ambos vieron por última vez a la sombra que los estuvo acosando justo antes que todo se viniera encima.


—¿Como lo supo?

—Roberto, es la primera vez que te escucho hablar, ¿te sientes mejor?

—Me siento confundido, no recuerdo mucho de lo que sucedió todo este tiempo, pero recuerdo a esa cosa, me observaba. Creo que llamé su atención de alguna manera.

—No entiendo lo que sucedió, pero pensé que esa sombra quería matarnos a todos, y pensé que debíamos salir. Una corazonada.


Antes de que los servicios de emergencia llegaran al lugar, Esther anotó en su libreta: «Una sombra me alertó de que algo malo iba a suceder...»

9 de Abril de 2019 às 22:25 1 Denunciar Insira 3
Fim

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Baltazar Ruiz ¡Hola! Soy Baltazar y este es mi espacio, acá encontrarán desde terror hasta ciencia ficción. Trato de dar lo mejor de mí en mis historia y me gusta ayudar a los demás, si puedo servirte en algo lo haré gustoso.

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Michelle  Camacho Michelle Camacho
El corazón se me salía en cada párrafo! Amigo mío tienes un gran talento. Me ha encantado :D
9 de Abril de 2019 às 19:31
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