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Tregua de navidad

La nieve ya ha cubierto por completo el suelo de nuestro nuevo hogar. Las ratas corren de un lado al otro buscando algo que les llene las entrañas. Miro a las desgraciadas y no puedo creer que sigan aquí, envidio la libertad que poseen de irse cuando les dé la gana. Mi cuerpo, entumecido, sólo reacciona para tomar el fusil: tengo que disparar, tengo que matar a un enemigo. Alrededor sólo encuentro apatía, hartazgo y desmoralización en los ojos de los hombres. Ya no queda ni ápice del patriotismo que nos arrojó a los brazos de este agujero hace meses. Hoy es noche buena y no estamos en casa, estamos al frente de la guerra.

Me recargo sobre la gélida pared de tierra y levanto el mentón al cielo. Ya no hay esperanza. Voy a morir, lo sé, pero ¿cuándo, Dios? A treinta y seis metros están los británicos esperando lo mismo que nosotros: matarnos o morir. Lo que vaya a suceder, ojalá sucediera ahora; ganar o perder, volver a casa o terminar en una fosa común. Ya no importa.

—Correo, soldado —Mi compañero Otto me extiende un paquete que   trae en la mano.

Lo tomo y apenas sonrío. He estado recibiendo cartas desde Alemania, mismas que no me he atrevido a responder. Tengo miedo de perecer antes de que mis memorias lleguen a su destino.

Papá ha enviado cigarrillos, la tableta de chocolate es de Anna y las cartas son de mamá y Marie. Suspiro profundo mientras mis ojos se llenan de agua. No lloro. Exhalo despacio intentando deshacer el nudo que se ha formado en mi garganta. Trago saliva y parpadeo violentamente. Tomo la carta de Marie y la huelo hasta quedar sin aliento. Siento reconocer el olor de sus manos en el papel, mas no sé si es real o sólo lo estoy imaginando. Cierro los ojos y veo su rostro frente a mí, me sobrepasa el deseo por besarla, quiero con toda el alma tenerla en brazos. Abro mis ojos y la realidad se adueña de ellos otra vez. Extiendo el papel que cuidadosamente dobló y sus palabras abrazan el vacío que hay en mi mente:

Berlín, Alemania a 5 de diciembre de 1914.

Querido Stefan:

Hola, cariño. Ojalá pudiera tener la certeza de que recibes nuestras cartas. No hemos tenido respuesta tuya, y a veces nos dejamos envolver por las peores suposiciones. En el periódico dicen que las cosas son favorecedoras para Alemania, pero ojalá tú nos lo reafirmaras de puño y letra. Te cuento que nosotros estamos bien, tus padres son valientes, son más fuertes de lo que podrías imaginar. Ellos me alientan a seguir y aunque a veces quiero volver a casa, me quedo aquí, a su lado, porque prometí que no me iba sin ti...

—Amigos —grita Erich desde el otro lado de la trinchera—, mamá me ha enviado un pequeño pino navideño. Lo levanta con ambos brazos y lo agita en el aire. Se ríen todos. Sonrío yo y vuelvo a Marie.

... Extraño tus besos, tus abrazos, tus caricias. Extraño dormir envuelta en tu cuerpo y despertar con tus ojos sobre los míos. Extraño tu sonrisa, tu voz y tus manos cálidas...

Las palabras de Marie son como un rayo que me parte en dos y que a la vez me llena de energía para aguantar y volver por ella.

Las voces de los soldados y sus risas, se pronuncian a lo largo de la trinchera. Muchos de ellos recibieron adornos navideños, cigarrillos, whisky, chocolates y fotos. Alexander y Erwin juntan leña y montones de paja para encender una fogata. Erich reúne los adornos de todos y los coloca en su pino. Unos ríen, otros lloran, algunos pocos parecen fuera de este mundo.

... Te pido, amor mío, no temas, no desfallezcas, no te rindas. Piensa en mí. Piensa en tus padres, en tu hermana, en todos los que te queremos y te estamos esperando en casa...

Suspiro y mis lágrimas brotan sin más, ya no puedo detenerlas y no quiero. Miro al cielo, el mismo que Marie observa cuando ora por mí, y agradezco por su vida. Necesitaba de ella, y así, tan lejos como está, sigue alimentando mi corazón de coraje.

... Esos hombres, cariño, también tienen a alguien que los espera en casa. Son seres humanos como tú, como yo, que nacieron fuera de nuestras fronteras, pero que de la misma forma tienen una vida lejos del frente. No sé si te veas en la necesidad de matar a alguno, pero hazlo sólo por eso, por necesidad...

Esas palabras son como un balde de agua fría. Yo no quiero matar a nadie. Quiero correr a casa y aferrarme a los brazos de mamá como un chiquillo. Tengo miedo y podría apostar que es el mismo sentimiento de todos aquí, incluidos nuestros vecinos de enfrente.

Los obsequios y las cartas han prendido una genuina chispa en el batallón 58, parecen haber olvidado dónde estamos y qué hacemos aquí. Pequeñas lucecitas de bengala alumbran el lugar. El espíritu de noche buena se está colando como puede a nuestro rincón en Ypres.

... No te voy a decir adiós, mi amor, porque no estoy lista para despedirme de ti. Seguiré escribiendo, aguardando tu respuesta. Seguiré durmiendo con tu rostro en mi cabeza. Con el olor de tu almohada embriagando mi nariz. Seguiré pensando que saliste de viaje y un día vas de volver. Seguiré soñando tus caricias y hablándole al silencio de ti. Seguiré pensando en nosotros juntos y haciendo planes para tu regreso. Seguiré con la esperanza. Seguiré positiva ante las noticias desalentadoras. Seguiré tuya para siempre. Te amo. Te deseo una feliz navidad, cariño mío, ten una noche de paz en el corazón.

Con todo mi amor, Marie.

Con mis manos seco las lágrimas que siguen cayendo de mis ojos. Arrojo la carta al paquete que descansa frente a mis pies y me uno al festín de mis compañeros.

—Noche de paz. Noche de amor. Todo duerme en derredor...

Las miradas de todos se clavan en mí, pero no apabullan mi canto.

—Entre los astros que esparcen su luz, bella anunciando al niñito Jesús, brilla la estrella de paaaaz...

—Noche de paz. Noche de amor —Poco a poco todos se unen a mi cantar—. Sólo velan en la oscuridad los pastores que en el campo estáááán.

Los dejo cantando a una voz y brinco fuera de la trinchera. El viento rompe contra mi abrigo. El frío me hiela el cuerpo. Levanto las manos sobre mi cabeza y camino despacio. Sé que los británicos me están mirando por las presillas de su trinchera. Sé que están apuntándole a mi cabeza. Se qué pueden disparar en cualquier momento. Sé que puedo morir aquí. Mis piernas tiemblan pero no doy marcha atrás. Mis compañeros se percatan de mi acto y se asoman sobre el parapeto. Me piden que me detenga. Silban mi nombre. Susurran.

—Amigos ingleses, amigos ingleses —grito a dieciocho metros de su refugio—, ¡feliz navidad, amigos ingleses!

El silencio responde a mi saludo.

—Si ustedes no disparan, tampoco lo haremos nosotros —me apoya Otto desde el parapeto.

—Salgan, ingleses —continúa Erich.

Poco a poco y con cautela sale de la trinchera el resto del batallón para unirse a mí.

—¡Feliz navidad! —El timbre gutural inconfundible de un inglés hace eco desde el fondo de la trinchera.

—¡Salgan! —seguimos gritando.

Un hombre brinca desde la línea enemiga. Mis ojos se abren como platos. Nos detenemos todos y guardamos silencio. Camina lento con las manos sobre la cabeza, hace alto frente a mí y baja los brazos lentamente. Sonríe. Me extiende su mano y yo respondo el saludo.

—¡Feliz navidad!, amigo alemán —dice. Sonrío y le deseo lo mismo.

Los demás ingleses comienzan a salir con sigilo y nos encontramos todos en el medio de las trincheras. El lugar se llena de buenos deseos, intercambio de cigarrillos, whisky, autógrafos y cambio de insignias.

La madrugada nos alcanza entre villancicos e historias sin final.

Al amanecer vuelvo al que ha sido mi hogar por meses. No imagino lo que vayan a pensar los alemanes si se enteran que por una noche fraternizamos con el enemigo. No sé si habrá consecuencias. No sé qué dirá la historia dentro de cien años. Sólo sé que el amor lo puede todo y el amor de Marie sigue obrando milagros aún en la distancia.

Ypres, Bélgica a 25 de diciembre de 1914.

Amada Marie:

Cariño, no vas a creer lo que ha ocurrido hoy...

24 de Dezembro de 2018 às 20:11 0 Denunciar Insira 8
Fim

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